Axel

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Madrid, viernes 22 de marzo

Pasaron veinticuatro horas hasta que Axel volvió a tener noticias del inspector Jorge Ortiz. Era evidente que se estaban evitando, uno por temor a pasarse en su reacción airada y el otro por temor a quedarse corto en su disculpa.

Ese tiempo, el agente Nash lo invirtió con sabiduría. Mucha carrera, mucho entrenamiento, muchas endorfinas para liberar tensión.

Necesitaba respirar.

Además, se vio adentrándose sin remedio en una espiral de mensajes privados pelirrojos que acabaron con su culo haciendo cola en un restaurante que le recomendó Eva Vilda y que no admitía reservas: «Merece la pena. Ya verás».

Notó un acceso nostálgico en la voz de su amiga cuando compartió con él el nombre del lugar que tenía anotado como «infalible para enamorar a una mujer joven y sofisticada». El restaurante Nakeima.

Axel, en realidad, no sabía si era sofisticada. Lo de joven le parecía relativo. Joven, ¿para quién?, ¿comparado con quién? Y de enamorar, mejor ni hablamos. Si ni siquiera era capaz de desear. Pero tenía fe ciega en Eva para todo, también para eso.

Le gustó el nombre del lugar. Le sonaba a gallego. Nakeima. NA-KEI-MA. En la pomada. Allí estaba él.

Eran las siete y media de la tarde y Axel estaba haciendo cola en una calle en cuesta del barrio de Gaztambide porque la política interna del restaurante prescribía que solo se podía conseguir asiento solicitándolo de manera presencial. Dado que servían a veinte personas por turno y siempre llenaban, Axel tuvo que hacer cuentas. Comprobó cuántas personas tenía delante y celebró para sus adentros que, en el peor de los casos, los últimos huecos tendrían su nombre. Había llegado a tiempo. Miró hacia atrás y sintió lástima por la pareja joven que esperaba ilusionada a su espalda.

Haber venido antes.

Llegado su turno, le tomaron nota.

—Axel, para dos.

Decidió tomarse una birra en el bar de enfrente mientras esperaba la hora de apertura definitiva a las nueve. Consultó el móvil varias veces y no encontró nada. Empezaba a temerse lo peor. Y lo peor era que le diesen plantón ahora que se había ilusionado al fin.

Axel no le encontraba sentido. Habían hablado mucho las últimas horas y estaba convencido de que habían congeniado, de que se gustaban. Él le confesó que era policía y ella no huyó. Ella le habló de su trabajo como productora en un programa de televisión y él se interesó.

Y hacía tanto tiempo que no se sentía así, interesado. Hacía tanto que no se permitía quedar a solas con nadie que no fuera del trabajo. Él sabía desde cuándo. Sabía perfectamente en qué momento subió la guardia y se fue al rincón. Y ese momento tenía nombre y apellidos, lugar y fecha. Hacía diez años, en Vigo, y su nombre era…

Goonnnggg…

El sonido de un reloj de pared dando las nueve le sacó del túnel en el que se estaba metiendo. Apuró la cerveza y vio que las manillas del reloj formaban una «L» invertida, cruzó la calle y entró en Nakeima.

Al adentrarse en el local comprendió lo de los veinte comensales. No había espacio para más. Dieciséis personas se acodaban en la barra, aposentados en taburetes altos, y al fondo, en la penumbra, una mesa informal para cuatro afortunados completaba la noche.

Le sentaron en la barra y le preguntaron si le apetecía un champán de bienvenida. A lo que respondió que sí. Le sirvieron una copa burbujeante de Laurent Perrier y le explicaron que funcionaban sin carta.

Sin carta y sin compañía. De puta madre.

—Mejor —mintió.

La luz tenue confería al lugar un toque de intimidad ajustado. Axel le había dicho a Eva que buscaba algo especial pero sin pretensiones. Clandestino pero informal. Selecto pero accesible. Le dijo también que buscaba impresionar, pero no abrumar. Tantas explicaciones le hicieron pensar a Eva en la ilusión de una primera cita, en su marido, en su hijo y en la vida que había elegido. Cuando dijo en alto el nombre del restaurante, se sorprendió a sí misma mirando una maleta.

Al primer sorbo de champán, que Axel recibió arrugando la cara, la puerta se abrió y por la escaleras descendió su pelirroja cita.

Axel se había arreglado un poco más de lo normal. Vestía una camisa verde botella —remangada—, unos Nudie negros slim —pero no muy slim— y unas Nike verde pistacho —con aspa morada—.

Se alegró de su decisión cuando vio que se aproximaba la elegancia de un vestido negro largo —de flores— que insinuaba un escote limpio —y tranquilo—, realzado por la altura de unos tacones negros —de suela roja—, que permitían asomar unos dedos delicados y ortodoxos con las uñas pintadas de color carmín.

Joder.

Axel se sintió deslumbrado. Pensó en todos aquellos que dicen que no hay belleza más pura que una cara lavada y sin maquillar. Esa gente no había estado en Nakeima.

Una sonrisa de disculpa se dejó caer a su lado.

