Arcanum ilimitado

Arcanum ilimitado


El Sistema de Sel » El alma del emperador

Página 7 de 43

Cuando retiró la mano, dejó un brillante sello rojo en la madera. Tenía forma de ojo. En el momento en que marcó el sello, Shai sintió un agudo dolor en el brazo, donde había recibido el corte.

Shai dio un respingo, con los ojos muy abiertos. Nunca antes nadie se había atrevido a hacerle una cosa como aquella. ¡Casi era mejor que la hubieran ejecutado! Casi era mejor que…

«Contrólate —se dijo con tenacidad—. Conviértete en alguien que pueda enfrentarse a esto».

Respiró hondo y se dejó convertir en otra persona. Una imitación de sí misma que conservaba la calma, incluso en una situación como aquella. Era una burda falsificación, solo un truco mental, pero funcionó.

Se zafó de Zu y aceptó el pañuelo que Gaotona le ofrecía. Miró con odio al sellador de sangre mientras el dolor de su brazo desaparecía. Él le sonrió con unos labios que eran blancos y un poco traslúcidos, como la piel de un gusano. Hizo un gesto con la cabeza a Gaotona antes de volver a colocarse la capucha y, acto seguido, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Shai se obligó a respirar con regularidad, calmándose. No había ninguna sutileza en lo que hacía el sellador de sangre: ellos no se andaban con remilgos. En vez de habilidad o capacidad artística, usaban trucos y sangre. Sin embargo, su oficio era efectivo. El hombre sabría si Shai salía de la habitación, y tenía su sangre fresca en el sello, que estaba armonizado con ella. Con eso, sus mascotas no-muertas podrían darle caza huyera adonde huyera.

Gaotona volvió a sentarse en su silla.

—¿Sabes qué sucederá si te das a la fuga?

Shai miró con furia al anciano.

—Ahora comprendes lo desesperados que estamos —dijo él con voz suave, entrelazando los dedos—. Si huyes, te entregaremos al sellador de sangre. Tus huesos se convertirán en su siguiente mascota. Esa promesa fue todo lo que requirió como pago. Puedes comenzar tu trabajo, Falsificadora. Hazlo bien y escaparás de este destino.

Día cinco

Y Shai trabajó.

Empezó a indagar en la vida del emperador. Pocas personas comprendían que la Falsificación se basaba en el estudio y la investigación. Era un arte que cualquier hombre o mujer podía aprender, pues solo requería una mano firme y ojo para el detalle.

Eso y la disposición a pasar semanas, meses, incluso años preparando el sello de alma ideal.

Shai no disponía de años. Se sintió apurada mientras leía biografía tras biografía y a menudo se quedaba despierta hasta muy tarde tomando notas. No pensaba que pudiera hacer lo que le pedían. Crear una Falsificación creíble del alma de otra persona, sobre todo con tan poco tiempo, no era posible. Por desgracia, tenía que mantener la farsa mientras planeaba su huida.

No le permitían salir de la habitación. Utilizaba un orinal cuando debía atender a sus necesidades, y para lavarse le traían una tina de agua caliente y toallas. La supervisaban en todo momento, incluso cuando se bañaba.

Aquel sellador de sangre acudía todas las mañanas a renovar su marca en la puerta. En cada ocasión, el acto requería un poco de sangre de Shai. Pronto tuvo los brazos cubiertos de cortes poco profundos.

También Gaotona la visitaba. El anciano árbitro la estudiaba mientras leía, observándola con aquellos ojos que juzgaban pero que no odiaban.

Mientras maquinaba sus planes, Shai llegó a una conclusión: para ser libre tendría que manipular a ese hombre de algún modo.

Día doce

Shai presionó su sello sobre la superficie de la mesa.

Como siempre, este se hundió levemente en el material. Un sello de alma dejaba una impronta que se podía sentir, sin importar el material del que estuviese hecho. Dio medio giro al sello: eso no emborronaba la tinta, aunque no sabía por qué. Uno de sus mentores le había enseñado que era debido a que a esas alturas el sello tocaba el alma del objeto y no su presencia física.

Cuando retiró el sello, dejó una brillante marca roja, como si estuviera tallado allí. La transformación se extendía a partir del sello como una oleada. El cedro gris oscuro de la mesa se volvió hermoso y bien cuidado, con una cálida pátina que reflejaba la luz de las velas que Shai tenía delante.

Apoyó los dedos en la nueva mesa, que había pasado a ser suave al contacto. Los cantos y las patas estaban bellamente tallados, repujados aquí y allá de plata.

Gaotona se irguió en su asiento, soltando el libro que estaba leyendo. Zu se agitó incómodo al ver la Falsificación.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Gaotona.

—Estaba cansada de encontrarme lascas —respondió Shai, y volvió a sentarse en su silla, que crujió. «Tú eres el siguiente», pensó.

Gaotona se levantó y se acercó a la mesa. La tocó, como si esperara que la transformación fuera una simple ilusión. No lo era. La hermosa mesa parecía horriblemente fuera de lugar en la sórdida habitación.

—¿Esto es lo que has estado haciendo?

—Tallar me ayuda a pensar.

—¡Deberías concentrarte en tu tarea! —exclamó Gaotona—. Esto es una frivolidad. ¡El imperio mismo corre peligro!

«No —pensó Shai—. No el imperio, sino vuestro dominio de él». Por desgracia, después de once días, seguía sin tener un aspecto de Gaotona que poder explotar.

—Estoy trabajando en vuestro problema, Gaotona —dijo—. Lo que me pedís no es una tarea sencilla.

