Axel
34
Página 37 de 59
34
Vigo, sábado 23 de marzo
Aterrizaron en el aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela, a mediodía. El vuelo había sido corto pero intenso. Fuertes ráfagas de viento registradas al intentar tomar tierra le habían revuelto las tripas a Loor, que viajaba en ventanilla. A su lado, Axel no le quitaba ojo por si tenía la tentación de vomitarle encima. Aprovecharon que el inspector Ortiz viajaba en business para ponerse al día.
Axel apenas tenía novedades, al menos novedades que pudiese compartir con Loor. Bueno, o con quien fuera. El caso es que se veía incapaz de abrir sus sentimientos en canal tan pronto. No quería ni oír hablar de amor. El problema era que ahora algo le decía que, sobre suelo gallego, su oscuro pasado corría peligro de ver la luz.
Ya se había informado bien del asunto por el que viajaban, no solo de la versión oficial y extraoficial de la policía de Vigo, sino también rastreando la prensa local y su timeline de Twitter. Esto le permitió hacerse una idea de cómo se estaba tratando la aparición de un cadáver en Galicia que estaba conectado con el asesino de Madrid. A pesar de todo, le interesaba la versión de su compañera.
Durante el vuelo, y mientras él hojeaba la revista mensual de la compañía aérea, Loor le contó que ella se había enterado por una llamada a la Central. Al parecer, dos chavales que estaban haciendo surf a última hora tropezaron con el cuerpo sin vida de un capataz del puerto que flotaba cerca de las rocas, justo donde rompen las olas. Tuvieron la fortuna de que, en ese momento, en la playa se encontraba una inspectora de la policía judicial que también había ido a surfear.
—Dicen que ella se hizo cargo de todo. Y la verdad, dos sospechosos menos. Se cagaron de suerte los chavales —comentó Loor buscando una reacción en su colega que no encontró—. Ya sabes, el que encuentra el cadáver se coloca primero en las apuestas para ser el culpable.
Axel sabía que su compañera tenía razón.
—Para que luego digan que la policía no está cuando se la necesita —añadió ella.
—Oye, Loor, ¿y cómo están tan seguros de que es el pene de Marcos Goya? Llamaron enseguida, no han tenido tiempo de finalizar la autopsia.
—No sé, tío. Tú ¿cuántas pollas crees que faltan ahora mismo en España?
Axel sonrió.
—Bueno, visto así, tienes razón.
Loor le contó que, según el testimonio del agente que descolgó la llamada, la agente que sacó el cadáver del agua enseguida relacionó los dos casos.
—Tenía la polla en la boca, ¿lo sabías? —dijo Loor—. Eso no sale en las fotos de la prensa. Se encargaron de no ofrecer esa imagen cuando llegaron los reporteros gráficos. Dicen que fue decisión de la secreta. Que lo hizo por la familia. Y la verdad, me parece bien, bastante sufrimiento van a tener que soportar ya.
—¿Qué dices? ¿Dentro? ¿Dentro de la boca? —preguntó Axel arqueando las cejas.
—No. Enrollada sobre la boca y sujeta por un montón de cinta aislante que le rodeaba la cabeza. El que lo hizo se quería asegurar de que cuando el cuerpo apareciese, la polla no se hubiese soltado.
Axel pasó varias páginas de la revista con fingido desinterés.
—Es un mensaje. El tipo era un chivato. Están enviando un mensaje.
—¿Tú crees? —preguntó Loor—. Yo nunca había visto nada parecido, Axel. Esos mensajes en Toledo no se mandan. Mandamos otros. Esos no. Pero bueno, tú sabrás, que eres de aquí. ¿En serio mandáis ese tipo de mensajes?
Una turbulencia zarandeó la cabina del avión cuando ya habían iniciado el descenso a tierra. Loor palideció y se agarró al cabecero del asiento que tenía delante.
—Bueno, es igual. Luego me lo cuentas —dijo.
Axel cerró la revista y la colocó en la rejilla que tenía junto a sus rodillas.
—¿Te da miedo volar? ¡No me jodas! —comentó con una sonrisa burlona—. Esto sí que no me lo esperaba. Loor conoce el miedo. ¿Quieres que te coja la mano, tontorrona?
Loor cerró los ojos y se concentró en su respiración. Estaba acelerada.
—Vete a la mierda, Axel.
