Axel

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Eran las ocho de la tarde, los días se iban alargando y el cielo de Madrid todavía mantenía una luz brillante. Apenas había nubes, pero no hacía demasiado calor. Se avecinaba una noche de camiseta y sudadera por si acaso. Sin cazadora. Aunque Axel siempre llevaba una, tirada en el asiento de atrás del Peugeot.

Loor viajaba a su lado en silencio, como casi siempre. Veía por el rabillo del ojo como Axel repasa mentalmente el plan. No movía los labios, ni gesticulaba. Pero un coche acababa de frenar en seco en sus narices, sin más motivo que no saltarse una salida que debió saltarse, y Axel no dijo ni mu. Así que iba repasando el plan.

Su plan.

A Loor le daba envidia, pero se alegraba de que al menos alguien tuviese uno. Ella esperaba estar a la altura de la situación. Su papel, esta vez, no era complicado. Porque no tenía que improvisar.

Axel lo había dejado todo claro antes de partir.

—Solo hay una vía de acceso a la urbanización. Una garita con barrera de entrada. No hay barrera de salida. Se supone que si te han dejado entrar es que mereces salir. Igual hoy no es el caso. Quiero un vehículo camuflado en este punto. —Axel marcó una cruz con un rotulador en un punto del plano de Google Earth que se había impreso—. Si alguien intenta escapar, detenedlo.

Ortiz le hizo un gesto a dos policías que escuchaban con atención. Serían los encargados de obedecer esa orden del agente Nash.

—Por si acaso, convendría situar otro punto de apoyo aquí. —Axel trazó otra cruz un poco más arriba—. Es una gasolinera BP situada en la incorporación desde la urbanización hasta la A1. Si todo falla, ellos nos servirán de backup. Y podrán salir en persecución.

Ortiz lo miró con recelo.

—Es solo por precaución —puntualizó.

Ortiz aprobó su petición y escuchó cómo Axel cerraba la operación.

—Loor, tú entras conmigo y te encargas de cubrir el jardín.

Axel pensó en cerrar su intervención con un «Venga, y ahora idos todos a tomar por el culo de aquí, apretad los huevos y no la caguéis, panda de mamones».

Pero el yankee era Ortiz.

Y bastante terreno le había comido ya.

Durante el trayecto, el teléfono de Axel sonó varias veces. A Loor le sorprendió que no tuviese habilitado el bluetooth para poder hablar en manos libres y se preguntó si lo habría desconectado a propósito. ¿Había algo que no quería que escuchase? ¿O sencillamente pretendía que nada ni nadie le molestase? El caso es que no respondió a ninguna de las llamadas.

Cuando llegaron a casa de Coloma, Axel tuvo la sensación de que los estaban esperando. Como si fuese ya una costumbre aparecer a esa hora una vez a la semana. Y la verdad es que se estaba convirtiendo en costumbre. Loor pensó lo mismo y no le gustó. Si el factor sorpresa era importante, lo habían perdido.

Coloma Duval los recibió descalza. No tenía pensado huir. Un vestido corto de raso que se antojaba demasiado… demasiado para andar por casa, permitía comprobar que en lo de ser sexi, su cuerpo la acompañaba. Y que usaba la terraza para tomar el sol.

Y ambas cosas excitaron a Axel.

—Buenas noches, agentes. Les echaba de menos. He preparado una tortilla de patata para cenar. Como imaginaba que no iba a cenar solar, es grande y con muchos huevos. Porque hay que tener huevos para presentarse así otra vez.

Coloma dejó la frase en el aire, les abrió la puerta y se fue directa a la cocina. No les invitó a pasar. Lo dio por hecho. Como quien abre a un familiar o a una visita acordada.

—Señora Duval, es importante que nos atienda un instante. Es posible que no le robemos mucho tiempo —mintió Axel mientras entraba en la casa—. Sírvase su whisky cuanto antes y siéntese, por favor.

—¿Está usted sola? —preguntó Loor.

—Ojalá —respondió Coloma.

—No empecemos.

Coloma soltó un suspiro afligido y miró al techo exasperada.

