Arcanum ilimitado
El sistema de Roshar » Danzante del Filo
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Estaba oscuro, y Lift deseó no haber intercambiado su esfera de la suerte. Los pasillos estaban señalados con alfombras en las que había diseños azishianos para diferenciarlos unos de otros, pero nada más. Había lámparas de esfera a intervalos regulares en las paredes, pero solo una de cada cinco contenía una esfera infusa. Seguía escaseando la luz tormentosa. Lift pasó un minuto entero agarrada a una, intentando forzar su pestillo, pero estaban bien aseguradas.
Siguió pasillo abajo, dejando de lado una sala tras otra, todas ellas atestadas de papel, aunque no había tantas estanterías como Lift esperaba encontrar. No parecía una biblioteca. Lo que había eran paredes llenas de cajones que contenían pilas de papeles.
Cuanto más caminaba, más silencioso estaba todo, hasta que le pareció estar recorriendo un mausoleo… un mausoleo de árboles. Arrugó los papeles que llevaba en la mano y se los metió en el bolsillo. Eran tantos que no pudo meter la mano también.
—¿Ama? —la llamó Wyndle desde el suelo, a su lado—. No nos queda mucho tiempo.
—Estoy pensando —dijo Lift. Era mentira. Lo que hacía era intentar no pensar.
—Lamento que el plan no haya funcionado —dijo Wyndle.
Lift alzó los hombros.
—De todas formas, tú no querías estar aquí. Quieres hacerte jardinero.
—Sí, y tenía planeada una galería de botas encantadora —respondió Wyndle—. Pero supongo… supongo que no podemos quedarnos quietos cuidando jardines mientras el mundo termina, ¿verdad? Y si me hubieran asignado con aquella iriali tan maja, no estaría aquí, ¿a que no? Y ese Radiante al que intentas salvar, sea quien sea, puede darse por muerto.
—Posiblemente puede darse por muerto de todas formas.
—Pero aun así… merece la pena intentarlo, ¿verdad?
Estúpido y animoso Portador del Vacío. Lift le lanzó una mirada y luego sacó los papeles del bolsillo.
—No sirven para nada. Tenemos que empezar de cero con un plan nuevo.
—Y con mucho menos tiempo. Ya llega el anochecer, y también esa tormenta. ¿Qué hacemos?
Lift soltó los papeles.
—Hay alguien que sabe dónde ir. Esa mujer que hablaba con Oscuridad, su discípula, decía que tenía una investigación en marcha. Sonaba confiada.
—Je —dijo Wyndle—. Y no supondrás que su investigación implicaría un puñado de escribas buscando en los registros, ¿verdad?
Lift ladeó la cabeza.
—Sería la opción inteligente —dijo Wyndle—. Se nos ha ocurrido hasta a nosotros.
Lift sonrió y echó a correr en la dirección de la que venía.
15
Sí —dijo la escriba gorda, aturullada después de buscar en un libro—. Fue el equipo de Bidlel, sala dos-tres-dos. La mujer que describes los contrató hace dos semanas para un proyecto no especificado. Nos tomamos muy en serio la discreción de nuestros clientes. —Suspiró y cerró el libro—. Salvo por mandato imperial.
—Gracias —dijo Lift, dando un abrazo a la mujer—. Graciasgraciasgraciasgracias.
—Ojalá hubiera sabido lo que significaba todo esto. Tormentas, cualquiera diría que a mí me lo contarían todo, pero la mitad del tiempo tengo la sensación de que hasta los reyes están confundidos por lo que les echa encima el mundo. —Negó con la cabeza y miró a Lift, que seguía abrazándola—. Yo voy a ir a mi puesto asignado. Te aconsejo que busques refugio.
—Síesoharégenialadiós —dijo Lift.
La soltó y salió corriendo de la sala llena de registros. Corrió por el pasillo, en dirección contraria a los peldaños que bajaban al refugio para tormentas del Indicium.
Ghenna sacó la cabeza al pasillo.
—¡Bidlel ya habrá evacuado! La puerta estará cerrada. —Calló un momento—. ¡No rompas nada!
—Portador del Vacío —dijo Lift—. ¿Puedes encontrar el número ese que acaba de decir?
—Sí.
—Bien, porque no tengo tantos dedos en los pies.
Corrieron por el cavernoso Indicium, que ya empezaba a vaciarse. Solo había pasado más o menos media hora desde el decreto —Wyndle llevaba la cuenta— y ya se estaba marchando todo el mundo. La gente cerraba sus puertas con llave cuando llegaba una tormenta y se trasladaba a lugares seguros. Para los que tenían casas normales, esas casas valdrían, pero los pobres tenían que ir a refugios.
Pobres parshmenios. No había muchos en la ciudad, no tantos como en Azimir, pero por orden del príncipe los estaban reuniendo y expulsando. Dejándolos para la tormenta, medida que a Lift le parecía enormemente injusta.
Pero nadie hacía caso a sus protestas al respecto. Y Wyndle había dejado caer… bueno, que quizá estuvieran convirtiéndose en Portadores del Vacío. ¿Y quién mejor que él para saberlo?
De todos modos, no le parecía justo. Ella no dejaría a Wyndle fuera en una tormenta. Aunque afirmara que era improbable que la tormenta pudiera hacer daño a los parshmenios.
Siguió las enredaderas de Wyndle, que la llevó dos pisos hacia arriba y se puso a contar hileras. El suelo de aquella planta era de madera pintada, y a Lift se le hacía raro pisarla. Suelos de madera. ¿No se romperían y la dejarían caer? Los edificios de madera siempre le habían parecido demasiado endebles, de modo que pisó con ligereza por si acaso. Era…
Lift frunció el ceño, se agachó y miró a un lado y luego al otro. ¿Qué había sido eso?
