Axel
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Vigo, miércoles 27 de marzo
Iria Novoa había dicho en comisaría que trabajaría en casa, pero no explicó que su trabajo poco tendría que ver con los casos abiertos. Sería un trabajo de desgaste. Sutil y soterrado. Contra el muro que había levantado su hermana. Una tarea ardua y dolorosa. Pero inevitable.
Noa, que la conocía mejor que nadie, la vio venir de lejos y se fue a la playa. Con su tabla. Cuando regresó, con el pelo empapado, el neopreno medio desabrochado y los pies llenos de arena, la trampa estaba tendida. Solo tenía que morderla. Como un ratón y un trozo de queso.
Pero a Noa no le gustaba el queso.
—En serio, Iria. Déjame en paz.
—Noa, se acabaron las coñas. Lo siento mucho. Sé que estás muy bien estos días. Que te sentó bien ver a Axel. Y que entre ir a la playa y meterte al agua y tal… apenas piensas en lo que te pasó. Pero vengo a pedirte que me des un poco de tu tiempo y un mucho de tu tranquilidad y me cuentes desde el principio, paso a paso, cómo fue aquella noche.
Noa se arrellanó en una silla de la cocina y se hizo pequeña.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué me haces esto? ¿No ves que estoy pasando unos días bastante buenos?
Iria lo veía.
—Y no sabes lo que me jode —dijo—. Pero no puedo esperar. Tiene que ser ya.
—Llama a Axel. Que te lo cuente él —dijo Noa, mientras dibujaba con los dedos figuras imaginarias en la madera de la mesa.
Iria no iba a llamar a nadie.
—Necesito todos los detalles, Noa. Hasta el más insignificante. Y que respondas a todo lo que se me vaya ocurriendo.
Iria hablaba muy seria. Tratando de diagnosticar a su hermana a través del escáner azul que parecía tener en los ojos.
Y soltó la bomba.
—Y necesito saber quién lo hizo.
Noa salió disparada hacia su cuarto. Como un rayo. No estaba tan entera como pensaba.
Iria la agarró de la muñeca cuando pasó a su lado.
—Tengo algo que necesito que veas —dijo, y sin soltarle el brazo la llevó al coche, que estaba aparcado a la entrada del chalé.
Todavía era temprano, la luz de la mañana se filtraba por el parabrisas y resaltaba el cuero de los asientos del Citroën C3. Iria rodeó el vehículo, obligando a su hermana a hacer lo mismo, y abrió el maletero. Sacó una bolsa transparente herméticamente cerrada. Cuando Noa posó su vista en el objeto verde que había dentro se quedó desconcertada.
—¿Por qué coño me enseñas eso? —preguntó.
—¿Lo entiendes ahora?
—¿Qué tengo que entender?
—Tu cepillo de dientes… —Iria corrigió su imprecisión—. El que viste mientras ese tío conducía… ¿también era verde?
Noa apretó los ojos con fuerza y retiró la cara hacia el suelo. Intentó zafarse de las garras de su hermana, pero todo lo hacía sin demasiado convencimiento. Tampoco sonó convincente cuando dijo:
—No.
—Noa, no me mientas. Con tu ayuda o sin ella, voy a atrapar a ese cabrón. Prefiero tenerte en cuenta y ayudarte, pero esto se va a destapar. Decide en qué lado quieres estar.
—No era verde. Te lo juro. Era azul —sollozó Noa.
—Era de noche. Pudo parecerte azul y que fuese verde.
Noa dio otro tirón a su brazo preso.
—Suéltame, Iria. No me estás escuchando. Te da igual lo que te diga. Ya has decidido por tu cuenta. No sé para qué me molestas.
Sin darse cuenta, Iria aflojó la presión que estaba ejerciendo sobre el antebrazo de Noa, que se fue a su cuarto. A pensar.
Iria se sintió desprotegida. No había actuado bien.
