Axel
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Madrid, viernes 29 de marzo
—Lo siento, Axel.
—No pasa nada. Decidimos hacerlo así. Creímos que era lo mejor para los dos. Yo en tu lugar también me habría odiado.
—Antes de morir, Omar me habló de una gente de Madrid. Gente de la droga. Ellos le encargaron el asesinato y le enviaron la polla del periodista.
—Te mintió, Iria. Eso no tiene ningún sentido.
Axel se había puesto guapo. No sería un cita al uso, pero él era coqueto. Y sabía que al otro lado de la mesa no iba a faltar elegancia.
Había aprovechado la mañana para correr por Madrid Río y todavía tenía rosadas las mejillas. Le había dado el sol y no se había puesto crema protectora. Corrió pegado a la orilla del Manzanares. Pasando por las ruinas del estadio Vicente Calderón. Un templo para mucha gente, en el que Axel no había estado más de dos veces. Y las dos había perdido el Atleti. Por eso sus colegas le habían prohibido volver.
Por gafe.
A Axel le asombraba que hubiese gente medio formada, con estudios superiores, un máster, tres idiomas y muchas más mentiras en el currículum, que pudiese creer en esas sandeces. ¡Qué puñetas tendría que ver que un chaval de Vigo, con el pelo rapado y ojos verdes, se sentase en un asiento rojo de la tribuna de un estadio en Madrid, con que un puñado de ignotos paquetes no fuesen capaces de meter un gol más que su rival! Pues había quien lo creía de verdad. Y no se detenían a pensar que los dos partidos en los que le prestaron un carné de abonado a Axel fueron un derbi contra el Real Madrid —que ese año ganó liga y copa— y la ida de unos cuartos de final de la Liga de Campeones contra la Juventus de Turín —que ese año (como todos los años) ganó el Scudetto en Italia—. Eso era lo de menos. Las derrotas eran culpa de Axel.
Tócate los huevos.
Axel se encontraba muy bien. En los últimos días había recuperado las buenas sensaciones corriendo y había recobrado la ilusión y la confianza en hacer una buena carrera el domingo.
Porque la carrera ya era el domingo.
El tiempo se le había echado encima y los cuarenta y dos kilómetros y pico del Maratón de Madrid estaban ya a la vuelta de la esquina. Aunque esa esquina estuviese lejísimos de la salida, en el paseo del Prado. A las 8.30 de la mañana.
Pero antes de esa cita tenía otra. Que no era una cita al uso. Pero quería pegarse un buen homenaje. Casi sin alcohol, de acuerdo. Pero con carne y postre. Axel entró en el portal número uno de la Gran Vía de Madrid y subió a la primera planta. A su derecha, una barra en forma de media luna lucía abarrotada. Varias parejas compartían risas y confidencias al abrigo de una cerveza bien tirada y el mejor pincho de tortilla de la ciudad.
Los camareros, convenientemente uniformados, se repartían las tareas. Escenificaban una coreografía ensayada mil y una veces. Como un musical de Stanley Donen. Unos preparaban cócteles, otros servían raciones y otros recogían y limpiaban la superficie de madera lacada sobre la que reposan buena parte de los ingresos del local.
Axel entró con el garbo de un Fred Astaire de las Rías Baixas. Estimaba las cosas bien hechas.
Y esa barra era de lo mejorcito de la ciudad.
El maître le vio a lo lejos, le reconoció de otras veces y se acercó a recibirle. Un tipo de tez morena, patillas largas y finas, gafas de pasta y modales de alta cuna le dio la bienvenida. Aunque sus manos ásperas y trabajadas hablaban de una cuna bastante más baja. En cualquier caso, respondía al nombre de Mario. Por su aspecto más Kempes que Bros. Pero su apellido era Closas.
Se recibieron con un apretón de comedida intensidad y Mario le dirigió hacia su mesa, donde —como ya sabía— le estaban esperando.
Axel caminaba ufano. Le encantaba ese restaurante. De la misma manera que le encantaba recomendarlo y llevar allí a gente. Descubrírselo a un grupo selecto de compañeros de vida, de buen paladar y suficiente buen gusto como para ser capaces de apreciarlo. El grupo era selecto por incomparecencia, porque esa gente no abundaba.
