Arcanum ilimitado
El sistema de Roshar » Danzante del Filo
Página 39 de 43
Los ancianos que habían estado mirando a los niños se levantaron despacio, como árboles vetustos liberando sus ramas tras una tormenta. Fueron yéndose por turnos hasta que solo quedó uno, vestido con una shiqua negra apartada para mostrar su cara de bigote canoso.
—¡Eh! —lo llamó Lift—. ¿Sigues dando repelús, viejo?
—Soy el hombre que se me hizo ser —respondió él.
Lift gruño, se puso de pie y fue hacia él. Los niños se habían dejado sus piedrecitas, pintadas de colores que empezaban a descascarillarse. Eran las canicas de cristal de los niños pobres. Lift les dio un puntapié.
—¿Cómo sabes qué hacer? —preguntó al hombre, con las manos en los bolsillos.
—¿Acerca de qué, pequeña?
—Acerca de todo —respondió ella—. ¿Quién te dice cómo decidir a qué dedicas el tiempo? ¿Te lo enseñaron tus padres? ¿Cuál es el secreto?
—¿El secreto de qué?
—De ser humana —dijo Lift con suavidad.
—Ese me parece que no lo conozco —repuso el hombre, con una risita—. O por lo menos, no mejor que tú.
Lift miró hacia el cielo por las ranuras que dejaban las paredes, sin el menor rastro de vegetación pero pintadas de un verde oscuro, como imitándola.
—Es extraño —afirmó el hombre—. A las personas se les concede muy poco tiempo. He conocido a muchos hombres que decían lo mismo, que en el momento en que crees que empiezas a entender las cosas, se acaba el día, cae la noche y se apaga la luz.
Lift lo miró. Sí, seguía dando repelús.
—Supongo que, cuando te haces viejo y tal, empiezas a pensar en estar muerto. Igual que cuando alguien se hace pis, empieza a pensar en buscar un callejón disimulado.
El hombre rio de nuevo.
—Tal vez tu vida acabe, pero el organismo que es la ciudad seguirá adelante, naricilla.
—No soy una nariz —protestó Lift—. Solo estaba echándole morro.
—Nariz, morro. Los dos están en la cara.
Lift puso los ojos en blanco.
—Tampoco quería decir eso.
—¿Qué eres, entonces? ¿Tal vez una oreja?
—No sé. Puede.
—No. Aún no. Pero casi.
—Aaajá —dijo Lift—. ¿Y qué eres tú?
—Yo cambio a cada instante. Un momento puedo ser los ojos que vigilan a mucha gente de esta ciudad, y al siguiente la boca que pronuncia las palabras filosóficas. Se extienden como una enfermedad, por lo que a veces soy la enfermedad. Muchas enfermedades están vivas, ¿lo sabías?
—En realidad no estás hablando de lo que estás hablando, ¿verdad que no? —preguntó Lift.
—Yo creo que sí.
—Genial.
De toda la gente que había para preguntarles cómo ser una adulta responsable, ella iba y elegía al que tenía sopa de verdura por cerebro. Se volvió para marcharse.
—¿Qué harás por esta ciudad, niña? —preguntó el hombre—. Eso forma parte de mi pregunta. ¿Eliges o te limitas a dejarte moldear por el bien mayor? ¿Y eres, como ciudad, un distrito de grandiosos palacios? ¿O eres un suburbio en ti misma?
—Si pudieras ver en mi interior —dijo Lift, volviéndose de nuevo y caminando hacia atrás, encarada al hombre en los peldaños—, no dirías cosas como esa.
—¿Por?
—Porque al menos los suburbios saben para qué los construyeron.
Dio media vuelta y se unió al río de gente en la calle.
11
No creo que comprendas cómo debería funcionar esto —dijo Wyndle, curvándose por la pared al lado de Lift—. Ama, no… no pareces interesada en que nuestra relación evolucione.
Ella se encogió de hombros.
—Hay Palabras —dijo Wyndle—. Las llamamos Palabras, al menos. Son más bien como ideas. Ideas vivas, ideas con poder. Tienes que dejarlas entrar en tu alma. Tienes que dejarme a mí entrar en tu alma. Has oído a esos Rompedores del Cielo, ¿verdad? Quieren dar el siguiente paso en su entrenamiento. Será entonces cuando… en fin, cuando obtengan una hoja esquirlada.
La sonrisa que le dedicó Wyndle fue apareciendo en sucesivas configuraciones de sus enredaderas, que crecían por la pared siguiéndola. Cada imagen de la sonrisa era un poco distinta, formada una y otra vez a su lado, como en cien pinturas. Componían una sonrisa, y aun así ninguna de ellas era la sonrisa. De algún modo, la sonrisa eran todas juntas. O quizá la sonrisa existía en los espacios entre las imágenes de la sucesión.
—Solo hay una cosa que sé cómo hacer —dijo Lift—, y es robarle el almuerzo a Oscuridad. Lo que había venido a hacer desde el principio.
—Pero, hum, ¿eso no lo hemos hecho ya?
—No su comida. Su almuerzo. —Lift entrecerró los ojos.
—Ah —dijo Wyndle—, te refieres a la persona que pretende ejecutar. Vamos a robársela.
Lift recorrió una calle y terminó llegando a un jardín, una depresión en la piedra con forma de cuenco que tenía cuatro salidas. La pared a sotavento estaba cubierta de enredaderas, pero poco a poco iban dejando paso a quebradinos por el otro lado, con forma de platos llanos para protegerse pero con tallos que salían por los lados y se elevaban hacia la luz del sol.
Wyndle dio un bufido y bajó al suelo junto a ella.
—Apenas están cuidados. Esto no puede llamarse jardín, vaya. El encargado de su mantenimiento debería recibir una buena reprimenda.
