Axel
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Axel llegó primero. Preguntándose por qué cojones no habría hecho caso a su madre y se habría quedado quietiño en casa. A continuación apareció Ortiz con cara de cabreo. Le gustaba dormir y no le gustaba Axel. Y menos aún las corazonadas ajenas que podían poner en riesgo su impecable reputación. Pero el favor se lo había pedido Loor, que irrumpió doblando la esquina con paso rápido y un cigarro en la boca. Tenía cara de acción y de «Vamos a patear un par de culos». Pero Axel empezaba a temer que el único culo que iban a patear fuera el suyo.
Le habría encantado bajar el volumen de su cabeza donde resonaban las palabras de Sota como un despertador un domingo de agosto: «A la radio no faltas a no ser que te estés muriendo».
Y eso era lo que creía que le estaba pasando a Max.
O quizá ya llegaban tarde.
Axel miró a su alrededor: la calle estaba desierta. Ni un coche, ni un peatón. Un tipo con chandal, chancletas y una correa con la que tiraba de un bulldog francés que babeaba con dificultad, fue lo único que sus ojos se pudieron echar a la retina en los diez minutos que llevaba allí.
Hasta que llegó Ortiz.
Y con él, Loor.
¿Habrían ido juntos y se separaron en la calle de arriba? ¿Como los amantes que salen juntos de casa y toman rutas diferentes para acudir a la oficina?
Lo que me faltaba por pensar.
El resto de la unidad especial de intervención que había convocado de emergencia el inspector Jorge Ortiz lo conformaban un armario ropero de dos por dos, con mirada de llevar varios años tratando de resolver un teorema de física aplicada, y un pequeñajo pelirrojo, colocado hasta las cejas, que olía a ambientador del Mercadona.
Joder, Ortiz. Podías haber llamado también a un enano con párkinson.
Axel empezaba a desear que Max ya estuviese muerto y que el asesino se hubiese marchado, para así al menos salvar el pellejo de semejante «Grupo salvaje». Y pensó que, o bien a Ortiz no le gustaba el cine y no sabía quién era Sam Peckinpah, o bien ya no sabía cómo joderle.
Los cinco se reunieron en la esquina del hotel, justo al lado del bar Antonio, donde conservaban, junto a la máquina registradora, un trozo de servilleta con el número de teléfono de la agente Loor Galván.
Ortiz formó un circulo con sus hombres y se agachó para que lo que tenía que decir pareciese más importante.
El puto yankee se cree Bruce Willis de verdad.
Miró a todo el grupo a los ojos para delimitar la jerarquía y contra todo pronóstico intervino para cargarle el marrón al de los ojos verdes.
—Nash, tú has convocado este código rojo, ¡tú dirás! ¿A qué nos enfrentamos?
Axel dudó.
—No lo sé.
—Empezamos bien —replicó Ortiz.
—Es decir, mucho me temo que Max Morán está ahora mismo en una de esas habitaciones y lo más seguro es que se lo hayan cargado ya. Pero si esto se parece en algo al asesinato de Goya, es posible que aún podamos cazar ahí dentro al que lo hizo.
—No te voy a preguntar qué te lleva a pensar eso, Nash. No tenemos tiempo. Haremos lo siguiente. Nash, tú y yo vamos delante. Loor, tú esperas en la entrada del hotel. Vosotros dos, apoltronaos cada uno en una esquina de la calle. Si alguien sale huyendo, le apuntáis con el arma y le dais el alto. No disparéis a no ser que os disparen. ¿Entendido?
Los dos muchachos asintieron pensando en qué clase de ventaja les daba tener un arma si para poder apretar el gatillo tenían que esperar a estar muertos.
—Todas las ventanas del edificio dan a la entrada y a la calle lateral —intervino Axel—. Lo comprobé con lo de Goya. Así que estad atentos a esa posibilidad. Uno que se ponga ahí y cubra la esquina con Conde Duque, y el otro que vigile la bajada a la plaza de España. No hay más.
—Está bien, ¿alguna pregunta? —dijo Ortiz.
Nadie abrió la boca.
Axel vio que Loor parecía preocupada y se preguntó si lo que le preocupaba era él.
—Vamos. En marcha —sentenció el inspector.