Del sitio le gustaba todo menos el nombre: La Primera de Gran Vía. Si habían contratado a una empresa de naming para aquello, Axel esperaba que estuviese dirigida por un familiar —exconvicto— del propietario del grupo gastronómico. Un tipo al que habían intentado reconducir tantas veces sin éxito, que habían optado por integrarlo. Si no era así, Axel esperaba que nadie hubiese desembolsado ni un céntimo por ese trabajo. La policía no tiene tiempo para estar encima de toda clase de delitos.
A partir del nombre, e incluso eso, Axel lo perdonaba todo allí dentro.
El local era divertido, grande y acogedor. Con muchas plantas y macetas que le conferían una aroma selvático a todo el conjunto. El servicio era impecable; recordaban el nombre de la clientela aunque fuese la segunda vez que comían allí; recomendaban platos fuera de carta y acertaban con las sugerencias; ajustaban el precio para que todos los bolsillos pudiesen probar varios platos en cantidades controladas.
Y lo más importante, lo mejor: la comida. Todo estaba verdaderamente rico.
Si alguien merecía reconocimiento en ese local, era el chef. Y junto a él, el jefe de repostería. En La Primera se podía degustar la mejor y más famosa tarta de queso de la capital. Si es que no se había agotado ya cuando llegabas.
Pero dicen que el diablo está en los detalles. Y Axel había quedado para comer con la persona más detallista que había conocido nunca. Por eso sabía a ciencia cierta que en aproximadamente noventa minutos estaría hendiendo su cuchara en una textura cremosa y semiliquida de varios quesos templados con base de galleta.
—Hola, Evita.
Eva Vilda no se levantó. Efectivamente, estaba muy guapa. La elegancia le venía de serie. Por eso Axel se alegró de haberse puesto una camisa azul marino con button down en el cuello, unos vaqueros Nudie Grim Tim ajustados, pero respetando su edad, y unas Nike grises Tailwind 79 con el aspa negra.
Las de Eddie Murphy en Superdetective en Hollywood.
Eva lo veía con cara de «Vas muy bien vestido, no como otras veces», pero en su boca Axel leyó otra cosa.
—Me gusta el sitio —Eva sujetaba un negroni en su mano derecha—, casi podría decir que me pega más a mí que a ti.
—Por eso te he traído. Para que descubras sitios nuevos. Que ya va siendo hora.
—¿Nakeima, bien?
Axel se acordó de Alicia y de que no le había respondido al mensaje de Instagram. Y no la culpaba.
Tengo que mandarle otro.
—Nakeima muuuy bien —respondió. Un incómodo pinchazo le recorrió la espalda al recordar aquella noche.
—Espero que pongas tanto énfasis cuando hables de las cenas que celebras conmigo —le advirtió Eva.
—Tú me das otras cosas.
—¿Ah sí, y qué cosas te doy yo?
—Tú me ayudas a resolver crímenes de los que habla toda España.
—Preferiría darte énfasis. —Eva se arrepintió al momento de no haber ahogado ese pensamiento y haber permitido que Axel lo oyese. Aunque le daba casi más vergüenza haberlo escuchado de sí misma—. Ha sonado raro. Olvídalo —se excusó, lanzando una sonrisa glacial.
—Olvidado.
Mario se acercó a la mesa y Axel le indicó que tomaría lo mismo que su amiga.
—Pero, si puede ser, lo tomaré con menos cantidad de ginebra y más Campari. Para que no esté tan amargo.
Ojito conmigo.
Eva Vilda sonrió por primera vez.
—Me tienes impresionada. Sí, señor. Va a ser verdad que me escuchas y todo. ¿O es que te has enamorado?
Axel eludió la indirecta. Le resultó demasiado directa.
—Te escucho, Evita —dijo—. Y por eso he querido invitarte a comer. Para darte las gracias. No quiero que parezca que solo te convoco cuando te necesito.
—Era lo que parecía —respondió ella, dándole un sorbo controlado al negroni—. Pero ya sabes que no me importa. Disfruto de tu compañía y ya me he habituado a tu impuntualidad.
Eva Vilda cruzó las piernas y sin querer le dio una patada a Axel por debajo de la mesa. No se disculpó. Y abrió la sesión.
—Al final fue la exmujer —comentó Eva.
—Sí. Con la ayuda de su amante. Contado así parece todo tan clásico que Hitchcock lo habría resuelto en cuestión de hora y media. Pero era más complicado de lo que parece.
