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El Sistema de Sel » El alma del emperador

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—Es probable. Eso no significa que mis argumentos sean, o fueran, incorrectos. Él podría… bueno, podría haber hecho más de lo que hizo. Igual que tú podrías convertirte en una artista maravillosa.

—Lo soy.

—Una artista de verdad.

—Lo soy.

Gaotona meneó la cabeza.

—El cuadro de Frava… Hay algo que hemos pasado por alto, ¿verdad? Ella ordenó examinar la falsificación, y los asesores encontraron unos cuantos errores diminutos. Yo no pude verlos sin ayuda pero están ahí. Tras reflexionar sobre el tema, me parecen extraños. Las pinceladas son impecables, incluso magistrales. El estilo encaja perfectamente. Si podías conseguir semejante nivel, ¿por qué cometiste tales errores, como poner la luna demasiado baja? Es un error sutil, pero se me ocurre que nunca habrías cometido un fallo semejante, no de manera involuntaria, al menos.

Shai se volvió para coger otro sello.

—El lienzo que creen que es el original —prosiguió Gaotona—, el que cuelga ahora mismo en el despacho de Frava… Es falso también, ¿verdad?

—Sí —admitió Shai con un suspiro—. Cambié los lienzos un par de días antes de intentar robar el cetro: estaba investigando la seguridad del palacio. Me colé en la galería, entré en las oficinas de Frava e hice el cambio como prueba.

—Entonces, el que ellos dan por hecho que es falso debe de ser el original —repuso Gaotona, sonriendo—. ¡Pintaste esos errores encima del original para que pareciera que es una réplica!

—En realidad, no —dijo ella—. Aunque he utilizado ese truco otras veces. Los dos son falsos. Uno es simplemente la falsificación obvia, dejada a propósito para que la descubrieran en caso de que algo saliera mal.

—Así que el original sigue escondido en alguna parte —sugirió Gaotona, con curiosidad—. Te colaste en el palacio para comprobar sus medidas de seguridad y sustituiste el lienzo original por una copia. Dejaste una segunda copia ligeramente peor en tu habitación como pista falsa. Si te descubrían al entrar de nuevo, o si por algún motivo te vendía un aliado, registraríamos tu habitación y encontraríamos la copia mala, y asumiríamos que aún no habías dado el cambiazo. Los expertos mirarían la copia buena y creerían que es la obra auténtica. De esa forma, nadie seguiría buscando la pintura original.

—Más o menos.

—Muy astuto —reconoció Gaotona—. Por tanto, si te capturaban entrando en el palacio para intentar robar el cetro, podrías confesar que tu objetivo solo era el lienzo. Al registrar tu habitación aparecería el falso y se te acusaría de intento de hurto a un individuo, en este caso Frava, que es un delito mucho menor que intentar robar una reliquia imperial. Te caerían diez años de trabajos forzados en vez de la pena de muerte.

—Desgraciadamente, me traicionaron en el peor momento —repuso Shai—. El bufón consiguió que me detuvieran después de que saliera de la galería con el cetro.

—Pero ¿qué hay del cuadro original? ¿Dónde lo escondiste? —Gaotona vaciló—. Sigue todavía en el palacio, ¿verdad?

—En cierto modo.

Gaotona la miró, todavía sonriendo.

—Lo quemé —reveló Shai.

La sonrisa desapareció de sus labios.

—Mientes.

—Esta vez no, anciano —dijo Shai—. El lienzo no merecía el riesgo de intentar sacarlo de la galería. Solo di el cambiazo para poner a prueba la seguridad. Colé el falso fácilmente, porque no registran a nadie al entrar, solo al salir. El cetro era mi verdadero objetivo. Robar el lienzo fue secundario. Después de sustituirlo, tiré el original a una chimenea de la galería principal.

—Eso es horrible —dijo Gaotona—. ¡Era un ShuXen original, su mayor obra maestra! Se ha quedado ciego y ya no puede pintar. ¿Te das cuenta del coste? —farfulló—. No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Por qué hiciste una cosa así?

—No importa. Nadie sabrá lo que he hecho. Seguirán contemplando la falsificación y estarán satisfechos, así que no se ha causado ningún daño.

—¡Ese lienzo era una obra de arte de valor incalculable! —Gaotona la miró con furia—.

Lo reemplazaste por orgullo y solo por orgullo. Ni siquiera te preocupaste de vender el original. Solo querías que tu copia colgara en la galería. ¡Destruiste algo maravilloso para poder satisfacer tu vanidad!

Ella se encogió de hombros. La historia era tan simple, pero el hecho indiscutible era que ella había quemado el lienzo. Tenía sus motivos.

—Hemos terminado por hoy —anunció Gaotona, con el rostro enrojecido. Agitó una mano ante ella, desdeñoso, mientras se levantaba—. Había empezado a pensar. ¡Bah!

