Axel
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Madrid, lunes 25 de marzo
Las arrugas, las putas arrugas.
Eso era lo que más le preocupaba esa mañana. Se miró al espejo al salir de la ducha y no fue capaz de aguantarse la mirada. Tenía muchos motivos para avergonzarse al ver su imagen reflejada en el cristal, pero a Max lo que le preocupaba eran sus arrugas.
Al principio se limitaban a fastidiarle la frente, se decía que era algo natural, un castigo por ser tan expresivo. Pero últimamente se estaban extendiendo por los ojos, la boca, el cuello. Se aplicó una base de crema hidratante que extendió con pequeños masajes circulares y regresó a la habitación para vestirse.
El sonido de un cuerpo retozando bajo las sábanas le sobresaltó. Seguía dormida. «¿Cómo se llamaba? ¿Claudia? ¿Mónica?».
Era muy joven, como prácticamente todas.
Max la conoció a través de Tinder. Se le daba bien ligar allí. Sabía que su foto de perfil con el micro negro de la Cadena Voz abría muchas puertas; que su labia y sus buenos modales de niño pijo adinerado proyectaban deseo; y que su cara de guapo hacía el resto.
Aunque le había dicho que sí, Max no volvería a llamarla. No al menos hasta que se hubiese olvidado por completo de ella y volviese a parecerle una conquista. Casi nunca repetía. Su nómina de mujeres era muy extensa. Como su cartera. Repetir solo le podía traer problemas.
Se vistió deprisa y con sigilo para no despertarla. No quería tener que mentirle de nuevo. La niña no paraba de moverse de un lado a otro, agitada en sueños. Su cuerpo lozano y terso palpitaba agrietado, lleno de hematomas y rozaduras. Seguramente, su mente estaba asimilando el maremoto que había vivido esa noche.
Max se abrochaba la camisa blanca mientras desde la ventana divisaba el tráfico de una ciudad que apenas reconocía. Su cita de esa noche le había llevado hasta el barrio residencial de Montecarlo, a un bloque de casas jóvenes e iguales, infestadas de matrimonios con hijos y deudas. Reductos de la precrisis inmobiliaria que azotaría al sector de la construcción en 2008, cuando se construyeron pisos a mansalva y se culpó a la gente de vivir por encima de sus posibilidades. Si eso era Madrid, que bajase Dios y lo viese.
El interior de la vivienda tenía la misma personalidad que una rata alcohólica. Por eso, esa noche tuvo que sacar lo mejor de sí mismo.
A Max le gustaba jugar duro. En eso no mentía. Lo dejaba bien claro al principio, en el aperitivo de bienvenida: «No va a ser una noche más en tu vida, de eso puedes estar segura, pero tienes que atreverte a ponerte en mis manos. Si estás dispuesta a cruzar el límite, no te arrepentirás. Si tienes dudas, lo dejamos aquí. Terminamos esta botella de vino, yo pago la cuenta y te pido un taxi».
Max lo decía con su mejor sonrisa y su estudiada expresión de niño bueno inofensivo. Por un lado, ofrecía la promesa de un mundo de aventuras, peligro y perversión, y por el otro, una salida cobarde. ¿Quién elige ser cobarde? Con eso jugaba. Y con eso ganaba.
Procuraba inventarse un viaje distinto para cada ocasión, para no aburrirse de sí mismo. A esta última chica la notó valiente y apretó un poco más. No era tonto, sabía elegirlas. Tenía un detector interno para esas cosas. Lo notaba en la mirada. Y aquella chica tenía una mirada opaca. Por eso ahora tenía el cuerpo lleno de marcas.
Las puertas de este universo se las había abierto Goya. El cabrón era un experto. La primera vez había tenido lugar unos años atrás, en los años buenos. Un jueves al salir de la radio decidieron ir a tomar una copa. Habían salido los resultados del EGM —el Estudio General de Medios que dictamina las audiencias de los diferentes programas de radio en las distintas franjas horarias— y su programa era líder por primera vez en más de un lustro. Goya y Max habían afianzado una alianza con el presidente del Racing de Madrid, «el Jecazo», le llamaban, más por jeque que por jefazo. Una alianza que ya empezaba a dar sus frutos. La premisa era sencilla: «Vosotros habláis bien de mi equipo y yo os filtro noticias, fichajes y os pongo protagonistas en antena; si me jodéis con críticas, la información se va a la competencia».
