Axel

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Vigo, lunes 25 de marzo

No habían transcurrido ni cuarenta y ocho horas desde que Axel y su compañía habían regresado a Madrid e Iria Novoa ya tenía dos cosas claras como el agua.

Y ninguna de las dos respondía a lo que ella esperaba.

La primera era que su hermana Noa estaba mejor después de ver a Axel. Más tranquila. Más contenta. De mejor humor. Como si se hubiese quitado un peso de encima. La segunda tenía que ver con la investigación de la muerte de Mauro Otero. Estaba avanzando y nadie le había puesto la zancadilla. Aún.

Iria movía unas Vans negras con el aspa blanca por la plaza de Compostela y el viento de esa tarde le abombaba una blusa celeste a juego con unos vaqueros tobilleros.

Dejó atrás la terraza del hotel Nagari —el mejor de la ciudad— y llegó hasta la heladería Capri. Ver los cubos de colores con diferentes sabores la llevó a recordar una infancia moderadamente feliz. Una época en la que ella y su hermana Noa pasaban las tardes de primavera devorando cucuruchos de dos bolas que a ella le dejaban la cara pringada de fresa y a Noa, de chocolate y vainilla. Esa fue durante mucho tiempo su máxima preocupación, llegar con hambre y monedas a la heladería con más solera de la ciudad.

Hasta que aparecieron los chicos.

Iria, cuatro años mayor, empezó primero. Su primer beso llegó pronto, con catorce, quince minutos antes de su primer polvo. Hay noches que se complican y a ella se le complicó aquella. Fue con un chico de diecisiete. Se conocían de un Surf Camp. Él era guapo y surfeaba muy bien. Ella era viva y segura de sí misma. Enseguida se miraron. De ahí a follar hay que recorrer un largo camino, pero decidieron acortarlo mucho, animados por la oscuridad de una noche nublada de verano, la soledad de la playa y, sobre todo, las prisas de un ambiente en el que si con quince años decías que eras virgen, eras un raro. Así que Iria, a diferencia de la mayoría de colegas, decidió que ella diría la verdad. No es de extrañar que años más tarde acabará siendo poli.

Después de aquella noche no repitió. Se lo tomó como un peso que tenía que quitarse de encima. Y se lo quitó. Su siguiente lío llegaría muchos meses después, más de veinte, y fue algo más cabal y menos precipitado.

Una historia de amor que se prolongó al menos durante un par de semanas.

A partir de ahí, su actividad sexual se normalizó sin engordar su currículum amoroso. Nunca había tenido pareja. No iba con ella. No aguantaba a nadie más de tres preguntas seguidas. En cuanto sentía que estaban olisqueando en su privacidad, daba un portazo. Y siempre sentía que estaban olisqueando en su privacidad. Porque siempre lo hacían.

Para cuando Iria volvió a pensar que lo que verdaderamente tenía clavado era no haberse tirado nunca a Omar, había llegado al puerto. Donde había concertado una entrevista y quería hacer un par de preguntas sobre Otero.

Debía darse prisa. Mucha prisa. Porque cuanto más tiempo pasase, más probable era que cualquier pista sobre el asesinato del capataz desapareciese.

Y porque a Omar le gustaban jóvenes.

Muy jóvenes.

—Y a esta, ¿te la follabas?

En la pantalla del móvil de Omar Pombo, una chica de aspecto virginal, sonrisa con brackets y curvas sin quirófano, juntaba sus pechos y miraba desafiante, mientras se sujetaba el pelo dejando a la vista un tatuaje con letras chinas en la cara interior del brazo derecho, que según Google, significaban «paz».

Desde luego, a Omar, no era paz lo que le transmitían.

A Jarvis tampoco.

—Pero, cabrón, si ahora mismo te follaba a ti con las uñas pintadas, como para no follarme a ese bebé. Buf. Y le haría daño, tío. Te lo juro. Estaría toda la noche metiéndosela por todos los putos agujeros del cuerpo, incluido el ombligo. Y lo haría con todas mis fuerzas, hasta que por esa boca con hierros me llamase «papi». Y cuando lo hiciese, ¿sabes qué haría? Se la metería más fuerte, tío. Porque entonces ya no habría ninguna duda de que la niña lo había entendido. Habría entendido que se había portado mal, chorbo, se había portado como el puto culo que le estaba rompiendo y sabía que papi la iba a castigar ¿entiendes?

—Joder, tú. Cuando te pones romántico, no hay dios que te aguante.