Y salió por la puerta.

Día cuarenta y dos

Cada persona encerraba un enigma.

Así era como Tao, su primer instructor en el arte de la Falsificación, lo había explicado. Un Falsificador no era un simple timador ni un embaucador. Un Falsificador era un artista que pintaba con la percepción humana.

Cualquier sucio pilluelo de la calle podía engañar a alguien. Un Falsificador tenía aspiraciones más elevadas. Los timadores comunes trabajaban tapando los ojos de los incautos con un pañuelo, y luego huían antes de que se dieran cuenta. Un Falsificador debía crear algo tan perfecto, tan hermoso, tan real, que jamás llegara a cuestionarse.

Una persona era como un frondoso bosque cubierto de una retorcida masa de enredaderas, hierbajos, matorrales, arbustos y flores. Ninguna persona era una sola emoción; ninguna persona tenía un único deseo. Poseían muchos, y habitualmente esos deseos entraban en conflicto unos con otros como dos rosales que luchan por el mismo pedazo de tierra.

Respeta a la gente a la que mientes, le había enseñado Tao. Róbales durante el tiempo suficiente y empezarás a comprenderlos.

Shai iba componiendo un libro a medida que trabajaba, una historia verdadera de la vida del emperador Ashravan. Sería una historia más auténtica que las que sus escribas habían redactado para glorificarlo, una historia más auténtica que la que él había escrito de su puño y letra. Shai encajaba lentamente las piezas del enigma, internándose a rastras en el bosque que había sido la mente de Ashravan.

Era un idealista, como había dicho Gaotona. Ella lo veía ahora en la cautelosa preocupación de sus primeros textos y en la forma en que trataba a sus sirvientes. El imperio no era algo terrible. Ni tampoco maravilloso. El imperio simplemente era. El pueblo soportaba su dominio porque se sentía cómodo con sus pequeñas tiranías. La corrupción resultaba inevitable. Vivías con ella. Era eso o aceptar el caos de lo desconocido.

A los grandes los trataban con extremo favoritismo. Entrar en el servicio gubernamental, la más lucrativa y prestigiosa de las ocupaciones, a menudo se debía más a los sobornos y los contactos que a las capacidades o aptitudes. Además, algunos de los que mejor servían al imperio, los mercaderes y los obreros, sufrían el robo sistemático en sus bolsillos por un centenar de manos.

Todo el mundo sabía estas cosas. Ashravan había querido cambiarlas. Al principio.

Y luego… Bueno, no había habido un «y luego» concreto. Los poetas señalarían un único defecto en la naturaleza de Ashravan como artífice de su fracaso, pero una persona no era un solo defecto, como tampoco era una sola pasión. Si Shai basara su Falsificación en un único atributo, crearía una caricatura, no un hombre.

Pero… ¿era lo mejor que podía esperar? Tal vez debiera intentar conseguir autenticidad en un entorno concreto, creando un emperador que pudiera actuar de manera adecuada en la corte pero que no engañara a los más íntimos. Quizá funcionara bien, como los decorados de un teatro, que cumplen su propósito mientras se representa la obra, pero que no soportarían una inspección meticulosa.

Ese era un objetivo que podía lograr. Tal vez debería acudir a los árbitros, explicarles lo que era posible y ofrecerles un emperador inferior, una marioneta que pudieran presentar en los actos oficiales y luego retirar con el pretexto de que su enfermedad empeoraba.

Podía hacer eso.

Pero descubrió que no quería.

Ese no era el desafío. Era la versión de un timo callejero, con una ganancia a corto plazo. El estilo de los Falsificadores era crear algo duradero.

En el fondo, la entusiasmaba el desafío. Descubrió que quería hacer vivir a Ashravan. Quería intentarlo, al menos.

Shai yacía en su cama, que había Falsificado para convertirla en un lecho más cómodo, con dosel y un tupido edredón. Mantenía las cortinas corridas. Los guardias del turno de noche jugaban una partida de cartas sentados a su mesa.

«¿Por qué te preocupas por hacer vivir a Ashravan? —pensó Shai—. Los árbitros te matarán antes de que puedas comprobar si funciona. Tu único objetivo debería ser escapar».

Y sin embargo… el mismísimo emperador. Shai había elegido robar el Cetro Lunar porque era la pieza más famosa del imperio. Quería que una de sus obras se exhibiera en la grandiosa Galería Imperial.

No obstante, la tarea en la que trabajaba era algo mucho más grandioso. ¿Qué Falsificador había conseguido una hazaña semejante? ¿Una Falsificación sentada en el mismísimo Trono Rosa?

«No —se dijo, con más fuerza esta vez—. No te dejes engañar. Orgullo, Shai. No dejes que te mueva el orgullo».

