Arcanum ilimitado

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El sistema de Roshar » Danzante del Filo

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—No estoy aquí para responderte, humana. Estoy aquí porque me interesa, y tú eres la fuente de mi curiosidad. Cuando uno alcanza la inmortalidad, debe hallar un propósito más allá de la lucha por la vida, como decía siempre el viejo Axies.

—Pareces haber hallado el propósito de hablar por los famélicos codos —dijo Lift—, sin servir de nada a nadie.

Trepó al techo de la chabola, pero no siguió hacia arriba. Wyndle escaló la pared junto a ella, y los cremlinos se apartaron de él. ¿Podrían sentirlo?

—Estoy sirviendo de mucho más que si resolviera tu nimio problema personal. Estoy construyendo una filosofía, una con un significado que abarque las eras. Verás, niña, puedo criar lo que necesite. ¿Se me llena la mente? Pues crío nuevos hordinos especializados en retener recuerdos. ¿Necesito sentir lo que ocurre en la ciudad? Hordinos con ojos adicionales, o antenas para saborear y oír, y problema resuelto. Con el tiempo, puedo crear cualquier cosa que necesite para mi cuerpo.

»Pero vosotros… vosotros tenéis que conformaros con un solo cuerpo. ¿Cómo lo lográis? Vengo sospechando que los habitantes de una ciudad forman parte de un organismo mayor que les es invisible, como los hordinos que componen a los míos.

—Cuánto me alegro —dijo Lift—. Pero has dicho que Oscuridad está persiguiendo a otra persona. ¿Crees que aún no habrá matado a su presa en la ciudad?

—Ah, estoy seguro de que no. Está dándole caza en estos momentos. Sabrá que sus esbirros han fracasado.

La tormenta retumbó en el cielo, ya cerca. Lift anhelaba marcharse, buscar refugio, pero…

—Dímelo —pidió—. ¿Quién es?

La criatura sonrió.

—Es un secreto. Y estamos en Tashikk, ¿verdad? ¿Negociamos? Si me respondes con sinceridad a mis preguntas, te daré una pista.

—¿Por qué yo? —dijo Lift—. ¿Por qué no incordiar a otro con estas preguntas, en otro momento?

—Ah, pero tú eres muy interesante.

Se envolvió la cintura con la shiqua, la bajó por una pierna, subió por esa misma y cruzó a la otra. Sus cremlinos se desplazaron por su cuerpo. Algunos le subieron a la cara y sus ojos salieron reptando, reemplazados por otros nuevos que lo hicieron pasar de ser ojos oscuros a ojos claros. Habló mientras seguía vistiéndose.

—Tú, Lift, eres distinta a todos los demás. Si cada ciudad es una criatura, entonces tú eres el órgano más especial de todos. Viajar de lugar en lugar, llevando el cambio, la transformación. Los Caballeros Radiantes… debo saber cómo os veis a vosotros mismos. Será un pilar importante de mi filosofía.

«Soy especial —pensó Lift—. Soy maravillosa. Entonces, ¿por qué no sé qué hacer?».

Su miedo secreto afloró. La criatura siguió hablando con sus extrañas palabras, de ciudades, de pueblos y de sus lugares. Alabó a Lift, pero cada comentario dejado caer sobre lo especial que era la hacía crisparse. Casi había llegado la tormenta, y Oscuridad estaba a punto de asesinar en plena noche. Y lo único que ella podía hacer era agacharse en presencia de dos cadáveres y un monstruo hecho de piececitas reptantes.

«Escucha, Lift. ¿Escuchas? La gente ya no escucha».

—Sí, pero ¿cómo supo tu ciudad natal que debía crearte? —estaba diciendo la criatura—. Yo puedo criar piezas individuales que hagan cualquier cosa que te desee. ¿Qué te crio a ti? ¿Y por qué esta ciudad ha podido convocarte ahora?

De nuevo la misma pregunta: «¿Por qué estás aquí?».

—¿Qué pasa si no soy especial? —susurró Lift—. ¿Estaría bien de todos modos?

La criatura calló y la miró. En la pared, Wyndle gimió.

—¿Y si llevo mintiendo desde el principio? —preguntó Lift—. ¿Y si no soy maravillosa del todo? ¿Y si no sé qué hacer?

—El instinto te guiará, sin duda.

«Me siento perdida, como una soldado en el campo de batalla que no recuerda cuál es su estandarte», dijo la voz de la capitana de la guardia.

Escuchar. Estaba escuchando, ¿verdad?

«La mitad del tiempo tengo la sensación de que hasta los reyes están confundidos por lo que les echa encima el mundo». La voz de Ghenna, la escriba.

Ya nadie escuchaba.

«Ojalá alguien nos dijera lo que está pasando». La voz de la Tocón.

—Pero ¿y si te equivocas? —susurró Lift—. ¿Y si ese instinto que dices no nos guía? ¿Y si todo el mundo está asustado y nadie tiene las respuestas?

Era la conclusión que siempre la había intimidado plantearse. La aterraba.

Pero ¿tenía que aterrarla? Miró pared arriba, donde Wyndle estaba rodeado de cremlinos que le tiraban mordiscos. Su propio y pequeño Portador del Vacío.

«Escucha».

Lift titubeó y luego le dio unas palmaditas. Tenía… tenía que aceptarlo y punto, ¿verdad?

Por un instante, sintió un alivio comparable a su terror. Estaba en la oscuridad, pero en fin, quizá pudiera ingeniárselas de todos modos. Lift se levantó.

