Axel
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Primero llegó una patrulla que estaba por la zona. Luego una ambulancia medicalizada que se llevó a Noa en camilla y con una máscara de oxígeno. Estaba en estado de shock y le costaba respirar sin ayuda. Después llegaron la científica y el forense. Iria fue explicando a todos, uno por uno, lo que allí había sucedido. Pero, como ya imaginaba, no encontró buenas caras. Su forma de actuar se había pasado por el forro todo el procedimiento policial, paso por paso.
Andrade y Olivares, que llegaron juntos y medio borrachos, no fueron tan condescendientes como acostumbraban.
—¿Qué mierda es esto, Iria? —Olivares preguntó airado. Se adelantó y marcó la jerarquía con su compañero, aun sabiendo que estos trámites con Andrade eran del todo innecesarios. Si alguien conocía y desempeñaba perfectamente su papel de «Tienes razón en todo lo que digas, jefe», era él—. Tenemos un chaval muerto con dos tiros en el pecho y una chapuza que a ver cómo carallo explicas si a alguien se le ocurre meter las narices en esto. No informaste de tus planes a ningún superior. No solicitaste ayuda. Sin refuerzos. Sin plan de actuación. Sin apoyo del servicio de emergencias. Joder, podríamos haber tenido una ambulancia preparada por si pasaba algo. ¿Y esa pobre chica que se ha ido con la mirada perdida y un ataque de nervios? Joder, esto ha podido ser una catástrofe.
—Es mi hermana. Y está bien —explicó Iria—. Está mucho mejor, de hecho. Y siento tener que llevarte la contraria, jefe, pero sí había un plan de actuación. —Iria le enseñó el móvil—. Este chaval se llamaba Omar Pombo. Era el tipo al que estábamos buscando. El asesino de Mauro Otero.
Olivares y Andrade se miraban como si el otro supiese más. Y no.
—¿Era sudamericano? —inquirió Andrade.
Iria pensó que, efectivamente, estaba mejor callado.
—No. Era un enlace aquí, en la ría. Conozco a este tío desde hace muchos años. Tocamos juntos en un grupo de música. Llevo mucho tiempo trabajándome su confianza. Se podría decir que éramos casi amigos. De hecho, estaba conmigo cuando encontré flotando el cadáver del capataz. Y, evidentemente, no fue ninguna casualidad. Sabía que podía estar metido en algo chungo y no me equivocaba. El motivo por el que he actuado en solitario y sin avisar a nadie de mis intenciones es precisamente ese, la confianza. Seguro que lo entienden. Primero, no me podía arriesgar a que alguien me jodiese la tapadera. Todos sabemos que la pasta de la droga compra gente dentro. Afortunadamente nos tenemos a nosotros tres —Iria se sentía sucia al buscar la complicidad de dos jefes que la repugnaban—, pero ¿de quién más nos podemos fiar? Estoy segura de que vosotros habríais actuado de la misma forma que yo.
—Claro que sí, bonita. En eso tienes razón —dijo Olivares—. Pero no sé si va a estar de acuerdo con nosotros la gente de Asuntos Internos. Como les dé por abrir una investigación… Esta operación está llena de irregularidades.
Iria volvió a alzar su móvil y pulsó el «play». La voz de Omar Pombo —aún con vida— sonaba robótica al otro lado: «Te voy a matar. Te voy a pegar un tiro, pero antes te voy a follar más fuerte que la última vez. Hija de puta».
Iria detuvo la grabación.
—Aquí tengo una confesión completa. Este tío estaba a punto de cometer una violación y un asesinato. Y no era la primera vez que lo hacía. Ni lo uno ni lo otro. También he conseguido que largue todo sobre la muerte de Otero. Es una información muy valiosa. Y no solo para nosotros. Os recuerdo que hay gente en Madrid esperando cerrar el doble crimen de la radio con el fleco que les queda por aclarar: qué hacía el pene de Marcos Goya en la boca de Mauro Otero. La explicación está grabada también y de su móvil podremos extraer la información que nos falta para dar con la conexión madrileña de este caso. Es el momento de que vosotros dos salgáis en todos los medios a nivel nacional. En Teletres… en Antena 5… —Iria hizo una pausa entre cada medio de comunicación— en la Cadena Voz… en el diario España… en Onda Uno… En todas partes.
