Arcanum ilimitado

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El sistema de Roshar » Danzante del Filo

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A los pocos minutos, del carro entero de grano ya solo quedaban unas cascarillas flotando al viento. Lift se quedó agachada en la boca del callejón e inspeccionó su entorno. Era como si hubiera caído desde el mediodía derecha al ocaso. Había sombras largas por todas partes, y olía a mojado.

Los edificios estaban tallados en la piedra. Las puertas, ventanas y todo lo demás estaba perforado en la roca. Pintaban las paredes de colores vivos, a menudo en columnas para diferenciar un «edificio» del siguiente. La gente pululaba por todas partes, charlando y pisoteando y tosiendo.

Esa era la buena vida. A Lift le gustaba moverse, pero no estar sola. Solitaria y sola no significaban lo mismo. Se levantó y echó a andar con las manos en los bolsillos, intentando mirar en todas las direcciones a la vez. Aquel sitio era increíble.

—Ha sido muy generoso por tu parte, ama —comentó Wyndle, creciendo junto a ella a su ritmo—. Tirar ese grano, después de oír que lo tenía un ladrón.

—¿Eso? —dijo Wyndle—. Ha sido porque quería algo blando en lo que aterrizar si tú estabas dormitando.

La gente con la que se cruzaba llevaba ropajes diversos. En su mayoría eran estampados azishianos o shiquas tashikkis, pero también vio a mercenarios, seguramente de Tukar o Emul. Otros llevaban ropa rural de colores más apagados, quizá de Alm o de Desh. Le gustaban esos sitios. En Alm y en Desh había intentado matarla poca gente.

La pena era que allí no había mucho que robar, si a una no le gustaba comer masa y aquella carne tan rara que le ponían a todo. Era de un animal que vivía en las laderas de las montañas, un bicho feísimo cubierto de pelo sucio. A Lift le daba asco el sabor, y eso que una vez había intentado comerse una teja.

En cualquier caso, en la calle donde estaba parecía haber muchos menos tashikkis que extranjeros. Pero claro, ¿cómo habían dicho que se llamaba? ¿El barrio de los inmigrantes? Muy bien, allí no destacaría. Hasta se cruzó con unos pocos reshi, aunque casi todos ellos se apiñaban cerca de chabolas en callejones, vestidos con poco más que harapos.

Era otra cosa rara que tenía el barrio, desde luego. Había chabolas. No las había visto desde que se marchó de Zawfix, y allí estaban dentro de minas viejas. En la mayoría de los lugares, si alguien intentaba hacerse una casa en plan chapucero… bueno, saldría volando en la siguiente alta tormenta y lo dejaría sentado en el orinal, sintiéndose ridículo por no tener paredes.

Allí las chozas se alzaban solo en las callejuelas más estrechas, que salían como radios de aquella más ancha y la conectaban con la siguiente calle ancha de la hilera. Muchas de esas callejuelas estaban tan atestadas de mantas colgando, personas y hogares improvisados que no se divisaba su salida.

Lo raro era que todo estaba alzado sobre pilotes. Hasta las construcciones más desvencijadas estaban a más de un metro del suelo. Lift se quedó en la boca de una callejuela, con las manos en los bolsillos, y miró por debajo a través del hueco más grande. Como había visto antes, cada muralla de la ciudad era también una sucesión de tiendas y casas talladas en la roca y pintadas para distinguirlas de sus vecinas. Y para poder entrar en todas ellas había que subir tres o cuatro peldaños tallados en la roca.

—Es igual que en Lagopuro —comentó Lift—. Lo tienen todo elevado, como si nadie quisiera tocar el suelo porque tiene una tos rara.

—Bien pensado —dijo Wyndle—. Los protege de las tormentas.

—Aun así, el agua tendría que llevarse por delante este sitio —objetó Lift.

Pero estaba claro que no era así, o no lo tendría delante. Siguió paseando calle abajo, dejando atrás hileras de casas talladas en la roca y otras embutidas entre ellas. Aquellas chabolas parecían acogedoras, cálidas, abarrotadas, llenas de vida. Incluso divisó las verdes motas flotantes de los vidaspren, que en general solo se veían allí donde había muchas plantas. Pero Lift sabía por experiencia propia que a veces, por acogedor que pareciera un sitio, no recibía con los brazos abiertos a una granujilla extranjera.

—Veamos —dijo Wyndle, trepando pared arriba hasta la altura de su cabeza, dejando una estela de enredaderas—. Nos has traído aquí y, por sorprendente que resulte, has evitado el encarcelamiento. Ahora, ¿qué?

—Comida —dijo Lift mientras su estómago protestaba.

—¡Pero si acabas de comer!

—Sí. Pero he gastado toda la energía en escapar de los famélicos guardias. ¡Tengo más hambre que al principio!

—Oh, madre bendita —dijo él, exasperado—. Entonces, ¿por qué no te has limitado a hacer cola?

—Porque así no habría conseguido comida.

—¡Y qué más da, si luego has convertido toda esa comida en luz tormentosa y has saltado por el borde!

—¡Pero tengo que comer tortitas!

Rodearon un grupo de mujeres tashikkis que cargaban con cestas y parloteaban sobre la artesanía liaforana. Dos de ellas cubrieron sus cestas y apretaron las asas con fuerza, casi sin darse cuenta, al cruzarse con Lift.

—Es que no me lo puedo creer —rezongó Wyndle—. No puedo creer que ahora esto sea mi vida. ¡Yo era jardinero! ¡Y bien respetado! Y ahora, allá donde voy, la gente nos mira como si fuésemos a vaciarles los bolsillos.

