Axel
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El primer chispazo fue tan intenso que Axel dudó de si podría soportar mucho rato al lado de Noa. Al contrario que ante la muerte, sentía que a su alrededor todo viajaba a cámara rápida. También sus emociones.
Pero a los pocos minutos consiguió sentirse cómodo.
Su voz le resultó más cálida en persona, menos agrietada. Su cara, su cuerpo, todo seguía en el mismo sitio y al mismo tiempo le costaba trabajo reconocerlo. Axel conservaba la imagen mental de Noa que se había construido con los años. Una imagen libre y añeja. Y aquella era la Noa que veía cuando hablaban por teléfono. Fue consciente de que esa imagen se estaba renovando allí mismo.
Le dio la impresión de que había madurado. Tenía el pelo igual de liso y negro pero más largo. La expresión más dura. La mirada más triste. Hablaba poco y sonreía menos. Y nunca sin motivo. Era lacónica hasta en el andar. Y andando resolvieron ir a la playa de Patos y pasear bajo el goteo lluvioso que empezaba a saludarlos.
Axel bajó a la arena de un salto desde el paseo. Noa le pidió ayuda con la mirada y él se la ofreció. La sujetó para darle equilibrio y al tocarla notó unos brazos firmes y una cintura armoniosa.
Sigue surfeando.
Se descalzaron para sentir la arena gruesa entre los dedos. Axel se fijó que Noa no llevaba las uñas pintadas, ni en las manos ni en los pies, como si hacerlo fuese un exceso que no se podía permitir.
El cielo empezó a chispear. La amenaza ya había dejado la arena desierta de toallas. Al fondo de la playa, un hombre mayor asía un palo y lo lanzaba lejos para cansar a un labrador canela que babeaba de pura fatiga.
Axel y Noa se acercaron al mar y caminaron por la orilla en dirección a las rocas. El agua estaba muy fría, muy gallega, pero ninguno reaccionó cuando la marea les salpicó los tobillos.
El sonido agudo de las gaviotas se hizo más presente.
Axel no sabía por dónde empezar e intentó algo.
—¿Qué tal llevas todo?
Noa no contestó. O no lo hizo inmediatamente.
Nunca lo hacía.
Siempre tardaba unos segundos en responder. No porque estuviese eligiendo la mejor respuesta, sino porque ella era así. Su cabeza solía estar lejos y necesitaba unos instantes para volver. En este caso, esos segundos de incertidumbre llenaron a Axel de dudas. Pero supo esperar.
—Mal.
Noa era la única persona que dejaba a Axel sin réplica, inerme. Le convertía en un ordenador que se va a negro de repente. Al principio lo achacaba a su honestidad brutal, pero con los años y la distancia descubrió que tenía más que ver con la «alta suciedad». Decidió que la única manera de acercarse a ese cuerpo impenetrable era rodeándolo.
—Veo que sigues haciendo surf. Estás dura como un demonio.
Una ola rompió cerca de la orilla y levantó espuma hasta los gemelos de Noa, que paseaba en el lado del mar. Llevaba unos vaqueros gastados, remangados hasta la rodilla. Unas gotas saltearon las Converse blancas de tiro bajo que sujetaba con su mano derecha. Dentro de las zapatillas había arrugado unos calcetines rojos con margaritas amarillas.
—El surf me ayuda —confesó.
—Lo sé. Siempre te sentó muy bien —convino Axel—. ¿Y qué más haces? —se interesó.
—¿Cómo está?
Noa rodeaba menos que Axel.
—¿Cómo está quién? —Axel sabía perfectamente a quién se refería. Expulsó la pregunta por inercia, sabiendo además que tendría que responderla él—. Está bien. Crece muy rápido la muy cabrita. Y tiene una mala uva… Es igualita a su madre.
Ya solo me falta decirle a Loor que Marta es igualita a ella. Luego lo hago.
Axel encontró un amago de sonrisa reflejada en la arena que enseguida borró una ola resacosa.
—¿Es feliz? —preguntó Noa.
Axel se dio cuenta de que se estaba encogiendo. Y no era por la lluvia. Cada pregunta de Noa le devolvía más tensión que la anterior. Y se estaba acumulando en sus hombros.
—De momento, sí. Tiene nueve años. Vive para divertirse. Además, pasa mucho tiempo con mi hermana, que tiene muy buena mano con los niños. Y yo… pues… ya sabes que soy muy tonto y por ahora mis tonterías le hacen gracia. Ya tendrá tiempo de cogerme manía. —Axel pensó que ya puestos a mentir, mentir hasta el final—. Y luego en el cole es la sensación, al parecer es una niña listísima. Me encanta ir a las reuniones de profesores y padres. Salgo con el pecho hinchado. Es la envidia del colegio. Tiene madera de líder.
