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El alma del emperador

Prólogo

Gaotona pasó los dedos por el grueso lienzo, examinando una de las mejores obras de arte que jamás había visto. Por desgracia, era un fraude.
—Esa mujer es un peligro —susurraron unas voces a su espalda—. Lo que hace es una abominación.
Gaotona inclinó el lienzo hacia la luz anaranjada rojiza de la chimenea y entornó los ojos. A su edad, ya no tenía la vista como antes. «Qué precisión», pensó mientras estudiaba las pinceladas, palpando las capas de densos óleos. Exactamente iguales que en el original.
Nunca habría advertido los errores por sí mismo. Una flor ligeramente desviada de su posición. Una luna que estaba una pizca demasiado baja en el cielo. Sus expertos habían necesitado varios días de detallado análisis para encontrar los errores.
—Es una de las mejores Falsificadoras vivas. —Las voces pertenecían a los otros árbitros, los colegas de Gaotona, los burócratas más importantes del imperio—. Tiene una reputación tan grande como el imperio. Debemos ejecutarla para dar ejemplo.
—No. —Frava, la cabecilla de los árbitros, poseía una intensa voz nasal—. Es una herramienta valiosa. Esta mujer puede salvarnos. Debemos utilizarla.
«¿Por qué? —pensó de nuevo Gaotona—. ¿Por qué alguien con esta capacidad artística, esta majestad, se dedica a la falsificación? ¿Por qué no crear pinturas originales? ¿Por qué no ser una verdadera artista?».
«Debo entenderlo».
—Sí —continuó Frava—, la mujer es una ladrona y practica un arte espantoso. Pero yo puedo controlarla, y gracias a su talento lograremos enmendar este lío en que estamos metidos.
Los demás murmuraron preocupados, y expresaron sus objeciones. La mujer de la que hablaban, Wan ShaiLu, era más que una simple estafadora. Muchísimo más. Podía cambiar la naturaleza de la realidad misma. Lo cual planteaba otra cuestión: ¿por qué se molestaba en aprender a pintar? ¿No era el arte corriente algo mundano comparado con los talentos místicos que poseía?
Demasiadas preguntas. Gaotona, sentado junto a la chimenea, levantó la vista. Los demás, formando un círculo de conspiradores, estaban de pie alrededor de la mesa de Frava, mientras sus largas y pintorescas túnicas relucían a la luz del fuego.
—Estoy de acuerdo con Frava —dijo Gaotona.
Los demás lo miraron. Sus ceños fruncidos indicaban que les preocupaba bien poco lo que opinara, pero sus posturas mostraban algo distinto. El respeto que sentían hacia él yacía enterrado profundamente, pero lo recordaban.
—Traed a la Falsificadora —ordenó Gaotona, poniéndose en pie—. Quiero escuchar lo que tenga que decir. Sospecho que será más difícil de controlar de lo que supone Frava, pero no tenemos otra elección. O utilizamos las habilidades de esta mujer o renunciamos al control del imperio.
Los murmullos cesaron. ¿Cuántos años habían transcurrido desde la última vez que Frava y Gaotona estuvieron de acuerdo en algo, sobre todo tratándose de una cuestión que provocaba tantos desencuentros como utilizar a la Falsificadora?
Uno a uno, los otros tres árbitros asintieron.
—Que así sea —dijo Frava en voz baja.
Día dos

Shai presionó con la uña un bloque de piedra de su celda. La roca cedió levemente. Frotó el polvillo con los dedos. Piedra caliza. Un material extraño para utilizarlo en la pared de una prisión, pero no toda la pared era de caliza, solo esa única veta del bloque.
Shai sonrió. Piedra caliza. Había estado a punto de pasar por alto esa pequeña veta, pero si estaba en lo cierto, por fin había identificado los cuarenta y cuatro tipos de roca de la pared del pozo circular que era su celda. Estaba arrodillada junto a su camastro, usando un tenedor al que había doblado todas las puntas menos una para tallar notas en la madera de una pata de la cama. Sin sus gafas, tenía que entornar los ojos para escribir.
Para Falsificar algo, antes debía conocer su pasado, su naturaleza. Estaba casi preparada. Sin embargo, su placer pronto se esfumó en cuanto advirtió, a la luz de su vacilante vela, otro conjunto de marcas en la pata de la cama. Esas marcas llevaban la cuenta de sus días de encarcelamiento.
«Qué poco tiempo», pensó. Si sus cuentas eran correctas, solo quedaba un día para su ejecución pública.
Por dentro estaba tan tensa como las cuerdas de un instrumento. Un día. Solo le quedaba un día para crear un sello de alma y escapar. Pero no tenía ninguna piedra de alma, solo un burdo trozo de madera, y su única herramienta para tallar era un tenedor.
Sería increíblemente difícil. Esa era la clave. Esa celda estaba pensada para retener a gente como ella, construida con piedras compuestas por muchas vetas de roca distintas que dificultaban la Falsificación. Procederían de diferentes canteras y tendrían historias únicas. Sabiendo tan poco como sabía, Falsificarlas sería casi imposible. Y aunque transformara la roca, probablemente habría alguna otra protección para detenerla.
«¡Noches!». En qué lío se había metido.
Cuando hubo acabado de tomar sus notas, se encontró mirando su tenedor doblado. Había empezado tallando el mango de madera, tras quitar la porción de metal, para crear un burdo sello de alma. «No vas a escapar así, Shai —se dijo—. Necesitas otro método».
Había dedicado seis días a buscar otra salida. Guardias a los que explotar, alguien a quien sobornar, un atisbo de la naturaleza de su celda. Hasta el momento, nada había…
En lo alto, muy lejos, la puerta de los calabozos se abrió.