—Dos-dos-uno —dijo Wyndle—, dos-dos-dos…
—¡Portador del Vacío! —susurró Lift—. ¡Calla!
Wyndle dio media vuelta y creció pared arriba cerca de ella. Lift apretó la espalda contra la pared, y entonces dobló una esquina hacia un pasillo lateral y apretó la espalda contra esa pared.
En la alfombra sonaron unas fuertes pisadas de botas.
—No puedo creerme que llames pista a eso —dijo una voz de mujer, que Lift reconoció como la discípula de Oscuridad—. ¿No estuviste en la guardia?
—En Yezier se hacen las cosas de otra forma —replicó un hombre con brusquedad. El otro discípulo—. Aquí todo el mundo es demasiado remilgado. Tendrían que decir lo que piensan y punto.
—¿Esperas que un confidente tashikki te hable a las claras?
—¿Por qué no? ¿No es su trabajo?
Los dos pasaron de largo, por suerte sin mirar hacia el pasillo lateral en el que estaba Lift. Tormentas, esos uniformes que llevaban, con sus botas altas, sus chaquetas rígidas al estilo del este y sus guantes largos, eran imponentes. Parecían generales en el campo de batalla.
Lift anhelaba seguirlos para ver dónde iban. Se obligó a esperar.
Y en efecto, unos segundos más tarde pasó por el pasillo alguien más silencioso. El asesino, con la ropa hecha jirones y la cabeza gacha, llevando aquel espadón —que tenía que ser algún tipo de hoja esquirlada— apoyado en el hombro.
—No lo sé, espada-nimi —dijo en voz baja—. Ya no confío en mi propia mente. —Dejó de hablar y de andar, como si escuchara algo—. Eso no me reconforta, espada-nimi. No, nada de nada…
Siguió a los otros dos, dejando una tenue imagen tras de sí, brillando en el aire. Era casi imperceptible, menos marcada al moverse que en el cuartel general de Oscuridad.
—Oh, ama —dijo Wyndle, enroscándose hacia ella—. ¡Casi expiro del susto! Cuando se ha parado ahí, en el pasillo, ¡estaba seguro de que me había visto de algún modo!
Por lo menos los pasillos estaban oscuros, con casi todas las lámparas de esferas apagadas. Lift, nerviosa, salió al pasillo y siguió al grupo. Se detuvieron en la misma puerta a la que iba ella, y uno sacó una llave. Lift había esperado que se abrieran paso por la fuerza, pero por supuesto no les hacía ninguna falta: tenían autoridad legal.
En realidad, ella también. Qué estrafalario todo.
Los dos discípulos de Oscuridad entraron en la sala. El Asesino de Blanco se quedó fuera, en el pasillo. Se sentó en el suelo frente a la puerta, con su extraña hoja esquirlada en el regazo. Se quedó casi quieto del todo, pero las pocas veces que se movía dejaba atrás aquella imagen que luego se evaporaba.
Lift regresó al pasillo lateral y volvió a apoyar la espalda en la pared. En algún lugar lejano de la Gran Indecisión había alguien gritando para que los demás mantuvieran el orden.
—Tengo que entrar en esa sala —dijo Lift—. No sé cómo.
Wyndle se acurrucó en el suelo, enrollando sus enredaderas con fuerza. Lift negó con la cabeza.
—Para entrar, hay que pasar por delante del famélico asesino en persona. Tormentas.
—Lo haré yo —susurró Wyndle.
—A lo mejor podría despistarlo —dijo Lift, sin apenas prestar atención—. ¿Hacer que saliera corriendo detrás de algo? Pero eso alertaría a los de dentro.
—Lo haré yo —repitió Wyndle.
Lift echó la cabeza a un lado, consciente por fin de lo que había oído. Bajó la mirada hacia Wyndle.
—¿Despistarlo?
—No. —Las enredaderas de Wyndle se enmarañaron unas en torno a otras, tensándose en nudos—. Lo haré yo, ama. Puedo colarme en la sala. No… no creo que sus spren vayan a poder verme.
—¿No lo sabes seguro?
—No.
—Suena peligroso.
Sus enredaderas crujieron al apretarse entre sí.
—¿Tú crees?
—Sí, muchísimo —repuso Lift, y echó un vistazo rápido por la esquina—. Ese tipo de blanco tiene algo que no encaja. ¿Se te puede matar, Portador del Vacío?
—Destruir —matizó Wyndle—. Sí. No es lo mismo que para un humano, pero he visto a spren que… —Dio un suave gemido—. A lo mejor sí que es demasiado peligroso para mí.
—A lo mejor.
Wyndle se aposentó y se enroscó sobre sí mismo.
—Voy a ir de todas formas —susurró.
Lift asintió.
—Escucha, memoriza lo que digan esos dos de dentro y vuelve enseguida. Si pasa algo, chilla con todas tus fuerzas.
—Bien. Escuchar y chillar. Sé escuchar y chillar. Se me dan bien las dos cosas.
Hizo un sonido parecido a respirar hondo aunque, que Lift supiera, no necesitaba respirar. Luego salió disparado hacia el pasillo, una enredadera con cristales engarzados que creció por el suelo rodeando la esquina, pegada a la pared. De sus lados crecían pequeños brotes verdes que cubrían la alfombra.
El asesino no levantó la mirada. Wyndle llegó a la puerta de la sala en la que estaban los dos aprendices de Rompedor del Cielo. Lift no oía ni una palabra de lo que se decía dentro.
Tormentas, cómo odiaba esperar. Había construido su vida en torno a no tener que esperar nada ni a nadie. Hacía lo que quería, cuando quería. Era lo mejor, ¿verdad? Todo el mundo debería poder hacer lo que quisiera.