—¿Y cambiar esa mesa lo era?

—Claro que sí. Todo lo que tuve que hacer fue reescribir su pasado para que estuviera bien cuidada, en vez de permitir que se hundiera en la imposibilidad de ser reparada. Eso apenas requiere ningún esfuerzo.

Gaotona vaciló, pero terminó arrodillándose junto a la mesa.

—Estas tallas, estas incrustaciones… no formaban parte de la mesa original.

—Puede que haya añadido algo.

Shai no estaba segura de si la Falsificación iba a prender o no. En unos minutos, el sello podía evaporarse y la mesa volver a su estado anterior. Sin embargo, tenía la convicción de que había imaginado lo bastante bien el pasado de la mesa. Algunas de las historias que estaba leyendo mencionaban de dónde habían venido los regalos. Sospechaba que esa mesa procedía de la lejana Svorden, regalada al predecesor del emperador Ashravan. La tensa relación con Svorden había impulsado al emperador a guardarla y olvidarse de ella.

—No reconozco esta pieza —dijo Gaotona, sin dejar de mirar la mesa.

—¿Por qué deberías?

—He estudiado a fondo las artes antiguas —respondió él—. ¿Esto es de la dinastía Vivare?

—No.

—¿Una imitación de la obra de Chamrav?

—No.

—¿Qué, entonces?

—Nada —dijo Shai, exasperada—. No imita nada. Solo se ha convertido en una versión mejor de sí misma.

Esa era una máxima de la buena Falsificación: si se mejoraba un original, aunque fuese solo un poco, la gente a menudo aceptaría la obra falsificada porque era superior.

Gaotona se levantó, preocupado. «Está pensando de nuevo que desperdicio mi talento», se dijo Shai con malestar, apartando un fajo de informes sobre la vida del emperador. Recopilados a petición suya, esos informes procedían de los sirvientes de palacio. No quería solo las historias oficiales. Necesitaba autenticidad, no recitados estériles.

Gaotona volvió a sentarse en su silla.

—No veo cómo transformar esta mesa puede no haber supuesto casi ningún trabajo, aunque claramente debe de ser mucho más sencillo que lo que se te ha pedido que hagas. Ambas cosas me parecen increíbles.

—Cambiar el alma de un hombre es mucho más difícil.

—Puedo aceptar eso a nivel conceptual, pero no conozco los detalles. ¿Por qué es así?

Ella lo miró. «Quiere saber más de lo que estoy haciendo —pensó—, para poder entender cómo preparo la huida». Él sabía que Shai lo estaría intentando, por supuesto. Los dos fingían que ninguno era consciente de eso.

—De acuerdo —dijo ella, poniéndose en pie y acercándose a la pared de la habitación—. Hablemos de Falsificación. La jaula en la que me encerrasteis tenía una pared de cuarenta y cuatro tipos de piedra, que sobre todo eran una trampa para mantenerme distraída. Si quería intentar escapar, antes debía averiguar la disposición y el origen de cada bloque. ¿Por qué?

—Para poder crear una Falsificación de la pared, obviamente.

—Pero ¿por qué todos ellos? —preguntó Shai—. ¿Por qué no cambiar solo un bloque o unos pocos? ¿Por qué no limitarme a hacer un agujero lo bastante grande para meterme dentro y crear un túnel por el que pudiera pasar?

—Pues… —Gaotona frunció el ceño—. No tengo ni idea.

Shai apoyó la mano en la pared exterior de la habitación. La habían pintado, aunque la pintura se desprendía en varias zonas. Podía sentir las distintas piedras.

—Todas las cosas existen en tres reinos, Gaotona. Físico, Cognitivo y Espiritual. El Reino Físico es lo que sentimos, lo que tenemos delante. El Reino Cognitivo es cómo vemos un objeto y cómo ese objeto se ve a sí mismo. El Reino Espiritual contiene el alma del objeto, su esencia, además de las formas en las que está conectado a las cosas y las personas que lo rodean.

—Debes comprender que no suscribo tus supersticiones paganas —objetó Gaotona.

—Sí, en cambio adoras al sol —respondió Shai, sin poder reprimir la burla de su voz—. O más bien, a ochenta soles creyendo que, aunque todos son exactamente iguales, cada día sale un sol diferente. Bueno, querías saber cómo funciona la Falsificación y por qué el alma del emperador será difícil de reproducir. Los reinos son importantes para esto.

—Muy bien.

—Este es el argumento. Cuanto más tiempo exista un objeto como conjunto, y cuanto más tiempo se vea a sí mismo en ese estado, más fuerte será su sensación de identidad completa. Esa mesa está compuesta de diversas piezas de madera unidas, pero ¿pensamos así en ella? No. Vemos el todo.

»Para Falsificar la mesa, debo comprenderla como un conjunto. Lo mismo sucede con una pared. Aquella pared había existido el tiempo suficiente para verse a sí misma como una única entidad. Quizá pudiera haber abordado cada bloque por separado, porque todavía podrían estar lo bastante diferenciados, pero hacerlo sería difícil, ya que la pared quiere actuar como un todo.

—La pared… ¿quiere que se la considere como un todo? —dijo Gaotona con voz inexpresiva.

—Sí.

—Estás dando a entender que la pared tiene alma.

—Todas las cosas la tienen —respondió ella—. Cada objeto se ve a sí mismo como algo. La conexión y la intención son vitales. Por eso, maestro árbitro, no puedo escribir sin más una personalidad para tu emperador, sellarlo y terminar. Siete informes que he leído dicen que su color favorito era el verde. ¿Sabes por qué?

