Axel

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El cuerpo de Max Morán apareció envuelto en una manta llena de mierda. En lo alto de la cuesta del Angel Caído, a la derecha de la fuente, entre los árboles que habitualmente dan sombra a lectores solitarios o aficionados al yoga urbano. Era noche cerrada y una patrulla de vigilancia del parque había visto algo raro en su ronda de la una. Al principio pensaron que se trataba de un vagabundo que se había quedado dormido en el parque. Pero no tenía sentido. Nadie es capaz de dormir en esa postura. Y con esa ropa. No hay vagabundos tan elegantes.

Los tres policías, que trabajaban juntos en las calles por primera vez, llegaron en el coche del inspector Jorge Ortiz. En cuanto lo vieron se convencieron de que Axel tenía razón. Lo habían matado en otro sitio y habían dejado el cadáver en el parque tiempo después.

La manta no era de Max. Ni del asesino. No sabían cómo había llegado hasta ahí, pero debía de tener tantas huellas como una prostituta de la calle Montera.

Lo primero que comprobó Axel fue si la polla del periodista seguía en su sitio.

Y seguía. Le sorprendió. Ya no estaba acostumbrado a muertes tan aseadas. Después se fijó en la boca, no fuese a ser que apareciese colgada allí la polla de otro. Y tampoco. Afortunadamente, ese crimen era más convencional. Lo que al mismo tiempo les complicaba las cosas.

Ortiz, sin embargo, se fijó en el Rolex Daytona que Max aún lucía en su muñeca izquierda.

—Al menos ya podemos descartar que le hayan matado para robarle —dijo.

El rigor mortis de Max Morán era bastante plácido. Tenía el rostro tenso pero apaciguado. No presentaba signos de violencia. Ni sangre. Ni hematomas.

—Fue una muerte rápida —comentó Axel—. El que lo hizo tenía prisa y pocas ganas de venganza. Le necesitaban muerto. A ver qué dice el análisis toxicológico.

Axel sabía que era pronto para afirmar algo así con tanta rotundidad, pero no podía evitar darse la razón a sí mismo y a sus conjeturas de los últimos días. Extrañamente le hacía sentir más tranquilo. Se quedó congelado cuando vio que Loor, que aún no había abierto la boca, salió disparada entre los árboles. Como si hubiese visto a un fantasma. Su compañera se incrustó en la oscuridad como una pantera asustada.

Axel y Ortiz se miraron sin entender nada. Los dos se dieron cuenta de que era la primera mirada de complicidad que se dedicaban desde que se conocían.

Los miembros del servicio de seguridad del parque, que estaban de pie junto a la furgoneta de vigilancia, a escasos metros del cadáver, no lograban distinguir quién estaba más loco de los tres y empezaron a sentirse más cómodos instalados en la mediocridad de los «polis frustrados».

Así conocía todo el mundo a los vigilantes del parque. Polis frustrados. Igual que los periodistas deportivos eran «futbolistas frustrados». Aunque el periodista que estaba en el suelo sin respiración ya no era ni siquiera eso.

—No me mates. No me mates. Yo no he hecho nada.

El grito de auxilio sonó cerca. Era una voz trabajada en el alcohol. Ronca y patética. Axel, que estaba agachado inspeccionando al muerto, se incorporó de un salto.

—Espera aquí —le pidió a Ortiz, que se quedó junto al cadáver masticando dos certezas. La primera era que esos dos policías a los que apenas conocía eran buenos, y la segunda, que estaban fuera de su control.

Axel los vio enseguida.

La rodilla de Loor sobre un pecho agitado. El cañón de la pistola sobre una frente violácea. El cigarro en la boca. Dos ojos, presas del pánico, le suplicaban que no apretase el gatillo. Loor había inmovilizado a una lechuza asustada. Que solo repetía:

—No me mates. No me mates. Yo no he hecho nada.

—No le mates, Loor.

—Estaba merodeando. Este sabe algo.

—¿Qué sabes? —le preguntó Axel—. Más te vale que contestes rápido. Ese dedo que está junto al gatillo se está moviendo.

No era el miedo lo que provocaba que el abatido contestase con retardo. Eran los años de droga, vino de cartón y noches como aquella, maldurmiendo en un banco de madera, con la espalda rota, cubierto por mantas más infecciosas que un murciélago chino.

—Yo no vi nada. Se lo juro —la voz temblaba de manera natural—. Duermo aquí desde hace años. Vi a ese tipo ahí tirado, vi que tenía mala cara y a mí me sobraba una manta.

