Axel
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Volvieron de Soto del Real por la carretera de Colmenar Viejo en dirección a Madrid. Se desviaron en la M40 para llegar a la estación de tren de Príncipe Pío sin atascos. Algo que se antojaba imposible en Madrid si era Axel quien iba al volante. Ahora sí que echaba de menos a Loor. La necesitaba para poder cagarse a gusto en los muertos del subnormal que se le había metido delante, sin intermitente, en la salida 46. Estaba haciendo un esfuerzo titánico para controlarse. Y no sabía decir si lo estaba consiguiendo.
Ortiz le ponía nervioso.
El esfuerzo tenía una explicación: si quería gozar de la ascendencia de su jefe en la operación que esperaba liderar, no podía comportarse en la conducción como un esquizofrénico sin medicación.
Ortiz no decía nada. No iba atento a la carretera. Axel arrojó una idea que llevaba mascando un rato.
—Deberíamos soltar a la madre…
—Ni de coña: primero, hay que encontrar a Lucas y que los culpables confiesen, ahora que creen que han ganado la partida. ¿Crees que la prensa lo iba a pasar por alto? ¿Y que los rusos se quedarían quietecitos, esperándonos, en vez de volar de inmediato a Vladivostok? —objetó Ortiz.
Ya estamos con el perfectito de los huevos.
—Vale, pero cuanto antes, ya la has visto, no lo soporta. Me niego a que por amortiguar el impacto mediático y político de una cagada, vayamos a…
—Se queda en la cárcel por ahora —ordenó Ortiz, levantando la voz—. Primero, porque es donde quería estar, ¿no? Segundo, porque allí está protegida, y tercero, porque ha cometido un delito: obstrucción a la justicia. ¿Está claro?
—Venga, joder. Que estaba intentando proteger a su hijo.
—Me importa tres cojones. Se queda dentro. Y el grandote también casi casi por las mismas razones.
—¿Sota?
—Ese.
Axel no había vuelto a pensar en su viejo amigo. O sí lo había hecho, pero expulsaba ese incordio a manotazos. Esquivaba ese pensamiento como un esquiador sortea las puertas en el descenso de un slalom gigante. Ya se enfrentaría a ese fantasma llegado el momento.
Tiempo le iba a sobrar.
Valor, seguro que no.
Primero, en la lista de problemas, estaba Lucas. Coloma les había puesto sobre la pista buena. Sabía bastante más sobre el paradero —y lo que no es el paradero— de su hijo de lo que siempre dejaba entrever, como había quedado de manifiesto.
«Hoy es domingo y los domingos va al fútbol», les aseguró.
Era la segunda vez en menos de veinticuatro horas que Axel escuchaba esa frase. Liberó una mano del volante y asió el móvil que descansaba junto al cambio de marchas. Empezó a escribir un mensaje sin retirar la vista de la carretera. El sonido metálico del teclado del teléfono se iba incrustando en el cerebro de Ortiz como una ventana mal cerrada agitada por ráfagas de viento. Intermitentes, sin cadencia, imprevisibles.
Desesperantes.
—Conduce y luego escribes —exigió—. O para ahí y escribes. O dime a quién escribes y lo hago yo, pero joder, que eres policía. ¡Qué mierda de ejemplo estas dando!
—¿A quién? ¿A quién le estoy dando mal ejemplo? ¡Si aquí no hay nadie! Solo estamos tú y yo. Deja de quejarte ya por todo, que esto es importante. Confía en mí.
Era un mensaje corto. Directo. Sencillo. Inconfundible: «Vamos al estadio. Preparado».
El Santiago Bernabéu.
Un mastodonte barnizado con 70.000 trastornados, de los cuales aproximadamente unos 50.000 irían vestidos de blanco o llevarían algún motivo de ese color: bandera, bufanda, camiseta… lo que sea.
Axel buscó información en internet.
En la app oficial de La Liga: Jornada 27.
Real Madrid vs F. C. Barcelona.
El clásico.
Cojonudo.
Axel miró la clasificación.