—Me marché de Azir porque estaba asustada. Vine a Tashikk porque es donde me trajeron mis famélicos pies. Pero esta noche… esta noche he decidido estar aquí.

—¿Qué insensateces dices? —preguntó Arclo—. ¿En qué ayuda esto a mi filosofía?

Lift ladeó la cabeza cuando cayó en la cuenta de algo, como si notara una descarga de energía. «Anda, mira qué cosas pasan».

—Yo no curé a ese chico —susurró.

—¿Qué?

—La Tocón intercambia esferas por otras de menos valor, seguramente opacas por infusas. Blanquea dinero porque necesita la luz tormentosa. ¡Seguro que se alimenta de ella sin saber lo que hace! —Lift miró a Arclo, sonriendo—. ¿No lo ves? Se ocupa de los niños que nacieron enfermos, deja que se queden. Es porque sus poderes a esos no saben curarlos. Pero los demás mejoran. Lo hacen tan a menudo que ella ha empezado a sospechar que los niños llegan fingiendo para que les dé comida. La Tocón es una Radiante.

La criatura Insomne la miró a los ojos y suspiró.

—Hablaremos más en otro momento. Al igual que Nale, no soy de los que se dejan asuntos por resolver.

Lanzó por el callejón su esfera, que tintineó contra la piedra y rodó de vuelta al orfanato. Iluminando el camino mientras Lift saltaba y echaba a correr.

19

El trueno la persiguió. El viento aullaba por las zanjas de la ciudad y los vientospren la adelantaban zumbando, como huyendo de la extraña tormenta. El aire empujaba la espalda de Lift y hacía volar papeles y basura a su alrededor. Llegó al anfiteatro de la boca del callejón y arriesgó una mirada a su espalda.

Se detuvo de sopetón, aturdida.

La tormenta recorría el cielo, un majestuoso y terrible yunque negro surcado de relámpagos rojos. Era gigantesca, dominando el cielo entero, con diabólicos fogonazos de luz interior.

Las gotas de lluvia empezaron a picotearle la piel y, aunque la tormenta no traía muralla, el viento ya empezaba a hacerse tempestuoso.

Wyndle creció en un círculo a su alrededor.

—¿Ama? Oh, ama, esto es mal asunto.

Lift dio un paso atrás, estupefacta por la masa bullente de negro y rojo. Los relámpagos caían sobre las zanjas y el trueno la alcanzaba con tanta fuerza que sentía como si debiera lanzarla hacia atrás por los aires.

—¡Ama!

—Dentro —dijo Lift, corriendo a trompicones hacia la puerta del orfanato.

Estaba tan oscuro que apenas distinguía la pared, pero, al llegar, reparó al instante en que algo fallaba. La puerta estaba abierta.

La habrían cerrado después de que ella saliera, ¿verdad? Pasó al interior. La sala estaba negra, inescrutable, pero tanteando la puerta notó que el barrote estaba partido en dos. Posiblemente desde fuera, y con un arma que hacía tajos limpios a la madera. Una hoja esquirlada.

Temblando, Lift buscó a tientas por el suelo la parte cortada del barrote y consiguió colocarlo en su sitio, para atrancar de nuevo la puerta. Se volvió hacia la sala, escuchando. Oía los gemidos de los niños, sollozos ahogados.

—Ama —susurró Wyndle—, no puedes enfrentarte a él.

«Ya lo sé».

—Hay Palabras que debes pronunciar.

«No servirán».

Esa noche, las Palabras eran la parte fácil.

Costaba no contagiarse del miedo de los niños a su alrededor. Lift se descubrió temblando y dejó de andar cerca del centro de la habitación. No podía avanzar poco a poco, tropezando con otros chicos, si quería detener a Oscuridad.

En algún punto lejano de algún piso del orfanato, oyó pisadas. Pasos firmes de botas sobre los suelos de madera de la primera planta.

Lift recurrió a su maravilla y empezó a brillar. La luz se alzó de sus brazos como el vapor de una parrilla caliente. No era muy refulgente, pero en aquella habitación sumida en la oscuridad total, bastaba para revelarle a los niños que había oído. Se quedaron callados, mirándola con asombro.

—¡Oscuridad! —gritó Lift—. ¡Ese al que llaman Nin, o Nale! ¡Nakku, el Juez! Estoy aquí.

Las pisadas de arriba cesaron. Lift cruzó la sala, pasó a la siguiente y miró por el hueco de una escalera ascendente.

—¡Soy yo! —gritó por él—. La que intentaste matar, y fracasaste, en Azir.

La puerta que salía al anfiteatro traqueteó bajo el azote del viento, como si alguien intentara entrar desde fuera. Las pisadas se reanudaron y Oscuridad apareció en la cima de la escalera, sosteniendo una esfera de amatista en una mano y una brillante hoja esquirlada en la otra. El fulgor violeta le iluminaba la cara desde abajo, resaltando el mentón y los pómulos pero dejándole los ojos a oscuras. Parecían huecos, como las cuencas de la criatura que Lift había conocido fuera.

—Me sorprende ver que aceptas el juicio —dijo Oscuridad—. Creía que te quedarías en tu supuesta seguridad.

—Ya —respondió Lift—. ¿Sabes el día en que el Todopoderoso repartía los sesos a la gente? Ese día yo salí a buscar pan ácimo.

—Vienes aquí durante una alta tormenta —dijo Oscuridad—. Estás atrapada aquí dentro conmigo, y sé de tus crímenes en esta ciudad.