—Sí. Estaba sola hasta hace nada —dijo sin disimular su fastidio—. ¿Quiere salir al jardín? Si lo hace, vaya por el caminito de piedra. Que luego quedan las pisadas marcadas y producen un efecto horroroso.

Esta tía siempre juega fuerte. La madre que la parió.

Coloma se sirvió una copa de vino tinto. Para llevar la contraria. No le gustaba que le marcasen su agenda de alcohol. La botella, que estaba mediada, parecía cara. La copa de cristal, que estaba usada, también. En su mano, que oxigenaba en círculos imaginarios la bebida, y en su boca, parecía un lujo. En su dicción había sedimentos de largos tragos vespertinos.

—¿Por dónde quiere que empecemos? —espetó Axel—. Vamos a acabar en el mismo sitio. Pero le dejo elegir su propia aventura.

Coloma dio un sorbo corto y posó la copa encima de la mesa de la cocina. La barra que la separaba del salón le llegaba por el ombligo. Extendió las manos por encima, enseñando y juntando las muñecas, como un delincuente que se entrega, o como un futbolista enfadado con el árbitro.

—¿Me coloca ya las esposas o me deja terminar la copa?

Loor se impacientaba. Tenía ganas de acelerarlo todo y sacar el arma. Pero no quería joder a su compañero. Y siguió el plan a rajatabla.

—Voy a echar un vistazo fuera —anunció.

—Recuerde lo del césped. Que con esas botas que lleva…

—No sabes las ganas que tengo de que las pruebes. —Esto, Loor lo masculló entre dientes de camino a la puerta de salida al jardín.

Coloma fingió que no lo escuchaba. Y se centró en Axel.

—Por fin solos, agente Nash. ¿Quiere que le preparé un Cola-Cao?

Mira de qué cosas se acuerda esta.

—He de reconocerle que miente usted muy bien. Soy muy bueno para detectar la mentira en la cara de los demás y no he sido capaz de leer nada en la suya. Me creí la historia de su despecho, de los celos, los cuernos, el enfermo de su exmarido. Es usted muy convincente.

—No sé si espera que le dé las gracias.

—Todavía no. Casi prefiero que me las dé Sota, bueno, Jaime, como le llama usted. ¿Está por aquí?

—Ya le he dicho que estaba sola.

—Ya le he dicho que me cuesta saber si miente.

—No miento.

—Bueno, si me está escuchando, debe saber que está en un lío de cojones y que no va a poder escapar. Así que es mejor que no haga ninguna tontería. Aunque él, eso de estar de mierda hasta el cuello lo lleva bien. Está acostumbrado. Ahí empezó todo, ¿verdad? En las cenas que solían celebrar los cuatro. Con Carmen y Goya. Su ex sería un enfermo del sexo pero por lo que fuese, Carmen, la ex de Sota, no le gustaba.

—¿Esa vieja? No la tocaría ni con un palo. Creo que no termina de entender la enfermedad de mi marido.

—Ahora me la explica. Permítame lucirme un poco antes. Le decía que todo empezó ahí. En esas cenas. Pero con lo que no contaba nadie era la atracción que usted empezó a sentir por la corpulencia de Jaime Sota. El examigo de Goya. Una atracción tal que necesitó sacársela de encima. Follándoselo en repetidas ocasiones. Hasta que se hizo tarde y no pudieron frenarlo. Y Goya se enteró.

—No se enteró. Se lo dije yo. ¿Por qué cree que me tiré a su amigo? —Coloma dio un sorbo a la copa de vino y cruzó las piernas—. Efectivamente. Para contárselo.

—Por eso dejaron de cenar juntos y por eso Goya, con la ayuda del jeque presidente del Racing de Madrid, le tendió una trampa humillante a su compañero. «La movida Gomes», que acabó con la carrera del famoso locutor Jaime Sota. —Axel se burlaba por si Sota estaba escuchando—. De esta forma se vengaba de él por haberse acostado con usted y le robaba el asiento en la radio. Dos pájaros de un tiro.

—Fíjese si mi marido era imbécil que se vengó de Jaime. Cuando tenía que haberse vengado de mí.

—Y a partir de ahí, Goya se quita la careta y rompe a follar. Pero claro, se folla a todas menos a su mujer. A la que, utilizando sus propias palabras, no toca ni con un palo. Y eso, para alguien como usted, no es fácil de digerir.

