Axel

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Olga fue la primera en llegar. Lo hizo acompañada de dos compatriotas.

Serguéi. Grande, peludo, gris, y con muchos agujeros por toda la cara. De la piel le colgaban pendientes y piercings de todo tipo. Mirarle a los ojos producía una sensación parecida a la que se experimenta al entrar en una tienda de lámparas.

Y Anastasia. Pequeña, fuerte, opaca, y con más tinta que piel en brazos y cuello. Como una salamandra con fiebre.

Un hombre y una mujer.

Un trío.

Fue Olga quien pagó las dos habitaciones al chino arrugado que repartía las llaves, y juntos subieron al primer piso, esforzándose en llamar la atención. Habitaciones 106 y 108. Ellas vestían trajes de cuero que prometían una noche polivalente. De cine porno amateur.

Serguéi asía una cámara de video Panasonic, que representaba el mejor complemento de atrezzo para que el arrugado propietario del local recordase, si le preguntaban, que esos tres clientes llegaron juntos y tenían un propósito lucrativo: grabar un video casero.

La idea había sido de Olga. Toda la idea. «The big picture», decía ella. Se le había ocurrido la noche del robo. Una noche muy completa. Olga pidió ayuda por teléfono en cuanto las furgonetas negras desaparecieron de su vista y dos bestias tatuadas hasta la garganta los recogieron en menos de dos minutos, se encargaron del coche y los escondieron. Olga y Luke explicaron lo sucedido y se encontraron con lo que ya sabían que se iban a encontrar.

«No es mi problema. Quiero mi pasta o quiero mi droga», les dijo uno de los capos intermedios. Un tipo conocido por su falta de escrúpulos a la hora de saldar cuentas. Por eso había crecido tanto y tan rápido. Por eso tenía la confianza de los rusos de Rusia. Porque no temblaba.

Era un brazo ejecutor. Y ejecutaba rápido.

Pero Olga también era rápida. Más que Luke, que solo escuchaba.

—Lucas, esto es lo que vamos hacer. Tu familia tener dinero. Necesitamos tu padre. Casa de playa. Casa de Madrid. Lo que sea. Vamos a tener que hacer chantaje. ¿Entender?

Luke entender, entendía poco. Estaba al borde de un ataque de pánico, con los sentidos abotargados. Las palabras de Olga se colaban densas en su cerebro. No era capaz de masticar lo que le estaba pidiendo.

Por eso se lo tragó entero.

Ahí se inicio el plan de seguimiento. Un dispositivo de cuatro efectivos. Cuatro rusos muy feos y poco contentos se pegaron como babosas rojas al padre de Luke durante unos días. Y no tardaron en descubrir sus aficiones nocturnas. Su querencia por el placer ilegal. Sus anomalías sexuales. Sus gustos irrestrictos. Su enfermedad.

Y no había enfermera más competente que Olga.

Cumplía todos los requisitos: joven que parecía más joven, adolescente con tintes de pubertad, grandes dotes para el silencio y la clandestinidad, y un cuerpo curtido en mil polvos más duros de lo que ningún Goya podría imaginar.

La trampa perfecta.

Establecieron contacto en una fiesta en Madrid. Goya había acudido con un amigo. Un compañero de la radio con pinta de chico formal. Como casi todos. En un momento de distensión le abordaron y le ofrecieron un catálogo amplio de niñas rusas para manejar al margen de los eventos oficiales. Esa misma noche empezó la cata. Una muestra: Anastasia, dieciocho, 1,75, pocas preguntas, mucha soltura. Una serpiente azucarada que se enroscó durante horas al cuerpo de Goya. Y durante días en su memoria.

«Anastasia es la fase uno», le prometieron.

«Quiero todas las fases —respondió Goya—. ¿Qué esperáis a cambio?».

«Lo irás sabiendo. Cada fase tiene un precio. Dinero en efectivo. Sin huellas electrónicas».

Goya aceptó a pesar de que su amigo de la radio le instó a rechazar la oferta. No lo veía tan claro como él. Los rusos esperaban que el guapito no fuese un problema, de lo contrario… pero no lo fue. Simplemente desapareció.

De ese modo se inició un acuerdo de colaboración espontáneo que se desarrollaba en un hotel de la calle San Bernardino, donde los rusos solían grabar material pornográfico infantil que luego vendían en la dark web.