1.º Real Madrid, 70 puntos.
2.º F. C. Barcelona, 68 puntos.
Se jugaban el título.
Cojonudísimo.
Eso aumentaba el número de espectadores al menos un diez por ciento. Unas ocho mil personas más entre las que encontrar a Lucas, si este se percataba de que algo no iba bien y decidía perderse entre la multitud.
El partido empezaba a las nueve.
Axel miró el reloj.
Las ocho y media.
A esa hora llegaron a la antigua estación del Norte, que ahora albergaba un moderno centro comercial con su Vips, su Gino’s, su Starbucks, todas las tiendas del grupo Inditex y varias salas de cine en versión original. Lo que un dominguero llamaría «un completo». Siempre y cuando fuese capaz de reconocerse a sí mismo como dominguero. Esa era la sinceridad que merecía la pena. La que te pone en tu sitio. Axel prefería mil veces a un dominguero un domingo que a un dominguero todos los días.
En una esquina, vieron a Loor dando pitadas intermitentes a un cigarro que ya agonizaba entre sus dedos. Esperaba con la espalda apoyada contra un muro de un callejón lateral del mastodonte de luces de neon y escaparates en rebajas.
Ortiz iba muy callado.
Axel se preguntaba si no pensaba convocar a nadie más. Tres policías para acorralar a una persona entre casi 80.000 enajenados que, o bien estarían furiosos porque iban perdiendo y su equipo estaba formado por una banda de millonarios vendidos que no sentían la camiseta y solo pensaban en salir de fiesta y jugar al golf; o bien estarían enfervorecidos porque iban ganando y estaban demostrando por qué son el club mas laureado de la historia y siempre pasaban por encima de ese atajo de catalanes antiespañoles. En caso de empate, la culpa sería del árbitro.
Problemas, en cualquier caso.
Axel hizo la pregunta.
—¿Solo nosotros tres? ¿Nada más?
—No tenemos autorización para lo que vamos a hacer. Es esto o nada —repuso Ortiz.
—Llama al menos a los que vinieron al hotel. Naranjito y el otro. Les podemos mandar a franquear un par de accesos. Total, solo hay 59 puertas en el estadio.
—Los tres o esperamos a mañana. Tú decides, Nash.
—Mañana Lucas puede estar muerto. Si no lo está ya.
—Tú decides.
Axel salió del coche sin responder.
Ortiz ya le conocía y se lo tomó por un sí. Aunque no era una pregunta directa.
Las Doc Martens caminaban hacia ellos con el brillo de las cosas bien hechas. Axel pensó que Loor las había lavado o les había pasado un paño, lo que le llevó a un segundo pensamiento que enseguida ahuyentó.
¿Por qué?
Dónde se habría metido para haber tenido que adecentar su calzado por primera vez en más de tres meses.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—¿Te gusta el fútbol? —respondió Axel.
—¿Me vas a preguntar si sé quién es Messi?
—Sube al coche —reclamó Ortiz, que no tenía tiempo ni ganas de escuchar las gilipolleces de sus subordinados—. Nos vamos al Bernabéu —añadió.
El inspector empujó el asiento del copiloto hacia delante, dejando el hueco justo para que la agente Loor Galván acomodase el cuerpo en un escorzo y se adentrase en la parte de atrás. Una muñeca sin brazos y sin pestañas, calva y siniestra, le dio la bienvenida. Se la sacó de debajo del culo y la colocó a su lado, preguntándose si debía ponerle el cinturón de seguridad.
—A tu hija cómprale la Play. No seas rata —comentó—. ¿Qué más señales necesitas para darte cuenta de que no le gustan las muñecas? ¿Que le arranque los ojos? No seas machista y no la trates como a una idiota. ¿No le habrás pintado la habitación de rosa, no?
—No —contestó Axel—. Pero estoy empezando a pensar que debería hacerlo para que no me salga como tú.
Ortiz sacó su arma y abrió el cargador para comprobar que tenía las ocho balas intactas.
