Arcanum ilimitado
El sistema de Roshar » Danzante del Filo
Página 36 de 43
Danzante del Filo
Esta novela corta transcurre después de Palabras radiantes
y revela acontecimientos de su trama.
1
Lift se preparó para ser maravillosa.
Corría a toda velocidad por un campo abierto al norte de Tashikk, a poco más de una semana de viaje desde Azimir. El campo estaba plagado de una hierba marrón de medio metro de altura. Los dispersos árboles eran altos y retorcidos, con troncos que parecían hechos de enredaderas entretejidas y ramas que apuntaban más hacia arriba que hacia fuera.
Tenían algún nombre oficial, pero todos los conocidos de Lift los llamaban caemuertos por sus raíces elásticas. Cuando había tormenta, el árbol caía de plano contra el suelo y se quedaba tendido. Después volvía a levantarse, como haciendo un gesto obsceno al viento.
La carrera de Lift asustó a unos ciervohachas que pastaban cerca. Los esbeltos animales se apartaron saltando a cuatro patas, con las dos garras frontales muy pegadas al cuerpo. Se comía bien, de esos bichos. Casi no tenían nada de caparazón. Pero por una vez, Lift no tenía ganas de comer.
Estaba huyendo.
—¡Ama! —exclamó Wyndle, su Portador del Vacío mascota. Tenía la forma de una enredadera que crecía a lo largo del terreno junto a ella, a toda velocidad, manteniéndole el ritmo. En ese momento no tenía rostro, pero podía hablar de todas formas. Por desgracia—. Ama —suplicó—, ¿no podríamos volver, por favor?
De eso ni hablar.
Lift se volvió maravillosa. Recurrió a lo que llevaba dentro, a eso que la hacía brillar. Lo usó para hacer resbaladizas las plantas de los pies, dio un salto y empezó a deslizarse.
De pronto, el suelo dejó de rozar contra ella por completo. Resbaló como sobre hielo y cruzó el campo como una exhalación. La hierba de su alrededor, asustada, se combaba mientras se hundía en madrigueras de piedra. Era como si se inclinara ante ella en oleada.
Se deslizó con el viento echándole hacia atrás el cabello largo y negro, tirándole de la chaqueta suelta que llevaba encima de una camisilla más ajustada y marrón, metida en sus pantalones bombachos.
Resbaló y se sintió libre. Estaban solos ella y el viento. Un pequeño vientospren, que parecía una cinta blanca en el aire, empezó a seguirla.
Y entonces dio contra una roca.
La condenada roca se mantuvo firme. La mantenían en su sitio unos pequeños jirones de musgo que crecían en el suelo y se adherían a cosas como las piedras, para que no se los llevara el viento. Lift notó un intenso dolor en el pie, salió volando por los aires y cayó de cara al suelo de piedra.
Por acto reflejo, volvió maravillosa su cara, de modo que siguió hacia delante, resbalando sobre la mejilla hasta chocar con un árbol. Allí por fin se detuvo.
El árbol se derrumbó despacio, haciéndose el muerto. Dio contra el suelo con un estremecedor sonido de hojas y ramas.
Lift se incorporó y se frotó la cara. Tenía un corte en el pie, pero su maravilla taponó el agujero y lo curó en un pispás. La cara ni siquiera le dolía mucho. Cuando una parte de ella era maravillosa, no frotaba contra lo que tocaba, sino que solo fluía.
No por ello dejaba de sentirse como una idiota.
—Ama —dijo Wyndle, creciendo junto a ella.
Su enredadera parecía de las que los ricachones ponían en sus casas para esconder las partes que no parecían lo bastante lujosas. Solo que a Wyndle le crecían cristalitos a lo largo de toda su longitud de enredadera. Asomaban cuando menos te lo esperabas, como uñas del pie en una cara.
Para moverse, no se arrastraba como una anguila. De verdad crecía, dejando atrás una larga estela de enredadera que al poco tiempo cristalizaba y se deshacía en polvo. Los Portadores del Vacío eran raros.
Wyndle se enrolló en círculo como una cuerda y formó una pequeña torre de enredadera. Y entonces creció algo en la cima, una cara compuesta de enredadera, hojas y gemas. Se le movió la boca al hablar.
—Oh, ama —dijo—, ¿podemos dejar de jugar aquí fuera, por favor? ¡Tenemos que volver a Azimir!
—¿Volver? —Lift se levantó—. ¡Pero si acabamos de escapar de allí!
—¿Escapar? ¿De palacio? ¡Ama, eras una invitada de honor del emperador! Lo tenías todo, tanta comida como quisieras, tanto…
—Todo mentiras —afirmó ella, con los brazos en jarras—. Para impedir que descubriera la verdad. Iban a comérseme.
Wyndle tartamudeó. No daba tanto miedo, para ser un Portador del Vacío. Seguro que era algo así como el Portador del Vacío del que se reían todos los demás porque llevaba sombreros ridículos. El que corregía siempre a todos los demás y les explicaba qué tenedor había que usar para sentarse a devorar almas humanas.
—Ama —dijo Wyndle—, los humanos no se comen a otros seres humanos. ¡Eras su invitada!
—Ya, pero… ¿por qué? Me daban demasiadas cosas.
—¡Salvaste la vida del emperador!
—Eso debería haberme valido unos días de gorroneo —dijo ella—. Una vez saqué a un tipo de la cárcel y me dio cinco días gratis en su escondrijo, además de un buen pañuelo. Eso sí que fue generosidad. Pero ¿que los azishianos me dejen quedarme todo el tiempo que quiera? —Negó con la cabeza—. Algo querían, los muy famélicos. Es la única explicación. Se me iban a comer.