Decía la verdad.

—Suéltale, Loor.

La agente Galván le liberó muy despacio. Procedía según lo aprendido en la Academia aunque su presa fuese un vagabundo indefenso e inofensivo.

Así vivirá muchos años.

Cuando regresaron adonde estaba Ortiz, este ya tenía el teléfono en la oreja, despertando a algún jefe y poniéndole al corriente de la situación. No perdía el tiempo.

Siempre haciendo lo correcto. Es para matarlo.

El ruido de fondo eran sirenas de la ambulancia de Protección Civil y de patrullas de la policía que habían recibido el aviso y procederían en pocos minutos a acordonar la zona. Lo siguiente sería recibir a la Científica, al forense y a su puta madre.

E ir dando explicaciones que no tenían.

Ortiz se adelantó a su pereza.

—Esto es lo que vamos a hacer. Vosotros, id a casa. Yo me hago cargo de la situación. Les diré que recibí un soplo fiable y que os convoqué para una intervención de emergencia. Todo bajo mi responsabilidad. Que llegamos tarde, pero que tenemos un teléfono que puede ser clave. Eso nos da algo de chance. A partir de ahí les diré la verdad, que recibimos por radio la alerta de un posible fallecido en el Retiro y que aquí estamos. Nos llevaremos al de la manta para tomarle declaración. Y que la Científica haga su trabajo. —Ortiz hizo una pausa y miró a Axel—. Lo que está claro es que a este no se lo cargó la mafia sudamericana.

Axel se echó un rato y durmió parte de ese rato. Loor ni siquiera lo intentó. Se conocía de sobra para andar perdiendo el tiempo. La angustia estaba empezando a carcomerlos. Ya no solo era importante atrapar al asesino sino hacerlo rápido. La ciudad no podía permitirse vivir con miedo. Y ellos tampoco.

Sin haber visto la prensa, ya sabían que los titulares hablarían de «Maniaco anda suelto» o de «El Charles Manson español».

Por no hablar de la Cadena Voz.

Dos periodistas que ocupaban la misma silla, los dos muertos. A ver quién tenía agallas de sentarse en ese trono envenenado.

Al salir de la ducha, Axel revisó la bandeja de mensajes directos de Instagram. La foto de Alicia seguía ahí junto a un texto en negrita. Un mensaje nuevo.

Joder.

@Aliciita88: «Hola Cuadro. Pensé que te gustaba. Dame bola o me voy con otro, eh. ¿Repetimos? ¿Mañana? ¿Cómo lo tienes?».

Axel cerró la app y se vistió.

Joder.

Los dos policías quedaron en verse para comer, enfrente de casa de Axel, en la Cava Baja. En el negocio pequeño de Lucio, el de los huevos. Que está enfrente de Casa Lucio y se llama Los huevos de Lucio.

Axel pidió huevos y Loor le ayudó a comerlos.

—Este cabrón se ha hecho multimillonario haciendo huevos fritos con patatas y vendiéndolos como si fuesen centollos. Y la verdad es que están cojonudos, pero a mí me salen más ricos y no te los cobro a veinte pavos.

—¡Y a mí qué coño me cuentas! ¿De verdad que esa mierda te funciona con las tías?

—Era una observación.

—Ya.

Axel agarró la cesta del pan y se la ofreció a Loor, que la rechazó. Él cortó un trozo generoso, lo mojó bien en la yema que pringaba las patatas y se lo llevó a la boca. La pregunta le pilló con los ojos cerrados y le cortó de cuajo su orgasmo gustativo.

—¿Cuándo me vas a hablar de tías, Axel? Porque a mí no me la clavas.

¿Y a esta qué le pasa?, ¿tiene un radar o qué hostias?

—¿Qué dices?

—Que cuándo me vas a hablar de tías. Que a mí no me la clavas. Eres muy valiente para preguntar por el pasado de los demás, pero el tuyo está guardado bajo cuatro llaves. Sé que tienes una hija, que tendrá una madre, y de esa madre nunca hablas. Y no eres mi estilo, pero estás medio qué. Así que, si no follas, es porque no quieres.

—O porque no puedo.

—Sí. También. Pero puedes.

—Puedo.

—¿Entonces?

—¿Quieres comer algo más o te has quedado bien?

—Me he quedado bien. Pero me quedaré mejor en cuanto dejes de cambiar de tema.