Shai se puso en pie de un salto, escondiendo el mango del tenedor en la parte trasera de su cinturón. ¿Habían adelantado la ejecución?
Unas pesadas botas resonaron en los escalones que conducían a la mazmorra, y ella entornó los ojos para poder ver a los recién llegados que se asomaron a su celda. Cuatro eran guardias y acompañaban a un hombre de rasgos y dedos alargados. Era un grande, la raza que gobernaba el imperio. La túnica azul y verde indicaba que se trataba de un funcionario menor que había superado las pruebas para el servicio gubernamental, pero no había ascendido mucho entre sus filas.
Shai esperó, tensa.
El grande se asomó para mirarla a través de la reja. Vaciló un momento, y luego hizo una seña a los guardias para que la abrieran.
—Los árbitros quieren interrogarte, Falsificadora.
Shai se echó atrás mientras abrían el techo de la celda y bajaban una escalera. Subió por ella, cautelosa. Si fueran a llevarse a alguien para ejecutarla antes de tiempo, habrían hecho pensar a la prisionera que sucedía otra cosa, para que no se resistiera. Sin embargo, no colocaron a Shai ningún grillete mientras la sacaban de las mazmorras.
A juzgar por su ruta, parecía que, en efecto, la llevaban hacia el estudio de los árbitros. Shai se serenó. Un nuevo desafío, pues. ¿Se atrevía a esperar una oportunidad? No deberían haberla capturado, pero ya no podía hacer nada al respecto. La habían superado: el bufón imperial la engañó cuando supuso que podía confiar en él. El bufón le había quitado su copia del Cetro Lunar y lo había cambiado por el original, y luego había escapado.
Won, el tío de Shai, le había enseñado que ser superado era una regla de la vida. No importaba lo bueno que fueras, siempre había alguien mejor. Vive sabiéndolo y nunca te volverás tan confiado para cometer torpezas.
La última vez Shai había perdido. La siguiente, ganaría. Dejó de lado toda sensación de frustración por su captura y se convirtió en la persona que podría aprovechar la nueva oportunidad, fuera cual fuese. La aprovecharía y saldría adelante.
En esa ocasión, jugaba no solo por riquezas, sino también por su vida.
Los guardias eran arietes o al menos así los denominaban los grandes. Antes se habían llamado a sí mismos Mulla’dil, pero hacía tanto tiempo que su nación se había plegado al imperio que muy pocos usaban ya ese nombre. Los arietes eran gente alta de musculatura esbelta y piel pálida. Sus cabellos lucían casi tan oscuros como los de Shai, aunque los de ellos se rizaban mientras que los de Shai eran lacios y largos. Ella intentó con cierto éxito no sentirse empequeñecida en su presencia. Su pueblo, los MaiPon, no destacaban precisamente por su estatura.
—Tú —dijo al líder ariete que caminaba delante del grupo—. Me acuerdo de ti.
A juzgar por el pelo bien cuidado, el joven capitán no debía de llevar casco con frecuencia. Los arietes estaban bien considerados por los grandes, y tal elevación no era sorprendente. Aquel en concreto tenía una expresión ansiosa. Aquella armadura pulida, aquel aire altanero. Sí, se creía destinado a cosas importantes en el futuro.
—El caballo —dijo Shai—. Me arrojaste a lomos de tu caballo después de que me capturaran. Un animal alto, de sangre gurish, blanco puro. Un buen animal. Entiendes de caballos.
El ariete siguió mirando al frente, pero susurró entre dientes:
—Voy a disfrutar matándote, mujer.
«Adorable», pensó Shai mientras entraban en el ala imperial del palacio. Allí la mampostería era maravillosa, siguiendo el antiguo estilo lamio de altas columnas de mármol con relieves tallados. Aquellas enormes urnas entre las columnas habían sido creadas para imitar la cerámica lamia de hacía mucho tiempo.
«En realidad, la Facción de la Herencia todavía gobierna, así que…», se recordó Shai.
El emperador pertenecería a esa facción, igual que el consejo de cinco árbitros que en la práctica se encargaba de gran parte del gobierno. Su facción ensalzaba la gloria y la sabiduría de las culturas ancestrales, y había llegado incluso a reconstruir su ala del palacio en imitación de un edificio antiguo. Shai sospechaba que, en las bases de esas antiguas urnas, estarían los sellos de alma que las habían transformado en imitaciones perfectas de piezas famosas.
Sí, los grandes consideraban una abominación los poderes de Shai, pero su único aspecto calificado sobre el papel como ilegal era crear una Falsificación para cambiar a una persona. La Falsificación disimulada de objetos estaba permitida, incluso explotada en el imperio mientras el Falsificador fuera controlado cuidadosamente. Si alguien volcara una de esas urnas y extrajera el sello del fondo, se convertiría en una simple pieza de cerámica sin adornos.
Los arietes la condujeron hasta una puerta con grabados de oro. Cuando se abrió, Shai alcanzó a ver un atisbo del sello de alma rojo al pie del borde interior que transformaba la puerta en una imitación de alguna obra del pasado. Los guardias la escoltaron hasta una habitación hogareña donde chisporroteaba una chimenea, con tupidas alfombras y muebles de madera pintada. «Una cabaña de caza del siglo v», supuso.
