Axel

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—No.

Era el tercer no consecutivo que recibía y Axel aún no había formulado ninguna pregunta. Solo había dicho:

—Quiero verla.

—No.

—Le sentará bien.

—No.

—Sí.

—No.

Estaban de pie junto al coche de Iria Novoa, que se quería ir a casa. Axel la había visto alejarse desde la comisaría y la alcanzó de una carrera. Al fondo, varios edificios de ladrillo naranja y ventanas con persianas le trajeron a Axel vagos recuerdos de su infancia.

Pensó en visitar a su madre. Había crecido no muy lejos de allí. En un bloque de pisos gemelos, con varios portales y un patio interior común.

Cuando miró a Iria a los ojos, hurgó en sus recuerdos y trató de recordar la última vez que habían hablado a solas.

¿Cuánto había pasado? ¿Ocho o nueve años?

Axel le atribuyó al paso del tiempo la red de pequeñas líneas asimétricas que se formaban alrededor de sus ojos, que seguían siendo azules, como zafiros enfadados.

Se conocían de toda la vida. Axel era un par de años mayor que ella, pero de niños veraneaban juntos en Panxón y con el tiempo trasladaron su amistad a la ciudad.

Y con el tiempo también su relación se deterioró mucho. Antes se apreciaban. Ahora se odiaban.

Bueno, en realidad, Iria odiaba a Axel. Además, había descubierto que seguía llamando por teléfono a su hermana Noa y no estaba dispuesta a permitirlo.

—Déjala en paz. Te lo pido por las buenas —ordenó—. Ahora está tranquila. No habla de ti, no piensa en ti. No arrases con todo, te lo advierto.

Iria seguía muy seria. Axel se preguntó si era ya su estado natural o era él quien se lo provocaba.

—No pretendo arrasar nada —se excusó Axel—. Y deja de tratarla como a una niña pequeña. Ya es mayorcita para tomar sus propias decisiones.

—¿Cómo? ¡Hay que joderse, Axel, de verdad! ¡Qué fácil es hablar desde la distancia, eh! Y ahora vienes, te presentas aquí un día y me dices cómo son las cosas y cómo deben ser. Claro que sí. Y el resto del tiempo te dedicas a tu vida en Madrid y en Galicia que se apañen. Que te den por el culo, Axel. Me voy. Ni se te ocurra aparecer.

Axel agarró la puerta del conductor del coche de Iria antes de que se cerrase.

—Espera. No seas así. Por supuesto que no es fácil para mí. ¿Tú te crees que para mí es fácil que me odiéis todos? —Una ráfaga de aire arrastró algo de polvo y los ojos de Axel se humedecieron—. Pero tienes que entender que hay muchas cosas que no sabes y que no puedes saber. Muchas. Tienes que confiar en mí. Necesito hablar con Noa. No me lo pongas más difícil.

Iria dio un tirón brusco y cerró la puerta.

—¡Que te pires!

Axel cedió y se apartó cuando los neumáticos del Citroën C3 chirriaron en sus narices. Sabía que no podía convencer a Iria sin contarle la verdad y había jurado que jamás lo haría. Además, ella no estaba preparada para la verdad.

Nadie lo estaba.

Ni siquiera él.

—¿Por qué no le dices la verdad?

—No sé a qué te refieres.

—Sí lo sabes. Por supuesto que lo sabes.

Jorge Ortiz sonaba duro. Había pillado a Loor por sorpresa. Después de la visita guiada por el puerto, en la que ambos conocieron cómo funcionaban las descargas, la insalvable burocracia, la invisible intendencia y, sobre todo, los diferentes mecanismos conocidos para introducir droga en las costas gallegas, el comisario Olivares y el subinspector Andrade se disculparon y se sumergieron en un canutazo improvisado con los enviados especiales de las teles y las radios que se habían desplazado al puesto de trabajo de la víctima.

Loor y Ortiz se quedaron a solas. Fue él quien sacó las garras.