—Pero volví el día en que el Todopoderoso repartía hermosura. ¿Qué te distrajo a ti?

El insulto no pareció surtir efecto, aunque era de sus favoritos. Oscuridad dio la impresión de fluir como el humo mientras empezaba a bajar peldaños, con pasos cada vez más suaves y su uniforme ondeando como por un viento invisible. Tormentas, qué aspecto tan oficial tenía en aquel traje de largas mangas y aquella chaqueta lisa. Era como la viva encarnación de la ley.

Lift fue hacia la derecha, alejándose de los niños, internándose más en la planta baja del orfanato. Desde allí llegaba un olor a especias, de modo que permitió que su nariz la guiara hacia una cocina oscura.

—Por la pared —ordenó a Wyndle, que creció a lo largo de ella junto al umbral.

Lift afanó un tubérculo de la encimera, se agarró a Wyndle y trepó. Acalló su maravilla y se volvió oscura mientras llegaba al techo, colgada de las finas enredaderas de Wyndle.

Oscuridad entró por debajo de ella y miró primero a la derecha y luego a la izquierda. No miró hacia arriba, por lo que, cuando dio un paso adelante, Lift se dejó caer a su espalda.

Oscuridad se volvió al instante, lanzando un tajo con aquella hoja esquirlada, empuñada con una sola mano. El filo atravesó la pared de la puerta y pasó a un dedo de Lift, que se había apartado saltando hacia atrás.

Dio contra el suelo y estalló de luz con su maravilla, haciendo resbaladizo su trasero para deslizarse por el suelo lejos de él y terminar topando con la pared justo debajo de los peldaños. Desenmarañó sus extremidades y empezó a subir la escalera a gatas.

—Eres un insulto para la orden que te correspondería —dijo Oscuridad, siguiéndola a grandes pasos.

—Ya, supongo —replicó Lift—. Tormentas, soy un insulto para mí misma casi todos los días.

—Por supuesto que lo eres —afirmó Oscuridad mientras llegaba al pie de la escalera—. Esa frase no tiene significado.

Lift le sacó la lengua, una táctica absolutamente racional y razonable para combatir a un semidiós. A él no pareció molestarle, pero claro, Oscuridad tenía un pegote de cera de oreja costrosa en lugar de corazón. Qué tragedia.

La primera planta del orfanato estaba llena de habitaciones más pequeñas a su izquierda. A su derecha, otro tramo de escalones llevaba más arriba. Lift se lanzó hacia la izquierda, casi atragantándose con el largorraíz sin cocinar, buscando a la Tocón. ¿La habría encontrado Oscuridad? En varias habitaciones había camas para los niños. Así que la Tocón no los ponía a dormir en aquella sala grande; se habrían congregado allí por la tormenta.

—¡Ama! —exclamó Wyndle—. ¿Tienes algún plan?

—Puedo crear luz tormentosa —dijo Lift, dando un bufido e invocando un poco de maravilla para comprobar la habitación del otro lado del pasillo.

—Sí. Incomprensible, pero cierto.

—Él no. Y le costará encontrar esferas, porque nadie esperaba la tormenta que ha llegado en pleno Llanto, así que…

—Ah… ¡A lo mejor, podemos agotarlo!

—No puedo luchar contra él —dijo Lift—. Parece la mejor alternativa. Pero a lo mejor tengo que volver abajo a por más comida.

¿Dónde estaba la Tocón? No había ninguna señal de que se ocultara en aquellos dormitorios, pero tampoco había ni rastro de su cadáver asesinado.

Lift volvió corriendo al pasillo. Oscuridad dominaba el otro extremo, el más próximo a la escalera. Caminó despacio hacia ella, empuñando su hoja esquirlada en un extraño agarre inverso, con el lado peligroso apuntado hacia detrás de él.

Lift acalló su maravilla y dejó de brillar. Tenía que agotarlo, así que quizá le haría creer que ella iba escasa para que no se preocupara de ahorrar.

—Lamento tener que hacer esto —dijo Oscuridad—. En otros tiempos, te habría dado la bienvenida como hermana.

—No —replicó Lift—. En realidad no lo lamentas, ¿verdad? ¿Puedes sentir siquiera algo parecido al lamento?

Oscuridad se detuvo en el pasillo, sosteniendo aún la esfera por delante para ver. Parecía estar planteándose en serio su pregunta.

Bueno, pues tocaba moverse. No podía permitir que la arrinconara, y eso a veces significaba embestir hacia el tipo que llevaba una famélica hoja esquirlada. Mientras Lift se arrojaba contra él, Oscuridad adoptó una postura de esgrima y dio un paso adelante para descargar su golpe.

Lift se echó a un lado y se resbaladizó, esquivó la espada y resbaló por el suelo a la izquierda del hombre. Lo rebasó, pero tuvo la sensación de que había sido demasiado fácil. Oscuridad la observaba con ojos cautelosos y perceptivos. Había esperado fallar el golpe, Lift estaba segura.

Oscuridad dio media vuelta y avanzó de nuevo hacia ella, con paso rápido para evitar que bajara la escalera hacia la planta baja. El movimiento la obligó a acercarse a los peldaños ascendentes. Oscuridad parecía querer que fuese en esa dirección, de modo que Lift optó por retroceder por el pasillo. Por desgracia, en aquel lado solo había una habitación, la de justo encima de la cocina. Abrió la puerta de una patada y miró dentro. Era el dormitorio de la Tocón, con una cómoda y ropa de cama. Pero sin el menor rastro de la propia Tocón.