Los cinco árbitros de la Facción de la Herencia esperaban dentro. Tres, dos mujeres y un hombre, estaban sentados en sillones de respaldo alto junto al hogar. Otra mujer ocupaba la mesa que había nada más franquear la puerta: era Frava, la decana de los árbitros de la Facción de la Herencia, quizá la persona más poderosa de todo el imperio después del mismísimo emperador Ashravan. Llevaba los cabellos canosos recogidos en una larga trenza con lazos rojos y dorados, que envolvía una túnica dorada a juego. Shai se había preguntado durante mucho tiempo cómo robar a esa mujer, ya que, entre sus múltiples deberes, Frava supervisaba la Galería Imperial y tenía oficinas adyacentes a ella.
Era obvio que Frava había estado discutiendo con Gaotona, el grande que se hallaba de pie junto a la mesa. El anciano permanecía erguido con las manos a la espalda, en actitud pensativa. Gaotona era el que tenía más edad entre los árbitros gobernantes. Se decía que era el menos influyente de todos, pues había perdido el favor del emperador.
Ambos guardaron silencio cuando Shai entró. La miraron como si fuera un gato que acabara de volcar un jarrón valioso. Shai echaba de menos sus gafas, pero tuvo cuidado de no entornar los ojos mientras avanzaba para enfrentarse a esa gente: tenía que parecer lo más fuerte posible.
—Wan ShaiLu —dijo Frava, extendiendo una mano para recoger un papel de la mesa—. Tienes toda una lista de delitos acreditados a tu nombre.
«La manera en que lo dice…». ¿A qué estaba jugando esa mujer? «Quiere algo de mí —decidió Shai—. Es el único motivo para traerme aquí de esta forma».
La oportunidad empezaba a desplegarse.
—Hacerte pasar por una noble de alcurnia —continuó Frava—, irrumpir en la Galería Imperial del palacio, Refalsificar tu alma y, naturalmente, el intento de robo del Cetro Lunar. ¿De verdad pensaste que no seríamos capaces de distinguir una simple falsificación de una posesión imperial tan importante?
«Parece que es justo lo que habéis hecho, suponiendo que el bufón escapara con el original», pensó Shai. Experimentó un pequeño escalofrío de satisfacción al saber que su falsificación estaba ocupando el puesto de honor del Cetro Lunar en la Galería Imperial.
—¿Y qué nos dices de esto? —preguntó Frava, agitando sus largos dedos para que un ariete le trajera algo de un lado de la estancia.
Se trataba de una pintura, que el guardia colocó sobre la mesa. La obra maestra de Han ShuXen, Lirio del estanque del manantial.
—Lo encontramos en tu habitación de la posada —prosiguió Frava, dando unos golpecitos en la pintura con los dedos—. Es una copia de un lienzo que yo misma poseo, uno de los más famosos del imperio. La entregamos a nuestros asesores, y ellos consideran que tu falsificación es, como mucho, propia de una aficionada.
Shai miró a la mujer a los ojos.
—Dime por qué has creado esta falsificación —dijo la decana, inclinándose hacia delante—. Es evidente que planeabas intercambiarla por el lienzo que tengo en mi despacho junto a la Galería Imperial. Y sin embargo, tu objetivo era el Cetro Lunar. ¿Por qué planeabas robar también el lienzo? ¿Por avaricia?
—Mi tío Won me dijo que siempre tuviera un plan de reserva —respondió Shai—. No pude asegurarme de que el cetro estuviese siquiera en exposición.
—Ah —dijo Frava. Adoptó una expresión casi maternal, aunque estaba cargada de una repulsión apenas disimulada y de condescendencia—. Solicitaste la intervención de un árbitro en tu ejecución, como hacen la mayoría de los prisioneros. Por impulso, decidí acceder a tu petición porque sentía curiosidad por saber por qué habías creado este lienzo. —Negó con la cabeza—. Pero niña, no pensarás en serio que vamos a dejarte en libertad. ¿Con pecados como este? Estás en una situación gravísima, y nuestra piedad tiene un límite.
Shai se volvió para mirar a los otros árbitros. Los que estaban sentados junto a la chimenea parecían no estar prestando ninguna atención, pero tampoco hablaban entre sí. Estaban escuchando. «Algo va mal —pensó Shai—. Están preocupados».
Gaotona permanecía de pie a un lado. Inspeccionó a Shai con ojos que no traicionaban ninguna emoción.
Los modales de Frava tenían el aire de quien reprende a un niño pequeño. El final de su comentario encerraba el propósito de hacer que Shai esperara ser liberada. En conjunto, palabras y modales pretendían volverla maleable, dispuesta a aceptar cualquier cosa con la esperanza de alcanzar la libertad
«Una oportunidad, en efecto».
Era hora de tomar el control de la conversación.
—Queréis algo de mí —dijo Shai—. Estoy dispuesta a discutir mi pago.
—¿Tu pago? —se extrañó Frava—. ¡Niña, van a ejecutarte al amanecer! Si deseáramos algo de ti, tu pago sería tu vida.
—Mi vida es mía —replicó Shai—. Y lo es desde hace días.
—Por favor —dijo Frava—. Estabas encerrada en la celda de los Falsificadores, con treinta tipos diferentes de piedra en la pared.
—Cuarenta y cuatro tipos, en realidad.
Gaotona enarcó una ceja, admirado.
«¡Noches! Me alegro de haber acertado».
Shai miró a Gaotona.
—¿Creíais que no reconocería la piedra de afilar? Por favor. Soy Falsificadora. Aprendí a clasificar piedras durante mi primer año de formación. Ese bloque procedía claramente de la cantera de Laio.
Frava abrió la boca para hablar, con una leve sonrisa en los labios.
—Sí, sé lo de las placas de ralkalest, el metal Infalsificable, oculto tras la pared de roca de mi celda —aventuró Shai—. La pared era un acertijo para distraerme. No construiríais una celda de rocas como la piedra arenisca, por si un prisionero renunciara a Falsificar y tratara de abrirse paso cavando. Construisteis la pared, pero la asegurasteis con una placa de ralkalest detrás para impedir la huida.