—Pero…
Lift echó a correr de nuevo. La fría piedra, perforada por las madrigueras de la hierba, era agradable a sus pies descalzos. No llevaba zapatos. ¿De qué servían los zapatos? En palacio habían empezado a ofrecerle zapatos a montones. Y ropa buena: abrigos y túnicas grandes y cómodos. Ropa dentro de la que una podía perderse. Le había gustado llevar prendas suaves por una vez.
Luego habían empezado a pedir cosas. ¿Por qué no recibir unas lecciones y aprender a leer? Le agradecían lo que había hecho por Gawx, que ahora era el Aqasix Supremo, la forma rebuscada en que llamaban a su gobernante. En recompensa por sus servicios, podía disponer de tutores, le dijeron. Podía aprender cuál era el modo correcto de vestir aquella ropa, podía aprender a escribir.
Había empezado a reconcomerse. Si se quedaba, ¿cuánto tiempo tardaría en dejar de ser Lift? ¿Cuánto tiempo hasta que se la tragaran y quedara otra chica en su lugar, con la cara parecida pero toda nueva al mismo tiempo?
Probó a usar de nuevo su maravilla. En palacio habían hablado de la recuperación de los poderes antiguos. Los Caballeros Radiantes. El vínculo de potencias, las fuerzas naturales.
«Recordaré a aquellos que han sido olvidados».
Lift se resbaladizó de poder y resbaló unos metros por el suelo antes de tropezar y caer rodando a la hierba. ¿Cómo iba a quedarse en pie, si sus pies resbalaban más que si estuvieran cubiertos de aceite? Tendría que volver a remar de rodillas. Era mucho más fácil. Así podía mantener el equilibrio y dirigirse con las manos. Como un cangrejillo, correteando por aquí y por allá.
«Tenían una elegante belleza —había dicho Oscuridad—. Podían cabalgar la cuerda más fina, danzar en los tejados, moverse como un lazo al viento».
Oscuridad, aquella sombra de hombre que la había perseguido, se lo dijo en el palacio, hablando de quienes, hacía mucho tiempo, habían usado poderes como los de Lift. Quizá fuese mentira. Al fin y al cabo, en esos momentos Oscuridad se disponía a asesinarla.
Pero precisamente por eso, ¿para qué mentir? La había tratado con desprecio, como si Lift no fuese nada. Como si no valiese nada.
Tensó la mandíbula y se levantó. Wyndle seguía hablando, pero no le hizo caso y arrancó de nuevo por el campo desierto, corriendo tan deprisa como pudo y sorprendiendo a la hierba. Llegó a la cima de la pequeña colina, saltó y recubrió sus pies de poder.
Empezó a resbalar al instante. ¡El aire! El aire que empujaba al moverse era lo que la retenía. Lift siseó y entonces recubrió todo su yo de poder.
Surcó el viento, girando a un lado mientras resbalaba ladera abajo. El aire resbalaba y se apartaba de ella, como si no la encontrara. Hasta la luz del sol parecía derretirse antes de alcanzar su piel. Estaba entre lugares, allí pero no. Sin aire, sin suelo. Solo movimiento puro, tan rápido que llegaba a la hierba antes de que tuviera tiempo de retraerse. Fluía en torno a Lift, sin entrar en contacto gracias a su poder.
Empezó a brillarle la piel y salieron de ella unas volutas de luz humeante. Lift rio, llegando a la base de la pequeña colina. Entonces saltó unas piedras.
Y se estampó de cara contra otro árbol.
La burbuja de poder que la rodeaba estalló. El árbol se derrumbó y, ya puestos, los dos que tenía al lado decidieron caer también. A lo mejor se sentían excluidos de algo.
Wyndle la encontró sonriendo de oreja a oreja como una idiota, mirando hacia el sol, despatarrada sobre el tronco del árbol con los brazos metidos en las ramas, y un solitario glorispren dorado, con forma de orbe, trazando círculos sobre ella.
—¿Ama? —dijo—. Ay, ama. Eras feliz en palacio. ¡Se te notaba en la cara!
Ella no respondió.
—Por no hablar del emperador —siguió diciendo Wyndle—. ¡Te echará de menos! ¡Ni siquiera le has dicho que te marchabas!
—Le dejé una nota.
—¿Una nota? ¿Has aprendido a escribir?
—¡Tormentas, no! Me comí su cena. De debajo del cubrebandejas, mientras se preparaban para llevársela. Gawx sabrá lo que significa.
—Lo dudo bastante, ama.
Se levantó encima del árbol caído, estiró los músculos y se sopló el pelo de los ojos. A lo mejor sí que podría danzar en los tejados, cabalgar cuerdas o ¿qué era lo otro? ¿Crear viento? Sí, eso su trasero ya lo hacía sin problemas. Bajó del árbol dando un salto y siguió recorriendo el campo.
Por desgracia, su estómago tenía cuatro cosas que decirle sobre cuanta maravilla había utilizado. Lift funcionaba a base de comida, incluso más que la mayoría de la gente. Podía extraer un poco de maravilla de todo lo que comía pero, cuando se usaba, ya no podía volver a hacer nada increíble hasta que hubiera comido más.
Su estómago rugió, en rebeldía. A Lift le gustaba imaginar que estaba soltándole unos insultos horribles. Se registró los bolsillos. La comida del petate se le había terminado por la mañana, y eso que había cogido un buen montón. Pero ¿no había encontrado una salchicha al fondo antes de tirar el petate?
Ah, sí. Se la había comido mientras miraba a aquellos ríospren unas horas antes. Se hurgó en los bolsillos de todos modos, pero solo encontró un pañuelo que había usado para envolver una buena pila de pan ácimo antes de meterla en el petate. Se metió parte del pañuelo en la boca y empezó a masticar.
—¿Ama? —dijo Wyndle.
—A o ejor guedan igajas —explicó ella, con la boca llena de pañuelo.
