Axel

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Axel salió a la calle al mismo tiempo que el Peugeot aparecía en el aparcamiento. Como si hubiesen sincronizado sus relojes. Loor había encontrado el cubo rojo que Axel guardaba debajo del asiento del copiloto y lo había colocado sobre el techo del vehículo.

La sirena sonaba por encima del estruendo del público. El frenazo también.

Él abrió la puerta. Dejó una pierna dentro y medio cuerpo fuera, mientras esperaba que a través de los tornos apareciese, de un momento a otro, una calva sudada.

—¿A qué coño esperas? —preguntó Loor.

—Ortiz. Viene ya.

—No hay tiempo. Sube.

—Espera.

—No hay tiempo. Se escapan.

Axel entrecerró los ojos con la vista al frente. En lontananza comprobó que la furgoneta negra se hacía cada vez más pequeña, más lejana.

Joder.

Se subió al coche.

—Arranca —dijo.

Los neumáticos gastados del Peugeot acuchillaron el asfalto dejando tras de sí una humareda indisoluble, como una estela de urgencia. Antes de concentrarse en la carretera, Axel fijó la vista en el espejo retrovisor y divisó que a lo lejos surgía la figura recia del inspector con los brazos en jarra y la mirada al suelo. El torso doblado por la fatiga. Los aspavientos.

Se estaba cagando en sus muertos.

Y en los de Loor.

Que conducía con las Doc Martens clavadas en el acelerador. Axel se preguntó si ese calzado tan robusto le hacía perder sensibilidad, porque la aguja oscilaba entre los 140 y 160 kilómetros por hora.

—Agárrate —dijo ella.

Un destello blanco les deslumbró momentáneamente. Un flashazo del radar colocado en la bifurcación adyacente a la salida norte del paseo de la Castellana, una vez superadas las Cuatro Torres.

—La pago yo, tranqui —bromeó Axel.

Se estaban acercando. El tráfico se había disipado. Toda la ciudad estaba pendiente, de un modo u otro, del transcurso del partido. Toda la ciudad menos una señora que había decidido aprovechar las desérticas calles de la capital para pasear a su bebé. Las ruedas de un carrito —que era de los caros— se deslizaban por el paso de peatones ajenas a la falta de sensibilidad en los pies de Loor.

—¡Cuidado! —El grito de Axel, que iba dirigido a su compañera, espoleó, sin embargo, a la señora.

Loor pegó un volantazo a la izquierda para sortear al recién nacido y acto seguido otro volantazo a la derecha para enderezar el coche y recuperar la estabilidad. El Peugeot culeó, las ruedas chirriaron dejando dos cicatrices en el asfalto. En mitad del derrape, Axel se venció hacia la ventana y se golpeó la cabeza.

—¿A esta subnormal qué le pasa, es sorda? ¿No oye la sirena? —dijo Loor.

—¿Es tu forma de disculparte?

Cuando recuperaron la estabilidad, él bajó la ventanilla. Una bocanada de aire caliente inundó el habitáculo. Sin darle tiempo a que respirara, la furgoneta negra se desvió en la salida a Montecarmelo. Axel les apuntó con su dedo indice.

—Tenemos que atraparlos antes de que lleguen adonde quieren llegar. Si se refuerzan, estamos muertos.

—¿Quieres conducir tú? Porque me duele ya la pierna de apretar el jodido pedal hasta el fondo. —Loor se retiró el pelo de la frente y se le formó una cresta espontánea. Gotas de sudor brillaban sobre sus cejas—. Otra cosa que puedes hacer es comprarte un coche. Uno de persona normal.

—Acércate un poco más. —Axel sacó su pistola reglamentaria—. Si los tengo a tiro, disparo.

Loor desvió por primera vez en todo el viaje la vista de la carretera. Quería comprobar si hablaba en serio.

—A las ruedas, joder —añadió Axel.

