Axel

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Kinder siempre fue un niño muy guapo. El más guapo de la clase. Para muchas compañeras, el más guapo del colegio. Le venía de familia. Su hermano mayor era todavía más guapo que él.

Y cuando eres tan guapo, la vida te va a ir bien.

Eso se lo decía su madre, que siempre le mimó más de la cuenta. Desde que le llevó a aquel casting para ser la imagen de una conocida marca de chocolates.

Desde ese día, en casa supieron que debajo de un cuerpo nervudo, una cara redonda y simétrica, la tez morena y suave, fruto de un mestizaje sutil, y el pelo lacio y negro con la raya al lado milimétricamente peinada, se escondía un ganador.

Kinder, en realidad, se llamaba David Al-Abdel y todos en la familia se esforzaron mucho para que calase el sobrenombre con pronunciación anglosajona: «Deivid».

Pero claro, cuando apareces con la mejor de tus sonrisas y una mirada inocua de «Tranquilo, que esto es sano y no engorda» en el envoltorio de las tabletas de chocolate de las cocinas de medio mundo, la cosa se complica. Porque un día cualquiera llegará un gordo mórbido llamado Andrés, adicto al dulce y castigado a perpetuidad por sus padres por viajar a la nevera por las noches, y te reconocerá. Y le dirá a todos que eres el pringao que aparece en las barritas Kinder. Y desde ese día todo el mundo empezará a llamarte Kinder.

Quieras o no.

Te guste o no.

En el colegio te van a llamar Kinder.

En la vida te van a llamar Kinder.

Así que más vale que lo aceptes pronto y mantengas la sonrisa o lo vas a pasar mal. Y Kinder no había venido al mundo a sufrir.

Eso se lo dijo la psicóloga infantil que habían contratado sus padres, a sugerencia de la directora de la escuela. Al parecer, a esa mujer no le parecía normal que Kinder hubiese cagado en una bolsa en un cambio de clase, ni que hubiese dejado esa bolsa en el pupitre del gordo de Andrés, ni que hubiese mezclado sus excrementos con la chocolatina que el gordo tenía reservada para el recreo. Y decidió que Kinder necesitaba… ¿cómo lo llamó?… Soporte profesional.

Su padre, sin embargo, siempre fue duro con él. Tenía tantas esperanzas puestas en el pequeño retaco de ojos negros y mirada limpia que no le permitía holgazanear. Le puso a su alcance todo lo que necesitaba para triunfar. Es decir, le puso a su alcance todo el dinero que necesitaba para triunfar.

Porque además de guapo, Kinder era rico.

Asquerosamente rico.

Con todas esas facilidades era complicado fallar. Ser un mediocre. No progresar adecuadamente. Y Kinder no falló.

Pero se metió en líos.

Con veinte años todo el mundo se mete en líos. Y dependiendo de la vida que lleves, esos líos son más fáciles de deshacer o son jodidos nudos marineros de cuerda mojada por tres océanos, dos mares y cinco puertos.

Y el lío de Kinder no lo deshacía ni el maldito Long John Silver con su botella de ron vacía. Así de claro.

Una noche, Kinder cogió sin permiso el Porsche de su padre y se fue de fiesta con los empleados de uno de los negocios familiares de más éxito. Y esa gente no era gente normal. No eran casi de carne y hueso. Eran jodidas estrellas del rock. Gladiadores americanos. Jugadores del Racing de Madrid.

Acabaron todos en el reservado de una discoteca de la calle Orense, metiéndole mano a niñas ucranianas menores de edad, que para Kinder eran niñas rusas casi de su edad. Pidieron varias botellas de ginebra y vodka. Y se las bebieron. Pidieron también botellas de champán Dom Perignon. Y unas se las bebieron y otras las agitaron y las derramaron sobre sus cuerpos y sobre los pechos incipientes de sus acompañantes eslavas.

También había droga.

Pero no para todos.

La mayoría de chavales tenían que pasar test y controles periódicos en su trabajo y no podían arriesgarse a arruinar sus carreras millonarias. Kinder sí podía y se arriesgó. Porque a él no iban a hacerle ningún control. A no ser, claro está, que, volviendo a casa con el Porsche de papá, tuviese algún accidente, atropellase a una chica que cruzaba Bravo Murillo a la altura de General Margallo y que esa chica muriese en el acto. En ese caso tendría que darse a la fuga, esconder el coche de papá en el garaje de papá, meterse en la cama, taparse con la manta y esperar a que, a la mañana siguiente, la policía se personase en su casa y que papá y todo el equipo de abogados de papá le sacase las castañas del fuego.

