Axel
56
Página 59 de 59
56
Madrid, domingo 31 de marzo
Abrió los ojos y una de las máximas que había alimentado su vida se vino a abajo como un castillo de arena en un campo de rugby. Siempre había pensado en los hospitales como lugares seguros y reconfortantes. Sin embargo, al despertar, no encontró alivio alguno en la cama que acogía su maltrecho cuerpo. Estaba encajado, sin movilidad. Le dolía hasta el último centímetro del 1,80 que le gustaba decir que medía.
Estaba vivo.
Y eso tampoco terminaba de alegrarle.
Paseó la mirada por la habitación y no acertó a distinguir más que una nebulosa espesa que le impedía celebrar nada. Poco a poco se fue despejando, como un día en Galicia.
En casa.
Los colores vivos —verde, rojo, naranja— de las flores que bebían de un jarrón lleno de agua, debajo de la tele sin tarjeta, empezaron a despertar su consciencia.
Una voz de mujer lo acarició. Sonaba azul.
—Hola, Axel.
Él tardó unos instantes en ubicarla. De entre los casi ocho mil millones de personas que superpoblaban el mundo, era la última que imaginaba que lo despertaría después de sufrir un tiroteo. No sabía si la variación de entropía del universo le estaba gastando una broma.
—Iria —dijo con tiento, casi preguntando.
Ella le cogió del brazo.
—¿Quieres que avise a otra persona?
Axel no respondió. No tenía tantas fuerzas. La sinceridad le resultaba mucho más agotadora que la mentira.
—Noa está fuera. No se atrevía a entrar. Le da miedo verte.
—No me extraña —masculló Axel, girando su cuerpo hacia el lado sano.
A Iria se le iba la vista hacia la pierna recién operada que descansaba en alto sobre una cama de almohadas.
—¿Te duele mucho?
—No lo sé. Me duele todo tanto que no sé ya lo que es mucho. ¿Qué haces aquí?
—Bueno… Ya sabes que Noa quería venir y con más motivo después de que el inspector Jorge Ortiz me llamara y me contara todo lo que había pasado. El hecho de que casi la palmes… pues lo ha acelerado todo bastante. —Iria esbozó una sonrisa mínima—. Ya ves, al final me he enterado de que no eres tan cabrón como pensaba. Y yo qué sé… pensé que estaría bien no dejar pasar otra década para disculparme. Lo intenté por teléfono, pero…
No fue una sonrisa lo que surgió del rostro embutido en la almohada y todavía embotado bajo los efecto de la anestesia, pero casi.
—¿Eso es un «Lo siento, Axel, eres un tío de puta madre, haré lo que me pidas para compensarte»?
Ella le pellizcó los pelos del brazo.
—No te flipes, anda —dijo Iria con una sonrisa amplia—. Además, no necesitas compensación. Ahora mismo eres la persona más famosa de España. Estás en todas partes. —Iria posó con cuidado un periódico sobre el vientre del enfermo—. Te han llevado a portada, chaval.
Axel recogió el diario y se dio cuenta de que hacía meses que no consultaba una cabecera en papel. Las webs y las redes sociales le habían fagocitado como consumidor tradicional de información. La palabra quiosco era un recuerdo lejano, como «tiza» o «amigo».
Se encontró atractivo en la foto, eso sí.
Ni el puto Bruce Willis ni su apoteósica calva lograban eclipsarle.
Leyó con atención: «Operación policial antidroga se salda con tres muertos de nacionalidad rusa y dos agente de policía heridos de gravedad».
Axel de pronto recordó y sintió una presión angustiosa en el pecho.
—¿Cómo está Loor? No dicen nada de ella.
—Está bien. Se está recuperando —respondió Iria.
—¿Es grave?
Ella desvió la mirada hacia la ventana, como buscando una respuesta en el exterior.
—No han querido decírmelo. Por alguna extraña razón la policía no quiere que trascienda su identidad. No hay ni rastro de tu compañera en ningún medio de comunicación. Es como si no hubiese participado en nada de todo esto.
Axel sabía por qué.