—¿Y cuál fue el motivo real?
Axel no descifraba a qué se refería Eva Vilda con «real».
—Supongo que no fue un solo motivo. Fue más bien un cúmulo de factores.
Joder, parezco Cueto.
—¿Dinero? —preguntó Eva.
—No. O sea, tienen pasta, pero no fue ese el motivo.
—Pues eso sí que es raro —dijo Eva—, porque normalmente donde hay dinero hay motivo.
Axel sabía que tenía razón, pero no en ese caso.
—Esta mujer, Coloma, tiene una personalidad bastante exagerada. Está acostumbrada a mandar y poco habituada a perder. Suele conseguir lo que se propone. Es fuerte y atractiva. Y esas herramientas te abren muchas puertas si sabes utilizarlas bien.
—Pero ¿por qué se lo cargó?
—Despecho. Celos. Un poco de las dos cosas. Goya se había ido de casa, y al irse se metió en un mundo muy jodido de sexo y lujuria. Bueno, en realidad ya se había metido antes. Y quizá por eso se fue. Hablamos de una red ilegal de prostitución y tal vez de trata de menores. Un agujero siniestro de la alta sociedad en el que pretendo meter la nariz en cuanto se calmen un poco las cosas.
—Hace poco escuché en una película de Garci: «Si das con la verdad, la vas encontrar envuelta en mierda». Si esto fuese una peli, creo que sería a ti a quien iría dirigida la frase.
—Es posible. Pero ya me conoces. La mierda me atrae —sentenció Axel, que justo en ese momento se dirigió al maître para indicarle que comerían todo lo que les fuesen trayendo. Que se ponían en sus manos y en las del chef.
A Eva no le hizo demasiada gracia. Siempre pedía ella. Le gustaba asumir esa responsabilidad. Si acertaba o fallaba era cosa suya. Pero no dijo nada. Se limitó a rubricar en cada elección, en cada plato, que Axel había acertado con el sitio.
A lo largo de la velada, les fueron trayendo varios platos y medias raciones: croquetas cremosas de jamón, buñuelos de merluza, albondigas de bonito, huevos rotos con foie y el famoso jarrete de ternera.
Antes de la tarta de queso, Eva Vilda, como hiciera en el restaurante Sacha la última vez que se vieron, ya había acabado su negroni y media botella de vino. Axel se había bebido la otra media. Y una vez resuelta la conversación sobre el crimen, Eva Vilda consideró que tenían otros asuntos que resolver.
—¿Qué tal la peque?
—Bien. Ahora tendré más tiempo para ella —dijo Axel disculpándose, como si Marta estuviese escuchando—. ¿Qué tal Carlo? ¿Y Tom? ¿Está muy grande?
—Me voy a separar.
Una tarta amarilla y untuosa de desparramó delante de sus narices en un plato de postre que colgaba de un antebrazo en el que se podía leer un tatuaje que decía «Love Mom». Mario tenía el don de la oportunidad.
—Les traigo dos cucharillas y además de la joya de queso, un flan de vainilla de parte de la casa. Dice el repostero que quiere que lo prueben. Está pegando muy fuerte.
Ninguno de los dos dijo nada y Mario se marchó pensando que los había dejado sin palabras.
—¿Cómo que te vas a separar? ¿Ha pasado algo? —preguntó Axel.
—No. Por eso me separo.
Axel desvió la vista hacia el suelo y se limpió los labios con la servilleta. Sabía de qué le hablaba.
—Nunca pasa nada, ¿no? —dijo.
—Nunca pasa nada, Axel. Son muchos años sin que pase nada. Y ¿sabes qué pasa? Que yo también quiero ir a Nakeima.
—¿Te refieres a ir conmigo? —preguntó él mostrando una sonrisa bobalicona.
—Contigo o sin ti. Quiero lo que significa ir a la Nakeima. Y quiero probar ya esa maldita tarta de queso.
Fue Eva quien hundió primero la cuchara en la masa uniforme y cálida de varios quesos asturianos que se derramaba por el plato formando una paleta de diferentes gamas de amarillos y naranjas. Como una parada de taxis en Nueva York.
Una explosión dulce le estalló en las papilas gustativas. Como una ola de placer que recorrió su garganta con la fuerza de una cascada láctea. Eva no pudo evitar apretar los ojos para intensificar la sensación de placer. Ese tipo de detalles eran los que le alegraban la vida a Axel.