—No llevan nada en los bolsillos —dijo Lift, mirando hacia atrás—. Es más, no creo que las shiquas tengan bolsillos. Pero esas cestas…

—¿Sabías que nos planteamos vincular a un zapatero muy majo, en vez de a ti? Era un hombre muy amable que cuidaba de los niños. Podría haber llevado una vida tranquila, ayudándolo a hacer zapatos. ¡Podría haber hecho una exposición entera de zapatos!

—¿Y el peligro que viene desde el oeste? —dijo Lift—. ¿Si de verdad hay guerra?

—El calzado es importante para la guerra —respondió Wyndle, escupiendo enredaderas a su alrededor por la pared. Lift no estaba segura de lo que significaba—. ¿Crees que los Radiantes van a luchar descalzos? Podríamos haberles confeccionado botas, ese zapatero tan majo y yo. Unas botas maravillosas.

—Suena aburrido.

Wyndle gimió.

—Sé que vas a pegar a la gente conmigo, ¿verdad? Voy a acabar siendo un arma.

—¿Se puede saber qué tonterías dices, Portador del Vacío?

—Supongo que tendré que conseguir que pronuncies las Palabras, ¿verdad? Porque es mi trabajo. ¡Uf, menuda desgracia!

Decía cosas como aquella a menudo. Lift suponía que había que tener los sesos un poco girados para ser Portador del Vacío, así que no se lo tenía en cuenta. Buscó en su bolsillo y sacó un librito. Lo sostuvo en alto y pasó varias páginas.

—¿Qué es eso? —preguntó Wyndle.

—Lo he afanado del puesto de guardia —dijo ella—. He pensado que a lo mejor podría venderlo o algo.

—Déjame verlo —pidió Wyndle.

Creció pared abajo y luego ascendió por la pierna de Lift, se enroscó en su cuerpo y acabó cruzando el brazo hasta el libro. Hacía cosquillas cuando de su enredadera principal salían ramitas que se le pegaban a la piel para sostenerse. Wyndle extendió otras ramitas por la página, que rodearon el libro entero y se colaron entre hoja y hoja.

—Hum…

Lift se apoyó contra la pared de la zanja mientras Wyndle trabajaba. No le parecía estar en una ciudad, sino en… en un túnel que llevaba a una. Sí, el cielo abierto brillaba arriba, pero la calle daba sensación de mucho aislamiento. Normalmente, en las ciudades se veían capas y capas de edificios altos que se iban alejando. Se oían los gritos a varias calles de distancia.

Pero hasta repleta de gente, más de la que parecía razonable, esa calle se notaba aislada. Lift vio un extraño y pequeño cremlino trepando por la pared a su lado. Era menudo y negro, con el caparazón fino y una rizada franja marrón en el lomo que parecía esponjosa. Los cremlinos eran extraños en Tashikk, y se iban volviendo más extraños cuanto más al oeste se iba. Cerca de las montañas, algunos cremlinos hasta volaban.

—Hum, sí —dijo Wyndle—. Ama, este cuaderno no debe de valer nada. Es solo un registro de los tiempos que pasan los guardias de servicio. La capitana, por ejemplo, anota que cada día se marcha a las diez en punto y la reemplaza el capitán de la guardia nocturna. Acude cada semana al Gran Indicium para hacer un informe detallado de lo sucedido desde su anterior visita. Es meticulosa, pero dudo mucho que haya alguien interesado en comprar su registro.

—Seguro que alguien lo querrá. ¡Es un libro!

—Lift, el valor de los libros depende de lo que contengan.

—Lo sé. Páginas.

—Me refiero a lo que hay en las páginas.

—¿Tinta?

—Me refiero a lo que dice la tinta.

Lift se rascó la cabeza.

—Deberías haber hecho caso a los maestros de escritura en Azir.

—¿Así que no podré cambiarlo por comida? —Su estómago rugió de nuevo y atrajo más hambrespren.

—No lo creo.

Estúpido libro y estúpida gente. Gruñó y tiró el cuaderno por encima del hombro.

Dio a una mujer que llevaba una cesta de lana, por pura mala suerte. La mujer gritó.

—¡Tú! —exclamó una voz.

Lift hizo una mueca. Había un hombre con uniforme de guardia señalándola entre la multitud.

—¿Acabas de agredir a esa mujer? —le gritó el guardia.

—¡Pero muy poco! —gritó Lift en respuesta.

El guardia avanzó hacia ella.

—¿Corremos? —preguntó Wyndle.

—Corremos.

Se metió en un callejón, provocando más gritos del guardia, que la siguió a la carrera.

5

Una media hora más tarde, Lift estaba tumbada en una lona extendida por encima de una choza, jadeando tras una larga carrera. Ese guardia había sido muy insistente.

Se meció perezosa en la lona mientras el viento soplaba por el callejón abarrotado de chabolas. Debajo de ella, una familia comentaba el milagro de que el grano de un carro entero cayera de repente sobre el barrio. Una madre, tres hijos y un padre, todos juntos.

«Recordaré a aquellos que han sido olvidados». Había hecho ese juramento cuando se disponía a salvar la vida de Gawx. Eran las Palabras correctas, Palabras importantes. Pero ¿qué significaban? ¿Y qué pasaba con su madre? A ella no la recordaba nadie.

Parecía haber demasiada gente allá fuera siendo olvidada. Demasiada para que la recordara una chica.

—¿Lift? —dijo Wyndle. Había creado una pequeña torre de enredaderas y hojas que se mecía al viento—. ¿Por qué no has ido nunca a las islas Reshi? Es de donde eres, ¿verdad?

—Eso decía mi madre.

—¿Y por qué no visitarlas? Por lo que dices, has recorrido medio Roshar, pero nunca has ido a tu supuesta tierra natal.