Un porro se consumía entre los dedos de Omar. El aire que azotaba con fuerza en la playa de Patos se estaba fumando la mitad. Él y su colega la otra mitad. Estaban sentados en el muro de piedra con los pies colgando sobre la arena. Omar fumaba con la capucha de su sudadera gris sobre la cabeza y casi se quema el mechón rubio que le caía, como siempre, por la cara. Que ya le llegaba hasta la barbilla.

Jarvis le miraba con impaciencia. Se estaba clavando el canuto.

—Tú, pasa eso, que te vas a quemar la uña. —Jarvis le robó el peta con un movimiento habilidoso—. Oye, ya sé qué no te mola que te lo pregunte, pero te jodes. ¿Qué fue de la pasta que tenías que mandarle a los matracas aquellos, pavo? Eso es una movida del copón.

—Hablé con ellos y lo entendieron —mintió Omar.

—¿Entendieron qué? Esa gente no entiende una mierda, tío. No me jodas. Ándate con ojo. No me fío una mierda. ¿Qué te dijeron?

—Nada. Se lo dije yo. Les dije que tendrían su pasta pero que mirasen las noticias. Que teníamos aquí a toda la Gestapo movilizada y que lo que buscaban era a un pavo que se había cargado a otro por un ajuste de cuentas. Y que era una movida de droga. Y que si me ponía ahora a pasar farlopa como un loco para conseguir su pasta, lo único que iba a conseguir era pasar treinta años en la cárcel por un asesinato que no cometí, y ellos se iban a quedar sin pasta y tendrían que mandar a alguien a la cárcel a matarme. Porque para no tener que pasar treinta años a la sombra y pasar menos tiempo iba a cantar todo lo que sabía.

—¿Les dijiste eso? Tú estás zumbado de la puta cabeza.

—No, joder. Eso último no se lo dije. No hace falta. Eso ya lo saben ellos.

—¡La madre que me parió! —exclamó Jarvis.

—El tema es que lo entendieron. Les pedí que me dejasen estar quieto unos días y que cuando todo esto pasase, que siempre pasa, yo me pondría a hacer lo que tengo que hacer y ellos tendrían su pasta.

Jarvis miraba distraído hacia el fondo del mar, donde la línea del cielo se confundía con las olas. Donde los tonos de azul se mezclaban difusos.

El puto horizonte.

Y le pareció que el horizonte de su colega era una mierda.

Omar solo miraba al porro.

—Así que no te ralles, mucho —dijo—. Voy a disfrutar de unos días de calma y me voy a follar a algún putón.

—¿Cómo el que me enseñaste antes? —Jarvis señaló el móvil con las cejas.

—¿Quieres saber algo? A esa me la voy a follar esta noche —anunció Omar.

—No jodas, cabrón. ¿Pero tú me escuchas cuando te habló? Que esa no tiene edad para comprar birras, joder. Que te van a meter en chirona.

—Pero, cabrón, que pasamos farlopa. ¿De qué cojones me hablas?

Jarvis soltó una carcajada desequilibrada.

—¡Qué hijoputa más salado! Si es que me ganas con tus mierdas, tío. Me ganas. ¿Sabes que? Fóllatela, cojones. Que aprenda. No se puede subir esa foto de perra mala y pretender que le demos al corazón ese de mierda y a otra cosa. No. No se puede, tío. —Jarvis negaba con la cabeza—. Y te digo otra cosa, menos mal que el imbécil de mi hijo no es el putón de mi hija, y que no tengo hijas, porque si algún día veo al subnormal de mi hijo poniendo morros en Instagram, te juro que le corto las pelotas. Bastante tengo con la zorra de su madre. Que le pone morritos a todo el puto edificio. Y no solo los pone, sino que la muy puta los usa. Ya no puedo ver una foto de su boca sin imaginarme la polla del subnormal del tercero dentro. ¡Dios, que mala hostia!

La luz plateada de la ciudad se tamizaba con el paso de la horas. Al contrario que su conversación, que nunca bajaba de tono. Del mar empezaban a desfilar surfistas que terminaban su jornada de oleaje.

Si por la tarde refrescaba, en ese momento hacía un frío de cojones. Jarvis estaba tiritando. Y no podía dejar de pensar qué hay que tener en la cabeza para meterse en el agua con esa rasca. Observaba con desprecio como salían del mar, cuando le pareció reconocer una silueta familiar.

