Axel

Axel


47

Página 50 de 59

47

Madrid, jueves 28 de marzo

La rueda de prensa fue apoteósica. Más de cincuenta medios acreditados. Entre televisiones, radios, periodistas, cámaras y reporteros gráficos llenaban la sala que la policía nacional había habilitado para la ocasión. En primer plano, un estrado de madera con un micrófono curvo y fino, de mitin político. Detrás una fila de ponentes ante una bandera grande de España, y otra más pequeña de la Comunidad de Madrid.

El primero en tomar la palabra, como no podía ser de otra forma, fue el alcalde de la capital. El Ayuntamiento de la ciudad no había querido dejar nada al azar y envió a su máximo mandatario. Una figura cuestionada por su capacidad de liderazgo, pero con una notable habilidad para mostrar afecto y sensibilidad.

Y este asunto requería más de lo segundo que de lo primero.

En representación de la derecha moderada, su alocución fue pertinente y certera, aunque con adornos que a Axel le revolvieron el alma. Su grado de afectación era inusual para alguien que ni conocía el caso, ni lo había seguido, ni se había puesto en contacto con ellos jamás. Es decir, sabía lo mismo que cualquier ciudadano que leyese la prensa diaria, es decir, sabía lo que se filtraba interesadamente, es decir, sabía muy poco.

Después de sacar pecho por la gestión de su partido en la resolución de los dos crímenes, así como de haber proporcionado todos los recursos posibles para la detención de los dos presuntos autores, habló de una estrecha colaboración que no existió en ningún momento. Axel, que estaba de pie junto al inspector Jorge Ortiz, tuvo que controlarse para no escupir.

El siguiente en hablar fue el jefe de la brigada de Delitos Violentos, el comisario Raúl Cueto, y Axel ya no se veía preparado para soportar más meadas fuera del tiesto. Si los jefes querían medirse las pollas, podrían tener el decoro de no hacerlo delante de él.

Cueto se limitó a agradecer la labor de su equipo sin omitir que él mismo estaba a cargo de la dirección del grupo de investigación. Se ponía una medalla diciendo que él no estaba allí para ponerse medallas.

El clásico tribunero.

Buscador del aplauso fácil.

Un asco.

Cueto también explicó que los dos detenidos habían pasado ya a disposición judicial. Que Coloma Duval había firmado su confesión por el asesinato de su exmarido Marcos Goya y que había delatado también a su amante Jaime Sota como cómplice y presunto autor de la muerte de Max Morán.

Sota fue detenido unas horas más tarde que Duval. Un grupo de policías, capitaneados por el inspector Jorge Ortiz, irrumpió en la Cadena Voz minutos antes de que el periodista y locutor de La Escuadra despidiese el programa. Lo habían hecho de ese modo para no alarmar a la opinión pública y evitar que se formase un escándalo al dejar el programa nocturno sin ninguna de sus voces. De esta forma, también consiguieron controlar la información y manejar cómo la dosificaban. Por eso, en la rueda de prensa oficial de resolución del crimen, ellos tenían la sartén por el mango y los periodistas esperaban al turno de preguntas.

Y no al revés.

La detención de Jaime Sota había sido más complicada que la de Coloma. Y más aún de lo que reconocieron. Ocurrió que el periodista en ningún momento admitió ser el autor del asesinato de nadie. En un primero contacto, y cuando vio que varios policías entraban en la radio para detenerlo, no opuso resistencia y acompañó de buen grado a los agentes que lo escoltaron desde la emisora hasta el vehículo policial. Solo reclamó que no le esposasen delante de sus compañeros y le fue concedido.

Estaba convencido de que todo era fruto de un error.

Un malentendido.

Pero una vez llegaron a comisaría y le tomaron declaración, el periodista se puso como una furia. Cuando le dijeron que su amante había confesado el papel que había desempeñado cada uno en este truculento asunto, se derrumbó. Rompió a llorar como un crío, a maldecir, a insultarse a sí mismo y a todo el que osaba dirigirle la palabra.