—¡No deberías estar Potenciando tanto! —Se arqueó en el suelo junto a ella, dejando un rastro de enredaderas y cristales—. Y de verdad tendríamos que habernos quedado en palacio. ¿Cómo ha podido pasarme esto a mí? Debería estar trabajando en mi jardín ahora mismo. Tenía unas sillas magníficas.
—¿Illas? —preguntó Lift, dejando de masticar.
—Sí, sillas. —Wyndle se arremolinó en espiral a su lado y formó una cara inclinada hacia ella en ángulo en la parte de arriba—. ¡En Shadesmar había reunido la mejor colección de almas de sillas de este lado que puedas imaginar! Yo las cultivaba para que se convirtieran en unos cristales grandiosos. Tenía unas cuantas Winstel, una Shober muy buena, toda una colección de butacas… ¡y hasta un par de tronos!
—¿Udtivabas illas?
—Pues claro que cultivaba sillas —dijo Wyndle. Su cinta de enredadera saltó de la espiral y la siguió cuando Lift echó a andar de nuevo—. ¿Qué iba a cultivar si no?
—Adtas.
—¿Plantas? Bueno, tenerlas, las tenemos en Shadesmar. Pero yo no soy un jardinero del montón. ¡Soy un artista! Caramba, pero si estaba preparando una exposición entera de sofás cuando el Anillo me escogió para este deber atroz.
—Arhutío ramitch mragdufud.
—¿Quieres quitarte eso de la boca? —saltó Wyndle.
Lift lo hizo.
Wyndle dio un bufido. Lift no sabía cómo podía bufar una cosa pequeña con forma de enredadera, pero Wyndle lo hacía a todas horas.
—Muy bien, ¿qué era lo que intentabas decirme?
—Nada, era un galimatías —dijo Lift—. Solo quería ver cómo reaccionabas.
Se metió en la boca el otro extremo del pañuelo y empezó a chuparlo. Siguieron adelante con un suspiro de Wyndle, que se puso a hablar de jardinería y de lo triste que era su vida. Desde luego, era un Portador del Vacío muy raro. Ahora que lo pensaba, Lift nunca lo había visto ni mínimamente interesado en consumir el alma de nadie. ¿Sería vegetariano?
Cruzaron un bosquecillo, que en realidad casi podía llamarse un calvero. Era una palabra rara, porque Lift casi nunca encontraba calvos en ellos. Ni siquiera había caemuertos, que crecían en extensiones pequeñas de terreno pero apartados unos de otros. Las ramas de aquellos árboles se enroscaban unas sobre otras al crecer, densas y entrelazadas para afrontar las altas tormentas.
Que venía a ser la forma buena de hacerlo, ¿no? Todos los demás juntaban las ramas. Se apuntalaban. Pero Lift era un caemuerto. No te entrelaces, no te dejes atrapar. Haz las cosas a tu manera.
Sí, desde luego así es como era. Y por eso había tenido que irse del palacio, evidentemente. Una no podía vivir levantándose por la mañana y viendo las mismas cosas un día tras otro. Había que seguir moviéndose, o la gente empezaba a saber quién eras y entonces empezaba a esperar cosas de ti. De ahí a que te engulleran solo había un paso.
Paró entre los árboles, sobre un sendero que alguien había talado y mantenía. Miró hacia atrás, al norte, hacia Azir.
—¿Esto es por lo que te pasó? —preguntó Wyndle—. No sé mucho sobre humanos, pero me parece que es natural, por desconcertante que parezca. No estás herida.
Lift se hizo visera en los ojos. Estaba cambiando lo que no debía. Ella debía seguir siendo como era y el mundo debía cambiar a su alrededor. Era lo que había pedido, ¿o no?
¿Le habían mentido?
—¿Vamos a volver? —preguntó Wyndle, esperanzado.
—No —dijo Lift—. Solo me despedía.
Se metió las manos en los bolsillos y dio media vuelta antes de seguir su camino entre los árboles.
2
Yeddaw era una de las ciudades que Lift siempre había querido visitar. Estaba en Tashikk, un sitio que era raro hasta comparándolo con Azir. A Lift siempre le había parecido que sus habitantes eran demasiado educados y reservados. Además, llevaban una ropa que los hacía difíciles de calar a primera vista.
Pero todo el mundo decía que Yeddaw había que verla. Era lo más parecido que había a visitar Sesemalex Dar, y teniendo en cuenta que ese otro lugar llevaba como mil millones de años siendo una zona de guerra, no era muy probable que Lift pudiera ir alguna vez.
De pie con las manos en las caderas, contemplando la ciudad de Yeddaw, Lift tuvo que reconocer que la gente llevaba razón. Menudas vistas. A los azishianos les gustaba pensar que su arquitectura era grandiosa, pero lo único que hacían era dar baños de bronce, oro o lo que fuese a todos sus edificios y fingir que con eso bastaba. Pero ¿de qué servía? A Lift solo le reflejaban su propia cara, que tenía demasiado vista para que la impresionara.
No, Yeddaw sí que era impresionante. Una ciudad majestuosa cortada en el famélico suelo.
Había oído a los relamidos escribas de Azir hablar de ella. Decían que era una ciudad nueva, creada solo cien años antes, cuando alquilaron las hojas esquirladas imperiales de Azir. Esas hojas no veían mucha guerra. En lugar de ello, se usaban para abrir minas, cortar rocas y demás. Muy práctico. Era como usar el trono real a modo de taburete para alcanzar algo en los estantes más altos.
No tendrían que haber gritado tanto a Lift por hacerlo.
