Axel
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Por los cojones voy a dejar el caso.
Ya le habían encabronado. Axel se había jugado un órdago con buenas cartas. Las había enseñado una por una. Tenía una mano cargada de cerdos y todos sabían que la investigación merecía seguir adelante.
Pero les dio igual.
Tenían intereses mayores y ante eso la policía es implacable. Una cosa es cometer un crimen, que es algo grave, y otra muy distinta es intentar resolverlo, que como se toquen las teclas que no hay que tocar, puede ser directamente imposible. Axel fue consciente de que tenía tantas trampas en su propia casa que se sintió cansado y débil.
Aun encima, le habían llamado del colegio.
Algo había pasado con la niña.
Nada grave, le dijeron. Lo que significaba que no pasaba nada en absoluto. Que solo querían tocarle los huevos.
Llegó a la entrada del centro y cruzó la puerta con la decisión del que va rumiando sus problemas y preparando un enfrentamiento. No saludó a la chica de recepción que, decepcionada, esperó en vano un «¡Buenos días, Paula!» burlón y triste, y devolvió la vista al ordenador para seguir revolviendo su pasado en Facebook.
Axel conocía el camino. No era la primera vez que cruzaba ese pasillo irritante. Esa vez lo hizo masticando las ganas de derribar la puerta del despacho del director de una patada y vaciar el cargador de la pistola contra su cabeza. Sin embargo, llamó a la puerta.
El director le recibió con un derroche de petulancia congénita y un aliento apestoso. Como un dragón que desprende un fuego hediondo por la boca.
—Gracias por venir tan rápido, señor Nash. Le hemos hecho llamar porque su hija no se encuentra bien. Lleva toda la mañana vomitando y suplicando que venga usted a buscarla. Nos parece conveniente que se vaya a casa lo antes posible.
Una punzada contrita atravesó a Axel a la altura del abdomen.
—Está bien. ¿Dónde está? —preguntó.
—Está en un aula, esperando. No ha querido salir a jugar al recreo.
Axel se puso en pie e invitó al director a que le mostrase el camino. No quería demorarse ni un segundo más de lo necesario. No se fiaba de la amabilidad de esa culebra con patas.
Llegaron al aula y un latido se le atravesó a Axel cuando vio a su hija encogida detrás de una mesa. Al cruzar sus miradas, Marta rompió a llorar y corrió a abrazar a su padre, y juntos se dispusieron a abandonar el recinto. Fue en ese momento cuando el director consideró que debía llamar su atención.
—Intente volver la semana que viene, señor Nash. Una mañana. La que mejor le venga. Debemos hablar. Es importante.
Axel le dio las llaves del coche a Marta y la invitó a que saliera. Cuando comprobó que ya no los escuchaba, se concentró en el hombre alto y afilado que tenía enfrente.
—¿Qué pasa?
—Su hija necesita ayuda. Esta en una edad temprana todavía y se puede corregir, pero…
—No empiece por las buenas noticias, suéltelo ya.
—Su comportamiento en clase con los compañeros y los profesores es muy agresivo. No acepta que le den órdenes. Hemos analizado su caso en la junta semanal del profesorado y creemos conveniente que reciba soporte psicológico.
Soporte psicológico. Este es gilipollas.
—Pero vamos a ver, mentecato. Que tiene nueve años. ¿Qué eres, Freud? ¿No hay nadie normal en este centro con quien pueda hablar? Alguien que no represente la sublimación del principio de Peter.
El director del centro, que se llamaba Roberto Iglesias, estaba en una edad provecta. En su currículum presumía de haber cursado estudios superiores y un máster. Llevaba años convencido de que era un tipo listo y preparado. Sin embargo, no pudo reprimir una mueca declinante que le hizo parecer el Rey de lo Ignoto. No tenía ni la menor idea de qué podía significar la sublimación del principio de… ¿quién?
Axel afiló el cuchillo.
—El principio de Peter. Peter —insistió—. No se apure. Yo se lo explico. Es una teoría que identifica a inútiles y/o trepas. Habla de cómo alguien va ascendiendo en su trabajo hasta que se instala en una posición para la que no está preparado y para la que es un completo inútil. Ahí es cuando alcanza su nivel más alto de incompetencia y ya no puede ocultar lo inútil que es. En ese momento, todo el mundo lo descubre y ya no le ascienden más. Pero allí le dejan. Desnudo ante sus carencias. Que no suelen ser pocas. Y allí se queda durante años. Desempeñando un papel para el que es un completo inútil. Y ¿cómo ha llegado hasta allí?, se preguntará. Pues muy fácil, por trepa. Buenas tardes, director.
