Axel

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Lorena Galván le decía a todo el mundo que se llamaba Loor porque así era como la llamaba su padre cuando era pequeña. Hija de una matrimonio poco ortodoxo, su padre era Guardia Civil y su madre, puta.

Ella se crio con sus abuelos paternos, dos personas de campo, muy reconocidas en el pueblo, que paseaban con el orgullo que otorga el haber educado a un médico de familia y a todo un sargento de la Benemérita.

Fueron pasando los años y, tras una conversación de alcoba, ambos consideraron que Loor había crecido suficiente y que ya estaba preparada para escuchar la historia de su madre.

La historia de su madre decía que se acostaba con hombres por dinero, con muchos hombres, con todos los que podía soportar su cuerpo famélico, carcomido por el hambre y las drogas. Pero esa historia no se la contaron, esa la tuvo que descubrir ella por su cuenta con el tiempo.

Le contaron otra.

«Para protegerte», confesaron sus abuelos años más tarde.

Le contaron que su madre sufrió complicaciones en el parto, que había luchado como una campeona y que, antes de perecer, les brindó el mejor regalo de despedida que jamás hubiesen podido imaginar.

Una niña. Ella. Loor.

Cuando inquiría información ulterior sobre la persona que le dio la vida, vaguedades informes era lo que recibía por toda respuesta.

Loor se hizo mayor en Casalgordo, una pedanía cerca de Toledo, en una casa pequeña de piedra gris, entre lluvias copiosas, frío tenaz en invierno y la sombra de las parras en el fulgor del verano.

A su padre lo veía poco. Andaba siempre embarcado en misiones complejas y secretas relacionadas con el movimiento terrorista vasco, que pasaba por aquel entonces por sus años más sangrientos. Quizá esa amenaza permanente sobre su vida terminó de forjar un carácter áspero y recio. Carácter que había heredado su única hija.

Entre ellos, cuando pasaban tiempo juntos, se comportaban de otra manera, abrían un paréntesis en su cerrazón y dejaban que el cariño aflorase un poco. Sin pasarse.

Loor se hizo a sí misma en la ciudad, en Toledo, donde fue primero al colegio y después al instituto. En esos años se descubrió perdiendo la virginidad con un chico de la noche por el que no sentía nada.

La nada fue también física.

Y las dudas.

Su sexualidad fluía por caminos difusos, entre intentos vanos por seguir las normas. Se dejó hacer por varios chicos de su entorno. Los besaba y no sentía nada. Se la chupaba y no sentía nada. Le comían el coño y no sentía nada. La penetraban y no sentía nada.

Ni siquiera rechazo.

Se lo contó a una amiga primero: «A ver cómo le digo a mi padre que su niña es bollera». Ella sabía la que se le venía encima. «Va a ser un jodido escándalo. La hija del guripa, la lesbiana del pueblo».

Pero siguió adelante sin decir nada. Estaba en sus genes. La rebeldía de la adolescencia la pasó follando en baños públicos de antros de Madrid, que estaba al lado y era donde se sentía libre. Entonces conoció también las drogas y los calabozos.

Estaba en sus genes.

Cuando se calmaron sus hormonas, decidió compaginar sus noches disolutas con la Academia de Policía. Para compensar. Su padre no sabía nada de su condición sexual, o hacía que no sabía nada, pero sea como sea, esto de que siguiese sus pasos lo acataría como una buena noticia.

Loor volvió a Toledo para estudiar y recuperar el orgullo de su familia. Se instaló en un minúsculo apartamento exterior que primero pagaba sola y después con Marian.

A Marian la conoció una noche de sábado en la Sala Room.

Se la folló en el baño y se fue a su casa.

Se la folló en la cama y se quedó en su casa.

Y con ella, poco a poco, conoció el cariño. Marian era mayor, rondaba los cuarenta, y aunque estaba tan loca como ella, la diferencia de edad la empujó inconscientemente a madurar más rápido y sentar la cabeza.

Loor se graduó en el Cuerpo de Policía como una de las mejores de su promoción. Demostró una gran habilidad para cooperar en investigaciones complejas. Desarrolló una puntería envidiable en la escuela de tiro. Y su reputación fue creciendo.

Todo se fue a la mierda una tarde. Por radio estaban articulando el protocolo de actuación para desactivar una reyerta a las afueras. Loor conducía un coche patrulla. A su lado se comía las uñas un compañero recién llegado, destinado desde Madrid.

—¿Dirección exacta?

—La llamada proviene del municipio de Sonseca, a unos veinticinco kilómetros de su posición. El tumulto se encuentra a la entrada del pueblo, junto al arroyo.

—Junto al arroyo está Casalgordo. Nací allí, ¿lo sabías? Esto se pone interesante.

Cuando llegaron comprobaron que la reyerta era en realidad un caso clarísimo de violencia de género.