El caso era que habían usado las hojas esquirladas para construir Yeddaw. El lugar fue una vez una extensa llanura. Pero desde su lugar de observación sobre una colina, Lift distinguía centenares de zanjas talladas en la piedra. Estaban interconectadas, como en un gigantesco laberinto. Había zanjas más amplias que otras, y componían una espiral aproximada hacia el centro, donde un gran edificio con forma de montículo era la única parte de la ciudad que asomaba de la superficie del llano.
Arriba, en los espacios entre zanjas, había gente trabajando en los campos. Apenas había estructuras propiamente dichas en la superficie: todo estaba abajo. La gente vivía en aquellos huecos, que parecían tener dos o tres pisos de profundidad. ¿Cómo evitaban que los arrastrara el agua de las altas tormentas? De acuerdo, habían tallado grandes canales que llevaban fuera de la ciudad, en los que no parecía vivir nadie, para que el agua tuviera un conducto de salida. Seguía sin dar sensación de seguridad, al menos a Lift, pero bonito sí era con ganas.
Podría esconderse muy bien allí. A fin de cuentas, para eso había ido. Para esconderse. Nada más. No había ningún otro motivo.
La ciudad no tenía murallas, pero sí bastantes atalayas dispuestas a su alrededor. El camino que seguía Lift bajaba de las colinas y desembocaba en otro más importante, que pasado un tiempo terminaba en una cola de gente que esperaba el permiso para entrar en la ciudad.
—¿Cómo habrán conseguido cortar tanta roca? —dijo Wyndle, apilando sus enredaderas junto a ella en una columna giratoria que lo llevó a la altura de su cintura, con el rostro inclinado hacia la ciudad.
—Hojas esquirladas —respondió Lift.
—¡Oh! ¡Oh! Esas cosas. —Se removió, incómodo, y sus enredaderas serpentearon y se retorcieron unas sobre otras con fuertes crujidos—. Sí, esas cosas.
Lift se cruzó de brazos.
—Tendría que hacerme con una, ¿verdad?
Wyndle dio un fuerte gemido, algo raro en él.
—He pensado que Oscuridad tenía una, ¿a que sí? —continuó diciendo Lift—. Empuñaba una cuando intentó matarnos a Gawx y a mí. Así que tendría que buscar otra para mí.
—Eso —dijo Wyndle—. ¡Justo eso es lo que tienes que hacer! Vamos a acercarnos al mercado a comprar una legendaria y todopoderosa arma salida de los mitos y los albores de la historia, con un valor superior al de muchos reinos. He oído que, cuando empieza a mejorar el tiempo, en el este las venden al peso.
—Cállate, Portador del Vacío —dijo Lift, con una mirada al revoltijo de su cara—. Tú sabes algo sobre las hojas esquirladas, ¿verdad?
Las enredaderas parecieron marchitarse.
—Algo sabes. Venga, desembucha. ¿Qué sabes?
Wyndle negó con su cabeza de enredadera.
—Dímelo —ordenó Lift, en tono de advertencia.
—Está prohibido. Debes descubrirlo por ti misma.
—Y eso hago. Estoy descubriéndolo. Sacándotelo a ti. Dímelo o te muerdo.
—¿Qué?
—Te morderé —dijo Lift—. Te roeré, Portador del Vacío. Eres una enredadera, ¿no? Pues yo como plantas. A veces.
—Incluso suponiendo que mis cristales no te partieran los dientes —replicó Wyndle—, mi masa no te nutriría. Se descompondría en polvo.
—No es por nutrición. Es por tortura.
Wyndle la sorprendió aguantándole la mirada con sus extraños ojos hechos de cristales.
—Si te soy sincero, ama, no creo que fueses capaz.
Lift le gruñó y Wyndle se marchitó más, pero no le reveló el secreto. ¡Tormentas! Daba gusto ver que demostraba agallas. Bueno, o lo que fuese que tuvieran las plantas en vez de agallas. ¿Estambres?
—Se supone que tienes que obedecerme —dijo Lift, metiéndose las manos en los bolsillos y siguiendo camino hacia la ciudad—. No cumples las normas.
—Las cumplo a rajatabla —repuso él con un bufido—. Lo que pasa es que tú no las conoces. Y debes saber que soy jardinero, no soldado, así que nada de golpear a la gente conmigo.
Lift se detuvo.
—¿Por qué iba a golpear a nadie contigo?
Wyndle se marchitó tanto que estuvo a punto de secarse del todo.
Lift suspiró y siguió adelante, seguida de Wyndle. Llegaron al camino más ancho, girando hacia la atalaya de entrada a la ciudad.
—Entonces —dijo Wyndle mientras adelantaban a un carro tirado por un chull—, ¿aquí es donde veníamos desde un principio? ¿A esta ciudad excavada en el suelo?
Lift asintió con la cabeza.
—Podrías habérmelo dicho —le reprochó Wyndle—. ¡Me preocupaba que nos sorprendiera una tormenta aquí fuera!
—¿Por qué? Si ya no llueve.
El Llanto, sorprendentemente, se había detenido. Luego había vuelto a empezar. Y luego había parado otra vez. Estaba haciendo cosas rarísimas, pareciéndose más al clima normal que a la prolongada y suave alta tormenta que debía ser.
—No lo sé —dijo Wyndle—. Algo va mal, ama. Algo en el mundo. Puedo sentirlo. ¿Oíste lo que escribió el rey de los alezi al emperador?
—¿Eso de que llegaba una nueva tormenta? —preguntó Lift—. ¿Una que soplaría al revés?
—Sí.
—Los fideos decían que era una chorrada.
—¿Fideos?
—Esos que rodeaban siempre a Gawx, hablándole a todas horas, diciéndole qué debía hacer e intentando que yo me pusiera túnica.
—Los visires de Azir. ¡Son los funcionarios en jefe del imperio y los consejeros del Supremo!