No era un proverbio de Catar. Era un chantaje sin ambages. Lo de toda la vida. Si no lo coges tú, lo cogerá otro. Una gran oportunidad. Una gran idea. Pocas dudas. Un sí. Y un liderato cinco años después.
Y una celebración por todo lo alto.
En esa primera copa, Goya sedujo a Max con la ilusión de un mundo nuevo en el que el sexo y el dinero se entreveraban formando una nutritiva mezcla de lo que más le gustaba a ellos: poder.
Acudieron a un club de swingers clandestino escondido al final de la calle Serrano. En un bajo al que solo podías acceder con un salvoconducto. Goya sería el suyo. Descendieron a un sótano oscuro, con un ambiente lóbrego y bullicioso en el que se mezclaban mujeres, dinero, belleza, hombres, drogas, cuero, máscaras, alcohol y placer.
La noche acabó bien, todas lo hacían si ponías de tu parte. Goya participó de una orgía con jueces, futbolistas, empresarios, políticos, actrices y modelos. No había más norma que el consentimiento. Entrabas y salías sin dar más explicación que un roce en el hombro. Si eras bienvenido, no había marcha atrás.
Max tuvo que cumplir y cumplió las normas del novato, debía limitarse a observar. Un método estudiado para discriminar a los animales incapaces de controlar sus instintos más primarios y, al mismo tiempo, para alimentar las ganas de formar parte de un selecto y subversivo club de bon vivants.
Goya se lo había advertido antes de empezar: «Piénsalo bien. Esto es la hostia, pero una vez que entras, es muy jodido salir. A ver si te piensas que después de esto te va a apetecer echar un polvo normal con tu mujer».
Max no tenía ese problema. No estaba casado. Pero Goya tenía razón en que nada volvía a ser lo mismo. Cada vez le costaba más excitarse. Las caricias le aburrían. Los besos le daban asco. Y una erección natural le parecía ciencia ficción. Menos mal que tenía las pastillas que le había dado Goya.
El cabrón era un genio. Le echaba de menos. Le tocaba los cojones que las cosas hubiesen acabado tan mal entre ellos, pero él se lo había buscado. Por meterse donde no le llamaban.
Max tenía experiencia y controlaba los límites. No cruzaba ciertas líneas. Y se equivocaba poco. Solo una vez se había pasado de la raya. Joder, había perdido la cabeza. Se dejó llevar y no supo frenar. Pero de eso ya había pasado mucho tiempo, eso fue al principio. Cuando aún no tenía todo bajo control. Y además se había hecho cargo de aquello. Era agua pasada.
De hecho ya casi lo habría olvidado por completo de no ser por esos policías de mierda que estaban empezando a ponerle nervioso. Al menos ya se había encargado del calvo, ese lo había entendido rápido. Se lo notó en la mirada en cuanto le vio. La ambición. Un arribista sin remedio. Le daba más miedo el otro. El rapado de ojos verdes. Ese cabrón tenía una mirada sombría. No le gustaba. Estaba empezando a hacer muchas preguntas. Y le estaba poniendo nervioso.
Max terminó de atarse los cordones de sus zapatos Bally marrones de cuero fino y buscó la salida. Ahora no tenía que pensar en eso. Ahora tenía que irse de esa casa a la que no volvería y apuntar un nuevo nombre a su lista. Su trabajo allí había terminado.
Antes de irse, Max recogió los guantes de látex, las máscaras y el látigo, y lo guardó todo en su maletín de oficina. Miró por última vez hacia la cama y comprobó que no había rastros de sangre.
«Cuando sangran se asustan y pueden hacerse preguntas. Así que asegúrate de que no ocurra», le había advertido Goya. El cabrón se las sabía todas.
Comprobado. Había sido un faena limpia. Cerró la puerta y se fue con la cabeza alta. Satisfecho por el regusto de un trabajo bien hecho.
«Cómo habrías disfrutado de esta loca, viejo amigo».
Axel llegó a la comisaría muy temprano.
Tenían la reunión del grupo de investigación a las nueve de la mañana, en la que iban a intentar convencerle de que cerrar el caso era la mejor solución a sus problemas. Y su principal problema en ese momento era que no necesitaban convencerle de nada para aprobar esa medida. Tenía que adelantarse y darles motivos para continuar.