Pero claro, en ese caso, ¿quién cultivaría la comida? Si el mundo estuviera lleno de gente como Lift, ¿no se marcharían en plena temporada de siembra para ir a cazar lurgs? Nadie protegería las calles ni se sentaría en reuniones. Nadie aprendería a escribir cosas ni a gobernar reinos. Todos corretearían por ahí robándose la comida entre ellos, hasta que no quedara nada y todos cayeran y murieran.
«Tú lo sabías —dijo una parte de ella, poniéndose de pie en su interior, con los brazos en jarras y actitud desafiante—. Conocías la verdad del mundo, hasta cuando fuiste y pediste no envejecer».
Ser joven era una excusa. Una justificación plausible.
Esperó, inquieta por no poder hacer nada. ¿Qué estarían diciendo allí dentro? ¿Habrían visto a Wyndle? ¿Estarían torturándolo, amenazándolo con talar sus jardines o algo por el estilo?
«Escucha», susurró una parte de ella.
Pero, por supuesto, no podía oír nada.
Le entraron ganas de acercarse corriendo, hacerles burla a todos y arrastrarlos a una persecución por todo el famélico edificio. Sería mejor que quedarse sentada allí con sus pensamientos, preocupada y culpándose al mismo tiempo.
Cuando siempre estaba ocupada, no tenía tiempo de pensar en cosas. Cosas como que la mayoría de la gente no se largaba corriendo cuando les apetecía. Como que su madre había sido tierna, y amable, y siempre dispuesta a cuidar de todo el mundo. Resultaba inverosímil que pudiera haber alguien en Roshar tan bueno con los demás como lo había sido ella.
No debería haber muerto. O como mínimo, debería haber tenido a alguien la mitad de espléndido que ella para cuidarla mientras se iba consumiendo.
Alguien que no fuese Lift, que era egoísta, estúpida.
Y solitaria.
Se tensó y se preparó para doblar la esquina a la carrera. Pero entonces, por fin, Wyndle llegó serpenteando por el pasillo. Creció a lo largo del suelo a ritmo frenético y volvió con ella, dejando un rastro de polvo contra la pared cuando se desmoronaron sus enredaderas descartadas.
Los dos discípulos de Oscuridad salieron de la estancia al momento siguiente, y Lift se retiró al pasillo lateral con Wyndle. En la sombra, se agachó para evitar que la alcanzara la luz lejana. La mujer y el hombre de uniforme pasaron con potentes pisadas al momento, sin lanzar una sola mirada pasillo abajo. Lift se relajó, acariciando con las yemas de los dedos las enredaderas de Wyndle.
Y entonces pasó el asesino. Se detuvo y miró en la dirección de Lift, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada.
Lift contuvo el aliento. «No te hagas maravillosa. ¡No te hagas maravillosa!». Si usaba sus poderes en aquella sombra, brillaría y seguro que entonces el asesino la veía.
Lo único que podía hacer era quedarse agachada mientras el asesino entornaba los ojos, que tenían una forma extraña, como si fuesen demasiado grandes o algo así. Metió la mano en una bolsa que llevaba al cinto y lanzó algo pequeño y brillante al pasillo lateral. Una esfera.
Lift montó en pánico, indecisa entre huir, hacerse maravillosa o quedarse muy quieta. Los miedospren bulleron a su alrededor, iluminados por la esfera que se acercaba rodando, y Lift supo, al cruzar la mirada con el asesino, que podía verla.
Sacó su espada de la vaina una fracción de centímetro. De la hoja se derramó un humo negro que cayó hacia el suelo y se acumuló a sus pies. Lift sintió una repentina y terrible náusea.
El asesino la sopesó con la mirada y entonces devolvió la espada a su vaina con un gesto brusco. Para sorpresa de Lift, se marchó tras los otros dos, dejando atrás aquella tenue imagen. No dijo ni una palabra, y sus pisadas en la alfombra apenas hacían ruido: no eran ni una leve brisa comparadas con los pisotones que daban los otros dos, que Lift seguía oyendo aunque estuvieran a más distancia.
Al poco tiempo, los tres habían llegado a la escalera y se habían perdido de vista.
—¡Tormentas! —exclamó Lift, dejándose caer de espaldas a la alfombra—. ¡Por la famélica Madre del Mundo y el Padre de Tormentas en el cielo! Casi me mata de miedo.
—¡Ya lo creo! —dijo Wyndle—. ¿Has oído mis no-gemidos?
—No.
—¡Tenía demasiado miedo para hacer ningún ruido!
Lift se incorporó y se secó el sudor de la frente.
—Vaya. Bueno, vale… menuda experiencia. ¿De qué estaban hablando?
—¡Ah! —dijo Wyndle, como si se hubiera olvidado por completo de su misión—. ¡Ama, tenían todo un estudio realizado! Semanas de investigación para identificar rarezas en la ciudad.
—¡Estupendo! ¿Y cuál es la conclusión?
—No lo sé.
Lift volvió a dejarse caer.
—Han hablado de muchísimas cosas que no he entendido —dijo Wyndle—. Pero ama, ¡ellos sí que saben quién es esa persona! Van para allá ahora mismo, a ejecutarla. —Le dio un golpecito con una enredadera—. Así que… ¿quizá deberíamos seguirlos?
—Sí, vale —dijo Lift—. Supongo que podemos hacer eso. No debería ser muy difícil, ¿verdad?
16
Resultó ser muy, muy difícil.
No podía acercarse demasiado, porque los pasillos se habían vaciado tanto que resultaban siniestros. Y había montones de caminos bifurcados, con estrechos pasillos laterales y habitaciones por todas partes. Añadiendo a eso que había pocas esferas en las paredes, seguir a aquellos tres sería toda una hazaña.