—Ajá. Brazos ondeantes y rasgos fofos. Fideos. Bueno, pues pensaban que ese tipo tan furioso…
—… El alto príncipe Dalinar Kholin, a todos los efectos rey de Alezkar y el más poderoso caudillo del mundo ahora mismo…
—… se estaba inventando cosas.
—Puede. Pero ¿tú no sientes algo? ¿Allá fuera? ¿Acumulándose?
—Un trueno lejano —susurró Lift, mirando hacia las distantes montañas al oeste, más allá de la ciudad—. O… o la sensación que tienes cuando a alguien se le escurre una sartén de las manos, la ves caer y te preparas para el escándalo que montará contra el suelo.
—Entonces, sí que lo sientes.
—Quizá —dijo Lift. El carro del chull los adelantó. A Lift no le prestaba atención nadie, como de costumbre. Y la única que podía ver a Wyndle era ella, por ser tan especial—. ¿Tus amigos Portadores del Vacío no saben nada de esto?
—No somos Lift, somos spren… pero mi especie, los cultivacispren, no somos muy importantes. No tenemos reino propio, ni siquiera ciudades. Solo empezamos a vincularnos con vosotros porque los crípticos y los honorspren y todos los demás empezaban a hacerlo. Sí, saltamos al mar de cristal con los pies por delante, ¡pero apenas sabemos lo que estamos haciendo! ¡Todo aquel que tenía la menor idea de cómo lograr todo esto murió hace siglos!
Wyndle fue creciendo por el camino junto a ella mientras seguían al carro tirado por el chull, que traqueteaba y se tambaleaba.
—Todo está mal y nada tiene sentido —siguió diciendo Wyndle—. Vincularme contigo debía haber sido más difícil de lo que fue, tengo entendido. Los recuerdos me vienen borrosos de vez en cuando, pero sí que voy acordándome de más cosas. No tuve que pasar por el trauma que todos creíamos que afrontaría. Quizá sea por tus circunstancias particulares. Pero ama, créeme cuando te digo que se aproxima algo grave. Es mal momento para marcharnos de Azir. Allí estábamos seguros. Vamos a necesitar seguridad.
—No hay tiempo para volver.
—No, supongo que no lo hay. Por lo menos, ahí delante podremos refugiarnos.
—Sí, suponiendo que Oscuridad no nos mate.
—¿Oscuridad? ¿El Rompedor del Cielo que te atacó en palacio y estuvo a un pelo de asesinarte?
—Sí —respondió Lift—. Está en la ciudad. ¿No me has oído quejarme porque necesito una hoja esquirlada?
—En la ciudad… ¿En Yeddaw, el lugar al que nos dirigimos ahora mismo?
—Ajá. Los fideos tienen a gente atenta por si alguien se entera de algo sobre él. Llegó una nota justo antes de que nos marcháramos, diciendo que se lo había visto en Yeddaw.
—Un momento. —Wyndle se adelantó, dejando atrás un rastro de enredadera y cristal. Creció por la parte trasera del carro hasta enroscarse sobre su madera, justo delante de ella. Creó una cara y la miró con ella—. ¿Por eso nos marchamos tan de repente? ¿Por esto estamos aquí? ¿Hemos venido persiguiendo a ese monstruo?
—Claro que no —dijo Lift, con las manos en los bolsillos—. Habría que ser estúpido.
—Cosa que tú no eres.
—No.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí?
—En la ciudad preparan unas tortitas con cosas dentro —dijo ella—. Dicen que son sabrosísimas, y las comen durante el Llanto. Hay diez variedades. Voy a robar una de cada.
—Has venido hasta aquí, renunciando a todos los lujos, para comerte unas tortitas.
—Unas tortitas impresionantes de verdad.
—A pesar de que aquí haya un portador de esquirlada deificado, un hombre que puso todo su empeño en intentar ejecutarte.
—Quiere impedir que use mis poderes —dijo Lift—. Se lo ha visto en otros sitios. Los fideos lo han investigado, porque los fascina. Todo el mundo está atento al tipo calvo ese que colecciona cabezas de reyes, pero este otro también se dedica a asesinar por todo Roshar. Gente poco importante. Gente que no llama la atención.
—¿Y por qué hemos venido aquí?
Lift se encogió de hombros.
—Parecía un lugar tan bueno como cualquier otro.
Wyndle se dejó resbalar del carro.
—En realidad, analizando los hechos, este no es un lugar tan bueno como cualquier otro. Puede demostrarse que es peor, ya que…
—¿Seguro que no puedo comerte? —preguntó ella—. Porque me vendría estupendamente. Tienes un montón de enredaderas de más. A lo mejor, podría mordisquearlas un poquito.
—Te aseguro, ama, que encontrarías la experiencia pero que muy poco atractiva.
Lift gruñó y su estómago respondió rugiendo. Aparecieron hambrespren, que eran como motitas marrones aladas, flotando a su alrededor. No era raro. Mucha gente de la cola los había atraído.
—Tengo dos poderes —dijo Lift—. Puedo resbalar por ahí, siendo maravillosa, y puedo hacer que crezcan cosas. ¿Podría hacer crecer plantas para comérmelas?
—Casi con toda seguridad, haría falta más energía en luz tormentosa para que crecieran las plantas que el sustento que proporcionarían, como determinan las leyes del universo. Y antes de que digas nada, esas son leyes que ni siquiera tú puedes saltarte. —Calló un momento—. Creo. ¿Quién sabe, tratándose de ti?
—Tengo algo especial —dijo Lift, deteniéndose cuando por fin llegaron a la cola de gente que esperaba a entrar en la ciudad—. Y también hambre. Ahora mismo, más hambre que algo especial.