Por eso subió las escaleras de entrada al edificio a paso ligero, sujetando dos vasos de plástico humeantes con dos lattes del Starbucks, en los que, si ladeabas la cabeza, se podía leer una endeble escritura en rotulador negro que decía «Axel» (en el vaso grande) y «Merluzas» (en el pequeño).
—Este es el tuyo. Cuidado que está caliente.
—Yo sí que estoy caliente —dijo Merluzas.
—Te creo. Con esa cara…
—Hagamos esto rápido, Nash. No quiero que me vean contigo.
Emilio Navarro, al que solo Axel en la comisaría llamaba Merluzas, estaba cansado. Las bolsas bajo los ojos, como dos dumplings de pollo, le delataban. Tenía la nariz grande y racial, como la boca. Y menos mal, porque su cabeza era enorme. Eso le daba una armonía que se perdía al bajar la vista. Su cuerpo menudo y estrecho completaba una discrepancia irrisoria.
Navarro estiró un brazo sarmentoso y con dos dedos largos y artríticos le entregó a Axel un pendrive con forma de esposas.
¡Qué asco de manos, rediós! El cabrón es como el primo feo de E. T.
—Aquí está todo. Haz lo que quieras con eso. Como comprenderás, ya he borrado cualquier rastro que pueda llevar hasta mí, pero de todos modos, yo no te he dado nada.
Axel recogió la memoria USB y se despidió mientras la introducía —a la segunda— en la ranura del ordenador.
—Gracias, Merluzas. Así se hará. Oye, espera…, una cosa más…
Axel siempre tenía una cosa más.
—¿Tú sabes acceder a archivos borrados?
Navarro lo miró con una sonrisa congelada.
—¡Que te folle un pez, Axel! —dijo a modo de adiós, temiéndose, dado su apodo, que igual no había elegido la metáfora más adecuada.
El inspector Jorge Ortiz tenía el teléfono echando humo. Cuando se despertó y se giró en la cama para iluminar el móvil y ver la hora, la pantalla estaba inundada de notificaciones de llamadas y mensajes. Fue contestando uno por uno mientras activaba su musculatura con una serie de burpees mañaneros. Mientras se duchaba, consideró qué opciones tenían de resistir ante las presiones gubernamentales que estaban sufriendo, y se concentró en no cortarse mientras se afeitaba la calva. Después se untó el cuerpo y el rostro con múltiples combinaciones de exfoliantes y cremas, y se enfundó unos pantalones de pinzas negros, unos zapatos de hebilla, una camisa blanca ajustada y su mítica chaqueta gris de tweed.
De camino a la reunión fue pelando las diferentes capas que aún le separaban de una decisión definitiva, y cuando cruzó la puerta y avizoró las miradas inhóspitas del comisario Raúl Cueto y del representante de la UDYCO —la Brigada Central de Estupefacientes—, que estaba a su lado como un juez con condena, sopesó sus alternativas y en medio segundo decidió vadear cualquier conflicto y acatar lo que estaban a punto de comunicarle.
Fue Cueto quien lo hizo.
—Se cierra el caso. A tomar por el culo todos —sentenció, al tiempo que imitaba al resto de la sala y tomaba asiento.
Ortiz se preguntó por qué se sentaba si acababa de decir la frase que invitaba a todos a levantarse e irse.
—Pensábamos que teníamos enfrente a un loco vengativo o a un asesino en serie, pero nos equivocamos —continuó Cueto—. El cuerpo que ha aparecido en Galicia conecta nuestro caso con el narcotráfico internacional y su alcance nos supera. Entiendo que esto pueda suponer un jarro de agua fría para muchos de vosotros después de semanas trabajando sin descanso. —Cueto miró de soslayo al representante de la UDYCO para dejarle claro el esfuerzo de su departamento—. La realidad es que el asunto pasa a ser competencia de la Brigada Central de Estupefacientes, que trabajará codo con codo con la Interpol, la Europol y el resto de oficinas centrales en materia de narcotráfico.
Al ponerse en pie el representante de la UDYCO para tomar la palabra, la mirada de Ortiz se clavó en un varón de unos cuarenta y cinco años, con barba rasurada, pecho prominente y piel tostada. Era parco en movimientos pero con galones en su manera de proceder. A Ortiz, su gallardía le pareció innata. Algo congénito y actitudinal.
