Axel
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Madrid, miércoles 27 de marzo
Los cuatro edificios más altos y fotografiados de la capital esperaban sin impaciencia a un quinto hermano que estaba creciendo a su lado.
La Torre Caleido.
Empezó a construirse en marzo de 2018 y esperaba estar lista a finales de 2020. Un fecha redonda. Axel calculó a ojo que ya habrían levantado al menos cien de los 180 metros de altura que tendría cuando estuviese rematada. Contaría además con 36 plantas y 46 ascensores, y Loor odiaba los ascensores.
Desafortunadamente para ella no iban a esa torre, sino a Torre Espacio, que era todavía más alta. Era también el edificio del complejo Cuatro Torres Business Area, destinado a albergar oficinas de grandes corporaciones: 230 metros de altura y 57 plantas. Ellos iban a la planta 55.
La mayoría de los ascensores del edificio conectaban el parking con los despachos de los directivos de las últimas plantas. Pero no todos. Así que tuvieron que buscar. Serpentearon entre coches de alta gama y cochazos de altísima gama. Ferrari, Aston Martin, Porsche… Un BMW X6 aparecía famélico y avergonzado en una esquina.
El animal omega.
—¿Te gustan los coches? —preguntó Axel mientras le daba forma a algo en su cabeza.
—Más que a ti, ¿no ves que soy lesbiana?
—¿Y cuál es tu favorito?
—Ese de ahí —respondió Loor señalando un Porsche 911 Carrera negro—. Es el coche de mis sueños. Algún día, cuando seamos ricos, te llevaré a dar una vuelta en uno de esos. ¿Cuál te gusta a ti?
—A mí me gustan más grandes.
—El tamaño no importa, Axel.
—Eso es que la tienes pequeña. —Axel señaló con el cuerpo una puerta que daba a los ascensores VIP—. Vamos. Por aquí.
—¿No hay escaleras? —preguntó Loor.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada. Que si no hay escaleras.
—Supongo que sí. Pero para cuando llegues arriba ya tendremos dos muertos más y siete torres.
Axel pulsó el botón de llamada del ascensor con la flecha hacia arriba. En menos de un minuto el elevador había descendido a la planta baja.
—Joder. Parece una de esas atracciones en las que la cabina se desploma al vacío y luego frena en seco. ¡Qué modernidad, Loor! El futuro ya está aquí. Si es que hay algún futuro subiéndonos a este bicho.
Loor le dedicó una mirada iracunda.
—Vete a la…
—Mierda —completó Axel—. Sí, sí. Ya lo sé. A la mierda. A la mierda. Pareces Fernando Fernán Gómez.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—Venga. Tira.
Axel se hizo a un lado y dejó que su compañera entrara primero. Tras ella accedieron también un par de ejecutivos jóvenes con trajes de Scalpers y una chica que, por su edad y uniforme, Axel pensó que sería la secretaria de algún jefazo, y Loor pensó que estaba buena.
Arriba, en un despacho noble de madera, los esperaba sin cita Mustafá Al-Abdel, presidente honorífico del holding familiar que lleva su apellido. Una empresa petrolera colosal de facturación multimillonaria que interviene de manera decisiva en el QE, el índice bursátil de Catar, y con múltiples concesiones en diversos países. En su tiempo libre, Al-Abdel ejerce también como máximo dirigente del club de fútbol más importante y laureado del mundo. «Su Racing de Madrid», como le gusta decir.
Axel no es un futbolero empedernido, pero tiene el conocimiento suficiente para medir el alcance de los tentáculos de poder de Al-Abdel. Loor no sabría decir ni un solo jugador de la plantilla.
Pero pregunta.
—Cuéntame algo de este personaje —le dijo cuando estaban de camino.
Y Axel le contó la historia que le contaron a él cuando quisieron impresionarle y disuadirle, hace un par de años, de que se metiese en según qué callejones oscuros.