—Axel no es tan listo como se cree —dijo—. Y es evidente que tú piensas lo mismo que yo. No seas cobarde y cuéntaselo antes de que se lo cuente yo.

—A mí no me parece que se crea muy listo.

—Loor, no me toques los cojones. Bastante mierda tengo ya encima. Axel te tiene aprecio y sabrá perdonarte. Bueno, a lo mejor no. Pero si no te perdona, te jodes. Ese no es mi problema. Tenemos que empezar a trabajar en equipo o nunca pillaremos a esos tíos. Deja de pensar en tu culo y da la cara.

Loor no comprendía cómo se había enterado. Al final iba a resultar que era mejor policía de lo que pensaban. Quizá le habían subestimado.

—Está bien. Está bien. Deja que sea yo quien se lo cuente. —Loor sacó un cigarrillo arrugado de su cajetilla de Marlboro y se lo colocó en la boca sin encenderlo—. Pero dame unos días. Tengo que pensar bien cómo hacerlo.

—Tienes hasta mañana —sentenció Ortiz—. Si en la próxima reunión del grupo de investigación no le has confesado que fuiste tú quien le traicionó y le filtró a la prensa la historia del kerambit, lo haré yo. Y créeme, será mucho peor. No pienso ponerle azúcar.

Loor encendió el pitillo, dio una bocanada larga y soltó tanto humo que dejó de ver momentáneamente la cara de Ortiz.

—No seas cabrón. Sabes que no es tan así. ¿Qué coño quieres que le diga? ¿Que hay un maldito hijo de puta entre nosotros, que me tiene pillada por los huevos y que me amenazó con contarle a todo el departamento el porqué de mi traslado a Madrid? Eso acabaría para siempre con mi carrera en el cuerpo y con mi reputación. Necesitaba empezar de nuevo y lo estoy consiguiendo. No seas cabrón. Axel se ha convertido en lo más parecido a un amigo desde que tengo uso de razón. No soy capaz de elegir entre él o yo. No podía hacer otra cosa, no seas cabrón.

Loor sentía que las lágrimas pugnaban por abrirse paso.

—Veinticuatro horas. Ni una más —insistió Ortiz.

El fuerte viento que les golpeaba la cara recrudecía la mañana. Al menos había dejado de llover.

Axel se acercaba con cara de haber visto un fantasma. Regresaba antes de lo previsto y caminaba encorvado hacia delante, con un peso inmaterial que lo doblegaba. Habría nacido y crecido en Galicia, pero Loor pensó que esa tierra no le sentaba nada bien.

Y a ella tampoco.

«Madrid no está tan mal».

Por primera vez lo pensó sin intentar convencerse de nada.

—¿Que es lo que no te convence?

—Tener aquí a esta gente justo ahora, tío. Tenemos un saco de pasta encima y necesitamos otro saco de pasta igual. Y se plantan aquí estos maderos de Madrid a tocarnos las pelotas. A la pasma de aquí la controlamos, ¿me entiendes? Pero los putos matracas se creen que han inventado el mundo.

Omar escuchaba a su colega Jarvis mientras volcaba el polvo blanco sobre la mesa de cristal del salón. Sacó el carné de identidad y apretó contra el vidrio, aprisionando las rocas para deshacerlas.

—Joder, está húmeda. Déjame una tarjeta —dijo Omar.

La cocaína se le quedó pegada en el dorso del DNI, donde Omar leyó el nombre de sus padres. Era tarde para sentir remordimientos. Con ayuda de la tarjeta de crédito sin crédito de Jarvis, devolvió la droga a la mesa y le dio golpes pequeños y precisos con el canto del documento de identidad.

Tac, tac, tac, tac.

Cuando hubo terminado, separó la farla en dos carreteras gruesas e irregulares y enrolló un billete de 50 euros en forma de cilindro.