—No —respondió Gaotona—. ¿Y tú?

—No estoy segura todavía —dijo Shai—. Creo que es porque a su hermano, que falleció cuando Ashravan tenía seis años, le gustó siempre. El emperador cobró apego al color, ya que le recordaba a su hermano muerto. También puede que haya un componente de nacionalismo, ya que nació en Ukurgi, provincia en cuya bandera predomina el verde.

Gaotona parecía preocupado.

—¿Tienes que conocer esos detalles tan concretos?

—¡Noches, sí! Y mil cosas igual de detalladas. Puedo equivocarme en algo. Y me equivocaré en algo, sin duda. Pero la mayoría de los errores no importarán. Harán que su personalidad se desvíe un poco, pero cada persona cambia día a día, de todos modos. No obstante, si me equivoco demasiado, tanto dará la personalidad, porque el sello no prenderá. O al menos, no durará lo suficiente para servir de nada. Asumo que si tu emperador tiene que ser resellado cada quince minutos, será imposible mantener la charada.

—Asumes correctamente.

Shai se sentó dejando escapar un suspiro y se puso a examinar sus notas.

—Dijiste que podrías hacer esto —le recordó Gaotona.

—Sí.

—Lo has hecho antes, con tu propia alma.

—Mi alma la conozco —explicó Shai—. Mi propia historia la conozco. Sé qué puedo cambiar para conseguir el efecto que necesito e incluso así, hacer bien mis propias Marcas de Esencia fue difícil. Ahora no solo tengo que hacerlo para otra persona, sino que además la transformación debe ser mucho más extensa. Y me quedan noventa días para hacerlo.

Gaotona asintió despacio.

—Ahora —dijo ella—, deberías contarme qué estáis haciendo para mantener la simulación de que el emperador sigue vivo y bien.

—Estamos haciendo todo lo que hay que hacer.

—Disto de sentirme tan confiada como vosotros. Creo que se me da un poco mejor que a la mayoría engañar a la gente.

—Creo que te sorprenderás —respondió Gaotona—. Al fin y al cabo, somos políticos.

—Muy bien, de acuerdo. Pero le estaréis haciendo llegar comida, ¿verdad?

—Naturalmente. Cada día se envían tres servicios de comida a los aposentos del emperador, que regresan vacíos a las cocinas de palacio, aunque como es obvio se le alimenta en secreto con caldo. Lo bebe cuando se le da, pero mira al frente, como si fuera sordo y mudo.

—¿Y el orinal?

—No tiene control sobre sí mismo —dijo Gaotona, haciendo una mueca—. Le hemos puesto pañales.

—¡Noches, hombre! ¿Y nadie cambia un orinal falso? ¿No crees que eso resultará sospechoso? Las criadas harán comentarios, igual que los guardias que vigilan su puerta. ¡Debéis tener en cuenta esas cosas!

Gaotona tuvo la decencia de ruborizarse.

—Me encargaré de que así sea, aunque no me gusta la idea de que entre nadie más en sus aposentos. Demasiada gente puede descubrir lo que le ha sucedido.

—Entonces, escoge a alguien en quien confíes —dijo Shai—. De hecho, impón una norma ante las puertas del emperador. Que no entre nadie a menos que tenga una tarjeta con tu sello personal. Y sí, sé por qué abres la boca para ponerme objeciones. Conozco a la perfección lo bien protegidos que están los aposentos del emperador: formó parte de lo que estudié para irrumpir en la galería. Vuestra seguridad no es lo bastante férrea, como demostraron los asesinos. Haz lo que sugiero. Cuantas más barreras de seguridad haya, mejor. Si lo que le ha ocurrido al emperador se hace público, no tengo ninguna duda de que acabaré de vuelta en esa celda esperando a ser ejecutada.

Gaotona suspiró, pero asintió.

—¿Qué más sugieres?

Día diecisiete

Una fría brisa cargada de especias desconocidas se colaba por las grietas de la ventana combada de Shai. El grave rumor de los vítores también se filtraba. En el exterior, la ciudad estaba de celebración. Era la Delbahad, una fiesta de la que nadie sabía nada hasta dos años antes. La Facción de la Herencia continuaba recuperando y reviviendo antiguas festividades en un esfuerzo por inclinar hacia ellos el favor de la opinión pública.

No serviría de nada. El imperio no era una república, y los únicos que tenían algo que decir en el nombramiento de un nuevo emperador serían los árbitros de las diversas facciones. Shai dejó de prestar atención a los festejos y siguió leyendo el diario del emperador.

«He decidido, por fin, acceder a las exigencias de mi facción —decía el diario—. Me ofreceré para el puesto de emperador, como Gaotona ha insistido tantas veces en que haga. El emperador Yazad se debilita por la enfermedad, y pronto habrá que hacer una nueva elección».

Shai hizo una anotación. Gaotona había animado a Ashravan a conseguir el trono. Y sin embargo, más adelante en el diario, Ashravan hablaba con desprecio de Gaotona. ¿Por qué ese cambio? Terminó la anotación y luego pasó a otra entrada años más tarde.

El diario personal del emperador Ashravan la fascinaba. Lo había escrito de su puño y letra, y había incluido instrucciones para que fuera destruido tras su muerte. Los árbitros habían entregado a Shai el diario a regañadientes, y con vehementes justificaciones. El emperador no había muerto. Su cuerpo vivía todavía. Por tanto, habían hecho bien al no quemar los escritos.