Axel siguió la estela de su hija Marta hacia el coche sin esperar réplica. Tampoco la hubo.
En el centro del vestíbulo del colegio público Vallehermoso, una figura tierna y pusilánime se tambaleaba como la banqueta de un cojo.
Jaime Sota recibió la noticia pasadas las diez de la noche: «Sota, no te vayas a casa. Espérate un rato que este no ha llegado y no conseguimos localizarle».
Este era Max Morán y el que hablaba, el director de la emisora, un hombre compacto y huraño, de modales convencionales, calvo como una peonza, y que intentaba ver algo a través de unas gafas de pasta con cristales gruesos, sujetas por un cordel que le llegaba a la altura de las tetas.
Porque tenía tetas.
Un jefe de la vieja escuela.
Sota ya había terminado sus boletines de la tarde y no tenía demasiadas ganas de que le mareasen. Porque eso es lo que estaban haciendo. Marearlo. En todos sus años en la Cadena Voz nunca nadie había faltado a la emisión nocturna sin avisar. Y una cucaracha pérfida como Max podría ser desleal con cualquiera menos consigo mismo.
Habría avisado. Lo que significaba que iba a aparecer.
«Si no aparece, presentas tú. No hay otro», le informó el director.
Para matar el tiempo, Sota decidió sacar un café de la máquina diabólica que estaba junto al baño. En el fondo confiaba en que el café respondiese a su sabor, le intoxicase y le diese una excusa para largarse de allí. Apretó el botón en el que se leía «Cortado Premium». Costaba diez céntimos más caro. Le pareció la mejor manera de invertir la calderilla. Ya que su noche era una mierda, quería ir con todo.
«Te lo advierto, Sota. Sal a empatar. Una sola tontería y te vas a la calle». Amenazar después de informar. El director era un clásico.
El veterano periodista regresó a su mesa arrastrando sus enormes pies y su ancestral pantalón anchísimo, y desde allí divisó una redacción adormecida. Arrugada tras la muerte de Goya. Sin un líder para el que trabajar con alegría. Sin ganas de remar.
Sota se enjugó el sudor que le caía por la frente. El puto café estaba demasiado caliente y le abrasaba la lengua. El calor le hizo pensar en Coloma, y Coloma le hizo pensar en Axel.
¡Qué cabronazo! ¿Cómo le había descubierto? Pero, de alguna forma, estaba tranquilo. Se podía confiar en él. Estaba convencido de ello. Aunque si seguía escarbando y discurriendo como el puto Remington Steele, le podía meter en un pequeño lío. Ahora estaba ligado a la exmujer de un asesinado. Pero eso no significaba estar ligado al asesinato. ¿O sí? Bueno, mejor que no escarbase.
Sota encendió su ordenador y observó que a su lado una sonrisa nerviosa y espléndida se ocultaba detrás de una pantalla vieja.
—Tú, niñato.
Caco asomó el flequillo por encima del monitor. Parecía un saco de huesos a punto de caer desde un quinto. El vozarrón de Sota le daba pavor.
—Dime, jefe.
—Ni jefe ni hostias. Si este cabrón al final no viene, que va a venir, voy a presentar yo el programa de esta noche. Así que no te hagas pajas leyendo los mensajes. ¿Está claro? Que yo no soy Goya ni el otro. Cortita y al pie. A ver si te crees que te van a dar el Pulitzer por hacer esa mierda.
Esas palabras tranquilizaron a Caco. Sabía que Sota trataba así a todo el mundo, incluso a Goya cuando aún vivía. No tenía nada que ver con la desconfianza que cualquier otro transmitiría con ese mensaje. Al contrario, esa era su forma de dar cariño y de decir que contaba contigo.
Durante la siguiente hora, Sota se preparó un guion con poca letra y muchos temas. Lo único que llevaba escrito era la entrada, el saludo y las noticias de apertura. No quería dar un solo dato en falso. Esa lección la había aprendido hacía tiempo. Leería todas las novedades de la actualidad del día con nombres, apellidos, cifras y fechas, tratando de ser lo más riguroso posible.