—Vaya loncha, chorbo. Estás que lo partes. Esa es de peaje mínimo, chaval. —Jarvis se doblaba de risa con sus ocurrencias.

Omar se metió el turulo en la nariz y se agachó para aspirar del tirón la fila de coca.

Boom.

Directa al cerebro.

Aspiró un par de veces con fuerza y con el dorso de la mano se retiró el picor de la napia. Le pasó el billete a Jarvis, que repitió la operación.

—Dios, colega. Me cago en mi puta vida, ¡qué viaje! Esto es mandarle y lo demás son hostias —dijo Jarvis.

Tenían la Play en pausa. Estaban echando un FIFA. Omar jugaba con el Celta. Era algo familiar. Jarvis, con el Madrid. No quería sorpresas.

—Acércame el papel. Voy a hacerme un porro —anunció Omar mientras le señalaba a su colega un librillo de OCB olvidado en el reposabrazos del sofá—. Oye… y otra cosa… ya te lo había dicho, creo, pero olvídate de lo de conseguir la pasta esa. Es un tema mío. ¿Está claro? —añadió.

Jarvis tomó aire.

—Pues ya me dirás cómo cojones la vas a conseguir, tío. Con toda la jodida ciudad infectada de maderos por todas partes. Te veo capaz de clavársela a la pasma de aquí, que son más vagos que su puta madre. Les das una botella de vino y un pulpo y ya te llaman por tu nombre. Y no se mete en la cárcel a un tío al que lo llamas por su nombre. Además, ¡qué cojones!, pero si aquí todo dios tiene unas mansiones de la hostia. Todo dios menos el subnormal de tu colega el Jarvis. El resto tienen todos unas mansiones de la hostia y las manos atadas, ¿me entiendes? ¿Qué van a hacer? Gritar desde su mansión «Eh, policía, este cabrón gana 800 pavos al mes y tiene una mansión como tu puta cabeza de grande, fijo que está en la droga, no como yo, que pongo cuatro multas de aparcamiento a cuatro viejas sin dientes y también tengo una mansión de la hostia como tu puta cabeza». De eso nada, tío. Pueden ser vagos pero no son gilipollas. Esto es una rueda que no para de girar, tío. Y nadie le va a poner un palo a su puta rueda para que metan en el trullo a un tío que está haciendo lo mismo que tú. Pero otra cosa son los de Madrid. Eso ya es otra movida. Ahí no me meto. De esos no hablo, tío, porque no tengo ni puta idea.

—Dale al «start» y calla la boca de una vez —dijo Omar con una sonrisa tensa—. Que tienes toda la segunda parte por delante jugando con diez.

—Si es que la vida me putea hasta en la máquina esta, joder. —Jarvis cogió el mando de la Play y reanudó el partido—. Oíste… has oido lo que circula por ahí, ¿no…? Dicen que ha venido también el poli.

Omar no retiró la vista de la televisión.

—¿Qué poli?

—El poli, joder. Ya sabes qué poli. El puto poli.

—Qué, ¿alguna novedad? —preguntó Axel mientras se acercaba a sus compañeros.

El olor inconfundible a pescado fresco del puerto le inundó las fosas nasales.

—Nada importante. Aquí no hay mucho que rascar —zanjó Ortiz—. Tengo la sensación de que esta gente está muy poco acostumbrada a resolver asesinatos y mucho a convivir con la extorsión y el narcotráfico. Les dejaremos hacer su trabajo pero será mejor que nos vayamos haciendo a la idea de que estamos bastante solos en esto. El tipo que apareció flotando en la playa estaba untado por alguna mafia sudamericana, o por varias, desde hace años. Me juego el cuello. Al parecer vivía con su familia en una casa acojonante con vistas al mar. ¿En serio nadie ató cabos hasta hoy? Un capataz del puerto viviendo en una mansión. ¡Vamos, no me jodas!

—La indulgencia de lo cotidiano.