—A mí me gusta —dijo Lift, levantando la mano hacia unos vidaspren, que flotaron arriba y abajo sobre las yemas de sus dedos.
En el jardín había mucha gente. Algunos iban y venían, pero otros estaban allí pasando el rato y otros mendigaban lascas. Lift no había visto a muchos mendigos en la ciudad. Seguro que había todo tipo de normas y regulaciones sobre cuándo y cómo podía hacerse.
Dejó de andar y apoyó las manos en las caderas.
—A la gente de aquí, en Azir y Tashikk, le encanta escribir cosas.
—Oh, en efecto —dijo Wyndle, enrollándose sobre unas enredaderas—. Hum. Sí, ama, por lo menos estas son frutales. Supongo que mejor así. No es aleatorio del todo.
—Y adoran la información —continuó Lift—. Les encanta negociar con ella, ¿verdad?
—En efecto. Es un factor distintivo de su identidad cultural, como decían tus tutores de palacio. Tú no estabas presente, así que iba yo a atender en tu lugar.
—Lo que la gente escribe puede ser importante, al menos para ellos —dijo Lift—. Pero ¿qué hacen con todo eso cuando ya no les sirve? ¿Lo tiran? ¿Lo queman?
—¿Tirarlo? ¡Por las enredaderas de la Madre! No, no, no. ¡No se puede ir por ahí tirando las cosas! Podrían ser útiles más adelante. Si fuese yo, les buscaría algún lugar seguro. ¡Y las mantendría en perfecto estado por si las necesitara!
Lift asintió, cruzándose de brazos. Allí tendrían esa misma actitud. Aquella ciudad, en la que todo el mundo apuntaba notas y reglas para luego ofrecerse a vender ideas a los demás a todas horas… Bueno, en ciertos aspectos, aquel lugar era como una ciudad entera de Wyndles.
Oscuridad había dicho a sus sicarios que buscaran a alguien que estuviera haciendo cosas raras. Cosas estupendas. Y en esa ciudad anotaban hasta lo que habían desayunado los niños. Si alguien había visto algo fuera de lo normal, lo habría escrito.
Lift correteó por el jardín, rozando enredaderas con los dedos de los pies y haciendo que se apartaran. Subió de un salto a un banco que había cerca de un objetivo razonable, una mujer mayor vestida con un shiqua marrón pero con la parte de la cabeza retirada, revelando un rostro de mediana edad, maquillado y con atisbos de pelo bien peinado.
La mujer arrugó la nariz al instante, lo que no era nada justo. Lift se había bañado hacía más o menos una semana en Azir, con jabón y todo.
—¡Fuera! —dijo la mujer, meneando los dedos delante de Lift—. No tengo dinero para darte. Fuera. Vete de aquí.
—No quiero dinero —respondió Lift—. Quiero hacer un trato. A cambio de información.
—Nada quiero de ti.
—Nada puedo dártela —dijo Lift, relajándose—. Eso se me da bien. Te daré nada y me marcharé. Solo tienes que responderme a una pregunta.
Lift se encorvó sobre el banco, sin mover los pies. Entonces se rascó el trasero. La mujer se inquietó, con pinta de estar a punto de marcharse, y Lift se inclinó hacia ella.
—Estás desobedeciendo las regulaciones de mendicidad —le espetó la mujer.
—No mendigo. Negocio.
—Bien. ¿Y qué quieres saber?
—¿Hay algún lugar en esta ciudad donde la gente meta todo lo que escribe, para tenerlo bien guardado? —preguntó Lift.
La mujer frunció el ceño y luego levantó la mano y señaló por una calle, que seguía recta un buen trecho hacia una estructura con forma de montículo que se alzaba al centro de la ciudad. Era más alta que todo lo que la rodeaba y sobresalía de las zanjas.
—¿Te refieres a algo como el Gran Indicium? —dijo la mujer.
Lift parpadeó y echó la cabeza a un lado.
La mujer aprovechó la ocasión para huir a otra zona del jardín.
—¿Eso llevaba ahí todo el tiempo? —preguntó Lift.
—Esto sí —dijo Wyndle—. Por supuesto que sí.
—¿En serio? —Lift se rascó la cabeza—. Qué cosas.
12
Las enredaderas de Wyndle crecieron hacia arriba por la pared de un callejón y Lift trepó, sin preocuparse por si llamaba la atención. Al llegar arriba, se izó a un campo donde había unos granjeros mirando al cielo y refunfuñando. Las estaciones se habían vuelto locas. Se suponía que debía haber una lluvia constante y era mala época para plantar, dado que el agua arrastraría la pasta simiente.
Pero llevaba días sin llover. Sin tormentas, sin agua. Lift anduvo entre granjeros que extendían una pasta de la que saldrían unos pólipos minúsculos que con el tiempo crecerían hasta el tamaño de rocas grandes y se llenarían a rebosar de grano. Machacando ese grano, ya fuese a mano o a tormenta, se generaba una nueva pasta. Lift siempre se había preguntado por qué no le salían pólipos en el estómago después de comerlo, y nadie le había dado una respuesta clara.
Los confundidos granjeros trabajaban con los shiquas bajados hasta la cintura. Lift pasó entre ellos e intentó escuchar. Oír.
Era la única época del año en la que no deberían trabajar. Sí, por aquellas fechas plantaban treb para que creciera en las grietas, ya que sobrevivía a las inundaciones. Pero no tendrían que estar plantando lavis, taliú ni clem, que requerían mucho más esfuerzo aunque luego también dieran más beneficios.