Los tentáculos de la Guardia Civil eran muy largos.
—Qué asco de gente —farfulló—. Bueno, ya me encargaré de eso. ¿Sabes qué ha pasado con el chaval?
—Lo detuvieron. Supongo que estará en el calabozo. Según la versión oficial, se rindió. No opuso resistencia.
—Chico listo.
—Al parecer, no le van a acusar de asesinato en primer grado. Tiene buenos abogados y están esgrimiendo que sufrió un engaño, que pensaba participar en una extorsión, pero que en ningún caso se le pasaba por la cabeza acabar con la vida de su propio padre. No se va a librar de la cárcel, pero no creo que le caigan treinta años. ¿Te crees esa historia? ¿Que lo engañaron?
—Sí y no. Es decir, los rusos lo engañaron para que se metiera en la boca del lobo y él se metió. Se encontró en un mundo al que no pertenecía y del que no supo salir. Pero estoy convencido de que fue él quien mató a su padre. Le he visto comportarse. —Axel entrecerró inconscientemente los ojos, dotando de gravedad a sus palabras—. Es como un psicópata sin sentimientos, sin emociones. Flipas, Iria. Da miedo por inacción. Frío como un témpano de hielo. Apenas siente nada. Hay un trastorno… alexitimia, se llama. Lo padece un diez por ciento de la población. Es mucha gente, eh. Mucho ser humano incapaz de manifestar sus emociones, de gestionarlas, de comprenderlas, de identificarlas, hasta que te devoran y acabas explotando de una forma u otra. No digo que sea lo que sufre Lucas, eso tendrá que decidirlo un médico. Pero el chaval no está bien. Eso es evidente. Y créeme, le he dado muchas vueltas. Yo creo que no soportó ver a su padre sodomizado por su novia. Esperaba otra cosa, no sé… un polvo más convencional, un misionero guarro… qué sé yo. Por eso reaccionó de forma tan impulsiva y violenta. Y luego está la polla. ¿Por qué se la cortó? No era un mensaje de unos narcos, como creímos, Iria. Era una alegoría, un símbolo. Un hijo cercenándole a su padre aquella parte del cuerpo con la que le dio la vida y que tanto daño le había provocado. Y conservándola, además, como un trofeo que a los rusos les vino muy bien para que no se supiera que a Otero le pagaban ellos y no ningún narco mexicano.
Ella escuchaba como quien está en el cine.
—Cómo están las cabezas —dijo—. Da miedo pensarlo mucho.
Iria dudó un instante y se calló, pero su curiosidad profesional terminó por abrirse paso.
—Oye y… ¿cómo lo supiste? Lo mío fue casi casual, encontré un cepillo de dientes cerca de casa de Mauro Otero, ¿lo sabías?
—¿No jodas? Eso no lo cuentes mucho por ahí. Espero que no lo hayas incluido en el informe cronológico de la investigación.
—Fue un golpe de suerte, supongo. ¿Cuál fue el tuyo?
—Pensar en otra cosa. ¿Sabes cuando estás buscando una palabra y no hay forma de que te venga a la mente por mucho que te esfuerzas y, de pronto, a los dos días, cocinando o paseando al perro o lo que sea, aparece como por arte de magia, nítida ante tus ojos? Pues fue algo así. Yo suelo apuntar cosas en las notas del móvil. Frases que escucho o que algún testigo nos confía. Frases que en un primer momento parecen no significar nada y que tienden a olvidarse, pero que leídas al cabo de los días, con muchos más elementos de juicio, pueden resultar decisivas. Resulta que el dueño del hotel donde asesinaron a Goya, un chino de unos 1.500 años, le dijo a mi compañera una frase carente de sentido: «El muerto se fue». Por otro lado, tengo una amiga que se esta separando y han solicitado la custodia compartida del hijo que tienen en común. Pues para no trastocar al niño, serán ellos los que, cada semana, vayan y vengan a la casa, no su hijo. «Que una madre haría cualquier cosa por proteger a su hijo», me dijo. Los hijos, tan parecidos a los padres. Sin darme cuenta, esas dos frases sueltas, inconexas, se mezclaron en mi cerebro y me dieron la solución. Coloma Duval se había declarado culpable para proteger a su hijo. Un chaval tan parecido a su padre, que, a ojos de un chino de vista gastada, era su propio padre. —Iria lo escuchaba ensimismada—. Increíble. Semanas de trabajo en equipo y mira dónde estaba la solución. Dan ganas de dedicarse a otra cosa, de verdad. El trabajo policial, a veces, es una pantomima.
