Axel

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Vigo, jueves 28 de marzo

Noa Novoa se despertó agitada. Había dormido muy poco, pero al menos había dormido algo. Dormir no se le daba bien. Se le daba mucho mejor dar vueltas, pensar, dar más vueltas y seguir pensando. En eso era la jodida número uno del mundo.

Llevaba muchos años buscando, sin encontrarla, algo de armonía consigo misma. Un equilibrio vital que no llegaba. Y cuando abrió los ojos supo que tampoco iba a llegar esa mañana.

El día más difícil de los últimos diez años.

El día de decir adiós a su fantasma.

Pero diciéndole antes hola.

Noa estaba nerviosa y eso no la pillaba por sorpresa. Había malgastado indefectiblemente tantas horas de su vida en pensar en ello, en imaginarlo, en anticiparlo, en planearlo, en desarrollarlo, en llevarlo a cabo… que cuando llegó el día de hacerlo realidad, se lo sabía de memoria. Ahora le parecían horas bien empleadas. Y a eso se agarró para encontrar la paz necesaria e irse al agua.

Cogió la tabla y cogió unas olas.

Esa mañana, el cielo plateado y cargado de lluvia venía con nubes bajas que chocaban unas con otras.

El mar estaba picado.

Bravo.

Sin olas buenas.

Noa hizo lo que pudo. Consiguió domar un par y otro par la domó a ella. Suficiente para relajarse. Y volver a casa.

Se metió en la ducha y se quedó bajó el chorro de agua hirviendo varios minutos que la reconciliaron con el exasperante clima gallego. Después acudió a su armario y seleccionó varias prendas a las que llevaba mucho tiempo sin prestar atención. Entre ellas, una sudadera negra con capucha que no se atrevía a mirar desde que Axel la encontró en los acantilados a punto de tirarse al mar. Ese día, cuando regresó a casa sana y salva, y con la firme determinación de cambiar de nombre y de vida, decidió cambiar también de sudadera.

Por eso se la estaba enfundando otra vez.

Para cerrar el círculo.

Sintió una sensación extraña al volver a ponérsela. Una paz interior que en nada se parecía al miedo y el asco con el que recordaba aquella época de su vida. Y sintió placer.

Una ataraxia momentánea y sincera.

Noa comió con sus padres. Su padre había comprado en el mercado una pieza de merluza fresca muy apetitosa. Y su madre la había preparado al horno, con patatas y limón. Apenas hablaron durante la comida. De nada importante, al menos. Conversaciones de mesa y mantel. Y vino blanco. «¿Había buenas olas?», «¿Qué vas a hacer por la tarde?», «¿Dónde se ha metido tu hermana?». A lo que Noa respondió: «No», «No sé», «No sé». Ella no hizo ninguna pregunta y a sus padres no les quedaron ganas de insistir.

Después de comer, se echó un rato en el sofá. Intentando no pensar en nada. Dejando la mente en blanco. Un ejercicio cercano a la meditación que había perfeccionado con el paso de los años y que tantas veces la había rescatado de los oscuros túneles mentales en los que se metía a plena luz del día.

Sin darse casi cuenta, la tarde se le echó encima y llegó el momento de irse. Noa se enfundó la capucha negra, que le cubría hasta las cejas, y salió de casa sin decir adiós. Se montó en el coche y se dirigió sin dar rodeos al destino fijado con antelación. Estaba empezando a notar algo parecido a un nerviosismo infantil.

Aparcó cerca de la puerta y esperó.

Ya casi era la hora.

Sentada todavía en su Audi A1, desplegó los brazos hacia el volante y lo agarró con fuerza. Respiró hondo varias veces, tomando todo el aire que le cabía en los pulmones.

Inspiraciones profundas.

Aire dentro…

… Aire fuera.

Así varias veces. Para oxigenar su cuerpo y su mente. Para renovar la atmósfera de su cavidad respiratoria.

A las nueve en punto de la noche, Noa bajó del coche y caminó con tranquilidad, con pasos firmes, hacia su pasado. Se sentía entera y fuerte. Y sentirse tan fuerte le estaba dando más fuerza.

Entró en el edificio e hizo escrupulosamente lo que tenía que hacer. Paso por paso. Sin dejar ni un solo detalle al azar.

Una vez hubo terminado, ya solo tenía que esperar.

Y eso fue, con mucha diferencia, la parte más difícil.

Javier Grande, al que todos llamaban Jarvis —y por todos nos referimos a él mismo cuando hablaba en tercera persona—, decidió que no tenía nada que perder. Que estaba harto de meterse rayas inútiles, beber copas estúpidas y fumar porros sin sentido. Quería abrir nuevas puertas en su vida. Quería hablar menos y vivir más. Conseguir que sus historias tuviesen una base real.