Con el único inconveniente de que, si sabes buscar, esas cositas dejan rastro. Y siempre hay alguien buscando. Normalmente alguien con el pelo rapado y los ojos verdes.

Alguien que te puede joder la vida.

—Estoy barruntando algo que nos puede joder la vida —dijo Axel.

—Me preocupa cero. Mi vida es una mierda. ¿Qué estás pensando? —preguntó Loor.

—Que hemos detenido a una persona inocente y a otra muy inocente.

—Eso es una buena cagada. Las cosas como son. —Loor hablaba mientras metía la dirección en el navegador: dieciocho minutos con el tráfico actual—. Pero yo ya la he cagado mil veces. Una más no lo voy a notar. Tú dime a quién quieres que le pegue un tiro esta vez y bájame un poco la ventanilla.

Axel conducía quemando asfalto, que ya estaba caliente de por sí. Era una tarde de agosto a finales de marzo.

De esas que anticipan lo que está por venir. Al menos tres meses de infierno, aire acondicionado y noches en vela. Y una jugada que el agente Nash trataba de improvisar y que no sabía bien por dónde atacar. Daba por segura la carambola. Y confiaba en no meter la bola blanca.

Ni la negra.

Llegaron en menos de quince minutos. Axel aparcó el Peugeot encima del bordillo. Y cuando una anciana le increpó con el bastón en alto por utilizar la vía pública cómo le venía en gana y castigar a las pobres ciudadanas españolas, patrióticas y católicas, que pagaban religiosamente sus impuestos y no merecían tener que soportar a la malcriada juventud de hoy en día, Axel sacó la placa y le advirtió que, o cerraba el pico o no iba a marcar la «X» de la Iglesia nunca más en su declaración de la Renta. Porque los presos no declaran a Hacienda.

La señora pareció entenderlo y se vio que ese 0,7 por ciento era importante para ella, porque cruzó de acera a tal velocidad que el bastón no era capaz de seguirle el paso.

—Luego soy yo la loca —comentó Loor.

—Todo se contagia. —Axel le guiñó un ojo y se pusieron en alerta—. Esto es lo que vamos a hacer. Yo iré por delante y tú ve por detrás. Buscamos a un chaval de unos veinte años. Más aseado que la mayoría de los del parque. Muy moreno y más guapo que el resto. Y con una gorra. ¿Sabes quién es Michael Jordan?

—Ni idea.

—No me jodas. ¿No sabes quién es Michael Jordan?

—Ni idea. De ese equipo solo conozco a Pippen y a Kukoc.

—¿Qué dices?

Axel no entendía nada.

—Claro que sé quién es Jordan, anormal.

—Vete a cagar, ¿quieres? Pues buscamos una gorra con la mítica silueta de Jordan, haciendo un mate con…

—Las piernas abiertas —completó Loor—. Sé de qué me hablas.

—De acuerdo. Vamos.

Después del «incidente», Kinder estuvo un tiempo sin salir de casa. Unas semanas. No le quedaron ganas. Pero si algo vuelve siempre cuando eres joven son las ganas. Y enseguida se reunió de nuevo con sus amigos en garitos exclusivos y noches desenfrenadas. Compaginaba las fiestas con la universidad. Como todos los chavales de su edad. Con tres salvedades.

Que él estudiaba en la Business Marketing School de Pozuelo.

Que desde el primer curso completaba su formación —aprovechando las tardes— con unas prácticas en la potentísima empresa multinacional de su padre.

Y que sus fiestas empezaban después de poner 200 euros de entrada; el dinero de todo el mes para cualquier chaval de su edad.

En clase, Kinder empezó a alternar y a confiar en un colega que parecía de su rollo. Un tipo alto y desgarbado, con el pelo casi afro y casi rubio. Un rara avis. Kinder le llamaba Luke; todos los demás lo conocían como Lucas Goya Duval.

—¡Hey, Luke! —le dijo una mañana—. Esta noche tenemos movida. Estos cabrones juegan contra el Olympique de Lyon a las nueve y van a querer celebrar la victoria. Quedamos a medianoche en el Balls. Como todos los miércoles.

—No sé si voy a poder, tronco. Mis viejos están de movidas en casa. Y el lunes tenemos examen con la loca.

—Bueno, como tú veas. Pero va a venir Olga. Y ese caramelito por ahí suelto no te va a durar mucho sin que lo baboseen.

All in.

