Axel
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Axel y Noa se despidieron con hielo. Tenían que enfriarse. Un abrazo premioso y un par de besos apáticos pusieron punto final a un reencuentro apresurado. Él le dijo que cuando estuviese preparada, la esperaba en Madrid. Que se iba a llevar fenomenal con Marta.
Qué coño, si es tu hija.
Y que la seguiría llamando.
A Axel no le preocupaba el relato que le contarían a la niña. Y después de conocer la movida de Loor, mucho menos. Ella tenía razón. Todos tenemos una historia.
Le preocupaba más Noa.
Mucho más.
—Ya pensaremos qué le contamos. No te ralles por eso. A ver si ahora nos vamos a poner exquisitos con la verdad, de repente. Sin ser nosotros nada de eso.
Axel tenía claro que nunca le iban a contar toda la verdad a su hija. Pero, al menos, gracias a esa última tontería, se llevaba de vuelta media sonrisa robada en el tiempo de descuento.
Dejó a Noa en su coche y la vio alejarse con la vista fija en la carretera, sin ceder a la tentación del retrovisor. Si era una metáfora, le pareció alentadora. Él retomó su vida en dirección contraria, tratando de recuperar el pulso de la realidad que siempre perdía en estos trances transitorios. La noche se abría paso entre las luces estroboscópicas de las farolas y los coches. Axel echó de menos hacer algo que ya no hacía: fumar. Le pareció que el ritual de encenderse un cigarro, sujetarlo entre los dedos, apretarlo entre los labios y expulsar el humo al vacío ya no era tan sucio. Se dio cuenta de que se sentía solo y lejos de la verdad ¿Cuál era toda la verdad? Ni él mismo lo sabía.
La verdad, para Axel, venía dividida en tres capítulos, como una trilogía.
La violación.
La huida.
El culpable.
Se la encontró en los acantilados una noche de diciembre, de las que despiden el año. A Noa y a la verdad.
Axel había ido a las rocas a aprovechar el mal tiempo. Hacía frío y viento, pero no llovía. Estaba de vacaciones, había regresado de Santiago y, conmovido por las historias que escuchaba en la facultad, fue en busca de una crónica negra de planeadoras, descargas y droga. Quería sentirse periodista por primera vez.
Sin embargo, lo que se encontró fue una sombra escuálida y demacrada, envuelta en una capucha negra. Temblando de frío y a punto de saltar al mar; siempre y cuando lograse alcanzar el mar y no se estampase contra las rocas. Aunque eso a ella le traía sin cuidado. De su cabeza brotaba un pensamiento muy gallego. Las dos palabras más famosas de la comunidad después de «Malo será»: «Casi mejor».
Axel logró convencerla para que se sentase. Le contó que había ido hasta allí en busca de una historia y que la había encontrado. Que no fuese cabrona. Que le contase primero qué le pasaba y que luego ya se suicidase. Le dijo, incluso, que si quería la empujaba él. Pero que no le dejase así.
Sin saber bien cómo, sus estupideces dieron resultado y la chica se sentó. Estuvo llorando dos horas seguidas. Le contó todo. Lo que le pasó y lo que le pasaba. Su miedo, sus vómitos, sus pesadillas, su asco.
Y las ganas de morir.
O mejor dicho, de no seguir viviendo.
Le contó tantas cosas y tan heavies que Axel, cansado de toda una vida en Galicia, le ofreció una huida. Hacia un nuevo mundo. Hacia la segunda entrega de la verdad. Barcelona. Una ciudad grande y anónima donde empezar de cero. Morir y volver a nacer.
En pocos días lo planearon, asumieron lo que significaba dejar todo atrás y se marcharon. Lo primero que acordaron fue el cambio de nombre. A María Noelia Novoa siempre la habían llamado María. Y nunca más volvió a permitirlo. A María la mataron en una habitación de hotel, un domingo de 2008 y en esos acantilados murió. Y Noelia se quedó en Noa.
Noa dijo en casa que pensaba matricularse en la facultad de Enfermería de la Ciudad Condal y que para poder acceder a una plaza, debía aclimatarse a la ciudad y al idioma. Que así tendría más opciones. Por supuesto, le dijeron que no. Pero la vieron tan mal sin saber por qué, que no tuvieron más remedio que acceder. Llegaron a un punto en que temieron perder a su hija.
La dejaron ir.
Y la perdieron.
