Axel

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—El cepillo de dientes sigue ahí.

—¿Qué cepillo?

—El cepillo de dientes. En el coche. Se miraba al espejo retrovisor mientras se cepillaba los dientes.

—¡Qué dices!

—El cepillo de dientes. El puto cepillo de dientes me estalla la cabeza.

Vigo, jueves 21 de marzo

Mauro corría entre las rocas con la destreza del autóctono, del nativo que recorre terrenos agrestes a diario. Controlaba los apoyos a la perfección, como un escalador sin arnés. No era casualidad que hubiera tomado esa dirección, o quizá sí. En el fondo de su ser sabía que había sido la adrenalina golpeándole los pulmones la que había tomado la decisión por él. Y menos mal, porque necesitaba alguna ventaja para desembarazarse de semejante problema. Necesitaba jugar en casa.

Al problema lo había perdido de vista hacía unos minutos, no sabría decir cuántos.

A Mauro le parecía una eternidad.

Estaba trabajando en el garaje con sus herramientas de bricolaje. Aprovechando que Raquel y los niños se habían ido a pasar la noche a casa de su suegros, aprovechando que tenía tiempo para él y para, por fin, arreglar las tablillas rotas del parqué de la entrada, que crujían como demonios cuando alguien ponía un pie encima. Tal vez por eso no le había escuchado entrar y se sobresaltó hasta el paroxismo cuando vio la silueta estática y malintencionada mirarle fijamente a los ojos.

No tuvo que preguntarle nada, sabía perfectamente quién era o de parte de quién iba, o por qué y para qué estaba allí. Lo comprendió al instante pues, de algún modo, le estaba esperando.

Mauro reaccionó con una rapidez violenta. Asió un martillo de bola que flotaba sobre la mesa de carpintería y rotando la cadera para imprimir más fuerza, lo lanzó apuntando a la sombra de la cabeza.

Un sonido metálico, que escuchó ya a lo lejos, le indujo a creer que había fallado, pero ese pensamiento negativo se esfumó mientras corría, engullido por la sangre que fluía por sus venas como ratas en pánico.

Corrió sin volver la vista atrás y se adentró en el camino del monte que descendía directamente a las rocas, junto al mar. De fondo, las olas chocaban unas contra otras y rompían un silencio sucio que Mauro, presa del pavor, no era capaz de reconocer.

Se paró y aguzó el oído.

Nada.

Solo era capaz de distinguir su respiración entrecortada por el esfuerzo. Se lamentó por no haber hecho caso a Raquel, que llevaba meses diciéndole que así no podía seguir. Que estaba engordando sin remedio. Que debía apuntarse al gimnasio. O salir a correr. O hacer algo. Porque ya casi no tenía resuello para jugar un rato con los niños en el jardín.

El caso es que Mauro hacía ejercicio. Ejercicio de otro tipo. De un tipo que no podía compartir con Raquel.

A Olga la había conocido en el puerto. Era hija de un capataz y algunas tardes acudía a verle con la excusa de revisar unos documentos. Congeniaron desde el principio. Primero, una miradas, que llevaron a unos mensajes, que llevaron a unas llamadas, que llevaron a unas cervezas, que llevaron a la cama. La ruta completa sin saltarse ninguna estación.

Fue ella quien le metió en esto. ¡En buena hora!

Le dijo que no tenía de qué preocuparse, que era pan comido, que solo tenía que prepararlo todo, que solo tenía que estar atento para ajustar su turno a la llegada de determinados cargueros. Encargarse personalmente de la inspección y de dar el visto bueno: «Es poner una cruz en un papel, nada más que eso».

La verdad es que no parecía muy difícil y había escuchado que todos lo hacían. Si no, de qué iban a tener esos casoplones esos muertos de hambre que madrugaban como él. Además, era la única oportunidad que iba a tener en su triste existencia de proporcionarle a sus niños la vida que merecían, una casa grande con espacio para jugar, una educación, un futuro mejor que el suyo. Y, del mismo modo, también compensaría a Raquel por los malos ratos, por las veces que se saltaba la cena y se escurría junto a ella en la cama, en mitad de la noche, manchado por los besos de otra mujer.

Ahora, a lo lejos, entreveía a través de las espesas ramas de la primavera ese bloque de cemento que representaba su hogar.

Un hogar vacío y roto.

Mauro se maldecía. Se culpaba. Se fustigaba. Pero no había tenido elección.

La policía portuaria y la Guardia Civil le estaban pisando el cuello; no sabía si eran imaginaciones suyas o se trataba de algún chivatazo, pero no le quitaban ojo.

No pudo hacer otra cosa. Cuando lo vio tuvo que dar la voz de alarma. Era eso o pasarse el resto de su vida entre rejas. Lo iban a descubrir de igual modo, pero si lo hacían sin su ayuda iban a sospechar, iban a mirar atrás, iban a bucear en los últimos registros. Y su nombre aparecería en un sumario de cien folios escrito a máquina por un juez junto a una condena a treinta años de cárcel. Y entonces ni jardín, ni educación, ni gimnasio, ni futuro, ni niños, ni Raquel, ni Olga… ni Mauro.