—Me encanta el sitio.

¡Gracias, Evita!

—Pues lo mejor es la comida. No hay carta, ¿vale? —comentó Axel, fingiendo que no se acababa de enterar—. Ellos van cocinando y sacando platos. Hasta donde queramos. ¿Te apetece maridar?

Axel hablaba con atropello. Estaba nervioso. Un aluvión de pelo rojo se le acercó a la cara y dejó en el aire un aroma sutil y demoledor.

—Estás muy guapo.

Soy imbécil.

—Tú también, perdona. No quería parecer impresionado.

—Sí.

—¿Sí, qué?

—Que si quieres maridamos. Y si no, tomamos unas cerves. Me parece bien todo.

Axel compartió su copa de champán y pidió dos Estrella Galicia.

—Que estén muy frías, si puede ser —añadió.

Y a esas dos, le siguieron otras dos, y después otras dos.

La conversación fluía sin obstáculos. La frecuencia creciente de los mensajes telefónicos que se habían enviado en las últimas horas les había permitido hacerse una idea de cómo eran y cómo encajarían. Pero hasta que no se vieron frente a frente, hablándose a los ojos, no pudieron saber a ciencia cierta si sí o si no.

Los dos pensaban que sí, sin la certeza de saber qué pensaría el otro.

Esa noche ambos se esforzaron para no salir del presente. El futuro suele dar miedo y el pasado, terror. No se hicieron demasiadas preguntas, ni escondieron respuestas. Disfrutaron de las recetas elaboradas con mimo y sabor que les iban sirviendo con ritmo pautado. Sin prisa, sus cuerpos se fueron acercando con la naturalidad que concede la confianza y la cerveza.

Y se rieron. Se rieron mucho.

—Estaba todo buenísimo. Muchas gracias, Axel.

—De nada, Alicia.

Era la primera vez que se escuchaba diciéndolo en alto. En la calle, la brisa primaveral les despejó un poco.

—¡Vaya! Ya has descubierto mi nombre.

—Soy poli, ¿qué esperabas?

Alicia vaciló un instante. No sabía qué dirección tomar.

—¿Te apetece que subamos a mi casa a tomar una copa? Vivo aquí al lado.

Ojo.

Antes de contestar, Axel miró el reloj.

—Bueno, es bastante tarde. Si te digo la verdad… —dejó la frase en el aire un par de segundos eternos— pensaba que no ibas a ofrecérmelo nunca. Me estabas pareciendo ya un poco maleducada.

Alicia desplegó una sonrisa flamante, de grandes dientes simétricos, que parecían aún más blancos en contraste con el rojo de sus labios pulposos.

—¡Qué tonto eres! —exclamó.

El apartamento estaba limpio y ordenado. Axel no supo resolver si ese era su estado natural o el resultado de un plan que terminaba con él allí haciéndose esa pregunta. La decoración le pareció escueta, pero pertinente. Sin alardes. Lo necesario para dar a la estancia un aire acogedor. Alicia sirvió dos gin tonics sin preguntar, con mucho hielo y poco alcohol. Se movía con soltura, como si hubiese ensayado. Axel vomitó su curiosidad.

—¿Haces mucho esto?

Alicia se llevó las manos a la cabeza.

—Nooo. Pero ¿qué haces? ¿Estás loco? ¿Pero cómo se te ocurre preguntarme eso? Con lo bien que iba todo. No me lo puedo creer. ¡Vaya patinazo justo al final, tío! Si ya me tenías.

Hace mucho esto.

Axel sonrió.

—¿Qué música te gusta? —preguntó ella, que permanecía de pie, junto a un reproductor con forma de zepelín y el móvil en la mano.

—No, no, de eso nada. Estamos en tu casa. Tú pinchas y yo saco conclusiones.

Alicia pulsó el «play». La voz nocturna de Dusty Springfield se coló en el salón.

Billy Ray was the preacher’s son

and when his daddy would visit he’d come along…

—Estás tratando de hacerme sentir como Vincent Vega en casa de Mia Wallace, ¿no? Pues te diré que no sé si termina de gustarme cómo acaban las cosas entre ellos.

—Bueno… —Alicia se bajó de sus tacones y caminó descalza hasta el sofá para demostrar que ella también había visto Pulp Fiction—. Al menos ya sé qué cine te gusta —dijo.

Después se recogió el pelo en una coleta doblada que dejaba a la vista un cuello esbelto y firme, y se sentó sin dejar la distancia mínima de seguridad.

Axel dobló la apuesta.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Depende —respondió ella.

—¿Cuántos años tienes?

Alicia dibujó una sonrisa pícara, se levantó levemente el vestido y cruzó una pierna al otro lado, subiéndose toda ella encima de Axel.

—¿Cuántos quieres que tenga?

Dusty Springfield forzaba un falsete.

The only one who could ever reach me

was the son of the preacher man.

Yes he was, he was, oooh, yes, he was.

Hace mucho esto.

Ella escrutó la mirada verde de él.

Le pareció que estaba asustado.

Y le besó en la boca.