—Buenos días a todos. En primer lugar me gustaría agradecerles el esfuerzo que han hecho todos estos días en pos del orden y la justicia. Desafortunadamente, el cariz que ha tomado este asunto es muy serio. Este tipo de crimen organizado tiene muchas aristas y en ocasiones hacen falta años y multitud de recursos para obtener resultados. Son mafias que trabajan en varios niveles actuación, en muchos casos independientes y compartimentados. Eso dificulta mucho poder atar cabos y ralentiza el proceso de contención y detención de una lacra que está castigando a nuestra sociedad con severidad. Por ello, y por último, les pediría que siguiésemos en contacto y que nos facilitasen cualquier información, documento o contenido que pueda servirnos de ayuda en el transcurso de esta operación antidroga. Muchas gracias.
La voz insípida que había acaparado la atención de todos aún rebotaba en los cristales de la sala cuando un brazo indolente se alzó al fondo. Al comisario Raúl Cueto le pareció un brazo más bien insolente, y se llevó la mano al cuello de la camisa para aflojarse un poco la corbata. De pronto se sintió como dentro de un horno. Se debatía entre ignorarle o darle la palabra. Y fue consciente de que hiciese lo que hiciese ya había perdido.
El miembro de la brigada antidroga observaba con curiosidad. El inspector Ortiz, con recelo. La agente Galván, que también había sido convocada, con cautela. Nadal y su colega «mudo», con expectación.
Sin bajar el brazo, el agente Axel Nash se colocó en la línea de saque.
—Entiendo su postura y me parece razonable —dijo—. Aburrida de cojones, pero razonable. Este es un caso complicado y goloso y lo quieren todo para ustedes. Normal. Pero deberíamos considerar que no hemos encontrado ni un solo indicio en todo este tiempo de investigación que nos haga pensar que Goya… —Axel, que estaba alternando su mirada entre los dos oficiales de mayor rango, hizo una pausa y se centró en el representante de la UDYCO para hacerle una aclaración que todos consideraron innecesaria— Goya es el hombre cuyo pene os interesa de repente…
Ortiz se acarició la calva y vio que a su lado a Loor se le escapaba una sonrisa. Raúl Cueto se puso en pie.
—Suficiente, Nash. Cierra la puta boca ahora mismo si no quieres que te abra una expediente disciplinario y pasarte un par de semanas poniendo multas de tráfico.
El primer servicio se estrelló contra la red.
—No, por favor —interrumpió la voz insípida—. No suelo encontrarme con esta clase de locos. Me apetece saber qué más tiene que decir.
Segundo servicio. Axel tomó aire.
—Decía que no hay nada que nos haga pensar que Goya esté metido en un asunto de drogas. Nada es nada. Me jugaría las pelotas a que su muerte guarda relación con una historia personal turbia o algo así. Lo que sí tenemos son pruebas y un sospechoso, que si no es el asesino, desde luego sabe mucho más de lo que dice.
—No empieces con eso otra vez, Nash —iteró Ortiz, dejándose caer en la silla para aparentar tranquilidad—. Ese no sabe nada.
Axel tomó el centro de la pista y empezó a dominar el punto desde el fondo.
—No sabe nada si no le dejamos hablar. Si le dejásemos hablar en un interrogatorio, sabríamos que Max Morán dijo, y está grabado, que al salir de la radio la noche del asesinato se fue directamente a casa. Sin embargo —Axel sacó de su chistera un sobre grande amarillo y cerrado—, aquí dentro tengo la prueba de que no fue así. Sin olvidarnos de que la señal de su móvil fue registrada en una torre cercana al lugar del crimen. Un hecho verificado por la compañía telefónica.
—Eso no es una prueba de nada, Nash. —Cueto hablaba más calmado. No quería que le llamasen la atención por segunda vez delante de su equipo—. Lo sabes tan bien como yo.
Axel lo estaba moviendo de lado a lado de la cancha. Preparando el winner.
—¿Nadie quiere saber qué contiene este sobre? ¿Nadie? Aquí dentro hay una foto tomada por el móvil de Max Morán minutos antes de cometer un crimen atroz. —Axel sabía que se estaba pasando, pero no quería quedarse corto—. Una foto en la que se ve a Marcos Goya entrando por su propio pie en el hotel donde más tarde aparecería su cuerpo mutilado. Si bien es cierto que lleva una gorra que le tapa parte del rostro, no hay ninguna duda de que se trata de la víctima. Lo que significa que, o bien lo mató Max, o al menos pudo ver quién lo hizo. Y esto comisario, a mí me parece una prueba de puta madre.