Lift alzó los hombros, con la mirada fija en el cielo de finales de tarde, sintiendo el viento en su piel. Olía fresco, comparado con el hedor que había abajo, en las zanjas. La ciudad no olía a podrido, pero sí a rancio, como a animales encerrados.

—¿Sabes por qué teníamos que irnos de Azir? —preguntó Lift en voz baja.

—Para perseguir a ese Rompedor del Cielo, al que llamas Oscuridad.

—No. No hemos venido a hacer eso.

—Claro.

—Nos fuimos porque la gente empezaba a saber quién soy. Si te quedas demasiado tiempo en el mismo sitio, la gente empieza a reconocerte. Los tenderos se aprenden tu nombre. Te sonríen al entrar y saben qué vas a pedirles, porque recuerdan lo que necesitas.

—¿Y eso es malo?

Ella asintió, sin dejar de mirar el cielo.

—Es peor incluso cuando creen que eres su amiga. Gawx, los visires. Suponen cosas. Creen que te conocen, y luego empiezan a esperar cosas de ti. Y entonces tienes que ser la persona que todos creen que eres, no la que eres en realidad.

—¿Y quién es la persona que tú eres en realidad, Lift?

Pero ahí estaba el problema, ¿verdad? Una vez lo había sabido, ¿o no? ¿O quizá era solo que era demasiado pequeña para que la preocupara?

¿Cómo lo sabía la gente? El viento meció su hamaca de lona y Lift se acurrucó, recordando los brazos de su madre, su aroma, su voz cálida.

Las punzadas de un estómago rugiente la interrumpieron, y las necesidades del presente estrangularon las querencias del pasado. Lift suspiró y se puso de pie en la lona.

—Vamos —dijo—. Tenemos que encontrar a unos pillastres callejeros.

6

Tie que dar avío —dijo la niña. Estaba mugrienta, y seguramente no se había lavado las manos desde que tuvo edad para hurgarse la nariz. Le faltaban muchos dientes. Demasiados para su edad—. La aya tie que dar buen avío.

—¿Tie que dar avío a los criajos?

—Tie que dar avío a los criajos —dijo la chica a Lift, asintiendo—. Pero también tie que regañar. Menúa pieza, la ojos de espada. No le van los criajos, pero tie que darles avío. No veas la faena.

—¿Igual es de cara pa fuera? —aventuró Lift—. ¿En plan que los afuereños le aflojan alpiste si hace como que con los criajos?

—Igual —dijo la chica—. Igual sí que es eso. Será una faena, pero también hay furo. Te lo digo yo. Furo que no veas.

—Gracias —dijo Lift—. Ten.

Dio a la chica su pañuelo, como le había prometido a cambio de la información. La chica se envolvió la cabeza con él y dedicó a Lift una sonrisa desdentada. A la gente le gustaba comerciar con la información en Tashikk. Lo consideraban como algo propio.

La chiquilla mugrienta se quedó pensativa un momento.

—Aquello de arriba, el avío desde el cielo. He oído rajar del tema. Eras tú, afuereña, ¿que no?

—Sí.

La chica hizo ademán de marcharse, pero se lo pensó mejor y apoyó una mano en el brazo de Lift.

—Tú —dijo la chica—. ¿Afuereña?

—Sí.

—¿Escuchas?

—Escucho.

—La gente no escucha.

Volvió a sonreír a Lift y se escabulló.

Lift se quedó acuclillada en el callejón de enfrente de unos hornos comunitarios, una enorme caverna vaciada en la pared de piedra con enormes chimeneas cortadas hacia arriba. Quemaban caparazones de rocabrotes de las granjas y cualquiera podía ir a cocinar en aquellos hornos centrales. No podían encender fuego en sus casas. Por lo que había oído Lift, al poco de fundar la ciudad había habido un incendio que arrasó diversos barrios y mató a montones de gente.

En los callejones no se veían volutas de humo, sino solo algún puntito de luz de esfera de vez en cuando. En teoría estaban en pleno Llanto y la mayoría de las esferas estaban opacas. Solo tendrían luz quienes hubieran tenido esferas sacadas al exterior, por casualidad, durante aquella inesperada alta tormenta de unos días antes.

—Ama —dijo Wyndle—, esa ha sido la conversación más extraña que he escuchado en la vida, y que conste que una vez cultivé un jardín entero para unos sagacispren.

—A mí me ha parecido normal. Solo era una chica de la calle.

—Pero ¿y esa forma de hablar? —dijo Wyndle.

—¿Qué forma?

—Con todas esas palabras y frases hechas raras. ¿Cómo has sabido qué decir?

—Lo que me sonaba bien —respondió Lift—. Las palabras son palabras y ya está. Bueno, el caso es que dice que podemos conseguir comida en el orfanato Luz de Tashi. Lo mismo que nos ha dicho el otro con el que hemos hablado.

—Entonces, ¿por qué no hemos ido? —preguntó Wyndle.

—La mujer que lo lleva no cae bien a nadie. No se fían de ella. Dicen que es mala, la muy famélica. Que solo reparte comida porque quiere quedar bien con los funcionarios que supervisan el orfanato.

—Parafraseando lo que has dicho hace un momento, ama, la comida es comida y ya está.

—Sí —convino Lift—. Pero es que ¿dónde está la gracia de comerte algo que te dan?

—Seguro que sobrevivirás a la humillación, ama.

Por desgracia, tenía razón. Lift tenía demasiada hambre para poder producir ninguna maravilla, lo que la convertía en una mendiga normal y corriente. Sin embargo, no se movió, aún no.

«La gente no escucha». ¿Lift escuchaba? Por lo general, sí, ¿verdad? Y total, ¿qué más le daba a la granujilla?