Y según acabó la aclaración, sacó medio cuerpo por la ventanilla y apuntó. Ella agarraba el volante con las dos manos. Con fuerza. Para estabilizar la conducción y aumentar aunque fuese un uno por ciento sus opciones de acertar. Axel sabía que no podía fallar. Sería despertar a la bestia. Abrir la veda. Y no podía asegurar que estuviesen en condiciones de contener la reacción de los rusos si ellos, en lugar de la veda, abrían fuego.

Pero no iba a fallar.

Cerró su ojo derecho, estiró el brazo del mismo lado y apretó el gatillo. El disparo se escuchó en todo el bloque de edificios nuevos que se encaramaban a ambos lados de la calzada. Un chispazo se levantó del asfalto. A menos de un metro del neumático trasero derecho de la araña negra que zigzagueaba en la subida de la avenida del Monasterio de Silos.

Agua.

—Déjame a mí. —Loor extendió su brazo derecho, reclamando su oportunidad de disparar.

—¿Qué dices?

Antes de que ella pudiese contestar, llegó la reacción.

RA-TA-TA-TA-TA.

Una ráfaga envenenada reventó la luna delantera del Peugeot.

—Mierda.

Los dos policías se agacharon y escondieron sus cuerpos a la altura del motor. A Axel el corazón se le salía del pecho.

No notaba dolor.

No le habían dado.

O quizá era la adrenalina que lo estaba anestesiando.

Estamos bien. Estamos bien.

Un chorro de sangre salpicó el volante y el cambio de marchas, la radio y la camiseta blanca que tan bien le había venido para camuflarse en el estadio. Ahora estaría mejor en el Wanda Metropolitano. De rojiblanco.

No estamos tan bien.

Se incorporaron a la vez. Axel vio que su compañera agarraba el volante con una sola mano. Con la otra parecía contener una hemorragia que brotaba de su hombro izquierdo. Una de las doscientas mil balas que escupieron las ametralladoras de origen soviético le había alcanzado.

Estaba perdiendo sangre y estaba perdiendo a los rusos.

—Loor, ¿estás bien? —gritó, a pesar de que estaban a menos de un metro de distancia—. Para el coche. Te han herido. Para el puto coche.

—Dame la pistola.

—¿Qué dices?

Loor le arrancó la pistola de las manos y apuntó a la furgoneta. Estaba lejos. Cada vez más lejos. Ella, al contrario que Axel, cerró el ojo izquierdo.

PAM. PAM. PAM.

Tres disparos consecutivos.

El sonido del aire despidiéndose del caucho.

El balanceo hacia la acera.

La pérdida de control.

La rueda deshinchada.

—Le has dado.

La furgoneta se detuvo en seco. El Peugeot hizo lo propio a escasos cincuenta metros.

—Ahí los tienes. Te quedan cinco balas. —Loor hizo acopio de todas sus fuerzas para cederle el arma a su compañero y se dejó caer sobre el asiento. Estaba perdiendo color. Las manos chorreantes de un reguero carmesí apenas podían contener la herida—. Te toca, Axel.

Él la miró sin despedirse. Como diciendo «A mí no vayas a joder y te me vayas a morir ahora, que vengo enseguida con un ruso en cada brazo y Garfunkel arrastrado por las orejas».

—Llama a una ambulancia. Ya —dijo.

Ella cerró los ojos.

De la masa de chapa negra que cruzaba la carretera se apearon cuatro pasajeros. Y ninguno herido.

Cinco balas.

Del asiento del copiloto se bajó un armario empotrado, grande, peludo, gris y con muchos agujeros por toda la cara: Serguéi.

Y por la ametralladora que le colgaba del brazo derecho, daba la sensación de que no quería ser el único con agujeros en el cuerpo. Se giró hacia Axel y disparó.

RA-TA-TA-TA-TA.

De un salto, él logró guarecerse a tiempo detrás de unos contenedores de obra llenos de escombros. Se raspó los codos y las palmas de las manos. Giró su cuerpo 180 grados sin levantarse, como un portero que se equivoca de lado en un lanzamientos de penalti y se cree con tiempo de reaccionar. Se asomó por un lateral y vio los rizos inconfundibles de Lucas y, de su mano, a una niña poco mayor que Marta.

Olga.