Ortiz no podía dejar de mirar cómo Loor se mordía el labio inferior, para reprimir la sonrisa.
—¿De dónde coño has sacado esa foto? ¿Se puede saber? —inquirió Cueto.
—¿Eso es lo que le importa de todo lo que he dicho? —preguntó Axel abriendo los brazos y dejando su pecho al descubierto—. ¿A quién quiere pillar, comisario? ¿Al cabrón que se ha cargado a Goya o a mí?
—Estoy seguro de que tiene usted alguna teoría —interpeló la voz insípida.
A Axel le parecía que esa voz cada vez tenía más sabor.
—La noche del 12 de marzo, Marcos Goya estuvo en la radio, como todas las noches de domingo a jueves, presentando el programa nocturno de la Cadena Voz, donde trabajaba junto al sospechoso. Ambos coincidieron en antena a las 0.46. Y esto es algo que cualquiera puede comprobar simplemente descargando un podcast. Esa noche, Max advirtió a sus compañeros de que no se encontraba bien, que no se quedaría hasta el cierre del programa. Nadie puso ninguna objeción y, cuando terminó de dar su información a las 0.50, se marchó. Goya continuó con el programa. La relación de ambos no pasaba por su mejor momento. Se podría decir incluso que atravesaba su peor momento. Dicen sus compañeros de redacción que ya apenas se hablaban. Además, un testigo asegura que la noche del 11 de marzo, la víspera de su muerte, Goya mantuvo una fuerte discusión en el parking de la radio con el sospechoso. Pero eso usted ya lo sabe, ¿verdad, comisario?
Raúl Cueto le lanzó una mirada pétrea y se aclaró la voz.
—Cierto, Nash. Cuando nos advertiste de ese asunto, reclamamos las cintas de grabación del parking, y Nadal y Diéguez —así se llamaba el mudo— encontraron lo que buscaban. Pero, como comprenderás, no es una grabación de Steven Spielberg, la calidad de la imagen es muy pobre y apenas se distinguen dos figuras borrosas. No podemos considerarlo un documento de valor.
Axel desbloqueó su móvil y, tras unos segundos de búsqueda, giró la pantalla, subió el volumen por inercia, ya que el vídeo no tenía sonido, y le dio al «play». Dejó unos segundos de margen para que todos asimilasen lo que estaban viendo antes de seguir hablando.
—Tengo un amigo… —continuó Axel dirigiendo una mirada cómplice a Loor— que ya se ha encargado de eso. Ha limpiado la imagen, y en esta nueva versión se observa con nitidez que el más alto —Axel señaló con el dedo una de las dos sombras del vídeo— es Goya y que este de aquí —Axel deslizó su índice ligeramente hacia la derecha— es Max. Luego os paso la grabación corregida si os interesa. Pero se aprecia claramente que se están peleando. ¿El motivo? Seguro que alguno de vosotros recuerda que en la última reunión de grupo os dije que no me fiaba del expediente inmaculado del sospechoso. Pues bien, no me canso de acertar mientras vosotros seguís intentando no cagaros encima.
Silencio.
El comisario Cueto contenía la respiración mientras el agente Nash abría bien el brazo, plantaba bien los apoyos y soltaba un drive paralelo que volaba hacia la línea de fondo.
—Todavía no puedo demostrarlo, pero mi nariz me dice que el motivo nos lleva a Brasil. ¿Sigo?, porque si alguien me va a interrumpir para preguntarme cómo he accedido a esta información cojo ahora mismo la puerta y me voy.
Nadie osó decir nada excepto el miembro de antidroga, que no daba crédito.
—¿Este chalado es siempre así? —preguntó.
Nadie contestó. A todos les pareció una pregunta retórica.
—En los archivos digitales de la policía hay una carpeta a nombre del sospechoso que misteriosamente está vacía. Tampoco es algo que pueda sorprendernos, por algo se inventó el departamento de Asuntos Internos. Aquí no dice la verdad ni el tato. De todos modos —Axel hizo ese gesto suyo de señalar el sobre marrón—, he podido acceder a la información borrada. Imagino, comisario Cueto, siguiendo su propia lógica, que a usted ahora mismo lo que le preocupa es saber quién la borró y por qué. A mí, para ser honestos, me la suda.