Axel sonrió y buscó al camarero con la mirada. Levantó una mano y escribió un garabato en el aire. La cuenta le pareció cara. Todo le parecía caro.

—Yo te invito, pero deja de tocarme los huevos.

—Pago yo y me lo cuentas.

Loor hizo ademán de coger el cuenco con el tique de caja, pero Axel fue más rápido.

—Pagas tú la próxima y me lo pienso.

Axel dejó dos billetes azules y no esperó la vuelta. Quería salir de allí. Al final tanta pregunta le estaba saliendo por un ojo de la cara.

—Vamos a centrarnos en lo importante —espetó arrancando el Peugeot.

—Vamos a centrarnos en lo que tú quieras. —Loor bajó la ventanilla, como era costumbre—. Si te refieres al muerto de la manta, supongo que ya has decidido por los dos.

—¿Tienes alguna idea mejor que la que aún no te he contado?

—La verdad es que no. Pero no quiero oírla, llévame directamente.

Circularon en relativo silencio por los túneles de la M30 en dirección norte. Atravesaron la avenida de la Ilustración y en los arcos de La Vaguada torcieron a la derecha. Hacia las canchas de baloncesto. Hubo un par de conatos de bronca al volante, pero se saldaron con daños mínimos. Un par de gritos y ya.

Loor dedujo que a Axel, la muerte de Max le había dejado tocado. Por más que intentase disimular. Nunca le había visto así en la carretera.

En poco más de diez minutos, llegaron a una explanada con varias canastas. Axel aparcó el coche en doble fila, prendió las luces de emergencia y le preguntó a Loor si prefería esperarle escuchando música.

—¿Vas a tardar?

—No —aseguró Axel.

—Entonces voy contigo.

De camino a una pista enjaulada en la que varios adolescentes sudaban y gritaban sin pasarse la pelota, Axel se justificó.

—Hubiese preferido que no tuvieses que ver esto, pero nos quedaba de paso a nuestro próximo destino. Te explico. ¿Ves a esos chavales negros con la camiseta de los Bulls? ¿Los que están al fondo, negociando algo con los puertorriqueños?

—Sí.

—Pues me alegra que los veas, porque les vamos a dejar en paz haciendo lo que estén haciendo. Sigue mirándolos, ¿de acuerdo? Deja pasar un rato y fíjate en el capullo que está contando billetes en la grada de cemento. No mires aún. Pues ese subnormal es el hijo de un compañero. Se dedica a pasar hierba en el parque. Y su padre tiene un cabreo de tres pares de cojones. Y no me extraña.

—Venga, coño, Axel. Que eres gallego. Y he estado en Galicia contigo. Cuando tenías la edad de estos chavales te ponías hasta las trancas. Igual que yo. No me cuentes de qué va tu movida con la poli de los ojos azules si no quieres, pero no me trates como si fuese tu abuela.

—No le juzgo, Loor. Por mí como si se la fuma toda. Tú sígueme el rollo. Solo vengo a por mi parte.

Axel rodeó una canasta y cruzó por la línea de personal interrumpiendo un partido. Un muchacho con una camiseta amarilla de los Warriors, que estaba penetrando en la zona, dejó de botar la pelota y dijo algo que no gustó a Axel. Loor le miró con su cara de «A que saco el arma, imbécil», y el chaval, si dijo algo más, lo dijo bajito. Se dio la vuelta y Loor leyó el nombre de su camiseta: «Curry». Y se lamentó de no haber mojado el pan en la salsa de Lucio minutos antes.

—Ya puedes mirar —dijo Axel.

Loor ya había mirado hacía rato. El chaval era blanco, español y pijo. Con rastas y tatuajes en los brazos.

Pero muy pijo.

En unos años estaría viviendo de su apellido, ahora estaba en edad de tocar los huevos en casa.

El partido se reanudó a su espalda, las voces de «Pásamela, cabrón, que estoy solo» recuperaron la normalidad del parque en una tarde calurosa de Madrid. Cuando Axel se sentó junto al chaval, vio que estaba sudando. No sabía decir si por el sol que brillaba en el cielo despejado y le rebotaba en la frente o porque Loor se quedó de pie, con la Doc Martens izquierda apoyada en la grada, sin darle sombra.

—¿Qué pasa, Borjita? —Axel le rodeó los hombros con su brazo izquierdo para que supiese que tenía las de perder.

—¿Quién coño eres?