Sin embargo, allí estaban. ¿Y si llovía al día siguiente y el agua se llevaba todo su esfuerzo? ¿Y si no volvía a llover nunca? Las cisternas de la ciudad, aunque rebosaran del agua de semanas de Llanto, no durarían para siempre. Estaban tan preocupados que Lift avistó algunos miedospren, con forma de viscosos pegotes morados, acumulándose por los montículos en los que los hombres plantaban.
Como contrapunto, los vidaspren se desprendían de los pólipos en formación y flotaban hacia Lift, siguiéndola como un arremolinado polvo verde y brillante. Por delante de ella, el Gran Indicium se elevaba como la cabeza de un calvo vista desde detrás de la silla en la que estaba sentado. Era una gigantesca y redondeada masa de piedra.
Toda la ciudad giraba alrededor de ese punto central. Las calles giraban en su dirección, enroscándose hacia él, y cuando Lift se acercó al borde, vio que habían extraído una enorme franja de piedra alrededor del Indicium. El fortín redondo no era una visión espectacular, pero desde luego parecía a salvo de las tormentas.
—Sí, el terreno desciende alrededor de ese punto central —comentó Wyndle—. Debía de ser el punto más alto de la llanura en un principio, y supongo que debieron aceptarlo y convertir ese abultamiento central en una fortaleza.
Una fortaleza para libros. Qué rara era la gente. Por debajo había hordas de gente, la mayoría tashikkis, entrando y saliendo de la construcción, a la que llegaban numerosas y enrevesadas calles en cuesta.
Lift se sentó al borde de la pared de piedra, con los pies colgando.
—Se parece un poco a la punta del colgajo de alguien. Como si algún tipo tuviera la espada tan corta que daba lástima a todo el mundo y le dijeron: «Mira, vamos a hacerle una estatua enorme de verdad, y así, aunque sea pequeña, ¡parecerá enorme!».
Wyndle suspiró.
—No ha sido grosero —matizó Lift—. Estaba siendo poética. El viejo Peloblanco decía que no se puede ser ordinario mientras estés hablando de arte. Lo que estás siendo es elegante. Por eso está bien colgar cuadros de mujeres desnudas en los palacios.
—Ama, ¿ese no era el hombre que se hizo tragar a propósito por un conchagrande marabeziano?
—Sí. Ese hombre estaba más loco que una caja de visones borrachos. Lo echo de menos.
A Lift le gustaba pensar que en realidad no había muerto devorado. Le había guiñado un ojo mientras saltaba a las fauces abiertas del conchagrande, escandalizando a todo el mundo.
Wyndle hizo una pila sobre sí mismo y compuso una cara: ojos de cristales, labios formados por una fina red de pequeñas enredaderas.
—Ama, ¿cuál es el plan?
—¿Plan?
Wyndle suspiró.
—Tenemos que entrar en ese edificio. ¿Piensas hacer lo que mejor te vaya pareciendo y punto?
—Evidentemente.
—¿Me permites unas sugerencias?
—Siempre que no tengan que ver con absorber el alma a nadie, Portador del Vacío.
—No soy… Escucha, ama, ese edificio es un archivo. Sabiendo lo que sé de esta región, sus salas estarán repletas de leyes, registros e informes. Miles y miles y miles de ellos.
—Sí —dijo ella, cerrando un puño—. ¡Y entre todo eso, seguro que habrán escrito cosas raras!
—¿Y cómo exactamente vamos a encontrar la información concreta que nos interesa?
—Fácil. Tú leerás.
—Leeré.
—Ajá. Entraremos ahí, tú leerás sus libros y demás y entonces decidiremos dónde están los sucesos extraños. Eso nos guiará hasta el almuerzo de Oscuridad.
—Quieres que me lo lea todo.
—Ajá.
—¿Tienes la menor idea de cuánta información puede contener ese sitio? —preguntó Wyndle—. Habrá cientos de miles de informes y libros de contabilidad. Y para que quede claro, sí, es un número superior a diez, así que no sabes contar hasta él.
—No soy idiota —espetó ella—. También tengo dedos en los pies.
—Pero sigue siendo mucho más de lo que puedo leer. No puedo filtrarte toda esa información. Es imposible. Olvídate.
Lift le lanzó una mirada.
—De acuerdo, a lo mejor puedo conseguirte un alma, pero solo una, ¿eh? Quizá un recaudador de impuestos, solo que esos no son humanos. ¿Te valdrían? ¿O serían necesarios, yo qué sé, tres recaudadores para reunir el alma de una persona normal?
—¡Ama, no estoy regateando!
—Venga ya. Todo el mundo sabe que a los Portadores del Vacío les gusta negociar. ¿Tiene que ser alguien importante o te vale algún imbécil que no le caiga bien a nadie?
—¡Que no como almas! —exclamó Wyndle—. ¡No estoy intentando sacarte nada a cambio! Estoy exponiendo los hechos. ¡Es imposible que lea toda la información de ese archivo! ¿Por qué no puedes darte cuenta de que…?
—Venga, calma los tentáculos —dijo Lift, balanceando los pies y haciendo rebotar los talones contra la pared de piedra—. Ya te he oído. Es imposible no oírte, con lo mucho que lloriqueas.
Detrás de ella, los granjeros empezaban a preguntarse de quién sería hija y por qué no estaba llevándoles agua como debían hacer los críos. Lift tensó el gesto, pensando.
—No podemos esperar a que anochezca para colarnos —musitó—. Oscuridad quiere que para entonces su pobre presa ya esté muerta. Además, seguro que esos escribas hacen turnos de noche. ¿Para qué dormir, si puedes escribir una ley nueva que diga cuántos dedos pueden usarse para levantar una cuchara?