En la terminal, dos hombres de la brigada provincial de Vigo, que respondían a los nombres de Carlos y Fran, les estaban esperando. Ambos estaban cortados por el mismo patrón. Eran bajitos y anchos. De complexión fuerte, con brazos acostumbrados a las pesas. Llevaban el pelo corto y la barba recortada. Y lucían sendos chubasqueros húmedos por la lluvia que arreciaba esa mañana. Debieron de notar los rostros de contrariedad de los forasteros, que llegaban mal abrigados desde la capital, donde la primavera es soleada. Y trataron de animarlos.
—Tranquilos. Esto aquí es normal —dijo el menos bajito—. El cielo siempre se levanta cabreado, pero luego abre. Siempre lo hace.
Loor pareció desconfiar. Axel, que sabía que decían la verdad, no la sacó de dudas. Fue el inspector Ortiz quien respondió con un comentario jocoso y tomó la iniciativa en las presentaciones. Quizá para marcar distancias. Axel y Loor adoptaron de buen grado un papel secundario y se limitaron a tender sus manos cuando escucharon sus nombres.
Montaron en un coche oficial y condujeron en relativo silencio por la autopista del Atlántico, durante los 87 kilómetros, 51 minutos y 9,95 euros, contando peajes, que tardaron en llegar al centro de Vigo.
Fueron directamente a la Dirección General de la Policía Nacional, en la calle Luis Taboada, junto a la Alameda. Un bloque feo de cemento blanco y sucio que centralizaba todas las operaciones relacionadas con el narcotráfico en la ciudad. Tomaron un ascensor y subieron a la última planta. Axel discurrió que habían habilitado la zona noble de la comisaría para algo muy gallego: recibir con apariencia a «los de Madrid».
En una sala de madera, que en nada recordó a Axel y Loor a su cuartucho de mierda, los recibieron dos hombres trajeados de avanzada edad y una chica joven a la que Axel conocía mejor que bien. Después de los pertinentes saludos y presentaciones, tomaron asiento.
—Boas tardes. Inspector, oficiales. —Tomó la palabra el mayor de los anfitriones en edad y rango. Tenía un acento cerrado que le hacía parecer campechano—. Mi nombre es Antón Olivares, comisario en jefe de la policía judicial de Vigo. Me acompañan el subinspector Manuel Andrade y la inspectora del cuerpo superior de policía, Iria Novoa. Fue ella la que encontró el cadáver —añadió señalándola con la cabeza—. Espero que hayan tenido un viaje agradable y confío en que puedan disfrutar de nuestra hospitalidad en las próximas horas. De momento les hemos recibido a lo grande, ¡qué forma de llover!
Nadie se rio.
—Bueno, les hemos hecho venir hasta aquí para que podamos unir esfuerzos y coordinarnos en una investigación que todos entendemos nos afecta por igual. Esto es una carallada, para nosotros no es algo nuevo. Ahora, mi compi entrará en más detalles, pero creemos, estamos convencidos, vaya, de que se trata de un ajuste de cuentas vinculado al narcotráfico. Un asunto de drogas, lo típico por estas tierras.
Nadie se rio.
—En otro momento lo habríamos resuelto siguiendo los cauces habituales pero sabiendo que ustedes llevan semanas deseando resolver el crimen de la radio, les hemos llamado inmediatamente y hemos parado todo. Queremos compartir toda la información de la que disponemos hasta el momento. Si les parece, después nos haremos cargo nosotros de esta investigación y no meteremos las narices en la suya. Por supuesto, con el compromiso de mantenerlos al tanto de cualquier avance que les pueda resultar de utilidad en sus pesquisas. Aunque mucho me temo que esto va a ir para largo.
Axel echó de menos su libreta y una apuestita con Loor.
Si lo llego a saber.
Olivares le recordaba a una caricatura de parque de atracciones. Estaba seguro de que por las mañanas se colocaba el poco pelo que le quedaba de tal forma que envolviese su calva. El resultado era poco satisfactorio. Llevaba un traje marrón grande y una corbata verde clásica. Tenía el pecho inflamado y la barriga llena. Por su forma de expresarse, Axel empezaba a temer que todos los jefes fuesen igual de coñazo a lo largo de toda la geografía española.
—No me extiendo más. —El inspector jefe Olivares se giró hacia la posición de Iria Novoa y con un gesto la animó a intervenir. Un gesto que debió quedarse en un gesto—. Iria, cariño, explícales lo que sabemos.
Compi, cariño. Buf cómo debe estar esta por dentro.
—Hola a todos.
Iria inició su alocución muy seria. Axel pensó que tenía varios motivos para estarlo. Y él conocía, al menos, un motivo más que el resto. No eran amigos, precisamente. Recordaba con una cercanía extraña su acento cantarín, le resultaba hipnótico.
