Axel
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Axel se fue directo a por Ortiz.
—Ortiz. Es importante ¿Tienes un minuto?
El inspector dejó lo que estaba haciendo, que no era mucho, y le siguió. Axel se metió en el servicio de caballeros de la comisaría. Comprobó que no había piernas sentadas, con los pantalones bajados, en ninguna de las tres puertas cerradas. Comprobó los meaderos. Tampoco había nadie.
Y empezó a hablar.
—Creo que tengo las piezas del puzle y estoy a punto de hacer que encajen.
Ortiz se sopló el flequillo sin recordar que era completamente calvo.
—No sé si quiero oírlo —dijo—. No está claro que, después de lo de Max, los de la UDYCO suelten el caso.
—Lo harán si conseguimos una confesión.
—¿Y cómo vamos a conseguir eso?
—Sé adónde hay que ir —aseguró Axel—, con quién tengo hablar y qué tengo que decir. ¿Confías en mí?
—¿Me lo preguntas en serio?
—Quiero pedirte perdón. —En la mirada de Axel no había un atisbo de dulzura.
—¡Hostias! Ahora sí que has conseguido preocuparme.
Axel comenzó a andar en círculos pequeños. Con las manos en los bolsillos. Estaba adoptando una actitud pueril, como un crío arrepentido por portarse mal. Una actitud que no enterneció lo más mínimo a Ortiz. Que no tenía hijos.
—Aunque lo del interrogatorio me sigue pareciendo una cagada, sé que no fuiste tú quien me la clavó con la prensa.
Unos minutos antes
—¿Te acuerdas que llevas días queriendo contarme algo? Pues necesito que me lo cuentes ya.
Loor no estaba preparada para ese ataque. La había pillado con la guardia baja. Axel siguió golpeando.
—¿Quién te está jodiendo, Loor?
—¿Cómo que quién me está jodiendo? A ti qué te importa.
Habían aparcado el Peugeot a unos metros de la comisaría. Caminaban en silencio hasta que Axel lo rompió. Dejó que su compañera masticase lo que acaba de oír y esperó. Ella no se hizo esperar demasiado.
—¿Cómo lo has sabido? —le había preguntado mientras sacaba el paquete de tabaco.
—Porque no ha podido ser nadie más. Ortiz es un capullo integral y pisaría a su madre por seguir creciendo, pero él no lo hizo. Tú igual no lo has notado, pero de la noche a la mañana ha empezado a mirarte como si sintiera lástima por ti. No te ofendas. Es él quien te mira así. Ahí me di cuenta de que él lo supo antes que yo. Cuando el otro día te pregunté si confiabas en él y me dijiste que sí… —Axel se había encogido de hombros— no lo hice para cazarte. No era ninguna trampa. Pero lo fue. Ahí tuve la certeza de que habías sido tú quien me traicionó.
Loor encendió un pitillo y tragó todo el humo del que fue capaz.
—Llevo tiempo queriendo contártelo, pero nunca he conseguido que me escuchases.
—¿Me estás echando la culpa? —Axel había sonreído al sacar el as que mataba al tres.
—Tienes razón. Perdona. Perdona por todo. Hace mucho tiempo que debí decírtelo.
—Hace mucho tiempo que lo sé. Si no te he dicho nada es porque supongo que tienes tus motivos y que serán poderosos. Pero ahora necesito saberlo todo.
Axel se había detenido en mitad de la acera a la sombra de unos árboles repletos de hojas verdes que empezaban a florecer. Loor le miraba desalentada. Le debía una explicación que no quería dar.
Él la animó.
—Y yo un día te cuento qué me pasa con las tías.
Loor le había devuelto una sonrisa sanadora.
—Idiota.
Se habían sentado en las escaleras de entrada al edificio policial y ella se había desnudado como nunca antes.
Saber de antemano que Axel no la juzgaba la ayudó a empezar. Fue una narración oprobiosa. Un testimonio que Loor había arrancado de su alma a cucharadas. Un relato que la llevó a un estado comatoso que la regeneró. Una historia que la devolvía a Toledo. Tres meses antes.