—O un golpe de suerte —apuntó Iria.
—También. —Axel dobló el periódico y lo depositó sobre la mesa auxiliar en la que descansaba un vaso de agua y un cargador de móvil—. ¿Cómo está Noa? —preguntó, cambiando de tema sin suavidad.
—Liberada. Parece otra persona —contestó Iria—. Es como si hubiese expulsado todo el miedo que la carcomía por dentro. Hasta se está poniendo gorda. —Iria dio varios parpadeos consecutivos, vacilantes, antes de añadir—: Oye, no tenía ni idea de que Marta…
Se detuvo en seco.
Hasta que empezó a escucharse no se percató de que ese callejón estaba demasiado oscuro todavía.
Axel hizo una mueca de dolor.
—Bueno, ahora ya no tiene sentido que lo sepa nadie. Podemos elegir entre decirle que tiene un padre que es un cabrón malnacido o contarle la historia de Omar.
Iria sonrió.
—Algún día te contaré la verdadera historia de Omar —dijo.
—Es acojonante que haya sido él. Siempre tan cerca de Noa y, sin embargo, tan tan lejos. Le has dado su merecido. ¡Que se joda! —añadió Axel, buscando algún tipo de reacción en Iria.
—Yo no hice nada más que defenderme. A mí y a mi hermana.
—Ya, ya. Eso decía. —Axel la miraba casi divertido. Por un momento llegó a olvidarse de que estaba en la cama de un hospital—. Oye, tú le conocías muy bien, ¿cómo llegó a meterse en semejante movida?
Iria suspiró y se recostó sobre la butaca de plástico duro. Enseguida cambió de idea. Su asiento era demasiado bajo para esa cama y su 1,58 de estatura no hacía nada por compensarlo.
—Droga. En Galicia siempre es la droga. Omar debía mucha pasta a gente a la que no conviene deberle pasta y pidió ayuda a unos conocidos de Madrid, a los que tengo entendido que conoces bien. El muy imbécil pensó que podría salir limpio de algo así y no, claro que no. Siempre es no. Le engañaron. Tus amigos le prestaron auxilio con un cargamento de cocaína, pero a cambio le pidieron que se deshiciese del soplón del puerto. Y tuvieron la extravagante idea de deshacerse de la polla del tío de la radio y endosársela a Omar. De esa forma orientaban toda la investigación hacia las mafias sudamericanas y salían limpios de un asesinato muy jodido. O eso pensaron. Desde luego, no contaron con la pericia de dos avezados superpolicías como nosotros.
Axel cerró los ojos a mitad de la explicación. Se sentía abrumado. Llevaban un rato hablando y se dio cuenta de que se le estaba haciendo bola recordar todo aquello. Era un exceso de información indigerible. Habló sin abrirlos.
—Lo siento, Iria. Estoy demasiado cansado todavía.
—No te preocupes. Te dejo en paz. Pero, por favor, no te disculpes, que soy yo la que ha venido a eso. Le diré a Noa que la verás otro día, ¿te parece?
—Sí, por favor.
Cuando Iria ya se iba y estaba a punto de superar la puerta, en la que dos policías uniformados hacían guardia para evitar disgustos con muchas erres rusas, oyó que Axel preguntaba.
—¿Quién me ha mandado las flores?
Se volvió y comprobó que, en la base del cesto que contenía las flores, pegado con celo al plástico que lo protegía, había una tarjeta blanca en la que se podía leer: «Para Axel Nash».
La arrancó con delicadeza y se la acercó a la cama.