Hablaban con confianza, pero ella notaba la incertidumbre en sus ojos. Era fácil leer en ellos, en todos menos en Gaotona, cuyos pensamientos más íntimos continuaban eludiéndola. Los árbitros no comprendían el propósito de aquel diario. ¿Por qué escribir, se preguntaban, si no era para la posteridad? ¿Por qué poner tus pensamientos sobre el papel si no era para que otros los leyeran?

«Igual que pedirle a una Falsificadora por qué obtiene satisfacción al crear una copia y verla expuesta sin que nadie sepa que fue obra suya, y no la del artista original, la que reverenciaban», pensó ella.

El diario le decía mucho más sobre el emperador que las historias oficiales, y no solo por su contenido. Las páginas del cuaderno estaban gastadas y manchadas por el constante uso. Era cierto que Ashravan había escrito su diario para que fuera leído, pero por él mismo.

¿Qué recuerdos había buscado Ashravan con tanto anhelo para leer ese cuaderno una y otra y otra vez? ¿Era vanidoso y disfrutaba de la emoción de las conquistas pasadas? ¿Era, al contrario, inseguro? ¿Se pasaba horas rebuscando entre las palabras porque quería justificar sus errores? ¿O había otro motivo?

La puerta de la habitación se abrió. Habían dejado de llamar. ¿Para qué? Ya le negaban cualquier semblanza de intimidad. Seguía siendo una cautiva, pero más importante que antes.

Frava, la decana de los árbitros, entró, grácil y esbelta, llevando una túnica de suave morado. Su trenza gris estaba adornada en esa ocasión de oro y violeta. El capitán Zu la acompañaba. Shai suspiró para sus adentros y se ajustó las gafas. Había previsto una noche de estudio y planificación, ininterrumpida ahora que Gaotona había decidido unirse a las celebraciones.

—Me dicen que progresas a un ritmo irrisorio —dijo Frava.

Shai soltó el libro.

—La verdad es que voy rápido. Casi he empezado a tallar los sellos. Como le he recordado hoy mismo al árbitro Gaotona, sigo necesitando un sujeto de pruebas que conociera al emperador. La conexión entre ambos me permitirá probar los sellos con él, y prenderán brevemente, lo suficiente para que pueda probar unas cuantas cosas.

—Se te proporcionará uno —respondió Frava, caminando junto a la mesa de brillante superficie. Pasó un dedo por ella, luego se detuvo ante la marca del sello rojo. La decana de los árbitros la tocó—. Qué atrocidad. Después de tomarte tantas molestias para volver más hermosa la mesa, ¿por qué no poner el sello en la parte inferior?

—Me siento orgullosa de mi trabajo —dijo Shai—. Cualquier Falsificador que vea esto puede inspeccionarlo y comprobar lo que he hecho.

Frava arrugó la nariz.

—No deberías sentirte orgullosa de algo así, pequeña ladrona. Además, ¿el objetivo de lo que llevas a cabo no es precisamente ocultar el hecho de que lo has realizado?

—A veces —respondió Shai—. Cuando imito una firma o falsifico un cuadro, el subterfugio es parte del acto. Pero con la Falsificación, la auténtica Falsificación, no se puede ocultar lo que se ha hecho. El sello estará siempre ahí, describiendo exactamente lo que ha sucedido. Bien puede una sentirse orgullosa de ello.

Era la extraña paradoja de su vida. La Falsificación no trataba solo de los sellos de alma: trataba del arte de imitar en su integridad. Escritura, arte, sellos personales… Una aprendiz de Falsificadora, adoctrinada medio en secreto por su gente, asimilaba todas las falsificaciones mundanas antes de aprender a usar los sellos de alma.

Los sellos eran la orden más elevada de su arte, pero también los más difíciles de ocultar. Sí, un sello podía colocarse en un lugar apartado del objeto y luego esconderlo. Shai lo había hecho en alguna ocasión. Sin embargo, mientras un sello estuviera en algún lugar donde pudiera hallarse, una Falsificación no podía ser perfecta.

—Dejadnos —ordenó Frava a Zu y los guardias.

—Pero… —objetó Zu, dando un paso adelante.

—No me gusta tener que repetirme, capitán —dijo Frava.

Zu renegó para sus adentros, pero inclinó la cabeza, obediente. Dirigió a Shai una dura mirada —por aquel entonces, esa era prácticamente su segunda ocupación— y se retiró con sus hombres. Cerraron la puerta con un chasquido.

El sello de sangre seguía colgado en la puerta, renovado esa misma mañana. El sellador de sangre acudía a la misma hora casi todos los días. Shai había anotado los detalles concretos. Los días que llegaba un poco tarde, su sello empezaba a oscurecerse un poco antes de que apareciera. Siempre llegaba a ella a tiempo de renovarlo, pero quizá algún día…

Frava escrutó a Shai con ojos calculadores.

Shai le sostuvo la mirada sin pestañear.

—Zu piensa que voy a hacerte algo horrible mientras estamos solas.

—Zu es un simplón —dijo Frava—, aunque resulta útil cuando hay que matar a alguien. Esperemos que no tengas que experimentar nunca su eficacia de primera mano.

—¿No te preocupa? —preguntó Shai—. Estás a solas en una habitación con un monstruo.

—Estoy sola en una habitación con una oportunista —replicó Frava, encaminándose a la puerta para examinar el sello que ardía allí—. No me harás daño. Sientes demasiada curiosidad por saber por qué he mandado retirarse a los guardias.

«La verdad es que sé exactamente por qué los has mandado retirarse —pensó Shai—. Y por qué has venido en un momento en que todos tus árbitros asociados están ocupados en el festival». Esperó a que Frava hiciera su ofrecimiento.