Como la del descampado, cuando le secuestraron y amagaron con pegar un tiro a su colega Omar. Ahí se dio cuenta de que estaba tirando su vida por la borda. Todo el santo día preocupado de no molestar a la zorra de su ex y de no malcriar al malcriado de su hijo.

Tenía que fijarse en Omar. Ese cabrón sí que estaba exprimiendo el jugo de sus mejores años. Y se estaba poniendo las botas, joder. Vaya tías se estaba zumbando, el mamonazo.

Tetas grandes.

Tetas pequeñas.

Tetas operadas.

A él eso se la sudaba. Se conformaba con que fuesen dos y se las dejasen babear un rato.

Jarvis intentó hacer memoria de cuándo había sido la última vez que había follado fuera de casa y no le salían las cuentas. Si se ponía a pensar cuándo había sido la última vez que había follado en casa era todavía peor.

En parte dejó de follar porque no controlaba. No se le daba bien. El Jarvis hacía bien otras cosas, pero follar se le atragantaba un poco. No tenía eso que hace falta… ¿cómo lo llaman? Tacto. Eso, tacto.

¡Qué cojones iba a tener tacto él! Tacto tenían los maricones.

Al Jarvis cuando le gustaba una tía, pues hacía lo que tenía que hacer. Primero se la intentaba meter y luego preguntaba. Y normalmente ni una cosa ni la otra. Ni conseguía meterla ni le dejaban preguntar. Y por culpa de eso, alguna se le puso tontita, no te creas. Pero tontita de amenazar con denunciarle y mierdas así.

A él. ¡Hay que joderse!

Por eso, también perdió el interés. Estaba hasta la polla de lloriqueos. Por eso y porque en un polvo guarro sin condón en los baños de un antro de yonquis, se le escaparon unas gotitas y dejó preñada a la zorra de su ex. Joder, si ni siquiera llegó a correrse dentro. La sacó en cuanto notó que se iba. Pero fue tarde. O eso dijeron los médicos. Y claro, así salió el niño.

Subnormal profundo.

Ahora, Jarvis sentía que su vida estaba dentro del váter y que algún cabrón había tirado de la cadena. Sentía que tenía que cambiar algo, que tenía que animarse. Estaban en 2019, joder. Hasta el más burro echaba un polvo ya. Y él no era el más burro. Era burro, pero ¡qué coño! El Jarvis sabía hablar. Es más, el Jarvis hablaba de puta madre.

No dejó pasar más tiempo y, sin decirle nada a nadie, esa misma mañana recuperó la contraseña de su cuenta de Instagram, que llevaba años parada, y la reactivó. Sabía perfectamente de qué iba la movida. Se lo había visto hacer mil veces a Omar. Se trataba de buscar a alguna guarra y mandarle mensajes privados con emoticonos de mierda. A partir de ahí, calentar el tema un poco y… ¡Pam! Adentro hasta que duela.

¡Dios, se estaba poniendo cerdo!

Jarvis conducía envuelto en pensamientos sórdidos. Notaba cómo iba creciendo el bulto que nacía entre los botones del pantalón. Ya le empezaba a faltar sangre en el cerebro. Le costaba concentrarse en la carretera. ¡Vaya puto homenaje se iba a meter!

Y no le había costado mucho. Eligió varias chavalas. Unas al azar. Otras conocidas, de verlas por ahí. Y otras que habían estudiado con él y que nunca más se supo. Les mandó mensajes a todas y alguna picó. Y una vez que picas, ya es jodido escapar de las garras del Jarvis. Que son muchos años, joder. Que se las sabe todas.

Ahora vacilaba desde el coche y se dirigía dando mil rodeos al destino que una de las chavalitas le había fijado con antelación. Estaba empezando a notar algo parecido a una erección indomable. ¡Qué hostias! Se le estaba poniendo como el cuello de un mongolo.

Aparcó cerca de la puerta y esperó. Ya casi era la hora. A las nueve y media de la noche, Jarvis bajó del coche y caminó sin tranquilidad, más tenso que su puta madre, con pasos febriles, hacia un polvo guarro.

Se sentía joven y cerdo. Y el sentirse tan cerdo le estaba dando más ganas de follar.

Entró en el edificio e hizo escrupulosamente lo que tenía que hacer. Fue a la habitación en la que le estaban esperando y llamó a la puerta.

Y eso fue, con mucha diferencia, la mayor cagada de su día.