Estaba terminando de aporrear el teclado cuando recibió el mensaje en su móvil. Era Max. «Mierda. Lo sabía. Va a venir».
Abrió el mensaje y se le abrieron los ojos: «Sota no puedo hacer el programa. Estoy con fiebre».
La fiebre más feliz de su vida.
En el reloj digital del estudio principal de la Cadena Voz, varios puntos rojos se iluminaban marcando las 11.20 de la noche cuando Sota se sentó en su viejo trono. Con tiempo de sobra para degustar el momento. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez? ¿Cinco años ya?
Diez minutos más tarde sonaron las señales horarias. El viejo presentador dejó que respirase la sintonía de apertura del programa y escuchó su nombre a todo volumen a través de los auriculares que le envolvían las orejas.
—La Escuadra… Cadena Voz… con Jaime Sota.
Hizo una seña a control levantando ambas manos, con los dedos pulgar e indice estirados, formando una «L». Para que los técnicos de sonido comprendiesen que tenían que abrirle el micrófono. Se encendió la lucecita roja. Una corriente de éxtasis le recorrió la espalda y le quitó veinte años de encima. Se sintió libre. Poderoso. Solo podía pensar en todo lo que había sufrido y en todo lo que había tenido que pasar para volver a ocupar el lugar que le correspondía.
Su trono.
—¡Muy buenas noches! —dijo.
Y vaya si eran buenas.
Axel conducía con la vista puesta en el espejo retrovisor. Su hija se retorcía de dolor y lloraba, frotándose los ojos con los puños. Llevaba varias horas en casa intentando tranquilizarla. Pero ni galletas, ni dibujos, ni cuentos, ni mimos, ni cosquillas. Marta seguía quejándose. Axel llamó a su hermana Gema y esta le dijo que si nada de eso la había calmado, que la llevase a urgencias. Que podían ser gases o una indigestión o vete tú a saber.
Cuando Axel se lo dijo a Marta, fue cuando se calmó: «Nos vamos a urgencias». Y mano de santo. Pero no podía dejarla ganar. Tenía que seguir con el farol. Así que la metió en el coche y empezaron a dar vueltas por la ciudad. Se preguntaba cuánto le dolía y cuánto había de fingido en su llanto.
Esos cabrones le estaban haciendo dudar de su propia hija.
—¿Qué es lo que te duele? ¿La tripa? —preguntó Axel.
—Sí. Aquí —dijo la niña llevándose la mano a la barriga.
—¿Te duele mucho?
—Un poco.
—¿Quieres que te deje con la tía Gema? Que ya sabes que ella tiene poderes sanadores.
No quieres, ¿a que no?
—No. Quiero contigo, papi. Esta noche me quedo contigo.
—¡Claro, idiota! —exclamó—. Esta noche duermes en mi cama, ¿vale?
Axel pensó en Noa. Menos mal que todavía no estaba preparada para venir a Madrid. Era una mala buena noticia. Para abrir un trauma es mejor primero cerrar otro. Y el día que hablasen con la niña necesitaban ser un equipo. Sin fisuras. Un dos contra uno. Lanzar a dos voces una mentira solida y resistente al tiempo. Una mentira para siempre. Y Axel intuía que ponerse de acuerdo en eso les iba a llevar tiempo. Mucho tiempo.
Para distraerse de vuelta a casa, Axel intentó encontrar algo de música en la radio.
—¿Pongo algo de rock? ¿Qué dices, Martita? Y pegamos unos gritos.
La niña centró la vista en los ojos verdes de Axel, que se reflejaban en el retrovisor. No sabía si era otra trampa.
—No. Vamos a casa. Me quiero ir ya a casa.
En su móvil se iluminó la pantalla y vio que le había entrado un mensaje de texto. Le extrañó. Pero decidió no coger el teléfono mientras conducía. No delante de la niña.
Soy un padrazo, joder.
Desistió de un nuevo intento de pasar un viaje divertido con su hija y tomó el camino más rápido a La Latina, por la calle Segovia, en dirección a la calle Mayor.