Olga era fase tres. Menor de edad. Lolita. Con diastema. El sueño de Nabokov. Cuatro cifras la noche.

Luke fue el siguiente en llegar. Tenía el plan en la cabeza. No había demasiado riesgo. ¿Qué podría salir mal? Al fin y al cabo, odiaba a su padre desde mucho antes de que le pillase infraganti con aquella niña. Y mucho más desde aquel episodio. El que se hubiese ido de casa hacía unos meses le permitía, además, deponer los remordimientos que pudieran florecer.

Olga se encargaría de todo.

Él solo tendría que esconderse en el cuarto de baño y con el móvil filmar a su padre follando salvajemente con una menor. De que pareciese salvaje también se encargaba Olga y esa era la parte que más inquietaba a Luke. Su cabeza. No estaba convencido de ser capaz de soportar aquello. Pero era necesario. Tenía que hacerlo. Era eso o la muerte.

Y Luke, sin saberlo, eligió muerte. Olga le había puesto sobre aviso.

Va a doler.

Anastasia, que ya había estado varias veces con la víctima, le había contado a Olga todo sobre Goya. El libro entero. En tres actos. Presentación, nudo y desenlace.

En la presentación, Goya sería amable y educado. Suave como un lord inglés. Caricias, beso, preliminares, sexo oral. Era su forma de enseñar las cartas. De dejar patente sobre la cama que no decía que no a nada.

En el nudo ofrecería su culo. Como una ocurrencia. Una perversión espontánea y divertida. Un acuerdo tácito. Y se dejaría hacer. Olga llevaría el strap-on por si acaso. La grabación de una menor a horcajadas sería material inflamable más que suficiente, pero una menor sodomizándole podía abrir las puertas del cielo.

O del infierno.

Tenía que tener cuidado. Tampoco podía pasarse. «Calcular el impacto» era la frase más repetida por sus jefes en cualquier actividad de extorsión. Los oídos de Olga lo habían escuchado en multitud de ocasiones. Mantener la cocción a fuego medio. Sin que hierva.

Por desgracia, lo había visto otras veces con sus propios ojos. Llegar demasiado lejos y que todo acabe en suicidio. Lo que implicaba quedarte sin nada. Sin grabación, sin extorsión, sin droga, sin dinero.

Sin presente.

Por último, en el desenlace, Goya estaría a su merced. Desvalido. Sin capacidad de reacción. Atado a la cama y de espaldas a la salida.

A las puertas del orgasmo, Olga gritaría por encima de sus posibilidades. Gemidos de placer ficticio. Luke grabaría y se iría sin hacer ruido.

Una faena limpia.

Goya se marcharía por donde había venido. Con la conciencia sucia y los huevos vacíos. Sin sospechas. Y Olga volvería a la habitación 106, donde lo más probable es que Serguéi y Anastasia estuviesen echando un polvo para matar el tiempo.

Después ya vendría el resto.

El mail. El enlace. El vídeo.

El nombre de su hijo. Los documentos de propiedad de su casa de la playa valorada en más de un millón de euros. El cambio de titularidad.

Nudo propietario: Lucas Goya. Usufructo: Mazarov Entreprises.

Un par de sociedades pantalla. Un fideicomiso. Una sede fantasma. Un paraíso fiscal.

La amenaza. La extorsión. El plazo. La cuenta atrás. La deuda. El pago. Delete. Borrar. Archivo borrado. Libertad.

Si todo iba bien.

Luke llegó en torno a la 1.30 de la madrugada. Le había pedido prestada la gorra a su amigo Kinder. Pero no le dijo para qué. De todo el tinglado de la noche de autos, Kinder se enteraría después.

Pero dijo que sí. A regañadientes, pero aceptó. Y Luke pudo acceder al hotel con el rasgo característico de su personalidad —su pelo rubio casi afro, así de maleable era su personalidad— oculto bajo la silueta de Michael Jordan. Y gracias a eso logró cruzar el pasillo sin contestar preguntas y sin que nadie pudiese memorizar sus facciones. Era alto como su padre, atlético como su padre.

Debajo de esa gorra, y a ojos de un chino… era su padre. Su padre fue el último en llegar.

Axel volvió a mentir. Subió los escalones de la comisaría de dos en dos y se fue de cabeza al despacho de Ortiz. Estaba solo. Era tarde.