Sacó la cabeza para mirar la cola. Había varios guardias en la rampa descendente que entraba en la ciudad, además de unos escribas que llevaban aquella extraña ropa tashikki. Era una tela larga, pero larga, larga, con la que se envolvían de los pies a la cabeza. Para tratarse de una sola pieza, era compleja a más no poder: rodeaba las piernas y los brazos individualmente, pero a veces también daba la vuelta por detrás de la cintura para crear una especie de falda. Tanto hombres como mujeres vestían con aquellas telas, aunque no los guardias.
Desde luego, se tomaban con calma lo de permitir el paso a la ciudad. Y había un montón de gente esperando. Todos allí eran makabaki, oscuros de ojos y piel, más que el tono marrón de Lift. Y había muchas familias, que llevaban ropa azishiana normal. Pantalones y faldas sucios, a veces estampados. Estaban rodeados de agotaspren y hambrespren, tantos que mareaban.
Lift había esperado encontrar allí sobre todo a mercaderes, no familias. ¿Quién era toda aquella gente?
Su estómago rugió.
—¿Ama? —dijo Wyndle.
—Calla —replicó ella—. Tengo demasiada hambre para hablar.
—¿Tienes?
—¿Hambre? Sí. Así que chitón.
—Pero…
—Seguro que esos guardias tienen comida. La gente siempre da de comer a los guardias. No pueden atizar a la gente en la cabeza como debe ser si se mueren de hambre. Es evidente.
—O, a modo de contrapropuesta, también podrías comprar comida con las esferas que te concedió el emperador y listos.
—No me las he traído.
—¿No te… no te has traído el dinero?
—Las tiré por ahí cuando no estabas mirando. No te pueden robar si no llevas dinero. Llevar esferas encima es llamar al mal tiempo. —Entornó los ojos, vigilando a los guardias—. Además, los únicos que llevan dinero así son los ricachones. Las personas normales nos las arreglamos de otras maneras.
—Conque ahora eres normal.
—Pues claro que sí —dijo ella—. Los raros son todos los demás.
Antes de que Wyndle pudiera responder, Lift se metió por debajo del carro y empezó a gatear hacia el principio de la cola.
3
Taliú, dices que traes? —preguntó Hauka, levantando la lona que cubría el sospechoso montón de grano—. ¿De Azir?
—Sí, exacto, oficial. —El hombre se revolvió incómodo en el pescante del carro—. Solo soy un humilde granjero.
«Sin callos en las manos —pensó Hauka—. Un humilde granjero que puede permitirse unas buenas botas liaforanas y un cinturón de seda». Hauka cogió su lanza y empezó a clavarla en el taliú, con la contera por delante. No encontró mercancías de contrabando ni refugiados ocultos en el grano. Era la primera vez que le pasaba.
—Tengo que validar tus documentos —dijo—. Saca el carro ahí a un lado.
El hombre refunfuñó pero obedeció, girando el carro y luego haciendo retroceder al chull hasta quedar junto al puesto de guardia. Era uno de los pocos edificios construidos por encima de la ciudad, junto con unas pocas atalayas separadas para poder coser a flechas a cualquiera que intentara llegar a las rampas o tomar posiciones para un asedio.
El granjero manejó su carro con mucho, mucho cuidado, ya que estaban cerca del borde tras el que caía la ciudad. Era el barrio de los inmigrantes. La gente rica no entraba por allí, solo quienes no tenían papeles. O quienes querían evitar el escrutinio.
Hauka enrolló las credenciales del hombre y se dirigió más allá del puesto de guardia. De él salían los aromas de la comida terminando de prepararse, por lo que la gente de la cola tendría que esperar incluso más. Había un anciano escriba en un asiento, cerca de la puerta del puesto de guardia. A Nissiqqan le gustaba estar al sol.
Hauka le hizo una inclinación. Nissiqqan era el vicescriba de inmigración que estaba de servicio aquel día. Iba envuelto de pies a cabeza en una shiqua amarilla, aunque con la parte superior bajada para mostrar un rostro arrugado con un hoyuelo en la barbilla. Estaban en sus tierras natales y la necesidad de cubrirse ante Nun Raylisi, el enemigo de su dios, era mínima. En teoría, allí estaban bajo la protección de Tashi.
Hauka llevaba peto, capuchón, pantalones y una capa en la que estaban bordados los símbolos de su familia y sus estudios. Los lugareños no tenían demasiados problemas para aceptar a una azishiana como ella, porque Tashikk no reclutaba muchos soldados entre su población y las credenciales de los logros de Hauka estaban convalidadas por un visir en Azimir. Podría haber encontrado un trabajo parecido, como oficial de la guardia, en cualquier parte de la región makabaki, aunque sus credenciales especificaran que no tenía certificación para el mando en campo de batalla.
—¿Capitana? —dijo Nissiqqan, ajustándose los anteojos para estudiar las credenciales del granjero que le ofrecía Hauka—. ¿Se niega a pagar la tarifa?
—La tarifa está cobrada y en la caja fuerte —dijo Hauka—. Pero aun así, desconfío de él. Ese hombre no es granjero.
—¿Intenta colar refugiados?
—He comprobado el grano y debajo del carro —afirmó Hauka, mirando hacia atrás. El hombre no dejaba de sonreír—. Es grano nuevo. Un poco demasiado maduro, pero comestible.
—Pues vendrá muy bien a la ciudad.
El vicescriba tenía razón. La guerra entre Emul y Tukar estaba caldeándose. De acuerdo, la gente siempre estaba diciendo lo mismo, pero las cosas de verdad habían cambiado en los últimos años. Aquel dios-rey de los tukari… corrían todo tipo de rumores acerca de él.
—¡Eso es! —exclamó Hauka—. Excelencia, seguro que ese hombre ha estado en Emul. Se ha dedicado a saquear los campos mientras todos los hombres capaces están defendiéndose de la invasión.