Pero Lift lo consiguió. Fue tras ellos por todo el famélico lugar hasta que llegaron a unas puertas que daban a la ciudad. Lift se las ingenió para salir por una ventana cerca de las puertas y caer entre unas plantas que había al lado de la escalera de fuera. Se quedó allí acurrucada mientras las tres personas a las que seguía cruzaban la repisa desde la que se dominaba la ciudad entera.
Tormentas, qué bien sentaba respirar aire fresco otra vez, aunque hubiera nubes tapando el sol poniente. La ciudad entera se notaba gélida. Ensombrecida.
Y vacía.
Antes había gente arremolinada, subiendo y bajando los peldaños y las rampas del Gran Indisifión. Pero ya solo quedaban unos pocos rezagados, e incluso ellos estaban desapareciendo a marchas forzadas, metiéndose en portales, buscando refugio.
El asesino miró hacia el oeste.
—La tormenta se aproxima —dijo.
—Más motivo para darnos prisa —replicó la discípula.
Sacó una esfera de su bolsillo, la alzó delante de ella y absorbió la luz. Fluyó a su interior y la mujer empezó a brillar con su maravilla.
Y entonces, se elevó en el aire.
¡Se elevó en el famélico aire, nada menos!
«¿Pueden volar? —pensó Lift—. Condenación, ¿por qué yo no puedo volar?».
Su compañero se alzó junto a ella.
—¿Vienes, asesino? —La mujer miró hacia la repisa y el hombre vestido de blanco.
—Ya he bailado con esa tormenta una vez —susurró él—. El día en que morí. No.
—A este paso, no ingresarás nunca en la orden.
El asesino guardó silencio. Los dos aprendices flotantes se miraron y el hombre se encogió de hombros. Los dos se elevaron más y salieron despedidos sobre la ciudad, evitando el incordio de tener que cruzar las zanjas.
¡Tenían el famélico poder de volar!
—Tú eres la que él persigue, ¿verdad? —dijo el asesino en voz baja.
Lift hizo una mueca. Luego se levantó y miró con los ojos entrecerrados hacia el lado de la repisa donde estaba el asesino. Él se volvió hacia ella y la miró.
—No soy nadie —dijo Lift.
—Él mata a nadies.
—¿Y tú no?
—Yo mato a reyes.
—Lo cual es muchísimo mejor.
El asesino entornó la mirada y se acuclilló, con la espada enfundada apoyada sobre los hombros y las manos extendidas hacia delante.
—No, no lo es. Oigo sus chillidos, sus exigencias, allá donde veo sombras. Me acosan, intentan arrebatarme la mente, despojarme de mi cordura. Temo que ya lo hayan logrado, que el hombre con quien hablas ya no sepa distinguir lo que es la voz de un desvarío demente y lo que no.
—Vaaale —dijo Lift—. Pero no me has atacado.
—No. A la espada le gustas.
—Qué bien. A mí también me gusta la espada. —Miró hacia el cielo—. Esto… ¿sabes dónde van?
—El informe describía a un hombre a quien han visto desaparecer varias personas en la ciudad. Se metía en un callejón y, cuando alguien llegaba detrás, lo encontraba vacío. Hay gente que afirma haber visto cómo su cara se deformaba y se convertía en otra distinta. Mis compañeros creen que es lo que se llama un Tejedor de Luz, de modo que hay que detenerlo.
—¿Eso es legal?
—Nin se ha procurado un mandato del príncipe que prohíbe todo uso de la potenciación en el país, salvo autorización específica. —Observó a Lift—. Creo que fue el encuentro del Heraldo contigo lo que lo impulsó a acudir derecho a la cima, en vez de mantener su continuo tira y afloja con las autoridades locales.
Lift miró en la dirección hacia donde habían partido los otros dos. El cielo estaba oscureciéndose más, lo que era un mal presagio.
—Sí que se equivoca, ¿verdad? —dijo Lift—. El que dices que es un Heraldo. Dice que los Portadores del Vacío no han regresado, pero sí lo han hecho.
—La nueva tormenta así lo revela —repuso el asesino—. Pero ¿quién soy yo para decirlo? Estoy loco. Aunque creo que el Heraldo también lo está. Eso me obliga a aceptar que las mentes de los hombres no son de fiar. Que necesitamos algo mayor a lo que seguir, que nos guíe. Pero no mi piedra… ¿De qué sirve buscar una ley superior, cuando esa ley puede ser el capricho de un hombre que o bien es estúpido o bien es cruel?
—Vaaale —dijo Lift—. Esto… puedes estar todo lo loco que quieras. No pasa nada. Me cae bien la gente loca. Es divertido ver cómo lamen las paredes, comen piedras y demás. Pero antes de que te pongas a bailar, ¿podrías decirme dónde van esos otros dos?
—No podrás llegar antes que ellos.
—Entonces, ¿qué daño hace decírmelo?
El asesino sonrió, aunque la emoción no pareció extenderse a sus ojos.
—El hombre que puede desaparecer, nuestro supuesto Tejedor de Luz, es un viejo filósofo muy conocido en el barrio de los inmigrantes. Se sienta casi todos los días en un anfiteatro y habla con quien quiera escucharlo. Está cerca…
—… del orfanato Luz de Tashi. Tormentas, tendría que haberlo sabido. Ese tipo es casi tan raro como tú.
—¿Los combatirás, pequeña Radiante? —preguntó el asesino—. ¿Tú sola contra dos aprendices de Rompedor del Cielo? ¿Y con un Heraldo esperando entre bambalinas?
Lift miró a Wyndle.
—No lo sé. Pero tengo que ir de todas formas, ¿no?
17
Lift dejó fluir su maravilla. Se sumergió a conciencia en el poder, convocando fuerza, velocidad y haciéndose resbaladiza. A la gente de Oscuridad parecía darle igual que los vieran volando por ahí, de modo que Lift decidió que a ella también le daba igual que la vieran.