Farol o no, Kinder sabía que Luke iría. Le tenía cogido por los huevos. En realidad, él no. Era Olga quien le tenía atontado. Pero para el caso era lo mismo. El cándido de su colega se había enamorado.

Mal.

Esa era la norma número uno: puedes tocar, puedes besar, incluso puedes follar, pero joder, no te puedes enamorar de una prostituta de diecisiete años, recién aterrizada desde los Montes Urales, que no tiene nada que perder y hará lo que sea por tener una nueva vida en España. Una nueva vida que no va a conseguir porque la mafia que la ha traído hasta aquí le va a succionar hasta el último euro y la última gota de semen que trague, con tal de que sus beneficios no bajen y de que nadie se salga del rebaño y cante donde no tiene que cantar. Una nueva vida en la que Luke llevaba días pensando y a la que su razón apenas oponía ya resistencia. Porque su razón le decía que era imbécil. Que lo había visto mil veces en las películas. Que se estaba dejando engañar.

Pero su corazón le decía que se tatuase el nombre de Olga en la espalda con tinta mineral imborrable, con letras del tamaño de su inocencia.

La psicóloga le había explicado a Kinder, en una de sus sesiones de diván, que todos tenemos una capa de educación, experiencia y aprendizaje de la cultura popular que se va construyendo como protección, como advertencia. Un sistema de alarma de máxima seguridad ante todo tipo de engaños. Kinder no le dijo nada a la psicóloga, pero tenía claro que la capa de Luke era ya tan fina como el papel OCB premium en el que se liaba los porros de marihuana que fumaba con Olga, antes y después de follar.

A Kinder no le gustaba Olga.

A Luke le fascinaba. Lo que más le gustaba de Olga no eran sus piernas kilométricas de piel de basalto. Ni sus pechos de agua de solución salina. Ni su mirada lánguida cuando él la poseía. Ni su mirada fulgurante cuando creía que él no la estaba observando. Ni siquiera su capacidad para bailar durante horas encima de él suplicándole que, por favor, se la metiese más adentro.

Lo que más le gustaba de ella era su diastema. Esa sutil separación entre los dientes incisivos superiores, por la que se colaba el humo vacilante del tabaco durante el día y la lengua húmeda de Luke durante la noche. Un rasgo peculiar que la acercaba a las portadas de los discos de los ochenta que los padres de él guardaban en casa. Que la convertían en la reencarnación de la diva del pop.

La Madonna del Este.

Pero Madonnas hay muchas y Luke sabía, sin temor a equivocarse, que Olga no era la Madonna de Like a Virgin. Podía confirmarlo en primera persona. Era testigo directo. De virgen no tenía nada. Ni siquiera llevaba la «L» de novata. Era una maldita enciclopedia práctica del sexo. Una Wikipedia sexual cirílica.

Luke lo aceptaba sin celos ni temores. Solo esperaba que Olga tampoco se convirtiese en su Material Girl. Que si no sentía lo mismo que él, que al menos sintiese algo por él. Algo de verdad. Que Kinder estuviese equivocado.

Aunque Kinder solía tener razón.

Como había vaticinado, esa noche el Racing de Madrid venció con comodidad a los franceses de Lyon. Como había vaticinado, a las doce y cuarto de la noche, Luke estaba entrando en el Balls oliendo a la colonia de su padre. Y como siempre, Kinder le esperaba sentado en un sofá de terciopelo, fumando en una cachimba, después de meterse dos tiros de coca —uno detrás del otro— y viendo cómo Olga se dejaba querer por cuatro niñatos del extrarradio.

—Ahí la tienes —le gritó al oído—, echándote de menos. Un día me la voy a follar yo. Para demostrarte lo puta que es.

—Hazlo y te reviento.

—¡Eh! No seas macarra. Que no te pega nada.

Kinder hablaba balanceando su cuerpo al ritmo de los versos rítmicos de Daddy Yankee.

Con calma,

yo quiero ver cómo ella lo menea,

mueve ese poom-poom, girl.

Es una asesina

cuando baila, quiere que to’ el mundo la vea.

I like you poom-poom girl.

Luke caminó decidido por la pista y rescató a Olga de las babas de cuatro bobos. Como si lo necesitase. Como si tuviese ese poder sobre ella.

Esa noche acabaron haciéndolo en el baño del Balls. En uno de los compartimentos con váter que solo se usaban para meterse tiros y follar. Allí mismo, Olga le bajó los pantalones y se arrodilló ante su polla. La tomó con una mano y se la metió en la boca, mientras con la otra le agarraba el culo. Cuando después de varias acometidas —dentro-fuera— notó que a él le daban latigazos de placer y que estaba a punto de correrse… se apartó.