Con las manos en los bolsillos, Lift se levantó y recorrió la atestada calle excavada, esquivando de vez en cuando alguna mano que intentaba darle un bofetón o un puñetazo. Allí la gente hacía algo muy raro: llevaban las esferas como cuentas de un collar, ensartadas en largos cordeles, aunque estuvieran guardadas en bolsas. Y todo el dinero que había visto tenía agujeros al fondo de las esferas de cristal, para poder hacerlo. Pero ¿y si había que contar una cantidad exacta o dar cambio? ¿Tendrían que soltar todo el famélico montón y luego volver a pasarles el cordel?

Por lo menos, usaban esferas. Más hacia el oeste, la gente usaba lascas de gemas, a veces incrustadas en cachos de cristal y a veces no. Facilísimas de perder.

La gente se enfadaba mucho cuando perdía esferas. Eran así de raros con el dinero. Se preocupaban demasiado por algo que no se podía comer, aunque Lift supuso que justo por eso tenía sentido usar esferas en vez de algo racional, como sacos de comida. Si se usara la comida como moneda, al final la gente se comería todo su dinero, y entonces, ¿adónde iría a parar la sociedad?

El orfanato Luz de Tashi hacía esquina, tallado en la intersección entre dos calles. Su fachada principal, pintada de brillante naranja, estaba en la avenida más importante del barrio de los inmigrantes. Su parte trasera daba a una bocacalle ancha que tenía unas hileras de asientos talladas a los lados, formando un semicírculo como si fuera una especie de teatro, aunque partido en dos por el callejón. El trazado de este se perdía en la distancia y no parecía tan descuidado como algunos otros. Algunas de sus chabolas hasta tenían puertas, y los eructos que resonaban desde allí parecían casi refinados.

Los pillastres de la calle habían dicho a Lift que no llegara desde el lado de la avenida, que era para oficiales y gente de verdad. Los chicos tenían que ir por el lado del callejón, de modo que Lift pasó ante los bancos de piedra del pequeño anfiteatro, en los que estaban sentadas personas mayores con shiquas, y llamó a la puerta. Una franja de piedra por encima de ella estaba tallada y pintada en rojo y dorado, aunque ella no sabía leer las letras.

Abrió la puerta un joven. Tenía una cara plana y ancha, que Lift había aprendido a asociar con personas que no nacían del todo iguales que las demás. La miró de arriba abajo y señaló hacia los bancos.

—Siéntate ahí —dijo—. La comida viene después.

—¿Cuánto después? —preguntó Lift, con los brazos en jarras.

—¿Por qué, tienes alguna cita? —repuso el joven, y sonrió—. Siéntate ahí. La comida viene después.

Lift suspiró, pero se sentó cerca de donde charlaban los ancianos. Le dio la impresión de que eran gente que vivía más hacia el centro del barrio y salía al círculo abierto tallado en la bocacalle, donde podían sentarse y disfrutar del vientecillo.

Con el sol aproximándose al ocaso, las zanjas que componían la ciudad tenían cada vez las sombras más profundas. No habría muchas esferas para iluminarlas de noche y seguro que la gente se iba a dormir más temprano que de costumbre, como era habitual durante el Llanto. Lift se sentó en un banco y se abrazó las piernas, mientras Wyndle se amontonaba junto a ella. Miró la estúpida puerta del estúpido orfanato, entre gruñidos de su estúpido estómago.

—¿Qué le pasaba a ese joven que ha abierto la puerta? —preguntó Wyndle.

—No sé —dijo Lift—. Hay gente que nace así y ya está.

Esperó en el asiento, escuchando a unos hombres tashikkis del barrio charlar y reír. Al cabo de un tiempo, llegó alguien con paso silencioso por el callejón. Parecía una mujer, envuelta en tela negra. No era un shiqua de verdad, por lo que quizá fuese una extranjera intentando aparentar que lo llevaba y ocultar su identidad.

La mujer se sorbió la nariz. Llevaba de la mano a un niño mayor, de unos diez u once años. La mujer fue con él hasta la puerta del orfanato y le dio un abrazo.

El chico se quedó mirando hacia delante, sin ver, babeando. Tenía una cicatriz en la cabeza, de una herida ya casi curada del todo pero aún de un rojo furioso.

La mujer encorvó el cuello, luego la espalda y se apresuró a marcharse, dejando al chico allí, sentado con la mirada perdida. No era un bebé en una cesta. No, eso eran cuentos para niños. Aquello era lo que de verdad ocurría en los orfanatos, por lo que sabía Lift. La gente dejaba a niños que eran demasiado mayores para seguir cuidándolos, pero no podían cuidarse solos ni ayudar a la familia.

—¿Acaba de dejar a ese chico sin más? —preguntó Wyndle, horrorizado.

—Supongo que tendrá más niños —dijo Lift en voz baja—, a los que apenas puede dar de comer. No puede permitirse dedicar todo el tiempo a cuidar de uno que está así, ahora ya no.

El corazón de Lift dio un vuelco y quiso apartar la mirada, pero no pudo. Se levantó y fue hacia el chico. La gente rica, como los visires de Azir, tenían una perspectiva extraña sobre los orfanatos. Se los imaginaban llenos de virtuosos niñitos, valientes y bienintencionados, con ganas de trabajar y tener una familia.

Pero Lift sabía que en los orfanatos había muchos más niños parecidos a aquel. Niños que eran difíciles de cuidar. Niños que requerían una supervisión constante, o que tenían la cabeza un poco girada. O niños que podían ponerse violentos.

Le repateaba que los ricos se hubieran inventado aquel sueño idealizado de lo que debía ser un orfanato. Perfecto, lleno de dulces sonrisas y alegres canciones. No lleno de frustración, dolor y confusión.