El primer ojo lo abrió Axel, que notó un peso agradable abrazándole el pecho. Una luz tenue se filtraba por el hueco de la persiana e iluminaba una piel blanca y homogénea que sentía casi como suya.

Primero miró el reloj. Las 4.39. Después le olió el pelo, que otra vez suelto, le hacía cosquillas en el hombro. Olía a noche.

A continuación intentó acompasar su respiración con la de ella para no despertarla. Aunque lo que realmente deseaba era despertarla. Y por último la buscó de reojo. Tenía la boca entreabierta y la vida en pausa.

—Despiértame, por favor —le suplicó ella, sin moverse.

Axel le dio la vuelta con dulzura y se colocó encima. Sus cuerpos peleaban por volver a entenderse. Él notó cómo la sangre revivía con fuerza en su entrepierna y le colocó con suavidad el pelo detrás de las orejas, gráciles y minúsculas. Alicia sonreía, divertida.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? —insistió Axel.

—Haces muchas preguntas, ¿lo sabías?

Axel dio un golpe suave de cadera y se hundió dentro de ella, cortándole la respiración.

—Soy poli, ¿qué esperabas?

Enseguida notó cómo le abrazaba el calor húmedo de su sexo.

—Dime, ¿qué quieres saber? —susurró ella.

Axel se retiró muy despacio. Alicia recorría su espalda con la yema de los dedos y bajó por la columna vertebral hasta agarrar con candor sus nalgas.

—¿Tú crees que soy un cuadro en la cama?

Él apoyó su peso en los codos y volvió a entrar con más fuerza. Alicia soltó un gemido dulce y perdió su mirada en algún lugar del techo.

—¡Qué tonto eres! —suspiró.

Cuando Axel se despertó, se sintió ligero y joven, con esa sensación que te invade cuando recibes una buena noticia. Se giró en la cama y su cuerpo chocó con el vacío de las sábanas arrugadas. A su lado flotaba una nota encima de la almohada. La leyó moviendo los labios.

¡Buenos días, cuadro!

Te he dejado café y zumo en la cocina. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Pero vete antes de que vuelva Marcellus. No quiero que te pillen saliendo del baño y te acribillen a tiros. Si quieres te dejo poner música también. Lo pasé muy bien anoche… a pesar de tus preguntas. Gracias por la cena.

MIA WALLACE

O sea, pero ¿qué mierda era eso?, ¿la mujer perfecta? Tenía que ser una maldita broma. Si él estaba como dios con sus casos y sus cosas, con sus llamadas al pasado, su hija, su madre… Con eso tenía más que suficiente. Había aprendido la lección, nada de mujeres. Y de repente ¿se encuentra esa mierda? De la noche a la mañana pasa de ser un poli cabreado con el mundo, a Julia Roberts en Pretty Woman. Pero eso ¿qué mierda era?

Axel desayunó sin prisa y fue consciente de que llevaba horas sin mirar el móvil y sin pensar un segundo en Goya, en Loor, en Ortiz y en sus muertos. Se había desconectado del mundo.

Sintió una ligera punzada de culpabilidad que se multiplicó por mil cuando vio que en su teléfono tenía seis llamadas perdidas, todas del mismo número.

El inspector Jorge Ortiz.

Se dio una ducha fría y rápida para despejarse un poco y afrontar en plenitud de condiciones una llamada tan importante. No podía ser algo rutinario, ni una huida hacia delante, ni siquiera creía que se tratase de seis intentos de disculpa.

Seis llamadas solo podían significar que había pasado algo.

—Ortiz, soy Axel.

—¿Dónde cojones te habías metido, Nash? Te he llamado cuarenta veces.

—Estaba en casa —mintió—. Esperando una disculpa por haberme limpiado de esa forma en mi interrogatorio y por haber dejado escapar con una sonrisa al tío que mató a Goya. Supongo que ya habrás puesto al corriente a toda la prensa y te habrás encargado de clavármela de nuevo.

—¿De qué coño me hablas, de Max? ¡Pero qué dices! Max es un mierda, joder, un pobre hombre. Ese no ha matado a nadie en su vida.

—¿Ah, no? ¿Y cómo puedes estar tan seguro, listo?

Axel apretó los ojos, arrepentido de haber dejado escapar ese «listo».

—Porque tengo el teléfono encendido y me entero de lo que pasa en el mundo, y si tú fueses un buen policía y también tuvieses el teléfono encendido, habrías respondido a alguna de mis cuarenta llamadas y sabrías que Max no es el tipo que estamos buscando.

Axel estaba confundido y se temía lo peor. Había pasado algo y no se había enterado. Necesitaba otra ducha.

—Ha aparecido el rabo de Goya.

El golpe fue seco. Directo al mentón.

—¿Dónde?

—Nos vemos en Barajas dentro de una hora. Tenemos un vuelo a las once.

—¿Dónde?

La segunda vez que lo preguntó, su voz había recuperado algo de cuerpo. Ortiz tardó unos segundos en contestar. Estaba calibrando el mejor modo de decirlo.

—Ha aparecido en tu tierra, en Vigo.

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