Se incorporó y se fue.

Sin mediar palabra.

Sin final feliz.

Era su forma de decirle que sabía cuidar de sí misma, pensó Luke. Lo que realmente quería decirle se lo dijo un par de horas más tarde.

—Kinder está pasando coca en la Uni. Y está ganando mucha pasta. Necesito que tú hagas lo mismo por mí. ¿Quieres que me pase la vida haciendo mamadas en los baños? Porque yo no quiero. Necesitamos pasta. Yo pongo la droga. Tú te encargas de moverla. Y en poco tiempo nos vamos a vivir lejos de aquí. Tú y yo solos, mi amor.

Luke le dedicó una mirada roma y solo acertó a decir:

—Me piro.

Una evasiva. Una huida hacia delante. Un paso más.

Kinder, que ya flotaba por la pista de baile, vio cómo los rasgos de Olga se volvían a afilar cuando Luke se marchó.

Una loba con piel de lobo.

Un ciego de espaldas.

Una carretera.

Sin final feliz.

Axel cruzó la calzada sin correr. Tampoco iba andando. Se subió a las gradas de la pista de baloncesto en la que se estaba jugando un partido a toda la cancha y se sentó a observar. Los chavales siguieron a lo suyo, aparentando normalidad, pero a nadie se le escapaba que había llegado la poli.

Se había corrido la voz desde la última vez que habían estado allí. Tampoco es que hubiesen sido especialmente discretos. Ahora todos miraban a Axel como se mira a una bandera LGTBI en una manifestación de ultraderecha.

Al menos, no había ni rastro del hijo de su compañero. Si seguía pasando hierba lo estaría haciendo en otro lugar. Las botas de Loor habían tenido un efecto devastador.

Ahora, esas mismas botas esperaban encendiéndose un cigarro al otro lado de la calle. Axel vio cómo su compañera le regalaba una calada profunda a sus pulmones y le hacía un gesto de «Aquí no hay nadie». Él le devolvió un gesto de «Ve poniéndote cómoda porque tenemos que esperar».

No más de dos horas. A las siete tenía que recoger a Marta en el cole y ya se estaba empezando a impacientar. No había ni rastro de la gorra de Michael Jordan. Por no haber, no había ni una camiseta de los Bulls.

Estos mocosos no habían nacido en los 90.

El sol era demoledor. Axel notaba que el sudor le pegaba la camiseta a la espalda, como una ventosa de agua. Al menos llevaba las gafas puestas. Lo hacía para ocultar la mirada, pero estaba matando dos pájaros de un tiro. Aunque de momento allí no había mucho que ver.

Sacó el teléfono y trató de aprovechar el tiempo. Hizo una llamada administrativa.

—Tengo una buena noticia y una mala.

—No empieces, Axel.

—¿Cuál quieres primero?

—La mala.

—Pues la buena es que tu chaval ya no está pasando hierba en el parque. Parece que ha funcionado. ¿Te comentó algo? ¿Le has notado diferente?

—Le noto acojonado. Eso es lo que noto. ¿Qué le hiciste, Axel?

—Salvarle la vida. Eso hice.

—¿Me vas a decir ya la mala noticia?

—No es mala, joder. No seas pesimista. Siempre ves el vaso medio vacío. Y eso en los días buenos. ¿Te acuerdas de lo último que te pedí… lo del hijo de…?

—Oye, Axel. Esto no es barra libre. No voy a pasarme la vida poniendo mi carrera en juego.

—Que no, joder. Que esto no es barra libre, pero al menos deja que me tome un par de copas. Que he conocido a tu hijo y he estado en el parque en el que se movía. Que era una magdalena en una celda de aislamiento. Hazme caso. Venga, apunta. Necesito que investigues a esta empresa.

Al otro lado de la línea, Axel escuchó cómo un papel era arrancado de una libreta y un bolígrafo hacía clic al ser apretado su pulsador.

Empezó a escribir.

—¿Esa no es la empresa de…?

—Exactamente. Tienes dos horas —advirtió Axel—. No me gustaría tener que visitar de nuevo a tu chaval. Que el insomnio es muy jodido.

Axel colgó sin esperar réplica.

No era elegante amenazar a un compañero después de utilizarle, pero el caso lo requería. Y antes le había utilizado a él. Así que estaban en paz.