—¿En serio esto es lo que os preocupa? ¿De esto es de lo que habláis para concentraros antes de la operación más importante de los últimos años?
Este es bobo.
—¿Quieres que te ponga música? ¿Qué te gusta para estos casos, Beethoven? —Axel aceleró para adelantar a varios vehículos que entorpecían el tráfico—. Oye, tío, ya sé que te mola fliparte, pero esto no es American Psycho. Si quieres que me flipe contigo monta algo en condiciones. Si vamos a ir los tres a que nos despellejen los rusos, déjanos que hablemos de lo que nos salga de los huevos.
Las pupilas verdes se clavaron en el espejo retrovisor del vehículo buscando algo de complicidad en el asiento de atrás. Solo recibieron a cambio un mechón rubio oxigenado que caía por la frente de Loor y que ya casi le cubría las cejas. Su vista estaba sumergida en otra parte. Quizá anticipando lo que les esperaba. Quizá no.
Con Loor era imposible saberlo.
Hubo un tiempo en que en su mirada se pudo leer desconcierto, inseguridad, desidia, torpeza, miedo. Ahora ya no. Un vida entera jugando al escondite con la verdad le había enseñado mucho. Ahora poseía una mirada indefinida tras la que ocultaba sus deseos. Su verdad. Sus intenciones.
El sonido del claxon destapó otra verdad más incomoda: a Axel le resultaba más complicado esconder sus intenciones.
—Me voy a cagar hasta en tus muertos, subnormal. Pero ¿cómo te metes así, burro?
Ortiz se enderezó en el asiento y guardó el arma.
—Vaya, joder. Por fin un poco de la tensión lógica en estos momentos.
—Qué tendrá que ver —masculló Loor.
Axel esbozó una sonrisa.
—¿Qué dices? —preguntó Ortiz.
—Que qué tendrá que ver —gritó ella.
—Déjala. No le hagas ni caso —sugirió Axel—. Vamos a lo importante. Me preocupan los rusos. No creo que estén en el estadio. Pero si aparecen, vamos a ser tres onzas de chocolate blanco en la despensa de una embarazada.
El inspector insertó de nuevo el cargador. Sonó clic.
—No pongas la venda antes de la herida —le reprendió.
Ni pingis li vindi intis di li hiridi… Mimimí.
De la mafia rusa, Axel no quería saber nada, más allá de los implicados en el asesinato de Goya. No eran un objetivo asumible a corto plazo ni algo de lo que ellos debieran ocuparse. Ya tendrían tiempo de abrir ese melón más adelante, cuando estuviesen más armados y mejor preparados para la batalla. «A nadie le interesa una guerra pública contra las mafias del narcotráfico hasta tener la certeza de poder ganarla. Y ahora mismo no podemos». Esto se lo había dicho Ortiz en el aeropuerto, al regresar de Galicia, en referencia a las mafias sudamericanas, y se le quedó grabado. Primero porque era una forma asquerosa de desempeñar su trabajo como policía. Pensando primero en él y después en la seguridad de los ciudadanos a los que había jurado proteger. Y segundo, porque escondía un tufo político que tiraba para atrás.
En aquel momento, Axel le habría partido la cara. Sin embargo, ahora que sabía que se enfrentaban a otra mafia, en otro contexto y en otras circunstancias, pero en el mismo caso, no podía más que darle la razón.
Por eso solo pensaba en Lucas.
En la paradoja que suponía atraparlo y ponerlo a salvo entre rejas. Aunque el diablo de su hombro izquierdo —que en su caso hacía años que había asesinado al ángel blanco del hombro derecho, porque el cabrón solo hablaba él— le decía que todo era posible y que debía prepararse para lo peor. Que no iba a ser tan fácil. Entrar en el estadio, arrestar a Lucas, meterlo en el coche y llevarlo a comisaría. Obtener su confesión e ir a por Olga y su compinche. Después le tocaría la lotería, echaría un polvo con una modelo y le harían inspector.
Pues no.