Nissiqqan asintió, frotándose el mentón. Luego hurgó en su carpeta.
—Táselo como contrabandista y también como vendedor de mercancía robada. Creo que sí, sí que puede ser. Tarifa triple. Marcaré los documentos de las dos tarifas adicionales para que se destinen a alimentar a los refugiados, según dicta el referendo tres-siete-uno-sha.
—Gracias —dijo Hauka, relajándose y cogiendo los documentos. Por mucho que pudiera decirse de la ropa extraña y la religión de los tashikkis, había que reconocerles que redactaban buenas ordenanzas civiles.
—Tengo esferas para usted —comentó Nissiqqan—. Sé que lleva tiempo pidiendo esferas infusas.
—¿De verdad? —dijo Hauka.
—Mi primo tenía unas pocas fuera de la caja, olvidadas por pura casualidad, cuando llegó aquella alta tormenta inesperada.
—Excelente —repuso Hauka—. Luego las negociamos.
Tenía cierta información en la que Nissiqqan estaría muy interesado. Allí en Tashikk se utilizaba la información como moneda, tanto como las esferas.
Y tormentas, tener unas esferas iluminadas estaría muy bien. Después del Llanto, casi nadie las tenía, lo cual resultaba todo un incordio porque las llamas abiertas estaban prohibidas en la ciudad. De modo que Hauka no podía leer por la noche hasta que encontrara alguna esfera infusa.
Regresó hacia el contrabandista, hojeando los documentos.
—Vas a tener que pagar esta tarifa —dijo, entregándole un documento—. Y también esta.
—¡Permiso para la venta de mercancía robada! —exclamó el hombre—. ¡Y contrabando! ¡Esto es un robo!
—Sí, creo que lo es. O lo fue, al menos.
—No puedes demostrar esas acusaciones —replicó él, apartando los documentos de un manotazo.
—Claro que no —dijo ella—. Si pudiera demostrar que cruzaste ilegalmente la frontera con Emul, robaste en los campos de buena gente trabajadora mientras los distraía la guerra y luego trajiste el botín aquí sin los permisos pertinentes, me limitaría a confiscarte el carro lleno. —Se inclinó hacia él—. Aún te pasa poco, y los dos lo sabemos.
Él cruzó la mirada con ella, la apartó con nerviosismo y empezó a rellenar los documentos. Bien. No habría problemas. Le gustaba que no hubiera problemas, era…
Hauka vio que la lona del carro del hombre se movía. Frunció el ceño y la retiró hacia atrás para encontrar a una niña, nada menos, enterrada hasta el cuello en el grano. Tenía la piel de un tono marrón claro, por lo que debía de ser reshi o quizá herdaziana, y tendría unos once o doce años. Sonrió a Hauka.
La chica no había estado cuando Hauka clavó su lanza.
—Esto está asqueroso —dijo desde el carro en azishiano, con la boca llena de lo que parecía grano sin cocinar—. Supongo que por eso antes lo usamos para hacer cosas. —Tragó—. ¿Tienes algo de beber?
El contrabandista se puso de pie en el pescante, señalando iracundo.
—¡Me está echando a perder la mercancía! ¡Está nadando en ella! ¡Guardia, haz algo! ¡Hay una sucia refugiada en mi grano!
Qué bien. El papeleo de aquel asunto iba a ser una pesadilla.
—Fuera de ahí, niña. ¿Tienes padres?
—Pues claro que sí —dijo la chica, poniendo los ojos en blanco—. Todo el mundo tiene padres. Pero los míos están muertos. —Ladeó la cabeza—. ¿Qué es eso que huelo? No serán tortitas, ¿verdad?
—Sí —respondió Hauka, viendo una oportunidad—. Tortitas del día del sol. Puedes comerte una, si te…
—¡Gracias!
La chica saltó de entre el grano, esparciéndolo en todas las direcciones y provocando un grito del contrabandista. Hauka intentó asirla, pero de algún modo la chica se le escurrió de las manos. Subió de un salto a las manos de Hauka y saltó hacia delante.
Y aterrizó en los hombros de Hauka.
Hauka gruñó por el repentino peso de la chica, que justo entonces saltó de sus hombros y cayó detrás de ella.
Hauka rodó, desequilibrada.
—¡Por Tashi! —exclamó el contrabandista—. ¡Tormentas, te ha saltado en los hombros!
—Muchas gracias. Quédate aquí. No te muevas.
Hauka se alisó la capucha y salió corriendo tras la chica, que pasó rozando a Nissiqqan (y tirándole al suelo sus carpetas) y entró en la sala de guardia. Bien. El puesto no tenía ninguna otra salida. Hauka fue hasta el umbral, dejó a un lado su lanza y cogió la porra que llevaba al cinto. No quería hacer daño a la pequeña refugiada, pero intimidarla un poco era lo adecuado.
La chica resbaló por el suelo de madera como si estuviese cubierto de aceite, hacia la mesa donde varios escribas y dos guardias de Hauka estaban comiendo. Se agachó para meterse debajo y luego se levantó, volcándola entera, sorprendiendo a todo el mundo y tirando la comida al suelo.
—¡Perdón! —dijo la chica desde el desastre—. No era mi intención. —Su cabeza asomó a un lado de la mesa volcada, con media tortita sobresaliendo de la boca—. No están nada mal.
Los hombres de Hauka se pusieron en pie de un salto. Hauka pasó a su lado como una exhalación, rodeando la mesa para intentar apresar a la refugiada. Rozó con los dedos el brazo de la chica, pero se le volvió a escurrir. La niña se agachó de nuevo y resbaló entre las piernas de Rez.
Hauka echó a correr de nuevo y acorraló a la chica a un lado de la sala de guardia.