—¿No se te ha ocurrido lo útil que sería para el imperio tener un emperador que escuchara a una voz sabia cuando esta le hable? —preguntó Frava.

—Sin duda el emperador Ashravan ya lo hacía.

—En algunas ocasiones —dijo Frava—. En otras podía ser agresivamente necio. ¿No sería sorprendente si, tras su renacimiento, careciera de esa tendencia?

—Creía que queríais que actuara exactamente como antes —replicó Shai—. Tan parecido a lo real como fuera posible.

—Cierto, cierto. Pero eres famosa por ser una de las mejores Falsificadoras que han existido jamás, y sé de buena tinta que tienes un talento específico para sellar tu propia alma. Sin duda podrás replicar el alma de Ashravan con autenticidad, y al mismo tiempo hacer que se sienta inclinado a atender a razones cuando esa razón la expresen ciertos individuos concretos.

«Noches de fuego —pensó Shai—. No estás dispuesta a decirlo a las claras, ¿verdad? Quieres que construya una puerta trasera al alma del emperador, y ni siquiera tienes la decencia de sentirte avergonzada por ello».

—Yo tal vez podría hacer algo así —dijo Shai, como si lo considerara por primera vez—. Sería difícil. Necesitaría una recompensa que mereciera el esfuerzo.

—Una recompensa justa sería lo apropiado —convino Frava, volviéndose hacia ella—. Soy consciente de que probablemente tenías pensado dejar la Sede Imperial después de tu liberación, pero ¿por qué? Esta ciudad podría ser un lugar de grandes oportunidades para ti, con un gobernante comprensivo en el trono.

—Sé más clara, árbitro —espetó Shai—. Aún me espera una larga noche de estudio mientras los demás festejan. No tengo la mente para juegos de palabras.

—La ciudad goza de un pujante negocio de contrabando —dijo Frava—. Seguirle la pista es una de mis aficiones. Me vendría bien tener a alguien adecuado dirigiéndolo. Te lo entregaré, para que hagas esa función por mí.

Ese era siempre su error, asumir que sabían por qué Shai hacía lo que hacía. Asumir que saltaría sobre una oportunidad como esa, asumir que un contrabandista y un Falsificador venían a ser lo mismo porque los dos desobedecían las leyes de los demás.

—Eso parece agradable —repuso Shai, y mostró su sonrisa más genuina, la que tenía un visible matiz de puro engaño.

Frava sonrió ampliamente a su vez.

—Te dejo para que lo consideres —dijo, y tras abrir la puerta dio una palmada para que los guardias volvieran a entrar.

Shai se hundió en su silla, horrorizada. No por la propuesta, que llevaba varios días esperando, sino porque acababa de comprender las implicaciones. El ofrecimiento del acuerdo del contrabando, naturalmente, era falso. Frava podía cumplirlo, pero no lo haría. Incluso asumiendo que la mujer no hubiera ya planeado matar a Shai, ese ofrecimiento sellaba esa posibilidad.

Sin embargo, había más. Mucho más. «Que ella sepa, acaba de meter en mi cabeza la idea de poder controlar al emperador. No se fiará de mi Falsificación. Esperará que incorpore puertas traseras por mi cuenta, puertas que me den a mí y no a ella el control absoluto sobre Ashravan».

¿Qué significaba eso?

Significaba que Frava tenía otro Falsificador en espera. Probablemente, uno sin el talento o la temeridad de intentar Falsificar el alma de otra persona, pero que podía examinar el trabajo de Shai y encontrar las puertas traseras que ella introdujera. Este falsificador sería más de fiar, y podría reescribir el trabajo de Shai para poner a Frava al mando.

Incluso podrían terminar su trabajo, si ella lo adelantaba lo suficiente. Shai había tenido la intención de usar los cien días completos para planear su huida, pero de pronto comprendió que su súbita eliminación podía producirse en cualquier momento.

Cuanto más cerca estuviera de acabar el proyecto, más probable sería que sucediese.

Día treinta

Esto es nuevo —dijo Gaotona mientras inspeccionaba la ventana de cristal tintado.

Había sido un golpe de inspiración particularmente gratificante por parte de Shai. Los intentos de Falsificar la ventana para conseguir una versión mejorada habían fracasado repetidas veces, y transcurridos unos minutos, la ventana siempre revertía a su forma agrietada y combada.

Entonces Shai encontró un trozo de cristal de color, olvidado a un lado del marco. Comprendió que la ventana había sido una vidriera, como muchas otras del palacio. Lo que fuese que rompiera la ventana también había combado el marco, produciendo aquellos huecos que dejaban entrar la fría brisa.

En vez de repararla y conservarla tal como era en origen, alguien había colocado cristal corriente en la ventana y la había dejado resquebrajarse. Un sello de Shai en la esquina inferior derecha había restaurado la ventana, reescribiendo su historia: un solícito maestro artesano la había descubierto y la había recompuesto. Ese sello prendió de inmediato. Incluso después de todo ese tiempo, la ventana se había visto a sí misma como algo hermoso.

O tal vez Shai se estaba dejando llevar otra vez por el romanticismo.

—Dijiste que me traerías hoy un sujeto de pruebas —dijo Shai, soplando el polvo de un sello de alma recién tallado.

Grabó una serie de rápidas marcas en la parte trasera, el lado opuesto del frontal elaboradamente tallado. La marca fijadora terminaba cada sello de alma, indicando que no se tallaría nada más. A Shai siempre le gustaba que tuviera la forma de MaiPon, su patria.