El plan que diseñaron cubría el siguiente año de sus vidas. Y a partir de ahí, ya verían. Al cabo de ese tiempo, pasaron tantas cosas entre ellos que Noa explotó de nuevo. Se vio incapaz. Superada. Con dieciocho años, una hija, un abismo y mucho miedo dentro.
Y se inmoló.
Volvió sobre sus pasos y regresó a Galicia. Fue ahí cuando le contó todo a su hermana y de ahí viene el odio de su hermana hacia Axel.
Le culpa de todo.
De casi todo.
Porque hay algo de lo que no le puede culpar, algo que sigue oculto en algún lugar dentro de Noa. El culpable.
El violador de una niña de diecisiete años.
La identidad del psicópata que había iniciado todo este descenso a los infiernos seguía siendo un misterio para todos. Noa se negaba a compartirla. Tenía pánico a enfrentarse a eso.
Axel le preguntó en una ocasión si le había vuelto a ver y Noa le dijo que sí. Que una vez. Y que sintió tanto miedo que no pudo controlar el vómito. Estaba con sus padres en un chiringuito tomando una cerveza y al cruzar su mirada con la de él, sintió tal vértigo y tal asco que salió disparada al baño, conteniendo las arcadas con la mano. Al regresar fingió estar enferma y se encerró en casa una semana entera. Nunca volvió a ese chiringuito.
Con los años y mucha ayuda, Iria consiguió reconstruir a su hermana. Axel, por su parte, dejó el periodismo y se enroló en la Academía de Policía de Cataluña. Empezó colaborando con los Mossos d’Esquadra en tareas de seguridad ciudadana y orden público, y pronto ascendió a la división de investigación criminal. Aguantó tres años y pidió el traslado a Madrid. Para resolver crímenes como el de Marcos Goya. Por el que había regresado a Galicia y por el que ahora mismo se estaba subiendo a un avión de vuelta a casa.
Cuando los tres policías aterrizaron en Barajas ya era noche cerrada. Axel se ofreció a acercar a sus compañeros a algún lado, cerca del centro. Había aparcado el Peugeot 207 en el parking de la T4.
¿Dónde hostias lo dejé?
Sacó el móvil y buscó en su galería de fotos. Cansado de que siempre le pasase lo mismo, tuvo la feliz idea de fotografiar una columna. Era morada. D4. Al menos ya sabía por qué planta empezar a buscar.
Loor, que vivía cerca de La Latina, aceptó la invitación. Ortiz, por el contrario, se fue en taxi, trazando una línea jerárquica que para ninguno significaba nada.
—Me pillo un pelas. No hay fallo —dijo como despedida.
Axel notaba que el viaje y las horas juntos habían actuado como analgésico. Ya no sentía tanta rabia hacia su jefe. Pero también sabía que, por mucho que lo intentase, nunca iba a gustarle.
—El lunes nos vemos en la comisaría. Yo iré temprano —anunció Ortiz—. Y por cierto, sería conveniente que nos vayamos haciendo a la idea de que van a cerrar el caso. O, en el mejor de los escenarios, pasará a otra división para que lo vayan dejando morir. A nadie le interesa una guerra pública contra las mafias del narcotráfico hasta tener la certeza de poder ganarla. Y ahora mismo no la tenemos.
Axel sabía que Ortiz no erraba. Él ya lo había pensado. Pero su naturaleza era otra.
—Desde luego, es lo más conveniente. Y, además, así nos evitamos responder a preguntas incómodas como, por ejemplo, por qué se nos escapó vivo un sospechoso cuyo teléfono emitió señales de radiofrecuencia en las torres más próximas a la calle San Bernardino en la madrugada en la que, en esa área, apareció emasculado el cuerpo de Marcos Goya. La verdad es que es una pregunta desagradable para un jefe con una hoja de servicios tan… —Axel hizo una pausa— inmaculada.
Loor notó que se le aceleraba el pulso. No quería descubrir a dónde les llevaba esa autopista que Axel acababa de tomar sin frenos.
—No pienso tener esa discusión aquí y ahora, agente Nash —dijo Ortiz, mientras con la mano derecha abría ya la puerta trasera del taxi—. Pero la tendremos. Te aseguro que la tendremos. Hasta entonces, te aconsejo que te mires al espejo y, por una vez, dejes de decirte a ti mismo «Tengo razón». Prueba un día. No pierdes nada.