Cueto estaba empezando a amarillear, como una botella de vinagre con hepatitis.
—El caso es que Max tenía una denuncia pendiente por violación. Una demanda que prosperó y que tenía fecha para la vista en el juzgado de la Audiencia Provincial de Madrid. ¿Qué ocurrió entonces?
Axel se preguntó cuánto tiempo más podrían aguantar que los tratase como a niños con déficit de atención.
—¡Exacto! —exclamó golpeando con su puño derecho la palma de su mano izquierda—. Eso mismo que estáis pensando es lo que pasó. De la noche a la mañana, la demandante desapareció. —Axel hizo una pausa malintencionada—. No me entendáis mal. Quiero decir que retiró la denuncia y se fue a Brasil a empezar una nueva vida. O más bien una nueva muerte. Apareció colgada de una lámpara en su domicilio al cabo de unos meses. Las autoridades brasileñas dicen que la pobrecita se ahorcó.
Ortiz se revolvió en su asiento, tenía muchas ganas de preguntar qué tenía que ver una violación a una mujer en el pasado con el asesinato de Goya. Pero se contuvo. Estaba tratando de dilucidar en qué momento le caería la hostia, porque tenía claro que le iba a caer. Axel fijó la vista en Cueto, que llevaba un rato sin pestañear. Desde ese instante pasaría a llamarle el «comisario Quieto».
—Mi teoría es que Max Morán fingió encontrarse mal para poder salir antes. Por eso tosió en antena. En la radio hay pocas cosas imperdonables, una es el silencio, otra es toser o estornudar. —Axel hablaba como si sus años estudiando periodismo hubiesen servido para algo y no como si Sota le hubiese contado todo eso—. De esta forma, el sospechoso dejaba un rastro de su enfermedad. A las 0.50 abandonó la radio y en lugar de irse a casa como nos dijo…
Axel miró a Ortiz. Para molestar.
—Si se está preguntando por qué mintió, inspector Ortiz, hace muy bien, porque es una gran pregunta. —Ortiz sintió la hostia—.
Decía que, en lugar de ir directamente a casa, se fue al hotel donde minutos más tarde sabía que iría Goya.
—¿Y por qué lo sabía? —intervino Ortiz, levantándose de la lona.
—Sabemos, por el testimonio del propietario del hotel —Axel se giró hacia Loor—, corríjame si soy inexacto, agente Galván, que no era la primera vez que Goya acudía a sus instalaciones para «relajarse» antes de irse casa.
Axel hizo el gesto de las comillas con los dedos. Para molestar.
—Es una interpretación exacta del testimonio recogido, agente Nash —dijo Loor sumándose a la fiesta de tocar los huevos—. El hotel Feelings es un antro regentado por una familia de chinos y, al ofrecer servicio de habitaciones por horas, se ha convertido en una casa de citas. Con la única salvedad de que tienes que llevar tú la cita. Goya era un habitual y Max lo sabía, bien porque le había seguido anteriormente, bien porque Goya se lo había contado, o bien porque participaba de las mismas actividades de «relajación».
Loor hizo el gesto de las comillas con los dedos y se preguntó si no se estarían pasando.
—Así que aparcó su vehículo en la zona —retomó Axel— y esperó agazapado la llegada de Goya. Cuando eso ocurrió le disparó varias fotos. —Axel levantó el sobre con la mano derecha y lo señaló con el dedo índice de la izquierda—. Estas fotos.
—¿Para qué? No tiene sentido fotografiar a un tío antes de matarlo y dejar las pruebas en el teléfono. Es del género tonto —comentó Loor, mientras Ortiz se preguntaba si esa intervención del Dúo Dinámico formaba parte de una coreografía estudiada.
—Las fotos habían sido borradas. Hemos tenido que acceder a los archivos ocultos de la nube. Cuando almacenas algo en tu móvil siempre deja rastro. Solo hay que seguir ese rastro. Y eso es lo que hemos hecho.
—¿Hemos? —inquirió el comisario Cueto.
Axel resopló con virulencia. Para que se notase.
—He, si así se queda más tranquilo —Axel volvió a dirigirse a Loor—. En mi opinión las fotos solo tienen una explicación. Bueno, dos. Pero nos llevan al mismo sitio. Max hizo las fotos para chantajear a Goya. Algo sabía Goya que comprometía la seguridad de su compañero. Y a mí no sé por qué me da que ese algo tenía acento brasileño.