»Pero se conocen bien su oficio. Y lo venden a diestro y siniestro. Los visires siempre estaban escribiéndoles para que les contestaran cosas. Sobre todo les pedían noticias de todo el mundo. —Lift sonrió y se levantó—. Tienes razón. Esto tenemos que hacerlo de otra forma.
—Ciertamente.
—Tenemos que ser listos. Taimados. Pensar como un Portador del Vacío.
—Yo no he dicho…
—Para ya de quejarte —dijo Lift—. Voy a ir a afanar ropa de persona importante.
13
A Lift le gustaba la ropa suave. Aquellos abrigos y túnicas azishianos tan blanditos eran el equivalente textil de un pudin fino. Era bueno recordar que la vida no consistía solo en cosas que picaban. A veces incluía almohadas blandas y dulces esponjosos. Palabras amables. Madres.
El mundo no podía ser malo del todo si tenía ropa suave. El traje le venía grande, pero no pasaba nada. Le gustaba suelto. Se acurrucó un poco en la túnica, sentada en la silla con las manos cruzadas sobre el regazo y un gorrito en la cabeza. El traje entero estaba surcado de colores vivos, tejidos en formas que significaban cosas muy importantes. Lift estaba bastante segura de eso, porque la gente de Azir no paraba de hablar de los símbolos que llevaba en la ropa.
La escriba era gorda. Le harían falta unas tres shiquas para cubrirla, o eso o una shiqua hecha para un caballo. Lift nunca habría pensado que dieran tanta comida a los escribas. ¿Para qué necesitaban tanta energía? Las plumas no pesaban nada.
La mujer llevaba anteojos y tenía la cara cubierta, a pesar de estar en una tierra que conocía a Tashi. Dio unos golpecitos en la mesa con la pluma.
—Dices que tú eres del palacio de Azir.
—Ajá —dijo Lift—. Amiga del emperador. Yo lo llamo Gawx, pero luego le cambiaron el nombre a no sé qué. Está bien, porque Gawx es un nombre bastante tontorrón y no te interesa que tu emperador suene tontorrón. —Ladeó la cabeza—. Aunque cuando se pone a hablar, ya no hay forma de evitarlo.
En el suelo, a su lado, Wyndle dio un leve gemido.
—¿Sabías que tienen a alguien que le hurga la nariz? —preguntó, inclinándose hacia la escriba.
—Jovencita, creo que me estás haciendo perder el tiempo.
—Ahí me has ofendido bastante —dijo Lift, enderezando la espalda en su asiento—. Sobre todo si tenemos en cuenta lo poco que parece que hagáis por aquí.
Era cierto. El edificio entero estaba lleno de escribas que correteaban de aquí para allá, llevando montones de papel de una alcoba sin ventanas a otra. Hasta tenían unos spren particulares que pasaban allí el rato, de un tipo que Lift solo había visto un par de veces. Parecían como ondulaciones en el aire, como gotas de lluvia en charcos, solo que sin lluvia y sin charco. Wyndle los llamaba concentraspren.
¡Tenían tanto famélico papel por allí que hasta necesitaban parshmenios para cargarlo! Pasó una de ellas por el pasillo de fuera, una mujer que llevaba una gran caja llena de papeles. Se los llevaría a alguno de entre los mil millones de escribas que había sentados a sus mesas, rodeados de vinculacañas destellantes. Wyndle decía que estaban respondiendo a preguntas formuladas desde todo el mundo, transmitiendo información.
La escriba que estaba con Lift era un poco más importante. Lift había logrado llegar a aquella habitación haciendo lo que le había sugerido Wyndle: no hablar. Era algo que también hacían los visires. Asentían con la cabeza sin abrir la boca. Había entregado su tarjeta, en la que había garabateado las letras que formaba para ella Wyndle con sus enredaderas.
Los de la entrada se habían quedado tan intimidados que la habían llevado por los pasillos hasta aquella habitación, que era más grande que otras que había visto pero tampoco tenía ventanas. Pero en la pared pintada de blanco había una mancha entre amarilla y marrón que podía fingirse que era luz del sol.
En la otra pared había un estante en el que reposaba una hilera larguísima de vinculacañas. Había unos tapices azishianos colgados al fondo. La escriba era una especie de enlace con el gobierno, allá en Azir.
Sin embargo, después de llegar a la sala, Lift se había visto obligada a hablar. No podía seguir evitándolo, de modo que tendría que ser convincente.
—¿A qué pobre desgraciado has robado para conseguir esa ropa? —preguntó la escriba grandota.
—Como si fuera a quitársela a alguien mientras la lleva puesta —replicó Lift, poniendo los ojos en blanco—. Mira, coge una pluma brillante de esas y escribe a palacio, y así podremos ponernos con lo importante. Mi Portador del Vacío dice que aquí tienes un montonazo de papeles que vamos a tener que repasar.
La mujer se levantó. Lift casi oyó a su silla dando un suspiro de alivio. La mujer señaló la puerta con ademán desdeñoso, pero en ese momento entró un escriba inferior, desgarbado, con una shiqua roja y un gorrito marrón y amarillo muy raro, y le susurró algo al oído.
La escriba pareció disgustarse. El recién llegado se encogió de hombros, incómodo, y se apresuró a marcharse. La mujer gorda giró la cabeza hacia Lift.
—Dime los nombres de los visires que conoces en palacio.
—Bueno, está Tonelete, que tiene la nariz graciosa, con forma de espiga. Y el Gran A, aunque no sé cómo se llama de verdad. Su nombre tiene todos esos ruidos como de ahogarse. Y Papi Culocaído, aunque ese no es visir de verdad. Lo llaman vástago, que también es importante pero de otra forma. ¡Ah, y Labios Gordos! Es la que manda de todos. En realidad no tiene gordos los labios, pero se enfada cuando la llamo así.
