Arcanum ilimitado

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El sistema de Roshar » Danzante del Filo

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Lift tenía mucha práctica en aquello y le siguió el rastro sin dejarse ver. No vació ningún bolsillo, pese a las varias ocasiones buenas que tuvo. A la gente le faltaba sostener sus bolsas en alto y exigir que se las robaran. Si no hubiera estado tras la pista de Oscuridad, quizá habría afanado unas pocas por los viejos tiempos.

No usó su maravilla, que de todos modos se le estaba terminando. No había comido desde la noche anterior y, si no usaba el poder, al final desaparecía. Le costaba más o menos medio día, no sabía por qué.

Esquivó a granjeros que iban al trabajo, a mujeres que cargaban agua y a niños que correteaban hacia sus clases, para sentarse en filas y escuchar a un maestro mientras hacían algún trabajo mecánico, como coser, para pagarse la educación. Pringados.

La gente dejaba mucho espacio a Oscuridad, se apartaba de él como de alguien cuyo trasero no pudiera evitar revelar a todo el mundo lo que había estado comiendo. Lift sonrió al pensarlo mientras subía a unas cajas donde ya había otros chicos. Sin embargo, Oscuridad no era tan normal como para eso. A Lift le costaba imaginárselo comiendo o haciendo cosas similares.

Un tendero salió a echarlos de las cajas, pero Lift ya había podido echar un buen vistazo a Oscuridad y pudo escurrirse tras él, con Wyndle a su lado.

Oscuridad no se detenía nunca a pensar el camino, ni a mirar lo que ofrecían los vendedores callejeros. Parecía moverse demasiado deprisa para los pasos que daba, como si se derritiera de sombra en sombra con cada zancada. Lift casi lo perdió de vista varias veces, lo que resultaba estrambótico. Siempre había podido seguir la pista de dónde estaba la gente.

Oscuridad acabó llegando a un mercado donde había mucha fruta exhibida. Parecía como si alguien estuviera planeando una pelea de comida a escala épica pero hubiera decidido cancelarla y estuviera vendiendo la munición a regañadientes. Lift se apropió de un fruto de color morado, del que no sabía el nombre, mientras el tendero miraba inquieto a Oscuridad. La gente solía mirarlo así. Era…

—¡Eh! —gritó el tendero—. ¡Eh, alto ahí!

Lift se volvió mientras se llevaba la mano a la espalda y soltaba el fruto, que envió de un talonazo entre los pies de la muchedumbre. Sonrió con dulzura.

Pero el tendero no la miraba a ella. Miraba a otra oportunista, una chica unos años mayor que Lift que le había afanado una cesta entera de fruta. La joven echó a correr en el instante en que la descubrieron, inclinada y sin soltar la cesta. Zigzagueó con destreza entre la multitud.

Lift se oyó gemir a sí misma.

«No, por ahí no, no hacia…».

Oscuridad atrapó a la joven de entre la gente. Fluyó hacia ella casi como si fuese líquido y la agarró por el hombro con la velocidad de un cepo para ratas al saltar. La chica se revolvió y le dio manotazos y puntapiés, pero él se quedó allí envarado y no pareció notar ni que le preocupara el ataque. Sin soltarla, se agachó, recogió la cesta de fruta y luego la llevó hacia el puesto del mercado, arrastrando a la ladrona tras de sí.

—Gracias —dijo el tendero, recuperando la cesta y fijándose en el uniforme de Oscuridad—, esto… ¿oficial?

—Soy un operativo nombrado para circunstancias especiales, con jurisdicción plena a lo largo y ancho del reino concedida por el príncipe —respondió Oscuridad, sacando un papel del bolsillo de su chaquetón y sosteniéndolo en alto.

La chica cogió una fruta de la cesta y se la arrojó a Oscuridad. Se aplastó contra su pecho y rebotó. Oscuridad no reaccionó, como tampoco torció el gesto siquiera cuando la chica le mordió en la mano. Se limitó a guardar el documento que había mostrado al tendero y luego la miró.

Lift sabía lo que era estar ante aquellos ojos fríos y vidriosos. La chica se encogió en la presa de Oscuridad y entonces pareció montar en pánico, echó mano al cinto y blandió su navaja. Intentó apuñalar a Oscuridad a la desesperada, pero él le arrancó el arma con un revés de la mano que tenía libre.

A su alrededor, la multitud había notado que algo andaba mal. Aunque el resto del mercado seguía atareado, la zona donde estaban cesó su actividad. Lift se retiró junto a un carro roto, estrecho para poder recorrer las zanjas, donde había otros chavales de la calle apostando a cuánto tardaría Tiqqa en escapar «esta vez».

Como queriendo resolver la apuesta, Oscuridad invocó su hoja esquirlada y la clavó en el pecho de la esforzada ratera.

El largo filo se hundió hasta la empuñadura cuando Oscuridad tiró de la chica. Ella dio un respingo y abrió mucho los ojos, que entonces se oscurecieron y parecieron quemarse, liberando sendas volutas de humo que se perdieron hacia el cielo.

El tendero chilló y se dio un golpe en el pecho. Soltó la cesta de fruta.

Lift cerró los párpados con fuerza. Oyó el cadáver cayendo al suelo y la voz demasiado serena de Oscuridad, que dijo:

—Entregue este documento a la guardia del mercado, que retirará el cuerpo y le tomará declaración. Permítame dar testimonio de la fecha y la hora… eso es…

Lift se obligó a abrir los ojos. Los dos chicos que tenía al lado estaban boquiabiertos y horrorizados. Uno empezó a llorar con un gimoteo incrédulo.

Oscuridad terminó de rellenar el documento y dio un golpecito con el dedo al tendero para que el hombre diera fe también por escrito y añadiera una descripción breve de lo que había ocurrido.