Axel recordaba que Coloma Duval le había dicho que había escuchado a su exmarido gritar el nombre de Max y Brasil en la misma conversación telefónica. Pero prefería guardarse esa información de momento.
—Aunque es hablar por hablar. Tampoco puedo demostrarlo. Aún. —Axel se arrepintió al instante de haber utilizado la palabra «tampoco», habló rápido para corregir su error—. Es posible que Max entrase en la habitación y le intentase extorsionar allí mismo y el asunto se fuese de madre. Aunque al escucharlo en alto me parece poco probable. O bien le esperó, le hizo las fotos y se fue. Y al día siguiente, cuando descubrió lo que había pasado, se asustó, borró de su dispositivo las imágenes que había tomado y se dedicó a disfrutar de los beneficios del asesinato del tío que ocupaba el asiento en la radio que deseaba para él. Y que actualmente posee. Puede ser que alguien le haya hecho el trabajo sucio. Puede ser que haya planeado él mismo el asesinato y que otro lo hubiese ejecutado. Puede que simplemente haya visto quién lo hizo. O puede que no haya ocurrido nada de eso. Pero lo que es seguro es que Max Morán fue la última o la penúltima persona en ver con vida a Goya, y en mi opinión, eso merece una visita.
La bola barrió la línea. Punto, set y…
—Desde luego, ha sido entretenido. —La voz insípida sonó aún más vulgar—. Hay muchas debilidades en su argumentario, pero es imaginativo.
Si me vas a follar, trátame de tú, mierdajo.
—Mándeme un informe con todo lo que nos acaba de relatar. Puede resultarnos de interés. Como les decía, desde ahora nos haremos cargo nosotros de este asunto. Si necesitamos su ayuda más adelante se lo haremos saber. Muchas gracias por su tiempo. Y buena suerte.
¿Ya está? ¿Con todo lo que les acabo de contar? ¡Vamos, no me jodas!
Todos se levantaron y fueron saliendo sin orden. Axel notó a su espalda la mirada inquisidora de Ortiz y el puñal que Cueto le estaba clavando para limpiar su culo con la gente de narcóticos. Buscó un apoyo.
—Vamos a tomar el aire, Loor. Necesito un cigarro.
—Pero si tú no… —Loor dejó a medias su sinceridad—. Está bien. Vamos.
Max salió de casa a las cinco de la tarde. Decidió aprovechar el buen tiempo para dar un paseo por las tiendas de Claudio Coello en dirección a la radio. El sol alto de la primavera caía a plomo y picaba en la piel, por lo que Max caminaba bajo la protección de las cornisas de los edificios caros del barrio de Salamanca. Los maniquíes de los escaparates lucían ligeros de ropa. Igual que Max, que por primera vez en la temporada había apostado por salir en manga corta. En los cristales se veían reflejados su brazos nervudos y su Rolex Daytona. También sus arrugas, que estaban empezando a amargarle el día.
El reloj era otra genialidad que le debía a Goya. Una inversión de 12.000 euros que, aunque quieras, no puedes hacer. Sencillamente porque no hay stock. Y la lista de espera es de años. A no ser que te cuelen, claro. Y Goya, que abría todas las puertas, también le abrió esa. Fue una noche de verano, en una terraza de un hotel de lujo de Ibiza. La temporada deportiva había terminado y Goya le había invitado a una celebración de fin de objetivos de una importante entidad bancaria. Un evento que tenía lugar todos los años en época estival. Un premio para los empleados. Y sobre todo para los directivos, que después de repartir bonus, maquillaban las cuentas con un dispendio muy divertido. Entre darle la pasta a Hacienda o a una fiesta, tenían pocas dudas.
Allí se congregaba lo más granado de la alta sociedad española. Mucho Gatsby ibicenco y muchas mujeres. Entre ellas se encontraban las esposas de los empleados, naturalmente. Era importante guardar las apariencias.
Goya le introdujo en ese ambiente y le puso en contacto con un jeque catarí que coleccionaba relojes. El resto lo consiguió Max solito. Se le daban bien los jeques, qué duda cabía. Y el resto fue fingir que entendía sus bromas en inglés de Asia, confiarle un par de anécdotas escabrosas sobre la dudosa sexualidad de una de las estrellas de su equipo —el Racing de Madrid— y por último lograr que le vendiese uno de los Rolex Daytona que guardaba, cogiendo polvo, en un cajón. El precio lo acordaron rápido, no era una cuestión de dinero. Y el valor sentimental fue bajando según subía el alcohol.