Olivares y Andrade volvieron a mirarse.
Y les gustó lo que vieron.
Se encontraron automáticamente más altos, más guapos, más importantes.
—No suena mal, jefe —dijo Andrade haciendo gala de su carácter empalagoso.
—Calla. Déjala hablar. ¿Qué más? —preguntó Olivares.
Los tres se habían retirado de la escena del crimen y hablaban al fondo de uno de los pasillos de la primera planta del hotel, cerca de un ventanal desde el que se veía el mar en toda su extensión. Las olas rompían frágiles contra las rocas.
—Esto es lo que ha pasado y esto es lo que vamos a hacer —inició Iria su relato de los hechos—. Esta tarde en la comisaría, Olivares, tú y yo hemos puesto punto y final a un plan de actuación de muchos meses que nos ha llevado irremediablemente hasta aquí. Andrade, tú también estabas al tanto de todo. Diremos que la creación del grupo musical fue un primer cebo para tener controlado a un tipo al que no considerábamos capaz de matar, pero en el que confiábamos para que nos pudiese acercar a la gente con la que hacía negocios. Íbamos a por los peces gordos. Después de muchas horas de trabajo y de espera, y de investigar a muchos miembros de una red de narcotráfico, Omar Pombo cometió un error garrafal. Empujado por sus circunstancias y extorsionado por mafiosos que operan desde Madrid, nuestro hombre se vio obligado a cometer el asesinato de Mauro Otero. Su siguiente error fue estar conmigo haciendo surf cuando encontramos el cadáver. Supongo que no podía calcular la fuerza de la corriente o quizá quería tener todo bajo control, vigilándolo de cerca, no lo sé. El caso es que Omar y yo ya nos conocíamos muy bien y fui plenamente consciente cuando encontramos el cadáver de que el asesino me estaba mintiendo a la cara. Y en eso consiste el trabajo policial. El buen trabajo policial. Diremos que, después de mi exposición de los hechos ante el grupo desplazado desde Madrid, hablé con vosotros dos y empezamos a planear la noche de hoy. Gracias a haberme acercado tanto al asesino, conocía bien sus fortalezas y sus debilidades. Y su principal debilidad eran las mujeres. Las niñas, para ser más exactos. Pero esta vez no le subestimamos. Con la inestimable colaboración de una víctima, en este caso mi hermana, pudimos tenderle una trampa. El asesino la había violado cuando era menor de edad. Ese fue uno de los motivos por los que iniciamos esta operación encubierta. Por supuesto, la identidad de mi hermana permanecerá oculta en todo momento. Es lo único que pido para seguir adelante.
—Por supuesto, guapa. Eso no hace falta ni comentarlo —dijo Olivares.
—Sí hace falta. Sí. Nunca le diremos a nadie el nombre de ninguna de las víctimas. Porque hay más. Pero dejaremos que sean ellas las que den el paso de contarlo si así lo deciden. No nosotros. Es nuestra obligación preservar su salud mental. ¿Está claro este punto, verdad? —Los dos policías le brindaron un gesto asertivo—. Lo que sí diremos es que montamos esta intervención entre los tres. Que vosotros estabais en las inmediaciones del hotel en permanente comunicación conmigo, listos para intervenir si algo salía mal. Desgraciadamente salió mal y no tuvisteis tiempo de reaccionar. Tuve que actuar sola. En un momento dado el asesino se vio acorralado e intentó huir. Para ello sacó un arma que tenía escondida en el pantalón y me disparó. Una bala que, afortunadamente, pasó rozando mi oreja y no me alcanzó. Eso me permitió defenderme y abatir al fallecido. Agente de policía actuando en defensa propia y con la vida de terceras personas en riesgo. Eso dirá el informe. Mi hermana es testigo de que todo esto ocurrió tal cual lo estoy contando. Y testificará si es necesario. En última instancia, la grabación corroborará nuestra versión. ¿Tenéis alguna pregunta?