Cuando encontró la prueba que podría resultar decisiva para atrapar al asesino de Mauro Otero, decidió guardarla y no la mandó a analizar. Las huellas podrían resolver un caso de carácter nacional pero ella pensó en su hermana. ¿O en ella misma? No lo sabía. Como tampoco sabía si ese cepillo se le habría caído a algún pobre desgraciado que había ido a las rocas a tomarse un bocata de calamares mientras contemplaba la puesta de sol y simplemente quería retirarse las migas de pan de entre los dientes. Lo conectó todo de inmediato y ahora vislumbraba por primera vez la posibilidad de que igual se había precipitado.
Volvió a repasarlo todo. El asesinato de Otero. La localización del cadáver. El mensaje de la mafia. La polla del periodista. ¿Qué extraño mecanismo la había llevado a deducir que un cepillo de dientes perdido y medio enterrado guardaba la más mínima relación, no ya con la muerte de Otero, sino con la violación de su hermana más de una década antes?
Iria se quedó vacía. Sin respuestas. Mirando el resquicio de mar que asomaba entre los tejados de la cuesta que llevaba a su casa.
Depositó la bolsita transparente donde antes estaba, cerró el maletero y regresó dentro, pensando en si seguir su corazonada y entregar el cepillo de dientes como posible prueba para rescatar el ADN de su dueño y quizá tener un sospechoso a quien interrogar. O si dejarlo pasar.
Se sirvió una copa de vino blanco.
Sabía que sus jefes la estarían esperando. Un error, un resbalón, y le aguardaban tardes de escarnio público. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, la apartarían del caso. «Ya nos encargamos nosotros, cariño».
Se le revolvían las tripas.
Iria se bebió la copa de un trago y se levantó para ir al baño. Cruzó el comedor y algo le llamó la atención. Algo no iba bien. O quizá iba demasiado bien. La habitación de Noa. Al fondo del pasillo.
Cuando vio que su hermana se había dejado la puerta abierta, varios pensamientos se amontonaron ante de sus ojos. Como las diapositivas de Minority Report.
La casa de Otero.
La huida hacia el mar.
El disparo en la frente.
La corriente hasta la playa.
El cepillo de dientes.
Un solo delincuente.
Violador y asesino.
La puerta abierta.
Iria se asomó y vio a su hermana sentada al borde de la cama.
—Pasa y cierra. —La voz de Noa aún no estaba rota—. Y prepárate para verme llorar.
—Me la follé en su casa.
—Con dos cojones. Di que sí. ¿Y si llegan a entrar sus padres, chorbo? Se te va la puta cabeza.
Omar estaba tirado en el sofá. En casa de Jarvis. Que preparaba unas lonchas de farlopa. Ya habían comido y no tenían ninguna intención de echarse la siesta.
—Tenía diecinueve palos, joder. No había fallo —comentó Omar.
—¿Diecinueve? Pero tú ¿cuántos tienes, cabrón? Si podrías ser su padre. No entiendo cómo se te levanta con una de diecinueve, tío. Pero si con esa edad no tienen ni tetas.
—Esta tenía tetas. Ya te lo digo. Tenía dos. Dos tetones. Operados. Y estaban riquísimos.
—¿Operados? ¡Dios, qué mala hostia! ¡Qué cerdo me ponen las tetas operadas, joder! ¿Sabes por qué se operan, tío? No se operan porque se vean muy niñas y quieran que las veamos como mujeres. ¡Qué coño va a ser eso! No se operan porque tengan algún complejo y quieran sentirse más guapas cuando se miran al espejo. Eso no se lo cree nadie, tío. Se operan porque es su manera de decir «Toma hijo de puta. Recién puestas para ti. Aprovéchalas y córrete en ellas. Que me han costado una pasta. Demuéstrame que he hecho bien gastándome la viruta de mi padre en estos dos tetones de plástico. Y dame tu lefa». Ese es el mensaje, tío, ¿me entiendes? Ese es el puto mensaje.