Se sentó al lado del chico. Era más pequeño que ella.

—Hola —le dijo.

El chico la miró con ojos vidriosos. Desde allí podía verle mejor la herida. El pelo no había crecido en el lado de la cabeza.

—Todo irá bien —dijo Lift, cogiéndole la mano.

El chico no respondió.

Un poco después, la puerta del orfanato se abrió y dejó ver a una mujer que era un palo reseco. De verdad. Parecía la hija de una escoba y una mata de moho particularmente decidida. La piel le colgaba de los huesos como algo que una se rasparía después de ponerse perdida de mugre en una pocilga, y tenía unos dedos larguiruchos que Lift supuso que serían ramitas que se había pegado con cola después de que se le cayeran los de verdad.

La mujer se puso las manos en las caderas —sin romperse ningún hueso, por increíble que pareciera— y los contempló a los dos.

—Idiota y oportunista —dijo.

—¡Oye! —exclamó Lift, poniéndose de pie—. No es idiota, solo se ha hecho daño.

—Te describía a ti, niña —dijo la mujer, antes de arrodillarse junto al chico de la cabeza herida. Hizo chasquear la lengua y murmuró—: Sin valor, sin ningún valor. No creas que no veo tu engaño. Durarás poco aquí, ya lo verás.

Hizo un gesto hacia atrás y el joven que había visto Lift antes salió, cogió del brazo al chico herido y se lo llevó al interior del orfanato.

Lift intentó seguirlos, pero manos-ramitas se puso en medio.

—Te corresponden tres comidas —dijo la mujer—. Tú eliges cuándo las quieres, pero después de la tercera se acabó. Ya puedes considerarte afortunada de que esté dispuesta a dar cualquier cosa a alguien como tú.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Lift, imperiosa.

—Que si no quieres ratas en el barco, no deberías dedicarte a alimentarlas.

La mujer negó con la cabeza e hizo ademán de cerrar la puerta.

—¡Espera! —dijo Lift—. Necesito un sitio para dormir.

—Pues has venido al lugar indicado.

—¿Ah, sí?

—Sí. Esos bancos suelen quedarse vacíos cuando oscurece.

—¿En bancos de piedra? —dijo Lift—. ¿Quieres que duerme en bancos de piedra?

—Va, no seas llorica. Ni siquiera llueve, ya.

La mujer cerró la puerta.

Lift suspiró, mirando a Wyndle. Al momento, el joven de antes abrió la puerta y le lanzó un gran rollo horneado de pan de clem, grueso y granuloso, con una pasta especiada en el centro.

—¿Por casualidad no tendrás una tortita? —le preguntó Lift—. Me he propuesto comerme…

El joven cerró la puerta. Lift suspiró, pero se sentó en los bancos de piedra cerca de unos ancianos y empezó a dar cuenta del rollo. No estaba demasiado bueno, pero sí calentito, y llenaba.

—Tormentas, menuda bruja —murmuró.

—No seas demasiado dura con ella, niña —dijo uno de los viejos de los bancos. Llevaba una shiqua negra, pero con la parte que envolvía la cara retirada, mostrando un bigote y cejas canosas. Tenía la piel de un tono marrón oscuro y una amplia sonrisa—. Es difícil ser quien se ocupa de los problemas de todos los demás.

—No tiene por qué ponerse tan borde.

—Si no se pone borde, los niños se apelotonan aquí para mendigar.

—¿Y qué? ¿Los orfanatos no están más o menos para eso? —Lift masticó un bocado del rollo—. ¡Mira que hacernos dormir en bancos de piedra! Tendría que ir a robarle la almohada.

—Creo que la encontrarías lista para ocuparse de cualquier pillastre ladronzuelo con ganas de guerra.

—No se ha enfrentado nunca a mí. Yo soy maravillosa.

Bajó la mirada hacia lo que le quedaba de comida. Por supuesto, si usaba su maravilla, terminaría hambrienta otra vez.

El hombre se rio.

—La llaman la Tocón, porque no hay tormenta que se la lleve. No creo que te salieras con la tuya contra ella, pequeña. —Se inclinó hacia ella—. Pero tengo información, si te interesa hacer un trato.

Los tashikkis y sus secretos. Lift puso los ojos en blanco.

—No me queda nada que ofrecer.

—Ofréceme tu tiempo, pues. Yo te digo cómo camelarte a la Tocón para intentar que te dé una cama. A cambio, tú me respondes a una pregunta. ¿Trato hecho?

Lift enarcó una ceja.

—Vale, por qué no.

—Allá va mi secreto. La Tocón tiene una pequeña afición. Se dedica a negociar con esferas. Las intercambia, por así decirlo. Encuentra a alguien que quiera llegar a un acuerdo con ella y será generosa recompensándote.

—¿Intercambia esferas? —preguntó Lift—. ¿Dinero por dinero? ¿Qué sentido tiene?

El hombre se encogió de hombros.

—Se esfuerza mucho para que no se sepa, así que debe de ser importante.

—Vaya secreto más soso —dijo Lift. Se metió el último mordisco del rollo en la boca y masticó el pan de clem con facilidad. Era como una especie de plasta.

—Aun así, ¿me responderás la pregunta?

—Depende de lo sosa que sea.

—¿A qué parte del cuerpo crees que te pareces más? —preguntó él—. ¿Eres la mano, siempre atareada? ¿Eres la mente, que dirige? ¿O crees que eres más como como una pierna, tal vez, sosteniendo a todos los demás sin que se te reconozca casi nunca?

—Sí, la pregunta es sosa.

—No, no. Tiene una importancia capital. Todas las personas forman parte de algo mayor, del grandioso organismo que compone esta ciudad. Es la filosofía en la que estoy trabajando, ¿sabes?