Al terminar, Oscuridad saludó con la cabeza y se volvió para marcharse. El tendero, con la fruta tirada a sus pies y una pila de cajas y cestas al lado, se quedó mirando el cadáver con los papeles aún en sus dedos laxos. Los furiaspren bulleron a su alrededor, como charcos rojos en el suelo.

—¿Eso era necesario? —exigió saber—. ¡Tashi! ¡Por Tashi que está en lo alto!

—A Tashi no le preocupa mucho lo que hagan aquí —replicó Oscuridad mientras se alejaba caminando—. De hecho, yo en su lugar rezaría para que no venga a su ciudad, ya que dudo que le gustaran mucho las consecuencias. En cuanto a la ladrona, por el hurto le habría correspondido el encarcelamiento. En cambio, la pena prescrita por agredir a un agente con un arma de filo es la muerte.

—Pero… ¡pero eso ha sido una barbaridad! ¿No podría haberle cortado la mano o… o… o algo?

Oscuridad se detuvo y giró la cabeza hacia el tendero, que se encogió.

—He probado alguna vez, allí donde la ley permite aplicar algo de criterio propio en los castigos —dijo Oscuridad—. Amputar una mano lleva a una alta tasa de reincidencia, ya que el ladrón en cuestión queda incapacitado para la mayoría de los empleos legítimos y, en consecuencia, se ve abocado al robo. Por tanto, esa medida podría empeorar la criminalidad en lugar de reducirla.

Inclinó a un lado la cabeza, mirando del tendero al cadáver, como si le costara entender por qué podía molestar a alguien lo que acababa de hacer. Desentendiéndose del asunto, se volvió y siguió su camino.

Lift se quedó mirando, aturdida, pero se obligó a sobreponerse y corrió hacia la chica caída sin preocuparse por si la veían. Asió el cuerpo por los hombros y se inclinó, exhalando su maravilla, la luz que ardía en su interior, e imbuyéndola a la joven muerta.

Por un momento, pareció funcionar. Lift vio algo, una luminiscencia con forma humana. Vibró en torno al cadáver, titilando. Pero entonces se la llevó el viento y el cuerpo se quedó en el suelo, inmóvil, con los ojos chamuscados.

—No —dijo Lift.

—Para esta ha pasado demasiado tiempo, ama —dijo Wyndle con suavidad—. Lo siento.

—Con Gawx pasó más tiempo.

—Gawx no murió atravesado por una hoja esquirlada —repuso Wyndle—. Creo… creo que los humanos no mueren instantáneamente, en general. Ay, mi memoria. Tengo demasiados huecos, ama. Pero sí sé que las hojas esquirladas son diferentes. A lo mejor, si hubieras llegado a esta justo después… sí, en ese caso habrías podido. Pero había pasado demasiado tiempo. Y de todos modos, no tienes suficiente poder.

Lift se quedó arrodillada sobre la piedra, consumida. El cuerpo ni siquiera sangraba.

—Y es verdad que le ha sacado una navaja —añadió Wyndle con un hilo de voz.

—¡Estaba aterrorizada! Ha visto sus ojos y le ha entrado el pánico.

Lift apretó los dientes, rugió y se puso de pie. Se acercó al tendero, que se apartó de un salto mientras Lift cogía dos frutas de su puesto y lo miraba a los ojos para dar un enorme y jugoso mordisco a una de ellas, que procedió a masticar.

Luego se marchó en la misma dirección que Oscuridad.

—Ama —dijo Wyndle.

Lift no le hizo caso. Persiguió a aquella criatura sin corazón, a aquel asesino. Logró encontrarlo de nuevo, porque estaba dejando una estela de gente turbada incluso mayor que antes. Lo avistó saliendo del mercado, subiendo unos escalones y después cruzando un gran arco.

Lo siguió con cautela y asomó la cabeza por un recodo hacia una parte extraña de la ciudad. Habían extraído un pedazo enorme de piedra con forma cónica. El agujero era muy profundo y estaba lleno de agua.

Se trataba de una cisterna gigantesca. Una cisterna tan grande como varias casas juntas, pensada para recoger la lluvia de las tormentas.

—Ah —dijo Wyndle—. Sí, y está aislada del resto de la ciudad por un borde elevado. El agua que cae en las calles fluye hacia afuera y no hacia esta cisterna, con lo que la de aquí se mantiene pura. De hecho, parece que muchas calles tienen algo de cuesta para desviar el agua hacia fuera. Pero ¿adónde va después?

Qué más daba. Lift inspeccionó la enorme cisterna, que tenía un puente encima para poder cruzarla. El hueco era tan grande que hacía falta un puente, desde el que los ciudadanos bajaban cubos en cuerdas para llevarse agua.

Oscuridad no cruzó el puente. Optó por la plataforma que bordeaba la cisterna, donde había menos gente. Saltaba a la vista que prefería evitar las aglomeraciones.

Lift se quedó vacilante en el recodo anterior a la cisterna, combatiendo su frustración y su impotencia. Se ganó un par de improperios por impedir el paso.

«Se llamaba Tiqqa —pensó Lift—. Yo te recordaré, Tiqqa, porque pocos más van a hacerlo».

En el agua de la enorme cisterna había ondulaciones por los muchos cubos que perturbaban su superficie. Si Lift seguía a Oscuridad por la plataforma, quedaría al descubierto sin nadie más entre ellos.

Bueno, tampoco era que mirase hacia atrás muy a menudo. Tendría que arriesgarse. Salió y dio un paso hacia la plataforma.

—¡No! —exclamó Wyndle—. Ama, permanece oculta. Tiene ojos que tú no puedes ver.

De acuerdo, pues. Se unió al flujo de gente que descendía por los peldaños. Era la ruta más corta, pero el puente estaba abarrotado. Entre aquella masa de personas, al ser bajita, perdió de vista a Oscuridad.