Como después de cada cosa que decía, Axel se quedó mirando a Noa con las cejas levantadas. Expectante.
—Eso es bueno.
Ya habían completado el recorrido a lo largo de la playa de Patos. Axel se giró para dar la vuelta una vez alcanzaron las rocas bajo el bar Pénjamo. Noa se detuvo.
—Axel, estoy un poco bloqueada. ¿Podemos sentarnos en las rocas? ¿Te importa?
—Eso lo hacíamos cuando teníamos veinte años. ¿Te acuerdas? ¿Qué quieres, volver a ligar conmigo?
—Prefiero no recordarlo.
Toma, por imbécil.
Noa señaló el Pénjamo con la mirada.
—No he vuelto a entrar ahí.
—Bueno, ni falta que hace. Aunque también te digo —Axel le puso la capucha de la sudadera azul cielo que Noa llevaba desabrochada—, ¡que te crees tú que te van a dejar pasar con estas pintas!
Noa no se defendió y se adelantó en dirección a la rocas. Se sentó y sacó un Chester del bolsillo. Colocó una mano de parapeto contra el aire para poder encenderlo y con la otra prendió el mechero. Axel ocupó la piedra de al lado, a poca distancia.
—¿Sigues fumando? —preguntó.
—También me ayuda.
Esa mierda te va a matar.
—Pues si te ayuda, sigue fumando —dijo.
—Axel, ¿podemos hacerlo? Lo necesito. Estoy un poco agobiada.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Por favor.
Noa le miró con sus ojos de hiel. Profundamente negros. Axel se concentró en el mar, estaba picado por el viento.
—Claro. Como tú quieras.
Todos los domingos, desde que se separaron, y sobre las nueve de la noche, Axel llamaba a Noa por teléfono. Guardaba ese ratito de la semana para ella. Detenía su vida y le echaba una mano. Muy pocas veces había faltado a su cita y siempre por causas de fuerza mayor, nunca por un descuido o un olvido.
No se podía olvidar de algo tan importante.
Era lo mínimo que podía hacer por ella.
Las llamadas consistían en un rito invariable, casi idéntico. Una terapia en la que Noa expulsaba de su cuerpo al demonio que la carcomía por dentro. Una pesadilla que se le presentó una maldita noche de 2008.
Un domingo.
Y se quedó con ella para siempre.
Fue allí mismo, en el Pénjamo, donde empezó a torcerse todo. Allí empezaron las malas decisiones que la llevarían a una muerte en vida.
Su muerte tenía nombre y cara, pero eso no se lo diría a nadie. El culpable se iría con ella a la tumba. Era para ella como un virus que, si lo esparces, contagias el mal. Le daba miedo que alguien hiciese una locura para vengarla, que todo aquello creciese, que todo lo que había soportado en silencio durante tanto tiempo acabase mal.
Pero aun sin nombres, lo que ocurrió aquella noche sí que lo compartió. Para salvarse. Para poder resistir. Para no quitarse de en medio. Y al compartirlo empezó el ciclo de expulsión. Que antes era esporádico y en persona, y ahora, telefónico y semanal. Noa tenía que aprovechar que estaban juntos para volver al pasado y rescatarse. Además, solo lo podía hacer con él.
Solo Axel lo sabía.
—Tú ve haciéndome preguntas, ¿vale? Como siempre —reclamó Noa.
—De acuerdo.
Noa cerró los ojos y se fue lejos. A otra década.
Su voz temblaba de miedo.
—Era tarde y estaba cansada. Tú no habías salido esa noche. Había preguntado por ti, aunque tú apenas sabías quién era yo. Me dijeron que te habías quedado en casa. Que habías dicho que tenías resaca y que te quedabas viendo una peli. La del soldado Ryan, creo. Estábamos ahí. En el Pénjamo. Lleno de gente conocida. Hubo un concierto. Unos pijazos que no tocaban mal. Cuando acabaron, tomé otra cerveza y recogí mis cosas. No podía más. Les avisé a todos de que me iba a casa. Les dije que llamaría a mi padre para que me viniese a buscar. Nunca debí decir eso. Ahí empezó todo.
—No fue culpa tuya, Noa. No dijiste nada malo.
—Él se ofreció a llevarme y, aunque al principio me sorprendió un poco, le dije que vale.
—¿Ya habías ido con él en coche alguna vez?
—Sí, claro. Varias veces.
—¿Y nunca habías notado nada raro?
—No, claro que no. Yo no entendía nada, Axel. Él era mayor que yo y se suponía que debía cuidarme. Debía cuidarme.