Cuando colgó y levantó la vista, un escuálido pelirrojo acababa de lanzar un triple de siete metros que golpeó con estrépito contra el tablero. Una piedra que resonó en todo el barrio. Algunos chavales se giraron hacia Axel con cara de «Venga, coño, que eres poli, deberías multarle». Pero Axel no estaba allí para multar a nadie. Axel estaba esperando a que apareciese la persona que tenía la llave maestra. La pieza que las encajaba todas.

El jodido Frodo Bolsón en toda esta mierda.

Tenía que estar alerta. Con los cinco sentidos en tensión competitiva. Igual que Loor, que a estas alturas ya…

Mierda. ¿Dónde coj…

Loor no estaba.

Axel notó como la sangre empezaba a galopar por su sistema nervioso como búfalos en estampida. Latigazos de ansiedad le mordisqueaban la sien. Le costaba pensar con claridad.

Joder.

Loor se había esfumado.

Y eso solo podía significar una cosa.

Y solo de imaginarlo a Axel le cruzó un escalofrío por todo el cuerpo.

—¿Sabes lo que significa eso o necesitas que te lo traduzca? —preguntó Kinder.

—Para qué preguntas si me lo vas a decir igualmente —le dijo Luke.

—Significa que no llegas a viejo. Estás en ese momento de la vida en el que dentro de unos años, cuando mires atrás, podrás decir «Ahí empezó a irse todo a la mierda, ¿por qué coño no hice caso a mi colega Kinder cuando me cogió de los hombros y me puso la verdad ante las narices?».

Kinder hablaba convirtiendo las erres fuertes en erres dulces. Era algo adquirido. Y agarraba a Luke de los hombros con ambas manos. Sin apretar la carne. Solo pretendía ser un apoyo. Por eso se apoyaba.

—Pero, tronco, si tú estás haciendo lo mismo —protestó Luke.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. Pasas coca en la facultad desde hace varios meses y te va de puta madre. No veo que la vida se te esté yendo al garete. No veo que necesites que nadie te dé consejos de mierda que no pides.

—¿Tú has atropellado a alguien? ¿Tienen algo con lo que apretarte los huevos y dejarte sin respiración? ¿No? Pues entonces escapa. No seas mamón. Hay mil putas como Olga.

Kinder se arrepintió de haber sido tan especifico en la utilización del idioma castellano. La palabra puta se ajustaba como un guante a la realidad, pero entre puta y «amor de tu vida» hay un término medio menos corrosivo y explícito que podía haber empleado.

—Si la vuelves a llamar puta, te juro que te mato —amenazó Luke.

Kinder bajó los brazos. El contacto físico puede ser contraproducente cuando un loco se calienta.

Y buscó una salida.

—Venga, tío, no me jodas. No digas esas cosas. Que no estamos en Hollywood. ¿Quién te crees que eres, Pretty Woman? No me amenaces de esa forma, joder. Porque fijo que un día se me va a volver a escapar y vas a pensar que, como me lo has advertido, tienes que pegarme un tiro. Y no. Estoy por llamárselo otra vez ahora que no tienes una pipa cerca y dejar que incumplas tu juramento. ¿Lo hago? ¿Se lo llamo de nuevo y nos quitamos ese peso de encima?

Luke se fue sin añadir nada más. Kinder no volvió a referirse a Olga de esa forma tan maligna y dañina para su colega. Fue consciente de que estaba dando cabezazos contra un muro e iba a acabar haciéndose daño.

Desde ese día empezó a llamarla «tu piba». Y con acierto. Primero porque en eso fue en lo que se convirtió, si no entramos en demasiados detalles. Y segundo, porque se ahorraba una bronca y no le costaba nada. Podía pensar lo que quisiese pero mejor con la boca cerrada.

Kinder y Luke empezaron a coger cierta fama. Se repartieron el territorio. Primero coparon las fiestas de su universidad. Luego ampliaron el círculo a otras facultades. A otras discotecas. A otros barrios. A otras tribus urbanas. A otros grupos étnicos. Hasta que más o menos tenían controlado todo el cotarro de la noche madrileña, desde Fuenlabrada hasta Las Rozas.

Y empezaron a hacer pasta.

Mucha pasta.

Sin que nadie hiciese preguntas, más allá de los rusos.

O ucranianos.

O de dónde coño fuesen.

Kinder les llamaba los Vodkas y a Luke le parecía bien ese apodo. Le gustaba más que puta.

Juntos empezaron a gastar. Es lo que tienen los ricos. Que pueden derrochar cantidades ingentes de dinero y a nadie le extraña. Es más, es lo que se espera de ellos.