Le picó el sudor frío en la nuca. Si ya no podía verlo, tenía la irracional certeza de que sería él quien estuviera vigilándola. Visualizó una y otra vez cómo se había abalanzado sobre la ladronzuela en el mercado, con una facilidad de movimiento sobrenatural. Sí, Oscuridad sabía cosas sobre la gente como Lift. Había hablado de sus poderes como si supiera lo que decía.

Lift recurrió a su maravilla. No se resbaladizó, pero dejó que la luz la bañara, que la avivara. A veces el poder le daba la sensación de estar vivo. Como si fuese la esencia del entusiasmo, como un spren. La impulsó mientras esquivaba y se colaba entre la multitud que atestaba el puente.

Llegó al otro lado y no vio ni rastro de Oscuridad en la plataforma. ¡Tormentas! Salió por el arco del fondo, volviendo a la ciudad en sí, y llegó a una gran encrucijada.

Por delante de ella pasaron tashikkis envueltos en shiquas, con algún azishiano de ropa estampada intercalado de vez en cuando. Desde luego, era una parte más pudiente de la ciudad. La luz del sol en ascenso se reflejaba en las secciones pintadas de las paredes, que allí formaban un grandioso mural de Tashi y los Nueve encuadernando el mundo. Se cruzó con gente que tenía esclavos parshmenios, con piel jaspeada en negro y rojo. Allí no había visto muchos de ellos, no tantos como en Azir. Quizá fuese porque no había estado en las partes ricas de la ciudad.

Muchos edificios de aquel barrio tenían árboles pequeños o arbustos ornamentales delante. Los cruzaban y cultivaban para ser perezosos, de forma que sus hojas no se retrajeran en presencia de multitudes cercanas.

«Lee esas multitudes —pensó Lift—. La gente. ¿Dónde hay gente actuando raro?».

Se internó en la encrucijada guiándose por el instinto, por algo en la postura de la gente, por la dirección hacia la que miraban. Allí había una ondulación. Las alteraciones en el agua de un pez al pasar, silenciosas pero no estáticas.

Dobló una esquina y captó un breve atisbo de Oscuridad subiendo unos peldaños junto a una línea de árboles pequeños. Se metió en un edificio y cerró la puerta.

Lift se acercó cautelosa al lateral del edificio en el que había entrado Oscuridad, rozando con la cara las hojas de los árboles y haciendo que las retiraran. Eran perezosos, pero no tan tontos como para no moverse si sentían un contacto.

—¿Qué son esos ojos que dices que tiene? —preguntó mientras Wyndle se enroscaba en una pila a su lado—. Esos que no puedo ver.

—Llevará consigo a un spren —explicó Wyndle—, como yo. Supongo que será invisible para ti y para todo el mundo salvo él. La mayoría lo son en este lado, me parece. No recuerdo todas las normas.

—A veces eres tonto, Portador del Vacío.

Wyndle suspiró.

—Pero no te preocupes —añadió Lift—. Yo soy tonta casi a todas horas.

Se rascó la cabeza. Los peldaños llevaban a una puerta. ¿Se atrevería a abrirla y colarse? Si quería saber más de Oscuridad y de lo que estaba haciendo en la ciudad, no podía limitarse a averiguar dónde se alojaba.

—Ama —dijo Wyndle—. Seré tonto, pero puedo afirmar con certeza que no eres rival para esa criatura. Hay muchas Palabras que no has pronunciado.

—Pues claro que no he pronunciado esa clase de palabras —replicó Lift—. ¿Es que no me escuchas nunca? Soy una chica dulce e inocente. No pienso hablar de cojones, ojetes y demás. No soy tan grosera.

Wyndle suspiró.

—No me refiero a esa clase de palabras. Ama, son…

—Venga, calla —lo interrumpió Lift, agachándose junto a los árboles que jalonaban la fachada del edificio—. Tenemos que entrar ahí y ver qué trama.

—Ama, por favor, no hagas que te maten. Sería muy traumático. ¡Creo que me costaría meses y meses recuperarme!

—Más me costaría a mí.

Lift se rascó la cabeza otra vez. No podía colgarse de la pared del edificio y escuchar lo que decía Oscuridad, como había hecho en casa de la capitana de la guardia. No en una parte adinerada de la ciudad y no en pleno día.

Además, tenía objetivos más elevados que limitarse a poner la oreja. Para lograr lo que había ido a hacer, tendría que entrar de verdad en el edificio. Pero ¿cómo? Aquellas construcciones no solían tener puertas traseras: estaban talladas en la roca. A lo mejor podía colarse por una ventana de delante, pero desde luego resultaría sospechoso.

Echó un vistazo a la gente que pasaba. En la ciudad, repararían en algo como una pilluela forzando una ventana. En cualquier cosa que pareciese un problema. Pero en cambio, otras veces pasaban por alto las cosas más evidentes que sucedían ante sus mismas narices.

«Quizá…». Le quedaba maravilla de la fruta que se había comido. Se fijó en una ventana con postigo a casi dos metros de altura. Sería la planta baja del edificio, pero estaba tan elevada porque en aquella ciudad todo se construía un poco para arriba.

Lift se puso en cuclillas y dejó salir algo de su maravilla. El arbolito que tenía al lado se desperezó con unos suaves estallidos. Las hojas brotaron, se desplegaron y dieron un buen bostezo matutino. Las ramas se alzaron hacia el cielo. Lift se tomó su tiempo y dejó que la copa del árbol se llenara, que creciera lo suficiente para tapar la ventana. Alrededor de sus pies, unas semillas de rocabrote traídas por la tormenta se inflaron como bollos al horno. Las enredaderas le rodearon los tobillos.

Ningún viandante se dio cuenta. Darían un coscorrón a una chica de la calle por rascarse el culo de forma sospechosa, pero los milagros les traían sin cuidado. Lift suspiró, sonriendo. El árbol la taparía mientras forzaba la ventana, si iba con cuidado. Dejó que su maravilla siguiera goteando, reconfortando al árbol, volviéndolo incluso más perezoso. Aparecieron vidaspren, motitas verdes y brillantes que flotaron a su alrededor.