—¿Qué dices? —Ortiz miró a Loor levantando las cejas como diciendo «Ves como se cree muy listo». A lo que Loor respondió torciendo la boca como diciendo «Igual es que es más listo que tú».

Axel percibió la complicidad entre los dos y sintió un brote de celos inesperado.

—Es la capacidad del ser humano para adaptarse y acostumbrarse a todo —explicó—. Por ejemplo, la primera vez que asistes a un crimen violento notas que se te revuelve el estómago, que te mareas, que sufres. Y todo eso puedes incluso arrastrarlo en sueños durante días. Pesadillas y tal. La segunda vez, te asustas aún más, por miedo a que lo atroz se convierta en tu día a día. Pero las siguientes veces, y sin que tú lo decidas, te das una tregua. Le restas importancia a todo. ¿Por qué? Porque lo necesitas. Entonces te vas acostumbrando. Te puedes acostumbrar casi a cualquier cosa. Es algo parecido a lo que le ocurre a los médicos. El primer paciente que se les muere les acompaña durante días. Se les mete en la cabeza que flipas. Luego, según van adquiriendo experiencia y descubren que la muerte es inevitable en su día a día, llegan a un punto en que se aíslan emocionalmente, de manera natural. Porque si se siguen haciendo responsables de cada muerte, no viven. Esto sirve también para el narcotráfico y sus consecuencias. Cuando lleva tantos años habitando en la sociedad, es la sociedad misma la que llega a un punto en que casi no reacciona. Es un mecanismo de defensa. El ser humano necesita ser indulgente con su cotidianidad para poder seguir adelante. Vivir permanentemente en el asombro, el asco, la repulsión… es insoportable. Es puro instinto de supervivencia.

—¿Qué eres, filósofo ahora? —preguntó Ortiz, que volvió a mirar a Loor.

—Yo qué sé, joder. Me lo acabo de inventar. —Axel sonrió—. Pero el negocio, en estas tierras, funciona más o menos así. Lo conozco bien.

Nadie preguntó por qué lo conocía tan bien y todos pensaron que se refería a algo que iba más allá del mero hecho de haber nacido y crecido allí. Axel tampoco dio más explicaciones.

—Lo que no me cuadra es lo de la polla —dijo Axel fijando la vista en unos enormes contenedores azules que rompían la vista a la ría—. Si quieres mandar un mensaje, hazlo todo con el mismo cadáver, ¿no? No mezcles. ¿Para qué mezclar? Al mezclar, lo único que consigues es movilizar a toda la policía del país donde metes la droga. ¿No os parece? Al margen ya del bombazo que va a ser esto para la prensa.

—Igual necesitaban deshacerse de una prueba y de esta forma lo consiguen —sugirió Loor.

—Hay mil formas de deshacerte de una prueba —respondió Axel—. ¿Qué necesidad tienes de hacer esto? ¿Y cómo demonios llegó la polla hasta aquí? ¿A Goya también lo mató la mafia mexicana? No me lo creo. No tenemos ni un solo indicio de que estuviese metido en asuntos de droga. Esto es raro de cojones.

—Me encanta escucharte, Nash —dijo Ortiz en un intento de retranca—, pero me está entrando un hambre de la hostia. Vamos a tomar un pincho de tortilla y una birra. Yo invito.

Una vibración intermitente en el bolsillo de Axel le hizo reaccionar con esperanza.

Noa.

Cuando vio quién le llamaba, se llevó las manos a la cabeza, y soltó un «Ayyy».

Joder. Me había olvidado de este.

—¿Quién es? —preguntó Loor.

Axel guardó el móvil sin responder y se giró un poco para evitar que Ortiz le escuchase.

—¿Te acuerdas de que el otro día te dije que tenía un par de trucos preparados para el interrogatorio de Max Morán?

—Sí, claro.

—Pues este que me llama es uno de los trucos. Con tanto cristo se me había olvidado por completo —dijo bajando la voz a un susurro—. No quiero que me oiga este traidor, que luego lo casca todo. Ya le llamo cuando volvamos a Madrid.