—Era yo la que no quería saber nada de él —corrigió Coloma resoplando.

—Ahí arrancaron las salidas nocturnas, los tríos, las orgías. Todo tipo de prácticas sexuales alternativas que Goya procuró que usted descubriese y que usted disfrazó de enfermedad. Para sentirse mejor consigo misma.

Coloma rubricó una sonrisa amplia y dejó a la vista unos dientes perfectos. Solo mancillados en una paleta por una mancha mínima de carmín.

—No sabe lo que dice, agente Nash. Continúe. Estoy empezando a divertirme.

—Goya tenía un socio en estas aventuras clandestinas. Max Morán. Otro compañero de la radio que ocupó el puesto de nuevo mejor amigo. Juntos penetraron en un submundo turbio y esotérico que ni ellos mismos comprendían del todo. Eran neófitos en un club peligroso, en el que las orgías, el voyerismo y sabe dios qué más, eran prácticas habituales. Todo iba bien hasta que un día se les fue la mano. Eso no fue culpa de Goya. Fue Max. Que dejándose llevar, o no pudiendo controlar los impulsos más primarios y animales de su repugnante ser, violó a una pobre chica que pasaba por allí, engañada y en busca de un futuro prometedor que no existía.

—¿Le está justificando, agente?

Axel ignoró el comentario. Si había sonado así no fue su intención. Por lo que no pensaba defenderse.

—La niña, muerta de miedo, decidió pedir ayuda. Y la ayuda la convenció para denunciar. Un escándalo que podría poner en peligro todo un entramado de explotación sexual, que de salir a la luz, desvelaría nombres importantes. Así que Max, con la ayuda del jeque Mustafá Al-Abdel y sus contactos por todo el planeta, logró limpiar la escena y enviar a la chica nada menos que a Brasil. A cambio del futuro prometedor que la chica ansiaba: una vida nueva, mucha pasta y más silencio. Todo esto, Max trató de ocultárselo a Goya, pero a la larga este lo descubrió. Y su relación se fue a pique. Y aquí es donde entra usted.

—Vaya. Menos mal. Ya estaba empezando a aburrirme.

—Su odio hacia Goya estaba fuera de control. No podía soportar que la ningunease de esa manera. Pero, a pesar de todo, no consiguió lo que se proponía. No fue usted quien apretó y apretó hasta que él estalló y se fue de casa. Esa fue otra de sus mentiras. Fue él quien decidió irse, por su propio pie y con una sonrisa, porque había descubierto un mundo que le llenaba y le hacia feliz. A Goya se la sudaba ya que usted siguiese acostándose con Sota. No le afectaba. Y eso para usted supuso otra dura derrota. Otra mala digestión. Así que, con toda su mala hostia, preparó una cita. Un remember. Un trato superestimulante. Los dos solos otra vez. Una oferta irrechazable: la mujer que tantas veces se había follado en el lecho conyugal, jugando fuera de casa y con nuevas reglas. O mejor aún, sin reglas. Eso es.

Axel, que seguía de pie, se apoyó en el respaldo del sofá para darle más teatralidad a esta parte del relato.

—Usted le ofreció un polvo nuevo. Un cheque en blanco, sin límite de fondos. Goya podía elegir cómo, dónde y cuándo. Y eligió el hotel de citas de la calle San Bernardino, donde tantas veces se había follado a otras. La idea le pareció superexcitante. Y usted le hizo ver que iba con todo. Una vez allí dentro, Goya le abrió las puertas a un mundo nuevo y usted asomó la patita. Le dejó hacer y le hizo. Usted ya sabía de sus gustos, digamos… extraordinarios. Y le resultó más sencillo de lo que imaginaba. Goya era un hombre alto y mucho más fuerte que usted. Necesitaba tenerlo inmovilizado. Le ató las muñecas al cabecero de la cama. Y, siguiendo sus propios designios y deseos, me refiero a los de él, se colocó uno de esos cinturones con un pene de goma y le sodomizó por primera vez en su vida, y ahora me refiero a la de usted. Para Goya no era la primera vez, ni mucho menos. Desde ese momento solo tuvo que escuchar a su memoria. Nadie mejor que usted para saber cuándo su exmarido estaba a punto de eyacular. Con nadie se había corrido más veces que con usted. Reconocía perfectamente los gemidos previos, el in crescendo y el estallido. Así que estaba preparada.