—Oye, chorbo, ¿esa no es la hermana de tu colega la poli?

—¿Iria?

—Esa.

—Sí, creo que sí —contestó Omar, apoyando su cuerpo en el brazo derecho, para coger impulso y ponerse en pie—. Dicen que está como una puta cabra.

Jarvis se levantó también y lo miró conmovido.

—Imagínate lo que dirán de nosotros, cabrón.

Noa salió del agua con el neopreno tan pegado al cuerpo que se le marcaban la costillas. Había perdido mucho peso en los últimos años y nunca lo recuperó. De pequeña, quizá por los helados que tomaba con su hermana, o quizá por genética, era una niña rellenita.

«Hermosa», decía su padre.

Ya no.

Ahora tenía un cuerpo esbelto y elegante, con pechos tranquilos y cadera estricta. Sin grandes curvas ni grandes rectas. Y también tenía frío. Llevaba el pelo empapado y tan negro que apenas se distinguía dónde acababa.

Clavó la tabla en la arena y se sentó a mirar el mar. Se había cansado. Que era uno de sus objetivos.

El otro era no pensar.

Y también lo había cumplido.

Aunque pensar ya no le parecía una losa tan pesada en su espalda. De hecho, estaba empezando a darle vueltas a la posibilidad de aparecer en Madrid y conocer a Marta. Nueve años habían pasado ya desde que tomaron aquella decisión y aún no se había atrevido a enfrentarse a ella.

Fue en Barcelona. Cuando vivía y dormía con Axel. Ese fue su gran error. Se mezclaron demasiadas cosas. Hasta que un día la barriga de Noa empezó a crecer. Ella lo tenía todo muy reciente y él se contagió. Pensaba que era más fuerte que aquello, pero aquello era más fuerte que los dos juntos. Y Axel se fue hundiendo poco a poco.

Noa cumplió allí la mayoría de edad y se matriculó en la universidad. Logró ilusionarse con su nueva vida, pero la barriga siguió creciendo. Y creció hasta el punto que los vestidos anchos, que al principio te podían llevar a pensar que era una chica que se había puesto «hermosa», dejaron de funcionar.

Noa era una niña embarazada. No una mujer, ojalá.

Así la gente la habría mirado con ternura, no con lástima.

Al principio lo fue llevando, pero paulatinamente las miradas que siempre había querido evitar se le volvieron en contra.

Hasta que se encerró en casa. Y todo creció demasiado. La angustia, las lágrimas, la pena, el miedo y la barriga. Axel puso todo de su parte pero no tenía suficiente. Empezaron las broncas y entraron en bucle.

Un día que Axel regresó pronto a casa se la encontró en el baño, desnuda, con la barriga de siete meses encajada contra el acrílico de la bañera y un cuchillo en las venas.

No se cortó.

Axel nunca supo si porque había llegado a tiempo o porque no se atrevió a hacerlo. Pero hablaron, lloraron y dijeron basta.

Habían tocado fondo.

Tomaron una decisión y vivieron los dos mejores meses de sus vidas. Se liberaron y fueron felices. Juntos y separados. En ese tiempo Axel se enamoró de Noa. Y Noa dio a luz.

Y volvieron a hablar.

Decidieron seguir adelante con el plan. Axel se quedaría a Marta y la criaría solo por un tiempo. Noa regresaría a Galicia y viviría los años que se estaba robando. Se recompondría. Se armaría. Se perdonaría. Y volvería. Un plan sencillo.

Axel y Marta la estarían esperando.

Pero nunca lo consiguió.

Noa recogió la tabla y con ayuda de sus dos brazos delgados y fibrosos la acarreó hasta el paseo. Se notaba más ligera. Le había sentado muy bien ver a Axel. Sus conversaciones telefónicas habían creado una cortina etérea que la asustaba. Le daba pánico no estar a la altura de lo que el tiempo tenía que haber hecho con ella. Con el cara a cara, ese miedo se desvaneció.

Ahora, mientras caminaba descalza dejando un rastro de arena mojada en la acera del paseo de Patos, pensaba, por primera vez en su vida, en ser madre. En darle a Axel lo que siempre le había negado. En empezar a vivir una vida que quedó suspendida un domingo de 2008.

No sabía cómo hacerlo. No sabía si saldría bien. Pero por fin sentía fuerzas para intentarlo.

Aunque también sabía que antes tenía que enfrentarse a un fantasma.

«Para abrir un trauma es mejor primero cerrar otro», pensó.