Terminadas esas marcas, aplicó una llama al sello. Era una propiedad de la piedra de alma: el fuego la endurecía, de manera que no podía astillarse. No necesitaba dar ese paso. Las marcas de anclaje en la parte superior eran todo lo que requería, y en realidad podía tallar un sello con cualquier cosa, mientras la talla fuera precisa. Sin embargo, la piedra de alma era valorada por ese proceso endurecedor.

Una vez el sello quedó tiznado por la llama de la vela (primero un extremo, luego el otro), lo alzó y sopló con fuerza. Copos de ceniza volaron con el soplido, revelando la hermosa piedra jaspeada roja y negra de debajo.

—Sí —dijo Gaotona—. Un sujeto de pruebas. Te he traído uno, tal como prometí.

El anciano cruzó la pequeña habitación y se dirigió a la puerta, donde Zu montaba guardia.

Shai se echó hacia atrás en su silla, que hacía un par de días había Falsificado para convertirla en algo mucho más cómodo, y esperó. Había hecho una apuesta consigo misma. ¿Sería el sujeto un guardia del emperador? ¿O sería algún funcionario de poca monta del palacio, quizá el hombre que tomaba notas para Ashravan? ¿A qué persona obligarían los árbitros a soportar la blasfemia de Shai en nombre de un supuesto bien mayor?

Gaotona se sentó en la silla junto a la puerta.

—¿Y bien? —preguntó Shai.

Él alzó las manos a sus costados.

—Puedes empezar.

Shai apoyó los pies en el suelo y se sentó recta.

—¿Tú?

—Sí.

—¡Pero si eres un árbitro! ¡Una de las personas más poderosas del imperio!

—Ah —dijo él—. No me había dado cuenta. Encajo con tus especificaciones. Soy varón, nací en el mismo lugar que Ashravan y lo conocí muy bien.

—Pero… —Shai guardó silencio.

Gaotona se inclinó hacia delante, uniendo las manos.

—Hemos debatido esto durante semanas. Se ofrecieron otras opciones, pero se decidió que en conciencia no podíamos dejar que un miembro de nuestro pueblo se sometiera a esta blasfemia. La única conclusión fue que uno de nosotros se sacrificara.

Shai se estremeció, recuperándose de la sorpresa. «Frava no habría tenido ningún problema en ordenarle a cualquier otro que hiciera esto —pensó—. Ni los demás. Tienes que haber insistido en ser tú, Gaotona».

Los otros árbitros lo consideraban un rival, así que era probable que se alegraran de dejarlo caer en los supuestamente horribles y retorcidos actos de Shai. Lo que ella planeaba era del todo inofensivo, pero era imposible convencer a un grande de eso. Aun así, deseó poder tranquilizar a Gaotona cuando acercó su silla para colocarse junto a él y abrió la cajita de sellos que había ido creando durante las tres últimas semanas.

—Estos sellos no prenderán —dijo mientras alzaba uno de ellos—. Es como los Falsificadores nos referimos a que el sello cree un cambio que sea demasiado antinatural para ser estable. Dudo que ninguno de estos te afecte más de un minuto y eso suponiendo que los haya creado correctamente.

Gaotona vaciló, pero luego asintió.

—El alma humana es diferente a un objeto —continuó diciendo Shai—. Una persona crece, cambia, se mueve constantemente. Eso hace que un sello de alma empleado en una persona se agote de un modo que no se produce con los objetos. Incluso en el mejor de los casos, un sello de alma usado en una persona dura solo un día. Mis Marcas de Esencia son un ejemplo. Después de unas veintiséis horas, se desvanecen.

—Entonces… ¿el emperador?

—Si hago bien mi trabajo, habrá que sellarlo todas las mañanas, como el sellador de sangre hace con mi puerta. Sin embargo, añadiré al sello la capacidad de recordar, crecer y aprender: no revertirá al mismo estado cada mañana, y podrá construir sobre los cimientos que le otorgo. Pero igual que el cuerpo humano se agota y necesita dormir, un sello de alma en uno de nosotros debe restablecerse. Por suerte, cualquiera puede encargarse del sellado; el propio Ashravan podría hacerlo, cuando el sello esté preparado correctamente.

Entregó a Gaotona el sello que tenía en la mano, dejando que lo examinara.

—Cada uno de los sellos concretos que voy a utilizar hoy —dijo— cambiará algo pequeño en tu pasado o tu personalidad innata. Como no eres Ashravan, los cambios no prenderán. Sin embargo, los dos tenéis una historia lo bastante parecida para que los sellos duren por un breve tiempo, si los he hecho bien.

—¿Quieres decir que esto es un patrón para el alma del emperador? —preguntó Gaotona al tiempo que examinaba el sello.

—No. Solo una Falsificación de una pequeña parte de su alma. Ni siquiera estoy segura de que el producto final funcione. Por lo que sé, nadie ha intentado jamás algo exactamente igual que esto. Pero circulan historias de gente que Falsificó el alma de otra persona para propósitos perversos. Me baso en ese conocimiento para conseguir lo que intentamos. Así pues, si estos sellos duran al menos un minuto contigo, deberían durar mucho más con el emperador, ya que están armonizados con su pasado concreto.

—Una pequeña parte de su alma —repitió Gaotona, y devolvió el sello a Shai—. Entonces, estas pruebas… ¿No usarás estos sellos en el producto final?

—No, pero cogeré los patrones que funcionen y los incorporaré en una creación mayor. Piensa que estos sellos son como caracteres separados en un gran pergamino; cuando termine, podré unirlos todos y contar un relato. El relato de la historia y la personalidad de un hombre. Por desgracia, aunque la Falsificación prenda, habrá pequeñas diferencias. Sugiero que empecéis a propagar rumores de que el emperador resultó herido. No de gravedad, ojo, pero dad a entender que ha recibido un buen golpe en la cabeza. Eso explicará las discrepancias.