Esperó un tiempo entre la muchedumbre que pasaba y luego saltó y se agarró a una rama para introducirse en el árbol, que seguía bebiendo de su maravilla y no retrajo las hojas. Se sintió segura allí, rodeada de unas ramas que tenían un olor rico e intenso, como las especias que se ponían en el caldo. Había enredaderas rodeando las ramas y sacando hojas, más o menos como hacía Wyndle.

Lo malo era que se le estaba terminando el poder. Un par de frutas no le proporcionaban demasiado. Apretó la oreja contra los gruesos postigos que protegían la ventana de las tormentas y no oyó nada en la habitación del otro lado. Segura en el árbol, hizo repiquetear las palmas de las manos suavemente contra los postigos, para encontrar el cerrojo por el sonido.

«Mira, sí que sé escuchar».

Pero por supuesto, aquella no era la clase correcta de escucha.

La ventana estaba asegurada con algún tipo de barra larga al otro lado, posiblemente pasando por rendijas en la parte interior de los postigos. Por suerte, aquellas piezas de madera no encajaban tan bien como en otras ciudades, seguramente porque no hacía falta protegerse tanto de las tormentas al abrigo de las zanjas. Hizo que las enredaderas ascendieran por las ramas, bebiendo su luz tormentosa, que luego le rodearan los brazos y se colaran por las rendijas de los postigos. Las enredaderas se extendieron por el interior, empujaron hacia arriba la barra que mantenía la ventana cerrada y…

Y Lift entró. Usó sus últimos resquicios de maravilla para cubrir las bisagras de los postigos y que no hicieran el menor sonido al abrirse. Se coló en una estancia de piedra con forma de caja, seguida de los vidaspren, que danzaban en el aire como brillantes semillas de quedinete.

—¡Ama! —exclamó Wyndle, creciendo sobre la pared—. Oh, ama, ¡ha sido una delicia! ¿Por qué no nos olvidamos de todo este jaleo con los Rompedores del Cielo y nos vamos a… a…? ¡A llevar una granja! Eso, una granja. Una granja encantadora. Podrías esculpir plantas todos los días y comer hasta reventar. Y… ¿Ama?

Lift cruzó sigilosa la estancia, fijándose en que junto a la pared había un soporte con espadas, enfundadas y mortíferas. Protecciones de cuero para entrenar en el suelo, cerca del rincón. Un olor a aceite y sudor. La salida no tenía puerta y Lift asomó la cabeza a un pasillo oscuro para escuchar.

Estaba en una intersección triple. A su izquierda y su derecha salían pasillos con puertas, y hacia delante se extendía otro corredor más largo que se perdía en la penumbra. De esa dirección llegaron los ecos de unas voces.

El pasillo que tenía enfrente estaba tallado hacia dentro de la piedra, alejándose de las ventanas y las rutas de escape. Lift miró a la derecha, hacia la entrada del edificio. Allí estaba sentado un anciano, cerca de la puerta, vestido con el uniforme blanco y negro que solo había visto llevar a Oscuridad y sus hombres. Estaba casi calvo, menos por unos pocos mechones de pelo, y tenía unos ojillos pequeños y brillantes y la cara chupada, como una fruta reseca que intentara hacerse pasar por humana.

El hombre se levantó y comprobó la pequeña mirilla de la puerta, observando el gentío de fuera con gesto de sospecha. Lift aprovechó la oportunidad para escabullirse por el pasillo de la izquierda y meterse en la siguiente habitación.

Aquella parecía más prometedora. Aunque estaba casi a oscuras por los postigos cerrados, parecía una especie de taller o quizá una sala de estar. Lift abrió un poco los postigos para que entrara luz e hizo un registro rápido. No había nada interesante a la vista en los estantes llenos de mapas. Nada en el escritorio aparte de unos libros y un plumero lleno de vinculacañas. Había un cofre contra la pared, pero estaba cerrado con llave. Lift se disponía a rendirse cuando olió algo.

Asomó un poco la cabeza por el hueco de la puerta. El guardia se había marchado; le llegaban sus silbidos desde algún sitio, junto al sonido de un chorro contra un orinal.

Lift se escabulló más a la izquierda por el pasillo, alejándose del vigilante. La siguiente habitación era un dormitorio con una puerta entrecerrada. Se metió y encontró un chaquetón almidonado colgando de un perchero nada más entrar, con una mancha circular de fruta en el pecho. Sin duda, pertenecía a Oscuridad.

Debajo de él, en el suelo, había una bandeja con una cubierta de metal, de las que los ricos ponían encima de los platos para no tener que mirar la comida mientras se enfriaba. Bajo la cubierta, como los tesoros esmeralda de los Salones Tranquilos, Lift encontró tres platos de tortitas.

El desayuno de Oscuridad. Misión cumplida.

Empezó a devorar las tortitas a dos carrillos con vengativo entusiasmo.

Wyndle hizo una mueca desde las enredaderas que había formado a su lado.

—¿Ama? ¿Todo esto…? ¿Todo esto ha sido para que puedas robarle la comida?

—Fí —dijo Lift, y tragó—. Claro que sí.

Dio otro bocado. Así aprendería, el muy famélico.

—Ah. Cómo no. —Wyndle soltó un profundo suspiro—. Supongo que… que está bien, pues. Sí. Nada de ir por ahí blandiendo a inocentes spren, clavándolos en gente y demás. Solo… solo estamos robando comida.

—La comida de Oscuridad, ojo.

Lift había robado en un palacio y al famélico emperador de Azir. Necesitaba algo interesante que intentar a continuación.

Era agradable tener por fin suficiente comida como para llenarse el estómago. Un tipo de tortita era salada, con verduras troceadas. Otra sabía dulce. La tercera era más esponjosa, casi sin sustancia, aunque había una especie de salsa para poder mojarla. Lift se bebió la salsa. Mojar las cosas era una pérdida de tiempo.