Estaba fuera de sí.

Axel todavía no había tenido la oportunidad de hablar con él, pero estaba sorprendido por su tozudez. No comprendía por qué seguía clamando su inocencia si no era inocente.

El caso estaba resuelto y, a priori, casi visto para sentencia. Tenían una confesión completa. ¿Cuántas veces se consigue eso? ¿Qué más se podía pedir? Pues para Sota no parecía ser suficiente, y mostró su cabreo y su contrariedad a todo el mundo. Habló de abuso policial. De injusticia. De trama para joderle la vida.

Ortiz le preguntó a Axel por las dotes dramáticas de su amigo. Porque parecía enfadado de verdad, sorprendido de verdad. Si todo había sido una actuación, Sota se había equivocado de oficio y el mundo del cine había perdido a un coleccionista de estatuillas.

Axel no le conocía tan en profundidad como para dar una respuesta tajante, pero siempre había considerado a Sota un tipo cristalino, de los que van de frente, sin dobleces. Y eso provocaba que, allí de pie, escuchando el tono de voz vacuo y fútil del comisario, se le hubiese puesto mal cuerpo. Se tranquilizaba pensando que Sota ya se la había clavado una vez en casa de Coloma, que también sabía mentir, esconder su jugada. Pero en el fondo de su ser, notaba algo que le mosqueaba.

Axel reconocía lo que le estaba pasando. Era el clásico síndrome posdetención.

Las dudas. Las preguntas. El miedo.

¿Era Sota capaz de hacer cualquier cosa por Coloma? ¿Se dejaba manipular tan fácilmente? El amor nos vuelve gilipollas pero…, ¿matar a un compañero de la radio?

¿Y si la estaban cagando?

Axel alejó esa sensación de desasosiego a guantazos. Ya había pasado por eso muchas veces y siempre era igual.

El culpable que parece culpable es culpable, pero por muy culpable que parezca siempre hay lagunas. Y hay que convivir con ellas. Y de lo de la polla, ya se ocuparía el subnormal de la brigada de Estupefacientes.

Ortiz fue el último en hablar. Lo hizo ataviado con su camisa nueva recién planchada, que al tiempo que ocultaba una musculatura homogénea, insinuaba una fortaleza ancestral. Lo hizo también con el brillo exacerbado de una mirada ambiciosa y sedienta de repercusión. Y con destellos higiénicos en su calva de John McClane.

El inspector dio los detalles de la violenta detención de Coloma Duval, o más bien los inventó. No dejaba de ser curioso para los periodistas allí presentes que la autora confesa del crimen fuese la que más resistencia opuso a su detención. Hasta el punto de que fue preciso e indispensable dispararle.

En eso Ortiz era un mago. El cabrón sabía engañar a la peña. Axel notó que estaba empezando a respetarle.

—Fue una detención controlada. Se siguió paso a paso y en todo momento el plan trazado por el equipo especial de intervención. Si bien es cierto que en un momento dado, la detenida blandió el arma homicida y nuestros agentes consideraron ineluctable reducirla haciendo uso de la fuerza, no se puso en riesgo, en ningún momento, la vida de ningún ser humano.

Ineluctable, ¡qué cabrón!

Axel estaba en total desacuerdo con esa afirmación, y Loor, que seguía la comparecencia mezclada entre los trípodes al fondo de la sala, tampoco lo habría dicho con esas palabras. Por eso se buscaron ambos con la mirada y se sonrieron como diciéndose «El puto Bruce Willis».

Lo que realmente sucedió, aunque a toro pasado todos somos Manolete, fue que Coloma Duval sacó el kerambit con el objetivo de entregarse, que Axel pensó que tenía intención de utilizarlo para quitarse la vida y que por eso gritó para que Loor lo oyese y le prestase apoyo.