No sonreía, pero no tuvo ni la menor duda de que esa boca de labios carnosos escondía un erotizante diastema.

El armario empotrado abrió fuego de cobertura. Cientos de astillas brotaron del metal descascarillado del container.

Deja de dispararme, cabrón.

Los tres se colaron en un callejón con salida.

Axel esperó. Faltaba uno. El conductor, que descendió a toda prisa y tomó el mismo rumbo que sus compañeros.

Axel se tumbó. Con los brazos estirados, como había hecho mil veces en los entrenamientos de la Academia.

Emboscada.

Así se llamaba esa práctica que consistía en simular que estabas en un entorno selvático, en el que tienes que camuflarte, evitar ser visto, hacer el menor ruido posible y acertar. Sobre todo acertar.

Y para acertar hay que saber esperar.

Axel sabía hacerlo. ¿Cuántos años llevaba esperando para saber quién había violado a Noa? ¿Cuántos domingos esperando a que rompiese a llorar y estuviese mejor? Claro que sabía esperar.

Stay down. Stay down.

Así lo decían en las películas americanas. La traducción es «Sigue tumbado anormal o eres carne de parrilla rusa».

Y siguió esperando. Hasta que dejó de esperar.

Y disparó.

Desde su posición no logró escucharlo, pero el sonido de la bala mordiendo la carne flácida del gemelo de la pierna derecha del conductor de la furgoneta le habría transportado a la infancia. A cuando su madre revolvía la salsa de tomate de los spaghetti con una pala de madera. Ese sonido acuático, viscoso. Que anticipaba una sola cosa.

Dolor.

Mucho dolor.

El ruso cayó al suelo entre gritos en su idioma y perdió el arma.

¡Ahora! Corre.

Axel debía actuar con celeridad. Cada segundo contaba. Se abalanzó y esprintó como si no hubiese mañana. El ruso reptaba para alcanzar primero la pistola Walter P99 de nueve milímetros que todavía daba vueltas en la acera como una peonza. El cálculo mental fue rápido. Le quedaban cuatro balas y cuatro fugitivos. No podía permitirse malgastar ni un solo proyectil a no ser que…

—No te muevas o disparo.

El ruso se movió.

Axel disparó contra el suelo. Funcionó. Eso paralizó a su adversario y pudo alcanzar el arma primero. Ya le salían las cuentas.

Dos pistolas para cuatro fugitivos.

¡Qué coño!

Miró en todas direcciones. Estaban solos. Volvió a disparar.

Para tres.

Esta vez si escuchó el sonido de la bala incrustándose en el empeine del pie izquierdo del conductor. Que se retorcía de dolor. Su rostro desfigurado no podía evitar una mueca espantosa. El diagnostico era sencillo. Gemelo derecho. Pie izquierdo. Enemigo neutralizado. Axel se guardó la pistola del ruso en el calcetín y se adentró en el callejón. No sin antes comprobar la furgoneta. No quería sorpresas.

Estaba despejada.

Pegando la espalda a la pared, su pistola en ristre, fue avanzando con los ojos bien abiertos. Aguzando el oído. Su nariz le devolvía una fragancia reconocible.

El miedo.

Caminaba con tiento. Dando pasos prudentes, como quien camina sobre arena ardiente en una playa del sur una tarde de agosto. A su izquierda vio cómo una puerta blanca de metal terminaba de cerrarse.

Todavía eran tres contra uno.

Axel se detuvo a pensar.

No sabía cómo abordar la situación. Si abría la puerta y le estaban esperando a bocajarro, era hombre muerto. El primero en entrar siempre la palma. Se le encendió la bombilla.

Viva Rusia.

Volvió sobre sus pasos y recogió al conductor, que seguía tirado en el suelo. Este protestó y berreó usando fonemas que Axel no alcanzaba a comprender ni mínimamente, por lo que optó por golpearle en la cabeza con la culata y dejarlo sin sentido. Lo cargó a su espalda y se colocó junto a la puerta. La abrió de un tirón y empujó al ruso.

Fuego.

Le estaban esperando.

Dios bendito.

Una ráfaga corta impactó en el pecho del ruso. En el tórax. En el corazón.