A Coloma se le escapó una sonrisa mínima que Axel interpretó orgullosa. No se distrajo.

—Llegado el momento, pum. Un ataque rápido y preciso. Sabía que necesitaría un arma especial. No un simple cuchillo de cocina. Algo más fácil de esconder y de manejar. No tuvo ni que preguntar. Con una simple búsqueda en internet, las opciones que se le presentan a uno son infinitas. Me pregunto por qué eligió el kerambit.

Coloma se apoyó en la barra.

—Me gustó el nombre.

Axel había avanzado tanto en su narración que ella ya no oponía ninguna resistencia. Y no se detuvo.

—Una vez asestado el corte que acabó con la vida de su exmarido, lo limpió todo para evitar dejar cualquier rastro, pista o huella que nos condujese hasta usted y derramó el semen de Goya en su propio culo, para de esa forma desviar la investigación, aparentar un crimen homosexual y ganar tiempo. Por el mismo motivo se inventó a Carla Sabater, ¿no es cierto? ¿O eso fue idea de Sota?

—¿Sota? Ese pobre desgraciado no tiene una idea desde hace más de un lustro. Ni siquiera una mala.

Axel se convenció de que Sota no estaba en casa en ese momento.

—Se inventan a la tal Carla entre los dos, incluso me mandan un carta a mi domicilio, pensando que, cuando todas las investigaciones giren en torno a un móvil sexual, encontraremos un mundo lleno de mierda, en el que Carla sería simplemente una muesca más en la nómina de esa red de corrupción y explotación sexual. Una loca anónima perteneciente a ese mundo, que puede incluso responder a un nombre falso, que ha perdido el juicio y dice estar enamorada de Goya. En definitiva, otro señuelo.

—Me dan ganas de aplaudirle, señor Nash.

—Pero…

—¿Pero? —repitió Coloma.

—Había un problema con el que nadie contaba.

—No me diga.

—Max.

—Max —volvió a repetir Coloma.

Dios, me encanta esta mierda.

—La noche del 12 de marzo, Max Morán finge estar enfermo y abandona la radio con tiempo suficiente para agazaparse en su coche y seguir a Goya cuando este termine el programa. Al llegar a Malasaña, Max es perfectamente consciente de adónde se dirige su compañero de la radio y se adelanta. Ambos habían estado allí antes. Le espera a la entrada del hotel escondido dentro de su vehículo y le saca varias fotos. Con el objetivo de chantajearle. Para devolvérsela. Goya se había enterado del episodio de la violación, y de cómo Max se había vendido al presidente del Racing de Madrid para pagarle el favor. Estaba convirtiendo el programa en una felación balompédica noche tras noche. Y Goya le había amenazado con contarlo todo y hundir su carrera. Por eso Max necesitaba material para estampárselo a Goya en la cara y hacerle ver que aquí nadie estaba libre de pecado. Disparó varias fotos con el móvil y esperó. Mi teoría es que Max contaba con poder fotografiar algo ilegal. Algún menor de edad o algo por el estilo con lo que poder joder a Goya. Ellos conocían mejor que nadie las perversiones del otro. Sin embargo, para su sorpresa, se encuentra con que la cita misteriosa es usted. Su mujer. Con la que ya no vivía, pero su mujer, al fin y al cabo. Y joder, no hay nada más legal que eso. Así que se marcha y se va a dormir.

—¿Ni siquiera me sacó una foto? Pobre diablo. Le habría sonreído.

—Al día siguiente, cuando salta la noticia de la muerte violenta de su «amigo» y se filtran los detalles de la escena del crimen, Max se asusta y decide guardar silencio. A fin de cuentas nada en su historia tiene sentido. No podría explicar qué hacía él allí cuando todo apunta a un crimen homosexual. Sería considerado sospechoso al instante. Y para poder librarse y justificar su presencia en el hotel, tendría que confesar una violación, un chantaje y una extorsión. Mal negocio. Eso por un lado. Y, por el otro, tiene el asiento en el programa nocturno de la Cadena Voz que tanto deseaba. Así que chitón.