Acertar.
Ganar.
Sin embargo, no reaccionó. Estaba preocupado.
—Pero vamos a ver… ¿tú estás bien? ¿Necesitas algo? Cuéntame… ¿Y cómo se lo ha tomado Tom?
—Tom mejor que Carlo. Los niños se adaptan a todo, ya sabes. Sin embargo, su padre… El pobre está hecho polvo. Dice que no lo entiende, que me ha dado los mejores años de su vida sin pedir nada a cambio…
—Bueno, ahora te esta pidiendo algo a cambio al decirte eso —interrumpió Axel.
—Dice que nunca ha mirado a otras, que ha dejado pasar muchas oportunidades, que no le puedo hacer esto, que le estoy dejando tirado, que le estoy destrozando la vida…
—Joder.
—Sí.
—Y tú ¿qué le dices?
—Que lo siento. No sé qué más puedo decirle. Es que todo lo que me reprocha es cierto. Pero yo no era feliz. Sin embargo, no se lo reprocho.
—Es que tampoco creo que sea su culpa.
—Ni la mía.
—Ni la tuya. O sí. O quizá sea culpa de los dos. Pero, en realidad, ¡qué más da de quién sea la culpa! Esto no es un asesinato. Tener un culpable ni cambia nada ni arregla nada.
—No sé, Axel. Soy muy joven todavía y tengo derecho a dejar de sentirme como una anciana que llega a casa del trabajo, prepara la cena, pone la lavadora, se tira en el sofá, se enchufa una serie, se queda dormida a los quince minutos, se va a la cama, se despierta, despierta al niño, le viste, le prepara el desayuno, desayuna, lo deja en el cole y se va a trabajar. Y vuelta a empezar. Un día tras otro. ¿Qué es lo más emocionante que nos ha pasado en los últimos dos años? ¿El fin de semana que dejamos a Tom con los abuelos y nos fuimos a mirar el móvil a París? No quiero esa vida. No tan pronto. Quizá no la quiera nunca. Pero desde luego, no ahora.
—Lo entiendo —dijo Axel probando, al fin, el flan.
No tenía los sentidos para demasiadas florituras y a esas alturas de la comida ya sabía que se iba a tener que inventar, cuando le preguntase Mario, que todo estaba riquísimo. Sabiendo que, ademas, sería cierto. Pero no era capaz de discernir entre lo bueno y lo sublime. Lo que estaba escuchando le tenía obnubilado.
—¿Y el niño? ¿Qué vais a hacer? ¿Lo habéis pensado ya?
—Custodia compartida. Una semana cada uno. En eso estamos de acuerdo. Ya veremos si Tom va cambiando de casa o lo hacemos nosotros. Eso no va a ser un problema. Ya lo hemos hablado. Haremos lo que sea por protegerle. Nuestra prioridad ahora es que no sufra y que todo a su alrededor sea lo más natural posible. Tiene seis años. Cuando se quiera dar cuenta, estará totalmente acostumbrado a la nueva situación.
—Joder. Qué madurez. No es habitual en mitad de un proceso de separación. El dolor suele nublar el juicio.
—A mí solo me nubla el vino —repuso Eva, con ganas de que dejasen ya de hablar de ella.
Para lograrlo, remató la comida con una cucharada rebosante de flan que, según dijo desde ese día, era el mejor flan que había tomado, y devolvió la posesión del balón.
—¿Y tú? ¿Sabes algo de Noa?
—Poco —respondió Axel, sin poder evitar parecer seco.
Eva apoyó la cuchara en el plato del flan y pasó al ataque.
—Acabo de abrirme en canal, Axel. Me va a molestar que seas como siempre. Te lo advierto.
Mierda. Tiene razón. Siempre tiene razón.
—¿Me estás chantajeando?
—No. Una amiga nunca haría eso. Y eso es lo que somos, Axel, amigos desde hace muchos años. Todos los que llevo deseando saber qué sientes cuando piensas en ti. ¿Y sabes qué pasa? Que es imposible.
—No siento gran cosa.
—No dices gran cosa.
—Porque no lo siento.
—Eso es mentira.
—Como quieras.
—Ves. Me estoy molestando —dijo Eva—. Pide la cuenta. O mejor, encárgate tú. Que te toca. Yo me marcho ya, que tengo algo de prisa. Gracias por escucharme. Ojalá algún día seas capaz de dejarme escuchar a mí.