Que dejó de latir.

Axel se agachó detrás de él y asomó la cabeza para ver de dónde provenían los disparos. De la derecha.

Mierda.

RA-TA-TA-TA-TA.

Cerró la puerta y vio cómo el conductor inconsciente era acribillado de nuevo por su propia gente. Al menos no se había enterado de nada. Una muerte dulce.

Axel se estaba quedando sin tiempo. Debía entrar ya. Sin vacilar, abrió de nuevo la puerta y disparó. Dos veces. Escuchó un lamento ahogado. Los agujeros del armario ruso tenían un nuevo amiguito.

No podía dar marcha atrás. Todo dentro de él le gritaba que, por favor, se diese la vuelta y se fuese a casa. Se metiese en la cama. Se arropase con el edredón nórdico hasta el cuello y se echase a dormir.

¡Ahora!

Entró con la vista fija en el suelo. Para no detenerse ante nada que pudiese distraer su atención. Con decisión. A su izquierda encontró unos palés de madera y corrió a resguardarse tras ellos. A Axel le recordaron a esas cajas que se usan en las películas para ocultar armas o droga en almacenes. En un polígono a las afueras de la ciudad. Y que cuando el protagonista las abre, se encuentra primero con grandes paquetes de café molido. Y al rebuscar entre el café, halla oculta la mercancía de verdad. Es entonces cuando sumerge un dedo para probarla y dice: «Esta mierda es buena».

Pero aquello no era una película.

O sí.

Axel levantó la vista y corroboró que ante sus ojos se alzaba, bajo una luz tóxica, blanquecina, de hospital de campaña, un almacén lleno de furgonetas y cajas de madera.

Pero ahora no quería café.

Se irguió y contempló sus opciones. No había ni rastro de Lucas y la niña. Estarían ocultos en alguna parte. Axel decidió priorizar al herido. Al hombre que seguro iba armado. A la bestia que seguro que no estaría contenta con un agujero nuevo en el cuerpo. Le quedaban dos balas. Más las que tuviese el revólver que escondía en el calcetín.

Odio las sorpresas.

A su derecha pudo ver una mancha roja sobre el azulejo blanco de la pared del fondo. Era sangre. Efectivamente, el grandullón estaba herido, pero no lo suficiente como para impedir que se hubiese resguardado. Al menos ya sabía en qué dirección buscar.

Tuvo una idea. No estaba seguro de que fuese buena, pero era la única que tenía. Un todo o nada.

Su rival estaba tocado. Lento. Si había perdido la suficiente sangre, sus reflejos estarían al cincuenta por ciento de su capacidad, como máximo. Y sin tiempo para que su cerebro lo registrase. Se notaría cansado, pero no sabría cuánto hasta que se pusiera en movimiento.

Disparar. Moverse. Sorprender. Volver a disparar. Tenía que ser rápido. Muy rápido. Más un sprinter que un maratoniano.

Allá voy.

Axel se puso en pie y en movimiento. Todo a la vez. Disparó hacia la zona donde le llevaban las huellas de sangre y echó a correr. A toda velocidad. El ruso lo vio y salió de su madriguera. Sus movimientos eran más lentos de lo que Axel había imaginado. Su ametralladora, sin embargo, era mucho más rápida.

RA-TA-TA-TA-TA.

Su brazo dibujó un arco de derecha a izquierda siguiendo la estela de Axel. Las balas se iban estrellando una por una contra la pared. El esmalte de los azulejos saltaba por los aires. Axel también. Dio un salto hacia delante.

La sangre.

Cayó en escorzo, giró sobre su hombro con las dos manos y, rodilla en tierra, disparó su ultima bala. Justo al centro de la frente. Entre los ojos.

Y convirtió a la bestia en un cíclope eslavo.

Toda una mole de más de cien kilos se venció hacia atrás, haciendo un ruido quejumbroso en la caída. Un desplome en dos tiempos que hizo retumbar las paredes y el suelo.

Faltaban dos.

La niña y Garfunkel.

Axel hizo el amago de ponerse de pie. Algo no iba bien. Bajó la vista a su costado.