En su cabeza aún masticaba el silencio de su hermana cuando le pidió por favor que se encargase de ir al colegio a recoger a Marta. Ya ni se molestó en quejarse. Y eso era mucho peor que quejarse.

La puerta del despacho estaba abierta y entró. Ortiz no le esperaba y dio un respingo en la silla. Cada movimiento de Axel posdetención conseguía preocupar a su entorno. Por eso le habían sugerido que se cogiese una vacaciones. Todos le querían lejos.

Y con razón.

Cuando Axel desglosó sus intenciones de visitar en la cárcel a Coloma Duval, las manos del inspector dejaron de teclear en el ordenador que tenía delante. Cuando Axel le aseguró que se trataba de una mera formalidad, el inspector levantó la vista. Cuando Axel le recomendó que no dejase de hacer lo que estaba haciendo, que era un trámite y que solo venía a informarle para que no le pillase por sorpresa, el inspector empezó a negar con la cabeza.

Y la respuesta fue no.

—O sí, pero voy contigo.

—Preferiría ir solo.

—Y yo preferiría tener veinte años más para haber tenido alguna opción en la vida de haberme tirado a Michelle Pfeiffer. Pero tengo 42 tacos y ella casi 60. Y resulta que ahora ya no me interesa. Así que voy contigo.

—Vamos a ver, jefe. Si me hace contarle todo lo que sé, le voy a meter en un lío de cojones. Y no hay necesidad. Déjeme que vaya y ya la cago yo. Usted está ahora mismo donde tienes que estar. No se baje de la ola tan rápido.

Ortiz agarró a Axel del hombro y le apretó la clavícula. Le estaba haciendo daño. Le orientó el cuerpo hacia la puerta por la que había entrado y a través de la que se veía otra. La del ascensor.

—Tenemos dos opciones. Salimos juntos por aquella puerta, cogemos mi coche y nos vamos a ver a la detenida. Y nos enteramos los dos a la vez de todo lo que tienes que decirle. —Ortiz giró de nuevo a Axel orientándolo esa vez hacia la silla inhóspita de su hueco en el despacho—. O te sientas ahí y empiezas a largar, que no tengo todo el día y no me gusta meterme en la cama preocupado.

Axel se sentó. Y le contó lo que había descubierto.

Le habló de Lucas y de Kinder. A la historia de este último le echó una capa de maquillaje con la que se podría ganar un óscar con un actor finlandés interpretando a Martin Luther King. Axel solo quería ocultar las manchas de la visita al chaval en el parque. Que las hubo. Siempre las hay. Y se inventó un café amistoso en un bar en el que él apretó las tuercas y el joven se derrumbó. De la rodilla de Loor asfixiando los pulmones del crío no hubo ni rastro. Ortiz no se creía nada a esas alturas, por lo que carecía de sentido esforzarse en la mentira. Con cualquier cosita, se iban apañando.

Le contó también, con las exageraciones y las modificaciones inexorables de las historias de segunda mano, la implicación de la mafia rusa. Las drogas y las explotación sexual. Le habló de Olga, del robo y del plan trazado para chantajear a Goya. Todo tal cual se lo había ido contando Kinder y, al mismo tiempo, saltándose detalles que quizá podría necesitar más adelante.

Ortiz se revolvía en su asiento como si se le hubiese llenado la camisa de culebras australianas. No podía —ni quería— creer que tuviesen que volver a empezar. Si ya tenía la foto. Si ya se había librado de Axel. Si ya volvía a respirar sin que se le entrecortase el aire. E hizo la pregunta del millón.

—¿Y la muerte de Max? ¿Qué pinta en todo esto?

—Esa es la pregunta del millón —contestó Axel—. ¿Seguro que quieres saber lo que pienso?

—No. No quiero. Así que dímelo.

—Lo único que se me ocurre es Estrías. Y la verdad es que me incomodaba menos decirlo en alto cuando pensaba que era el confidente de una viuda, que ahora que creo que puede ser el informador de la mafia rusa.

Ortiz se llevó la mano a la calva y se frotó con vehemencia.

—¡Para qué habré preguntado!

Se puso en pie de un salto y salió disparado sin esperar a que Axel le siguiese. Porque sabía que le iba a seguir. Caminaba rezongando en voz alta. Rumiando su mala fortuna. No le hacía ninguna gracia regresar a la cárcel.

Tantos años después.