—¿Ahora es cuando me dice que también maté a ese niñato?

—Ahora es cuando le pregunto qué sabe de Manuel Estrías y por qué le tiene tan agarrado por los huevos.

Coloma cogió la botella y se sirvió más vino.

—¿Hace falta que se lo explique, agente? Casi todas las puertas se abren con la misma llave.

—Pero usted no mató a Max, ¿no es cierto?

Coloma se limitó a encogerse de hombros.

—Fue Sota —continuó Axel—. Por el motivo que sea, Estrías le cuenta que sabemos que Max estuvo en el hotel la noche del asesinato y que pudo haber visto a la persona que mató a Goya. Y usted se acojona. Pero claro, no tiene tiempo de ponerse en contacto con Max, seducirle y planear su muerte. Necesita algo más rápido, y resuelve que lo mejor y más a mano es pedirle ayuda a su amante, Jaime Sota, que haría cualquier cosa por usted. Le cuenta su versión, que la verdad mataría por escucharla, y Sota, para evitar que usted sea acusada de asesinato y se pase veinte años en prisión, decide salvarla. Y de esa forma, claro está, salvarse a sí mismo. Porque se da cuenta de que no está preparado para soportar una vida sin usted. Ahora sí que podría decir eso de ¡pobre diablo!

—Este no llega a diablo, agente Nash. No pasa de imbécil.

—Sota mata a Max en la radio. Le sorprende en las inmediaciones del edificio y le engaña para tomar un café o cualquier otra cosa. Aprovecha cualquier descuido de Max y le echa unas gotas de cianuro en la bebida. Este lo ingiere y, antes de que le haga efecto, lo mete en el coche y le permite dormir la mona, a ojos de cualquiera, en el parking de la radio. Deja pasar las horas y, cuando se hace de noche, aprovecha la oscuridad para bajar al aparcamiento, coger el coche y transportar el cuerpo al parque del Retiro, que está a pocos metros de allí. Sin mucho cariño, y seguramente fruto de los nervios, lo deja tirado en unos arbustos y regresa a la radio, donde, además, esa noche tendrá que presentar el programa nocturno. La coartada perfecta.

Axel hizo una pausa pensando en acabar ahí su relato, pero se arrepintió y no pudo evitar al menos un halago.

—Le reconozco que en la ejecución, Sota fue bastante más chapuzas que usted.

Coloma le dedicó una mirada presumida.

—Ya veo que lo tiene todo milimétricamente estudiado. No puedo más que felicitarle, señor Nash. Es una auténtica pena que esto acabe aquí; usted y yo habríamos formado un gran equipo.

—Es una pena que a mí me haga feliz atrapar a gentuza como usted.

—Son las circunstancias, agente. No se crea mejor que yo.

Coloma sacó de un cajón de la cocina algo pequeño y punzante que Axel confundió con una navaja.

—Supongo que querrá quedarse con esto.

El kerambit.

Axel desenfundó su arma y, agarrándola con las dos manos, apuntó directamente al entrecejo de Coloma Duval.

—Suelte eso.

Axel gritó para que Loor le escuchase desde fuera. La agente Galván entró de un salto en el salón y se dirigió hacia Coloma a toda velocidad. Las palabras salían de su boca como un torrente de nervios.

—No me voy a detener —advirtió Loor. A Axel, a Coloma y a sí misma—. Haz lo que tengas que hacer, pero será mejor que sueltes eso, hija de perra, porque no me voy a detener. Axel, no me voy a detener.

Axel apuntó a Loor.

—Loor, espera.

—Dispárame, Axel. Porque no me voy a detener.

Loor estaba ya a pocos metros de Coloma. Y fue entonces cuando en toda la urbanización se escuchó el sonido metálico.

El disparo.

El cuchillo cayendo y chocando contra el suelo.

La bala rebotando contra la pared.

La sangre goteando en el parqué.

Las sirenas sonando de fondo, acercándose al chalé.

El cuerpo de Loor abalanzándose sobre Coloma Duval.

Y el grito de Axel que puso fin a una tarde noche que nunca olvidarían.

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