Dio un salto para alejarse del asesino, volvió resbaladizos sus pies y aterrizó en la rampa lisa que había junto a los peldaños que rodeaban el exterior del edificio. Pretendía salir disparada hacia la ciudad, resbalando por el lado de la escalera.
Por supuesto, duró más o menos un segundo antes de que los pies se le fueran en direcciones distintas y su entrepierna se estrellara contra la piedra. Se encogió con un dolor agudo, pero no le dio tiempo a mucho más, ya que rebotó un par de veces antes de caer por el lado de los altos escalones.
Dio contra el fondo unos instantes después y se hizo un ovillo avergonzado. Su maravilla impidió que se hiciera mucho daño, así que hizo caso omiso a los gritos preocupados de Wyndle mientras crecía pared abajo hacia ella. Se dio la vuelta, se alzó a cuatro patas como pudo y echó a correr hacia la zanja que la llevaría al orfanato.
¡No tenía tiempo para que se le diera mal aquello! Corriendo como una persona normal no llegaría a tiempo. ¡Sus enemigos volaban! ¡Literalmente!
En su mente, visualizaba cómo debía ser. La ciudad entera descendía desde aquella altura central donde estaba la Gran Indigestión. Debería poder deslizarse sobre sus pies resbaladizos y recorrer como una exhalación la calle casi vacía. Debería poder dar palmadas en las paredes que encontrara, en los salientes, en los edificios, y ganar velocidad con cada empujón.
Debería ser como una flecha en pleno vuelo, afilada, dirigida, sin trabas.
Podía verlo. Pero no podía hacerlo. Intentó resbalar de nuevo, pero de nuevo sus pies volaron debajo de ella. En esa ocasión salieron hacia atrás y ella cayó de cara contra la piedra. Vio un fogonazo blanco. Cuando alzó la mirada, la calle vacía se balanceaba delante de ella, pero su maravilla no tardó en curarla.
La calle sombría era una avenida principal, pero estaba desolada y vacía. La gente había retirado los toldos y las carretillas, pero se había dejado la basura. Aquellas paredes la agobiaban. Todo el mundo sabía que era necesario alejarse de los cañones durante una tormenta, para evitar ser arrastrados por la inundación. Y a aquella gente no se le había ocurrido otra cosa que construir toda una famélica ciudad absolutamente en contra de ese principio.
Tras ella, en la lejanía, el cielo retumbó. Pero antes de que llegara esa tormenta, un pobre viejo loco iba a recibir la visita de dos asesinos santurrones. Necesitaba impedirlo. Tenía que impedirlo. No podía explicar por qué.
«Vale, Lift, tranquila. Puedes ser maravillosa. Siempre has sido maravillosa, y ahora tienes mucha maravilla de más. Venga, puedes hacerlo».
Gruño, echó a correr, giró de lado y resbaló. Podía hacerlo, y desde luego que iba a…
Esa vez rozó la esquina de una pared en una intersección y terminó despatarrada en el suelo, con los pies hacia el cielo. Dio otro golpe con la cabeza contra el suelo, frustrada.
—¿Ama? —dijo Wyndle, serpenteando hacia ella—. No me hace ninguna gracia el sonido de esa tormenta…
Lift se levantó, sintiéndose avergonzada y de todo menos maravillosa, y decidió limitarse a correr el resto del camino. Sus poderes le permitían correr deprisa sin cansarse, pero sentía en sus entrañas que no iba a bastar con eso.
Le pareció que transcurría una eternidad antes de detenerse trastabillando fuera del orfanato, con agotaspren arremolinándose a su alrededor. Se le había terminado la maravilla un poco antes de llegar y su estómago protestó con un rugido. El anfiteatro estaba desierto, por supuesto. Tenía el orfanato a su izquierda, tallado en sólida roca, y los asientos del pequeño anfiteatro enfrente. Y más allá, el oscuro callejón, con las chabolas de madera y los edificios bloqueándole la visión.
El cielo se había oscurecido, aunque Lift no sabía si era por la puesta de sol o por la tormenta que llegaba.
Al fondo del callejón, Lift oyó un grave y crudo grito de dolor. Le dio un escalofrío.
Wyndle tenía razón. El asesino tenía razón. ¿Qué estaba haciendo? No podía derrotar a dos soldados entrenados y maravillosos. Se dejó caer, exhausta, en el centro del suelo del anfiteatro.
—¿Entramos? —preguntó Wyndle desde su lado.
—No me queda poder —susurró Lift—. Lo he gastado todo corriendo hasta aquí.
¿Ese callejón siempre había dado tanta sensación de profundidad? Con las sombras de las chabolas, las cortinas y las planchas de madera, el lugar parecía una barricada extendida, con solo el más estrecho pasadizo para cruzarla. Parecía un mundo distinto por completo al resto de la ciudad. Era un reino oscuro y oculto que solo podía existir en las sombras.
Se puso de pie con dificultad y echó a andar hacia el callejón.
—¿Qué estás haciendo? —gritó una voz.
Lift se volvió y encontró a la Tocón de pie en el umbral del orfanato.
—¡Tenías que haber ido a algún refugio! —gritó la mujer—. Niña idiota. —Fue hacia ella y cogió a Lift del brazo para llevarla hacia el orfanato—. No creas que haber entrado significa que vaya a cuidar de ti. Aquí no hay sitio para los que son como tú, y no me vengas fingiendo que estás enferma o cansada. Todo el mundo se pasa el día fingiendo para llevarse lo que tenemos.
Pero por mucho que dijera, soltó a Lift dentro del orfanato, cerró de golpe el portón de madera y lo atrancó.
—Alégrate de que haya mirado fuera para ver quién gritaba. —Observó a Lift y dio un sonoro suspiro—. Supongo que querrás comer.