Y lo que también pasó fue que Loor lo oyó, entró a toda hostia a prestar apoyo, pero lo prestó a su manera. Porque Loor pensó que Coloma tenía intención de atacar a su compañero. O no. O quién sabe. Pero Loor es Loor, y es imposible asegurar que pasó por esa cabeza. Así que avanzó directa a su objetivo, amenazando a todo dios de que no se iba a detener y, sin más preámbulos, disparó directamente contra la mano de Coloma, que no tuvo tiempo de reaccionar de ninguna manera.

La buena noticia era que Loor gozaba de tan buena puntería que su disparo impactó directamente en el cuchillo y consiguió desarmar a Coloma sin provocarle más que una herida superficial en la mano derecha. Casi un rasguño. La mala era que otra vez había apretado el gatillo sin justificación plena, sin agotar antes otras vías de negociación y sin que la vida de ningún agente corriese verdadero peligro.

Pero todo eso era interpretable, claro está.

Y el inspector Jorge Ortiz lo estaba interpretando de cojones.

Axel se despidió de Loor sin tener muy claro si volverían a trabajar juntos. Sin tener muy claro si debían seguir trabajando juntos porque eras dos caras de la misma moneda.

La misma cara, para ser precisos.

Pero también estaba seguro de que la iba a echar de menos. Como policía y como algo más.

—No hemos estado mal. Para no ser INS-PEC-TOR ninguno de los dos —dijo Axel.

Loor se alborotó el pelo rubio oxigenado con la mano derecha. Ya no lo tenía tan corto.

—Has estado bien tú. Yo me he limitado a seguir tus pasos.

—Y pegar un par de tiros de vez en cuando.

Loor se ruborizó.

—Solo cuando fue imprescindible.

—Estás como una puta cabra, Loor.

—Ya lo sé. Tú tampoco estás mal.

Loor y Axel se abrazaron con fuerza. Fue Loor quien le dio unos golpecitos en la espalda a Axel para quitarle carga emocional al abrazo. Porque carga sexual no tenía. Sus cuerpos se fundieron más de lo habitual. No sabían cuándo volverían a verse. Intuían ambos que, gracias a su intervención decisiva en este caso, Loor podría regresar a Toledo y reincorporarse al trabajo allí. Aunque ninguno estaba seguro de que estuviese preparada mentalmente ni de que fuese buena idea. Al menos volvería a ser libre y dejaría atrás la opresión que sufría cada mañana cuando, a hurtadillas, tenía que informar al capullo de Manuel Estrías. Axel había solicitado que se abriese una investigación contra él, aunque no tenía ninguna prueba concluyente, aparte de su olfato. Y eso para él era mejor que una huella en una pistola humeante.

Cuando Axel habló con Ortiz de ese tema, el inspector le había pedido tiempo y eso, traducido en lenguaje policial, significaba que iba a derivarlo a Asuntos Internos. Si es que lo hacía. Porque a ningún policía le gusta que en su historial extraoficial aparezca en rojo «chivato de compañeros». A Axel no le importaba demasiado si lo hacía o no. Porque una vez que ya habían atrapado a la asesina de la radio, no tenía nada mejor que hacer que abrir la puerta del armario y apretarle las clavijas al mierda de su jefe.

Lo siguiente que hizo Axel fue ponerse las zapatillas e ir a correr.

La últimas semanas había dejado un poco de lado su rutina de entrenamientos. No había dispuesto de tiempo suficiente ni tenía la cabeza preparada para otro esfuerzo que no fuese demostrar su valía en el caso Coloma, como ya empezaban a denominarlo en los medios.

Corrió cuarenta minutos a un ritmo playero. Sin agobios.

Tratando de mantener las pulsaciones bajo control, por debajo de 160, y fijando una cadencia en la zancada que le ayudase a recuperar buenas sensaciones en el asfalto. El maratón tendría lugar en pocas semanas y no había alcanzado el punto de forma óptimo para disfrutar la carrera y hacer buena marca. Tendría que conformarse con cruzar la meta y no sufrir demasiado.

Le aterraba el muro.