La retórica del poder.

Kinder lo había leído en alguna parte. No es suficiente con aglutinar poder. Hay que demostrarlo. Ser y parecer no son la misma cosa. Si tú eres el jefe de cien tíos, el mundo tiene que saberlo. Esos cien tíos y todos los demás. Y eso requiere un gasto extra. No puedes ser el directivo de una gran empresa y conducir un Seat León. Necesitas un Porsche. De ahí para arriba. No puede ser un capo de la mafia, sea rusa, china, italiana o catarí y vivir en un apartamento compartido de 50 metros cuadrados. Necesitas un chalé. De ahí para arriba. No puedes ser el tío que mueve la coca de todo el pijerío madrileño y no tener acceso a los mejores reservados, las mejores botellas y las mejores putas.

Necesitas a Olga. De ahí para arriba.

Pero de Olga para arriba, para Luke no había nada.

Todo se torció una noche. Como se tuercen estas cosas. De golpe. Sin previo aviso. Sin advertencias. Sin acuse de recibo.

Luke no quería dejar a Olga sin vigilancia para que no se encerrase en el baño con otro. Además, era noche de entrega.

Volvían a casa conduciendo. En realidad, conducía Luke y Olga se encargaba de la música. Estaba amaneciendo. La noche había sido larga. La coca les coloreaba el iris al 90 por ciento. De negro. Sus pupilas titilaban dilatadas como las de Gollum al ver el anillo. Las mandíbulas, prietas. Sus corazones se estiraban como el pelotón del Tour de Francia a punto de lanzar el sprint en la llegada de una etapa llana.

Moviendo todo el desarrollo.

Boom. Boom. Boom. Boom.

A todo tren.

A 1.550 kilómetros por hora.

Circulaban respetando los semáforos, por carreteras secundarias, para evitar controles de alcoholemia. Aunque la tasa de alcohol en sangre era lo que menos les podía preocupar de todo lo que llevaban encima. Los Vodkas les acababan de confiar un cargamento de veinte kilos de coca a dividir con Kinder. Diez para cada uno. Y esa noche lo recogía Luke a través de Olga. Él se encargaba de llevarlo al almacén.

Olga subió el volumen. Llevaban la música a todo trapo. Movían la cabeza al ritmo de la última de C Tangana.

Yo no quiero hacer lo correcto

pa’ esta mierda ya no tengo tiempo…

Y quizá por eso no escucharon el frenazo que pegó una furgoneta negra hasta que la tuvieron delante de sus narices cortándoles el paso. Por detrás, otra furgoneta del mismo modelo les cerraba cualquier salida. No había escapatoria.

Se abrieron las puerta correderas a ambos lados del vehículo.

Y bajaron.

Ametralladoras en ristre y cara de tener prisa.

Les gritaron algo en un idioma que no entendieron, pero comprendieron perfectamente el lenguaje universal de una AK47 apuntándoles a la cabeza. Esa gente no tenía pinta de querer mantener una distendida charla sobre la caída del IBEX35.

—Vale. Vale. Vale. Vale.

Se bajaron del coche.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

RA-TA-TA-TA-TA-TA.

Una ráfaga.

RA-TA-TA-TA-TA-TA.

Otra.

A tomar por el culo las dos ruedas delanteras.

Más gritos que ni dios entendía.

Luke y Olga se tumbaron en el suelo. Él tiró las llaves del coche a los pies de los asaltantes. Los dos se agarraron la nuca con las manos. Con los codos hacia arriba.

—¿Qué coño haces? ¿Por qué tiras llaves? —preguntó Olga con su acento lleno de erres arrastradas.

—¿Tienes una idea mejor? ¡Qué coño crees que están buscando!

Se miraron con cara de despedida. El alquitrán seco les absorbía el olfato. Luke apoyó una oreja contra el asfalto y cerró los ojos, temblando de miedo. Antes de hacerlo vio cómo los atracadores recogían las llaves del coche y abrían el maletero.

Dos mochila Reebok rojas. Un millón y medio de euros por colocar, de lo que Kinder y Luke se llevaban una mordida generosa. Pero un kilo y medio que los rusos esperaban en su totalidad.

Volaron.

Ciao.

Adiós coca.

Más gritos. Chillidos ininteligibles hasta para un políglota de la escuela de idiomas. Los saqueadores tenían la piel oscura y harapienta. Con barbas grasientas y pelo sucio.

Gitanos, penso Luke.

Rumanos, susurró Olga.