—Solo hay una forma de saberlo —dijo, entregándosela—. Te dejo que la leas tranquilo. En Galicia somos muy discretos. Ya lo sabes.
—Si tú lo dices.
Axel la abrió y dentro encontró una cartulina escrita con tinta azul, buena ortografía y mala letra. Empezó a leer sin mover los labios.
Si está leyendo esto es que está mejor de lo que pensaba, agente Nash. Lo celebro. Lo último que pretendo con este mensaje es alterarlo de algún modo, al contrario, mi único deseo es felicitarle. Por fin se ha hecho justicia. Ha hecho un gran trabajo. Los asesinos de Goya ya están en prisión o en el purgatorio y entre nosotros circula un violador menos. Hemos formado un gran equipo aunque no lo sepa. Mientras usted se ha centrado en una parte del problema, los asesinos de Goya, yo me he hecho cargo de la muerte de Max Morán, una de las grandes noticias que nos deja todo esto.
¿Cómo?
Axel sintió que la sangre se le acumulaba en la cabeza. Se le aceleró el pulso. Siguió leyendo.
Sus víctimas por fin podrán descansar en paz, entre ellas, mi santa hermana, junto a cuya tumba le escribo estas líneas, acá en Brasil. Me atrevo a decirle que hoy nuestro planeta es un lugar más justo y menos peligroso y, en parte, es gracias a nosotros. No somos tan diferentes. Usted se ha encargado de unos asesinos. Y yo, de un violador. A veces la vida es una competición por ser el verdugo y no la víctima, y otras veces no puedes evitar ser ambas cosas. Seguro que está de acuerdo conmigo. Sin más, me despido reiterándole mis felicitaciones por una gran labor policial. No trate de encontrarme. Le he visto en mi ambiente y no termina de estar usted cómodo.
Atentamente,
OMEGA
Según terminaba la lectura, Axel sintió que se le erizaban los últimos pelos de la parte baja de la nuca. Cerró los ojos y la única imagen que se le vino a la mente fueron unos dientes majestuosos, formando una sonrisa eterna.
Y una voz metálica.
El puto mocoso. Tócate los…
Esa misma tarde, Axel seguía dándole vueltas. Ese giro final de los acontecimientos no lo había visto venir. Necesitaba poner en orden sus pensamientos. Decidir si quería compartir el contenido de la tarjeta que le había arruinado la siesta y que había guardado en el cajón de la mesilla auxiliar.
Se lo contaría solo a Loor. Con ella se encontraba la última vez que lo vio, junto al Starbucks de la comisaría. Ella iba a confesarle su tenebrosa historia familiar y el mocoso les dijo que estaba merodeando, preocupado por si tenía que presentar el programa nocturno de la Cadena Voz.
¿Cómo pudieron pasarlo por alto?
¿Cómo no lo vieron?
El muy perro estaba allí esperando a que la policía se encargase de Max para no tener que hacerlo él. Y al ver que salía libre, se lo cargó. Para vengar a su hermana. Por eso también le había citado en el Flowers y le había confiado lo de la bronca en el parking. Quería que Max fuese acusado de asesinato.
«Hemos formado un gran equipo aunque no lo sepa».
Esa frase retumbaba en el cerebro de Axel. Formar equipo con un asesino. Y lo peor era que sabía que tenía razón —«No somos tan diferentes»—, y no se sentía mal por ello. Decidió que al menos de momento no tenía ganas de perseguir a nadie más. Él, que tantas veces había desempeñado el papel de justiciero por cuenta propia.
Era pura empatía.
Sus divagaciones se interrumpieron. En torno a la puerta de la habitación empezó a crecer un rumor que se tornó algarabía.
Mierda.
El comisario Cueto, el inspector Ortiz, el listillo de Nadal y su acólito mudo entraron sin orden en la habitación. El grupo de investigación casi al completo.
Casi.
—Coño, Nash, vaya susto nos has dado —dijo Cueto—. Ya no sabes qué inventar para cogerte la baja, eh.
Axel fingió que se alegraba de verles y dobló la almohada sobre su cabeza para incorporarse ligeramente y no sentirse tan a merced de sus invitados.