Iria Novoa lo tenía todo atado. Atado y bien atado. Esa fue la expresión que empleó meses después cuando le preguntaron por todo lo acontecido aquella lluviosa noche de marzo de 2019: «Atado y bien atado».

Pero se desató.

Iria pasó la tarde en comisaría. Sentada en su mesa, delante del ordenador. Con varias ventanas de navegación abiertas para poder cambiar rápido de página si alguien se acercaba a cotillear. Con un solo clic pasaba de bucear en archivos digitales de antiguos casos de violaciones y abusos sexuales, a la front page de Instagram, en la que manejaba una conversación subida de tono, en la bandeja de mensajes directos, del perfil falso que se había creado para atraer a su presa.

Aprovechaba los tiempos muertos, desde que escribía y enviaba algún mensaje hasta que le respondían, en rastrear denuncias sin resolver, retiradas antes de la celebración de un juicio o que se consideraron falsas… Pistas para trazar el posible recorrido criminal del violador de su hermana.

No encontró nada. No era fácil. Nadie en sus declaraciones había comentado nada de un cepillo de dientes. Tampoco eran precisas las descripciones físicas. Todas hablaban de «Un varón de mediana estatura y complexión fuerte». Iria suponía que eso es lo que recuerdas cuando alguien te fuerza sexualmente. A un hombre cualquiera más fuerte que tú.

Entre búsqueda y búsqueda, Iria recibió la visita que estaba esperando. No le sorprendió lo más mínimo que quien acudiese a contemplar en qué invertía su tiempo con el ratón fuese su propio jefe. El comisario Antón Olivares.

—¿Qué andas haciendo, bonita?

Iria no levantó la vista de la pantalla para evitar transmitir la repulsión que sentía hacia el machismo incontrolable de su superior.

—Nada, jefe. Estoy empezando a darme por vencida —mintió Iria—. Tengo la impresión de que nos enfrentamos a un enemigo demasiado grande y no hay forma de hincarle el diente.

Olivares le puso una zarpa en el hombro e Iria hubiese preferido recoger la mierda de un perro con la mano y sin bolsa durante una semana, antes que soportar durante más tiempo esa morcilla sudada sobre su chaqueta.

—Lo sabemos, cariño. Ten paciencia. Lo vamos a intentar, y si no podemos cazar a nadie pues… por lo menos, podremos decir que lo hemos intentado.

Eso era lo único que le importaba a ese gordo miserable. Guardar las apariencias. Poder decir. Se la sudaba que hubiesen matado a un desgraciado que vivía bajo la extorsión perenne de unos criminales despiadados. Se la sudaba que siguiese entrando droga en las costas gallegas y que esa droga acabase con el futuro de miles de chavales inocentes. Se la sudaba hacer justicia y acabar con una lacra que movía cientos de miles de millones de euros en billetes manchados de sangre. Lo que le importaba era poder decir que lo habían intentado y atragantarse a base de centollos mientras una prostituta le comía los huevos en el coche.

Ese era su jefe.

—Tienes razón, jefe. Voy a seguir un poco más. A ver si encuentro algo. Y si no, me voy ya a casa. —Iria forzó una sonrisa blanda—. Que nadie pueda decir que no lo hemos dado todo.

Una ráfaga de viento entró por la ventana del fondo de la primera planta de la comisaría y movió la cortina de pelo que Antón Olivares se había colocado concienzudamente esa mañana encima de la calva. Se formó en el aire una cresta anoréxica que el comisario atajó con su mano derecha. Eso le empujó a acelerar su huida. Iria se le quedó mirando por si osaba volver la vista atrás. Que supiese que no se había perdido ni un detalle de tan dantesco espectáculo.

Cuando volvió a estar sola, Iria desplegó la pestaña de Instagram y encontró una notificación de respuesta. Un icono rojo con un uno en blanco.

Un mensaje que decía: «Buf. Me flipan, pero mejor no lleves bragas. No las vas a necesitar. No te imaginas lo caliente que estoy. ¿Tú estás mojada? Déjame ver lo mojada que estás».

Un mensaje que respondía al que Iria había enviado minutos antes de que apareciese Olivares: «Me voy a poner mis braguitas favoritas. Unas de Hello Kitty que me regaló mi madre por mi cumple». Y al que Iria contestó: «Prefiero dejarte con las ganas. Te veo a las nueve y media. No tardes o me quedaré dormida. Soy muy pequeña para trasnochar».

Poco a poco, la comisaría se fue vaciando e Iria pudo trabajar con más tranquilidad. Hasta que llegó su hora y cerró la sesión del ordenador. Se levantó, recogió el equipo completo, todo lo necesario, y se fue.