—Aún me queda una comida —respondió Lift.
—Estoy por dársela a los otros niños —dijo la Tocón—. Después de una broma como esa, ya lo creo que sí. ¡Mira que quedarte fuera chillando! Tendrías que haber ido a un refugio. Si crees que puedes darme pena haciéndote la desamparada, te equivocas.
Se alejó murmurando. Lift estaba en una sala grande y abierta, con niños sentados en esterillas por todas partes, iluminados por una sola esfera de rubí. Los niños parecían asustados, y varios se abrazaban entre ellos. Uno se había tapado las orejas y gemía con el sonido de cada trueno.
Lift se sentó en una esterilla vacía, con una sensación de surrealismo, de estar fuera de lugar. Había llegado corriendo, brillando de poder, dispuesta a enfrentarse a monstruos que volaban surcando el cielo. Pero allí… allí solo era otra niña de la calle huérfana.
Cerró los ojos y escuchó a los demás.
—Tengo miedo. ¿La tormenta durará mucho?
—¿Por qué ha tenido que ir dentro todo el mundo?
—Echo de menos a mi mamá.
—¿Y qué pasa con los tipos del callejón? ¿Estarán bien?
Su incertidumbre vibró a través de Lift. Había estado allí. Tras la muerte de su madre, había estado allí. Había estado decenas de veces desde entonces, en ciudades por todo el territorio. En lugares para niños olvidados.
Había hecho juramento de recordar a la gente como ellos. No lo había pretendido. Fue como que sucedió, sin más. Igual que todo sucedía en su vida, sin más.
—Quiero control —susurró.
—¿Ama? —dijo Wyndle.
—Antes me has dicho que no creías que hubiera venido aquí por ningún motivo de los que te dije. Me has preguntado qué quería.
—Lo recuerdo.
—Quiero control —dijo Lift, abriendo los ojos—. No como un rey ni nada así. Solo quiero poder controlarla un poquito. Mi vida. No quiero que me empuje por ahí la gente, ni el destino, ni nada. Solo… solo quiero ser yo la que elija.
—Sé muy poco de cómo funciona tu mundo, ama —replicó Wyndle, enrollándose sobre la pared y componiendo una cara que sobresalía hacia ella—. Pero me parece un deseo razonable.
—Escucha lo que dicen estos niños. ¿Los oyes?
—Tienen miedo de la tormenta.
—Y de la llamada a esconderse de repente. Y de estar solos. Cuánta incertidumbre…
Desde la sala contigua le llegaba la voz de la Tocón, hablando flojito con uno de sus ayudantes más mayores.
—No sé yo. No es día de alta tormenta. Sacaré las esferas arriba, por si acaso. Ojalá alguien nos dijera lo que está pasando.
—No lo entiendo, ama —dijo Wyndle—. ¿Qué se supone que debo sacar en claro de observarlos?
—Calla, Portador del Vacío —espetó ella, todavía escuchando. Oyendo.
Entonces abrió los ojos. Arrugó la frente, se levantó y cruzó la estancia.
Un chico que tenía una cicatriz en la cara estaba hablando con otro. Miró a Lift cuando notó que se acercaba.
—Oye —le dijo—, yo a ti te conozco. Viste a mi madre, ¿verdad? ¿Dijo cuándo pensaba volver?
¿Cómo se llamaba el chico?
—¿Mik?
—Sí —dijo él—. Mira, yo no tendría que estar aquí, ¿vale? No recuerdo muy bien las últimas semanas, pero… en fin, no soy huérfano. Todavía tengo madre.
Era él, el chico al que habían dejado allí la noche anterior. «Entonces babeabas —pensó Lift—. Y hasta hoy mismo, hablabas como un idiota. Tormentas, ¿qué te he hecho?». No podía curar a quienes eran distintos en la cabeza, o eso creía. ¿Por qué era diferente Mik? ¿Sería porque lo suyo era resultado de una herida, porque no había nacido así?
Lift no recordaba haberlo curado. Tormentas, decía que quería control pero ni siquiera sabía usar lo que tenía. Su carrera hacia el orfanato era suficiente demostración.
La Tocón regresó con paso firme, cargada con una gran bandeja de la que empezó a repartir tortitas a los niños. Llegó a Lift y le dio dos.
—Es la última vez —dijo, levantando un dedo.
—Gracias —musitó Lift mientras la Tocón seguía adelante.
Las tortitas estaban frías, y por desgracia eran de una variedad que ya había probado, las que tenían algo dulce en el centro. Sus preferidas. A lo mejor la Tocón no era mala del todo.
«Es una ladrona y una matona —se recordó Lift mientras comía, restaurando su maravilla—. Está blanqueando esferas y usando el orfanato de tapadera». Pero quizá incluso una ladrona y una matona pudiera hacer algún bien por el camino.
—Estoy muy confundido —dijo Wyndle—. Ama, ¿qué estás pensando?
Lift miró hacia la gruesa puerta principal. El anciano ya debía de estar muerto. Y a nadie le importaría. Qué narices, seguro que nadie se enteraría siquiera. Un viejo, hallado muerto en un callejón tras la tormenta.
Pero Lift… Lift lo recordaría.
—Vamos —dijo.
Fue hasta la puerta. Cuando la Tocón le dio la espalda para regañar a un niño, Lift levantó el barrote y salió fuera.
18
El cielo hambriento atronaba, oscuro y furioso. Lift conocía la sensación. Demasiado tiempo entre comidas, buscando cualquier cosa que llevarse a la boca, a toda costa.
La tormenta aún no había llegado del todo, pero a juzgar por los distantes relámpagos, parecía que aquella tormenta nueva no tenía muralla. Su arranque no sería un acontecimiento repentino y majestuoso, sino un lento avanzar. Acechaba como un matón en una callejuela, con la navaja lista, esperando a que pasara su presa.