—Bonita camisa, Ortiz —comentó.
La tela italiana de primera calidad se ajustaba sobre los brazos del inspector como si estuviesen imantados por una fuerza superior.
—Es nueva. Y te diré que me he comprado un par. Pensaba regalarte una. Para que dejes atrás de una vez las camisetas esas que me llevas, de adolescente con problemas de adaptación en el instituto.
—No me va a quedar igual. Yo no tengo esos bíceps —añadió Axel, burlón.
—Se la regalaré a Loor, entonces. Que ya me he enterado que es bastante más fuerte que tú.
Axel se sobresaltó.
—¿Dónde está? ¿Está bien?
Los cuatro visitantes se pusieron serios.
—¿No te lo han dicho? —preguntó Cueto.
—No.
—Está en la UCI. En coma inducido. Los médicos no saben si va a salir adelante.
Axel frunció el ceño.
—¡Eeeehhh! Pero ¡qué coño dices tú! —Un bramido se coló desde la puerta—. ¿A que saco el arma?
El inspector Ortiz se hizo a un lado y Axel distinguió una silueta recortada en torno al humo de un Marlboro recién encendido.
—Loor. —Axel se dio cuenta de que su voz sonó muy afectada—. No fumes aquí, anormal. Esa mierda te…
—… va a matar —completó ella—. Ya lo sé. Y vengo a ver si te mata a ti también. Que ya me he arrepentido de lo que hice por ti el otro día.
Loor llevaba el brazo izquierdo envuelto en una venda gruesa, sujeto al cuello con un cabestrillo.
Axel se giró hacia el inspector.
—Ortiz, mira a esta. Ya está poniendo la venda antes que la herida.
Solo Loor entendió la broma.
Y Ortiz, claro. Aunque no la compartió.
—No me toques los cojones tan pronto, Axel. No hagas que me arrepienta de haber venido.
El agente Nash hizo un gesto a modo de disculpa y le pidió con la mano que se acercase a la cama.
—¿Y Estrías? ¿No va a venir a verme? —susurró con media sonrisa.
—Está muy cabreado, Axel. Está colaborando con Asuntos Internos de tal manera que es imposible que sea culpable. No sabes qué abnegación. Y mucho me temo que en cuanto demuestre su inocencia va a ir a por ti.
—Pues la hemos cagado —dijo Axel con la sonrisa ya completa—. Porque ahora creo que no ha tenido nada que ver.
—¿Cómo? ¿Me lo estás diciendo en serio? No, qué va. No me lo estás diciendo en serio. Joder, tío… ¿Cómo puedes ser así? ¿Cómo cojones te soportas?
Axel se encogió de hombros. No tenía una respuesta convincente para esa última pregunta.
Tres días más tarde, Axel abandonó el hospital en una silla de ruedas. Unas Doc Martens impolutas la empujaban sin urgencia. Junto salieron al exterior y la claridad del cielo plateado de la mañana les golpeó en la cara con desagrado. Se habían acostumbrado a la media luz que concedía la persiana de la habitación.
Al fondo, junto a un Citroën C3, Axel vio cómo le esperaban, con diferentes grados de alegría e impaciencia, Iria, Noa, su hermana Gema y su hija Marta.
Joder. Joder. Joder, Joder.
Al encaminarse hacia su pasado y su presente, Axel sufrió algo parecido a un ataque de pánico. Su futuro, de pronto, no le parecía un lugar tan seguro.
Tantas explicaciones por dar.
Tanta gente esperándolas.
Temía no estar a la altura. Como siempre.
Sintió el impulso de volver por donde había venido, de solicitar el ingreso voluntario en el hospital y prolongar su estancia un par de semanas más.
Levantó la cabeza en un ángulo imposible para dirigirse a Loor. Esa loca era lo más seguro que tenía. Desde abajo pudo ver que el flequillo, cada vez menos rubio y menos oxigenado, seguía creciendo.
—Déjame tus gafas de sol, Loor. No quiero que vean la mala cara que tengo.
Ella se retiró las gafas del pelo y se las pasó a Axel.