La mujer se quedó mirando a Lift. Luego se volvió y fue hacia la puerta.
—Espera aquí —ordenó a Lift, y salió.
Lift se agachó hacia el suelo.
—¿Cómo voy?
—Fatal —dijo Wyndle.
—Sí, ya me he dado cuenta.
—Casi hasta podría afirmarse —dijo Wyndle— que te habría venido bien aprender a hablar con educación, como te decían siempre los visires.
—Bla, bla, bla —respondió Lift, acercándose a la puerta para escuchar.
Desde fuera se entreoía a los escribas hablando entre ellos.
—… Encaja con la descripción que hizo la capitana de la guardia de inmigración, para que se la busque por la ciudad —decía uno de ellos—. ¡Y se ha presentado aquí mismo! Hemos enviado a buscar a la capitana, que por suerte había venido para su informe…
—¡Condenación! —susurró Lift mientras se apartaba—. Nos han pillado, Portador del Vacío.
—¡Nunca debí ayudarte con esta idea enloquecida!
Lift cruzó la sala hasta la hilera de vinculacañas. Todas estaban etiquetadas.
—Ven para acá y dime la que necesitamos.
Wyndle creció pared arriba y envió enredaderas sobre las plaquitas.
—Vaya, vaya, son vinculacañas importantes. Veamos… la tercera comunica con los escribas reales de palacio.
—Estupendo —dijo Lift.
La cogió y volvió a la mesa. La situó en el punto correcto de su superficie, porque había visto hacer lo mismo montones de veces, y giró el rubí del extremo de la caña. Respondieron al instante: los escribas de palacio no se alejaban muy a menudo de sus vinculacañas. Antes preferirían que les arrancaran los dedos.
Lift cogió la vinculacaña y la situó contra el papel.
—Esto…
—Oh, por el amor de Cultivación —dijo Wyndle—. No prestaste nada de atención, ¿verdad?
—Nada.
—Dime lo que quieres decir.
Lift se lo dijo y, de nuevo, Wyndle hizo crecer enredaderas sobre la mesa con las formas adecuadas. Con la pluma agarrada en el puño cerrado, Lift copió las palabras, una absurda letra tras otra. Le costó una eternidad. Escribir era ridículo. ¿La gente no podía hablar y punto? ¿Por qué inventarse una manera de hablar en la que no hubiera que ver a la gente para decirles lo que tenían que hacer?
«Aquí, Lift —escribió—. Decid a Labios Gordos que la necesito. Estoy en apuros. Y que alguien traiga a Gawx, si no es que le están hurgando la nariz ahora mis…».
La puerta se abrió y Lift dio un gañido, giró el rubí y se apartó corriendo de la mesa.
Al otro lado había una gran concentración de gente: cinco escribas, incluyendo a la gorda, y tres guardias. Una era la mujer que dirigía el puesto de vigilancia de la entrada de la ciudad.
«Tormentas —pensó Lift—, sí que se han dado prisa».
Se lanzó al suelo en dirección a ellos.
—¡Cuidado! —gritó la guardia—. ¡Es resbaladiza!
Lift se volvió maravillosa, pero la capitana empujó a los escribas dentro de la sala, entró y empezó a cerrar la puerta a su espalda. Lift pasó entre sus piernas, resbalando con facilidad, pero se estampó contra la puerta mientras se cerraba del todo.
La capitana se abalanzó sobre ella. Lift gritó y se cubrió de maravilla, por lo que cuando la asieron, su chaqueta azishiana de anchas mangas salió, dejándola en una falda parecida a una túnica con pantalones y sus camisas de siempre.
Se escabulló por el suelo, pero la estancia tampoco era muy grande. Intentó huir por la periferia, pero tenía encima a la capitana de la guardia.
—¡Ama! —gritó Wyndle—. ¡Oh, ama, que no te apuñalen! ¿Me oyes? ¡Evita que te den con nada afilado! ¡Ni romo, en realidad!
Lift gruñó al ver que los otros guardias se metían en la sala y cerraban la puerta deprisa. Cada uno de ellos fue hacia un lado de la habitación.
Esquivó a un lado, luego al otro y dio un puñetazo en el estante de las vinculacañas, haciendo que la escriba chillara cuando cayeron unas pocas.
Lift se lanzó hacia la puerta. La capitana de la guardia la embistió y otro guardia cayó encima de ella.
Lift se revolvió, se hizo maravillosa y se escurrió entre sus dedos. Solo tenía que…
—Tashi —susurró una escriba—. ¡Dios de Dioses y Encuadernador del Mundo!
Alrededor de su cabeza apareció un asombrospren, con forma de anillo de humo azul.
Lift saltó de entre las manos de los guardias y se subió de pie en una de sus espaldas, lo que le permitió ver bien el escritorio. La vinculacaña estaba escribiendo.
—Sí que han tardado —dijo, y entonces bajó de un salto de la pila de guardias y se sentó en la silla.
El guardia se levantó detrás de ella, soltando improperios.
—¡Alto, capitana! —dijo la escriba gorda. Miró al escriba desgarbado que iba de amarillo—. Ve a enviar otro mensaje al palacio de Azir. ¡Que sean dos! Necesitamos confirmación.
—¿De qué? —preguntó el escriba, caminando hacia la mesa.
La capitana de la guardia se acercó a ellos para leer lo que escribía la pluma. Luego, muy despacio, los tres alzaron la mirada hacia Lift con los ojos muy abiertos.