Devoró hasta la última migaja y se sentó con la espalda apoyada en la pared, sonriendo.

—De modo que hemos hecho todo este camino —dijo Wyndle— y hemos seguido al hombre más peligroso que hemos conocido jamás, solo para que tú pudieras robarle el desayuno. ¿De verdad que no hemos venido a hacer nada más?

—¿Quieres que hagamos algo más?

—¡Tormentas, no! —respondió Wyndle. Giró su carita de enredadera hacia el pasillo—. O sea… aquí corremos peligro a cada momento que pasa.

—Ajá.

—Tendríamos que huir. Hagámonos granjeros, como te decía. Alejémonos de ese hombre, aunque lo más seguro es que esté buscando a alguien en esta ciudad. A alguien como nosotros, que no puede plantarle cara. A alguien a quien asesinará antes de que empiece a comprender siquiera sus poderes…

Se quedaron sentados en el dormitorio, junto a la bandeja vacía. Lift sintió que su maravilla empezaba a removerse de nuevo en su interior.

—Entonces —dijo—, tendremos que ir a espiarlos, ¿no?

Wyndle gimió pero, para sorpresa de Lift, también asintió.

9

Intenta no tener una muerte demasiado violenta, ama —pidió Wyndle mientras Lift se acercaba sigilosa a los sonidos de personas hablando—. Mejor un buen trompazo en el cogote que un destripamiento.

Esa voz pertenecía sin duda a Oscuridad. Oírla daba escalofríos a Lift. Cuando se había enfrentado a él en el palacio de Azir, la voz del hombre no había revelado la menor emoción, ni siquiera cuando casi se disculpaba por lo que estaba a punto de hacer.

—He oído que la asfixia no está mal —siguió diciendo Wyndle—, pero si se da el caso, no me mires mientras expiras. No sé si podría soportarlo.

«Acuérdate de la chica del mercado. Tranquilízate».

Tormentas, cómo le temblaban las manos.

—No estoy nada seguro de cómo sería que cayeras desde las alturas —añadió Wyndle—. Supongo que lo pondrías todo perdido, pero por lo menos no habría apuñalamientos.

El pasillo daba a una amplia sala iluminada por diamantes que emitían un brillo claro y sosegado. No eran lascas, ni siquiera esferas, sino gemas grandes y sin engarzar. Lift se agachó ante la puerta entreabierta, oculta en las sombras.

Oscuridad, que llevaba una camisa blanca y lisa, caminaba adelante y atrás frente a dos subordinados con uniformes blancos y negros y espadas al cinto. Uno era un hombre makabaki con cara redonda de bobalicón. La otra, una mujer con la piel un poco más clara. Quizá fuese reshi, sobre todo por el cabello largo y oscuro que llevaba recogido en una trenza tirante. Tenía el rostro cuadrado, los hombros fuertes y una nariz demasiado pequeña, como si hubiera vendido la suya para comprarse unos zapatos nuevos y estuviera usando otra encontrada en la basura.

—Vuestras excusas no son dignas de quienes pretenden alistarse en nuestra orden —estaba diciendo Oscuridad—. Si queréis ganaros la confianza de vuestros spren y pasar de iniciados a portadores de esquirlada, debéis poner más empeño. Debéis demostrar vuestra valía. Hoy mismo he seguido una pista que se os ha escapado a los dos, y he descubierto que hay una segunda infractora en la ciudad.

—Señor —dijo la mujer reshi—, yo he impedido un atraco en un callejón. Unos matones estaban acosando a un hombre.

—Aunque lo apruebe —replicó Oscuridad, sin dejar de pasearse con pisadas tranquilas y regulares—, debemos llevar cuidado de no distraernos con delitos menores. Comprendo que puede ser difícil seguir centrados ante una ruptura en los códigos que conforman la sociedad. Pero recordad que los asuntos mayores, y los crímenes mayores, deben ser nuestra principal prioridad.

—Los potenciadores.

Potenciadores. Las personas como Lift, la gente maravillosa que podía lograr lo imposible. No había tenido miedo cuando se infiltró en un palacio, pero acurrucada contra aquella puerta, mirando al hombre al que había apodado Oscuridad, se notó atemorizada.

—Pero… ¿de verdad son…? —dijo el iniciado varón—. Quiero decir, ¿no deberíamos querer que regresaran, para no ser nosotros la única orden de Caballeros Radiantes?

—Por desgracia, no —respondió Oscuridad—. Yo antes pensaba como tú, pero Ishar me hizo ver clara la verdad. Si regresan los vínculos entre hombres y spren, el hombre acabará descubriendo sin mediación el poder superior de los juramentos. Sin Honor para regularlo, hay una pequeña posibilidad de que lo que llegue a continuación permita de nuevo a los Portadores del Vacío dar el salto entre mundos. Eso provocaría una Desolación, y hasta la posibilidad más exigua de que el mundo se destruya es un riesgo que no podemos asumir. Se requiere una fidelidad absoluta a la misión que nos encomendó Ishar, a la ley suprema de proteger Roshar.

—Te equivocas —susurró una voz desde la oscuridad—. Quizá seas un dios, pero aun así te equivocas.

Lift estuvo a punto de dejar atrás su piel de un brinco. ¡Tormentas! Había otro tipo sentado justo al otro lado de la puerta, a escasos centímetros de donde ella se ocultaba. No lo había visto porque estaba demasiado concentrada en Oscuridad.

El hombre estaba sentado en el suelo, vestido con ropa blanca hecha jirones. Llevaba el pelo corto, apenas una pelusilla castaña, como si se lo hubiera estado afeitando hasta hacía poco. Tenía la piel pálida como un fantasma, y sostenía una espada larga en su vaina plateada, con el pomo apoyado en el hombro y la hoja extendida a lo largo del torso y las piernas. Rodeaba la vaina con los brazos, como un niño abrazando su juguete.