A Facundo Galván, el padre de Loor, se lo llevó un cáncer de pulmón que se le extendió por todo el cuerpo a toda velocidad.
El cabrón fue silencioso.
Llevaba tiempo con él, pero no se había manifestado. Cuando el Facu notó algo, ya estaba sentenciado. Sus últimos días fueron dolorosos. Agonizando en una cama de hospital. Hasta que los médicos hablaron con Loor y entre todos dijeron basta. El Facu entró en paliativos, lo sedaron y dejó de sufrir.
Sus últimas horas las pasó en silencio. Con Loor a su lado.
Le cogía la mano. Lo besaba. Lo abrazaba. Se metía en la cama con él.
Pero no hablaban.
No se dijeron nada. Frases sueltas e irrelevantes del día a día. «Pásame el mando». «Sal que quiero mear».
Nada más íntimo.
Nada más humano.
Loor tenía tantas cosas guardadas para decirle. Tanto que curar. Tantas preguntas. Pero todo se le quedó dentro y le empezó a hacer daño. Mucho daño. El Facu se fue sin ningún tipo de perdón. En ninguna dirección. Ni para sí. Ni para su hija. Ni para nadie.
Cómo estaba su cabeza, sus remordimientos: eso también se fue con él.
A su funeral acudió casi todo el pueblo. Todos sus compañeros de la Guardia Civil le honraron con su uniformada presencia. Los ocho miembros de su compañía envolvieron el féretro con la bandera española y lo portaron con orgullo, a hombros, desde la comandancia de Toledo hasta la catedral, donde se ofició la misa funeral de despedida. Varios compañeros adornaron la ceremonia con historias, vivencias y anécdotas del sargento Facundo Galván. Ese era el rango que ostentaba cuando falleció.
Algo más de una hora después, el tañido de las campanas rompió el silencio de la parte vieja de la ciudad y el ataúd abandonó la catedral entre vítores y gritos de «Viva España» y «Viva la Guardia Civil».
De ahí al cementerio municipal Nuestra Señora del Sagrario, la marcha fúnebre se mantuvo entera. Loor permaneció siempre en un segundo plano. Sujetando sin convicción el tricornio que perteneció a su padre. Ascendieron por la senda de grava y arena con la tristeza como banda sonora. Las más de doscientas personas que acompañaban al sargento en su último adiós arrastraban los pies con el desánimo del que no quiere estar allí.
A cuentagotas fueron llegando todos a la línea de meta del Facu. Junto a la boca negra del nicho, que aguardaba con impaciencia para devorar los restos corpóreos del guardia civil, un cura pronunció unas palabras en latín que solo entendieron los más viejos del lugar. A continuación se persignó varias veces y a diferentes alturas. Después enunció un panegírico que casi convertía al Facu en un santo. Y por último se apartó para dejar que varios hombres de uniforme verde introdujesen el ataúd en el hueco que la Guardia Civil había pagado y reservado para velar a su compañero caído.
Loor esperó y esperó.
Sin escuchar nada.
No sentía demasiado respeto por una institución que había aprovechado cualquier excusa para violar a su madre. Si no la institución, sí esos capullos que lloraban a su padre, felices y aliviados de no ser ellos los que iban dentro de la caja de pino.
Si la tarde estaba siendo emocionante y conmovedora, no había hecho más que empezar. Loor se había guardado lo mejor para el final y no lo sabía aún. Vio cómo desfilaban hordas de plañideras y fariseos hacia sus respectivos coches. Rumbo a sus casas. A sus «pobrecito el Facu». A sus «qué hija más rara tiene». A sus «¿qué hay de cenar?». A sus «jajajá».
A todos les importaba una mierda su padre. Por eso estaban allí. Solo querían sentirse bien consigo mismos. Y aparentar. Para eso vivían. Loor los dejó marchar y se quedó junto a la lápida de su padre.
Su ira fue creciendo. Como una catarata de rabia.
Pensó en su madre. La puta. La apestada.