Le contaron que Mustafá Al-Abdel era un buen tipo, afable y justo. Con insaciable apetito para el dinero y mucha habilidad para relacionarse con el poder internacional. Siempre con una sonrisa, buenas maneras y una anécdota oportuna para cada situación. Manejaba un catálogo de historias tan amplio que corría el rumor de que se las inventaba sobre la marcha.
—Este fue de los primeritos en invertir en fútbol. Llegó a España el siglo pasado, animado por su devoción por las mujeres caucásicas y por su amistad con alguien de la Casa Real. —Axel guiñó un ojo a Loor, pero ella no necesitaba subtítulos—. Y se adaptó a la vida española aún mejor que Ava Gardner. Al parecer es tan feliz aquí que se ha esforzado por ser uno más. Dicen que ni turbante ni leches. Trajes caros, zapatos italianos y un acento bastante logrado. De su pasado solo conserva el bigote y el dinero.
—Debe resultar una imagen curiosa. Será como ver a un latino con rasgos árabes —comentó Loor.
—O a un árabe celebrando el Carnaval —repuso Axel.
—¿Dirá tacos?
—Eso es lo primero que se aprende, pero dudo que nos los diga a nosotros, no sería buena señal. Lo que si he escuchado es que ha dedicado tiempo a estudiar nuestro comportamiento y nuestra cultura más básica. No me refiero a los Reyes Católicos sino más bien a la crónica rosa.
—Mujeres caucásicas —señaló Loor.
—Y es muy caprichoso. Un día —relató Axel—, después de una derrota en casa por 0-4 frente a los alemanes del Bayern de Munich, Mustafá bajó a los vestuarios con un rebote de mil demonios y ganas de cargarse al entrenador. La plantilla ya estaba acostumbrada a este comportamiento, tan impulsivo como predecible. Le estaban esperando desde que se fueron al descanso dos goles abajo. El caso es que los bávaros tenían a un futbolista negro en el centro del campo que se comió uno por uno a todos los jugadores del Madrid. Se comió el césped, se comió las gradas, se merendó a los 90.000 tíos que animaban desde sus asientos. Se llamaba Luxor Maná.
—Como el grupo de música… ¡Desesperadooo, en el olvido, amorrr!
—Me hubiese jugado todo lo que tengo a que no te gustaba Maná, Loor.
—Y no me gusta.
—Mejor. Bueno, al tema… Luxor Maná, que había nacido en el sur de Egipto y al que apodaban el Faro Nubio, anotó los dos primeros goles. Los que abrieron el marcador. El primero de un cabezazo portentoso a la salida de un córner. Llegando desde atrás. Como un trailer. Boom. A la red.
Axel hizo el gesto con la cabeza, marcando bien los tiempos del remate. Se estaba gustando.
—Joder. Pareces un periodista deportivo —se burló Loor.
—Calla, coño. Y escucha. El segundo gol llegó después de una galopada formidable. Luxor robó el balón en su propio campo y recorrió sesenta metros con el cuero cosido a la bota, sorteando a unos y reventando a otros. Sin mirar atrás, ingresó en el área y fusiló al portero. Gol. 0-2. Dejando césped quemado y cadáveres enemigos a su paso. Pero el herido de mayor gravedad estaba sentado en el palco, atusándose el bigote. Intentando digerir que parte de su afición se había puesto en pie para aplaudir a un futbolista egipcio que vestía de rojo. Cuando escuchó los tres pitidos que daban por finalizado el encuentro, Mustafá salió disparado hacia la zona de vestuarios. Dicen que el entrenador de su equipo, un italiano de lengua viperina y espaldas anchas, le estaba esperando a puerta gayola, subido a un taburete y sujetando una corbata anudada como la soga del ahorcado.
