Axel

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Noa abrió la puerta y volvió a la cama. Sin saludar. Estaba descalza y vestida. No tenía calor. No fue capaz de mirarle a la cara. No lo había hecho desde aquella vez en el chiringuito con sus padres. Y no tenía ganas de vomitar otra vez. La cama estaba hecha y Noa se sentó en el borde con la cabeza gacha, casi entre las piernas.

Estaba temblando.

Omar, al verla, se quedó petrificado.

No entendía nada. ¿Qué demonios hacía esa allí?

Cerró la puerta a su paso y entró.

—¿Qué haces tú aquí?

Noa no contestó. No le salían las palabras. Ni siquiera era capaz de apartar la vista del suelo.

—No me jodas, enana. Que yo venía a otra cosa. No a que me intenten hacer sentir culpable por una niñatada que ocurrió hace diez años.

—Once —susurró Noa.

—¿Qué quieres de mí? ¿A qué viene todo esto?

Noa no contestó y Omar estaba empezando a ponerse muy nervioso. Porque nervioso ya estaba antes de entrar.

—¿No le habrás dicho nada a nadie, no? Es eso. Vamos a ver, porque me voy a cagar hasta en mi madre. Te lo advertí en su día y te lo vuelvo a decir. No te va a creer ni dios. ¿Lo entiendes? Solo eras una niña un poco salida intentando llamar la atención. —Omar miraba alrededor sin saber bien qué buscaba—. Pero si además te gustó. No me vengas ahora con esas. Yo tengo mi tienda, me va bien. ¿Por qué iba a hacer algo así?

—Porque eres malo —replicó Noa—. Eres malo. Y tienes que parar.

Omar se acercó a la cama y comprobó que Noa no tenía arrestos para plantarle cara. Estaba encogida. Casi enrollada sobre sí misma.

Pero siguió hablando.

—No sé a cuántas más habrás violado, Omar. Pero tienes que entregarte.

Omar soltó una carcajada.

—¿Pero qué estás diciendo? Me habían dicho que estabas como una puta cabra, pero no me imaginaba que también fueses idiota.

—Has matado a un hombre inocente —aseguró Noa.

Omar cerró los puños.

—No te molestes en negarlo —siguió ella—. La poli ya lo sabe. Me lo contó mi hermana. Ella te adora y no es capaz de ir a por ti. Está destrozada. Lo niega. Y se lo niega a todo el mundo. Dice que es mentira. Pero lo saben, Omar. Y si te entregas, quizá puedan ayudarte.

—¿Dónde está tú hermana?

—Estaba en comisaría. Tenían una reunión para planear tu detención.

Omar le dio una patada a la pata de la cama. Noa se apartó asustada.

—¿Por qué lo hiciste, Omar? Se suponía que debías protegerme. Tú eras mayor que yo. Y me querías. Mis padres te querían. Comprábamos en tu tienda. ¿Por qué? ¿Por qué me jodiste la vida?

—Cállate, puta enana, o te reviento la cabeza aquí mismo. No me jodas o lo de la otra vez te va a parecer un cuento de hadas.

—Me quedé embarazada.

La bomba cayó sobre Omar como un piano desde un quinto piso. Nunca había pensado en esa posibilidad.

—¿Qué coño dices?

Noa calló como respuesta.

—¿Te… te… tenemos un hijo?

—Una hija —corrigió ella, y rompió a llorar—. Aunque en realidad no tenemos nada.

—¿Dónde está? Me estás mintiendo. No tienes ninguna hija. —Omar gritaba, agarrando a Noa de los hombros con ambas manos. Sabía que le estaba haciendo daño.

—Te estoy diciendo la verdad. Vive en Madrid. Con su padre.

—¿De qué hablas? ¿Me quieres volver loco? —Omar apretó aún más los hombros de Noa, que soltó una mueca de dolor—. ¿Con el poli? ¿Eso me estás diciendo? ¿Que vive con ese?

—Con Axel, sí —confirmó Noa—. Y ahora ese poli también te busca por asesinato. Iria cree que tú mataste al empleado del puerto.

Omar se levantó la camiseta, se metió la mano en el vaquero y sacó su pistola.

—Mientes, maldita zorra. Estás mintiendo —dijo entre dientes.

Él dejó la pistola en el suelo y se desabrochó el pantalón. Noa intentó gritar, pero Omar aplacó el sonido con su mano. Ella quiso morderle, pero no tenía fuerzas para combatir.

—Te voy a matar. Te voy a pegar un tiro, pero antes te voy a follar más fuerte que la última vez, hija de puta.

Noa se revolvía en la cama. Omar intentaba inmovilizarla y bajarle el pantalón. A su espalda escucharon un portazo.

—Déjala en paz, cabrón.

La figura de Iria Novoa se alzaba indiscutible. Sólida. Como un bloque de acero soviético.

Miraba con odio a través de sus ojos azules inyectados en sangre. Con el lagrimal al punto de nieve.