Se movió sin levantarse y… tormentas, dejó una leve imagen suya atrás, como las que salían cuando se miraba demasiado tiempo una gema brillante. Se disipó al momento.

—Ya han regresado —susurró, hablando con un suave y despreocupado acento shin—. Los Portadores del Vacío ya han regresado.

—Te equivocas tú —replicó Oscuridad—. Los Portadores del Vacío no han regresado. Lo que viste en las Llanuras Quebradas eran simples restos de hace milenios, Portadores del Vacío que llevaban todo ese tiempo ocultos entre nosotros.

El hombre de blanco alzó la mirada y Lift se apartó. Al moverse, dejó otra imagen que titiló brevemente antes de desaparecer. ¡Tormentas! Ropa blanca, poderes extraños, varón shin con la cabeza rapada, hoja esquirlada.

¡Era el famélico Asesino de Blanco!

—Los he visto regresar —susurró el asesino—. La nueva tormenta, los ojos rojos. Te equivocas, Nin-hijo-Dios. Te equivocas.

—Pura casualidad —replicó Oscuridad con voz firme—. Me puse en contacto con Ishar y él me aseguró que así es. Lo que viste son unos pocos oyentes que quedaban de los viejos tiempos, con libertad para emplear las formas antiguas. Convocaron un grupo de vacíospren. Hemos encontrado otras veces restos de ellos en Roshar, escondidos.

—¿Y la tormenta? ¿La tormenta nueva, de relámpago rojo?

—No significa nada —dijo Oscuridad. No parecía importarle que le llevaran la contraria. No parecía importarle nada, nada en absoluto. Tenía la voz modulada a la perfección—. Una rareza, sin duda.

—Vas errado. Muy errado.

—Los Portadores del Vacío no han vuelto —dijo Oscuridad con firmeza—. Ishar lo prometió, y él no miente. Debemos cumplir nuestro deber. Estás cuestionándolo, Szeth-hijo-Neturo, y no es bueno. Es una debilidad. Cuestionar es aceptar la caída a la inactividad. La única senda hacia la cordura y la acción consiste en escoger un código y seguirlo. Por eso acudí a ti desde el principio. —Oscuridad dio media vuelta y anduvo frente a los otros.

»Las mentes de los hombres son frágiles, sus emociones volubles y a menudo impredecibles. La única senda que lleva a Honor es mantenerse fiel al código escogido. Así actuaban los Caballeros Radiantes, y así actuamos los Rompedores del Cielo.

El hombre y la mujer que estaban de pie hicieron sendos saludos marciales. El asesino se limitó a agachar la cabeza de nuevo y cerrar los ojos, abrazado a aquella extraña hoja esquirlada con vaina de plata.

—Ha mencionado a una segunda potenciadora en la ciudad —dijo la mujer—. Podemos encontrar…

—Ella es mía —zanjó Oscuridad sin levantar la voz—. Vosotros continuaréis con vuestra misión. Encontrad a quien se oculta aquí desde nuestra llegada. —Entrecerró los ojos—. Si no detenemos a uno, se congregarán más. Siempre se aglomeran. A lo largo de estos cinco años los he hallado a menudo estableciendo contacto unos con otros, si los dejo en paz. Deben de atraerse entre sí.

Se volvió hacia sus dos iniciados. Al parecer, hacía caso omiso al asesino salvo cuando este hablaba.

—Vuestra presa cometerá errores, incumplirá la ley. Las demás órdenes siempre se consideraron fuera del alcance de la ley. Solo los Rompedores del Cielo comprendimos jamás la importancia de establecer límites. De escoger algo externo a uno mismo y guiarse por ello. Vuestras mentes no son de fiar. Ni siquiera mi mente, la que menos mi mente, es de fiar.

»Os he proporcionado la suficiente ayuda. Contáis con mi bendición y… y tenéis vuestros contratos, que os conceden autoridad para actuar en esta ciudad. Hallaréis al potenciador, descubriréis sus pecados y le impartiréis justicia. En nombre de todo Roshar.

Los dos iniciados volvieron a saludar y la estancia se oscureció de repente. La mujer empezó a brillar con una luz fantasmagórica, se sonrojó y miró avergonzada a Oscuridad.

—¡Lo encontraré, señor! Tengo una investigación en marcha.

—Yo tengo una pista también —dijo el hombre—. Dispondré de la información para esta noche, sin falta.

—Colaborad —les ordenó Oscuridad—. Esto no es una competición, sino una prueba para evaluar vuestra competencia. Os concedo hasta la puesta de sol, pero después de eso ya no podré esperar más. Ahora que han empezado a llegar otros, el riesgo es excesivo. Al anochecer, me ocuparé en persona del asunto.

—¡Cojones! —susurró Lift. Negó con la cabeza y retrocedió a hurtadillas por el pasillo, alejándose del grupo.

—Un momento —dijo Wyndle, siguiéndola—. ¿Cojones? ¿No decías que nunca pronuncias palabras como…?

—Todos ellos los tienen —repuso Lift—. Menos la chica, aunque con esa cara tampoco estoy segura. Pero vamos, que lo que he dicho no era una grosería, sino una observación.

Lift llegó a la intersección de pasillos y miró hacia su izquierda. El anciano guardia estaba dormitando, así que Lift pudo cruzar hacia la sala por la que había entrado. Salió por la ventana al árbol y cerró los postigos.

A los pocos segundos ya había doblado una esquina corriendo y estaba en un callejón, donde se dejó resbalar hasta el suelo con la espalda apoyada en la piedra y el corazón martilleándole en el pecho. Un poco más hacia dentro del callejón, una familia comía tortitas en una choza bastante apañada. Tenía dos paredes y todo.

—¿Ama? —dijo Wyndle.

—Tengo hambre —rezongó ella.

—¡Pero si acabas de comer!

—Eso era para compensar todo lo que he gastado para colarme en ese famélico edificio.