Omar aspiró su raya de coca. Justo después de que lo hiciese Jarvis. Que eligió la más grande. Sobre la mesa dejaron los carnés, y encima de una tarjeta, otras dos rayas preparadas para más tarde.
—Oye, ¿por qué nunca te has follado a tu colega la poli? —preguntó Jarvis, mientras aspiraba fuerte y rápido por el orificio de la nariz, que se le había taponado de polvo blanco—. Tiene que ser de puta madre que te dé con la porra mientras te cabalga. Y que te espose los huevos, joder. ¡Vaya morbazo!
—Y yo qué sé, tío. Iria no me pone nada.
—¿Pues por qué no le dices si me quiere follar a mí? Se me acaba de poner morcillona, solo de pensarlo.
—No te va a follar. ¡Qué te va a follar a ti! Si eres un puto yonqui con un hijo. Hazme caso, si algún día te folla la poli, te va a follar de otra manera. Ya verás como no te vas a correr.
Jarvis abrió la ventana y se asomó para despejarse. Tenía el corazón a mil por hora. Y la garganta seca, con sabor a cal, le estaba pidiendo una copa.
—¿Quieres un vodka? Necesito tranquilizarme.
Omar negó con la cabeza, pero con Jarvis eso nunca era suficiente. Así que también lo puso en palabras.
—Paso. Que esta noche tengo lío otra vez.
—¿Y qué pasa, joder? ¿Si bebes, no follas? De eso no decía nada el negro aquel del anuncio, ¿cómo se llamaba? Stevie Wonders era, ¿no?
—Sin «s».
—¿Qué? Bueno, que le follen. Pues ese no decía nada de si bebes, no te zumbes a nadie. Decía que si bebes, no conduzcas. No decía nada de darle a la zambomba, tío.
Omar tecleaba en el móvil con las dos manos. A toda velocidad. Tenía dedos expertos en Instagram. Jarvis pareció sorprenderse de su propia inteligencia y se golpeó la frente con la palma de la mano. Como alguien que acaba de tener una brillante idea. Como un actor de serie B.
—Ah… Ya sé qué te ocurre, joder. No se te levanta. Es eso, tío. Si te pillas un moco antes de follar, luego el amigo tiene sueño y te deja tirado. Claro, joder. Ya lo entiendo, chorbo. Porque con una momia de cuarenta y cinco, que ya se las mete dobladas, pues te la suda, porque a ella también se la suda. Lo único que quiere es tirarse a uno más joven y salir del sarcófago. Decirle a las otras viejas en la pelu: «Niñas, veis a ese bomboncito de la capucha gris y el pelo en la cara, pues se vino a casa el otro día y me la metió hasta hacerme daño. Y menuda roca. La tiene dura como Excálibur». Eso es lo que dirá aunque tú le metas una trucha muerta, tío.
»Primero, porque se la suda. Tiene cuarenta y cinco palos y está acostumbrada a las truchas muertas. Y segundo, porque si cuenta en la pelu mientras le tapan las canas que a ti no se te levanta, las otras viejas pensarán que su amiga en pelotas es una pasa arrugada que no levanta ni la polla fresca de un niñato como tú. No pensarán que te has puesto hasta el culo de coca y vodka y que tienes al bicho anestesiado. De eso nada. Así que la momia va estar callada como una perra. Pero no como una perra de diecinueve. Eso es otra historia, chorbo. Esa perra de diecinueve añitos se ha puesto tetas y las quiere estrenar a lo grande. Con tu polla en medio, entrando y saliendo. Pim. Pam. Y como le falles, saca el altavoz y le dice a toda la legión de niñas de su edad que el cabrón del Omar es un jodido inútil que solo sabe colocarse y dormir. Y eso es un mal polvo que mata mil polvos más. Así que claro, tío. Nada de vodka.