La sala donde los esperaba Coloma Duval era fría, raída, desvencijada por la falta de cuidados. Con paredes desconchadas, como los pies de un tailandés. Se notaba a simple vista que no había ni una sola persona en todo el centro penitenciario preocupada de que resultase acogedora. Se daba por supuesto que nadie va a la cárcel a estar cómodo. Ni tan siquiera los trabajadores.

Ella tenía un aspecto deplorable. Axel se sorprendió al verla. Para mal. Y se preguntó si habría aguantado encerrada ahí dentro una condena tan larga. Por suerte para ella, no iba a salir de dudas.

Llevaba las uñas carcomidas, con sangre seca en torno a unos padrastros que antes no estaban. La mirada dura. Los ojos negros. El pelo sucio. La piel letárgica, sin vida.

Su expresión sardónica, sin embargo, seguía en plena forma.

—¡Esto sí que es toda una sorpresa, agente Nash! No esperaba volver a verle tan pronto. Lamento no poder ofrecerle nada de beber en esta ocasión, pero acepto gustosa si tiene el detalle de prepararme algo que llevarme a la boca.

Axel desvió la vista hacia Ortiz, que miraba al frente con los ojos muertos. Lo último que quería era una explicación de por qué sentía que le faltaban unas velas que sujetar.

—Coloma, esto no le va a gustar. La vamos a soltar —anunció Axel.

Ella ladeó la cabeza, esperando una explicación.

—Sabemos que no lo hizo. Y sabemos por qué se inculpó. Entiendo lo que ha intentado hacer pero ya no funciona.

Ella forzó una carcajada seca, como un motor que no arranca. Y soltó el primer derechazo.

—¡Qué vas a entender tú! Tú nunca has entendido nada. Estás más preocupado por escucharte y asentirte que por entender.

A Axel se le clavó un puñal de hielo en el estómago. Ortiz giró la cabeza para que ninguno viese su mínima sonrisa.

—Tienes razón —admitió Axel.

—¡Vaya! Esto sí que es nuevo —dijo Coloma.

Ortiz tuvo la tentación de coger su silla y sentarse al otro lado de la mesa, junto a la detenida. Se dio cuenta enseguida de que a ella se le daba mejor que a él domesticar al agente Nash, que, por supuesto, siguió hablando.

—Estaba tan convencido de que lo habías hecho tú, de tus poderosas razones para hacerlo, de tu capacidad para engañarme y mentirme sin que lo descifrase, que me daba miedo dejarte hablar. Eso me hizo soltar más de la cuenta —y escucharme también—, y no presté suficiente atención a los detalles. Me dejaste construir una ucronía. Un final alternativo. Una recreación de los hechos convincente que solo necesitaba un último empujón. Uno muy sencillo. Darme la razón. O al menos no quitármela. Había fabricado un crimen plausible. Que es lo que hacemos los investigadores para atrapar a los culpables que se esconden, mienten o huyen. Pero esa técnica es ineficaz ante contrincantes como tú. Que lo que quieren es entregarse. Si hasta te pregunté por tu relación con el subinspector Estrías y dejé pasar tus alardeos sexuales, cuando el subinspector es gay. Pero, claro, tú eso no podías saberlo.

—No sé ni de qué me hablas. —Coloma hablaba ya recostada sobre la silla. Su naturaleza le impedía estar incómoda ante dos hombres. Se dirigió a Ortiz—. ¿A este qué le pasa? ¿No habla? Me caía mejor la loca esa con la que vas.

—Te hablo de Lucas —cortó Axel.

—Deja al chico en paz. Él no tiene nada que ver en esto. Yo maté a Marcos. Y me habéis cogido. ¿Por qué no os largáis ya y me dejáis esperar el juicio tranquila? ¿Qué más necesitáis? Ni en la cárcel puede una vivir sin sobresaltos.

—Sé que sabes que a Marcos lo mató tu hijo. Por eso te entregaste tan rápido. Para protegerlo. Encontraste el kerambit en casa y tu imaginación completó los huecos. Desde ese instante comprendiste que lo había hecho él. —Axel se echó hacia delante y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa—. Sé que piensas que lo estás protegiendo, pero necesitamos saber donde está Lucas, Coloma. Tienes que ayudarnos. Tienes que ayudarle.

Ella se cruzó de brazos con fingido aburrimiento. En la sala se apreciaba un fuerte olor a cerrado.