Cerró los ojos con fuerza para reprimir la inquietud. ¡Qué fría era la voz de Oscuridad!

«Pero son como yo. Brillan como yo. ¿Son maravillosos como yo? Condenación, ¿qué narices está pasando?».

Y luego estaba el Asesino de Blanco. ¿Pretendía ir a matar a Gawx?

—¿Ama? —Wyndle se le enroscó en la pierna—. Oh, ama. ¿Has oído cómo lo llamaban? ¡Nin! ¡Es otro nombre de Nalan, el Heraldo! No puede ser verdad. Desaparecieron, ¿verdad? Hasta nosotros tenemos leyendas al respecto. Si esa criatura es en verdad uno de ellos… Oh, Lift, ¿qué vamos a hacer?

—No lo sé —susurró ella—. No lo sé. Tormentas. ¿Para qué he venido hasta aquí?

—Creo que llevo preguntando eso desde…

—Cállate, Portador del Vacío —lo interrumpió ella, obligándose a rodar y alzarse de rodillas.

Más al fondo del atestado callejón, el padre de la familia cogió una cachiporra mientras su esposa cerraba la cortina frontal de su chabola.

Lift suspiró y echó a caminar de vuelta hacia el barrio de los inmigrantes.

10

Cuando llegó al orfanato, Lift por fin descubrió por qué estaba al lado de aquel espacio abierto en la boca del callejón. La responsable del orfanato —la Tocón, como la llamaban— había abierto las puertas para dejar salir a los niños. Estaban allí jugando, en el parque más aburrido de la historia. Unos escalones de anfiteatro y un suelo extenso.

Pero a los niños parecía encantarles. Corrían arriba y abajo por los escalones, entre carcajadas y risitas. Otros estaban sentados en círculo en el suelo, jugando a algo con piedrecitas pintadas. Los risaspren, pececillos plateados que surcaban el aire, danzaban a un metro de altura. Había todo un banco de los muy famélicos.

Eran muchos niños, en general más pequeños de lo que esperaba Lift. La mayoría, en eso sí había acertado, eran de los que tenían la cabeza distinta, o les faltaba un brazo o una pierna. Cosas por el estilo.

Lift se quedó holgazaneando en la amplia bocacalle, cerca de donde dos chicas ciegas jugaban a algo. Una soltaba piedras de distintas formas y tamaños y la otra intentaba adivinar cuál era cuál, según cómo sonara al caer al suelo. El grupo de ancianos y ancianas vestidos con shiquas del día anterior estaba congregado de nuevo en el semicírculo de asientos al fondo del anfiteatro, charlando y viendo jugar a los niños.

—¿No decías que los orfanatos eran deprimentes? —preguntó Wyndle, cubriendo la pared a su lado.

—Todo el mundo es feliz un ratito cuando dejas que salga a la calle —respondió Lift, observando a la Tocón.

La anciana decrépita y malcarada estaba sacando una carretilla por la puerta hacia el anfiteatro. Más rollos de pan de clem. Delicioso. Estaban solo un poquito más buenos que las gachas, que a su vez estaban solo un poquito más buenas que los calcetines fríos.

Aun así, Lift se puso a la cola para recibir su rollo. Cuando le llegó el turno, la Tocón señaló un punto al lado de la carretilla sin decirle ni una palabra. Lift se apartó, sin energías para discutir.

La Tocón se cercioró de que todos los niños tuvieran su rollo y luego escrutó a Lift antes de entregarle uno de los últimos dos que quedaban.

—Tu segunda comida de tres.

—¿Cómo que segunda? —restalló Lift—. Pero si no…

—Anoche tuviste una.

—¡No la pedí!

—Te la comiste.

La Tocón se llevó la carretilla mientras se zampaba ella misma el último rollo.

—Bruja famélica —murmuró Lift, y buscó un sitio libre en los asientos de piedra. Prefería sentarse lejos de los huérfanos normales, para que no le dirigieran la palabra.

—Ama —dijo Wyndle, subiendo los peldaños para ponerse junto a ella—. No te creo cuando dices que abandonaste Azir porque intentaban vestirte con ropa de ricachona y enseñarte a leer.

—No me digas.

—Para empezar, la ropa te gustaba. Y cuando intentaban darte lecciones, parecías disfrutar del jueguecito de no estar nunca cuando venían a buscarte. No estaban obligándote a hacer nada, sino solo ofreciéndote oportunidades. El palacio no fue la experiencia sofocante que insinúas siempre.

—Puede que no para mí —reconoció ella.

Lo era para Gawx. Del nuevo emperador sí que esperaban toda clase de cosas. Clases, exhibiciones. La gente iba a verlo comer todas las veces. Hasta podían ver cómo dormía. En Azir, el emperador era propiedad del pueblo, como un amigable sabueso-hacha callejero al que alimentaran siete casas distintas, todas ellas afirmando que era suyo.

—A lo mejor —dijo Lift— es que no quería que la gente esperara tanto de mí. Si conoces demasiado tiempo a la gente, comienzan a depender de ti.

—Ah, ¿y no puedes soportar la responsabilidad?

—Pues claro que no. Soy una famélica pillastre callejera.

—Que vino hasta aquí persiguiendo a quien parece ser uno de los Heraldos en persona, enloquecido y acompañado por un asesino que ha acabado con varios monarcas del mundo. Sí, sí que da la impresión de que evitas la responsabilidad.

—¿Te me estás poniendo chulo, Portador del Vacío?

—Pues diría que sí. La verdad es que no sé que significa ponerse chulo, pero a juzgar por tu tono, diría que probablemente sí que te me estoy poniendo chulo. Y probablemente te lo mereces.

Lift dio un gruñido por respuesta y siguió masticando la comida. Sabía fatal, como si la hubieran dejado fuera toda la noche.

—Mi madre siempre me dijo que viajara —dijo Lift—. Que viese sitios mientras me durara la juventud.