Jarvis hablaba con la sensación de que su colega no le estaba haciendo mucho caso. Un poco como siempre.
Omar seguía con la vista hundida en la pantalla.
—No es eso, anormal. No tiene nada que ver con eso —dijo.
—Joder. Pues si no es eso, podías haberme cortado antes. Que yo también me canso de escucharme.
—¿Para qué cojones te voy a cortar si no callas? Nunca callas, cabrón.
Jarvis dejó la ventana abierta y regresó al sofá. En cada mano asía sendos vodkas naranja. Uno para cada uno.
—Entonces toma tu vodka y no me jodas.
Omar dejó el móvil y le dio un trago largo. Para bajar el tiro de fariña que tenía atravesado en la tráquea. En el móvil se podía ver abierta, en la bandeja de mensajería privada de Instagram, una conversación larga llena de emoticonos infantiles.
Un diablo. Unas gotas de agua. Un pepino. Una lengua y un ojo guiñado.
Jarvis se dio cuenta de que en sus conversaciones solo usaba el emoticono del pulgar hacia arriba. Y pensó que debería ser más honesto con su realidad y usar también el pulgar hacia abajo.
—¿Cuántos años tiene esa, tío? —preguntó—. Te falta mandarle un icono de piruletas.
—No sé cuántos años tiene, pero parece que tiene muchos. Ya te lo digo. Si la ves, no te lo crees. Un aparato nuclear de primer nivel —presumió Omar, dándole un trago escaso al vodka mal preparado que tenía delante.
Mientras escuchaba y se preguntaba si quería verla o no, Jarvis cogió el billete de diez pavos enrollado sobre la mesa y esnifó la ralla más grande de las dos que quedaban esperando nariz. Se recostó en el sofá con la cabeza mirando al techo y aspiró aire con fuerza varias veces. Cogió su copa de vodka y la terminó de un trago.
Y le pasó el billete a Omar.
—Joder. Ya sé por qué no bebes, chorbo. No es porque no se te levante. ¡Qué subnormal soy! Es al revés, joder. Es porque te pones muy cerdo. Te pones tan cerdo que pierdes el control y no respondes. Y la teoría es un poco la misma. Con una de cuarenta y cinco, pues de puta madre. Le metes tres hostias y la despiertas. Mientras se corra no te va a protestar. Está hasta las pelotas de follar bostezando. Pero una de diecinueve es otro rollo. Como se te vaya la olla, igual se acojona, habla con papi y te mete en un cristo de tres pares de pelotas. Esa es la movida. Ya lo pillo, joder. ¡Vaya liada, pavo!
Omar se metió su loncha y mostró una sonrisa tiesa.
—Parece que lo sabes todo, cabrón. Está claro que hablas desde la experiencia. A saber con cuántas se te ha ido la mano, puto loco. —Omar se vació de un trago la copa en el gaznate—. Además, no ves que estoy bebiendo, subnormal —y levantando su vaso de tubo, añadió—; mueve el culo, anda, y pon otras dos.
Iria Novoa empezaba a tenerlo todo mucho más claro. Tan claro que no pensaba compartirlo con nadie. De sus jefes no esperaba gran cosa, mucho menos ayuda. En su cabeza se iba despejando una idea que podía funcionar.
Se montó en su coche y se fue a la comisaría. Entregó el cepillo de dientes a una perito del grupo de análisis de huellas dactilares e identificación. A la única mujer de ese equipo. Cristina Moreno. Dura, fea, fuerte y formal. Iria se sentía más segura manteniendo a los hombres lejos de esa prueba. Prefería dejarles a lo suyo y lo suyo era comer, beber y darse codazos cuando veían alguna falda.
Iria solicitó a la perito dos cosas: rapidez y discreción. Y estaría satisfecha si le concedía al menos una. Aunque más le valdría no ser indiscreta. Por su bien.