Joder.

Un boquete se abría en sus carnes justo encima de la rodilla derecha. En el muslo. Una herida limpia pero grande. Estaba perdiendo mucha sangre. La adrenalina había bloqueado su cerebro, inundando su hipotálamo y permitiéndole remachar al ruso y seguir con vida. Puro instinto de supervivencia. Ante el mensaje de calma posterior, el instinto había dicho basta.

Y empezó a marearse.

La habitación se movía como un barco de juguete en alta mar. Como si Axel hubiese dormido dentro de una botella de whisky. Una corriente de vómito le subió desde las tripas. Apenas podía contener la hemorragia con las manos. Le costaba un mundo dar un paso. Se quitó la camiseta y la enrolló en torno al muslo por encima de la herida. Un torniquete. Con la pierna estirada se arrastró hasta la pared. Intentó auparse apoyándose en las manos y tomando impulso con la flexión de la otra pierna. No fue capaz.

Esa no fue la peor noticia.

De una esquina surgieron Lucas y la niña rusa, que se parapetaba detrás de él, que era mucho más grande que ella, y apoyaba una pistola en su espalda. Si no fuese por las cuatro zapatillas de deporte que caminaban juntas, Axel no habría logrado verla. Decidió probar suerte, quizá por última vez.

Un último farol.

La última bala.

—Tira el arma, Olga. Se ha acabado.

En la cara de Lucas, Axel pudo ver reflejado el pánico de alguien que ha hecho muchas cosas que no debía, cautivado por el influjo embriagador de una Lolita embustera.

Cambió de táctica.

—Lucas, tranquilo, dile que tire el arma. Ya no hacemos nada aquí. Se acabó.

—Claro que se acabó —dijo Olga. Su voz resultó más áspera de lo que su cara angelical inducía a pensar.

—No lo hagas, Olga. ¿Por qué crees que conozco tu nombre? Lo sabemos todo de ti. —Axel se llevó la mano al oído—. ¿No lo oyes? Son las sirenas de la policía. Ahora mismo está de camino un dispositivo de emergencia que viene a rescatarnos. No tenéis escapatoria. Si os entregáis, puedo ayudaros. Si me matas, solo vas a empeorar las cosas. Que a mí me la pela. Estoy hecho un escombro ya. Mírame.

Axel intentó lanzar una sonrisa pero apenas tenía fuerzas, su farol sonaba más entrecortado de lo que habría deseado.

Lucas no levantaba al vista del suelo.

—Lucas, mírame. Necesito que me dejéis ayudaros. La muerte de tu padre ya no tiene vuelta atrás. Fue un error, ¿verdad? Te engañaron. Dímelo, Lucas. Necesito saberlo.

El chaval dio un paso a un lado. Retraído. Como una orden de ejecución silenciosa. Como todo en él. Subterráneo. Doloso.

Ella dejó de apuntar a Lucas y dirigió el cañón de su revólver a la frente de Axel.

—Ya está bien de hablar. Me aburres. Es hora decir adiós.

Axel apretó los ojos. Estaba a punto de desmayarse. Empezó a contar para relajarse y concentrarse en otra cosa.

Uno.

Olvidar el dolor. Ahuyentar al destino.

Dos.

No pasó de dos. El sonido del disparo se le metió en los oídos como una aguja incandescente.

Tres.

Después de eso, el frío.

¿Tres?

Axel abrió los ojos y vio la figura esbelta, impertérrita, de Lucas. Inmóvil. A su espalda no había nadie.

A sus pies, sí.

Desparramado, yacía un cuerpo sin vida con un orificio perfecto en la sien. Cayó a plomo, de costado. Con la boca ligeramente abierta. Axel pudo comprobar que efectivamente el diastema era arrebatador. Después apoyó la nuca contra el azulejo. Sintió más frío. Se estaba apagando. Los párpados le pesaban como dos planchas de acero. La cabeza se le venció hacia el lado de la puerta.

Se acabó.

Antes de irse, un último pensamiento.

Una última visión.

Esas Doc Martens vuelven a estar llenas de mierda.

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