Frava cerró la boca de golpe.
—El problema del ralkalest —continuó diciendo Shai— es que no es un metal muy fuerte. Sí, la reja en lo alto de mi celda era bastante sólida y no podría haber escapado por ahí. Pero ¿una placa fina? Venga ya. ¿Habéis oído hablar de la antracita?
Frava frunció el ceño.
—Es una roca que arde —terció Gaotona.
—Me disteis una vela —dijo Shai, rebuscando en su espalda. Arrojó sobre la mesa su sello de alma improvisado con madera—. Todo lo que tenía que hacer era Falsificar la pared y persuadir a las piedras de que son de antracita. No sería una tarea difícil, una vez identificados los cuarenta y cuatro tipos de roca. Podría quemarlas, y ellas derretirían esa placa tras la pared.
Shai acercó una silla y se sentó ante la mesa. Se reclinó en el respaldo. Tras ella, el capitán de los arietes refunfuñó en voz baja, pero Frava frunció los labios y no dijo nada. Shai dejó que sus músculos se relajaran y encomendó una plegaria silenciosa al Dios Desconocido.
¡Noches! Parecía que se lo habían tragado. A Shai le preocupaba que supieran lo suficiente sobre el arte de Falsificar para advertir su mentira.
—Iba a escapar esta noche —prosiguió Shai—, pero lo que queréis que haga debe de ser importante, ya que estáis dispuestos a implicar a una malhechora como yo. Y así llegamos al asunto de mi pago.
—Todavía podría hacerte ejecutar —dijo Frava—. Ahora mismo. Aquí.
—Pero no lo harás, ¿verdad?
Frava apretó la mandíbula.
—Te advertí que sería difícil de manipular —dijo Gaotona a Frava.
Shai notaba que lo había impresionado, pero al mismo tiempo sus ojos parecían ¿apenados? ¿Era la emoción correcta? Le resultaba tan complicado leer a ese hombre como si se tratase de un libro en svordisano.
Frava alzó un dedo y luego lo dirigió a un lado. Un criado se acercó con una cajita envuelta en tela. El corazón de Shai se sobresaltó al verlo.
El hombre abrió los cierres de la parte delantera y levantó la tapa. La caja estaba recubierta de una suave tela y tenía cinco hendiduras para albergar sellos de alma. Cada sello cilíndrico de piedra era tan largo como un dedo y tan ancho como el pulgar de un hombre. Dentro de la caja, sobre las hendiduras, había un cuadernillo con tapas de cuero gastado por el uso. Shai aspiró un atisbo de su familiar olor.
Se llamaban Marcas de Esencia, el tipo más poderoso de sello de alma. Cada Marca de Esencia tenía que ser armonizada con un individuo concreto, y su función era reescribir su historia, su personalidad y su alma durante un breve período. Aquellas cinco estaban armonizadas con Shai.
—Cinco sellos para reescribir un alma —dijo Frava—. Cada uno de ellos es una abominación, y poseerlos es ilegal. Estas Marcas de Esencia iban a destruirse esta tarde. Aunque hubieras escapado, las habrías perdido. ¿Cuánto tiempo se tarda en crear una?
—Años —susurró Shai.
No había otras copias. Era demasiado peligroso dejar notas y diagramas, incluso en secreto, ya que daban a otras personas excesiva información sobre la propia alma. Shai nunca perdía de vista esas Marcas de Esencia, excepto en las raras ocasiones en que se las quitaban.
—¿Las aceptarás como pago? —preguntó Frava con una mueca en los labios, como si discutiera sobre una comida de cieno y carne podrida.
—Sí.
Frava asintió, y el criado cerró la caja.
—Entonces, déjame que te muestre lo que tienes que hacer.
Shai nunca había visto a un emperador antes, y mucho menos pellizcado a uno en la cara.
El emperador Ashravan de los Ochenta Soles, cuadragésimo noveno señor del Imperio Rosa, no respondió cuando Shai lo pellizcó. Continuó mirando a la nada, y sus mejillas redondas se veían sonrosadas y sanas, pero su expresión carecía por completo de vida.
—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Shai, retirándose de la cama del emperador. Estaba confeccionada al estilo del antiguo pueblo lamio, con un cabecero en forma de fénix alzándose hacia el cielo. Había visto un dibujo de un cabecero semejante en un libro; probablemente la Falsificación se había extraído de esa fuente.
—Asesinos —dijo el árbitro Gaotona. Estaba de pie al otro lado de la cama, junto con dos cirujanos. De los arietes, solo habían permitido la entrada a Zu, su capitán—. Los asesinos irrumpieron hace dos noches y atacaron al emperador y a su esposa. A ella la mataron. El emperador recibió un virote de ballesta en la cabeza.
—Teniendo eso en cuenta —advirtió Shai—, su aspecto es bastante bueno.
—¿Estás familiarizada con el resellado? —preguntó Gaotona.
—A grandes rasgos —respondió Shai.
Su pueblo lo llamaba Falsificación de la Carne. Si la utilizaba un cirujano muy habilidoso, podía Falsificar un cuerpo para que eliminara sus heridas y cicatrices. Requería una gran especialización. El Falsificador tenía que conocer todos y cada uno de los tendones, cada vena y cada músculo, para poder curar con precisión.
Resellar era una de las pocas ramas de la Falsificación que Shai no había estudiado a fondo. Si se fracasaba en una falsificación corriente, se creaba una obra de escaso mérito artístico. Si se fracasaba en una Falsificación de la Carne, moría gente.