Oscuridad siguió avanzando.

—Tienes razón. Parece que por fin me he liberado de los últimos vestigios de remordimiento que una vez sentí por cumplir con mi deber. Honor me ha imbuido, me ha cambiado. Llevaba mucho tiempo esperándolo.

—Estupendo. Así que ahora eres como una especie de spren sin emociones.

—Oye —dijo Wyndle—, eso es ofensivo.

—No —respondió Oscuridad, que no podía oír a Wyndle—. Soy un mero hombre, perfeccionado. —Hizo un gesto hacia ella con su esfera—. Los hombres necesitan luz, niña. Solos estamos en la oscuridad y nos movemos caprichosos, basándonos en mentes subjetivas y mutables. Mas la luz es pura, no cambia dependiendo de nuestros caprichos diarios. Sentir culpabilidad por seguir un código a rajatabla es desperdiciar emociones.

—¿Y sentir otras emociones no, en tu opinión?

—Hay muchas emociones útiles.

—Que tú sientes que no veas, a todas horas.

—Por supuesto que las… —Dejó la frase en el aire y, de nuevo, pareció plantearse lo que había dicho Lift. Ladeó la cabeza.

Lift saltó hacia delante, haciéndose resbaladiza de nuevo. Él defendía la escalera descendente, pero Lift tenía que rebasarlo de todos modos y volver abajo. Coger comida y seguir subiendo y bajando hasta que Oscuridad agotara todo su poder. Predijo que atacaría con la espada y, mientras lo hacía, Lift se arrojó de nuevo a un lado, con el cuerpo entero resbaladizo salvo la palma de la mano, para dirigirse.

Oscuridad soltó su esfera y se movió con una velocidad repentina e inesperada, ardiendo en luz tormentosa. Soltó también la hoja esquirlada, que se deshizo en humo, y desenvainó un cuchillo del cinturón. Mientras Lift pasaba, apuñaló hacia el suelo y le atrapó la ropa.

¡Tormentas! Una herida normal la habría sanado su maravilla. Si Oscuridad hubiera intentado agarrarla, habría sido demasiado resbaladiza y se habría escabullido. Pero el cuchillo se clavó en la madera y la atrapó por la cola de su chaqueta, deteniéndola de sopetón. Resbaladiza como estaba, pareció que rebotaba y se deslizaba de vuelta hacia él.

Oscuridad sacó la mano a un lado y volvió a invocar su hoja mientras Lift se afanaba, frenética, por liberarse. El cuchillo se había clavado hondo y Oscuridad no había retirado la mano. ¡Tormentas, qué fuerte era! Lift le mordió el brazo, pero fue en vano. Intentó quitarse la chaqueta, resbaladizándose ella pero no la prenda.

La hoja esquirlada apareció y Oscuridad la alzó. Lift se revolvió, medio cegada por la chaqueta, que ya tenía medio por encima de la cabeza y apenas dejaba que viera nada. Pero pudo sentir cómo aquella hoja descendía hacia ella…

Algo hizo: «¡Ploc!», y Oscuridad gruñó.

Lift miró como pudo y vio a la Tocón de pie en los peldaños de arriba, sosteniendo un gran madero. Oscuridad sacudió la cabeza, intentando despejarla, y la Tocón volvió a atizarle.

—Deja en paz a mis niños, monstruo —gruñó ella.

La mujer goteaba. Había llevado sus esferas al terrado del edificio para cargarlas. Pues claro, allí era donde estaba. ¡Si lo había dicho antes!

Alzó el madero por encima de su cabeza. Oscuridad suspiró y trazó un arco con su hoja que cortó la pieza de madera por la mitad. Desclavó su daga del suelo, liberando a Lift. «¡Sí!».

Y entonces le propinó un puntapié que la envió deslizándose pasillo abajo sobre su propio cuerpo resbaladizo, completamente descontrolada.

—¡No! —gritó Lift, retirando su maravilla.

Rodó hasta detenerse. Le tembló la visión mientras Oscuridad se volvía hacia la Tocón y la agarraba por el cuello, la levantaba de la escalera y la arrojaba al suelo. La mujer mayor crujió al caer y se quedó laxa, inmóvil.

Entonces Oscuridad la apuñaló, no con su hoja, sino con el cuchillo. ¿Por qué? ¿Por qué no acabar con ella?

Se volvió hacia Lift, ensombrecido por la esfera que había soltado, en aquellos momentos más monstruo que la cosa Insomne que Lift había visto en el callejón.

—Sigue viva —dijo Oscuridad a Lift—, pero sangra y está inconsciente. —Apartó su esfera de un puntapié—. Es demasiado nueva para saber cómo alimentarse de luz tormentosa en su estado. A ti tendré que empalarte y esperar a que estés muerta del todo. Pero a esta puedo dejarla desangrándose. Ya está sucediendo.

«Puedo curarla», pensó Lift, desesperada.

Y él lo sabía. Estaba tendiéndole una trampa.

Ya no tenía tiempo para hacerle agotar su luz tormentosa. Con la hoja esquirlada apuntando hacia Lift, era de verdad solo una silueta. Oscuridad. Verdadera Oscuridad.

—No sé qué hacer —dijo Lift.

—Pronuncia las Palabras —sugirió Wyndle, a su lado.

—Ya las he dicho, en el corazón.

Pero ¿de qué servirían?