»Esta historia la contó Goya en la radio tiempo después. Dio la vuelta al mundo. Alessandro Rossi, así se llamaba el técnico sentenciado, le estuvo esperando con la broma preparada durante más de veinte minutos. Pero Mustafá nunca llegó. Porque desde el acceso del palco presidencial, la puerta del vestuario visitante estaba primero. Y también porque la suerte a veces es muy perra. Y de esa puerta emergió majestuoso con una toalla a la cintura Luxor Maná. Esta parte de la historia no la contó Goya. Ni nadie en antena. Es una historia de barra y tuberías.
»Resulta que el egipcio salió al pasillo medio en bolas, recién salido de la ducha, para entregarle una camiseta firmada a un chaval con discapacidad. Un gesto admirable. Dicen los que lo vieron que las chanclas repiqueteaban por el pasillo cuando llegó a la altura de Mustafá y que, en ese momento, se le cayó la toalla al suelo. Unos dicen que la soltó Maná. Otros comentan que se le aflojó involuntariamente al caminar. En lo que coinciden todos los testigos que presenciaron la escena es en la velocidad a la que se le empañó el bigote a Mustafá Al-Abdel. Que no veía casi nada y, sin embargo, no podía retirar la vista del aparato reproductor que se los acababa de follar toda la noche. Luxor recogió la toalla y sin la menor prisa se la colocó de nuevo. Mustafá pasó a su lado y le tomó la matrícula, nunca mejor dicho, le dijo: «Coño, el Falo Nubio. Prepárate para teñirlo de otro color».
»Sus detractores dicen que Al-Abdel tiene problemas para pronunciar la «r» española y que eso le jugó una mala pasada. Sus defensores aseguran que tiene más ácido en las venas que cualquier político de la oposición y que todo formaba parte de un plan. Premeditado o no, el plan se llevó a cabo y en menos de tres meses Luxor Maná se presentó en el estadio del Racing, delante de 40.000 personas, con el 7 a la espalda y dejando en Múnich 120 millones de euros.
—O sea, que vamos a ver a un antojadizo que consigue lo que se le pone en las narices.
—Es un resumen.
—Te ha quedado muy bien. Estás para escribir la biografía del Moustafi este.
—Mustafá —corrigió Axel.
—Lo que sea. Lo que no veo es qué tiene de intimidante. Casi da más miedo el egipcio que se los folló a todos y se vino a Madrid ganando una fortuna.
—Había tres personas en el túnel de vestuarios. Tres testigos. Una reportera de una radio local. Un periodista de la tele con derechos del partido y su cámara. Ninguno de los tres trabaja ya en ningún medio. Dos ya no viven en España. El cámara ya no vive. En general.
—¿Y de que murió?
—Un infarto.
—¿Entonces?
—Nada.
—Y los otros ¿dónde viven?
—Nadie lo sabe.
—Será que tú no lo sabes.
—Yo no lo sé.
—No veo la conexión. Apesta a casualidad que tira para atrás, eh. Tú mismo lo has dicho: la suerte a veces es muy perra.
—Con Mustafá Al-Abdel por medio, desde luego. Muy perra.
Cuando salieron del ascensor, que subió aún más rápido de lo que había bajado, Loor tenía el rostro como un pelota de papel Albal y un mareo de cojones. Axel le sugirió que fuese al baño a darse un agua antes de entrar al despacho del jeque.
Cuando tres minutos más tarde Loor regresó del servicio de señoras con la cara húmeda y la respiración entrecortada, cualquiera que la hubiese visto habría dicho que acababa de vomitar.
Axel no lo dijo.
Porque ya no estaba allí.
Una preciosa puerta de madera tallada se interponía entre Loor y una conversación que podía ser clave para resolver el crimen. Decidió esperar fuera. Si Axel había entrado sin ella era porque la suerte ya estaba echada y ella, como la suerte, también sabía ser muy perra.
El despacho era espléndido en todo. Amplio y luminoso. Con una luz alquímica, matizada por un estor beis. Al fondo, una silueta volátil permanecía de pie junto al escritorio y agrandaba la figura de un hombre bajito e imponente. Vestía un traje azul hecho a medida y una corbata también azul, pero más clarita. La camisa era blanca, naturalmente.