Lift lo miró. Estupendo, la ramita furiosa al mando de un orfanato y el viejo loco fuera de él. Se sacudió las manos.

—Si soy algo de eso, soy una nariz. Porque estoy llena de todo tipo de mocos raros y nunca sabes lo que va a caer.

—Ah, interesante.

—No se suponía que fuese una respuesta útil.

—No, pero ha sido sincera, que es pilar de una buena corriente filosófica.

—Ya, lo que tú digas. —Lift se levantó de los bancos de piedra—. Ha estado muy bien hablar de locuras contigo, pero tengo un sitio importante al que ir.

—¿Ah, sí? —preguntó Wyndle, desenrollándose del banco donde había estado junto a ella.

—Ajá —dijo Lift—. Tengo una cita.

7

Lift estaba preocupada por si llegaba tarde. Nunca se le había dado muy bien el tiempo.

Bueno, las partes importantes sí que las tenía claras. Día, noche, bla, bla, bla. Pero las divisiones más allá de eso… bueno, nunca le habían parecido importantes. Pero para los demás sí que lo eran, así que corrió por el callejón tallado en la roca.

—¿Vas a buscar esferas para la mujer del orfanato? —preguntó Wyndle, ondeando por el suelo a su lado, metiéndose entre las piernas de la gente—. ¿Para ganártela?

—De eso ni hablar —dijo Lift con un bufido—. Es una estafa.

—¿Una estafa?

—Pues claro que sí. Supongo que estará blanqueando esferas para criminales, aceptándolas como «donativos» y devolviendo otras. La gente le pagará para que les blanquee las esferas, sobre todo en sitios como este, donde hay escribas controlando lo que haces todo el famélico tiempo. O también puede que sea otra estafa distinta. A lo mejor hace sentir mal a la gente para que le done esferas infusas a cambio de opacas. Les dará lastimita hablando de sus pobres niños, y luego puede ir a los cambistas con las esferas infusas y sacarse un beneficio.

—¡Eso sería tener muy pocos escrúpulos, ama!

Lift levantó los hombros.

—¿Y qué otra cosa vas a hacer con los huérfanos? Para algo tienen que servir, ¿verdad?

—Pero ¿sacar provecho de las emociones de la gente?

—La pena puede ser una herramienta poderosa. Cada vez que haces sentir algo a alguien, tienes poder sobre él.

—Supongo ¿que sí?

—Tengo que asegurarme de que no me pase nunca —dijo Lift—. Es la forma de mantenerte fuerte, ¿sabes?

Regresó al lugar por el que había entrado en las zanjas y desde allí buscó hasta encontrar la rampa que subía a la entrada de la ciudad. Era larga y tenía poca pendiente, para poder bajar los carros si era necesario.

Subió un poco por ella, lo justo para poder echar un vistazo al puesto de vigilancia. Seguía habiendo cola arriba, más larga que cuando ella había llegado. Hasta había mucha gente acampando sobre la piedra. Algunos mercaderes con iniciativa estaban vendiéndoles comida, agua limpia y hasta tiendas.

«Buena suerte con eso», pensó Lift. La mayoría de la gente de la cola no parecía tener muchas posesiones aparte de su propia piel y quizá una enfermedad exótica o dos. Lift retrocedió. No era lo bastante maravillosa para arriesgarse a otro encuentro con los guardias. Se sentó en una pequeña grieta de la roca al fondo de la rampa, desde donde vio pasar a un mercader de mantas. Llevaba un caballo pequeño y extraño, peludo, blanco y con cuernos en la cabeza. Se parecía a aquellos bichos tan malos de comer que había al oeste.

—Ama —dijo Wyndle desde la pared de piedra, junto a su cabeza—. No sé mucho sobre seres humanos, pero sobre plantas, un poco sí. Tenéis parecidos notables. Necesitáis luz, agua y nutrición. Y las plantas tienen raíces. Para anclarlas durante las tormentas, ¿sabes? Si no, salen volando.

—A veces es bueno salir volando.

—¿Y cuando llegue la gran tormenta?

La mirada de Lift se perdió hacia el oeste. Hacia lo que fuese que estaba acumulándose allí. «Una tormenta que sopla al revés —habían dicho los visires—. No debería ser posible. ¿A qué están jugando los alezi?».

A los pocos minutos, la capitana de la guardia bajó por la rampa. A la mujer le faltaba arrastrar los pies y, nada más se perdió de vista del puesto de vigilancia, dejó que sus hombros cayeran. Por lo visto, había tenido un día duro. ¿Por qué podría ser?

Lift se encogió, pero la mujer ni siquiera le pasó la mirada por encima. Cuando la capitana hubo pasado, Lift se puso de pie y fue tras ella.

Seguir a alguien en aquella ciudad se demostró tarea fácil. No había apenas recovecos ocultos ni bifurcaciones. Como Lift había supuesto, con la oscuridad creciente las calles estaban despejándose. Quizá repuntara la actividad cuando la primera luna ascendiera un poco, pero de momento no había bastante luz.

—Ama —dijo Wyndle—, ¿qué estamos haciendo?

—Había pensado ver dónde vive esa mujer.

—Pero ¿por qué?

Como era de esperar, la capitana no vivía muy lejos de su puesto de guardia. Solo unas calles más adentro, seguramente lo bastante lejos para estar fuera del barrio de inmigrantes pero lo bastante cerca para que le saliera barato por asociación. Era un conjunto amplio de habitaciones talladas en la pared de roca, señaladas con ventanas individuales. Apartamentos, en lugar de un solo «edificio». Tenía una pinta bastante extraña, una pared vertical de roca interrumpida por un puñado de postigos.