Poca gente escuchaba algo que no fueran sus propios pensamientos. Pero ¿de qué le iba a servir escuchar en la situación en que se hallaba? Lo único que oía era el ruido de la tormenta fuera, el relámpago que hacía vibrar las piedras.

Trueno.

Una nueva tormenta.

«No puedo derrotarlo. Tengo que hacerlo cambiar».

Escucha.

Lift corrió hacia Oscuridad, invocando toda la maravilla que le quedaba. Oscuridad dio un paso adelante, daga en una mano, hoja esquirlada en la otra. Se acercó a él, que de nuevo protegía la escalera descendente. Saltaba a la vista que esperaba que Lift intentara bajar o se detuviera junto al cuerpo inconsciente de la Tocón para intentar curarla.

Lift no hizo nada de eso. Resbaló hasta más allá de los dos, giró y subió los peldaños por los que acababa de descender la Tocón.

Oscuridad soltó un reniego y lanzó un tajo contra ella, pero falló. Lift llegó a la segunda planta y Oscuridad se lanzó a la carga tras ella.

—La estás dejando morir —le advirtió, persiguiéndola mientras Lift encontraba otro tramo más pequeño de escalones que subían. Al exterior, con un poco de suerte. Tenía que hacer que la siguiera…

Le cerraba el paso una trampilla en el techo, pero la abrió. Salió a la mismísima Condenación.

Vientos temibles, interrumpidos por aquellos espantosos relámpagos rojos. Una horrible tempestad de lluvia lacerante. El «techo» era solo la llanura que coronaba la ciudad, y Lift no acertó a ver la cesta de esferas de la Tocón. La lluvia era demasiado cegadora, el viento demasiado terrible. Se alejó un paso de la trampilla, pero de inmediato tuvo que agacharse y agarrarse a las rocas. Wyndle formó unos asideros para ella, gimoteando. La sostuvo con fuerza.

Oscuridad salió a la tormenta, pasando por aquel agujero en la cima de la colina. La vio y fue hacia ella, alzando su hoja esquirlada como un hacha.

Atacó.

Lift chilló. Soltó las enredaderas de Wyndle y alzó las dos manos por encima de ella.

Wyndle dio un largo y suave suspiro, derritiéndose, transformándose en una larga vara de metal plateado.

Paró la hoja descendente de Oscuridad con su propia arma. No era una espada. Lift no sabía ni un crem sobre espadas. Su arma era solo una vara plateada. Brillaba en la oscuridad y detuvo el golpe de Oscuridad, aunque el impacto le dejó los brazos temblando.

Au, dijo la voz de Wyndle en su cabeza.

La lluvia aporreaba a su alrededor, y unos relámpagos carmesíes caían detrás de Oscuridad, dejando nítidas imágenes residuales en los ojos de Lift.

—¿Crees que puedes combatirme, niña? —gruñó él, manteniendo su hoja contra la vara de ella—. ¿A mí, que he tenido vidas inmortales? ¿A mí, que he aniquilado a semidioses y sobrevivido a Desolaciones? Soy el Heraldo de la Justicia.

Y entonces Lift gritó:

—¡Escucharé a aquellos que han sido ignorados!

—¿Qué? —dijo Oscuridad, brusco.

—¡Oí lo que dijiste, Oscuridad! ¡Intentabas impedir la Desolación! ¡Mira detrás de ti! ¡Niega lo que estás viendo!

El relámpago quebró el aire y el viento aulló en la ciudad. Sobre las tierras de cultivo, el brillo de rubí mostró a un grupo apiñado de personas. Un grupo triste y lamentable. Los pobres parshmenios a los que habían desterrado.

El relámpago rojo pareció permanecer con ellos.

Les brillaban los ojos.

—No —dijo Nale. La tormenta pareció amainar, brevemente, con sus palabras—. Es un acontecimiento aislado. Parshmenios que habían… que habían sobrevivido con sus formas

—¡Has fracasado! —gritó Lift—. Ha llegado.

Nale alzó la mirada hacia los nubarrones, que retumbaban de poder y relucían con el brillo incesante de la luz roja en su interior.

En ese momento pareció, para sorpresa de Lift, que emergía algo del interior de Nale. Sería estúpido por su parte creer que, con todo lo que estaba pasando, con la lluvia, el viento y el relámpago rojo, podría apreciar alguna diferencia en sus ojos. Pero Lift habría jurado que así era.

Pareció enfocarse, como quien despierta de una modorra. La espada cayó de sus dedos y se deshizo en neblina.

Entonces Nale cayó de rodillas.

—Tormentas. Jezrien… Ishar… Es cierto. He fracasado.

Agachó la cabeza.

Y se echó a llorar.

Resollando, notándose empapada y dolorida por la lluvia, Lift bajó su vara.

—Fracasé hace semanas —dijo Nale—. Lo supe entonces. Oh, Dios. Dios Todopoderoso. ¡Ha regresado!

—Lo siento —dijo Lift.

Él la miró, con el rostro iluminado por los incesantes relámpagos, sus lágrimas mezclándose con la lluvia.

—De verdad lo sientes —dijo él, y se palpó la cara—. Yo no siempre fui así. Es cierto que estoy empeorando, ¿verdad? Es cierto.

—No lo sé —respondió Lift.

Y entonces, por instinto, hizo una cosa que jamás habría creído posible.

Abrazó a Oscuridad.

Él se aferró a Lift, aquel monstruo, aquel ser desalmado que una vez fue un Heraldo. Se aferró a ella y sollozó en la tormenta. Luego, con un trueno, se apartó de ella. Trastabilló en la roca mojada, empujado por los vientos, y empezó a brillar.