Y para eso no estaba tan segura de tener fuerzas.

Iria dejó el puerto con un par de respuestas jugosas en el bolso y algo de hambre. Parecía cada vez más claro, como ya sospechaban, que Mauro Otero llevaba tiempo permitiendo la entrada de barcos cargados de cocaína a cambio de una mordida que le despejase el futuro. Y le acababan de confirmar que las autoridades portuarias estaban al acecho y que por eso Mauro había dado el alto al carguero que le costó la vida.

Por qué las autoridades portuarias no informaron a la policía era todo un misterio. Un misterio con dos posibles respuestas. O bien se guardaron la información para actuar por su cuenta, atrapar ellos a Otero y apuntarse el tanto, o bien habían avisado a la policía.

Pero no a la policía correcta.

Iria prefería decantarse por la primera opción, sabiendo que, seguramente, acertaría con la segunda.

«Menudo canteo».

Iria Novoa no llamó al timbre. No quería hablar con la familia del capataz. Por varios motivos. Primero, porque ya les habían tomado declaración cuando encontraron el cuerpo. Segundo, porque tratándose de un asunto de drogas, lo normal es que su esposa no estuviese informada y si lo estaba, ya habrían pactado la manera de que pareciese que no sabía nada y salir limpia de todo aquello. Si a la ministra Ana Mato no le llamó la atención tener un Jaguar en el garaje, a esta señora ¿por qué le iba a sorprender vivir en la mansión de Falcon Crest?

Y tercero, por dejarla en paz. Que bastante tendría.

Lo que hizo Iria fue descender por entre la maleza que cruzaba desde la carretera hacía las rocas. No perdía nada. La familia había alegado que, excepto Mauro, ninguno se encontraba en el domicilio, ni en la ciudad, la noche en que mataron a Otero. Y quizá él estaba por ahí de copas, o de putas, o sabe dios haciendo qué, y le sorprendieron en el coche, o en la gasolinera, o sabe dios dónde. Porque las variantes eran casi infinitas, y porque el cuerpo apareció flotando en el mar.

Pero a lo mejor lo trincaron en casa.

Así que Iria Novoa intentaba reconstruir una posible huida de Otero hacia las rocas o un traslado de su cuerpo sin vida en una bolsa de basura hacia las rocas. Para el caso, tanto ten.

Estaba anocheciendo pero todavía había luz. Por si acaso, Iria encendió la linterna del móvil: «Mal no me hace». Y con pasos cortos inició la bajada por el sendero agreste y frondoso que le arañaba los tobillos.

El cielo desprendía una luz ventosa y desapacible. Iria recordó una vez en que el cielo estaba igual y ella casi se mata encima de la tabla. Una ola la fue escorando, la devoró y casi la estampa contra las rocas. Fue Omar quien la rescató. Y menos mal que estaba allí. No le debía la vida pero casi. Había tragado mucha agua y no podía respirar. Decía que sintió una ínfima parte de la angustia que debe suponer morir ahogado. Siempre pensó que era la peor forma de morir. Deseaba que el día que le llegase su hora no estuviese en el mar. Sin embargo, en mitad de aquellas matas de hierbajos, Iria conjeturó que la muerte de Otero, si es que se produjo allí, tampoco debió de ser agradable. Era imposible no sentir miedo allí solo.

Y ni se quería imaginar el miedo si no estabas solo.

Avanzó despacio y alcanzó las rocas con dificultad. Si en algún momento hubo algún forcejeo, alguna pisada, algún resbalón, o lo que sea que pudiese ser una pista, la lluvia se había encargado de borrar cualquier huella. Iria pensó que debía ser más fácil investigar en el sur, donde llueve menos. Aunque la gente allí abajo sea más retorcida. Con más calle.

«En Galicia somos más desconfiados, pero más tontos. Lo de que cuando te encuentras a un gallego no se sabe si sube o si baja es cierto, pero no porque sea un retorcido, es porque ni el gallego lo sabe». Eso iba rumiando cuando lo vio.

No era lo que había ido a buscar.

Era mucho mejor.

Era algo con lo que no contaba, una pista acojonante. Algo que, lejos de facilitar la solución, complicaba mucho más las cosas.

Lo encontró medio enterrado. Pero solo medio. Iria apuntó con el móvil y se iluminó ante sus ojos. Era pequeño, sucio y verde.

Era un cepillo de dientes.

¿El puto cepillo de dientes?

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