Axel franqueó la entrada en primer lugar, con Ortiz a su espalda. Sujetaba con fuerza su Glock 17 de cuarta generación. Notaba sus treinta y cinco piezas totalmente ensambladas y preparadas por si las necesitaba. Pensó que, después de él, su arma era lo más preparado que había allí.
Sin contar a Loor.
Al fondo, detrás de una mesa de madera astillada por todos lados, un anciano con los ojos achinados observaba con desesperación cómo se acercaban. En su mirada se podía leer, en perfecto castellano: «Hijos de puta, acabo de abrir hace dos días, después de varias semanas con esto cerrado por vuestra culpa, y ahora venís a joderme con pistolas semiautomáticas que me caben perfectamente por el culo». Sin embargo, dijo:
—¿Qué pasa? ¿Qué hacel aquí? Aquí todo tlanquilo. No pasal. Aquí tlanquilo.
Loor escuchó ese inconfundible y elocuente acento asiático-español y se miró las Doc Martens. Se preguntó si Zung Yi las echaría de menos, pero controló sus ganas de comprobarlo.
Y se encendió otro cigarro.
Axel sacó su móvil y le enseñó una foto de Max Morán que había buscado en Google.
—¿Has visto a este hombre? ¿Está aquí?
Ortiz no paraba de mirar hacia la puerta.
—Sí. Le conozco. Venil aquí mucho. Pelo ahola no. Ahola estal tlanquilo.
Axel observó por encima del hombro del propietario del hotel, que era bastante bajito, que colocaba las llaves de las distintas habitaciones en una especie de estantería con huecos numerados. Se preguntó cuándo habrían hecho una reforma de la zona común por última vez. Se convenció rápido de que había sido nunca.
Zung Yi, a su vez, vio cómo el policía rapado de ojos verdes llevaba su vista más allá de su espalda y se lamentó por no haber hecho caso a su nieta, al menos una de las mil quinientas veces que le aconsejó digitalizar las puertas para que todo el mundo accediese con tarjetas codificadas y magnetizadas. Pero claro, él era viejo, montó el negocio con llaves y le había ido bien. ¿Quién se podía imaginar que iban a cargarse a un tío allí dentro y que el pan de cada día iba a ser un desfile de policías con pistolas en la mano y mirada de «Viejo chino, no me toques los cojones que estoy nervioso»?
Él, joder.
Tenía que haberlo imaginado él. Igual que lo imaginó su nieta.
—Lo tengo. Vamos —afirmó Axel.
Ortiz le seguía por las escaleras que daban al último piso. En realidad, daban a todos los pisos, pero Axel había decidido empezar por arriba. Había memorizado todas las llaves que faltaban. Las habitaciones ocupadas. No eran muchas. Empezarían por la tercera planta e irían bajando.
Fueron comprobando una por una hasta que llegaron a la número 107. Axel creía recordar que era la habitación en la que se colaron Loor y él, después de haber irrumpido en la que estaba Ortiz analizando la escena del crimen.
En quince minutos de discreto registro en siete habitaciones, se habían encontrado ya de todo. Desde un negro que les abrió la puerta en pelotas, con un trípode colgando desde el que podría capturar un eclipse solar en Siberia, hasta una orgía llena de universitarios internacionales que aprovechaban su beca Erasmus.
En la 107, sin embargo, lo único que encontraron fue silencio. Ese silencio que te dice que algo no va bien. Un minuto y más de seis toques en la puerta después, Ortiz le pidió a Axel que se apartase y que le cubriese.
—Voy a entrar.
Cogió impulso y derribó la puerta de una patada.
Axel recordó todas las veces que le había puesto al límite y después miró cómo había quedado la puerta. Se prometió a sí mismo que se cogería una semana de vacaciones cuando todo terminase. Entraron con movimientos coordinados y registraron la habitación por partes.
El baño estaba limpio.
El armario, vacío.
La cama, hecha.
—Mierda —soltó Axel.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ortiz.
Axel seguía rebuscando por todas partes. No sabía qué. Se asomó a la ventana. Nadie.
—Espero que tengas alguna idea, Nash —le apremió Ortiz—. Porque este muerto nos puede salir muy caro.
—Tranquilo, joder. De momento no hay muerto.
Axel sacó de un tirón el edredón de la cama y entonces lo vio. El teléfono móvil. El puto móvil que yacía bajo las sábanas. Estaba encendido. Lo manipuló y entró directamente en «Mensajes». En la bandeja de salida. Ahí estaba el que había recibido minutos antes.