Ortiz buscó la mirada de Loor, que se hundía en el asfalto. Cerró la puerta y le pidió al conductor que arrancase. Le dio una dirección y le sugirió la ruta más rápida hasta su casa. Se arrellanó en el asiento y fue consciente de que su camisa estaba a punto de estallar. Soltó los puños y destensó la musculatura. En su cabeza solo gruñía un pensamiento: partirle la cara a ese engreído de mierda.
—Se pilla un pelas, dice. El cabrón se puede dejar 150 pavos en una camisa, que sigue siendo más de calle que la madre que lo parió.
No había tráfico y Axel aprovechó para pisarle un poco. Estaba cansado y tenía ganas de llegar. Tomaron la A2, dirección Avenida de América.
El día había sido muy largo y el enganchón con Ortiz le había dejado mal cuerpo. Necesitaba distraerse. Pensar en otra cosa. Y descansar.
Loor bajó la ventanilla y dejó que el aire contaminado la ayudase a tomar una decisión. Presentía que no era el mejor momento, pero no había un mejor momento para aquello. Decidió echarle huevos.
—Axel, tengo que contarte algo. Es importante.
Él jugueteaba con el móvil al tiempo que buscaba algo de música. Al volante era un caramelo para cualquier patrulla de tráfico.
—Déjame primero que haga una llamada, ¿vale? No será tan importante como esto que te voy a contar. Ya que ese cabrón nos ha pedido que vayamos olvidándonos del caso, vamos a tocar un poco los huevos. —Axel dio un giro brusco para no pasarse la salida. Levantó un brazo en señal de disculpa—. Me distraes, joder.
Loor prefirió no contestarle.
—Bueno, ¿te acuerdas del interrogatorio fallido del otro día? —preguntó Axel mirándola fijamente y perdiendo de vista la carretera.
Loor prefirió no contestarle.
—Que te dije que tenía un par de trucos preparados y que uno de ellos me llamó esta mañana. Pues vamos a llamarle. Me da en la nariz… —Axel se llevó el indice al tabique e hizo un par de inhalaciones cortas, como un sabueso que husmea— que vamos a recibir buenas noticias.
Loor cedió. Cuando Axel se ponía así, era invencible. Se guardó su confesión y le siguió el juego.
—De qué iba el truco, dime, ¿nos van a meter un puro por esto?
—No, si estás callada. Pero callada de verdad, eh. No me toques los cojones con leccioncitas. Si no quieres que te lo cuente, me lo dices ahora mismo y me busco alguien con quien trabajar. Pero luego no me llores con que no te cuento nada y voy por mi cuenta y mimimí. —Axel acabó la frase forzando una mueca agria, como quien muerde un limón.
—A ver, subnormal… ¿quieres dejar de adornarte y contarme de una vez?
Axel sonrió.
Cómo tiene esta la cabeza.
—Lo leí en una novela. Un thriller policiaco. La verdad es que no recuerdo el título, pero se me quedó grabado porque me pareció de ser muy desgraciado. Pensé «Hay que estar muy desesperado o ser muy cabrón para hacer eso». Y yo no estoy muy desesperado. ¿Tú, sí?
—Empiezo a estarlo.
—Hablé con un tío de la unidad de Delitos Informáticos. Me debía un par de favores.
—Axel, todo dios te debe favores. ¿Cómo coño lo haces? —preguntó Loor mientras se cuestionaba a sí misma si ella también le debía alguno.
—Cuando descubras que todos somos más o menos igual de competentes y que los favores son lo que te va a dar ventaja con respecto al resto de polis, lo entenderás.
Axel se detuvo ante el disco rojo de un semáforo, en el cruce de Diego de León con General Pardiñas. Por delante cruzaba una pareja de ancianos que se agarraban el uno al otro para poder avanzar.
Axel pensó en su madre.
Loor, en su padre.
—El asunto —continuó— es que le pedí a este tipo que fuese a primera hora y se colase en la garita de seguridad de la comisaría, donde los cacheos y el arco de detección de metales. Cuando estuve en la radio me fijé que Max presentaba el programa con el teléfono en la mesa y que lo consultaba constantemente. Por si le llegaba alguna noticia o algún comentario que trasladar a antena, supongo. Tiene un iPhone X en buen estado.
—Axel, no sé si quiero saber el resto de la historia.
—Calla, joder. No seas aguafiestas. Ahora viene lo mejor.
—Por eso.
Axel torció la boca y agitó un brazo perezoso. El semáforo se puso en verde.