—Si no sabía dónde se metía cuando vivía con él, no esperarás que lo sepa ahora que estoy entre rejas.

—Lucas no lo hizo, Coloma —afirmó Axel.

Ortiz se irguió. Le había pillado por sorpresa. No terminaba de acostumbrarse a ir siempre por detrás de su subordinado. Se rascó una oreja para disimular, pero ya era tarde.

—Deberías advertir de tus mentiras a tus compañeros, agente Nash. A este le va a dar un ataque.

Dios, Loor. Cómo te echo de menos.

—Es lo que creo —continuó Axel, lanzando el anzuelo—. Le engañaron. Le embaucaron para chantajear a su padre y, cuando quiso reaccionar, su padre ya estaba muerto. ¿Te ha hablado alguna vez de Olga?

—¿Una chica? No sabes lo que dices —respondió Coloma.

—Creemos que forma parte de una facción independiente de la mafia rusa establecida en España. Es una organización con una estructura muy laxa que permite formar jerarquías autosuficientes en varios puntos del país. Esta chica… —Axel frenó en seco y cambió de dirección—. ¿Y de drogas?

Ahora fue Coloma quién se agitó.

—No. Mi hijo no toma nada de eso.

—¿Quién es ahora la que miente? —intervino Ortiz.

Mira qué rencorosito este.

—O sea, que lo sabes. Perfecto. Lo podía imaginar —dijo Axel—. Una madre que encuentra una arma es una madre que rebusca en la habitación de su hijo; una madre al fin y al cabo. Y un hijo que esconde una arma en casa es un hijo que no sospecha y no tiene por qué ocultar la droga en otro sitio. Genial. Tu hijo es medio tonto, eso sí. Pero esto no fue culpa suya. A Lucas le robaron y ahora debe muchísimo dinero…

—Debía —precisó Ortiz.

—Sí. Debía muchísimo dinero a gente muy peligrosa. Por eso aceptó el chantaje a su padre. Para sacarle uno de los pisos de la costa. Era su manera de afrontar la deuda con la mafia. Pero se la jugaron. Le vendieron que solo tenía que grabar a Marcos manteniendo relaciones sexuales con una menor, pero una vez allí decidieron cargárselo y conseguir el piso a través de la herencia. Más rápido y más directo.

Axel hizo una pausa para dejar que Coloma masticase sus palabras. Ella parecía estar pensando en que, tras la separación, Goya había cambiado el destinatario de sus bienes y puesto a Lucas como heredero único. Por eso no habían firmado los papeles del divorcio. Porque ya no corrían ninguna prisa.

Esto Axel ya lo había pensado. Y, desafortunadamente para todos, los rusos también.

—Las niñas menores de edad. ¿Esa era su enfermedad, verdad? —preguntó Axel—. Cuando me decías que tu exmarido era un enfermo, te referías a eso.

—¿Puedo irme ya?

—Mataron a Marcos, y Lucas… ¿cuánto crees que va a durar entre esta gente? Coloma, ya no lo necesitan para nada. Si de verdad quieres protegerle, será mejor que nos digas dónde puede estar.

Esas últimas palabras se quedaron flotando en la sala. Retumbando como un martillo hidráulico. Axel las había dejado para el final. Un cierre eficaz. Y se mantuvo en silencio sin moverse, esperando que Ortiz le imitase y no lo estropease ahora.

Esas palabras debían ir horadando poco a poco la resistencia de Coloma. Erosionando su confianza. Alimentando su miedo. Soliviantando su calma.

Cada persona tiene su propia casuística y Axel había conseguido lo que el inspector Ortiz había dado por imposible.

Derrumbar el tejido moral de la femme fatale.

Enterrarla en sus propias lágrimas.

Vencerla.

Salieron de la penitenciaría de Soto del Real hablando cada uno por su móvil. Dejando libre la oreja que estaba más cerca del otro. Axel hablaba con Loor, con el teléfono a la derecha. Y Ortiz, que esperaba a que la llamada al comisario Cueto diese tono, apoyaba el teléfono en su oreja izquierda.

Tenían que montar un dispositivo de emergencia. Encontrar a Lucas Goya con vida era urgente. En el momento en que se resolviera definitivamente la herencia y vendiera la casa de la playa, era hombre muerto. Una posibilidad tan remota como real. La comisaría quedaba relativamente de camino, pero prefirieron citarse en otro lugar.

Axel colgó. Loor ya estaba en marcha.