Sobre la mesa solo había orden. Axel pensó que si Donald Trump supiese de la existencia de este despacho mandaría derruir el despacho oval y construirlo de nuevo según estos planos. En el cuartucho donde trabajaba con Ortiz y Loor, Axel no pensó, nunca lo hacía, si acaso cuando estaba cagando.
Por cierto, ¿esta por qué coño no entra?, ¿se habrá desmayado?
—Buenas tardes, señor Al-Abdel. Muchas gracias por recibirme.
Axel mantenía una distancia más que prudencial. Casi grosera. Estaba ligeramente impresionado.
—Por favor, no se quede ahí. —Mustafá avanzó hacia los sofás Chester de cuero marrón que atemperaban un segundo espacio más relajado—. Póngase cómodo. ¿Quiere tomar algo?
—Estoy bien, gracias.
—Claro. ¡Qué tontería! Está usted de servicio.
—Sí, más o menos. Soy runner y estoy preparando un maratón.
Mustafá Al-Abdel se sirvió unas gotas de bourbon on the rocks en vaso ancho y perfiló una sonrisa neutra. Tenía los labios finos, como dos alambres sin estrenar. Dejó caer su peso sobre el sofá más grande sin poder evitar emitir un sonido de alivio.
—Usted dirá, amigo. Me encantará ayudarles.
Mustafá hablaba con calma, con un acento suave, de un Oriente Medio que a Axel le pareció muy cercano. Por su apariencia, sobrepasaba ampliamente la edad de jubilación estipulada por la ley. Pero su documento de identidad decía otra cosa.
Está cascado, el jodío.
Tenía el cabello espeso y todavía negro. Al verlo, Axel empezó a tararear mentalmente una canción del Puma en un idioma inventado. Sus gafas se apoyaban en la parte baja de la nariz y escondían una mirada miope. Tenía un bigote fino y rizado que parecía casi postizo. Al-Abdel se limitaba a enfocar a Axel con cara de listo y actitud de culo pelado. Era locuaz sin ser arrogante. Cautivador sin ser perverso.
Es un cabrón con mil tiros pegados.
—Vengo a hablarle de Max Morán. O a que hable usted, para ser más exactos. Se conocían bien, tengo entendido.
Mustafá Al-Abdel se recostó en su asiento.
—No se ofenda. No dudo de que esté usted bien informado pero bien, bien, no me conoce nadie.
—¿Cómo es que se reunió con él esta semana?
—Me suelo reunir periódicamente con todos los conductores de programa de la radio española, me interesa conservar mi puesto.
—Ahora mismo su puesto parece seguro. —Axel recorrió con la vista el despacho en toda su magnitud.
Mustafá sonrió e hizo un gesto con la mano quitándose importancia.
—¿Aquí? Soy un don nadie. La empresa la dirigen mis hijos —dijo haciendo un gesto con la cabeza que fue seguido por los ojos de Axel y que le llevó a una fotografía antigua en la que sonreía Mustafá en la sala de trofeos de su estadio, con un adolescente a cada lado—. Yo me dedico a observar y trato de no molestar. Me refería al equipo de fútbol.
—¿Hablaba mucho con él?
—¿Con Max? Cuando era necesario. Era un muchacho con un cerebro reptiliano.
Axel estuvo a punto de salir y buscar a Loor. Era ella la que conocía el significado de esas cosas. Las frases raras.
—¿Qué quiere decir?
—Era un chico muy formal. Muy como nosotros.
En qué cojones nos pareceremos este árabe y yo.
—Pero no era limpio. Escondía un trasfondo digamos… avieso. —Mustafá elegía las palabras con mimo. No muchos ciudadanos nacidos en España manejaban un vocabulario tan exquisito.
—Creo que también escondía otro fondo más travieso. —A Axel le encantaba mostrar que manejaba un lenguaje más mundano.
—Eso ya no lo sé. No me meto en la vida privada de las personas.