—Joder. No has protestado. ¿Tan mala cara tengo?
—Sí. Das pena —dijo.
—Espera —le ordenó Axel.
Ella dejó de empujar, pero mantuvo las dos manos sobre los agarres de la silla de ruedas.
—¿Qué te pasa?
—No sé. Necesito tiempo.
—Yo sé lo que te pasa —aseguró Loor.
—¿Ah, sí? ¿No me digas?
—Sentimientos. Están ahí esperándote. Esas cuatro mujeres te dan más miedo que cinco rusos hasta arriba de munición. ¿A que sí? Vas a tener que hablar, que explicar, que expresar… y estás cagado.
—Oye, no me des la paliza tú también, ¿vale?
—¿Y sabes qué más? —continuó Loor—. ¿Te acuerdas que hace nada me dijiste que ibas a hablarme de tías? Pues no lo has hecho, así que lo haré yo. Coge ahora mismo tu teléfono y antes de meter la cabeza en todos esos problemas que están junto al coche, escríbele.
—¿Qué? ¿A quién?
—A la de los huevos de Lucio.
—¿Qué dices?
—Pero ¿tú te crees que yo soy gilipollas?
—¿Tengo que contestar?
—Nunca te he visto más contento y más liviano en mi vida. En el avión a Galicia ibas en una nube. Acababa de aparecer el pito de Goya y tú volabas muchos pies por encima del avión que nos llevaba… Así que deja de hacer el imbécil y escríbele.
—Ya lo he hecho y no me contesta.
—No me jodas. —A Loor se le escapó una carcajada sorprendente.
—Te lo juro —confirmó Axel—. Pero es normal, joder. Se ha cansado de que no esté lo suficientemente pendiente. —Axel pugnaba por camuflar sus sentimientos. Finalmente cedió—. Y te confesaré que me jode.
—¿En serio? —Loor no daba crédito a lo que estaba escuchando—. Sigue, por favor.
—Estaba convencido de que nos habíamos gustado. Mucho. Y a mí eso no me pasa.
—Dame el móvil —le apremió Loor.
—¿Para qué?
—Que me des el móvil.
Axel obedeció, empujado por la curiosidad. Se arrepintió al instante.
—¿Qué coño haces?
Ella se alejó unos metros y le enfocó con la cámara.
—No sonrías.
Sonó el obturador.
—Toma. Envíasela.
—Es una cochinada utilizar esta foto de convaleciente de la posguerra. ¡Vamos, no me jodas, Loor!
—¿Te vas a poner digno? ¿De verdad? Una cochinada a tiempo es una victoria, anormal. Lo que necesitamos es otra oportunidad. Luego ya te encargarás de hacer que funcione. Si la tía mola, le hará gracia que hayas usado un truco tan bajo.
Axel se convenció y adjuntó la foto en un WhatsApp que decía:
Hola, Mayfair:
Ya te dije que iba a insistir. Como ves, estoy quemando todas las naves. Si esto no funciona, me rendiré. Te doy mi palabra. Sé que es lamentable que te mande esta foto, pero me he dado cuenta de que me gustas mucho. ¿Te apetece empujar esta silla de ruedas un ratito mañana por la tarde? Bueno o cuando tú quieras y te venga bien.
Ojalá que la respuesta sea sí.
P. D.: No tardes mucho, por favor. No sé cuánto tiempo me queda de vida.
Un beso
Axel pulsó el botón de enviar a Alicia Móvil y le mostró la pantalla a Loor para que viera que no mentía, que era un valiente, que le hacía caso, y que ojalá diese resultado y le contestase, y se viesen de nuevo, y volviesen a hacer…
Todavía en su mano, el teléfono comenzó a emitir un zumbido intermitente. Estaba vibrando.
Joder, vamos. Esto sí que es rápido. Gracias, Loor. Te quiero.
Axel pulsó el botón verde casi sin mirar.
Y se llevó el aparato a la oreja.
La voz al otro lado no era pelirroja.
—¿A ti qué te pasa? ¿Tú no tienes madre?
Has llegado a la página final