—Intentaré no alargarme y ser precisa en los detalles. El cuerpo que encontramos anoche en la playa de Prado pertenece a Mauro Otero, cuarenta y dos años. Un trabajador del puerto de la ciudad. El cadáver fue avistado por dos surfistas a las 21.04 en la zona del pico. Yo estaba en la playa en ese momento y me hice cargo de la situación. Con ayuda de un amigo, saqué el cuerpo del agua. Comprobé, en un primer momento, múltiples evidencias de que el cadáver llevaba varias horas flotando en las corrientes de la zona y consideré innecesario iniciar las maniobras de reanimación. El cuerpo manifestaba una hinchazón general uniforme y en la frente destacaba un pequeño orificio negro y redondo, más o menos de este tamaño. —Iria cerró la mano formando un hueco circular del tamaño de una sortija.
—Le dispararon —interrumpió por primera vez el inspector Ortiz, mostrando su asombro. No conocía ese detalle.
—Eso es —respondió Iria—. Les ruego discreción en cuanto a los detalles. De momento la prensa, y por tanto el resto de la sociedad viguesa, desconocen los pormenores del crimen.
Todos estuvieron conformes y si no lo estaban, lo parecieron.
—Tendremos el máximo cuidado. Por el bien de todos —dijo Ortiz, animándola a proseguir.
—Como se podrán imaginar, el agua había efectuado su trabajo para complicarlo todo y no hay ni rastro de ADN, huellas o fibras sintéticas. Sus efectos sobre la piel tampoco nos permiten extraer demasiadas conclusiones sobre el proyectil que acabó con su vida. Lo único que sabemos es que no se apreciaba orificio de salida, por lo que, aunque pronto sabremos qué tipo de arma fue la empleada, tendremos que esperar a la autopsia y al estudio del perito en balística.
La exposición de Iria Novoa estaba siendo limpia y directa. Axel pensó que quizá lo hacía extramotivada por la condescendencia machista de su superior al presentarla. Quería cerrarle el pico. Al pensar esto, se descubrió a sí mismo incurriendo en el mismo machismo o en uno peor, el de pensamiento. Se dijo entonces que Iria había hecho una exposición brillante sencillamente porque tenía esa capacidad. Y siguió escuchando.
—Les cuento esto para que tengan el contexto del crimen. Pero ya voy a lo que les atañe a ustedes. El cadáver tenía liberadas ambas extremidades, algo poco habitual cuando se lanza un cuerpo al mar. Seguramente el asesino o asesina consideró que la bala había resuelto el trabajo y no necesitaba que se ahogase. Lo que sí tenía atado a la boca es un pene envuelto en cinta adhesiva para embalaje. Como saben, el asesinato de Marcos Goya y sus particularidades han adquirido un alcance informativo de carácter nacional, por lo que, en cuanto lo vi, supe que esta mañana estaría aquí reunida con ustedes. —Iria apoyó ambas manos sobre la mesa y bajo un poco el tono—. Si quieren mi opinión, aunque sea una conjetura bastante libre y gratuita, yo creo que Mauro Otero es un mensaje.
Loor no pudo evitar mirar a Axel, que le devolvió la mirada encogiéndose de hombros.
—En México, esta es una práctica habitual contra los chivatos —siguió Iria—. No es algo inventado por las series de Netflix o las novelas de Don Winslow. Cuando algún civil, algún vecino o alguien de la banda que sea, habla con la poli y lo descubren, ese es el precio a pagar. Le amputan el miembro, lo matan, se lo meten en la boca y lo cuelgan de la plaza del pueblo para que todo el mundo lo vea.
—Allí son más salvajes —comentó Manuel Andrade, que aún no había abierto la boca y seguramente se sintió empujado a justificar su presencia en la sala.
Nadie se rio.
Manuel Andrade sabía ser un esbirro. Un superviviente. En un holocausto nuclear, se las apañaría para caer el último. Tenía una única ceja que le cruzaba la cara como un bigote ocular. Era alto y delgado. Y hablaba juntando demasiado las sílabas y comiéndose alguna letra. Estaba más acostumbrado a escuchar. Y a Iria la escuchaba fingiendo un interés que no tenía.
—La conexión puede parecer prematura, pero en mi opinión es plausible —escuchó que decía Iria con su acento de las Rías Baixas—. A nuestras costas llegan barcos procedentes de todas partes de Sudamérica y Centroamérica: Colombia, Venezuela, Brasil… México. A estas alturas parece razonable pensar que no era la primera vez que Mauro participaba como conexión en tierra con las mafias de ultramar. Era el último eslabón de la cadena, el más débil, pero igual de importante.