—Ya hay rumores de su muerte —repuso Gaotona—, difundidos por la Facción Gloria.

—Bueno, pues decid que lo que ocurrió es que salió herido.

—Pero…

Shai alzó el sello.

—Aunque consiga lo imposible, cosa que, te advierto, solo he hecho en raras ocasiones, la Falsificación no tendrá todos los recuerdos del emperador. Solo puedo incluir las cosas que he podido leer o deducir. Ashravan habrá tenido muchas conversaciones privadas que la Falsificación no podrá recordar. Puedo imbuirlo de una aguda capacidad para falsear, porque tengo una comprensión especializada de ese tipo de cosas, pero falsear no salva a nadie a largo plazo. Con el tiempo, alguien se dará cuenta de que sufre grandes lagunas de memoria. Difundid los rumores, Gaotona. Vais a necesitarlos.

Él asintió, y luego se recogió la manga para exponer su brazo al sello. Shai alzó el sello y Gaotona suspiró, cerró con fuerza los ojos y volvió a asentir.

Ella apretó el sello contra la piel. Como siempre, cuando el sello tocaba la piel, parecía como si lo estuviera presionando contra algo rígido, como si su brazo se hubiera convertido en piedra. El sello se hundía levemente. Eso creaba una sensación desconcertante cuando se trabajaba con una persona. Giró el sello y después lo retiró, dejando una marca roja en el brazo de Gaotona. Sacó el reloj y observó la manecilla.

El sello desprendía leves hilillos de humo rojo; esto sucedía solo cuando se marcaba a seres vivos. El alma luchaba contra la reescritura. El sello, sin embargo, no se apagó de inmediato. Shai dejó escapar un suspiro contenido. Era buena señal.

Se preguntó si intentara algo así con el emperador, ¿lucharía su alma contra la invasión? ¿O en cambio aceptaría el sello, deseando que se enmendara lo que había salido mal? Igual que la ventana había querido ser devuelta a su antigua belleza. No lo sabía.

Gaotona abrió los ojos.

—¿Funciona?

—Ha prendido, de momento —respondió Shai.

—No me siento diferente.

—Esa es la idea. Si el emperador pudiera sentir los efectos del sello, se daría cuenta de que algo va mal. Ahora, respóndeme sin pensar y habla solo por instinto. ¿Cuál es tu color favorito?

—El verde —contestó él inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque… —Guardó silencio, ladeando la cabeza—. Porque sí.

—¿Y tu hermano?

—Apenas lo recuerdo —dijo Gaotona, encogiéndose de hombros—. Murió cuando yo era muy joven.

—Menos mal —repuso Shai—. Habría sido un emperador terrible, si lo hubieran elegido en vez de…

Gaotona se levantó.

—¡No te atrevas a hablar mal de él! Haré que te…

Se envaró y miró a Zu, que había echado mano a su espada, alarmado.

—Yo… ¿Hermano…?

El sello se desvaneció.

—Un minuto y cinco segundos —dijo Shai—. Eso parece bueno.

Gaotona se llevó una mano a la cabeza.

—Recuerdo haber tenido un hermano. Pero no tengo ninguno, ni lo he tenido nunca. Recuerdo haberlo idolatrado; recuerdo el dolor cuando murió. Tanto dolor…

—Se te pasará —lo tranquilizó Shai—. Las impresiones se borrarán como los restos de una pesadilla. Dentro de una hora, apenas podrás recordar qué fue lo que te trastornó. —Garabateó unas notas—. Creo que has reaccionado con demasiada intensidad a mi insulto a la memoria de tu hermano. Ashravan adoraba a su hermano, pero mantenía sus sentimientos ocultos por una sensación de culpabilidad, porque pensaba que su hermano tal vez habría sido mejor emperador que él.

—¿Qué? ¿Estás segura?

—¿Sobre esto? —dijo Shai—. Sí. Tendré que revisar un poco ese sello, pero creo que es adecuado.

Gaotona volvió a sentarse, mirándola con ojos sabios que parecían intentar perforarla, excavar en su interior.

—Sabes mucho de la gente.

—Es uno de los primeros pasos de nuestra formación —aclaró Shai—. Antes incluso de que toquemos la piedra de alma.

—Tanto potencial… —susurró Gaotona.

Shai contuvo un estallido inmediato de enojo. ¿Cómo se atrevía a mirarla así, como si estuviera desperdiciando su vida? A ella le encantaba Falsificar. La emoción, una vida que salía adelante gracias a su inteligencia. Eso era ella. ¿Verdad?

Pensó en una Marca de Esencia concreta, guardada con las otras. Era una marca que nunca había usado, y sin embargo era al mismo tiempo la más preciosa de las cinco.

—Probemos con otra —dijo Shai, ignorando aquellos ojos de Gaotona.

No podía permitirse sentirse ofendida. La tía Sol siempre decía que el orgullo sería el mayor peligro de su vida.

—Muy bien —dijo Gaotona—, pero no entiendo una cosa. Por lo poco que me has explicado de este proceso, no puedo ni imaginar por qué estos sellos empiezan a funcionar conmigo. ¿No necesitas conocer con exactitud la historia de una cosa para que un sello funcione con ella?

—Para que prenda, sí —respondió Shai—. Como he dicho, es cuestión de plausibilidad.

—¡Pero esto no es en absoluto plausible! No tengo ningún hermano.