El paseo de la Castellana estaba atestado de coches. El ambiente festivo se respiraba en la calle. Desde el club esperaban registrar la mejor entrada del año en Liga. Como todos los años. Como en todos los clásicos. Un lleno hasta la bandera. A ambos laterales, riadas de aficionados acompañaban sus nervios con cánticos de aliento a unos jugadores que a esa hora ya debían estar calentando sobre el césped.
El atasco era indecoroso. No llegarían de ninguna forma al pitido inicial.
—Tendremos que hacerlo con el balón en juego —advirtió Axel—. De estar, el chaval se encuentra en el palco vip de su padre, que en paz descanse. El acceso es complicado.
—Nos separaremos —dijo el inspector.
—Ortiz, tú debes llevar el peso de la operación.
—¿Desde cuando das tú las órdenes, Nash?
—Te estoy diciendo que las des tú.
—¿Me hacéis el favor de guardar esas pollas y dejar de ver quién mea más lejos? —suplicó Loor.
Ambos se callaron.
Habían avanzado cincuenta metros en los últimos quince minutos.
El partido estaba a punto de empezar.
Decidieron dejar el coche en el parking de El Corte Inglés de Nuevos Ministerios y cubrir el resto del trayecto a pie. La otra opción era activar la sirena y advertir a todo el mundo de que llegaba la policía. En un partido de alto riesgo como ese, la gente estaba acostumbrada a un amplio despliegue de las fuerzas de seguridad del Estado, pero los tres policías convinieron que era mejor pasar desapercibidos.
—Al palco de honor se accede por Padre Damián. —Axel sacó el teléfono y lo giró para que Ortiz viese la pantalla—. Este es Lucas.
Era la foto que había robado del móvil de Max.
—¿No era Goya?
—Sí. Pero era otro Goya. Su hijo. Es igual que el padre, pero veinticinco años más joven. A Loor y a mí nos ha visto antes. Nos reconocería. Tú eres el único que puede acercarse a él sin que sospeche. Nosotros te cubriremos desde las bocas de acceso a los vomitorios. Uno a cada lado.
—Está bien. Nos separamos aquí. Atentos al teléfono —zanjó el inspector.
—Es posible que no haya red —comentó Loor—. En este tipo de eventos, con tanta afluencia de público, se inhiben parcialmente las señales. Por seguridad.
Ortiz la miró con cara de pocos amigos.
—Atentos al teléfono —insistió—. Y por favor, que nadie saque el arma.
Axel asintió a su petición.
—Descuida, jefe.
—Quiero oírtelo decir, Loor.
Ella se encendió un cigarro y echó el humo a un costado.
—Descuida, jefe —repitió.
Lo que escucharon a continuación en boca del jefe marcaría la noche de manera decisiva.
—Tengamos una cosa clara… y solo lo voy a decir una vez… Es preferible que el chaval escape a que montemos un escándalo y provoquemos una estampida, ¿está claro?
Axel asomó la cabeza por la bocana que daba acceso a uno de los laterales del estadio. El marcador electrónico indicaba que el partido transcurría por el minuto quince de la primera mitad, y las caras de los aficionados indicaban que los locales no estaban dominando la posesión del balón. El murmullo en las gradas era inquietante. El agente de policía escrutó sus opciones de acercarse al palco de honor, donde los directivos de ambos equipos, ataviados con sus mejores trajes y sus corbatas de la suerte, permanecían sentados, disimulando sus emociones con dificultad. En la butaca central, Axel reconoció al anfitrión, Mustafá Al-Abdel. A continuación paseó la vista a su espalda buscando a su contacto.
Su enlace. Su hijo. Kinder.
No había ni rastro de él.
Axel le había pedido por teléfono, antes de anunciarle que se dirigían hacia el estadio, que llevase puesta la gorra de Jordan para facilitar las cosas. El chaval había objetado que no se va al fútbol vestido con ropa con motivos de otros deportes, a lo que Axel respondió con un escueto: «Me la suda».
Enseguida distinguió entre la multitud la fulgente calva del inspector. Brillante como el oro blanco. Había optado por permanecer sentado en las escaleras para no impedir la visión de los seguidores de esa zona del campo.