Ortiz no logró establecer comunicación. Tendría que autorizar la operación sin la anuencia de sus superiores.

Un oxímoron.

Axel encendió las brasas.

—Cueto estará mamándose con algún político. Es viernes. No tenemos tiempo de que aparte la botella y nos coja el teléfono. Además, ¿quién nos asegura que si lo hace estará en condiciones de tomar una decisión tan importante? Estamos en tus manos, jefe. Tienes que ser tú.

—No me llames jefe cuando quieres algo de mí. No me toques los cojones. No estoy cómodo ahora mismo. No lo estoy. A tomar por culo la zona de confort.

Grieta. Allá voy.

—Venga, Ortiz. Por el amor de dios. Puedes ser muchas cosas, pero, si algo no eres, es un gallina. Qué zona de confort ni qué pollas. En la zona esa solo se quedan los fracasados y tú no eres un fracasado. Ahí no pasa nada. —Axel recordó una de esas citas de mierda que inundan Instagram y que tanto gustan a los mediocres, y la soltó—. La magia ocurre cuando salimos de la zona de confort. Cuesta más, te concedo eso, pero ahí está la vida que merece la pena vivir.

Dios, qué mierda estoy diciendo.

—¿De qué coño me hablas?

Agua.

—Esas frases de carpeta solo se las escucho a perdedores y descerebrados. —La expresión del inspector oscilaba entre triste y preocupada, sin saber dónde estaba más a gusto—. A esa calaña de losers que se justifican por sus malas decisiones. Yo estoy como dios haciendo lo correcto.

Y lo correcto es esperar a que el jefe nos devuelva la llamada.

—Ojalá tuviésemos tiempo para eso.

—¡Pero si a ti te la suda! No harías lo correcto ni aunque fuese bueno para ti. Tú lo haces todo para joder. Si no, no estás conforme.

Unas ganas irresistibles de darle una hostia en la mandíbula al inspector Jorge Ortiz subieron desde el estómago de Axel hasta su antebrazo. No porque le molestase escuchar lo que su jefe pensaba de él —no esperaba otra cosa—, sino porque le estaba haciendo perder un tiempo que no tenía. Por eso se metió las manos en el bolsillo. Por eso y para buscar las llaves del Peugeot.

—Bueno, sube al coche. He quedado con Loor en la estación de Príncipe Pío. Si quieres, te dejo de camino y nos encargamos nosotros. Diremos que tú no sabías nada y que todo fue cosa nuestra. Salga bien o salga mal, nos haremos responsables.

—Axel, es la puta mafia rusa. Solo puede salir mal.

—Puede ser. Pero yo voy a intentar salvar a ese chaval.

—¿De verdad crees que no fue él quien mató a su padre como has dicho ahí dentro?

—Y yo qué coño sé. Lo que pasó en aquella habitación solo lo saben tres personas y una está muerta. Es a los otros dos a los que quiero preguntar.

—¿Nunca dices la verdad? ¿Nunca?

—Ortiz, es la puta mafia rusa. Solo puede salir mal.

El sonido plasticoso de la puerta del coche al cerrarse le hizo recordar a Axel que debía llevarlo al taller. Necesitaba una buena mano de chapa y pintura. Igual que él.

Axel se mantuvo en silencio unos instantes. Sin arrancar. Esperando. Le daba a su jefe cinco segundos para decidirse o lo mandaba todo a la mierda. No tenían tiempo de saborear el caramelo dulce del Chupa Chups. Tenían que arrancar el chicle de cuajo.

Cuatro.

En ocasiones la quietud atosiga más que mil berrinches.

Tres.

El mundo está lleno de gente sola que no se atreve a dar el primer paso.

Dos.

No hay nada más difícil que mirar a alguien directamente a los ojos y decir la verdad.

Uno.

Vamos McClane, que no tengo todo el día. ¿Lo tomas o lo dejas?

—Está bien. —Ortiz apretó el botón de llamada en su iPhone y esta vez sabía que al otro lado habría respuesta—. Si esto sale mal, despídete de tu trabajo.

Axel sonrió mientras giraba la llave de contacto y el Peugeot emitía un gruñido indolente.

—Ya me he despedido, por si acaso. Y no ha dolido tanto.

A Ortiz le cogieron el teléfono. Al otro lado esperaban instrucciones. La primera orden fue para Axel.

—Que te follen.

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