—Nuestros reselladores son los mejores del mundo —dijo Frava, dando unos pasos a los pies de la cama, con las manos a la espalda—. Atendieron al emperador a toda prisa tras el intento de asesinato. La herida de su cabeza sanó, pero…
—Pero ¿su mente no? —preguntó Shai, agitando de nuevo la mano delante de la cara del emperador—. No parece que hayan hecho un buen trabajo.
Un cirujano carraspeó. El hombre, diminuto, tenía orejas como los postigos de una ventana que se hubieran abierto de par en par en un día soleado.
—El resellado repara un cuerpo y lo renueva. Esto, sin embargo, es muy semejante a reencuadernar un libro con papel nuevo después de un incendio. Sí, puede parecer exactamente igual, y puede parecer entero. Pero las palabras… las palabras han desaparecido. Le hemos dado un nuevo cerebro al emperador. Lo que ocurre es que está vacío.
—Hum —dijo Shai—. ¿Habéis descubierto quién intentó asesinarlo?
Los cinco árbitros intercambiaron una mirada. Sí, lo sabían.
—No estamos seguros —respondió Gaotona.
—En otras palabras —dijo Shai—, lo sabéis, pero no podéis demostrarlo del todo para hacer una acusación. ¿Alguna otra facción de la corte, entonces?
Gaotona suspiró.
—La Facción Gloria.
Shai silbó con suavidad. Pero tenía sentido. Si el emperador fallecía, habría una buena oportunidad de que la Facción Gloria ganara la subasta para nombrar a su sucesor. A los cuarenta años, el emperador Ashravan era todavía joven, para los baremos de los grandes. Se esperaba que gobernara otros cincuenta años.
Si alguien lo reemplazaba, los cinco árbitros presentes en la estancia perderían sus puestos, lo cual, según la política imperial, supondría un enorme golpe a su estatus. Pasarían de ser las personas más poderosas del mundo a contarse entre las más bajas de las ochenta facciones del imperio.
—Los asesinos no sobrevivieron al ataque —dijo Frava—. La Facción Gloria no sabe todavía si su plan tuvo éxito o no. Tienes que sustituir el alma del emperador con… —Frava inspiró profundamente—. Con una Falsificación.
«Están locos», pensó Shai. Falsificar el alma propia ya era bastante difícil, y no había que reconstruirla partiendo de cero.
Los árbitros no tenían ni idea de lo que estaban pidiendo. Naturalmente que no. Odiaban la Falsificación, o eso decían. Caminaban por suelos de imitación ante copias de jarrones antiguos, dejaban que sus cirujanos repararan los cuerpos, pero no llamaban a ninguna de estas cosas «Falsificación» en su propia lengua.
La Falsificación del alma, eso era lo que consideraban una abominación. Lo que significaba que Shai era, en efecto, su única opción. Nadie en su propio gobierno sería capaz de llevarlo a cabo. Probablemente, ella tampoco.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó Gaotona.
«No tengo ni idea», pensó Shai.
—Sí —respondió.
—Es preciso que sea una Falsificación exacta —dijo Frava con tono severo—. Si la Facción Gloria tiene alguna sospecha, atacará. El emperador no debe actuar de manera errática.
—He dicho que puedo —replicó Shai—. Pero será difícil. Necesitaré información sobre Ashravan y su vida, todo lo que podamos conseguir. La narrativa oficial servirá para comenzar, pero al final será demasiado estéril. Necesitaré entrevistas extensas y escritos sobre su persona redactados por quienes lo conocieron mejor. Criados, amigos, familiares. ¿Llevaba un diario?
—Sí —respondió Gaotona.
—Excelente.
—Esos documentos están sellados —intervino uno de los otros árbitros—.
El emperador quería que se destruyeran…
Todos en la habitación se volvieron hacia el hombre. Este tragó saliva y luego agachó la cabeza.
—Tendrás todo lo que pidas —dijo Frava.
—Necesitaré también un sujeto de pruebas —prosiguió Shai—. Alguien con quien probar mis Falsificaciones. Un grande, varón, que tuviera mucho trato con el emperador y lo conociera a fondo. Eso me permitirá ver si hago bien la personalidad.
¡Noches! Hacer la personalidad como era debido sería secundario. Crear un sello que de verdad prendiera eso constituiría el primer paso. No estaba segura de poder conseguir siquiera eso.
—Y necesitaré piedra de alma, naturalmente.
Frava miró a Shai con los brazos cruzados.
—No esperaréis que lo consiga sin piedra de alma —dijo Shai secamente—. Podría tallar un sello de madera, si tuviera que hacerlo, pero vuestro objetivo ya es bastante difícil de por sí. Piedra de alma. En grandes cantidades.
—Bien —concedió Frava—. Pero se te mantendrá bajo vigilancia estos tres meses. Una estricta vigilancia.
—¿Tres meses? —se asombró Shai—. Creo que esto requerirá al menos dos años.
—Tienes cien días —repuso Frava—. En realidad, noventa y ocho, ya.
«Imposible».
—La explicación oficial de por qué no se ha visto al emperador estos dos últimos días —intervino una de las mujeres árbitro— es que está de luto por la muerte de su esposa. La Facción Gloria dará por hecho que estamos ganando tiempo tras la muerte del emperador. Cuando los cien días de aislamiento hayan terminado, exigirán que Ashravan se presente a la corte. Si no lo hace, estamos acabados.
«Y tú también lo estás», implicaba el tono de la mujer.
—Necesitaré oro a cambio de este encargo —continuó Shai—. Coged lo que penséis que voy a pedir y duplicadlo. Saldré rica de este país.
—Hecho —dijo Frava.