La capitana entró, pero Lift no la siguió al interior. En vez de eso, estiró el cuello para mirar hacia arriba. Al poco, una ventana cerca del techo brilló con luz de esfera y la capitana abrió los postigos para que entrara aire fresco.

—Hum —dijo Lift, escrutando en la oscuridad—. Vamos a escalar esa pared, Portador del Vacío.

—Ama, podrías llamarme por mi nombre.

—Podría llamarte un montón de cosas —replicó Lift—. Alégrate de que no tenga mucha imaginación. Venga, vamos.

Wyndle suspiró, pero se curvó por la pared exterior de la vivienda de la capitana. Lift trepó, usando sus enredaderas como asideros para manos y pies. Mientras subía, pasó junto a varias ventanas, pero pocas de ellas estaban iluminadas. Un par de ventanas del mismo lado eran tan amables de tener una cuerda de tender colgada entre ellas, y Lift cogió una shiqua. Qué majos eran por haberla dejado allí fuera, lo bastante alta para que solo pudiera alcanzarla ella.

No se detuvo en la ventana de la capitana, para aparente sorpresa de Wyndle. Subió hasta arriba del todo y se izó a un campo de treb, un cereal que crecía arracimado dentro de vainas duras sobre enredadera. Los granjeros de la zona los cultivaban en estrechas hendiduras de la piedra, de poco menos de treinta centímetros de ancho. La enredadera se apretujaba en ellas y brotaban vainas que quedaban encajadas para que no se las llevaran las tormentas.

Los granjeros habían terminado su jornada y dejado hojarasca amontonada para que se la llevara la próxima tormenta, cuandoquiera que llegase. Lift se sentó al borde de la zanja, mirando la ciudad bajo sus pies. Estaba salpicada de esferas. No eran muchas, pero sí más de las que había esperado. La luz escapaba hacia arriba de las zanjas, como si fuesen grietas de algo brillante que hubiera en el centro. ¿Qué aspecto tendría cuando la gente tuviera más esferas infusas? Imaginó brillantes columnas de luz refulgiendo de los agujeros.

Por debajo, la capitana cerró la ventana y debió de cubrir sus esferas. Lift bostezó.

—Tú no tienes que dormir, ¿verdad, Portador del Vacío?

—No me hace falta.

—Pues ten el ojo echado al edificio. Despiértame si entra alguien o si sale la capitana.

—¿Puedes decirme al menos por qué estamos espiando a una capitana de la guardia de la ciudad?

—¿Qué vamos a hacer, si no?

—¿Cualquier otra cosa?

—Aburrido —dijo Lift, y volvió a bostezar—. Tú despiértame, ¿vale?

Wyndle dijo algo, probablemente quejándose, pero a Lift ya se le cerraban los ojos.

Pareció que solo habían transcurrido unos momentos antes de que Wyndle la zarandeara para despertarla.

—¿Ama? —dijo—. Ama, me declaro asombrado por tu ingenio y por tu estupidez, las dos cosas a la vez.

Lift bostezó, se removió en su manta de shiqua robada y espantó a unos vidaspren que flotaban a su alrededor. Por suerte, no había soñado. Odiaba los sueños. O le mostraban una vida que no podía tener o una vida que la aterrorizaba. ¿De qué servía ninguna de las dos opciones?

—¿Ama? —insistió Wyndle.

Lift se revolvió y se incorporó. No se había fijado en que había elegido un sitio rodeado y plagado de enredaderas, que se le habían enganchado en la ropa. ¿Qué estaba haciendo allí arriba, por cierto? Se pasó una mano por el pelo, que estaba enredado y salía en todas las direcciones.

La luz del sol asomaba sobre el horizonte y los granjeros ya estaban trabajando de nuevo. De hecho, al incorporarse y sobresalir de su nido de enredaderas, unos pocos se habían girado para observarla con expresiones anonadadas. No debía de ser muy habitual encontrar a una chica reshi durmiendo junto a una hendidura de tu campo. Lift sonrió y los saludó con la mano.

—Ama —dijo Wyndle—, me pediste que te avisara si alguien entraba en el edificio.

Eso era. Se sobresaltó al recordar lo que estaba haciendo y su mente se desembotó.

—¿Y? —preguntó, apremiante.

—Y el mismísimo Oscuridad, el hombre que casi te mató en el palacio real, acaba de entrar en el edificio que tenemos debajo.

El mismísimo Oscuridad. Lift sintió una punzada de alarma y se agarró al borde del precipicio, casi sin atreverse a mirar hacia abajo. No había estado segura de que se presentara allí.

—Viniste a esta ciudad persiguiéndolo —dijo Wyndle.

—Pura coincidencia —farfulló ella.

—De eso ni hablar. Enseñaste tus poderes a esa capitana de la guardia, sabiendo que escribiría un informe sobre lo que vio. Y sabías que ese informe llamaría la atención de Oscuridad.

—No puedo buscar a un hombre por toda la ciudad, así que necesitaba una forma de atraerlo a mí. Pero no esperaba que encontrara tan rápido este sitio. Debe de tener a algún escriba vigilando los informes.

—Pero ¿por qué? —preguntó Wyndle, casi con un gimoteo—. ¿Por qué lo buscas? Es peligroso.

—Evidentemente.

—Oh, ama. Qué locura. Ese hombre…

—Mata a personas —dijo ella con suavidad—. Los visires le han seguido la pista. Mata a gente que no parece relacionada entre sí. Los visires no saben qué pasa, pero yo sí. —Respiró hondo—. Está persiguiendo a alguien en esta ciudad, Wyndle. A alguien con poderes… a alguien como yo.

Wyndle se quedó pensativo un momento y luego hizo un «Aaah» de comprensión.