Pasaron por debajo del puente de los suicidas y la búsqueda digital de la radio del Peugeot, que no era ningún dechado de sonido de alta calidad y tecnología punta, se detuvo en una voz que reconoció familiar. Le costó ubicarla. Como cuando te encuentras al farmacéutico en la frutería, sin bata y sin medicinas y sabes que le conoces, que debes saludarlo, y dices «Hey, qué tal, ¿tú por aquí?», y ganas tiempo hasta que te dices a ti mismo que le conoces de vista del gimnasio y sueltas: «Es que aquí venden una fruta buenísima y tenemos que cuidarnos, qué te voy a contar a ti». Y cuando vuelves a la farmacia y le ves, y recuerdas la conversación, descubres que sigues siendo imbécil, pero al menos fuiste prudente.
Finalmente, Axel resolvió que el premio al padre del año lo ganaría en otra ocasión y cogió el móvil.
Abrió el mensaje y se le abrieron los ojos.
Era Max: «Necesito su ayuda, agente. Estoy en un lío. Venga donde Goya lo antes posible. Es de vida o muerte».
¿Donde Goya? ¿Dónde cojones era eso? ¿El cementerio?
De pronto lo entendió todo.
El farmacéutico que sonaba por la radio era Jaime Sota.
La frutería, el programa que debía estar presentando Max Morán.
Y el imbécil seguía siendo Axel. A no ser que reaccionase rápido y llamase a Loor inmediatamente.
Y eso fue lo que hizo. Porque cuando consiguió colocar las piezas en su sitio, la imagen que le devolvía el puzle mental le produjo una arcada asquerosa.
Loor tardó varios tonos en responder.
—Joder, menos mal. Ya me temía que igual te pillaba pegando alguna paliza en Toledo.
Loor no dijo nada.
—¿Estás ahí?
—No sé por qué no me gusta esta llamada.
—¿Estás escuchando la radio?
—No, Axel. Son las doce de la noche. No tengo sesenta años. No estoy escuchando la radio.
—Es igual. Ha pasado algo. Estoy seguro. No puedo explicarlo, pero tienes que creerme.
—Hostia, Axel. Con todo lo que ha pasado hoy, no sé si estamos para seguir una de tus corazonadas.
—Es Max.
—Sí. Siempre es Max.
—Le ha pasado algo —dijo Axel, intentando modular la voz para que su hija no notase nada raro—. Y ha tenido que salir de la reunión de esta mañana. Joder. Creo que sé donde puede estar. Pero solos no podemos hacerlo. Joder. Déjame pensar.
—¿Te puedo ayudar?
—Alguien nos está jodiendo desde dentro. Esta mañana, cuando he dicho en la reunión del grupo de investigación que Max era el asesino, o que al menos podía saber quién lo hizo, metí la pata hasta el fondo. ¡Menuda cagada, dios! Solo pensaba en satisfacer mi ego y en demostrarle a todos esos mierdas lo buen policía que soy y lo equivocados que están ellos. Soy gilipollas. Eso es lo que soy. Y mi soberbia le ha podido costar la vida a ese capullo de Max.
—¿Qué dices? Me cuesta seguirte, Axel.
—¿Te fías de Ortiz?
—Tú no.
—Ya. Pero eso no es lo que te he preguntado. ¿Te fías de él, sí o no? —insistió Axel.
Se hizo un silencio tibio. Loor tardó unos segundos en contestar. No le pareció una respuesta fácil. Ni una pregunta fácil.
—Sí. Creo que sí.
Ahora fue Axel quien calló. Ignoró la punzada que le produjo la respuesta. Una protesta infantil en segundo plano fue lo único que escuchó Loor en cinco segundos interminables. Se le cruzó la idea de que igual había metido la pata y se preparó para lo peor.
—Está bien —dijo él—. Tengo que hacer una recado antes, pero nos vemos en San Bernardino en treinta minutos. Avisa tú a Ortiz. Si le llamo yo vamos a acabar a hostias y sin llegar a un acuerdo. Dile que podemos tener un 10-7. —Axel usó a propósito el código interno de la policía para referirse a un asesinato sin retirar la vista del retrovisor. Marta miraba por la ventana sin prestar demasiada atención. Mejor así—. Ya sabes la dirección —añadió.
Axel colgó y se pasó la salida en la rotonda de la plaza de San Francisco.
—Cariño. Tengo malas noticias.
—No, papá —protestó Marta.
Sus manos cansadas se volvieron a frotar los ojos. El gesto que hacía siempre que deseaba hacerle ver a su padre que no quería dormir con la tía Gema.