Arrancaron las furgonetas y se largaron. Una operación millonaria resuelta en menos de noventa segundos. Eran profesionales. Y Luke, un mocoso asustado. Tan asustado que aceptaría cualquier idea que rondase sus oídos. Y Olga tenía muchas ideas. Y mucha memoria. Y mucho pasado. Aunque Luke apenas sabía nada de él. «Es mejorrr que no sepas», le solía decir.

Por eso, una noche después de follar en el coche, Olga le contó una historia de aventuras. Un cuento casi infantil. Un relato en el que narraba cómo había crecido en la montaña, en una cabaña de madera. Con su madre. Sin su padre, que era alcohólico y los había abandonado. Con un hermano que se alistó pronto en el ejercito rojo. Y con muchos animales, a los que cuidaba, alimentaba y vendía para poder comer. Le contó que un día se produjo un accidente y la cabaña se quemó con su madre dentro y ella lo perdió todo. Se quedó sin el amor familiar y sin el sustento económico del ganado.

Un tragedia griega en Rusia.

Si Luke hubiese preguntado en vez de asentir, quizá habría averiguado que la madre de Olga seguía viva. Que había acordado con el padre —alcohólico, eso era cierto— la venta de su hija pequeña a unos mercenarios mafiosos que traficaban con personas a cambio de muy poco. Unos cientos de miles de rublos y la vida de su otro hijo. Que se enroló en un ejército. Pero en uno mucho más despiadado y maléfico: los Vor v Zakone.

La mafia rusa.

Así fue como Olga acabó en Madrid. Con las balas de una AK47 silbándole en la cara y las pulsaciones en reposo como el pan de cada día.

Si Luke hubiese preguntado aquella noche después de follar en el coche, seguramente entendería mejor por qué él estaba al borde de un ataque de nervios y Olga a punto de quedarse dormida.

Pero no solo no escuchó.

Sino que habló.

Para hacerla sentir mejor. Para solidificar los lazos de intimidad que se estaban forjando esa madrugada. Para sellar un pacto de amor con los secretos más recónditos de su corazón.

Para firmar su sentencia de muerte.

Luke le contó la historia de su padre. La historia de cuando él le pilló en casa con otra… persona. Con todo detalle y el alivio de quien se quita un peso de encima, le contó que su madre estaba de viaje y que él se escapó del instituto antes de tiempo. Que al entrar en casa y subir las escaleras, le vio. En la cama de matrimonio. En el lecho conyugal. Sobre las sábanas donde se despertaba con su madre. Donde él había dormido con ellos tantas veces de pequeño.

Desnudo, triunfal, indómito.

De pie, al borde de la cama. Penetrando con rugosas embestidas el cuerpo níveo de un efebo femenino. Azotando a mano abierta las nalgas trémulas de carne lechal y cruda. Poseyendo para siempre la vida de una niña pegajosa y triste.

No de otra mujer.

De una niña.

Como él. Como Kinder. Como Olga.

Niños jugando a ser mayores. Sin más monedas en el bolsillo y con la barrita de vida exangüe, parpadeante. Con la amenaza de un game over perentorio sobre sus cabezas.

Una historia que Luke jamás le había contado a nadie. Ni a sí mismo. Una historia en la que Olga, comiendo asfalto y tratando de comprender el dialecto en el que los saqueadores le decían que no se moviese, no podía dejar de pensar.

Una historia que lo cambiaba todo.

Cuando se quedaron otra vez a solas, bajo el cielo cabreado del amanecer, se lo dijo:

—Tranquilo, Lucas. Yo tenido idea.

El cerebro de Axel se había puesto en verde y las ideas empezaron a cruzar en todos los sentidos. Tenía la cabeza como el famoso cruce de Shibuya, en Tokio, un sábado por la tarde en temporada alta. Se puso en pie sin saber qué dirección tomar. Echó a correr hacia la canasta más alejada, donde se suponía que vigilaba Loor.

Nada.

Giraba sobre sí mismo. Movía la cabeza en un ángulo completo de 360 grados. Lo hacía convencido de que eso debía servirle para abarcar todo el área de visión de la calle y, sin embargo, no veía nada.

No había ni rastro de su compañera.

El sol caía a plomo. El aire era espeso, enharinado, y entraba en los pulmones como magma volcánico. La tráquea se le estaba encogiendo del enfado que tenía.

De repente vio una ráfaga a su izquierda. Apenas un hilo mal cosido, como una foto movida. A cien metros de su posición.