—Soy el tío que viene a darte una segunda oportunidad.

—¿Y cuándo me diste la primera?

—La primera ya la has tirado por el retrete, amigo. Vamos directamente con la segunda.

Loor estaba a punto de estallar de risa. ¿Pero qué mierda de teatrillo era ese? Echó inmediatamente la mano a la pistola, por si se alargaba la función. Y se encendió un cigarro.

—¿Ves a esta tía? Está como una puta cabra —dijo Axel.

—Te pareces a alguien —dijo el chaval mirando a Loor.

—A la cantante de Roxette —respondió Axel.

—¿Qué coño es Roxette?

—Es un grupo de música de los 80 —dijo Axel.

—No había nacido.

—¿Y en 2019? ¿Habías nacido? —El chaval miró a Axel sin decir nada. Una gota de sudor se le posó en la punta de la nariz—. Es el año en que murió —añadió el poli.

—¡Y a mí qué me importa!

—Te importa, claro que te importa. Porque va a ser el año en que te van a encontrar muerto a ti también como te vuelva a ver por aquí pasando hierba, ¿me entiendes?

—No sé de qué hablas.

—Mejor. Porque no me apetece explicarte lo que le pueden hacer esas botas a tu preciosa boca apoyada en el bordillo. —Axel señaló las Doc Martens con los ojos.

Loor se agachó y simuló atarse los cordones. La cara con acné del chaval se volvió cetrina. Como si todos los granos levantasen cabezas de pus de golpe.

—Dame la hierba —solicitó Axel.

El chaval estaba temblando y le dio la hierba.

—Bien. La semana que viene vuelvo por aquí. ¿Qué día vendremos, Loor?

—Yo qué sé. Igual todos —dijo ella.

—Como te vea por aquí te arranco los granos, ¿está claro?

Axel se levantó sin decir nada más. Lo hizo rápido porque se dio cuenta de que el chaval estaba a punto de echarse a llorar. Confiaba en haberse retirado a tiempo, porque una cosa es ayudar al hijo de un compañero a que no se meta a trapichear con drogas y otra es dejarle llorando y convertirle en el Collejas del parque.

Al pasar de vuelta junto al flipado de la camiseta de los Warriors, Axel sacó la pipa.

—Eh, tú, Magic Johnson… la ibas a fallar igual. Que eres muy malo. ¿Sí o no?

El chaval asintió con cara de bobalicón sin apartar la mirada de la pistola. Nunca había visto un arma de fuego. Cerca del Peugeot, un chaval guapo y a la última, con una gorra con la silueta de Jordan, se alejaba en dirección contraria a los polis. Axel ralentizó el paso.

—¿Qué pasa? —preguntó Loor.

—No lo sé. Puede que nada.

—¿Le conocías?

—Eso es lo que no sé —dijo él reanudando la marcha—. Es igual. Vamos.

Entraron en el coche y Axel sacó el móvil.

Loor, las uñas.

—¿Eso has venido a hacer? ¿De verdad? ¿Esa es tu parte? Una bolsita con cinco porros de maría.

—No. Esa es la tuya. —Axel se la lanzó sobre el asiento del copiloto—. Por si te cuesta dormir.

El bluetooth del vehículo se activó y una llamada dio tono.

—Axel, ¡qué pasa!

—Ya está lo de tu chaval.

Al otro lado el silencio fue tan largo que Loor llegó a temerse que la llamada se hubiese cortado. Axel sabía que no.

—¿Está bien? ¿Le has hecho daño?

—Está como tiene que estar. Acojonado. Ahora quiero mi parte —dijo Axel sin perder tiempo.

—Dime el nombre.

—Apunta. Carla Sabater. CAR-LA SA-BA-TER.

—Está bien. Lo tengo.

Axel colgó sin despedirse. Loor abrió la ventanilla. La tarde estaba tan mansa que en el coche no entró aire hasta que superaron los sesenta kilómetros por hora.

—¿Así consigues favores? ¿Asustando a críos y robándoles la hierba?

—¿Qué críos? ¿Y qué hierba? Si la hierba la tienes tú. Yo lo que he hecho es echarle un cable a un compañero preocupado y evitar que haya un camello más en la ciudad. Un camello que, por cierto, iba a durar muy poco en la calle.

—Eso es verdad —concedió Loor—. ¿Dónde vamos ahora?

—A las Cuatro Torres. Vamos a hacerle una visita al mejor amigo de Max Morán.

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