Lift se acercó a la boca del callejón frente al orfanato y se internó despacio. Pasó entre chabolas que parecían demasiado endebles para resistir una alta tormenta. Aunque la ciudad estuviera construida para minimizar el viento, allí había demasiada basura. Un estornudo vigoroso podía dejar sin hogar a medio callejón.
Y sus habitantes lo sabían también, porque casi todos habían huido a los refugios. Aun así, entrevió alguna cara que otra mirando con recelo entre trapos colgados de ventanas, mientras los expectaspren crecían del suelo junto a ellas como gallardetes rojos. Eran personas demasiado tozudas, o quizá demasiado locas, para que les importara. No los culpaba del todo. ¿Un gobierno dando órdenes repentinas porque sí y esperando que todos las obedecieran? Eran cosas a las que ella no solía hacer mucho caso.
Solo que aquella gente tendría que haber visto el cielo, oído el trueno. Un relámpago rojo iluminó el entorno. Aquel día, esa gente debería haber hecho caso.
Siguió avanzando poco a poco por el callejón y llegó a un lugar de sombras indefinidas. Entre las nubes del cielo y que todo el mundo se había llevado sus esferas, era casi imposible ver nada. El único sonido era el del cielo. Tormentas, ¿el viejo estaría allí de verdad? Quizá se hubiera puesto a salvo en algún refugio. El grito de antes podría no tener ninguna relación, ¿verdad?
«No —pensó—. Sí que la tiene». Sintió otro escalofrío. Bueno, pues si el anciano estaba allí, ¿cómo iba Lift a encontrar su cadáver?
—Ama —susurró Wyndle—. No me gusta nada este sitio, ama. Algo anda mal.
Todo andaba mal. Todo había andado mal desde el primer día en que Oscuridad la persiguió. Lift siguió adelante, pasando junto a sombras que posiblemente serían ropa tendida en cuerdas entre chabolas. En la penumbra, parecían cuerpos retorcidos y rotos. El siguiente relámpago de la tormenta que se aproximaba no ayudó mucho a paliar la sensación: su luz roja hizo que las paredes y las chozas parecieran pintadas de sangre.
Pero ¿tan largo era ese callejón? Lift sintió una oleada de alivio cuando, por fin, tropezó con algo en el suelo. Bajó el brazo y palpó un brazo cubierto de tela. Un cadáver.
«Te recordaré», pensó Lift, inclinándose y entrecerrando los ojos, intentando distinguir la forma del hombre.
—Ama —gimoteó Wyndle. Lift notó cómo le envolvía la pierna y apretaba, como un niño aferrándose a su madre.
¿Qué era eso? Escuchó mientras el silencio del callejón dejaba paso a un sonido chasqueante, rasposo. La rodeaba por todas partes. Y entonces reparó en que el cuerpo que estaba palpando no parecía envuelto en una shiqua. La tela del brazo era demasiado dura, demasiado gruesa.
«Madre —pensó Lift, aterrorizada—. ¿Qué está pasando?».
Un relámpago le permitió avistar un instante el cadáver. Un rostro de mujer miraba hacia el cielo con ojos que no veían. Un uniforme blanco y negro, teñido de carmesí por el relámpago y cubierto de una especie de sustancia sedosa.
Lift dio un respingo, saltó hacia atrás y topó con algo que había allí, otro cadáver. Dio media vuelta y el sonido de repiqueteo, los chasquidos, parecieron agitarse. El siguiente relámpago fue lo bastante brillante para permitir a Lift distinguir un cuerpo apretado contra la pared del callejón, atado a parte de una chabola, con la cabeza girada a un lado. Lo conocía, igual que conocía a la mujer del suelo.
«Los dos compinches de Oscuridad —pensó—. Están muertos».
—Una vez oí una idea interesante, viajando por una tierra que tú nunca visitarás.
Lift se quedó petrificada. Era la voz del anciano.
—Hay un grupo de gente que cree que cada día, al dormir, mueren —siguió diciendo el anciano—. Creen que la consciencia no continúa, que si se interrumpe, nace una nueva alma cuando el cuerpo despierta.
«Tormentas, tormentas, ¡tormentas!», pensó Lift, dándose la vuelta. Las paredes parecían moverse, cambiar, resbalar como si estuvieran cubiertas de aceite. Intentó apartarse de los cadáveres, pero… ya no sabía dónde estaban. ¿Había venido desde esa dirección o llevaba más al fondo de aquel callejón de pesadilla?
—Esa filosofía —dijo la voz del anciano— sin duda tiene sus inconvenientes, al menos a ojos de un observador externo. ¿Qué hay de la memoria, de la continuidad de la cultura, la familia, la sociedad? Los omnizi enseñan que todo eso se hereda por la mañana del alma anterior que habitaba el cuerpo. En ciertas estructuras cerebrales quedan grabados recuerdos, para ayudarte a vivir tu único día de vida de la mejor manera posible.
—¿Qué eres? —susurró Lift, mirando frenética a su alrededor, intentando encontrar sentido a la oscuridad.
—Lo que más interesante encuentro de esa gente es que continúen existiendo en absoluto —dijo él—. Cabría pensar que se desataría el caos si todo ser humano creyera de verdad que solo le queda un día de vida. A menudo me pregunto qué dice sobre vosotros que esa gente, con esas creencias tan radicales, lleve unas vidas que son, en esencia, iguales que las de los demás.
«Ahí estás», pensó Lift al distinguirlo entre las sombras. La silueta de un hombre, aunque cuando llegó el fogonazo de un relámpago, vio que no estaba allí del todo. Le faltaban trozos de carne. Su hombro derecho terminaba en un muñón, y ¡tormentas!, iba desnudo y tenía extraños agujeros en la tripa y los muslos. Hasta le faltaba un ojo. Pero no había sangre, y una sucesión rápida de relámpagos le reveló algo que estaba trepando por sus piernas. Cremlinos.