—Bajemos a su ventana —dijo Lift, descolgándose por el borde sin hacer caso a los granjeros. La ciudad seguía a oscuras y despertaba poco a poco. No debería llamar demasiado la atención hasta que hubiera más trajín.

Wyndle tuvo la amabilidad de crecer hacia abajo por delante de ella, proporcionándole algo a lo que agarrarse. Lift no estaba segura del todo de por qué estaba haciendo aquello. Quizá fuese la tentación de encontrar a alguien más como ella, alguien que pudiera explicarle qué era y por qué su vida había dejado de tener sentido. O quizá fuese solo que no le gustaba que Oscuridad estuviese al acecho de un inocente. De alguien que, al igual que ella, no había hecho nada malo —bueno, nada importante—, salvo tener unos poderes que él creía que no le correspondían.

Apretó la oreja contra los postigos de la habitación de la capitana. Desde el interior le llegó alta y clara la voz de él.

—Una joven —dijo Oscuridad—. Herdaziana o reshi.

—Sí, señor —dijo la capitana—. ¿Le importa enseñarme sus papeles otra vez?

—Los encontrará en orden.

—Es que… ¿operativo especial del príncipe? Nunca había oído mencionar ese título.

—Es un cargo antiguo pero muy poco usado —dijo Oscuridad—. Explíqueme exactamente lo que hizo esa chica.

—Ya lo…

—Explíquelo otra vez. A mí.

—Bueno, nos hizo correr a base de bien, señor. Se coló en nuestro puesto de guardia, tiró nuestras cosas al suelo y robó comida. El delito grave fue cuando vació ese carro de grano en la ciudad. Estoy segura de que lo hizo a propósito. El mercader ya ha denunciado a la guardia de la ciudad por negligencia deliberada en el cumplimiento del deber.

—No tiene caso —contestó Oscuridad—. Al no haber recibido el permiso para acceder a la ciudad, no se hallaba bajo la jurisdicción de usted. Si acaso, tendría que denunciar a la guardia de caminos y clasificarlo como bandidaje.

—¡Eso mismo le dije yo!

—No es culpa suya, capitana. Se enfrentaba a una fuerza que no comprende, y que no estoy autorizado a explicar. Sin embargo, necesito los detalles para confirmarlo. ¿La chica brillaba?

—Eh… Bueno…

—¿Brillaba o no, capitana?

—Sí. Le juro que tengo la mente clara. No estaba teniendo visiones, señor. La chica brillaba. Y el grano también, un poco.

—¿Y era resbaladiza al tacto?

—Más que si estuviera cubierta de aceite, señor. Nunca había tocado nada igual.

—Como esperaba. Tenga, firme esto.

Hubo algunos sonidos. Lift se quedó allí colgada, con la oreja pegada a la pared y el corazón aporreando. Oscuridad tenía una hoja esquirlada. Si sospechaba siquiera que Lift estaba allí fuera, podía dar un tajo a través de la pared y cortarla en dos.

—¿Señor? —dijo la capitana de la guardia—. ¿Puede decirme lo que está pasando? Me siento perdida, como una soldado en el campo de batalla que no recuerda cuál es su estandarte.

—No le corresponde saberlo.

—Eh… sí, señor.

—Vigile por si ve a la chica. Que sus compañeros hagan lo mismo, e informe a sus superiores si la descubren. Se me hará saber.

—Sí, señor.

Unos pasos señalaron que se dirigía hacia la puerta. Antes de marcharse, pareció reparar en algo.

—¿Esferas infusas, capitana? Tiene suerte de tenerlas, con los tiempos que corren.

—Las obtuve negociando, señor.

—Y otras opacas en la lámpara de la pared.

—Se agotaron hace semanas, señor, y no las he repuesto. ¿Esto es relevante, señor?

—No. Recuerde sus órdenes, capitana —dijo, y se despidió de ella.

La puerta se cerró. Lift volvió a trepar por la pared, seguida de un gimoteante Wyndle, se escondió en el techo y vio salir a Oscuridad a la calle de abajo. La luz matutina le calentó la nuca, pero no pudo evitar un escalofrío.

Uniforme negro y plateado. Piel oscura, como los makabaki, con una franja más clara en la mejilla, una marca de nacimiento con forma de media luna.

Ojos muertos. Ojos a los que les daba igual mirar a un hombre, un chull o una piedra. Se guardó unos papeles en el bolsillo del chaquetón y sacó sus guantes con largas bocamangas.

—Muy bien, ya lo hemos encontrado —susurró Wyndle—. ¿Ahora qué?

—¿Ahora? —Lift tragó saliva—. Ahora lo seguimos.

8

Seguir a Oscuridad era una experiencia muy distinta a la que había sido seguir a la capitana. Para empezar, era de día. Muy temprano todavía, pero había la suficiente luz para que Lift se preocupara de que la descubrieran. Por suerte, encontrar a Oscuridad había quemado por completo la neblina de somnolencia que había tenido al despertar.

Al principio intentó mantenerse por encima de las paredes, en los jardines que coronaban la ciudad, pero resultó difícil. Aunque había algunos puentes allí arriba que cruzaban las zanjas, no eran ni por asomo tan frecuentes como habría necesitado. Cada vez que Oscuridad llegaba a una intersección, se estremecía de miedo por si tomaba una ruta que ella no pudiera seguir sin tener que saltar un hueco enorme.

Terminó arriesgándose a bajar por una escalerilla y seguirlo por el interior de una zanja. Menos mal que la gente esperaba cierta cantidad de empujones al desplazarse por las calles. No era que estuvieran abarrotadas, y en las avenidas más anchas había mucho espacio libre, pero aquellas paredes intensificaban la sensación de confinamiento.

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