A Andrade le sonaban las tripas. Estaba aturdido. Olivares, que era más despierto, fue el que dijo:
—La verdad es que no. Lo único que podemos hacer es felicitarte por una actuación policial impecable y celebrar que hayas podido contarlo.
—Perfecto —asintió Iria—. Hablaré de inmediato con uno de los policías que vinieron hace unas semanas desde Madrid. El agente Axel Nash. No sé si le recuerdan. Para informarle de lo que sabemos y que pueda cerrar tanto su caso como la derivación del nuestro en Madrid. Y cuando lo haya hecho, él se encargará de que salgamos en todos los medios de comunicación de este país. Tiene mano con la prensa. Antes de esto, hay que evitar cualquier filtración a los medios que pueda poner en peligro la búsqueda y detención de los tipos relacionados con el asesinato de Marcos Goya.
Los ojos mentolados de Iria se clavaron en la barriga de Olivares y fueron subiendo hasta su calva.
—Comisario, usted será el portavoz, como siempre. Le repetiré esta historia las veces que haga falta. Será pan comido. Si alguien aquí tiene el carisma necesario para camelarse a la opinión pública es usted.
Iria ahogó una arcada y se dirigió a Andrade.
—Usted haga lo de siempre. En eso no hay otro que se acerque a su nivel.
Cuando abandonó el hotel, la agente de la policía secreta de Vigo, Iria Novoa, estaba agotada. La adrenalina ya había bajado y sentía que estaba a punto de desfallecer. Se notaba tan cansada que no sabía si podría dormir. Y aún tenía que ir al hospital a ver cómo estaba Noa, aunque intuía que en poco tiempo estaría mucho mejor.
Olivares y Andrade la vieron alejarse preguntándose cómo semejante enana les había podido meter tamaña paliza. Andrade también se preguntaba qué había querido decir con «Usted haga lo de siempre», y las respuestas que encontraba no terminaban de resultarle agradables.
Noa descansaba en un habitación para ella sola. Le habían colocado una vía en el brazo y la estaban medicando con calmantes y suero. Había gastado mucha energía y se había deshidratado. La tensión de tantos años, acumulada en una habitación de diez metros cuadrados, la había dejado exhausta.
Un agente uniformado custodiaba la habitación. Puro protocolo. Nadie consideraba que hubiese riesgo de eliminación de un testigo por parte de nadie, pero querían hacer las cosas bien.
Cuando Iria llegó, Noa dormitaba con los ojos semiabiertos. Seguía con la mirada perdida en alguna parte.
—¿Qué tal te encuentras, hermanita? ¿Estás bien? —preguntó Iria.
—Estoy hecha una mierda —repuso Noa, tratando de sonreír.
—Ya lo veo.
—¿Está muerto?
Iria asintió.
—No sabes lo orgullosa que estoy de ti. —Iria cogió la mano de su hermana y la apretó con fuerza—. No se puede ser más valiente que tú. Lo hemos conseguido, Noa. Ya pasó todo. Nunca más sentirás miedo por nada ni por nadie. Te lo prometo.
Noa cerró los ojos e intentó escaparse de esa habitación hacia un futuro tranquilo. Pero no lo encontró.
—Igual tienes que disculparte con Axel —dijo.
—Ya lo he pensado, no te creas. Pero creo que paso —contestó Iria—. He pensado durante tanto tiempo que era un capullo que ahora ya no hay quien me lo quite de la cabeza.
Iria buscaba hacer reír a su hermana, pero notó que le faltaban fuerzas. No sabía si debía irse y dejarla descansar. Intuía que sí. Pero no fue capaz de dejar de pensar en sí misma y preguntó lo que llevaba varias horas carcomiéndole por dentro.
—Oye, Noa…
Ella no abrió los ojos.
—Lo de que tuviste una hija… ¿te lo inventaste sobre la marcha, no? Creía que me lo habías contado todo…
Noa no respondió. Se concentró en acompasar la respiración fingiendo un sueño profundo. Deseaba que el mensaje que había enviado minutos antes al móvil de Axel diciéndole que quería ir a Madrid a conocer a su hija, ya tuviese el doble check azul y quizá —ojalá— una respuesta cariñosa.