Se montó en el coche y se dirigió sin dar rodeos hasta el destino fijado con antelación. Estaba empezando a notar algo parecido a un cosquilleo estimulante.

Aparcó cerca de la puerta y esperó. Ya casi era la hora. A las nueve y cuarto de la noche, Iria bajó del coche y caminó con tranquilidad, con pasos firmes, hacia su presente. Se sentía sólida y segura. Y sentirse tan segura le estaba dando más seguridad.

Entró en el edificio e hizo escrupulosamente lo que tenía que hacer. Paso por paso. Sin dejar ni un solo detalle al azar. Una vez hubo terminado, ya solo tenía que esperar.

Y eso fue, con mucha diferencia, la parte más sencilla.

Omar Pombo se consideraba a sí mismo un hijoputa con suerte. La vida le había sonreído desde el primer día y él le había devuelto una sonrisa engañosa.

Eran las ocho y media en punto de la tarde. La hora de cerrar.

Omar bajó la persiana de la tienda y echó a andar. Como siempre, él fue el último en salir. Sus empleados terminaban la jornada laboral a las ocho y Omar era muy británico para los horarios. Si no los necesitaba, los invitaba a irse cuanto antes. Y si llegaban puntuales para abrir, él les devolvía el gesto siendo riguroso con el cierre. Así también se ahorraba pagar horas extras y se aseguraba de tenerlos contentos.

Es más probable que venda un vendedor feliz que uno amargado.

Ese era su lema. Y le funcionaba.

Omar caminaba arrimado a los edificios, resguardándose de la lluvia. La ciudad estaba llena de vida a pesar de que hacía una noche de mierda. Había mucho tráfico pero aun así, Omar decidió coger el coche. No quería empaparse.

Condujo por la avenida de Europa hacia el paseo de Samil. Iba repasando mentalmente las ventas del día. Lo cierto es que había sido un día cojonudo. Solo esa tarde había vendido casi tanto como una mañana de Navidad.

En cualquier caso, Omar estaba tranquilo. Sabía que contaba con el respaldo de su familia para cualquier eventualidad. Una buena familia, acaudalada y bien considerada en los círculos de la burguesía viguesa. A su hermano, aún de vez en cuando, le pedían alguna foto o autógrafo los más despistados. No había marcado muchos goles con la camiseta del Celta, pero el solo hecho de haberla vestido ya le daba un caché especial en las calles de la ciudad. Sus padres se habían jubilado, habían cerrado el bar y disfrutaban de metódicas horas de ocio de alto standing. Su padre, con el golf. Y su madre, con el yoga. Más los restaurantes caros y los viajes transoceánicos con amigos del Club de Campo.

Y para colmo a Omar la tienda le funcionaba como un tiro. Bien situada y bien organizada. Con varios puntos de venta por toda Galicia, ya estaba pensando en ampliar fronteras y empezar a vender en Madrid y Barcelona. Era un salto jodido, que había que meditar bien, pero la calculadora le decía que podían permitírselo.

La calculadora.

Esa mala pécora no siempre había sido tan benévola a la hora de dar noticias. La crisis de 2008 los golpeó bien fuerte. Fueron los años más duros. La gente empezó a sufrir recortes salariales, el consumo bajó, el gasto se desplomó y Omar tuvo que cerrar varias tiendas. Llegó a plantearse cerrarlas todas y cambiar de vida, pero para eso estaba su familia. Para ayudarle en cualquier eventualidad. Y la crisis fue una eventualidad de carallo.

Omar se mantuvo firme, concentró todos sus esfuerzos en la tienda de dos plantas de la calle del Príncipe, ajustó el nivel de producción, contrajo las nóminas y defendió las ventas. Perseveró en la idea de mimar a una clientela fiel y eso le mantuvo a flote.

La perseverancia.

Esa era su principal virtud.

Recordaba aquellos años con dureza. Fue entonces cuando empezó a tontear con las drogas. No a consumirlas. Eso empezó mucho antes. De hecho, en aquella época consumió más que nunca y ya nunca dejó de hacerlo.

Con lo que empezó a tontear Omar fue con los narcotraficantes. Estaba claro que gozaba del respaldo económico y moral de su apellido, pero una ayuda no le venía mal. Y se la ofrecieron con mucho gusto.

Descargar cajas.

Transportar cajas.

Pescado, fruta, cocaína.