De Loor no había noticias.
Y en ese momento Axel se preguntó a quién era más importante tener localizado: a Lucas, a Kinder o a ella.
La respuesta que se dio a sí mismo, le sorprendió.
Se debatía entre moverse y aproximarse para establecer contacto visual con Kinder o quedarse donde estaba. Tenía asumido que era imposible pasar desapercibido entre tanta tensión si lo que decidía era caminar entre butacas. Le tacharían de loco que se gasta 180 euros en una entrada para no prestar atención al desenlace del juego. Y lo que es peor, para molestar a los madridistas de corazón, que empujaban al equipo con su ánimo. Puede incluso que le insultasen. O algo más grave: le llamarían «catalán».
Decidió esperar.
Al poco rato, aprovechó unos minutos de tanteo en los que el balón no pasaba del centro del campo para ponerse en marcha. Subió las escaleras de dos en dos para tener mayor campo de visión. Kinder le había dicho que estaría junto a Lucas en uno de los palcos VIP. Esos asientos premium que se ocultan detrás de un cristal, que despide un reflejo verde que hace imposible apreciar nada de lo que ocurre en el interior.
Con un agravante.
A la inversa, la visibilidad desde la sala hacia el césped es nítida como las gafas de un oculista. Por eso las empresas pagan un riñón y medio hígado por disponer de esas entradas. Las utilizan como reclamo para visitantes, compradores, proveedores, acreedores, clientes o asociados que van de visita a la capital y se deleitan con uno de los mayores espectáculos a nivel mundial: una victoria del Real Madrid.
Ortiz le hizo un gesto a Axel con la cabeza desde el otro lado. Había visto algo. Se puso en movimiento. Tenía a Lucas.
Se volvió de pronto y se llevó el dedo indice a la sien y lo movió como quien enrosca un tornillo. Axel entendió el gesto, pero desconocía cómo responder. No tenía ni la menor idea de dónde se había metido Loor y se encogió de hombros.
De pronto, el murmulló empezó a crecer, como un reflujo que sube desde el esófago hasta la garganta. La gente se incorporó en su asientos. Algo pasaba. De golpe…
El estruendo.
Mierda.
Gol.
El estadio se transformó en un monstruo hambriento. Voraz. El griterío era ensordecedor. La muchedumbre agitaba los brazos, golpeando el aire con violencia. Se abrazaban. Se movían. No se veía nada. La agresividad se desbordó como una ola en mitad del océano en un tsunami que te pilla de espaldas. El speaker tronaba a través de los altavoces los nombres que la afición debía vitorear.
Ortiz empezó a correr.
Joder.
Axel vaciló un instante. Sopesó sus opciones.
1. Lucas los había visto.
2. Había escapado.
3. Le habían perdido.
Y tomó la dirección contraria. Se asomó a una de las escaleras cilíndricas exteriores desde las que se divisan los aledaños del estadio. Cogió el móvil. Marcó el número de Loor.
—¿Dónde coño estás?
—De camino.
—¿De camino adónde? ¿Qué coño dices?
—Estoy en el coche. Me di cuenta de que no tenía sentido que fuésemos los tres. Si nos pillaba e intentaba huir teníamos el coche en casa dios. Ese problema ya no lo tenemos.
—No. Ahora tenemos otros.
A su derecha, abajo, una miniatura caminaba a paso ligero. Cabello rubio ensortijado. Podía ser él.
Garfunkel.
—Voy para abajo. Recógeme en la puerta. —Axel descendía dando saltos por las escaleras—. Oye, y las llaves del coche… si las tengo yo, ¿cómo coño…?
—¿Hace falta que te lo explique?
La llamada se cortó. Cuando estaba ya en el primer piso, un grito le alcanzó desde arriba. Axel vio una calva resplandeciente.
—¿Le has visto? —preguntó el inspector.
Axel volvió a asomarse al exterior del estadio y vio cómo una furgoneta negra engullía los rizos amarillos de Lucas.
—Mierda.