—Yo tampoco hasta que las matan.
—He leído que no saben cómo murió.
Axel no tenía por qué compartir las vicisitudes de la muerte de Max con nadie, pero le pareció beneficioso mostrar franqueza en algo tan nimio.
—Creemos que fue envenenado.
—Una muerte rápida, entonces —comentó Al-Abdel—. Mucho mejor.
—Nos interesa más saber por qué lo mataron —dijo Axel.
Y saber quién ya sería la hostia.
—¿Creen que puede estar relacionado con el asesinato de Marcos Goya?
—Sí, claro. Imagínese que aparecen dos futbolistas de su equipo brutalmente asesinados con pocas semanas de diferencia. Es un poco lo mismo.
—Si eso ocurre, considéreme sospechoso. No es que estemos teniendo una buena temporada —dijo Al-Abdel.
—¿Están líderes, no?
—Sí. Pero jugando mal y eliminados en Europa. Y les pago demasiado dinero para que me aburran. Le contaré una historia para que me entienda. Tengo un futbolista chino. Uno piquinito. —El jeque colocó la mano cerca del suelo para sugerir poca estatura—. Muy rápido. Muy vivo. Muy técnico. Me lo traje de Inglaterra. Jugaba en el Arsenal. Nos enfrentamos a ellos el año pasado en la fase de grupos de la Champions. Fue una pesadilla. Afortunadamente pasan dos equipos a los cruces y pasamos los dos, pero no fui capaz de olvidar cómo nos humilló. Le empecé a seguir la pista. Cada fin de semana, una exhibición. Contra el United. Pum. Doblete. —Al-Abdel se golpeaba la palma de una mano con el puño de la otra para acompañar sus onomatopeyas—. Contra el City. Pum. Hat-Trick. Contra el Leicester. Pum. Gol de falta. Así cada tres días. El chino piquinito me estaba provocando. A nadie se le escapa ya que soy un vanidoso y la prensa internacional daba por hecho que a final de temporada iría a por él.
Daba por hecho, dice… como si él no tuviese nada que ver.
—Mandé un emisario a hablar con su entorno. En el aeropuerto de Heathrow apareció con su familia y su agente y todos querían su parte del dinero. Y la verdad es que lo consiguieron. Entre el padre, el agente y la novia nos dieron tres cifras distintas. En orden ascendente. Ya me encargué personalmente de cambiarle el agente y la novia. Lo del padre me está llevando más tiempo. El caso es que analizamos las cifras y le ofrecimos más dinero de lo que pedían todos juntos. La operación lo merecía. Abrir el mercado chino. ¿Usted sabe lo que es eso? Hay mucho chino en China y compran camisetas. El fichaje se pagaría solo. Y los goles del piquinito no tenían precio. Los que iba a meter para mí y los que iba a dejar de meterme. Un Win Win.
Cuántas culturas ha empollado este.
—Así que lo cierro todo, preparo los contratos, los firmamos y el piquinito se viene. O eso me dicen. Porque los chinos son todos iguales y el que llega a Madrid parece una copia mala del que vi jugar en Londres. Tengo la sensación de que me han engañado. Me dicen los técnicos que no mete un gol ni en los entrenamientos contra el juvenil. Ya casi ni juega. Le aseguro que este no es el chino que jugaba en el Arsenal. Es otro, algún pariente…
—¿El que chocaba contra las puertas en Humor Amarillo? ¿Se acuerda de ese programa? En los inicios de Telecinco. Su pantalla amiga —lo interrumpió Axel, para animarlo a dejar ese tema y regresar al que realmente había de ocuparlos.
Pero Al-Abdel siguió hablando. Sus historias eran únicamente suyas.