«Demasiado fácil», pensó Shai. Magnífico. Planeaban matarla en cuanto terminara aquel trabajo.
Bueno, eso le daba noventa y ocho días para buscar una salida.
—Traedme esos archivos —dijo—. Necesitaré un lugar para trabajar, suficientes suministros y recuperar mis cosas. —Alzó un dedo antes de que pudieran quejarse—. No mis Marcas de Esencia, sino todo lo demás. No voy a trabajar durante tres meses con la misma ropa que he llevado mientras estaba encarcelada. Y ahora que lo pienso, que alguien me prepare un baño de inmediato.
Día tres

Al día siguiente, bañada, bien alimentada y descansada por primera vez desde su captura, Shai oyó cómo llamaban a su puerta.
Le habían proporcionado una habitación. Era diminuta, probablemente la más fea de todo el palacio, y olía un poco a humedad. Por supuesto, seguían apostando guardias para vigilarla toda la noche, y por lo que recordaba del trazado del enorme palacio, se hallaba en una de las alas menos frecuentadas, utilizada sobre todo para almacenaje.
Con todo, era mejor que una celda. Apenas, pero lo era.
Al oír la llamada, Shai dejó de inspeccionar la vieja mesa de cedro de la habitación. Dudaba que hubiera visto un hule desde que ella naciera. Un guardia abrió la puerta y permitió entrar al anciano árbitro Gaotona, que llevaba una caja de dos palmos de ancho y unos cinco centímetros de grosor.
Shai se acercó deprisa, provocando una mirada del capitán Zu, que acompañaba al árbitro.
—Mantén la distancia de su excelencia —gruñó Zu.
—¿O qué? —preguntó Shai, cogiendo la caja—. ¿Me apuñalarás?
—Algún día, disfrutaré
—Que sí, que sí —dijo Shai mientras regresaba a su mesa y abría la tapa de la caja. Dentro había dieciocho sellos de alma, con las cabezas lisas y sin grabar. Sintió un escalofrío de emoción y cogió uno, que alzó a la luz para examinarlo.
Había recuperado sus gafas, así que ya no tenía necesidad de entornar los ojos. También llevaba ropas más adecuadas que un vestido desastrado. Una falda hasta la pantorrilla, lisa, roja, y una blusa abrochada. Los grandes considerarían que era una indumentaria poco adecuada, ya que entre ellos el estilo del momento eran las túnicas de aspecto antiguo o los saris. A Shai le parecían espantosos. Bajo la blusa llevaba una ajustada camisa de algodón y, bajo la falda, unas calzas. Una dama nunca sabía cuándo podía necesitar desprenderse de su capa exterior de ropas para disfrazarse.
—Es buena piedra —dijo, refiriéndose al sello que tenía entre los dedos.
Sacó uno de sus cinceles, que tenía la punta casi tan fina como la cabeza de un alfiler, y empezó a rascar la roca. Sí que era una buena piedra de alma. La roca se desprendía con facilidad y precisión. La piedra de alma era casi tan blanda como la tiza, pero no se resquebrajaba al rascarla. Podía tallarse con gran precisión y luego fijarla con una llama y una marca en la parte superior, que la endurecían hasta darle una consistencia parecida a la del cuarzo. La única forma de conseguir un sello mejor era tallar uno a partir del cristal mismo, que era increíblemente difícil.
En cuanto a la tinta, le habían proporcionado una de calamar, roja y brillante, mezclada con un pequeño porcentaje de cera. Cualquier tinta orgánica fresca funcionaría, aunque las tintas de animales eran mejores que las extraídas de plantas.
—¿Has robado un jarrón del pasillo de fuera? —preguntó Gaotona, frunciendo el ceño ante un objeto que había a un lado de la pequeña estancia.
Shai había cogido uno de los jarrones al volver del baño. Un guardia había tratado de interferir, pero Shai había podido convencerlo. Ese guardia se estaba ruborizando.
—Tenía curiosidad por las habilidades de vuestros Falsificadores —aclaró Shai, al tiempo que soltaba sus herramientas y colocaba el jarrón sobre la mesa. Lo volvió de lado, para mostrar la parte inferior y el sello rojo impreso en la arcilla.
Un sello de un Falsificador era fácil de localizar. No solo se marcaba en la superficie del objeto, sino que se hundía en el material creando una depresión de surcos rojos. El borde del sello redondo era también rojo, pero elevado, como un repujado.
Se podía decir mucho de una persona por la manera en que diseñaba sus sellos. Ese, por ejemplo, lucía un aspecto estéril. No era arte verdadero, lo cual contrastaba con la belleza minuciosamente detallada y delicada del jarrón mismo. Shai había oído que la Facción de la Herencia tenía cadenas de Falsificadores a medio formar trabajando de memoria, creando esas piezas como las hileras de hombres que producen zapatos en una fábrica.
—Nuestros obreros no son Falsificadores —replicó Gaotona—. No usamos esa palabra. Son Recordadores.
—Es lo mismo.
—No tocan las almas —objetó Gaotona con severidad—. Aparte de eso, lo que nosotros hacemos es por aprecio al pasado, no por engañar o estafar a la gente. Nuestros Recordadores traen a la gente una mejor comprensión de su herencia.
Shai enarcó una ceja. Sacó su martillo y su cincel y los colocó en ángulo sobre el borde repujado del sello del jarrón. El sello resistió —había una fuerza en él que trataba de permanecer en su sitio—, pero el golpe se abrió paso. El resto del sello se abrió, los surcos desaparecieron, el sello se convirtió en un simple tampón y perdió sus poderes.