De ahí venían los chasquidos. Había miles y miles de cremlinos recubriendo las paredes, cada uno del tamaño de un dedo. Pequeñas bestezuelas quitinosas de patitas traqueteantes, haciendo ese espantoso zumbido.
—Lo que tiene esa filosofía es que es muy difícil de refutar —prosiguió el anciano—. ¿Cómo sabes que el tú de hoy es el mismo que el tú de ayer? Nunca lo sabrías, si llegara un alma nueva a ocupar tu cuerpo, siempre que tuviera los mismos recuerdos. Pero claro, si se comporta igual y cree que es tú, ¿qué importancia tiene? ¿Qué es ser tú, pequeña Radiante?
Durante los relámpagos, que estaban volviéndose más frecuentes, vio cómo un cremlino cruzaba su rostro, con una protuberancia bulbosa en el lomo. El bicho se le metió en la cuenca del ojo, y Lift cayó en la cuenta de que aquel bulbo era precisamente un ojo. Otros cremlinos ascendieron por su cuerpo y empezaron a rellenar huecos, a componer el brazo que faltaba. Cada uno tenía una parte del lomo parecida a la piel, que dejaba hacia fuera mientras usaba las patas para unirse a los muchos otros que ya se sostenían entre sí dentro del cuerpo.
—Para mí —dijo—, todo esto no es más que pura teoría, ya que, al contrario que tú, yo no duermo. O al menos, no todo yo a la vez.
—¿Qué eres? —preguntó Lift.
—Solo otro refugiado.
Lift retrocedió. Ya no le importaba volver en la dirección desde la que llegaba, siempre que pudiera alejarse de aquella cosa.
—No tienes por qué temerme —dijo el anciano—. Tu guerra es mi guerra, como lo ha sido desde hace milenios. Los antiguos Radiantes me llamaron amigo y aliado antes de que todo se torciera. Qué días tan maravillosos fueron aquellos, antes de la Última Desolación. Días de honor. Perdidos, perdidos desde hace mucho.
—¡Has matado a esos dos! —siseó Lift.
—En defensa propia. —El anciano rio—. Bueno, supongo que es mentira. No eran capaces de matarme, así que no puedo argumentar defensa propia más de lo que podría argumentarla un soldado que asesinara a un niño. Pero sí me han pedido, aunque no con tantas palabras, un duelo y se lo he concedido.
Dio un paso hacia ella y otro relámpago lo reveló flexionando los dedos de su mano recién formada mientras el pulgar, un solo cremlino con finas patitas en la parte de abajo, ocupaba su lugar enlazándose con los otros.
—Pero tú —dijo la cosa— no has venido por un duelo, ¿verdad que no? Vigilamos a los otros. Al asesino. Al cirujano. A la mentirosa. Al alto príncipe. Pero no a ti. Todos los demás te ignoran y eso, aventuraría yo, se revelará como un error.
Sacó una esfera, que bañó el lugar con una luz fantasmal, y sonrió a Lift. Ella vio las líneas que se entrecruzaban en su piel, los puntos de unión entre los cremlinos, pero casi no se notaban nada entre las arrugas de un cuerpo envejecido.
Pero aquello era solo la semblanza de un anciano. Una falsificación. Bajo aquella piel no había sangre ni músculo. Había centenares de cremlinos, colaborando para componer un hombre fingido.
Había muchos, muchos más cremlinos correteando por las paredes que iluminaba la esfera de aquella cosa. Lift vio que, de algún modo, había rodeado el cuerpo del soldado caído y retrocedía hacia una pared entre dos chabolas. Miró hacia arriba. No parecía muy difícil de escalar, con la luz que había pasado a tener.
—Si huyes —dijo la cosa—, él matará a quien tú quieres salvar.
—No creo que vaya a pasarte nada.
El monstruo soltó una risita.
—Esos dos necios se equivocaron. No soy yo a quien persigue Nale. Sabe que no le conviene acercarse a mí y a los míos. No, hay alguien más. Esta noche acechará a esa persona y completará su tarea. Nale, demente, Heraldo de la Justicia, no es de los que se dejan asuntos por resolver.
Lift vaciló, con la mano ya en el alero de una choza, lista para izarse y empezar a escalar. Los cremlinos de las paredes —nunca había visto tantos a la vez— se apartaron a los lados, dejándole espacio para pasar.
Sabía que le convenía dejarla escapar, si ella quería. Monstruo listo.
Cerca de ella, bañado en una luz clara que parecía refulgente como una hoguera en comparación con la que Lift había cruzado a tropezones, la criatura desenvolvió una shiqua negra. Empezó a rodearse el brazo derecho con ella.
—Me gusta este lugar —explicó—. ¿Dónde más tendría excusa para cubrirme el cuerpo entero? He dedicado miles de años a criar mis hordinos, y aun así no logro que encajen bien del todo. Ya hace un tiempo que puedo hacerme pasar por humano casi tan bien como un siah, diría yo, pero si alguien se fija en mí de cerca nota que algo va mal. Es más bien frustrante.
—¿Qué sabes de Oscuridad y sus planes? —exigió Lift—. ¿Y de los Radiantes y los Portadores del Vacío y de todo?
—Es una lista bastante exhaustiva —repuso él—. Y te confesaré que no soy yo a quien deberías preguntar. Mis hermanos están más interesados en vosotros, los Radiantes. Si alguna vez te encuentras con otro de los Insomnes, dile que has hablado con Arclo. Estoy seguro de que te ganará sus simpatías.
—Eso no ha sido una respuesta. No del tipo que quería.