Pensó en las violaciones. La culpa. El embarazo. El sacar provecho.
Pensó en la vergüenza. El secuestro. El parto. La muerte. El asesinato. Las mentiras. El odio. La explosión.
Pum.
Los disparos se escucharon en toda la ciudad.
Pum, pum, pum, pum, pum.
Loor Galván vació el cargador de su pistola reglamentaria contra la piedra grabada con el nombre de su padre y la fecha de nacimiento y defunción. La mayoría de las balas se estrellaron contra la inscripción que decía «Vivirás en la memoria de tu esposa e hija».
Loor gritaba con toda la fuerza de su garganta. Gritaba con furia la cólera de su frustración.
Y disparaba.
Una bala.
Y otra.
Y otra.
Pum, pum, pum, pum.
Cuando dos guardias civiles la redujeron, Loor estaba fuera de sí. Llorando desconsolada. Esperaron a que se quedase sin munición y la derribaron. No les fue fácil tirarla al suelo e inmovilizarla. Igual que no fue fácil detener la historia que ya corría como la pólvora por las calles del pueblo y de la ciudad.
La coordinación entre la Guardia Civil y la Policía Nacional fue total. Una maquinaria perfecta. Acostumbrados a ponerla en marcha para engrandecer el éxito de una operación o la figura de algún general, en aquel caso debían girar la rueda en dirección contraria. Conseguir a toda costa que el titular, «Agente de policía pierde la cabeza y se lía a tiros contra la lápida de su difunto padre, sargento de la Guardia Civil, en la tarde de su entierro», no llegase a las rotativas, los informativos, los telediarios. Que no saliese del cementerio. Que se quedase en leyenda.
Y lo consiguieron.
Intervinieron parte de la prensa local y evitaron de esa forma que la historia llegase a Madrid.
La que llegó a Madrid fue Loor.
No podían expulsarla del cuerpo precisamente para evitar preguntas. No podían limpiar la mierda. Tenían que meterla debajo de la alfombra.
Y la alfombra era Madrid.
Le dieron un puesto bajo en la comisaría general de la policía judicial. Bajo la atenta mirada de un supervisor al que tendría que informar casi a diario. Un hombre de confianza de los jefes.
Enseguida tomaron la decisión de colocarla donde nadie quería. Al lado de un buen policía que solo sabía trabajar solo. Que no quería a nadie cerca. Y que no iba a permitir tener un perrito faldero en su regazo.
Axel Nash.
Pensaron que Axel no le contaría nada. Que no se apoyaría en ella para nada. Que de esta forma estaría inutilizada. Ese era el objetivo. Inutilizarla y ganar tiempo. Para que todo se fuese enterrando en el fondo de la memoria de las páginas más triste de la Policía Nacional y de la Guardia Civil.
Con lo que nadie contó fue con que Axel y Loor congeniasen. Y congeniaron. Axel veía en ella a una buena policía. Y no le tocaba los huevos. Loor veía en Axel a un compañero independiente y capaz. Y que necesitaba ayuda y espacio. Trató de darle ambas cosas.
Ahora eran amigos, se podía decir. Al menos Loor así lo sentía. A pesar de habérsela clavado hasta atrás.
—Es Estrías. Es el que nos está jodiendo.
A Ortiz se le inflamó la vena del cuello.
—Axel, no empieces otra vez, que la última casi acabamos a hostias.
—No me escuches si no quieres. O mejor, escúchame y luego bórralo de tu CPU y no me hagas caso. Pero estoy convencido de que es él. No puedo probarlo todavía. Pero tampoco hace falta. Te acabo de contar el plan. Lo único que te pido es que no se lo cuentes a Estrías. Si lo haces y él vuelve a cascarlo todo, se acabó.
Axel moduló la voz de tal forma que ese «se acabó» pareciese el final de la conversación. Pero Ortiz tenía más preguntas.
—¿Por qué estás tan seguro de que Estrías es un soplón? A mí me parece un buen policía. No veo qué tiene que ganar con esa gente.