¿Qué diferencia había? Lo último que necesitaba Omar era que su conciencia se le pusiese exquisita ahora. Acallarla no fue fácil, pero lo consiguió. Y como siempre pasa, una vez que lo consigues, puedes darte por jodido. Porque eso ya es para siempre. Una vez que cruzas la línea, no hay vuelta atrás. Ni siquiera te vas a quedar en el sitio. Una vez que cruzas la línea, ya solo avanzas como un hijoputa. Un hijoputa con suerte. Pero un hijoputa al fin y al cabo. Lo de la suerte se da por hecho. Porque si la suerte no está de tu parte en este mundo, más pronto que tarde vas a acabar con una bala incrustada en el cerebro.

Él lo sabía bien. Estuvo a pocos centímetros de que le ocurriese. El cabronazo de la cicatriz. Aún se cagaba encima al recordarlo. Pero ¡qué curioso! Fue ese capullo quien le abrió los ojos.

¿Dónde coño iba él sin pistola? A la tumba de cabeza. Esa era la respuesta. Por eso se agenció una Sig Sauer P226 sin marcar, por la que le soplaron dos mil pavos. Pero, joder, tenía la pasta. Y necesitaba la pipa. Para defenderse. Así son estos negocios.

Ahora, en lo que confiaba era en no tener que volver a utilizarla. Pero llevarla encima, la llevaba. Eso siempre. Por si las moscas. La escondía en la guantera. Bien al fondo. Detrás de la documentación del coche y de los papeles del seguro.

Omar conducía a toda hostia. Tenía una cita de esas que le vaciaban las pelotas en pocos minutos. Algo inesperado. Sus favoritas. Cuando tenía que trabajar mucho para follarse a una tía luego le daba pereza. Lo que más le ponía era el factor sorpresa. Le flipaban los polvos rápidos. Aquí te pillo, aquí te mato.

Y mandar.

No soportaba que se le pusiesen encima. Directamente se le bajaba todo. Si querían dominarle, se ponía de mala hostia. Por eso esta noche pintaba tan bien.

Una niña se había puesto en contacto con él a través de Instagram. Le tendría fichado de la tienda. Sería una clienta. De esas que vienen a por un bikini brasileño y le follan con la mirada mientras se acarician el pelo y ven como papá saca la tarjeta y mete el pin.

Seguro que era una de esas.

Lo mejor de todo es que había sido muy rápido. Un par de emoticonos traviesos y al hotel. Omar ya se veía haciéndoselo muy duro. Muy duro. Le haría gritar. No le valía con gemidos. Le daba igual si se corría o no. Quería que gritara.

Omar fue directo al destino fijado con antelación. Estaba empezando a notar algo parecido a un ímpetu desbocado.

Aparcó cerca de la puerta y esperó. Ya casi era la hora. A las nueve y media de la noche, Omar cogió la pistola y bajó del coche. Caminó con entusiasmo. Con pasos firmes hacia la perversión. «Hello Kitty», eso le iba a decir en cuanto le abriese la puerta.

Mierda, ya notaba que empezaba a perder el control. Ya no estaba seguro de poder dominarse. Los putos vodkas. Le estaba pasando lo de siempre. Se sentía enfermo y rabioso. Y sentirse tan rabioso le estaba dando más rabia.

Iba a entrar en el edificio y hacer escrupulosamente lo que tenía que hacer. Pero se dio cuenta de que se olvidaba de algo. Lo más importante. Lo único que podía calmarle. Retrocedió sobre sus pasos y volvió al coche. Abrió la puerta y lo recogió. Su amuleto. ¿Cómo se pudo olvidar de el y dejarlo atrás? ¿Estaba gilipollas?

Omar alcanzó el cepillo de dientes que escondía debajo del asiento y se pegó un buen repaso. Con vehemencia. De forma frenética. Arriba y abajo. Izquierda y derecha. En movimientos muy cortos. A toda velocidad. Sin espuma.

Una vez hubo terminado, se lo guardó en el bolsillo del vaquero y volvió a entrar en el hotel. Se colocó la capucha gris de la sudadera y no se retiró el mechón rubio que le caía por la cara. Subió en el ascensor y se sonrió al espejo.

Y comprobó que, efectivamente, los dientes estaban limpios.

Omar llamó a la puerta de la habitación 106. Y esperó unos segundos que se le hicieron eternos. Algo no iba bien. No sabía decir qué pero estaba experimentando una sensación extraña. Algo parecido a un dejavú: 106.

Cuando le abrieron la puerta y entró en la habitación lo comprendió todo.

No era un dejavú.

Era real.

Y darse cuenta de lo que le esperaba fue, con mucha diferencia, la parte más amable de toda la noche.

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