Loor sintió una punzada de culpabilidad. Tenía que hacer algo.

—Oye, Axel. Luego tenemos que hablar.

—Joder. No te pongas tan seria. Que me acojonas. ¿Qué me quieres contar ahora? ¿Que tu abuela estaba liada con Franco y tu abuelo era negro? Porque eres una caja de sorpresa.

Loor esbozó una sonrisa vulnerable.

—Idiota —dijo, mientras le golpeaba en el hombro con la palma de la mano animándole a seguir a Ortiz—. Luego hablamos.

—No hay nada que hablar, Noa. No.

—¿Le has visto?

—Sí. Le he visto. Pero tú no le vas a ver.

Iria llegó a su casa con la sangre aún en ebullición. No esperaba volver a ver a Axel y menos tener que compartir con él una investigación.

Para ella seguía todo muy fresco.

No era capaz de verle de otra forma. Era el tío que le había destrozado la vida a su hermana. Sin paliativos. Le había destrozado la vida. Y lo había hecho de tal forma que ni siquiera el tiempo había restituido su paz por completo. Entre todos, con ayuda también de sus padres y recurriendo a psicólogos y pastillas, habían conseguido levantar un muro de contención. Y no estaba dispuesta a poner a prueba su resistencia.

—Ya he hablado con él y no va a venir. Se lo he dejado muy clarito. Y tú deberías hacer lo mismo. Sé que te llama de vez en cuando. ¿Qué es lo que quiere, joder? ¿Por qué no te deja en paz de una vez? ¿No fue suficiente con lo que pasó? ¿Quiere jodernos la vida a todos de nuevo?

Iria no fue capaz de controlar el llanto. La humedad trémula en su ojos intensificaba el azul iridiscente de su mirada. Noa la imitó contra su voluntad. Sus lágrimas, sin embargo, eran negras.

—Tú no lo sabes, pero no todo fue malo, Iria. Axel también me ayudó mucho en momentos difíciles. Y creo que aún le quiero.

—Tú estás gilipollas. Que eras una niña de diecisiete años, por favor, Noa. Despierta. Que eso no se le hace a nadie. Pero con diecisiete… Hay que ser un bastardo miserable para hacerle algo así a una cría. Arrancarte así de tu familia y dejarte tirada como una colilla. Me dan ganas de…

—Tú lo has dicho. Era una niña, pero ya no lo soy. Voy a cumplir veintinueve y no pienso seguir escuchándote cuando no tienes ni idea. Pero ni idea.

—Noa, te lo advierto. Como quedes con él, no te molestes en volver. No me voy a ablandar ni a echar atrás. Si quedas con él, no vuelvas a esta casa.

Noa se fue dando un portazo que dejó temblando los cuadros del recibidor y la garganta de Iria. Cuando vio marcharse a su hermana, fue consciente de que sería incapaz de cumplir su amenaza.

—Estos no son ninguna amenaza. Te lo digo yo. Esta noche los metemos en un avión de vuelta para Madrid y arreglado.

—No es que tengamos nada que esconder, tú ya me entiendes. Pero no me gusta que me observen mientras estoy trabajando.

—Te entiendo perfectamente. A mí me lo vas a decir.

Olivares y Andrade se daban la razón mientras vaciaban una botella de ribeiro y se metían medio kilo de camarones cocidos del tamaño de la pierna de un obeso. Sentían que la ciudad les pertenecía y que allí se hacía el bien y el mal siguiendo sus reglas. No estaban preocupados, solo tenían ganas de cerrar la puerta.