Axel pensó en su noche en el Flowers, en Caco y el animal omega.
—Mauro debía sospechar que la policía portuaria estaba siguiéndole la pista y dio la voz de alarma. Eso o un arrebato de mala conciencia. Pero, al menos yo, creo más en el miedo a la ley que en el miedo a la conciencia. Llámenme loca.
Axel procuró no moverse demasiado y no llamar la atención, pero estaba empezando a impacientarse. Levantó la mano.
Controlando un fastidio que no salió al exterior, Iria Novoa se calló para darle la palabra.
—¿Es la primera vez que ocurre algo así? —preguntó Axel—. Quiero decir, en México, igual es habitual, pero ¿había llegado ya a nuestras costas este tipo de violencia?
El comisario Antón Olivares abrió el pecho para tomar aire y responder, pero Iria Novoa se le adelantó.
—Convivimos desde hace años con la droga y la violencia que trae consigo. Los clanes gallegos, si bien es cierto que se han vuelto más sanguinarios en los últimos años, siempre han huido de la sangre. Cuanta más sangre, más policía. Así lo entienden ellos. Por lo que creemos que la orden viene de América.
—Podría tratarse de un imitador, un copycat —sugirió Axel.
—Podría ser. Pero preferimos primero descartar otras vías. En cualquier caso, lo tendremos presente… perdone, no recuerdo su nombre.
Lo sabes de sobra, anormal.
—Axel. Me llamo Axel. —Lejos de frenar, Axel aceleró—. Otra cosa más, ¿no es extraño que el cuerpo fuese hallado tan tarde?
—¿Qué quiere decir tan tarde? —preguntó Iria.
—Este tipo de represalias o de crímenes se suelen llevar a cabo de noche. No tendría ningún sentido arriesgarse a ser visto a plena luz del día. Por lo que lo habitual es encontrar los cuerpos al amanecer. ¿No es un poco raro que nadie lo haya visto antes flotando en el mar? Algún marinero, alguna lancha, no sé…
—Ayer hubo un temporal muy fuerte. El vendaval aún colea hoy, debieron notarlo al aterrizar. —Loor se puso roja al recordar que había mandado a Axel a la mierda por culpa del viento—. Así que es probable que no hubiese mucha faena cerca de las rocas.
—¿Y era seguro hacer surf en esas condiciones? —Axel sabía que estaba tensando la cuerda, pero no era capaz de evitarlo.
—En Galicia estamos acostumbrados a pasar por las cuatro estaciones del año en un mismo día. Y por la tarde, el cielo se había despejado un poco y el viento había dejado buenas olas.
Axel emitió un sonido gutural a modo de asentimiento y apuntó algo en las notas de su teléfono.
—¿Tienen alguna pregunta más, caballeros? —retomó la iniciativa el comisario Olivares, que parecía tener ganas de finiquitar la reunión.
—Nos gustaría ir al puerto —irrumpió el inspector Jorge Ortiz—. No es por nada del otro mundo, pero si nos acompañan, nos gustaría hacernos una idea de cómo funcionan las cosas allí y quizá también conocer un poco mejor a Mauro Otero.
El cabrón es bueno para los nombres.
Salieron todos a la calle y tomaron caminos distintos. El comisario Olivares le pidió a Andrade que acompañase a los visitantes al puerto e instó a Iria a ir a descansar: «Llevas muchas horas despierta y te necesitamos fresca».
A Iria le tocó los ovarios que la discriminase de nuevo. Pero obedeció. Se despidió sin exceso de cortesía. Se puso a disposición del inspector Ortiz y se fue.
Los demás resolvieron ir caminando al puerto. «Es un paseo agradable, con vistas al mar y así abrimos un poco el apetito. No tardamos más de veinte minutos». Esas palabras, en boca del subinspector Andrade, sonaron presuntuosas.
Axel inició la marcha con ellos pero, tras consultar su móvil, cambió de opinión.
—Me vais a disculpar, pero tengo que hacer un par de llamadas urgentes —dijo—. Id yendo vosotros, luego os alcanzo. Conozco bien el camino. Después me ponéis al día de todo.
Loor sabía que Axel no había vuelto a encender el móvil después de aterrizar. Y sabía que tampoco pensaba hacerlo ahora.
Lo que no sabía era qué se traía entre manos.