—Central. Ya estamos en destino. Tenemos contacto visual. Están en un descampado, a escasos veinte metros de nuestra posición. Un varón, de unos cincuenta y cinco años, tiene atrapada a una mujer, cincuenta años, haciendo uso de violencia e intimidación con arma blanca. Procedemos a su detención.

Loor salió del vehículo oficial de policía, desenfundó su arma reglamentaria, y lo que pasó a continuación quedó muy rebajado en la declaración oficial de los dos policías.

En el informe, aún hoy, figura que la agente Galván convenció al agresor para que soltase el arma, liberase a su rehén y se entregase a la policía con la promesa de rebajar su condena y no esgrimir intento de homicidio.

Lo que realmente pasó fue que Loor salió del vehículo oficial, desenfundó el arma reglamentaria y apuntó directamente a la cabeza del agresor. Le dio tres segundos para que se desarmase y liberase a su rehén. Cuando la cuenta llegó a dos, Loor disparó y la bala pasó rozando el cabello grueso y enmarañado del hombre armado, quien de manera automática tiró el arma y liberó a la rehén.

Loor le ordenó que se tirase al suelo, le puso una rodilla sobre la espalda y, mientras con una mano le apretaba la cabeza contra el suelo, con la otra le colocaba con maestría la esposas. Cuando le volteó el cuerpo y se miraron a los ojos, se reconocieron. Vecino del pueblo, amigo de correrías nocturnas de su padre.

—No te da vergüenza, hijo de puta. Tratar así a una mujer. Debería haber apuntado un poco más abajo, miserable.

—¿Me vas a hablar tú de hijo de puta? Precisamente tú.

—¿Qué estás diciendo?

—Eres la hija del Facu.

Loor le tiró fuerte del pelo y le levantó la barbilla del suelo. Un carámbano de saliva le colgaba del labio inferior. El aliento le apestaba a alcohol barato.

—Mi padre es un hombre respetado en este pueblo. Atrévete a decir lo contrario y no lo cuentas, despojo.

—Tu padre sí.

Una vena gruesa se llenó de sangre en la frente de la policía y se bamboleaba como una serpiente venenosa.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada. No insinuo nada.

—Habla mierdajo, habla o te pego un tiro aquí mismo. ¿Qué hostias estás insinuando?

—Hablo de tu madre. Joder, no es ningún secreto. Tu madre era la puta del pueblo y de todos los pueblos de la región. No te hagas la sorprendida. ¡Cómo has podido no enterarte! Si lo sabe todo dios. Nos la rifábamos a menudo y, de lo asquerosa que era, el que perdía se la tenía que follar.

Loor sacó la pistola y le encañonó la nuca.

—Repite eso, hijo de puta, repite eso y será lo último que hagas. Repítelo. Dame ese placer.

—No voy a repetirlo. Pero es la verdad.

Las crónicas del suceso hablaban de varios disparos esparcidos en el tiempo. El informe policial no registró ninguno. El cuerpo del vecino tampoco. Loor descargó su ira vaciando el cargador contra el cielo que había acogido su infancia.

Trasladó al detenido a comisaría y solicitó una vista a solas con él. Más calmada, le exhortó a que le contase la historia de su madre.

La que conocían todos menos ella.

La verdadera.

Se lo debía por haberle dejado vivir. Aunque precisamente por eso le había dejado vivir. Fue un destello de lucidez en mitad de un ataque de cólera.

Estaba en sus genes.

Escuchó con la mandíbula apretada y los puños cerrados un relato que no interrumpió. Quizá por eso no hubo economía en los detalles más dolorosos.

La historia decía que su madre se llamaba Remedios. La puta de la Reme. Decía también que casi todo el pueblo había desfilado por su cama alguna vez, y eso incluía al hombre que tenía sentado enfrente. También al Facu.

La historia también decía que entre la Guardia Civil era practica habitual follarse a la Reme en grupo, después de alguna juerga o de alguna misión exitosa. Y en una de esas orgía verdes, alguno la dejó preñada.

Ella, al principio, intentó disimular la barriga con ropa suelta, pero claro, el tiempo siempre nos alcanza y no es sencillo luchar cuando la madre naturaleza se abre paso. Así que se corrió la voz en el pueblo y ya nadie requirió los servicios de una puta embarazada. Los caminos del pudor masculino son inescrutables.

La Remedios sufrió una espantada general. Bueno, casi general. Un espantada de todos, menos del Facu.

La inflexión en la voz y el silencio posterior dieron por concluido el testimonio. El puñetazo de Loor en la mesa reabrió la sesión.

—¿Me estás diciendo que el sargento Facundo Galván no es mi padre?