—Te vas a encargar tú de la investigación, Andrade. Te voy a poner a la niña esta contigo. Parece espabilada. Si ves que se mete donde no le llaman, le paras los pies. La chavala tiene un pasado. Una historia familiar jodida. Si llega el caso y lo ves necesario, avísame y lo utilizamos. Te pondré también a algún veterano con pocas ganas de acción. Lo último que necesitamos es gente con ganas de complicarse la vida. No vaya a ser que nos la compliquen a nosotros también. Estoy de héroes hasta los cojones. Ah, y déjame a mí la comunicación con Madrid. Ya les informo yo. Si por algún casual contactan contigo primero, toréales. Yo que sé, diles que estás recogiendo a los niños, que tienes una reunión de la comunidad, cualquier mierda, y ya los llamo yo.

—De acuerdo, jefe.

Andrade regó esas tres palabras levantando su copa y proponiendo un brindis. Sabía que esas tres palabras eran la clave de su éxito.

Nada más y nada menos.

Sobre todo, nada más.

No ponía peros, no daba problemas, no pedía explicaciones. «De acuerdo, jefe». Ahí estaba todo. Así de fácil.

—¡Pero cómo está mi niña de guapa!

—Ni mi niña ni mi niño. ¿Tú no sabes avisar de que vas a venir?

—Joder, mamá. Quería darte una sorpresa.

Axel se agachó para abrazar a su madre. La notó más gordita. Le agarró con cariño un par de michelines de la espalda para hacerla reír. Se puso triste al darse cuenta de que cada vez que dejaba pasar unos meses sin verla, el tiempo la envejecía con urgencia. Axel era consciente de que, en las personas mayores, dos meses podían ser dos años. Que eran como niños. En su madre, el tiempo parecía tener prisa. Además, había decidido dejar de teñirse el pelo y ya lo peinaba totalmente gris. Ella decía que se había cansado de ir a la peluquería, pero Axel sabía que detrás de esa decisión se escondía una suerte de homenaje a su madre, la abuela de Axel.

—Te dije que la próxima vez que apareciese por Galicia te hacía una visita y te llevaba a pasear por la playa. ¿Te lo dije o no?

—Yo qué sé. No me acuerdo de que lo que comí ayer, me voy a acordar de tus parvadas. Pero ya te digo que con este tiempo, carallo, puedes ir yendo, fillo. Yo no salgo de casa hoy nin tola.

—Pues nos quedamos, mujer, y damos un paseo por la cocina y, si insistes, me haces una de esas tortillas de patata que solo tú sabes hacer.

Adela, así se llamaba la madre de Axel, se rio con fuerza. Con una risa pretendidamente falsa.

—Tú sueñas, bonito. Voy a meterme yo ahora a cocinar. Y luego a fregarlo todo. Con la de dolores que tengo. Tú, como vives en los mundos de la piruleta, no te das cuenta de que tu madre no puede más. Cualquier día de estos dejo de andar y me tienes que meter en una residencia.

—Mamá, no te voy a meter en una residencia.

—Más te vale. Ya te lo aviso. Toda la vida cuidando de ti, para que me metas en una residencia llena de viejos. Vamos, vas listo. Te dejo sin herencia.

Axel se sentó en una banqueta de madera de la cocina mientras observaba a su madre moverse. Tenía razón. Le costaba mucho mantenerse erguida. La columna se le había deteriorado mucho en los últimos meses y necesitaba apoyarse en un bastón para estar de pie.

—Pareces un sargento con ese bastón, joder. El sueño de tu vida, tenernos a todos firmes.

—Tú anda jugando, ya verás lo que hago con el bastón.

Adela abrió el armario que estaba encima del lavavajillas y sacó una botella pequeña de oporto. Se sirvió una copita escasa y se la bebió de un trago.

—A ti no te ofrezco, que me queda poco y tienes que trabajar. —La madre de Axel ejercía de madre y viuda a la vez—. Bueno, fillo, ¿y cómo es que has venido? ¿Qué pasó? Porque para que tú vengas a ver a tu madre tiene que pasar algo.

Axel se lamentó por no haberla avisado, aunque ni siquiera así se habría librado del asedio. Nadie lograba desarmarle como su madre. En todos los sentidos.