—Ahora estoy intentando colocárselo a alguien, pero claro, no es fácil. Necesito que el piquinito meta un gol. Al menos un gol, para poder exagerar sus logros. Yo hablo mucho con él. Le digo: «Piquinito, cuando llegues al área abre bien los ojos, como si hubieses dormido bien, y fácil, al ángulo. Como hacías en Londres». ¿Y sabe qué me responde?: «Mustafá, soy chino y esto no es Londres. Aquí mujeres y noche. Yo casi no tener ojos». La broma tendría gracias si no me costase millones de euros. Ahora me dicen que tiene a la mafia china detrás. Y a todo el que me lo dice, le digo que la mafia tendrá detrás al bueno. Menos mal que ya le tengo echado el ojo al que nos va a sacar de esta. Un ruso. Y así al menos cambio de mafia.
Al acabar con el cuento chino, Mustafá dio un sorbo calculado al bourbon. Axel se echó hacia delante un poco aturdido. Intentando reconducir la conversación.
—Pensaba que desde la muerte de Goya las cosas habían mejorado para su equipo. Porque las críticas cesaron inmediatamente con Max al frente del programa. Suponía que estaba usted contento con el cambio.
Mustafá forzó un mueca amable.
—No me gustan los cambios por lesión. Y ahora se ha lesionado otro y no tengo a nadie en el banquillo que goce de mi confianza.
—¿No le gusta Sota?
—Se me está haciendo largo tanto tanteo, amigo. —Mustafá dejó su vaso vació encima de una mesa baja de madera oscura que hacía juego con sus zapatos—. ¿Qué quiere saber? Pregunte. Ya le he dicho que quiero ayudarles.
—¿A Sota se lo cargó usted? —Mustafá parpadeó con taquicardia—. Profesionalmente, digo —apostilló Axel—. Con todo el escándalo Tiago Gomes.
—Sí y no. No me puedo hacer responsable de las imprudencias de todo el mundo.
Axel se dejó caer sobre el respaldo del Chester. Sabía que le tocaba escuchar.
—Fue Goya. El motivo ya lo sabe usted y si no lo sabe, quizá debería empezar por ahí. Pero creo que lo sabe. —Mustafá hablaba intentando averiguar cuánto sabía Axel. Y Axel escuchaba intentando no mostrar cuánto sabía—. Sota era un loco delante del micrófono y a mí no me gustan las sorpresas. Un día me ensalzaba como si hubiese construido el mejor proyecto de la historia del fútbol y a las dos semanas me invitaba a su programa y me faltaba al respeto elogiando a todos mis rivales. No estaba bien de la cabeza. Pero fue Goya el que le preparó la salida, yo solo se lo puse más fácil.
—Y a Goya ¿por qué se lo carga?
—En eso no he tenido nada que ver.
—Pues a su equipo no le ha venido mal dejar las críticas a un lado.
—Mi equipo necesita goles, amigo, no muertos. Es decir, me dio pena cuando me enteré, pero no le niego que me tranquilizó su muerte. No le deseo el mal a nadie, mas una vez que el mal ha llegado, no puedo controlar cómo me siento. Y lo de Goya me sentó bien.
—Hábleme de Goya. ¿Qué le parecía?
—Me parecía lo que era, que odiaba a mi equipo. Pero ese no es motivo para matar a nadie, ¿no le parece? Goya era un buen hombre. Con sus cosas, como todos. Al principio era encantador y yo también. Y como le acabo de contar, teníamos facilidad para entendernos. Pero un día perdió la cabeza.
—¿Qué pasó?
—Celos. Siempre son los malditos celos. Escuchó una entrevista a un jugador mío en la radio rival y no se le ocurrió nada mejor que decir en antena que yo era lo peor que le había pasado a la institución desde la dictadura franquista. «Desde la otra dictadura», dijo. Yo entendía su cabreo porque el tarugo de mi jugador dijo en la competencia que «el Sporting de Barcelona era un equipo de llorones». Y eso provocó que apareciésemos en todas las teles, los periódicos y portales digitales de toda Europa. La repercusión se nos fue de las manos. Pero ¡qué culpa tengo yo!
La suerte a veces es muy perra.