¡Pam! El ruido sordo de dos cuerpos al caer. Uno encima del otro.

Loor.

Lo tenía.

Le había dado caza justo cuando se subía a una Vespa negra con la que huir sin depender del tráfico. Cuando Axel los alcanzó, llegó sin resuello y se dio cuenta de dos cosas.

Que en el maratón del domingo debía reservar fuerzas al principio. Hasta que sus músculos entrasen en calor.

Y que el hijo de Mustafá Al-Abdel era verdaderamente guapo.

—¿Dónde ibas, Deivid?

El chaval forcejeaba sin mucha convicción para librarse de la rodilla de Loor. Que le aprisionaba el pecho. Esta vez no había sacado el arma. Para evitar tentaciones.

Joder. Se está reformando.

Axel recogió la gorra de Jordan que yacía en el suelo al lado de la moto.

—Dejadme. ¿Qué coño hacéis? —protestó el chaval.

—Sabes de sobra quiénes somos. Y sabes de sobra qué hacemos —respondió Axel calándose la gorra—. Oye, ¿dónde has dejado el Porsche, amigo? A esta zona vienes en moto, eh. ¿No te fías de los panchitos o qué pasa? Así les llamas, ¿no? Panchitos, ¿a que sí? Va, no me decepciones. Estos te parece que son menos que tú y eso que tú eres de dónde eres.

—Nací en España, listo.

—¿Y ellos no? ¿Por eso te crees mejor?

—Deja de moverte —sugirió Loor.

El chaval seguía intentando zafarse. Aleteaba como un pez fuera del agua.

—Axel, dile que deje de moverse. Me está poniendo nerviosa.

—Va, Deivid. Hazle caso. Que esta se calienta rápido. —El chaval vio el arma sobresaliendo en la cintura de la agente Galván y se calmó—. Venga, dime que me vas a ayudar y empezamos nuestra conversación en un sitio más tranquilo. A la sombra. Que te tienes que estar asando con esta encima.

—¿Qué quereis de mí?

—Queremos que elijas, Deivid. ¿Te gusta Deivid o prefieres que te llame Kinder? Lo que tú me digas.

—¿Qué tengo que elegir?

—Asesinato o tráfico de estupefacientes. Lo que tú me digas.

—Yo no he matado a nadie.

—Y a mí qué me cuentas, eso tendrás que decírselo a un juez. A mí me la suda. ¿A ti te importa, agente Galván?

—A mí me la suda —aseguró Loor.

—A mí también —confirmó Axel—. Pero es bueno que sepas que no hace falta matar a nadie para que te caigan viente años. Solo hace falta que lo crea el juez. O que hayas colaborado.

—O que lo hayas ocultado —apuntó Loor.

—Se me ocurren mil maneras de que no vuelvas a ponerte esta gorra en la vida. Y esta gorra ha estado en sitios muy chungos y ha visto muchas cosas, ¿a que sí?

No hubo respuesta.

—Pero si le ayudas, te va a ayudar —dijo Loor.

—Si me ayudas, te voy a ayudar —repitió Axel—. ¿Me vas a ayudar?

—Pero si yo no sé nada.

—¿Trafico de drogas, entonces? ¿Esa es tu elección? La marco. ¿Seguro? Luego no podrás echarte atrás.

—¿No quieres utilizar el comodín de la llamada? —propuso Loor.

—¿No quieres, Deivid? Usa el comodín de la llamada. —Axel sacó el teléfono—. ¿A quién llamamos? ¿A tu padre? ¿Como cuando atropellaste a aquella pobre niña?

Kinder arrugó la cara. El sol le estaba pegando de lleno. La rodilla de Loor seguía apretándole el pecho.

Y Axel sacó el as de bastos.

—O espera… ¿Y si mejor le llamamos a él?

Axel le mostró la pantalla del teléfono y el chaval no pudo evitar abrir demasiado los ojos al ver la foto que el agente Nash tenía almacenada en la memoria de su iPhone. La foto que rescató del móvil de Max. La de Goya entrando en el hotel de la calle San Bernardino minutos antes de ser asesinado.

Kinder palideció y dejó de aletear. El pez se había rendido. Ya no parecía tan guapo.

—¿Te suena esta gorra? —preguntó Axel señalando la foto—. ¿Te gusta Michael Jordan?

—Yo soy más de Pippen —dijo Loor.

—Y yo de Kukoc —replicó Axel—. Y tú tenías que haberte limitado al fútbol como papá, Deivid, porque el puto Michael Jordan te va a meter en un lío de cojones.

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