—Cuando Max apareció por la puerta, mi colega le recibió y le pidió, con toda la amabilidad del mundo, que vaciase los bolsillos en una cesta. No sin antes apagar el teléfono que, por supuesto, y como todo el mundo sabe, debía permanecer desactivado hasta que abandonase la comisaría. —Axel empezó a reír—. ¿Es o no es acojonante? A la peña le puedes decir casi cualquier cosa cuando están cagados, que lo hacen y no preguntan. Max obedeció sin objeciones y cuando depositó el móvil en la cesta y se volvió para pasar por el arco de seguridad y ser cacheado, mi colega le dio el cambiazo. Se quedó su móvil y en su lugar le dejó un iPhone X sin batería.
Axel miró a Loor.
—Solo hay una forma de librarse de la tentación —dijo Axel.
—Caer en ella —añadió Loor.
—Max descubrió que hay otra forma. Con un teléfono sin batería. Durante el rato que estuvo dentro, si la tentación pudo con él y quiso saltarse las normas y consultar el teléfono, se chocaría con una pantalla muerta. Pero ¿le daría importancia? Imposible. Tenía cosas más jodidas de las que preocuparse. Pensaría incluso que sería culpa de un inhibidor de frecuencias. Quién sabe hasta dónde alcanza la estupidez. Lo que es seguro es que cuando recuperase su teléfono a la salida y todo siguiese en su sitio, tendría la cabeza en otras cosas y ni se acordaría de esta anécdota. Entre tanto, mi colega, que como te dije trabaja en la unidad de Delitos Informáticos, no olvidemos ese pequeño detalle porque es importante…
—No lo olvidamos, no.
—Pues durante ese rato, mi colega vacío los datos del teléfono de Max en un disco remoto cifrado…
—Al que vamos a tener acceso —interrumpió Loor.
—Al que vamos a tener acceso —coincidió Axel—. Y cuando Max salió de la sala, altanero y confiado, mi colega solo tuvo que repetir la operación pero a la inversa. Fue casi como aparcar marcha atrás. Rebobinar. Pan comido. Le devolvió el teléfono, recogió el iPhone sin batería y aquí no ha pasado nada.
Loor no tuvo tiempo de reaccionar a una historia que, en el fondo, esperaba peor, cuando desde los altavoces del coche se coló un primer tono de llamada.
Segundo tono.
—¿No te sientes como en un concurso de la tele? ¿Cogerá la llamada?
Tercer tono.
—¡Qué pasa, tú! —Al cuarto tono, una voz juvenil se llevó el premio—. Pensaba que te había pasado algo. Te he llamado.
—Cuidado con lo que dices, Merluzas, que voy en manos libres —advirtió Axel.
Loor se preguntó si Merluzas era un apodo o un apellido. O una tontería más de Axel. Se preguntó también qué sabrían el uno del otro y de qué solían hablar para que tuviese que avisarle de que no estaban solos.
—Ok. Bueno, tengo lo que me pediste.
—¿Ha valido la pena? —preguntó Axel, ávido de herramientas para aplastar a Ortiz.
—La hostia. Este pavo yo no sé donde andaría metido, pero tiene mil llamadas del presidente del Racing de Madrid. Joder, si lo llego a saber le pregunto a quién vamos a fichar este verano, que estoy de que nos pinte la carita el Sporting de Barcelona hasta los huevos.
—Céntrate, Merluzas, déjate de hostias. ¿Qué más has encontrado?
—Vas a flipar, eh. Bueno, vais. ¿Puedo hablar claro?
Este es gilipollas.
Axel ya solo podía decir que sí. Aunque esa habría sido su respuesta en cualquier caso.
—Habla. No hay fallo.
¿No hay fallo? Puto Bruce Willis.
—Te sugiero que agarres el volante con fuerza porque te vas a cagar.
—Venga, joder. Suéltalo ya.
—El tío tenía fotos del muerto, Axel. En su teléfono.
Loor le lanzó una mirada tan abrupta que temió por su cuello.
—¿Qué cojones estás diciendo? ¿Tenía fotos de Goya muerto?
—No, joder. Si fuese así, ¿tú crees que iba a estar aquí hablando contigo? Por los cojones me ibas a llamar Merluzas si tengo las fotos del muerto.
—¿Entonces?
—Será mejor que vengas mañana temprano y lo veas con tus propios ojos. Y de paso ya te llevas todo. No quiero estar metido en esto por más tiempo. Aquí hay algo que huele muy mal, Axel. Este anormal le había sacado fotos a Goya entrando en el hotel. El día que lo mataron estaba allí. Por eso se activó su teléfono.