Eva cogió su bolso del respaldo del asiento y se fue sin besar a Axel. En realidad nunca lo hacían. Normalmente se abrazaban. Pero tampoco. A pesar de ello, él pudo saborear la estela de frescor que dejó ella tras de sí. Comprobó que caminaba más ligera. Como si se hubiese quitado un peso de encima. Un peso que ahora llevaba él.
Cuando Mario llegó con la cuenta, Axel verificó que les habían invitado a los postres. Mostró su agradecimiento y se inventó sus impresiones sobre el flan.
—Vaya muerte dulce —dijo.
Sin embargo, en el corazón de las amígdalas notaba que el final de la comida le había dejado un regusto de los más amargo.
Axel decidió volver a casa dando un paseo. Desde Gran Vía, atajando por el barrio de Las Letras, se plantaba en La Latina en diez minutos.
Iba dándole vueltas a la resolución de su amiga. Al cambio de rumbo, al cambio de vida que había tomado Eva Vilda.
Desde luego era valiente. Llevarle la contraria a las decisiones que has tomado en los últimos ocho años porque te han llevado a un sitio que no esperabas no debe ser nada fácil. Axel, por ejemplo, no se llevaba la contraria ni al echarle sal al café. La culpa, en ese caso, sería del subnormal que había puesto la sal en un azucarero. O del papanatas que le vendió azúcar blanco en lugar de moreno. De cualquiera menos de Axel.
Y hay que ser muy humilde para decirte a ti mismo que te has equivocado y que no eres feliz. Reconocer que la gente a la que quieres no es suficiente. Hacer daño sabiendo que va a doler. Corroborar que tu proyecto ha fracasado. Pulsar el botón de «reset» y esperar que funcione. Axel esperaba acertar con sus decisiones porque a él la humildad no le pasaba bien por la garganta.
Pasó por delante de una de sus tiendas de ropa favoritas y pensó en parar a comprarse algo bonito. Una camiseta básica y gastada, de las que sientan bien después de tomar el sol, un capricho para impresionar a…
Mierda, Alicia.
Se había enfadado de verdad. Aunque era cierto que Axel le había dejado la puerta abierta a no contestar cuando le dijo que si no lo hacía, él iba a insistir. Igual era lo que ella quería. Una compensación.
Dios, qué difícil todo.
Se le estaba acumulando el trabajo. En unas horas tenía que recoger a Marta en el cole. Tenía ballet y no salía hasta las siete de la tarde. Eso le daba cierto margen.
También tenía que contestar a Noa, que quería venir a Madrid. Y debía llamarla ahora que ya había salido del hospital y estaba más calmada.
¿Por qué no lo hacía?
Toda la vida esperando para saber quién la violó, para desbloquear ese «laberinto del fauno», para que se terminasen las terapias telefónicas y para verla sonreír, y ahora que ese camino se había despejado, él desaparecía.
Y lo peor de todo es que intuía por qué.
Llevaba varios días con un pensamiento atravesado en el hipotálamo. Como un gas de esos que te mandan a urgencias pensando en que te espera el quirófano, la anestesia, la rehabilitación y quién sabe si la muerte. Una molestia que puede no ser nada, pero que te hace pensar que lo es todo.
Y que no paraba de crecer.
Axel buscaba en su interior y no le gustaba lo que encontraba.
No era angustia.
No era miedo.
No era desazón.
Eran dudas.
Las putas dudas.
Y normalmente las aplacaba con el paso del tiempo, pero en este caso habían crecido como el jodido Empire State.
Miró el reloj. Las 15.45. Tenía margen. Y sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía desde que lo vio en el parque, observando los partidos de baloncesto con esa ridícula gorra.
Joder.
Debía comprobarlo. No lo hizo en su momento porque no le encajaba con el esquema que se había montado. Porque le desbarataba sus planes. Porque le jodía el caso.
Acertar.
Ganar.
Sacó el teléfono del bolsillo y marcó uno de los pocos números que tenía guardados en favoritos.
Alicia tendría que esperar.
Noa tendría que esperar.
—Loor, ¿dónde estás?
—¿Qué pasa, me echas de menos?
—Te echaba. Nos vemos en doce minutos en la puerta de mi casa. En la Cava. Creo que la hemos cagado.