—Ha aparecido una pista aquí en Vigo que tiene que ver con un asunto nuestro. No puedo contarte muchos más detalles, mamá.

Si no, ya sabes que tendría que matarte.

—Boh. Tú eres tonto. Te debes de pensar que a mí me interesan esas cosas. Te puedes meter tus secretos por donde te quepan. Bastante ocupada estoy yo aquí con mis cosas. Oye, ¿qué tal la pequerrecha?

—¿Marta? Muy bien. Cada día se parece más a ti. Es cuspidiña a su abuela —mintió Axel.

Adela negó con la cabeza y miró al cielo techado con gotelé.

—No digas bobadas. Se parece al abuelo. Esos hoyuelitos en el carrillo al sonreír, igualito que tu padre. Mira que era guapo, el condenado. Tú no te acuerdas, pero se lo rifaban las niñas de entonces. Por eso acabó conmigo. Buena era yo.

—Yo también habría acabado contigo, mamá. Todos lo habríamos hecho. Cualquiera te aguanta si no.

—Tú eres parvo perdido. Oye, ¿te quedas a dormir? Porque no te he hecho la cama. Y vas apañado si piensas que te la voy a hacer.

—No te preocupes. Nos volvemos esta noche.

Axel apreció un destello de decepción en su madre. Se dio cuenta de que estaba deseando hacerle la cama. Y antes, una tortilla.

Pasaron la tarde juntos sentados en el sofá del salón, viendo Sálvame y criticando a quien gritaba en cada momento. No necesitaban mucho más. Axel se preguntaba a menudo, estando en Madrid, cuántas veces más en su vida pasaría una tarde como esa con la persona que más le quería en el mundo. Se lo volvió a preguntar al estar a su lado. No quiso responderse. Le cogió la mano y se la besó. Se imaginó abrazándola y diciéndole lo muchísimo que la quería y lo muchísimo que le agradecía todo. Pero no fue capaz. Él no era así.

Aprovechando una publicidad, Adela se escurrió cojeando a la cocina para servirse otro vasito de oporto y Axel se preparó para la despedida.

—¿Seguro que no te quieres quedar a dormir? No me molestas tanto como digo, eh, ya conoces a tu madre, que está medio chocha.

—Ojalá pudiese, mamá. Pero si no voy yo allí a poner los puntos sobre las íes, estos mantas no dan una. Ya sabes que soy el mejor policía de toda España.

—Bueno, déjate de gaitas de ser el mejor ni ser el mejor. Tú cuídate y, si hay problemas, te pones detrás del todo, ¿vale? Que ya saben todos que eres muy valiente. Ahora, que lo demuestren los demás. Tú, al fondo.

Axel notó que se le erizaba el pelo detrás de la nuca. Abrazó a su madre e incrustó la cabeza sobre el pecho desplomado por la edad. Se quedó allí unos segundos, respirando en calma.

—Venga, tira, fillo. Que ya están ahí otra vez gritando los locos esos de la televisión y me lo pierdo.

Desde el salón llegaba con claridad el sonido de un anuncio de una cadena de supermercados.

—Cuídate mucho, por favor, mamá. Y la próxima vez te llevo a la playa. Prometido.

—Avísame antes, ¿eh? No se te ocurra volver a aparecer así.

Axel se giró. Se le estaba metiendo miedo en el ojo.

—Te quiero mucho, Axelito. —Adela le tiró un beso con la mano al tiempo que se cerraba la puerta del ascensor.

A Axel le subió un tornado de emociones hasta la garganta mientras bajaba al portal. El edificio apenas había cambiado.

Los años no pasan igual para todos.

Salió a la calle y su cerebro dejó de emitir señales al cuerpo.

Se paró en seco.

Noa le saludó ladeando la cabeza, como el día que se conocieron.

Axel tragó saliva.

Ella sí se parecía a la pequeña Marta.

De pie, frente a él, a plena luz del día, su oscuro pasado se alzaba aún más oscuro.

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