—No. Para nada estoy diciendo eso. Puede ser tu padre. Él también participaba en las fiestecitas de los verdes. Pero es cierto que el porcentaje de opciones de que sea él tu padre… cómo decirlo… no es demasiado alto.

Loor se puso en pie y empezó a caminar sin dirección.

—¿Y por qué dices que se espantaron todos menos él?

—¿Tampoco conoces la historia de tu padre? Joder, chica. ¿Dónde has estado metida todo este tiempo?

Loor se respondió para sus adentros. «Escondida, asustada, huyendo». Se dio cuenta en esa sala de que su vida era una mentira, su familia era una mentira. Ella era una mentira.

—Tu padre… bueno, Facundo es una buena persona. Un hombre conservador, de rigurosas convicciones. Le encantaba estar con gente, siempre tenía ganas de juerga. Era una especie de filántropo. Estuvo casado un tiempo.

—Y no con mi madre, claro.

—Con Mercedes, compañera de escuela. ¿Sabes que soy el director del centro, no? En fin… esto fue años antes de que tú nacieras. Formaban una pareja perfecta. Y no se cortaban cuando se trataba de pasear su amor. Pero, como sabes, el destino es cruel y Merceditas enfermó de un día para otro. Falleció antes de tiempo y, pobrecita, no pudo cumplir el sueño de su marido.

—Que le diera un hijo.

—Una vez encontró el amor, Facundo ya solo vivía para una cosa, tener descendencia. Era el proyecto de su vida. Todo el pueblo lo sabía. Se pasaba el día imaginándose de viejo, rodeado por su familia, como un patriarca gitano. La muerte de su esposa le dejó catatónico. Se refugió en el trabajo y se endureció. Algunos dicen que se le fue la mano con la bebida pero, coño, esto es un pueblo, el que esté libre de pecado… El caso es que, con la Reme preñada, donde todo el mundo vio un marrón de tres pares de cojones, el Facu vio una oportunidad de hacer realidad su sueño. Aunque fuese solo a medias. Resolvió hacerse cargo de ella, la metió en casa y la cuidó durante todo el periodo de gestación. Nunca nadie les vio juntos en la calle, faltaría más, y solo ellos saben lo que ocurría de puertas para dentro, pero si al Facu alguna vez se le iba la mano… ¡Qué narices! Esto es un pueblo, el que esté libre de pecado…

—No me tomes por imbécil. Tenías una navaja en el cuello de esa mujer y si tardamos un poco más, sabe Dios si no te la hubieses cargado.

—Venga, por favor. No seas exagerada.

—Dime una cosa más y ya te dejo en paz. La puta, ¿murió en el parto?

Loor se sorprendió hablando de su madre con excesiva objetividad. Sintió que aún no le había dado tiempo a procesar su nuevo pasado.

—Eso se dijo siempre. Que la palmó en el parto. Pero qué quieres que te diga. El Facu, guardia civil, y su hermano, médico. Está claro que lo que pasó en esa mesa de operaciones solo lo saben ellos.

Loor auscultó la mirada del maltratador que tenía delante. A diferencia de su abuelo, su abuela y su padre, él decía la verdad.

—Y ahora, haz el favor de soltarme y déjame volver a casa.

—Lo siento. Eso lo tendrán que decidir ellos —dijo señalando a los oficiales que esperaban fuera de la sala—. Esta ni siquiera es mi jurisdicción.

—Zorra. Me lo prometiste. Me dijiste que si te contaba la historia de tu familia, me ayudarías. Me has mentido.

Loor se marchó sin decir adiós, pero a los pocos segundos se arrepintió y regresó al marco de la puerta.

—Lo siento, tenías razón. Soy una hija de puta. Está en mis genes.

—Mi padre murió hace unos meses.

El Starbucks se había vaciado. Y Loor ya hablaba con total tranquilidad.

—Cuando dices, Axel, que desaparezco sin dar señales de vida, es porque regreso a Toledo y visito su tumba. Algo me empuja a hacerlo, no sé qué es, pero sé que no funciona. Voy en busca de una catarsis que me purifique y lo único que consigo siempre es volver peor de lo que estaba.

Axel escuchaba con atención. No articulaba palabra. Loor jugaba con un mechero que empezaba a reclamar un cigarro. Decidió dejarlo ahí, no contarlo todo, a sabiendas de que si avanzaba hasta el último capítulo de su vida, iba a hacerse daño. Y lo que era peor, también iba a hacérselo a Axel. Concluyó que ya se lo contaría más adelante, cuando él estuviese preparado para perdonarla.

—Pues esa es mi historia, Axel. Y te digo más, desde el día que supe la verdad, tengo clara una cosa: en todas las familias, en todas, en todas las putas familias hay una historia.

Axel se quedó pensativo.

Loor tenía razón. Él también tenía una historia.

Pero era solo suya. De nadie más.

Le dio un trago al café. Se había quedado frío.

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