—Igual no se trata de ganar y se trata de no perder.
—…
Axel miró a su espalda en un gesto muy cinematográfico y bajó la voz, a pesar de que en ese baño no había entrado ni salido nadie en los últimos diez minutos.
—Estrías es maricón. Es gay.
Ortiz abrió los ojos como Malcolm McDowell en La naranja mecánica.
—¿Y a mí qué cojones me importa? —dijo.
—A ti igual te la suda, pero a él no. Él no quiere que se corra la voz. —Axel no estaba seguro de haber acertado con el verbo que había elegido—. Me lo encontré en un local de ambiente en Chueca y, cuando me vio, pensé que me lo tenía que llevar a urgencias.
—Si lo viste es que tú también estabas allí. Igual él está pensando lo mismo de ti.
—Créeme. Yo estaba allí. No está pensando lo mismo de mí. Está pensando lo mismo que yo.
Axel sonó tan convincente que Ortiz desistió de seguir por ese camino. Prefirió escuchar.
—No sé con exactitud de qué se trata. Quizá le estén chantajeando. O amenazando. Qué sé yo. Lo que es seguro es que en cuanto deslicé en la reunión de grupo la posibilidad de que Max hubiese visto al asesino, alguien se lo cargó. Y lo hizo porque le avisaron de que su identidad podía salir a la luz. Y ese chivatazo tuvo que salir de dentro. Tú no fuiste. —Axel hizo un inflexión en el tono por si Ortiz quería confirmarlo, pero el inspector se mantuvo callado—. Yo tampoco. Y Loor tampoco. Pero ella se lo contó a Estrías. Como todo. La tiene cogida por los huevos. O hace lo que él le pide o ella se vuelve a Toledo a poner cafés en una gasolinera. Adiós a una carrera brillante en el cuerpo de policía. Por eso no le quedan más cojones que reunirse con esa sabandija y ponerle al día de cualquier avance. Y no te ofendas, pero aquí el que avanza soy yo. Como con lo del arma homicida que Estrías le cascó a la prensa. Eso lo hizo para joderme. Justo después de que descubriese sus aficiones nocturnas. ¡Qué casualidad! Este lo casca todo a cambio de muy poco. ¿Qué tiene que ganar ahora con esta gente? Sinceramente se me escapa. Ya te dije que no lo tengo todo atado, pero es igual. Me fío de mi intuición.
—¿Igual que en el hotel? —Ortiz se arrepintió al momento de haber dicho eso. Era un golpe bajo. Justo ahora que por fin Axel se estaba comportando con altura.
—Lo del hotel salió mal, pero Max apareció muerto. Mi intuición no es perfecta, tampoco inútil. Ya es más de lo que pueden decir otros.
Ortiz la dejó pasar. Ya estaban empatados. Y esta vez había empezado él.
—Está bien. Nada de Estrías. Se queda fuera. ¿Qué más necesitas?
—Que me dejéis hacerlo a mi manera —pidió Axel—. Iremos Loor y yo. Un equipo puede esperar fuera de la urbanización preparado para intervenir. Cuando tenga la confesión, te cedo el mando y gestionas la detención con la prensa como consideres. Puedes montar un show a lo O. J. Simpson. O puedes curarte en salud y hacerlo discretamente. Me trae sin cuidado. Pero necesito hablar con Coloma Duval a solas. Sé que ha sido ella. Y sé quién le ha ayudado. Y esto, Ortiz… sí lo tengo bien atado.
Axel se miró al espejo. Vio de reojo que el puto Bruce Willis estaba a punto de ceder. Necesitaba un último empujón.
—Si sale mal, te entrego mi placa y te libras de mí para siempre. Tienes mi palabra.
Ortiz levantó una ceja.
—¿Y si sale bien?
—Si sale bien, hablarán de nosotros en todas partes, inspector. —Axel buscó un brillo en las pupilas de Jorge Ortiz que tardaba en aparecer… y al fin surgió—. Y yo me compraré una camisa italiana de 150 pavos. No quiero estropearte la foto.