La chica, por su parte, se izó y se metió culebreando por el único y estrecho ventanuco que había. Hauka se quedó boquiabierta. Por allí no podía caber una persona, por pequeña que fuese, y mucho menos con tanta facilidad. Fue contra la pared y miró por el ventanuco. Al principio no vio nada, pero entonces la cabeza de la chica descendió desde arriba. ¿Cómo había podido subir al tejado?
El pelo oscuro de la chica se agitó al viento.
—Oye —le dijo—, ¿qué tipo de tortita era esa, por cierto? Tengo que probar las diez.
—Vuelve aquí dentro —ordenó Hauka, sacando la mano para intentar asir a la chica—. No has sido procesada para la inmigración.
La cabeza de la chica desapareció hacia arriba y sus pisadas sonaron en el tejado. Hauka renegó y salió por la puerta, seguida por sus dos guardias. Registraron el tejado del pequeño puesto de vigilancia, pero no vieron nada.
—¡Ha vuelto a entrar! —gritó un escriba desde el interior.
Al cabo de un instante, la chica salió resbalando por el suelo, con una tortita en cada mano y una tercera en la boca. Rebasó a los guardias en dirección al carro del contrabandista, que había bajado del pescante y seguía despotricando por su grano echado a perder.
Hauka saltó para agarrar a la niña, y en esa ocasión logró cerrar la mano en torno a una pierna. Por desgracia, sus dos guardias también intentaron capturarla, tropezaron y cayeron enredados justo encima de Hauka.
Pero ella no soltó su presa. Bufando por el peso en su espalda, Hauka se aferró a la pierna de la chica. Miró hacia arriba, conteniendo un gemido.
La chica refugiada se había sentado en una piedra, delante de ella, con la cabeza echada a un lado. Se metió una tortita entera en la boca y echó hacia atrás la mano libre, hacia la argolla con que el carro estaba enganchado a su chull. El gancho saltó de la argolla cuando la chica le dio un golpecito por debajo. No planteó la menor resistencia.
«Oh, tormentas, no».
—¡Quitaos de encima! —bramó Hauka, soltando a la chica para apartar a los hombres. El idiota del contrabandista retrocedió, confundido.
El carro rodó hacia atrás, en dirección al borde, y Hauka dudó mucho que el antepecho de madera fuese a evitar su caída. Saltó hacia el carro con todas sus fuerzas y lo agarró por un lado. El carro la arrastró y Hauka tuvo unas visiones terribles en las que se precipitaba al interior de la ciudad, sobre los refugiados del barrio de inmigrantes.
Pero el carro, poco a poco, se detuvo. Resollando, Hauka levantó la mirada de sus pies apretados contra las piedras hacia sus manos, que sostenían el carro. No se atrevía a soltarlo.
La chica había vuelto a subir encima del grano y se estaba comiendo su última tortita.
—Sí que están buenas, sí.
—Tortitas tuk —dijo Hauka, agotada—. Se comen para asegurar la prosperidad en el año entrante.
—Pues habría que comerlas a todas horas, ¿no te parece?
—Tal vez.
La chica asintió, se volvió de lado y abrió de un puntapié la tabla trasera. De sopetón, todo el grano se deslizó y cayó del carro.
Era lo más raro que Hauka había visto en la vida. El montón de grano se volvió como líquido y fluyó fuera del carro, aunque tenía muy poca inclinación. Y además… bueno, brillaba un poco mientras caía lloviendo a la ciudad.
La chica sonrió a Hauka.
Y luego saltó tras el grano.
Hauka ahogó un grito mientras la chica caía. Los otros dos guardias por fin recobraron la suficiente compostura para acudir en su ayuda y agarraron el carro. El contrabandista chillaba, rodeado de furiaspren que bullían como charcos de sangre en el suelo.
Por debajo, el grano se expandió en el aire y levantó una nube de polvo al caer sobre el barrio de los inmigrantes. Estaba bastante por debajo, pero Hauka habría jurado que oyó gritos de júbilo y alabanzas mientras la comida llovía sobre sus habitantes.
Con el carro asegurado, Hauka se acercó al borde. La chica no se veía por ninguna parte. ¡Tormentas! ¿Sería algún tipo de spren? Hauka volvió a buscar pero tampoco vio nada, aunque a sus pies había un extraño polvo negro. Se lo llevó el viento.
—¿Capitana? —llamó Rez.
—Tienes el mando de inmigración durante una hora, Rez. Necesito un descanso.
Tormentas. ¿Cómo narices iba a explicar aquello en un informe?
4
Lift no debería haber sido capaz de tocar a Wyndle. El Portador del Vacío no dejaba de decir cosas como: «No tengo la suficiente presencia en este reino, ni siquiera con nuestro vínculo» o «Debes de estar atrapada en parte en el Cognitivo». Bobadas, a grandes rasgos.
Porque el caso era que podía tocarlo. A veces era conveniente. Veces como cuando una acababa de tirarse por un pequeño precipicio y necesitaba agarrarse a algo. Wyndle gritó por la sorpresa cuando Lift saltó, pero al instante se lanzó pared abajo, creciendo más deprisa de lo que ella caía. Por fin empezaba a prestar atención.
Lift se agarró a él como a una cuerda y fue medio soltándose mientras caía, dejando resbalar la enredadera entre los dedos. No era mucho, pero ayudó a ralentizar el descenso. Dio contra el suelo con más fuerza de la que habría sido segura para la mayoría. Por suerte, ella era maravillosa.
Extinguió el brillo de su maravilla y corrió hacia un callejón. La gente se apelotonó a su espalda, entonando alabanzas a diversos Heraldos y dioses por concederles el don del grano. En fin, que dijeran lo que quisieran, pero todos parecían saber que el grano no provenía de un dios, o al menos no directamente, porque se lo llevaron más deprisa que a una puta bavlandesa de las guapas.