Los colores del jarrón se apagaron rápidamente, convirtiéndose en un simple gris, y su forma se retorció. Un sello de alma no hacía solo cambios visuales sino que también reescribía la historia de un objeto. Sin el sello, el jarrón era una pieza horrible. Quien lo había creado no se había preocupado por el producto final. Tal vez sabía que formaría parte de una Falsificación. Shai negó con la cabeza y siguió trabajando en el sello de alma sin terminar. No era para el emperador —todavía no estaba preparada para eso—, pero tallar la ayudaba a pensar.
Gaotona hizo un gesto a los guardias para que se marcharan, todos menos Zu, que permaneció a su lado.
—Eres un enigma, Falsificadora —dijo Gaotona cuando los otros dos guardias salieron y cerraron la puerta.
Se sentó en una de las dos desvencijadas sillas de madera, que junto con la endeble cama, la antigua mesa y el cofre con sus cosas, componían todo el mobiliario de la habitación. La única ventana tenía el marco combado y dejaba entrar la brisa, e incluso las paredes mostraban grietas.
—¿Un enigma? —preguntó Shai, alzando el sello para observar con atención su trabajo—. ¿Qué clase de enigma?
—Eres una Falsificadora. Por tanto, no se puede confiar en ti sin tenerte bajo vigilancia. Intentarás escapar en el momento en que se te ocurra un modo factible de huir.
—Entonces, deja a los guardias conmigo —respondió Shai, tallando un poco más.
—Perdona —repuso Gaotona—, pero dudo que tardaras mucho tiempo en intimidarlos, sobornarlos o chantajearlos.
Zu, a su lado, se envaró.
—No pretendía ofenderte, capitán —dijo Gaotona—. Confío mucho en tu gente, pero lo que tenemos ante nosotros es una maestra del engaño, mentirosa y ladrona. Tarde o temprano, tus mejores guardias acabarían siendo barro en sus manos.
—Gracias —repuso Shai.
—No era un cumplido. Lo que tu clase toca, lo corrompe. Me preocupaba dejarte sola durante un día bajo la supervisión de unos ojos mortales. Por lo que sé de ti, casi podrías encandilar a los propios dioses.
Ella continuó trabajando.
—No puedo fiarme de ningún grillete que te contenga —dijo Gaotona en voz baja—, ya que nos pides que te demos piedra de alma para que puedas trabajar en nuestro problema. Convertirías tus grilletes en jabón y te perderías en la noche riendo.
Esas palabras, por supuesto, delataban una completa falta de comprensión sobre el funcionamiento del arte de la Falsificación. Una Falsificación tenía que ser verosímil, creíble; de otro modo, no prendía. ¿Quién iba a creer en una cadena hecha de jabón? Sería ridículo.
Lo que sí podía hacer, sin embargo, era descubrir los orígenes y la composición de la cadena y luego reescribir una cosa o la otra. Podía Falsificar el pasado de la cadena para que un eslabón suyo se hubiera forjado de manera incorrecta, lo cual le proporcionaría un defecto que podría explotar. Aunque no fuera capaz de dar con la historia exacta de la cadena, lograría escapar: un sello imperfecto no duraba mucho, pero solo necesitaría unos instantes para romper el eslabón con un martillo.
Podían hacer una cadena con ralkalest, el metal Infalsificable, pero eso tan solo retrasaría su huida. Con tiempo suficiente y piedra de alma, encontraría una solución. Falsificar la pared para que tuviera una débil grieta, para conseguir soltar la cadena. Falsificar el techo para que tuviera un bloque suelto, que pudiera dejar caer y aplastar los débiles eslabones de ralkalest.
Shai no quería hacer algo tan extremo si no había necesidad.
—No creo que debáis preocuparos por mí —dijo Shai, sin dejar de trabajar—. Me intriga lo que estamos haciendo, y me han prometido riquezas. Eso es suficiente para mantenerme aquí. No olvides que podría haber escapado de mi celda anterior en cualquier momento.
—Ah, sí —respondió Gaotona—. La celda donde habrías usado la Falsificación para atravesar la pared. Dime, por curiosidad, ¿has estudiado la antracita? Esa roca en la que dijiste que convertirías la pared. Creo recordar que es muy difícil hacerla arder.
«Este hombre es más listo de lo que los demás le reconocen».
La llama de una vela habría tenido problemas para inflamar la antracita: en teoría, la roca ardía a una temperatura concreta, pero calentar lo suficiente toda una muestra era muy complicado.
—Habría sido muy capaz de crear un entorno ardiente adecuado utilizando la madera de mi camastro y convirtiendo en carbón unas cuantas piedras.
—¿Sin horno? —inquirió Gaotona, con tono algo divertido—. ¿Sin fuelles? Pero eso no viene al caso. Dime, ¿cómo planeabas sobrevivir dentro de una celda con la pared ardiendo a más de mil grados? Un fuego como ese, ¿no absorbería todo el aire respirable? Ah, pero claro. Podrías haber usado la ropa de cama para transformarla en un conductor pobre, tal vez cristal, y haber hecho un caparazón para ocultarte dentro.
Shai continuó tallando, incómoda. La forma en que el hombre decía aquello… Sí, sabía que ella no podría haber hecho lo que estaba describiendo. La mayoría de los grandes ignoraban el arte de la Falsificación, y ese hombre sin duda era uno de ellos, pero sabía lo suficiente para comprender que no podría haber escapado como decía. Igual que la ropa de cama no podía convertirse en cristal.
Aparte de eso, transformar la pared entera en otro tipo de roca habría sido difícil. Habría tenido que cambiar demasiadas cosas, reescribir la historia para que las canteras de cada variedad de piedra estuvieran cerca de depósitos de antracita, y que en cada caso un bloque de la roca inflamable se hubiera extraído por error. Suponía un esfuerzo enorme, y casi imposible, sobre todo sin el conocimiento específico de las canteras en cuestión.