Le habían hablado mucho de él. Era ya casi como un viejo enemigo al que no ponía cara. Axel tenía claro que se conocerían en torno al kilómetro treinta. A unos doce kilómetros de meta. Ahí, según le habían dicho, el cuerpo agota las reservas de glucógeno y se queda sin saber de qué energía tirar para salir adelante. La respuesta es grasa. Tiene que producirse una transformación en el gasto calórico y que el cuerpo comprenda que debe empezar a consumir las reservas de lípidos. Pero hasta que esa transformación se produce y el cuerpo lo comprende pueden transcurrir varios minutos. Muchos. Kilómetros de vacío. En los que no hay nada más que la acuciante necesidad de detenerse e irse a casa.

Ahí está la carrera.

Ahí es donde hay que vencer.

Hay que tener presente que todos los corredores lo van a sufrir. Todos los que estén penando a tu lado. Todos los que van por detrás y todos los que van por delante. Incluso el africano que cruce la meta en primer lugar, cortando la cinta en poco más de dos horas, sufrirá el muro. Y lo pasará.

Igual que Axel.

O eso quería creer.

Llegó a casa sudado, y más o menos satisfecho por recuperar la vieja costumbre de mover la sangre. Y se fue a la ducha. Al salir escribió a su hermana Gema para prometerle que esa misma noche recogería a Marta. Y si no para siempre, porque aparecerían nuevos casos, se quedaría con ella una larga temporada.

Era uno de los asuntos que tenía pendientes. Dedicarle tiempo de calidad a su hija. O tiempo de algún tipo.

El otro asunto era pelirrojo y olía muy bien. Y le daba más miedo. Por eso lo enfrentó ipso facto. Sin darle demasiadas vueltas.

Axel entró en Instagram para escribir a Alicia. Llevaba días con eso en la cabeza. Lastrado por el peso de ignorar a alguien que no lo merecía. Se escudaba en el trabajo y era un buen escudo. Pero no para él. Él sabía el verdadero motivo por el que no contestaba, por el que no avanzaba.

Sabía también que Alicia era una campo de lavanda en la Provenza francesa. Que Alicia era un billete de avión a Costa Rica en enero. Que Alicia era una botella de agua fresca después de 42 kilómetros corriendo. Y Axel era un civil, inocente y noble, preso en una celda de Alcatraz. Era el puto John Patrick Mason en La Roca.

Y había llegado el momento de fugarse.

Mensaje Directo de Instagram:

Hola, Mayfair:

No pondré excusas, pero lo siento mucho. ¿Te apetece que nos veamos esta noche? He reservado una mesa para dos en un sitio guay. También he barrido el suelo del salón de mi casa por si te quieres descalzar. He cambiado las sábanas y he hecho la cama. Estás invitada a lo que tú quieras del plan. Si no quieres, lo entiendo. Y si no me contestas, también. Me lo tendré bien merecido. Pero insistiré un poquito, ¿vale?

Un beso.

A los pocos segundos a Axel le saltó el aviso de «Visto».

Joder.

Dejó el móvil, acobardado, y se vistió. Con mucha parsimonia. Ganando tiempo. Un tiempo que no sabía para qué necesitaba, pero que necesitaba. Primero los vaqueros. Después una camiseta blanca con Muhammad Ali gritándole a un noqueado Sonny Liston que se levante. Al verla, Axel se dio cuenta de que necesitaba ir de compras. Y por último unas Nike de bota blancas con el aspa roja.

Las de Marty McFly.

Después de beber aguar, echarse colonia, lavarse los dientes y dilatar al extremo el instante de enfrentarse al móvil para ver si Alicia había contestado, lo miró. Y cuando lo desbloqueó no encontró lo que esperaba. Nada en Instagram. Nada de Alicia.

Mensaje de Whatsapp. Se jodió Alcatraz. Noa.

El alcaide. Me han vuelto a trincar.

Las sirenas empezaron a tronar. Las luces a toda hostia.

Los perros ladrando sin bozal.

A tomar por culo la fuga.

Mensaje de Noa: «Axel, me voy a Madrid. Quiero conocer a mi hija».

Ir a la siguiente página

Report Page