—Y por eso te fuiste de palacio.

—No sé. Puede.

—Paparruchas. Ama, ¿qué pasa en realidad? Lift, ¿qué es lo que quieres?

Lift bajó la mirada al rollo a medio comer que tenía en la mano.

—Todo está cambiando —dijo en voz baja—. Y no pasa nada. Las cosas cambian. Es solo que yo no debería hacerlo. Vamos, que pedí no hacerlo. Y se supone que ella te concede lo que pides.

—¿La Vigilante Nocturna? —preguntó Wyndle.

Lift asintió, sintiéndose pequeña y helada. Los niños jugaban y reían a su alrededor, y por algún motivo verlos solo hacía que se sintiera peor. Era evidente para ella, aunque llevara mucho tiempo intentando ignorarlo, que era más alta que cuando salió en busca de la Antigua Magia tres años antes.

Miró más allá de los niños, hacia la calle perpendicular. Pasó con prisa un grupo de mujeres con cestas de lana. Un remilgado alezi caminaba a zancadas en sentido opuesto, con el pelo negro y liso y una actitud decidida. Era al menos treinta centímetros más alto que cualquier otra persona a la vista. Había funcionarios recorriendo la calle, limpiando y recogiendo basura.

En la boca de la callejuela, la Tocón había dejado la carretilla y estaba castigando a un niño que se había puesto a pegar a los demás. Al fondo de los asientos del anfiteatro, los ancianos y las ancianas reían juntos mientras uno servía tazas de té y las iba pasando.

Todos parecían saber lo que hacer sin más. Los cremlinos sabían que tenían que corretear, las plantas sabían que tenían que crecer. Todo tenía su lugar.

—Lo único que yo he sabido que tenía que hacer es buscar comida —susurró Lift.

—¿Cómo dices, ama?

Al principio, había sido difícil. Alimentarse ella sola. Con el tiempo, había ido descubriendo los trucos. Había ganado habilidad.

Pero si no pasabas hambre a todas horas, ¿a qué te dedicabas? ¿Cómo podías saberlo?

Alguien le dio un golpecito en el brazo, y Lift se giró hacia un chico que se había acercado a ella, un niño flaco con la cabeza afeitada. Señaló su rollo a medio comer y gruñó.

Ella suspiró y se lo dio. El chico se lo zampó con ansia.

—Te conozco —dijo Lift, ladeando la cabeza—. Eres al que dejó aquí su madre anoche.

—Madre —repitió él, y la miró—. Madre, ¿vuelve cuándo?

—Anda, pero si sabes hablar —dijo Lift—. No me lo parecía, después de que anoche te pasaras el rato mirando a todas partes como un tonto.

—Yo… —El chico parpadeó y volvió a mirarla. No babeaba. Debía de ser un buen día para él. Todo un logro—. Madre… ¿vuelve?

—No creo —dijo Lift—. Lo siento, chico. Nunca vuelven. ¿Cómo te llamas?

—Mik —dijo él. La miró, confuso, como intentando en vano acordarse de quién era ella—. ¿Somos amigos?

—No —respondió Lift—. No te interesa ser amigo mío. Mis amigos terminan de emperadores. —Se estremeció y luego se inclinó hacia él—. Tiene a gente que hasta le hurga la nariz.

Mik la miró, inexpresivo.

—Como te lo cuento. Le hurgan la nariz. En serio, tiene a una mujer que se ocupa de peinarlo y tal, y una vez que estaba fisgoneando, vi cómo le metía una cosa por la nariz. Eran como unas pincitas, para sacarle los mocos o lo que fuera. —Lift se estremeció de nuevo—. Ser emperador es una cosa muy rara.

La Tocón se llevó a rastras a uno de los chicos que se estaban peleando y lo dejó caer en la piedra. Luego, por extraño que pareciera, le dio unas orejeras, como si hiciera mucho frío. El chico se las puso y cerró los ojos.

La Tocón se quedó quieta un momento, mirando a Lift y Mik.

—¿Qué, planeando la forma de robarme?

—¿Cómo? —dijo Lift—. ¡Qué va!

—Una comida más —dijo la mujer, levantando un dedo. Luego lo usó para señalar a Mik con energía—. Y cuando te vayas, llévate a ese. Sé que finge.

—¿Finge? —Lift se volvió hacia Mik, que parpadeó, aturdido, como si intentara seguir la conversación—. No hablarás en serio.

—Lo noto enseguida cuando los chicos fingen enfermedades para conseguir comida —espetó la Tocón—. Ese de ahí no es ningún idiota. Está fingiendo.

Se marchó con paso fuerte.

Mik se vino abajo y se miró los pies.

—Echo de menos a mamá.

—Ya —dijo Lift—. Qué bien, ¿verdad?

Mik la miró con el ceño fruncido.

—Al menos nosotros podemos recordarlas —dijo Lift, levantándose—. Es más de lo que puede decir la mayoría. —Y le dio una palmadita en el hombro.

Al poco tiempo, la Tocón anunció que se había acabado el recreo. Se llevó a los niños al orfanato para echar la siesta, aunque muchos eran demasiado mayores para eso. La Tocón miró a Mik disgustada, pero dejó que entrara.

Lift se quedó en su asiento de piedra y dio un manotazo a un cremlino que se le había estado acercando poco a poco por el peldaño más alto. El famélico bicho la esquivó e hizo chasquear sus patas quitinosas como si riera. Sí que eran raros los cremlinos de allí. No se parecían en nada a los que ella conocía. Era raro lo mucho que una podía olvidar que estaba en otro país hasta que veía los cremlinos.

—Ama —dijo Wyndle—, ¿has decidido lo que vamos a hacer?

Decidir. ¿Por qué tenía que decidir? Normalmente, se limitaba a hacer cosas. Aceptaba los desafíos según iban llegando e iba a los sitios sin más motivo que no haberlos visto nunca.

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