Axel

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Vigo, viernes 22 de marzo

«Hasta aquí hemos llegado», se dijo, y salió del agua.

Iria Novoa estaba muerta de hambre. La noche iba cayendo y empezaba a refrescar. Aún tenía el sabor a mar en los labios. Omar, que peleaba contracorriente acunado por la marea, le hizo un gesto con el dedo índice, suplicándole una ola más, como un crío feliz en el parque que le dice a su madre que no se quiere ir a casa. La última cresta había podido con él, le había derribado al primer giro y quería quitarse el regusto amargo.

Iria ya caminaba por la arena, atravesando la playa de Prado. La playa donde habitualmente se amontonaban los surfistas de la ciudad. A esa hora casi no había nadie, solo un matrimonio mayor que paseaba al perro; una pareja que, por su fogosidad, cualquiera diría que se acababan de conocer, y un chico que fumaba un cigarrillo mientras con el móvil trataba de fotografiar la puesta de sol.

A ella la puesta de sol ya no la impresionaba. La había visto miles de veces. Ni siquiera le traía buenos recuerdos.

Se quitó rápido el neopreno para no coger frío. La luz más bonita del día le golpeaba mientras completamente desnuda intentaba ponerse el bikini. No tardó más de unos segundos. Una vez terminó de anudarse al cuello la parte de arriba, una irrefrenable curiosidad la empujó a mirar de reojo hacia el chico que hacía la foto. «No vaya a ser».

Llevaba casi media vida buscando, sin saber bien qué buscaba. Almacenaba datos imprecisos que el tiempo había difuminado por completo. Durante años soñó que lo atrapaba, y como los sueños no traen consecuencias, lo mataba, lo torturaba, lo descuartizaba, dependía un poco del día de la semana.

Al principio no pensaba en otra cosa, vivía obsesionada. Por eso se había enrolado en el cuerpo de Policía. Si bien quería impartir justicia, mejorar el mundo en que vivíamos, limpiar las calles y toda esa retahíla de clichés bienintencionados, lo que de verdad vibraba latente en sus vísceras era destruir al psicópata, hijo de mil putas, del cepillo de dientes.

Cuanto hacía de aquello, ¿nueve años?, ¿diez? Ya casi había desistido de su búsqueda, pero, a veces, algo golpeaba su subconsciente y su sed de venganza regresaba como el primer día.

Le iba a encontrar.

No sabía cómo, ni dónde ni cuándo, pero tenía la seguridad de que ese malnacido caería en sus redes. Y cuando llegase el momento, tenía claro que a la ética profesional, a la protección ciudadana y a todo lo que prometió en la jura del cargo en la Academía de Policía, les iba a dar el día libre.

Al girar la cabeza se dio cuenta de que el chico de la foto ya no estaba. Le vio al fondo, caminando sin demasiada convicción hacia la pasarela que llevaba a la carretera de la playa, sin percatarse de que, unos metros atrás, brillaba la pantalla medio rota de un iPhone.

Iria vaciló un instante antes de ponerse rápidamente la sudadera y echar a correr.

—Perdona. Oye. Perdona. Eh. Se te ha caído el móvil.

El chico se giró, perplejo. No sabía muy bien si los gritos agudos de reclamo, entrecortados por el viento, iban dirigidos a él.

Iria observó que el chico no era ni demasiado alto ni demasiado bajito.

«Es mono», pensó.

—¡Vaya! El móvil. ¡Qué desastre! Siempre me pasa. Parezco idiota. Menos mal. Eh. Gracias. Muchas gracias.

Hablaba atropelladamente. Nervioso. Parecía que estaba sudando.

—Aquí tienes —dijo Iria.

«¿Sería él?».

La pregunta de siempre. Así se había pasado media vida.

Con un gesto rápido, le entregó el teléfono y se volvió para apartar cualquier pensamiento más allá de que el chaval, en manga corta, estaría pasando frío.

Cuando regresó, Omar ya estaba en la arena, con el neopreno desabrochado colgado de la cintura, como un gimnasta haciendo el pino-puente.