—Pobrecito. Tiene que ser muy duro pasarse la vida sabiendo que eres un hijo de puta y que lo vas a ser hasta el día que te mueras. Porque, Noa, ese tío se acuesta todas las noches sabiendo lo que te hizo y es imposible que pueda soportarse.
—Hay algo, de todo lo que pasó aquella noche, que no olvidaré jamás.
—¿Qué es?
Axel se sabía la historia casi de memoria y, precisamente por eso, sabía qué y cómo preguntar. Conocía el camino a la redención.
—Antes de que ocurriese todo, estábamos en el coche y casi tenemos un accidente.
—¿Conducía él?
—Sí. Yo no tenía carné. ¿Y sabes qué?
—Dime.
—No te haces una idea de la cantidad de veces que he deseado que ese accidente nos hubiese matado a los dos.
—No digas eso. Tú no tenías que morir. Tenías y tienes toda la vida por delante.
—No sé por qué no me empeñé en seguir hasta a mi casa. Estábamos al lado. Supercerca. Tenía que haber insistido. Fue culpa mía.
—No fue culpa tuya, Noa. No podías saber que te iba ocurrir algo así.
—Debí insistir, debí insistir para que siguiese conduciendo.
—Tenías diecisiete años, Noa. No te culpes más, por favor.
—Da igual. Yo sé lo que digo. No puedes entenderlo. El caso es que iba conduciendo y se despistó en una curva.
—Y venía un coche de frente que casi os embiste.
—Sigo recordándolo todo. El cepillo de dientes sigue ahí.
—¿Qué cepillo?
—El cepillo de dientes. En el coche. Se miraba al espejo retrovisor mientras se cepillaba los dientes. Se pasó todo el viaje cepillándose los dientes. Todo el viaje.
—¡Qué dices! ¿Y por qué hacía eso? Menudo loco hijo de puta.
—El cepillo de dientes. El puto cepillo de dientes me estalla en la cabeza.
Axel se llenó de dudas y le ofreció una salida.
—¿Quieres que paremos?
—No. No quiero. Quiero quitármelo de encima —aseguró Noa, bajando la mirada a la arena informe—. Llegamos al hostal y, como él no se decidía, pedí yo dos habitaciones. Dejamos los DNI y subimos. Recuerdo que era el primer piso y por eso no cogimos el ascensor. Habitaciones 105 y 106. Me quedé la 106. Al rato llamaron a la puerta y abrí. Pensaba que era el viejo de abajo con mi DNI.
Ella rompió a llorar. Él le acarició el brazo. No solía aguantar tanto.
—Pensaba que era el viejo. Te lo juro. Yo creía que era el viejo.
Axel vio como Noa apretaba los dientes y se le marcaba la mandíbula, justo donde acaban las patillas.
—Pero no era el viejo, ¿sabes? Era él. Me empujó y me caí en la cama. Me dijo que si gritaba o decía algo me mataba. No entendía nada de lo que estaba pasando, Axel. Nada.
Axel dejó que la historia respirase. Ella también conocía el camino. A él le tocaba esperar.
—Yo estaba vestida. Pensaba dormir vestida. No tenía calor.
—¿Y te desnudó él?
—Sí. Creo que sí.
—¿Y tú le dejaste? ¿O te forzó?
—No lo sé. No soy capaz de recordarlo. Yo no le veía la cara.
—¿Cerraste lo ojos?
—No lo sé, no sé si cerré los ojos. No es eso.
Noa dio una última calada sin tragar el humo y tiró el pitillo al mar.
—¿Entonces?
—Me empujó contra la cama, de espaldas y me agarró de las costillas. Me hizo mucho daño.
—¿Estuvo todo el rato detrás de ti?
—Sí. No sé cuánto rato pero todo el rato. Es que… no fue algo solo vaginal, Axel. Fue también… ya sabes… fue anal.
—¡Qué hijo de puta! —Axel cerró los puños lleno de rabia—. Perdona, sigue.
Noa le miró con los ojos inflamados. Tenía el rostro quebrado. Estaba esperando. Le tocaba a Axel.
—¿Y gritaste en algún momento?
—No. No grité. O sí. No estoy segura. Dentro de mí sé que grité, pero es posible que nadie más lo oyese.
—Y él no paró.
—No.
—¿Le dijiste que parase?
—¡Qué importa eso! No hacía falta decirlo, los dos sabíamos lo que estaba ocurriendo. Bueno, es igual, déjalo… no quiero seguir hablando.
Hicieron una pausa. Noa sacó del bolsillo otro Chester. Axel vio cómo, a su espalda, el paseo cogía temperatura. Parejas de la mano. Pandillas con sus tablas y neoprenos. Chavales en bici.