Pero Max no solo recordaría esa fiesta por la joya que le obligaba a remangarse las camisas para que luciera en su muñeca izquierda. El reloj era casi una cicatriz de heridas más jodidas.
La fiesta estaba muy bien, pero se fue torciendo. En un momento dado, según fue avanzando la noche, un exclusivo grupo de invitados se apartó a cuentagotas a una sala reservada para la discreción. Un espacio del tamaño de un pabellón de baloncesto, pero con forma de coliseo romano. Con gradas uniformes de piedra, a diferentes alturas, a modo de anfiteatro, en las que los invitados podían atender a la función o recibir una mamada. O ambas cosas, si eras experto. Lo único que se les pedía como requisito era guardar silencio.
En la arena, que era la única zona iluminada, se desarrollaba una orgía protagonizada por actores y actrices internacionales del cine porno que se follaban con violencia extrema. Una suerte de danza sexual salvaje que bien podía confundirse con un combate de artes marciales libres.
A Goya, Max lo perdió de vista muy pronto. Entraron juntos al espectáculo y no se volvieron a encontrar. Y nunca hablaron de lo que allí sucedió. Por eso, Max no entendía cómo se había enterado. Si solo lo sabía él. Bueno, y ella. Bueno, y la persona que le había sacado de semejante pifostio. A ese sí que le debía la vida. Y se la estaba pagando.
A Goya no se lo contó por miedo a que le dejase fuera de un mundo que le tenía atrapado. E hizo bien. Aunque lo cierto es que se sentía mal por aquello. No siempre, no todos los días. Pero se sentía mal. La muy puta no quería follar. ¡Hay que joderse! Y se lo dice desnuda y después de chupársela. Eso era como saltar a la vía y pretender que el tren se pare en seco. Pues te va pillar. Es mejor que no saltes a la vía porque te va a pillar. ¿Y qué podía hacer él? Si era un puto tren sin una gota de sangre en el cerebro. Cualquiera en su lugar hubiese hecho lo mismo. Además, tampoco la había forzado tanto. Un poco al principio, porque no se estaba quieta. Pero luego bien que disfrutó. La muy puta. Tuvieron que mandarla a Brasil. Esa había sido una buena idea. El cabrón del Jecazo tenía soluciones para todo. Su alcance no se limitaba a los proverbios cataríes.
Max se giró y vio al fondo la puerta de Alcalá. Sin lacayo al que decirle «Ahí está». Quizá porque el lacayo era él. Siempre lo había sido. Y era algo que empezaba a cambiar. Estaba dando pasos en la dirección adecuada. Y en ese momento la dirección adecuada era la radio. Donde ya ocupaba el asiento que tanto anhelaba.
Se volvió, retomó el paso en dirección a la calle Ortega y Gasset y apuró la marcha. Después giró a la derecha, atravesando el Mercado de la Paz y tuvo una sensación extraña. Como si alguien le estuviese siguiendo. Miró hacia atrás pero no vio a nadie. ¡Qué extraño! Se le estaba disparando la adrenalina y se sintió estúpido. Consultó la hora para tranquilizarse. Su Rolex Daytona, valorado ya en más de 39.000 euros, le dijo que eran las 16.55, que brillaba el sol y que no debía preocuparse por nada.
Reflejada en la esfera blanca vio una arruga marchita que le cruzaba la frente de lado a lado.
Las putas arrugas.
Lejos de calmarse, una voz emergió en su cabeza para escupirle que no debió remangarse la camisa. Que no debió llevar un reloj tan caro. Que no debió ir andando a la radio. Que no debió atajar por esa calle tan estrecha. Que no debió hacer lo que hizo.
Una sombra se le cruzó delante y Max Morán sintió que sus piernas se llenaban de flaqueza. El corazón le explotaba en el pecho. Fueron centésimas de segundo. Quizá menos. Hasta que su cerebro creyó comprender lo que estaba pasando.
—Joder, eres tú —dijo.
Max protestó sin entender del todo.
—Ten cuidado, cabrón. Me has dado un susto de muerte.