Salió disparado hacia el cielo oscuro y se desvaneció. Lift se levantó con esfuerzo y corrió hacia abajo para curar a la Tocón.

20

No tienes por qué ser una espada —dijo Lift. Estaba sentada en la cómoda de la Tocón, porque la mujer no tenía un escritorio como debía ser del que apropiarse.

—Las espadas son tradicionales —objetó Wyndle.

—Pero no tienes por qué ser una.

—Está claro que no —repuso él en tono ofendido—. Sí tengo que ser de metal. Existe una conexión entre nuestro poder, cuando se condensa, y el metal. Dicho eso, he oído historias de spren que se convertían en arcos. No sé cómo harían la cuerda. ¿Puede ser que los Radiantes llevaran su propia cuerda?

Lift asintió, pero en realidad apenas estaba escuchando. ¿A quién le importaban los arcos, las espadas y demás? Aquello dejaba abiertas toda clase de posibilidades más interesantes.

—Me pregunto qué aspecto tendría como espada —dijo Wyndle.

—¡Ayer te pasaste todo el día protestando por si golpeaba a alguien contigo!

—No quiero ser una espada que se blanda, evidentemente. Pero hay algo majestuoso en una hoja esquirlada, algo que puede exhibirse. Sería una hoja esquirlada muy buena, me parece a mí. Muy regia.

Alguien llamó a la puerta de abajo y Lift se animó un momento. Pero por desgracia, no sonaba como la escriba. Oyó a la Tocón hablando con alguien de voz suave. La puerta se cerró al poco tiempo y la Tocón subió la escalera y pasó a la habitación de Lift con una enorme bandeja de tortitas.

Lift oyó rugir su estómago y se puso de pie en la cómoda.

—A ver, esas tortitas son tuyas, ¿verdad?

La Tocón, tan demacrada como siempre, se quedó parada.

—¿Qué importancia tiene?

—¡Muchísima! —respondió Lift—. No son para los niños. Esas ibas a comértelas tú, ¿verdad?

—¿Una docena de tortitas?

—Sí.

—Claro —dijo la Tocón, poniendo los ojos en blanco—. Finjamos que iba a comérmelas todas yo sola.

Las dejó en la cómoda al lado de Lift, que empezó a masticar a dos carrillos. La Tocón cruzó sus brazos huesudos y miró hacia atrás.

—¿Quién llamaba? —preguntó Lift.

—Una madre. Ha llegado insistiendo, avergonzada, en que quería recuperar a su hijo.

—¿En serio? —dijo Lift, entre bocados de tortita—. ¿La madre de Mik ha vuelto de verdad a por él?

—A todas luces sabía que la enfermedad de su hijo era fingida. Todo formaba parte de una estafa para… —La voz de la Tocón se fue perdiendo.

«Anda», pensó Lift. La madre no podía saber que Mik estaba curado. Había sucedido el día anterior, y la ciudad era un caos después de la tormenta. Por suerte, allí no había sido tan grave como podría haberlo sido. Que las tormentas soplaran en una u otra dirección no importaba demasiado en Yeddaw.

Pero Lift estaba ansiosa por informarse sobre el resto del imperio. Parecía que había vuelto a torcerse todo, solo que esa vez de una forma nueva.

Aun así, estaba bien recibir buenas noticias. «La madre de Mik ha vuelto de verdad. Supongo que sí que ocurrirá de vez en cuando».

—He estado curando a los niños —dijo la Tocón. Se pasó un dedo por la shiqua, que Oscuridad había atravesado de lado a lado. Estaba lavada, pero la tela seguía manchada de sangre—. ¿Estás segura de eso?

—Sí —dijo Lift con la boca llena de tortita—. Deberías tener una cosita rara por ahí cerca. No yo, ojo. Una cosita más rara. ¿Como una enredadera, quizá?

—Un spren —dijo la Tocón—. No es como una enredadera. Es como luz reflejada en la pared por un espejo…

Lift lanzó una mirada a Wyndle, que estaba colgado de la pared, cerca de ella. Asintió con su cabeza de enredaderas.

—Vale, sirve. Enhorabuena. Eres una famélica Caballera Radiante, Tocón. Has estado atiborrándote de esferas y sanando a niños. Supongo que compensa un poco que los trates como a ropa vieja, ¿verdad?

La Tocón contempló a Lift, que siguió masticando tortitas.

—Yo habría pensado que los Caballeros Radiantes serían más majestuosos —dijo la Tocón.

Lift hizo un gesto de burla a la mujer, sacó la mano a un lado e invocó a Wyndle en la forma de un enorme y titilante tenedor plateado. Un tenedor esquirlado, por así decirlo.

Lo clavó en las tortitas, pero por desgracia las atravesó por completo a ellas, al plato y dejó tres agujeros en la cómoda de la Tocón. Aun así, consiguió levantar una tortita.

Lift le dio un mordisco enorme.

—Majestuosos como las mismísimas gónadas de Condenación —proclamó, y meneó a Wyndle en dirección a la Tocón—. Y que conste que lo he dicho a lo fino, para que mi tenedor no me llame grosera.

La Tocón pareció no encontrar respuesta a aquello, aparte de mirar a Lift con la mandíbula caída. La rescató de quedarse con pinta de tonta alguien que aporreaba la puerta abajo. Un ayudante de la Tocón fue a abrir, pero la mujer se apresuró a bajar la escalera cuando oyó quién era.