Después de tantas horas compartiendo mar, Iría se sabía de memoria el cuerpo de Omar. Había comprobado en el espejo de su propia carne la erosión que el tiempo provoca en la tensión de los músculos y la turgencia de la piel. Con Omar no había tenido demasiado trabajo, su torso desnudo, alumbrado por los últimos rayos del atardecer, se alzaba vigoroso y recio.

Iría evitó fijar la vista en sus prominentes pectorales y su six pack todavía fulgente, al tiempo que se preguntaba por qué nunca se habían acostado. La respuesta se le apareció como un espíritu y la devolvió a la playa.

«Porque a Omar le gustaban más jóvenes».

Habían estado hablando mucho los últimos días del inminente viaje a Madrid de la banda. Los Rockets y su salto a la capital. Un bolo pequeño, pero quizá iniciático. Esa era la esperanza que albergaban. Iria, además, tenía esperanzas de otra clase.

Se sentó a su lado y le pidió que apagase el porro que Omar no perdonaba jamás al salir del agua.

—No empieces, no seas histérica —le reprochó él—. No queda nadie aquí.

—Están esos dos —respondió Iria.

—Pero esos dos están a tomar por saco de aquí y desde allí, ¿quién puede saber si estoy fumando un cigarro, un porro o qué estoy haciendo?

«Esos dos» eran dos surfistas que aguantaban irredentos la aparición estelar de una ola magnífica con la que despedir la jornada. Uno de ellos comenzó a aletear los brazos de tal manera que parecía un operario de aeropuerto en una maniobra de despegue.

—Oye, tú… a ese le ocurre algo. —Omar no había terminado la frase e Iria ya entraba en el mar y dejaba una estela de espuma blanca salpicada en la orilla. Omar fue tras ella con los brazos sueltos del neopreno batiéndole los costados.

Iria nadaba mejor; Omar nadaba más rápido, por lo que llegaron a la vez para presentarle auxilio al asustado surfista que seguía agitando su cuerpo.

—Ya llegamos, ya llegamos. ¿Qué ocurre? —preguntó Iria entre brazadas.

—Yo qué sé, tía. ¿Qué es eso? Ahí hay algo flotando, joder. Me he llevado un susto de muerte. Estaba remando hacia fuera cuando he tropezado con él.

Iria y Omar se miraron sin entender.

Un cuerpo orondo, vestido de andar por casa y sin tabla enganchada al pie, flotaba bocabajo sin sacar la cabeza para respirar. Ni era un buzo ni estaba surfeando, así que solo podía tratarse de lo que todos se estaban temiendo. Se aproximaron al bulto con un nadar ágil y entre los dos tiraron para voltear el cuerpo. Iria ahogó un lamento sordo.

El cadáver estaba hinchado y entumecido. Tenía los ojos ensangrentados por la sal y la boca amordazada con cinta de embalaje.

Iria discurrió que, quienquiera que fuese quien había cometido esa atrocidad, lo habría planeado para dificultar su respiración y provocar que se ahogase. Cuando se acercó y se fijó con más detenimiento, vio que la cinta sujetaba algo a la boca del muerto. No pudo controlar un chillido de espanto.

—¿Es… es… es lo que estoy pensando, Omar?

Omar la abrazó por la espalda y le hundió la cabeza en su cuello.

—Vamos. Ayúdame a sacarlo de aquí. Tienes que llamar a la Central. Esto es gordo —dijo.

Iria y Omar se coordinaron para arrastrar el cuerpo hasta la orilla y vararlo en la arena mojada hasta que llegasen las unidades de rescate y salvamento. Iria llamó a la comisaría central de Vigo para comunicar el hallazgo y dar parte de lo sucedido. Una vez dada la información, colgó y regresó caminando cabizbaja con la mirada fija en ninguna parte.

—Ya vienen —dijo.

Omar la rodeó por los hombros y le buscó una sonrisa.

—Me da que esto nos va a complicar el bolo de Madrid, ¿no te parece?

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