—Desde ese día —continuó Al-Abdel— nuestra relación se rompió. Y como le digo, me dio pena cuando me enteré de lo que le había pasado. Además, mi hijo y su hijo son amigos. Me duele mucho por el chico.
Axel apuntó algo en las notas del iPhone.
—¿Conoce a la madre?
—¿A Coloma? —Al-Abdel entornó los ojos—. Me alegra poder decirle que no.
Joder.
—Entiendo. ¿Cómo conquistó a Max? Desde luego tiene usted buen ojo para elegir a quién apadrina.
Mustafá Al-Abdel cruzó las piernas, dejando al aire unos ejecutivos caídos y una tibia morena, ya sin pelo.
—Seducirle fue la parte fácil. Lo complicado es elegir, como usted dice, y acertar. A Max solo le importaba una cosa. Reunir poder. En eso nos parecíamos. Pero el ansia le desbordaba. Y eso me gustaba menos. Me pareció que podía ser buen periodista.
—¿Los buenos periodistas son los que dicen lo que a usted le conviene?
—Naturalmente. O los que dicen lo que yo les ordeno. Me valen ambos. A alguien como Max había que tenerlo atado. Con la correa apretada. Si no, muerde.
Más metáforas no, por dios.
—Seguro que me va a explicar lo de la correa.
—Digamos que se metió en un lío y yo le ayudé a salir. La deuda contraída era vitalicia. Y yo solo me la estaba cobrando. ¡Menuda faena que se haya ido sin pagármela!
—Ajá.
—Sé que sabe por dónde voy y que no se ha perdido en ningún momento. Y si no, le repito que igual debería empezar por ahí. Me gusta la gente inteligente, amigo. ¿No ha pensado en ser periodista? Puedo ayudarle a que su carrera despegue.
Axel se levantó imitando al empresario. Que ya se había cansado de tener compañía. Le tendió una mano firme que fue correspondida con una trucha sudada.
Joder. Qué cochinada de mano.
Axel se concentró en despedirse con seriedad y en no frotarse la mano contra el vaquero. Por educación y por el vaquero.
—Espero que le vaya bien al equipo y que no tengamos que volver a vernos —dijo Axel.
—Yo también lo espero. Le mandaré una invitación para el próximo partido. Venga acompañado. No hay nada más romántico que una noche de goles y cánticos. Créame, es mejor que el sexo —aseguró Al-Abdel.
A Axel se le cruzó por la mente la imagen de Luxor Maná sin toalla pero no dijo nada. Se limitó a asentir y se fue.
Esperaba encontrar a Loor al otro lado de la puerta, pero ni mucho menos. Lo cierto es que se había olvidado por completo de ella. Se había concentrado a fondo en la conversación y en sacar conclusiones. La primera fue que a Mustafá Al-Abdel le gustaban las medias respuestas y las medias verdades. Mucho las metáforas y poco las aclaraciones. La segunda es que estaba acostumbrado a ganar. Y que no le gustaba perder.
A Axel tampoco.
A Loor la encontró en el parking. Apoyada en el capó del coche, fumando un Marlboro.
—Aquí no se puede fumar, anormal.
—Quéjate encima —respondió Loor soltándole el humo en la cara—. ¿Qué tal ha ido?
—Bien. Sube.
Subieron al coche y salieron a la claridad de la plaza de Castilla. Aún quedaba día. Axel acercó el índice a la puerta del conductor y bajó un poco la ventanilla de Loor. Que no dijo nada, como siempre que algo le gustaba.
Cogieron la calle que llevaba a la comisaría. Axel conducía rápido. Y pensaba sin decir nada.
Hasta que dijo:
—¿Tú crees que yo tengo un cerebro reptiliano?
—¿Tú? —preguntó Loor—. Un poco.
Axel le subió la ventanilla.
—Y tú eres un poco gilipollas —dijo.
—Ves. —Loor ladeó la cabeza y la apoyó en el cristal.
Axel resopló y al soltar el aire se le escapó una sonrisa tranquila.