Lift dejó marchar a Wyndle. Comer con las manos era más fácil que con tenedor, por bonito que fuese el tenedor. Wyndle adoptó de nuevo su forma de enredadera y se enroscó en la pared.

Al poco, Ghenna, la escriba gorda de la Gran Indiferencia, entró en la habitación. Por la forma en que la Tocón prácticamente rascaba el suelo al inclinarse ante la mujer, Lift pensó que quizá Ghenna fuese más importante de lo que había creído. Pero seguro que no tenía un tenedor mágico.

—En general —dijo la escriba—, no frecuento domicilios como este. La gente suele acudir a mí.

—Se te nota —replicó Lift—. Está claro que andar, no andas mucho.

La escriba dio un bufido y dejó una cartera en la cama.

—Su majestad imperial está algo molesto porque interrumpiéramos la comunicación. Pero se ha mostrado comprensivo, como debe ser, dados los acontecimientos recientes.

—¿Qué tal va el imperio? —preguntó Lift, masticando una tortita.

—Sobrevive —respondió la escriba—, pero es un caos. Los pueblos pequeños son los que más daños sufrieron, pero aunque la tormenta duró más que una alta tormenta, el viento no fue tan intenso. Lo peor fueron los relámpagos, que alcanzaron a muchos desafortunados que viajaban.

La mujer desempaquetó sus herramientas: un tablero de vinculacaña, papel y pluma.

—Su majestad imperial se ha alegrado mucho de que te pusieras en contacto conmigo, y ya ha enviado un mensaje interesándose por tu salud.

—Dile que aún no he comido bastantes tortitas ni de lejos —ordenó Lift—. Y que tengo una verruga muy rara en el dedo del pie que vuelve a salir cuando la corto. Creo que es porque me curo a mí misma con mi maravilla, que es un famélico incordio.

La escriba la miró, suspiró y leyó el mensaje que Gawx había enviado a Lift. Decía que el imperio iba a sobrevivir, pero que le costaría tiempo recuperarse, sobre todo si la tormenta seguía volviendo una y otra vez. Y luego estaba el asunto de los parshmenios, que podían revelarse como un peligro incluso mayor. No quería compartir secretos de estado por vinculacaña. Más que nada, quería saber si Lift estaba bien.

Y más o menos, lo estaba. La escriba se puso a redactar lo que le había dicho Lift, que bastaría para que Gawx supiera que estaba bien.

—Además —añadió Lift mientras la mujer escribía—, he encontrado a otra Radiante, solo que es vieja que no veas y se parece un poco a un cangrejo malnutrido sin caparazón. —Miró a la Tocón y levantó los hombros a modo de media disculpa. Seguro que ya lo sabía. Tenía espejos, ¿no?—. Pero en realidad es bastante simpática y cuida de los niños, así que deberíamos reclutarla o algo. Si tenemos que luchar contra Portadores del Vacío, puede mirarlos con cara de muy pocos amigos. Seguro que no lo soportan y se lo cuentan todo sobre la vez que se comieron todas las galletas y echaron la culpa a Huisi, la chica que no habla bien.

Huisi roncaba, así que se lo merecía.

La escriba puso los ojos en blanco, pero lo escribió todo. Lift asintió, terminándose la última tortita, que tenía una textura gruesa, casi harinosa.

—Muy bien —proclamó, levantándose—, van nueve. ¿Dónde está la última? Estoy preparada.

—¿La última? —preguntó la Tocón.

—Diez tipos de tortitas —dijo Lift—. Por eso vine a esta famélica ciudad. Ya me he comido nueve. ¿Dónde está la última?

—La última es la dedicada a Tashi —dijo la escriba sin prestar mucha atención, mientras escribía—. Es más una idea que una entidad real. Cocinamos nueve y dejamos la última en su memoria.

—Un momento —dijo Lift—. Entonces, ¿solo hay nueve?

—Sí.

—¿Me ha mentido todo el mundo?

—Yo no diría que…

—¡Condenación! Wyndle, ¿dónde ha ido el Rompedor de Cielos ese? Tiene que enterarse de eso. —Señaló a la escriba y luego a la Tocón—. Dejó estar todo eso del blanqueo de dinero porque le insistí yo. Pero cuando se entere de que has estado mintiendo sobre tortitas, es muy posible que no pueda contenerlo.

Las dos se la quedaron mirando, como si se creyeran inocentes. Lift negó con la cabeza y bajó de un salto de la cómoda.

—Perdonad —dijo—, tengo que encontrar el excusado de Radiantes. Es una forma fina de decir…

—Está abajo —la interrumpió la Tocón—. A la izquierda. En el mismo sitio que esta mañana.

Lift las dejó y corrió escalera abajo. Guiñó el ojo a un huérfano que la miraba en la sala principal antes de escabullirse por la puerta, con Wyndle en el suelo a su lado. Respiró hondo el aire fresco, todavía húmedo por la Eterna Tormenta. El suelo estaba salpicado de restos, tablones partidos, ramas caídas y telas echadas a perder, que se acumulaban contra los muchos escalones que sobresalían de la calle.

Pero la ciudad había sobrevivido y la gente ya estaba trabajando en su limpieza. Llevaban toda la vida a la sombra de las altas tormentas. Se habían adaptado, y seguirían adaptándose.

Lift sonrió y echó a andar calle abajo.

—¿Nos marchamos, entonces? —preguntó Wyndle.

—Ajá.

—Así, tal cual, sin despedidas.