—«A quien corresponda —leyó Wyndle, que había extendido sus enredaderas por encima del papel—. Por el presente decreto, yo, el Aqasix Supremo Yanagawn I, emperador de todo Makabak, proclamo que la joven conocida como Lift debe ser objeto de toda cortesía y respeto. La obedeceréis como me obedeceríais a mí, y cargaréis en la cuenta imperial todo gasto en el que pueda incurrir durante su incursión en vuestra ciudad. A continuación hallaréis una descripción de la mujer y dos preguntas que solo ella puede responder, como prueba de autenticidad. Pero sabed que si resulta dañada u obstaculizada de cualquier modo, conoceréis la ira imperial».
—Gracias, Gawx —dijo Lift, y miró a los escribas y los guardias—. ¡Significa que tenéis que hacer lo que yo diga!
—Y ¿qué es lo que quieres? —preguntó la escriba gorda.
—Depende —respondió Lift—. ¿Qué tenéis hoy para comer?
14
Tres horas más tarde, Lift estaba sentada en el centro del escritorio de la escriba gorda, con el gorrito del escriba desgarbado en la cabeza y comiendo tortitas con las manos.
Un enjambre de escribas inferiores estaba repasando informes en el suelo delante de ella, montones de libros esparcidos por todas partes como caparazones rotos de cangrejo después de un banquete. La escriba gorda estaba de pie al lado de la mesa, leyendo a Lift lo que escribía la vinculacaña correspondiente a la parte de la conversación de Gawx. La mujer por fin se había bajado la tela de la cara y resultó que era guapa y mucho más joven de lo que Lift había creído.
—«Estoy preocupado, Lift —le leyó la escriba gorda—. Aquí todos están preocupados. Están llegando informes desde el oeste. En Steen y Alm se ha visto la nueva tormenta. Está sucediendo como el caudillo alezi dijo que sucedería. Una tormenta de relámpago rojo, soplando al revés».
La mujer miró a Lift.
—En eso tiene razón, su… hum…
—Dilo —ordenó Lift.
—Su tortitencia.
—Suena de maravilla, ¿verdad?
—Su excelencia imperial tiene razón sobre la llegada de una nueva y extraña tormenta. Hemos recibido confirmaciones independientes de nuestros contactos en Iri y Shinovar. Una enorme tormenta con relámpagos rojos que sopla desde el oeste.
—¿Y los monstruos? —preguntó Lift—. ¿Cosas con ojos rojos en la oscuridad?
—Todo es confuso —dijo la escriba, que se llamaba Ghenna—. Nos está costando recibir respuestas claras. Ya teníamos nociones sobre ello, a partir de informes procedentes de la costa este cuando la tormenta la alcanzó, antes de desplazarse al océano. Casi todo el mundo consideró exagerados esos informes y creyó que la tormenta se disiparía. Pero ahora que ha rodeado el planeta y llegado al oeste… Bueno, se dice que el príncipe está preparando un decreto de emergencia para el país entero.
Lift miró a Wyndle, que estaba enrollado en la mesa junto a ella.
—Portadores del Vacío —dijo con un hilo de voz—. Está ocurriendo. Dulce virtud, es cierto que las Desolaciones han vuelto…
Ghenna siguió leyendo la vinculacaña de Gawx.
—«Esto va a ser un desastre, Lift. Nadie está preparado para una tormenta que sopla al revés. Pero los alezi son casi igual de preocupantes. ¿Cómo es que saben tanto de ella? ¿La invocó de algún modo ese caudillo que tienen?».
Ghenna bajó el papel.
Lift masticó su tortita. Era de las densas, con una pasta machacada en el centro que era demasiado pegajosa y salada. La de al lado estaba cubierta de pequeñas semillas crujientes. Ninguna estaba tan buena como las dos otras variedades que había probado en las horas anteriores.
—¿Cuándo va a llegar? —preguntó Lift.
—¿La tormenta? Difícil de precisar, pero es más lenta que una alta tormenta, según casi todos los informes. Podría llegar a Azir y Tashikk en tres o cuatro horas.
—Escribe esto a Gawx —dijo Lift con la boca llena de tortita—. «Aquí tienen buena comida. Hay mucha variedad de tortitas. Una tiene azúcar en el centro».
La escriba vaciló.
—Escríbelo —dijo Lift—, o te haré llamarme más cosas absurdas.
Ghenna suspiró, pero obedeció.
—«Lift —leyó cuando la vinculacaña escribió la respuesta de Gawx, que tendría a unos quince visires y vástagos alrededor sugiriéndole qué decir y escribiéndolo cuando él lo aceptara—, no es momento de charlar sobre comida».
—Claro que sí —replicó Lift—. Tenemos que recordarlo. Puede que venga una tormenta, pero luego la gente tendrá que comer. El mundo se acaba mañana, pero pasado mañana la gente preguntará qué hay de desayuno. Ese es tu trabajo.
—«¿Y las historias de algo peor? —escribió él—. Los alezi están avisando sobre los parshmenios y yo hago lo que puedo con tan poco tiempo. Pero ¿qué hay de los Portadores del Vacío que dicen que están en las tormentas?».
Lift miró la estancia atestada de escribas.
—Estoy con esa parte —dijo. Mientras Ghenna lo escribía, Lift se levantó y se limpió las manos en su lujosa túnica—. Eh, gente lista, ¿qué tenéis?
Los escribas alzaron la mirada hacia ella.
—Señora —dijo uno—, no tenemos ni idea de lo que estamos buscando.
—¡Cosas raras!
—¿Qué clase de «cosas raras»? —preguntó el escriba de amarillo, el tipo desgarbado que parecía ridículo y medio calvo sin su gorrito—. ¡Ocurren cosas inusuales a diario en la ciudad! ¿Quiere el informe del hombre que afirma que su cerdo nació con dos cabezas? ¿O el del hombre que dice que vio la silueta de Yaezir en el liquen de su pared? ¿O la mujer que tuvo la premonición de que su hermana caería y entonces cayó?