La plausibilidad era la clave de cualquier falsificación, mágica o no. La gente comentaba entre susurros que los Falsificadores convertían el plomo en oro, sin darse cuenta jamás de que lo contrario era mucho, mucho más fácil. Inventar una historia para un lingote de oro donde en algún momento del proceso alguien lo hubiera adulterado con plomo bueno, era una mentira verosímil. Lo contrario sería tan improbable que un sello que hiciera esa transformación no duraría mucho.
—Me impresionáis, excelencia —dijo finalmente Shai—. Pensáis como un Falsificador.
La expresión de Gaotona se agrió.
—Eso pretendía ser un cumplido —aclaró ella.
—Valoro la verdad, jovencita. No las Falsificaciones. —La miró con la expresión propia de un abuelo decepcionado—. He visto lo que tus manos son capaces de hacer. Esa copia de la pintura que llevaste a cabo era notable. Sin embargo, se realizó en nombre de la mentira. ¿Qué obras maestras podrías crear si te concentraras en la diligencia y la belleza en vez de en la riqueza y el engaño?
—Lo que yo hago son obras de arte de gran valor.
—No. Copias las obras de arte de gran valor de otros. Lo que haces es una maravilla técnica, pero carece por completo de espíritu.
A Shai casi le patinó el cincel por la creciente tensión en sus manos. ¿Cómo se atrevía? Amenazar con ejecutarla era una cosa, pero ¿insultar su arte? ¡Hacía que pareciera como uno de esos Falsificadores de cadena de montaje, produciendo jarrón tras jarrón!
A duras penas se calmó, y luego forzó una sonrisa. En una ocasión, su tía Sol le había dicho que sonriera ante los peores insultos y saltara ante los menores. De esa forma, ningún hombre conocería su corazón.
—Entonces, ¿cómo vais a controlarme? —preguntó—. Hemos establecido que me cuento entre las más viles mujerzuelas que reptan entre los muros de este palacio. No podéis atarme y no podéis confiar en que vuestros propios soldados me vigilen.
—Bueno —dijo Gaotona—, cuando sea posible, yo supervisaré personalmente tu trabajo.
Ella habría preferido a Frava, que parecía más fácil de manipular, pero tendría que apañárselas.
—Si así lo deseáis —repuso Shai—. Gran parte del proceso será aburrido para alguien que no entienda de Falsificación.
—No me interesa que me entretengan —dijo Gaotona, haciendo un gesto con la mano al capitán Zu—. Siempre que esté aquí, el capitán Zu me protegerá. Es el único de nuestros arietes que conoce la gravedad de las heridas del emperador, y solo él está al tanto de nuestro plan contigo. Otros guardias te custodiarán durante el resto del día, y no hablarás con ninguno de ellos de tu tarea. No habrá ningún rumor de lo que nos traemos entre manos.
—No tenéis que preocuparos de que hable —dijo Shai, sincera por una vez—. Cuanta más gente sepa de una Falsificación, más probable es que fracase.
«Además —pensó—, si se lo dijera a los guardias, sin duda los ejecutaríais para preservar vuestros secretos». No le gustaban los arietes, pero aún menos le gustaba el imperio, y los guardias en realidad eran otro tipo de esclavos. Shai no se dedicaba a hacer que mataran a la gente sin motivo.
—Excelente —dijo Gaotona—. El segundo método de asegurar tu atención a nuestro proyecto aguarda fuera. Cuando quieras, mi buen capitán.
Zu abrió la puerta. Una figura embozada esperaba con los guardias. La figura entró en la habitación. Caminaba con paso vivo, pero de algún modo antinatural. Después de que Zu cerrara la puerta, se quitó la capucha y reveló un rostro de lechosa piel blanca y ojos rojos.
Shai siseó suavemente entre dientes.
—¿Y llamáis a lo que yo hago abominación?
Gaotona la ignoró y se levantó de su silla para dirigirse al recién llegado.
—Díselo.
El recién llegado apoyó sus largos dedos blancos sobre la puerta, inspeccionándola.
—Colocaré aquí la runa —dijo con una voz cargada de acento—. Si ella sale de esta habitación por algún motivo, o si altera la runa de la puerta, lo sabré. Mis mascotas vendrán a por ella.
Shai se estremeció. Fulminó con la mirada a Gaotona.
—Un sellador de sangre. ¿Habéis invitado a un sellador de sangre a vuestro palacio?
—Este ha demostrado hace poco ser un activo importante —dijo Gaotona—. Es leal y discreto. También es muy efectivo. Hay ocasiones en que es preciso aceptar la ayuda de la oscuridad para contener una oscuridad aún mayor.
Shai siseó en voz baja cuando el sellador de sangre sacó algo de su túnica. Un burdo sello de alma creado a partir de hueso. Sus «mascotas» también serían de hueso, Falsificaciones de vida humana creadas a partir de los esqueletos de los muertos.
El sellador de sangre la miró.
Shai retrocedió.
—No esperaréis que…
Zu la sujetó por los brazos. Noches, sí que era fuerte. Sintió pánico. ¡Sus Marcas de Esencia! ¡Necesitaba sus Marcas de Esencia! Con ellas podía luchar, escapar, correr…
Zu le hizo un corte en la parte interior del brazo. Shai apenas sintió la herida poco profunda, pero se debatió de todas formas. El sellador de sangre avanzó un paso y empapó su horrible herramienta con la sangre de Shai. Entonces dio media vuelta y apretó el sello contra el centro de la puerta.