A Cristina Moreno, Iria la había conocido en sus primeros días trabajando en la secreta. Había recibido un soplo. Un vehículo abandonado en medio del monte. Destruido. Medio calcinado. Con algún billete suelto debajo de la alfombrilla del asiento de atrás. Minutos antes había transportado a tres atracadores con pasamontañas y varias bolsas llenas de pasta, robadas en un alunizaje en la oficina central del Santander de la avenida de las Camelias.
En el interior del vehículo encontraron huellas perdidas. Una chapuza. Iria le entregó las muestras a Moreno. Que las analizó. Pero las analizó tan bien que recibió la visita inesperada y apremiante de un jefe preocupado. Y no estaba preocupado porque las huellas fuesen suyas. Hay jefes muy imbéciles, pero ninguno tanto como para cometer un atraco en primera persona. Aunque sea en primera persona del plural. Se trataba de un asunto más complejo.
El coche era un «mofeta». Así llamaban a los coches robados por su propio dueño cuando tienen una avería de cojones y la reparación te destroza la nómina del mes. Suelen ser carros de alta gama. Así que los hacen desaparecer, cobran el seguro por desaparición o robo y, cuando la poli los encuentra, no quieren saber nada de ellos. Ni del coche, ni de la poli. A cambio de no denunciar al pobre infeliz que ha sido descubierto con los pantalones bajados y el culo al aire, la poli se queda el coche para su uso privativo.
Pero privativo de cojones.
Se lo quedan dos o tres jefazos para cometer algún delito menor. Como llevarse a una escort de lujo a una fiesta clandestina y echarle un polvo en el asiento de atrás, conducir completamente ebrios o puestos hasta las cejas, o cederlo para carreras ilegales en un polígono a las afueras y apostar miles de euros en su contra.
Les llamaban coches mofeta porque todo en ellos huele mal.
Pues este coche era un mofeta y esta huella olía mal. Igual que el trasero de Cristina Moreno, que se cagó cuando vio al jefe preocupado entrar en su laboratorio, con la frente sudada y y las piernas flojas. Moreno le proporcionó el informe y desapareció. Desapareció el informe, la huella, el coche y el atracador. Desapareció todo menos el jefe. Que siguió ejerciendo y mandando, pero ya sin preocupación alguna.
Cristina Moreno aprendió la lección. Había cometido una negligencia profesional y lo sabía. Desde ese día se mostró incorruptible. Por eso, ahora Iria esperaba que Moreno le devolviese la jugada, la huella y el cepillo. Y todo bajo la máxima discreción.
Después de eso, Iria se fue a la playa. Y empezó a tejer la segunda parte de su plan. En este no había queso ni ratones. Aquí solo había ira y orgullo, y el orgullo lo iba a devorar a mordiscos.
Con la ira tendría que convivir.
Se sentó en la arena seca, sin toalla ni pareo. Con las zapatillas puestas. Cogió el móvil y empezó a trabajar. Acudió al banco de imágenes creado por la policía para estos casos. Hizo lo que tenía que hacer y empezó a escribir. Directa a la diana. Sintió cómo se le erizaba la piel. De alguna forma estaba haciendo lo que siempre había querido hacer y nunca se atrevió. Y sabía cómo hacerlo.
Es curioso cómo, en situaciones extremas, el conocimiento aprendido durante años, y que creíamos oculto, se presenta haciéndonos una reverencia para que lo usemos a nuestro favor. Una genuflexión que Iria Novoa pensaba devolver con una patada en los huevos.
O un disparo en la nuca.
O un mordisco en la yugular.
Estaba en manos de su ira y de lo bien o mal que fuese la convivencia.
Cuando terminó, se fue a la agenda. A la letra «A» de Axel.
Y marcó el número.
El número que durante tantos años había guardado por si acaso y que nunca quiso utilizar.
Y mientras daba señal, Iria suplicaba que, por favor, contestase.