—Ah, bueno, a ver si puedo explicarme —dijo ella, echándose hacia atrás—. Estoy reescribiendo tu alma para que encaje con la del emperador igual que reescribí la historia de esa ventana para incluir una vidriera nueva. En ambos casos, funciona por la familiaridad. El marco de la ventana sabe qué aspecto debe tener una ventana de cristal tintado. Una vez contuvo cristal tintado. Aunque la ventana nueva no es la misma que hubo una vez, el sello funciona porque el concepto general de una ventana de cristal tintado se ha cumplido.

»Tú has pasado mucho tiempo con el emperador. Tu alma está familiarizada con él, igual que el marco de la ventana está familiarizado con el cristal tintado. Por eso tengo que probar los sellos con alguien como tú, y no conmigo misma. Cuando te marco, es como… es como si le presentara a tu alma una pieza de algo que debería conocer. Solo funciona si la pieza es muy pequeña, pero mientras lo sea, y mientras el alma considere que la pieza es una parte familiar de Ashravan, como he indicado, el sello prenderá durante un breve período antes de ser rechazado.

Gaotona la miró aturdido.

—¿Debo suponer que te suena a tonterías supersticiosas? —aventuró Shai.

—Es bastante místico —repuso Gaotona, extendiendo las manos ante él—. ¿El marco de una ventana que conoce el «concepto» de una vidriera? ¿Un alma que comprende el concepto de otra alma?

—Estas cosas existen más allá de nosotros —dijo Shai mientras preparaba otro sello—. Nosotros pensamos en ventanas, sabemos de ventanas, de modo que lo que es y lo que no es una ventana adquiere significado en el Reino Espiritual. Adquiere vida, en cierto modo. Puedes creerte la explicación o no; supongo que no importa. El hecho es que puedo probar estos sellos contigo y, si prenden durante al menos un minuto, será un buen indicativo de que he dado con algo.

»Lo ideal sería probarlo con el emperador, pero en su estado no podría responder a mis preguntas. Necesito no solo que prendan, sino también que funcionen juntos y eso requerirá que me expliques lo que sientes para que yo pueda hacer ajustes en la dirección adecuada. Y ahora, extiende el brazo, por favor.

—Muy bien.

Gaotona se preparó y Shai presionó otro sello contra su brazo. Lo remató con medio giro, pero en cuanto retiró el sello, la marca se disipó en una vaharada roja.

—Maldición —exclamó Shai.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Gaotona, llevándose los dedos al brazo. Olía a tinta corriente: el sello se había desvanecido tan rápido que la tinta ni siquiera se había incorporado a su mecanismo—. ¿Qué me has hecho esta vez?

—Nada, al parecer —respondió Shai, al tiempo que inspeccionaba la cabeza del sello en busca de defectos. No encontró ninguno—. Con este estaba equivocada. Muy equivocada.

—¿Cuál era?

—El motivo por el que Ashravan accedió a convertirse en emperador —dijo Shai—. Noches de fuego. Estaba segura de que lo tenía.

Negó con la cabeza y guardó el sello. Al parecer, Ashravan no se había ofrecido como emperador movido por un deseo profundamente arraigado de demostrar su valía ante sí mismo y su familia y escapar a la lejana pero alargada sombra de su hermano.

—Yo puedo decirte por qué lo hizo, Falsificadora —dijo Gaotona.

Ella lo miró. «Este hombre animó a Ashravan a presentarse al trono imperial —pensó—. Ashravan acabó odiándolo por ello. O eso creo».

—Muy bien —dijo—. ¿Por qué?

—Quería cambiar las cosas —respondió Gaotona—. En el imperio.

—No habla de eso en su diario.

—Ashravan era un hombre humilde.

Shai enarcó una ceja. Esa revelación no encajaba con los informes que le habían dado.

—Sí, tenía temperamento —prosiguió Gaotona—. Y si te ponías a discutir con él, apretaba los dientes y defendía con vehemencia su argumento. Pero el hombre… el hombre era… En el fondo, era un hombre humilde. Tendrás que comprender esto de él.

—Ya veo.

«Fue cosa tuya, ¿verdad? —pensó Shai—. Esa mirada de decepción, la implicación de que podríamos ser mejores personas de lo que somos». Shai no era la única que consideraba que Gaotona la trataba como si fuera un abuelo insatisfecho.

Saberlo le dio ganas de desestimar al hombre por irrelevante. Pero se había ofrecido él mismo para las pruebas. Gaotona consideraba espantoso lo que ella hacía, y por eso había insistido en recibir el castigo en persona, en vez de enviar a otro.

«Eres auténtico, ¿verdad, anciano?», pensó Shai mientras Gaotona volvía a sentarse, con la mirada perdida pensando en el emperador. Se descubrió inquieta.

En su oficio había muchos que se burlaban de los hombres honestos, al considerarlos presas fáciles. Eso era una falacia. Ser honrado no significaba ser ingenuo. Un necio deshonesto y un necio honesto eran igualmente fáciles de engañar: solo había que abordarlos de maneras distintas.

Sin embargo, un hombre que fuera honesto y listo era siempre, siempre, más difícil de engañar que alguien que fuera a la vez deshonesto y listo.

Sinceridad. Por definición, era muy arduo falsificarla.

—¿En qué estás pensando detrás de esos ojos tuyos? —preguntó Gaotona, inclinándose hacia delante.

—Estaba pensando que debiste de tratar al emperador igual que me tratas a mí, molestándolo constantemente con sermones sobre lo que debería hacer.

Gaotona bufó.

Ir a la siguiente página

Report Page