Cuando levantó el brazo y advirtió de que el carguero número 77453JG, procedente de Venezuela, podía venir con sorpresa, la intervención rápida y eficiente de las fuerzas de seguridad les permitió incautarse de mil kilos de cocaína en fardos adosados al casco del barco por debajo de la línea de flotación.

El presidente de la Autoridad Portuaria se había vanagloriado públicamente ante los medios de comunicación por desbaratar una operación de un coste incalculable para la salud pública y la economía sumergida.

Mauro se llevó una palmada en la espalda que, en lugar de auparle a un puesto de mayor responsabilidad y mejor remunerado en el puerto de Vigo, le había empujado a escabullirse a hurtadillas entre la maleza, tratando de alcanzar las rocas antes de que la venganza le alcanzase a él.

Entre susto o muerte había elegido susto.

O eso quería creer.

Su optimismo innato intentaba convencerle de que había despistado al espectro que se le apareció en el garaje. Que sus maniobras de distracción habían funcionado. Su instinto de supervivencia le preguntaba si estaba loco y le apremiaba a continuar corriendo.

Mauro no escuchaba ningún ruido, ninguna rama romperse a su espalda. Eso le relajó el pulso.

El destello centelleante de un roedor, batiendo sus cortas patas a toda velocidad, que pasó rozándole los tobillos, le puso en alerta. Continuó su descenso apremiante hasta las rocas. Ese era su objetivo, su pasillo de seguridad. Allí tenía ventaja.

O eso quería creer.

El terreno irregular y las escasez de luz, paradójicamente, le tranquilizaban. Le venía de sus años mozos, cuando se escapaba al caer el sol con algún colega a fumar un poco de hierba, sentados en la humedad fría de la piedra costera, con la única compañía del rumor del mar y de las olas meciéndose. Reservaba esas noches para sus amigos, las de cielo sin luna, como aquella.

La luz del cuarto menguante o cuarto creciente o la luz de plenitud, las guardaba para alguna chica.

«¡Oh, Raquel! ¡Perdóname! ¡Qué tonto fui! Lo tenía todo contigo y no supe verlo. Quise más. Y mírame ahora. Perdido. Luchando por mi vida. Por volver a verte. A ti y a los niños».

El quejido de una rodilla, doblada en un mal apoyo a escasos metros, sorprendió a Mauro, que volvió en sí. El sonido del tropiezo estaba mucho más cerca de lo que hubiese imaginado.

«Mierda».

Salió disparado como una exhalación en lo que consideró era la dirección opuesta a su amenaza. Trepaba por los peñascos con maestría y experiencia, empleando las cuatro extremidades para ganar solvencia. Una mano fuerte, un pie firme, un antebrazo robusto como palanca, el otro pie… el otro pie…

«Mierda».

El otro pie se había quedado encallado entre dos rocas. La sangre, al mezclarse con el agua del mar y el salitre, le arañaba el tobillo.

Mauro tiraba con todas sus fuerzas.

Arriba y abajo.

Izquierda y derecha.

La presión inerte sobre la carne apenas le dejaba margen de maniobra. El escozor se ocultaba tras el chute hemostático de miedo.

Tenía que salir de allí como fuese.

El oído le empezó a mandar señales inequívocas de que unos pasos se acercaban. Se estaba quedando exhausto. Agarrotado. Miraba alrededor en todas direcciones y se intentaba convencer de que su mente le engañaba.

Allí no había nadie. Solo él y el mar, como cuando era joven.

Mauro concentró toda la energía restante de su cuerpo en un único movimiento, una última acometida que tensó todos los músculos del antebrazo, los tríceps y los cuádriceps de su pierna libre. Con la cadera dio un latigazo brusco, buscando también que la maña entrase a colaborar. Nada.

«Mierda».

Un grito injusto descarnó la esperanza de salir de allí con vida. Lo había escuchado en alguna película: «La esperanza es un error». Pero creía recordar que en aquella película al final ganaban los buenos.

Levantó la vista para encontrar un mejor apoyo para sus manos y entonces lo vio. La sombra permanecía estática, malintencionada, como si lo mirara fijamente a lo ojos. Con la mano derecha repetía un movimiento casi espasmódico. «¿Qué hacía? ¿Qué era aquello? ¿Se estaba frotando la boca? ¿Se rascaba la mandíbula?».

No, no era nada de eso. Se estaba cepillando los dientes. Eso hacía.

Arriba y abajo.

Sin retirar la mirada.

Arriba y abajo.

Como un maníaco.

Mauro supo que era el final, que no habría después. Un dolor muy agudo de cabeza le dejó casi sin visión. Su mente viajaba a toda velocidad, rebotando en un laberinto sin salida, enviándole estímulos unívocos, interrogantes en el filo.

«¿Acaso iban a ganar los malos?».

La siguiente pregunta le revolvió el estómago.

«¿Acaso iban a ganar los buenos?».

Una ola poderosa batió con furia contra la costa ahogando sus gritos de auxilio. La silueta al fin se movió.

—Deja de gritar, nenaza. Va a ser rápido. No voy a hacerte sufrir.

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