—No.

—Va a ser así siempre, ¿verdad? Vagaremos hasta llegar a una ciudad pero, antes de tener tiempo de echar raíces, volveremos a marcharnos.

—Exacto —dijo Lift—. Aunque esta vez, he pensado que podríamos vagar de vuelta a Azimir y el palacio.

Wyndle se quedó tan patidifuso que dejó que Lift se adelantara. Luego se apresuró a alcanzarla, emocionado como un cachorro de sabueso-hacha.

—¿De verdad? Oh, ama, ¿de verdad?

—A mí me parece que nadie sabe lo que está haciendo con su vida, ¿verdad? —respondió ella—. Así que Gawx y esos visires tan estirados van a necesitarme. —Se dio un golpecito en la cabeza—. Lo tengo pensado.

—¿Qué tienes pensado?

—Nada en absoluto —dijo Lift, con una confianza tremenda.

«Pero escucharé a aquellos que han sido ignorados —pensó—. Incluso a gente como Oscuridad, a quien preferiría no haber escuchado nunca. Quizá sirva de algo».

Cruzaron la ciudad, remontaron la rampa y pasaron junto a la capitana de la guardia, que estaba allí de servicio ocupándose de un número incluso mayor de refugiados, que acudían a la ciudad porque habían perdido sus hogares en la tormenta. La mujer vio a Lift y estuvo a punto de saltar de sus propias botas por la sorpresa.

Lift sonrió y sacó una tortita del bolsillo. A aquella mujer la había visitado Oscuridad por culpa suya. Esas cosas la ponían a una en deuda. Así que lanzó la tortita —en realidad, ya más bien habría que llamarla pelotita— a la capitana y usó la luz tormentosa que había sacado de las demás para empezar a curar las heridas de los refugiados.

La capitana la observó en silencio, sosteniendo su tortita, mientras Lift recorría la cola e insuflaba su luz tormentosa a todo el mundo como si quisiera demostrar que no tenía mal aliento.

Fue un famélico trabajo muy duro. Pero para eso estaban las tortitas, para hacer sentir mejor a los niños. Cuando hubo terminado, ya sin luz tormentosa en su interior, saludó con gesto cansado y se marchó por la llanura que rodeaba la ciudad.

—Muy caritativo por tu parte —comentó Wyndle.

Lift se encogió de hombros. Tampoco le parecía haber supuesto mucha diferencia: había curado a unas pocas personas y ya está. Pero al menos eran de las que solía olvidar e ignorar la mayoría de los demás.

—Una caballera mejor que yo podría decir: curemos a todo el mundo —dijo Lift.

—Gran proyecto. Quizá demasiado grande.

—Y demasiado pequeño a la vez —repuso Lift, metiéndose las manos en los bolsillos.

Caminaron un rato. Lift no habría sabido explicarlo bien, pero sabía que se aproximaba algo más importante. Y tenía que llegar a Azir.

Wyndle carraspeó. Lift se preparó para escuchar sus quejas sobre lo que fuese en esa ocasión, como lo absurdo que era llegar caminando hasta allí desde Azimir solo para volver andando otra vez dos días después.

—Era un tenedor muy regio, ¿no te lo ha parecido? —preguntó en vez de protestar.

Lift le lanzó una breve mirada, sonrió e inclinó la cabeza a un lado.

—¿Sabes, Wyndle? Es raro, pero empiezo a pensar que a lo mejor resulta que no eres un Portador del Vacío, al final.

Nota final

Lift es uno de mis personajes favoritos de «El Archivo de las Tormentas», a pesar de que hasta el momento ha tenido muy poco tiempo en pantalla. La estoy preparando para un papel más importante en el futuro de la serie, pero eso me plantea algunos desafíos. Para cuando Lift pase a ser un personaje principal de la saga, ya habrá pronunciado varios de los juramentos y no me acababa de gustar la idea de dejar a los lectores sin el contexto de cómo los pronunciaba.

Mientras trabajaba en el tercer libro de «El Archivo de las Tormentas», reparé también en un pequeño problema de continuidad. Cuando volvamos a ver al Heraldo Nale en ese libro, ya habrá aceptado que su obra de muchos siglos (vigilar y asegurarse de que no regresan los Radiantes) ha dejado de ser relevante. Se trata de un cambio importante en su persona y en sus objetivos como individuo y tampoco me acababa de gustar la idea de que se diera cuenta de ello fuera de pantalla.

Danzante del Filo, pues, era una oportunidad de solucionar ambos problemas, y también de dar a Lift su propio papel protagonista.

En parte, me encanta escribir sobre Lift por la forma en que puedo colar el crecimiento del personaje y algunos momentos significativos en frases que, por lo demás, son raras o suenan un poco tontas. Por ejemplo, en su relato de Palabras Radiantes, Lift puede decir que lleva tres años teniendo diez, en plan broma, y se toma como un presagio sumado a una carcajada, pero luego evoluciona en el hecho de que de verdad cree que dejó de envejecer a los diez años. (Y tiene buen motivo para creerlo).

Estas cosas, como escritor, no pueden hacerse con la mayoría de los personajes.

También he aprovechado esta historia para enseñar el pueblo tashikki, que, al no tener personajes principales con punto de vista, era poco probable que viera mucho desarrollo en la serie principal.

El plan inicial para esta novela corta era que tuviera unas 18.000 palabras. Terminó en torno a las 40.000. En fin. Son cosas que pasan a veces. (Sobre todo si eres yo).

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