Parecía el rey de la noche llegando al muro.

O la reina.

En una mano sostenía su revólver reglamentario, que apuntaba directamente al mechón rubio. En la otra, Omar vio que tenía la grabadora del móvil en rojo, trazando lineas irregulares, como una electrocardiograma.

Omar necesitaba uno. Sentía una presión en el pecho. Como si se le fuese a parar el corazón. Lo había registrado todo. La conversación entera. Había caído en la trampa como un maldito juvenil.

Mierda.

Iria le dio una patada a la pipa de Omar que se deslizó lejos de su alcance. Él sopesaba sus opciones. No eran muchas.

Había perdido.

—Está bien, Iria. Baja el arm…

—Ni se te ocurra volver a decir mi nombre, hijo de puta. O te pego un tiro aquí mismo.

Omar bajó la mirada. Iria le enseñó el móvil.

—¿Ves esto? Todavía está grabando. Quiero que hagas una confesión completa. ¿Por qué mataste a Mauro Otero?

—¿Pero qué dices, Iria? ¿Por qué piensas que fui yo? No lo entiendo. Yo no hice nada.

—El cepillo de dientes, subnormal. El puto cepillo de dientes. ¿No notaste que te faltaba algo?

Noa se sentó en el suelo. En una esquina de la habitación. Seguía temblando de miedo, acurrucada, abrazada a sus piernas, pero no lograba contener el temblor.

—Explícamelo todo. Y te ayudaré —dijo Iria—. Si colaboras, podré negociarte un acuerdo. Una rebaja de la condena, y entrarás en protección de testigos. En unos años estarás otra vez en la calle. Eres joven todavía. Te queda mucha vida por delante. ¿Quieres pasarte el resto de tus días entre rejas? ¿Paseando por el mismo puto patio, todos los putos días, mientras vigilas tu espalda compulsivamente para que no te claven un puñal en la espina dorsal? Me las arreglaré para que no te envíen a una prisión gobernada por narcos mexicanos. Estarás a salvo. Pero tienes que largar. Y me estoy quedando sin batería.

Omar se retiró la capucha. Tenía la mirada perdida y la vida en pause. En su cabeza se amontonaban las salidas y ninguna llevaba a ninguna parte.

Solo encontró un camino.

Y empezó a hablar.

Se lo contó todo. Con pelos y señales. Le habló de Gato y de sus hombres. El de la cicatriz y el otro. El de la voz asquerosa. Le habló del secuestro de Jarvis. Le contó que tuvo que pedir ayuda a una gente en Madrid. Gente muy chunga. Con la que había hecho negocios otras veces para colocar la farlopa rápido. Esa gente tenía contactos y sabía cómo hacerlo. Le explicó que había contraído una deuda que tuvo que saldar. Y que le pidieron que matara a Otero, por chivato. Si el encargo venía de los narcos mexicanos, Omar no lo sabía. Él tenía enlace directo con esta gente de Madrid y no hacía preguntas. A él no se las hicieron cuando había acudido a pedir ayuda. Era una cuestión de honor. Le contó también que fueron ellos, los de Madrid, los que le mandaron la polla del pavo de la radio. Querían deshacerse de ella y desviar la atención de la pasma. Mandarles a olisquear a Vigo. Y poder vivir tranquilos. O eso suponía Omar. Porque sobre eso tampoco le dieron explicaciones. Ni él las pidió.

Omar habló y habló y habló.

Y cuando iba a decirle que podía localizar a los de Madrid e intentar tenderles una trampa, Iria le interrumpió.

—¡Quieto, Omar! —gritó Iria—. ¿Qué haces? No lo hagas. No lo intentes.

Noa se tapó los oídos. Omar la miraba sin entender.

—¡Omaaarrr… Nooo! —Iria apagó la grabadora y dejó el móvil en la mesa con toda la calma del mundo.

—Iria…

—Te dije que no volviese a decir mi nombre, saco de mierda.

Iria Novoa apretó el gatillo y le descerrajó dos tiros en el pecho a su colega.

—Vete al infierno, hijo de puta —susurró.

Omar murió en el acto.

Iria se puso unos guantes y recogió del suelo el arma de Omar. Se colocó a su lado y disparó contra la pared simulando la trayectoria en la que la bala habría pasado rozando la oreja de Iria. Le colocó la pipa en la mano. Y se sentó junto a su hermana.

Noa seguía llorando y temblando. Con los dedos dentro de los oídos.

Y los ojos muy cerrados.

Mientras, en otro punto de la ciudad, Jarvis Grande se abofeteaba la polla para intentar que funcionase. El rifle se le había quedado sin balas. Él solo quería echar un polvo y el rodaballo no le hacía ni puto caso. A su lado, una chica enviaba un mensaje difamatorio a su grupo de veinte amigas de WhatsApp, asegurándoles que por fin había perdido la virginidad. Que ya era una de ellas.

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