Sin darse cuenta se permitió lo que no se permitía en Madrid. Un arrebato de nostalgia. Y se acordó de cuando ellos eran más jóvenes.
En la época en que sus vidas cambiaron para siempre, Axel y Noa apenas se conocían. Un poco de vista. Pero ella se estaba colando por él y él no le hacía caso. Tenía otra vida. Otras ocupaciones. Era mucho mayor que ella, nueve años mayor. Un mundo de distancia.
Pero el mundo es un pañuelo.
Había terminado la carrera de Derecho y se dio cuenta de que lo odiaba. Así que se fue a Santiago y empezó Periodismo. Su vida allí era bastante azarosa. Veinticinco años. Segunda carrera. Salía mucho, pero nada serio. Tonteaba con las drogas, pero nada serio. Se acostaba con chicas, pero nada serio.
Le iba bastante bien.
Noa, sin embargo, aún seguía en el instituto, acabando el bachiller. Salía bastante, surfeaba mucho, nada de drogas, y guardaba su virginidad para alguien especial. Un cóctel que explotó un 8 de septiembre.
Axel se había preguntado muchas veces por qué él. Quizá algún día obtendría una respuesta.
—Seguimos, por favor. —Noa había dejado de llorar. Tenía las mejillas rosadas y los labios hinchados por la sal de sus lágrimas.
Axel retomó donde lo habían dejado.
—¿Cuándo lo supiste?
—¿Cuándo supe qué?
—Que te iba a… ya sabes…
—Durante muchos años yo tampoco fui capaz de decirlo en alto. Me decía que había sido malo conmigo, que me forzó, que fue muy duro…
—No es necesario que lo digas, no pasa nada.
—Me violó, ¿entiendes? Eso fue lo que pasó. Ese cabrón me violó.
Noa solía apretar esa frase entre dientes. Axel siempre pensó que lo hacía para que no la escuchase nadie. No era una frase que se pudiese gritar. Pero allí, en medio de las rocas y el mar, nadie podía oírles. Noa tampoco gritó.
—Me he pasado años durmiendo con la espalda pegada contra la pared.
—¿Por miedo?
—Será un trauma que me ha quedado, no sé.
—He leído que es normal. Se llama trastorno de estrés postraumático, creo.
—Solo he conseguido dormir profundamente una vez en mi vida. ¿Sabes cuándo?
Axel lo sabía.
—¿Cuándo?
—Cuando dormía contigo.
Axel sorteó ese recuerdo. Aún le hacía daño. Fueron los peores días de su vida, los más difíciles. Por lo que vino después. Se pregunto si no debería leer también algo sobre sus traumas.
—¿Ya no tienes miedo?
—¿Me lo preguntas en serio? Siempre voy a tener miedo. Esto ya no se va a ir. Esto va a estar conmigo toda la vida.
—Bueno, a lo mejor no, Noa. A lo mejor pasa algo, no sé… algo, y llega el día en que lo dejas atrás.
—Ya lo he dejado atrás. Si no, no estaría aquí. Pero una cosa es vivir con ello y otra muy distinta es olvidarlo. Y yo no lo voy a olvidar nunca, Axel.
Estaban llegando al final. Noa apagó contra la roca su segundo cigarro y empezó a juguetear con la colilla naranja.
—¿Dime quién fue? Por favor. Tengo que saberlo.
—No.
—¡Noa! Ya que hemos llegado hasta aquí, esta vez vamos hasta el final.
—No. No te lo voy a decir. No me lo preguntes más.
—¿Por qué? No lo entiendo. De verdad. Alguien tiene que saberlo. Tiene que pagar por lo que te hizo.
—No quiero. No quiero tener que pasar por eso. No. Es mi decisión. Solo mía. Lo siento.
—Pero es importante que se sepa quién fue, Noa. Para que no lo vuelva a hacer.
—¿Crees que no lo he pensado? ¿Eso crees?
Como siempre en ese punto, Noa se rompió por dentro. Se dejó caer en el hombro de Axel y sollozó algo ininteligible. Su cabeza vibraba con el llanto, sin control. Su abdomen se movía arriba y abajo. No podía más. Permanecieron así varios minutos. Sin moverse.
Noa se fue calmando y abrazó a Axel con todo su cuerpo. Él trató de ocultar que languidecía. Ella se recompuso. Lo había expulsado. Al menos por un tiempo. Hasta el próximo domingo. Ya sin lágrimas en el cuerpo, miró a Axel y le dio las gracias.
—Te sigo queriendo, Axel —dijo.
Y entonces fue él quien lloró.