—No, no —dijo Lift—. Eso es raro normal.
—¿Y qué es lo raro anormal, entonces? —preguntó él, irritado.
Lift empezó a brillar. Invocó su maravilla, tanta que empezó a irradiar de su piel como si fuese una famélica esfera. A su lado, las semillas que cubrían la tortita que no se había comido brotaron, y de ellas crecieron largas y retorcidas enredaderas que se embarullaron unas en torno a otras y escupieron hojas.
—Algo como esto —dijo Lift, y entonces miró hacia el lado. Genial. Había echado a perder la tortita.
Los escribas la miraban boquiabiertos, así que dio una fuerte palmada para que volvieran al trabajo. Wyndle suspiró, y Lift supo lo que debía de estar pensando. En tres horas no habían encontrado nada relevante. Estaba en lo cierto: en aquella ciudad escribían las cosas. Y ahí estaba el problema. Lo escribían absolutamente todo.
—Hay otro mensaje del emperador para ti —dijo Ghenna—. Esto para su tortita… Tormentas, qué ridículo suena.
Lift sonrió de oreja a oreja y miró el papel. Las palabras estaban escritas con una caligrafía fluida y elegante. Tenía que ser Labios Gordos.
—«Lift —leyó Ghenna—, ¿vas a volver? Aquí te echamos de menos».
—¿Labios Gordos también? —preguntó Lift.
—«La visir Noura también te echa de menos. Lift, ahora este es tu hogar. Ya no tienes por qué vivir en la calle».
—¿Qué se supone que haré allí, si vuelvo?
—«Todo lo que quieras —escribió Gawx—. Te lo prometo».
Ese era el problema.
—Todavía no sé lo que voy a hacer —dijo, sintiendo un extraño aislamiento, a pesar de la habitación llena de gente—. Ya veremos.
Ghenna la miró al oírlo. Al parecer, pensaba que el emperador debería obtener todo lo que quería, y que las chicas reshi no deberían tomarse como costumbre negárselo.
La puerta se abrió un poco y la capitana de la guardia miró dentro. Lift saltó de la mesa, corrió hacia ella y dio un saltito para ver lo que sostenía. Un informe. Estupendo. Más palabras.
—¿Qué has averiguado? —preguntó, ansiosa.
—Tenías razón —dijo la capitana—. Un colega mío de la guardia del barrio ha estado vigilando el orfanato Luz de Tashi. La mujer que lo dirige…
—La Tocón —aportó Lift—. Es mala que no veas. Come huesos de niños para merendar. Una vez hizo un duelo de miradas con un cuadro y ganó.
—… está siendo investigada. Tiene una especie de trama de blanqueo de dinero, aunque los detalles son confusos. Ha estado intercambiando esferas por otras de menor valor, una práctica que la llevaría a la bancarrota si no tuviera alguna otra forma de ingreso. Según el informe, acepta dinero de organizaciones criminales como donativos y luego los transfiere en secreto a otros grupos después de quedarse una parte, para ayudar a emborronar el rastro de las esferas. Y hay más. En todo caso, los niños son una tapadera para apartar la atención de sus prácticas.
—Ya te lo decía yo —repuso Lift, cogiéndole el papel de las manos—. Deberías detenerla y gastar todo su dinero en sopa. Dame a mí la mitad por decirte dónde buscar y no se lo contaré a nadie.
La capitana levantó las cejas.
—Podemos escribir que lo hacemos, si quieres… —dijo Lift—. Así será oficial.
—Pasaré por alto los intentos de soborno, coacción, extorsión y malversación de fondos estatales —respondió la capitana—. En cuanto al orfanato, no tengo jurisdicción sobre él, pero te aseguro que mis compañeros actuarán contra esa Tocón bien pronto.
—Me basta —dijo Lift, volviendo a subir a la mesa frente a su legión de escribas—. Venga, ¿qué habéis encontrado? ¿Hay alguien que brille, como si fuese una famélica fuerza benévola de la verdad y la justicia, o algo así?
—¡Es un proyecto demasiado extenso para asignárnoslo sin previo aviso! —protestó la escriba gorda—. Señora, esta investigación es del tipo en el que normalmente trabajamos durante meses. ¡Concédanos tres semanas y podemos preparar un informe detallado!
—No tenemos tres semanas. Apenas tenemos tres horas.
Daba lo mismo. Durante las siguientes horas, intentó engatusar, amenazar, bailar, sobornar y —a modo de última opción, loca y desesperada— quedarse muy callada y dejar que leyeran. A medida que pasaba el tiempo, encontraban nada y todo al mismo tiempo. Había montones de rarezas difusas en los informes de la guardia: historias de un hombre que sobrevivió a una caída desde demasiado alto, una queja por ruidos extraños fuera de la ventana de una mujer, spren que actuaban de forma inusual por las mañanas en la puerta de otra mujer a menos que esta les dejara un cuenco de agua azucarada. Y sin embargo, ninguno de aquellos informes contaba con más de un testigo, y en ninguno de ellos la guardia había encontrado nada concreto que resultara extraño, aparte de las habladurías.
Cada vez que aparecía una rareza, a Lift le entraban unas ganas terribles de salir por la puerta, salir apretándose por una ventana y correr a buscar a la persona implicada. Y cada vez, Wyndle le aconsejaba paciencia. Si todos los informes fuesen veraces, prácticamente cualquier habitante de la ciudad podría ser un potenciador. ¿Y si se marchaba a investigar uno de los cien informes que no eran más que superstición normal y corriente? Perdería horas y no encontraría nada.
Que era justo lo que sentía que estaba haciendo. Estaba molesta, impaciente y sin tortitas.