Neutralizó las ganas de dispararse un tiro en la sien. Las cartas habían cambiado. Sentía que le acababan de sacar un full guarro a su trío de ases. Se la habían clavado.
Le dio el móvil a Ortiz para que él también lo viese.
El inspector se llevó una mano a la calva y su mandíbula se tensó como la de un pitbull en ayunas. Estaba a punto de cagarse en sus muertos cuando Axel se le adelantó.
—¡JODER!
Loor oyó el grito y salió disparada hacia las escaleras. Cuando llegó lo comprendió todo y solo dijo:
—Joder.
Pero sin gritar.
El inspector Jorge Ortiz envió a casa, con una palmadita en la espalda, a los dos muchachos que se habían quedado en la calle. Siempre podrían decir que sabían vigilar ventanas. Después se reunió junto al coche con Axel y Loor.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—Solo se me ocurre una idea. Ir a la radio —sugirió Axel—. Pero si no ha aparecido por allí, mucho me temo que no van a tener ni puta idea de dónde está Max.
—¿A qué hora recibiste el mensaje, Axel? —preguntó Loor, que ya estaba terminando otro cigarro.
—Justo antes de llamarte. Serían cerca de las doce.
—O sea, que Max estaba vivo a esa hora —dedujo Ortiz.
La sirena de una ambulancia se acercaba desde Noviciado. Los tres se miraron sin decir nada. Pasó de largo, hacia el sur, por la cuesta de San Vicente.
—Yo creo que no. Si tuviese que apostar diría que Max ya estaba muerto cuando me escribió.
Ortiz miró a Loor con cara de «Me está vacilando».
Loor le devolvió una mirada de «Aguanta. Le conozco. Está pensando». Axel pensó en alto.
—Max viene aquí. Teme por su vida. Me escribe para que venga a ayudarle y llegamos tarde. Alguien se nos ha adelantado y tiene o mata a Max.
—De acuerdo. Ese es el primer pensamiento. Lo que querían que pensásemos. Descartado —dice Ortiz—. Continúa.
—Además, el chino dijo que Max no había venido hoy por aquí —añade Loor.
—Correcto. Entonces el mensaje que recibo es un mensaje programado. El chino dijo que Max ha estado aquí muchas veces. A este sitio la gente viene a lo que viene y a lo que vienen, vienen solos. El que tiene a Max le obligó a entrar y a dejar su teléfono en la habitación.
—¿Para qué? —Loor preguntó mientras soltaba el humo. Después tiró la colilla y la pisoteó con sus Doc Martens.
—No lo sé. No tiene sentido. Es verdad. Aquí todo el mundo es anónimo —siguió Axel señalando el hotel con la cabeza—. Puedes entrar y salir sin preocuparte demasiado por el registro. Sin llave no puedes entrar en una habitación, por lo tanto nadie sube a no ser que sepas que te van a abrir la puerta. Max no tuvo que venir a nada. Alguien mata a Max y…
—O lo secuestra, joder. No te pongas en lo peor —solicitó Ortiz.
Axel cerró los ojos.
—Alguien secuestra a Max y viene aquí a dejar su móvil. Paga, le dan una llave, deja el móvil, devuelve la llave y se va sin responder preguntas ni firmar nada. Y desde el móvil de Max programa y me manda un mensaje pidiendo ayuda y me dice que venga a esta dirección. Sobre las doce de la noche me necesitan aquí. O más bien necesitan que no esté en otro sitio. Saben que voy a entrar como un toro. Me conocen. Mierda. Saben que, además, no voy a venir solo. Aunque podía haber venido solo. Pero como estoy en una situación delicada en la comisaría por la filtración del kerambit a la prensa y por lo de esta mañana, aviso de la situación y pido cobertura. Y aquí estamos todos, justo donde querían que estuviésemos y a la hora que querían que estuviésemos. Para de esta forma… Joder. Mierda.
—Nos han utilizado —dijo Ortiz.
—Max está muerto. Y puede estar en cualquier parte. Nos han tomado el pelo, nos han atraído hasta aquí con un mensaje programado hace horas y han usado este tiempo para mover el cadáver. Es la una y cuarto de la madrugada. Joder.