—Lo siento, ama —dijo Wyndle mientras rechazaban un informe sobre una mujer veden que afirmaba que su bebé había sido «bendecido por el mismísimo Tashi con una piel más clara que la de su padre, para que estuviera más cómodo en sus relaciones con los extranjeros»—. No creo que ninguno de estos sea más señal que los demás. Empiezo a pensar que deberíamos elegir uno y confiar en la suerte.
Lift odiaba la suerte, últimamente. Le estaba costando convencerse a sí misma de que no estaba en una edad desafortunada de su vida, así que había renunciado a la suerte. Hasta había intercambiado su esfera de la suerte por una cuña de queso de cerda.
Cuanto más lo pensaba, más le parecía que la suerte era lo contrario de ser maravillosa. Una era algo que hacías, la otra algo que te sucedía hicieras lo que hicieras.
Pero claro, eso no significaba que la suerte no existiera. O creías en ella o creías en lo que decían siempre aquellos sacerdotes vorin, que los pobres habían sido elegidos para la pobreza, por ser demasiado tontos como para pedir al Todopoderoso que los hiciera nacer forrados de esferas.
—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Lift.
—Elegir un informe de estos, supongo —dijo Wyndle—. Uno cualquiera. Aunque yo descartaría el del bebé. Sospecho que quizá la madre no esté siendo sincera.
—No me digas.
Lift echó un vistazo a los papeles extendidos ante ella, papeles que no sabía leer y que detallaban informes de curiosidades vagas. ¡Tormentas! Si elegía bien, podía salvar una vida y quizá encontrar a alguien más que podía hacer lo mismo que ella.
Si elegía mal, Oscuridad y sus siervos ejecutarían a una persona inocente. Con disimulo, sin nadie que presenciara su muerte ni lo recordara.
Oscuridad. De pronto, lo odió. Lo odió con una bullente ferocidad que la sorprendió incluso a ella por lo intensa que era. No creía que hubiera odiado de verdad a nadie nunca antes. Pero a él… con aquellos ojos fríos que parecían rechazar toda emoción… Y lo odiaba más por el hecho de que parecía hacer lo que hacía sin el menor ápice de remordimiento.
—¿Ama? —dijo Wyndle—. ¿Cuál eliges?
—No puedo elegir —susurró ella—. No sé hacerlo.
—Coge uno y ya está.
—No puedo. Yo no tomo decisiones, Wyndle.
—¡Bobadas! Las tomas a diario.
—No, yo solo…
Iba donde la llevaban los vientos. Cuando se tomaba una decisión, era también un compromiso. Se estaba diciendo que lo que se pensaba era lo correcto.
La puerta de la sala se abrió de golpe. Apareció un guardia, uno al que Lift no conocía, sudoroso y jadeante.
—Decreto de emergencia de estado cinco procedente del príncipe, para distribuirse por toda la nación de inmediato. Estado de emergencia en la ciudad. Tormenta soplando en dirección opuesta, prevista para alcanzarnos antes de dos horas.
»Toda la población debe abandonar las calles y dirigirse a los refugios para tormentas, y los parshmenios deben ser encarcelados o exiliados a la tormenta. Quiere que los callejones de Yeddaw y otras ciudades talladas se evacuen de inmediato, y ordena a los oficiales del gobierno que se presenten en sus refugios asignados para hacer conteos, esbozar informes y mediar en las disputas que puedan darse por confusiones derivadas de la evacuación. Habrá copias de esta orden en todos los puntos de reunión, que se están distribuyendo en estos momentos.
Los escribas de la sala apartaron la mirada de su trabajo y, al instante, empezaron a guardar los libros y los apuntes contables.
—¡Esperad! —gritó Lift mientras el mensajero se marchaba—. ¿Qué estáis haciendo?
—Acabas de ser desautorizada, pequeña —dijo Ghenna—. Tu investigación tendrá que esperar.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que el príncipe decida derogar el estado de emergencia —respondió ella, recogiendo a toda prisa las vinculacañas de su estante y guardándolas en una caja acolchada.
—¡Pero el emperador ha dicho que me ayudéis! —exclamó Lift, cogiendo la nota de Gawx y moviéndola en el aire.
—Y te ayudaremos encantados a llegar a un refugio para tormentas —dijo la capitana de la guardia.
—¡Necesito ayuda con este problema! ¡Os ha ordenado obedecerme!
—Y nosotros, por supuesto, escuchamos al emperador —dijo Ghenna—. Lo escuchamos con gran atención.
Pero no necesariamente obedecían sus órdenes. Se lo habían explicado los visires. Azir afirmaba ser un imperio, y casi todos los demás países de la zona le seguían la corriente. Era como seguirle la corriente al niño que decía que era capitán de equipo en un partido de anillos. Pero cuando sus exigencias se hacían demasiado extravagantes, quizá terminara hablando con un callejón vacío.
Los escribas eran notablemente efectivos. Tardaron poco en sacar a Lift al pasillo, cargada con un puñado de informes que no sabía leer, y separarse para correr a cumplir sus distintos deberes. La dejaron con una joven subescriba, que no podía ser mucho mayor que Lift y que debía llevarla a un refugio para tormentas.
Lift se libró de la chica en el primer cruce que pudo, escabulléndose por un pasillo lateral mientras la joven explicaba la emergencia a un anciano erudito de ojos vidriosos, vestido con una shiqua marrón. Lift se quitó su ropa buena azishiana y la tiró en un rincón, quedándose en pantalones, camisa y su chaqueta fina sin abotonar. Desde allí pasó a una parte menos poblada del edificio. En los largos pasillos, los escribas se reunían y se gritaban unos a otros. Lift no habría esperado tanto alboroto de un puñado de viejos y viejas decrépitos con tinta en las venas.