Ortiz le pegó una patada al neumático del coche. No tenía a quién culpar. Habían hecho lo que debían hacer y todos, incluso Axel, habían actuado según el libro. Sabía que una muerte más no iba a mejorar nada. Ni siquiera creía que reabriesen el caso.
Axel, sin embargo, siempre sabía a quien culpar.
—Ortiz, llama al mierdajo de la brigada de Estupefacientes. Dile que la mafia sudamericana se ha cargado a otro que ni consumía ni traficaba.
—No me jodas, Axel. Ahora no.
Loor sacó un pitillo y se lo puso en la boca. Pero no lo encendió.
—Deberíamos irnos a casa. Mañana va a ser un día jodido —dijo.
—Ortiz, esto viene de dentro. Tenemos un topo —soltó Axel—. ¿Esta mañana os cuento que Max fue el último en ver a Goya con vida y que puede saber quién le mató y unas horas más tarde ocurre esto? Venga, coño. No me voy a molestar ni en convencerte. Lo sabes tan bien como yo.
Ortiz lo había pensado.
Pero ya.
—Ni se te ocurra decir eso fuera de aquí, Nash, ¿entendido? Los polis no se joden entre ellos. Esa es una acusación apestosa y no tienes pruebas. Te ordeno que no vayas por ahí.
Loor apreció un brillo repentino en los ojos de Axel.
—¿Por qué, inspector? No me esperaba esta reacción. ¿Acaso tiene algo que ocultar?
Ortiz se movió con velocidad, soltó un zarpazo de tigre acorralado y agarró a Axel por la camiseta. Loor se fijó en que su colega estaba de puntillas. Con la barbilla levantada. Con el ombligo al aire.
Y con el orgullo intacto.
—¿Qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme? Vamos, adelante valiente. Dame. No esperes más. Hazlo. Lo llevas deseando desde el primer día.
Sus narices se estaba tocando. Su respiración se mezclaba en el aire. El pulso acelerado enviaba gotas de saliva que volaban en ambas direcciones. La tela de la camisa de Jorge Ortiz estaba a punto de ceder donde los dorsales se funden con el hombro. Loor pensó que los italianos hacen bien las cosas y en la moda son únicos. Si la camisa había costado 150 pavos como decía Axel, bien invertidos estaban.
—¡Ortiz, déjale! —dijo sin alterarse, con el cigarro apagado aún entre los labios—. No me hagas sacar el arma. Me estoy poniendo nerviosa y ya sabes cómo me pongo cuando me pongo nerviosa.
—Tú no te metas, Galván. Esto no es asunto tuyo. Te sugiero que te largues si no quieres que te salpique.
El metal de una pistola HK USP Compact dicen que es más frío que el de una pistola normal. Pero lo dicen personas calvas que han sentido el acero sobre la piel de su nuca. Desde ese momento lo podría decir también el inspector de policía Jorge Ortiz, que notó cómo su vida dependía de que la agente Loor Galván no perdiese otra vez la cabeza.
Como le ocurrió en Toledo, de donde nunca debieron dejarla salir.
—Te he dicho que le dejes. No te lo voy a repetir. —La voz de Loor sonaba atemperada.
Eso fue lo que acojonó a Axel.
La puta que me parió.
—Loor, ¿Qué cojones haces? ¡Quieres bajar la puta pistola! Ortiz, suéltame hostia. Tienes razón. No debería haber dicho eso. Además, no creo que seas tú. Solo quería tocarte los cojones.
Ortiz soltó a Axel.
Loor bajó el arma.
Axel reposó los talones en el suelo. Su camiseta no recuperó su forma inicial.
La tensión se rebajó.
Ninguno sabía bien qué pensar.
Axel dijo:
—Joder. Hemos estado a punto de morir todos.
Y sin saber explicar muy bien por qué, Ortiz soltó una carcajada contagiosa que calmó una escalada de nervios que por poco acaba en tragedia.
Los tres se miraron pidiendo y concediendo el perdón.
Un mensaje en la radio del vehículo del inspector los devolvió a la realidad: «Atención a todas las unidades. ¿Alguna unidad cerca del parque del Retiro? Cambio».
Ortiz volvió a soltar otro zarpazo, esta vez al mando de la radio. Apretó los botones laterales y se lo llevó a la boca.
—Aquí Ortiz. ¿Qué sucede?
Axel y Loor se miraron. Los dos lo sabían.
Max Morán había aparecido.