Abrió el cuaderno por las últimas páginas, donde había ocultado sus planes de huida en código, disfrazado para parecer un diccionario de términos y personas.

Aquel sellador de sangre había aparecido corriendo el otro día, como asustado por llegar tarde para reponer su marca. La ropa le olía a alcohol. Estaba disfrutando de la hospitalidad de palacio. Si Shai pudiera lograr que llegara temprano una mañana, y asegurarse de que se emborrachara como una cuba esa noche…

Las montañas de los arietes rodeaban Dzhamar, donde se hallaban los pantanos de los selladores de sangre. El odio mutuo que se profesaban era intenso, quizá más intenso que su lealtad al imperio. Varios arietes en concreto parecían asqueados cuando entraba el sellador de sangre. Shai había empezado a hacerse amiga de esos guardias. Alguna que otra broma. Menciones a alguna coincidencia entre su pasado y el de ellos. Se suponía que los arietes no podían hablar con Shai, pero habían transcurrido semanas sin que ella hiciera otra cosa que repasar libros y charlar con viejos árbitros. Los guardias estaban aburridos, y el aburrimiento hacía que la gente fuera fácil de manipular.

Shai tenía acceso a bastante piedra de alma, y la emplearía. Sin embargo, a menudo era mejor utilizar métodos más elementales. La gente siempre esperaba que un Falsificador empleara sellos para todo. Los grandes contaban historias de magia negra, de Falsificadores que colocaban sellos en los pies de la gente mientras dormían, cambiando sus personalidades, invadiéndolas, violando sus mentes.

La verdad era que un sello de alma solía ser el último recurso de un Falsificador. Era demasiado fácil de detectar. «Ahora mismo, no cambiaría mi mano derecha por mis Marcas de Esencia».

Casi sintió la tentación de intentar tallar una nueva marca para usarla en la huida. Pero es lo que ellos estarían esperando, y Shai tendría verdaderos problemas para realizar los cientos de pruebas necesarias para que funcionara. Si la probaba en su propio brazo, los guardias darían la alarma, y probarlas con Gaotona no serviría de nada.

Además, utilizar una Marca de Esencia sin haberla probado antes… bueno, podía salir muy, muy mal. No. En sus planes de fuga emplearía sellos de alma, pero su núcleo estaría compuesto de subterfugios más tradicionales.

Día cincuenta y ocho

Shai estaba preparada cuando Frava la visitó de nuevo.

La mujer se detuvo ante la puerta. Los guardias se apartaron sin poner objeciones mientras el capitán Zu ocupaba su lugar.

—Has estado ocupada —advirtió Frava.

Shai levantó la vista de sus investigaciones. Frava no se refería a su progreso, sino a la habitación. Hacía muy poco que Shai había mejorado el suelo. No había resultado difícil. La roca empleada para construir el palacio, la cantera, las fechas, los albañiles: todo era cuestión de acudir al registro histórico.

—¿Te gusta? —preguntó Shai—. El mármol va muy bien con la chimenea, creo.

Frava se volvió, y acto seguido parpadeó.

—¿Una chimenea? ¿Dónde has…? ¿Esta habitación es más grande de lo que era?

—La despensa de al lado no se utilizaba —murmuró Shai, volviendo a su cuaderno—. Y la división entre los dos cuartos era reciente, construida hace solo unos pocos años. Reescribí la construcción para que esta sala fuera la más espaciosa de las dos, por eso he podido incluir una chimenea.

Frava parecía sorprendida.

—No habría pensado… —La mujer miró de nuevo a Shai y su rostro adoptó su habitual máscara de severidad—. Me resulta difícil creer que te estás tomando tu deber en serio, Falsificadora. Estás aquí para crear un emperador, no para remodelar el palacio.

—Tallar piedra de alma me relaja —dijo Shai—. Igual que tener un espacio de trabajo que no me recuerde a un trastero. Tendrás el alma de tu emperador a tiempo, Frava.

La mujer árbitro se paseó por la estancia, inspeccionando la mesa.

—Entonces, ¿has empezado la piedra de alma del emperador?

—He empezado muchas —respondió Shai—. Será un proceso complejo. He probado más de cien sellos con Gaotona…

—Con el árbitro Gaotona.

—Con el viejo. Cada uno de ellos es solo una parte diminuta del rompecabezas. Cuando tenga todas las piezas funcionando, volveré a tallarlas con rasgos más pequeños, más delicados. Eso me permitirá combinar una docena de sellos de prueba para elaborar un último sello.

—Pero acabas de decir que has probado ya más de cien —dijo Frava, frunciendo el ceño—. ¿Solo usarás doce al final?

Shai se echó a reír.

—¿Doce? ¿Para Falsificar un alma entera? Difícilmente. El último sello, el que necesitaréis para utilizarlo con el emperador cada mañana, será como un eje, o la piedra angular de un arco. Será el único que habrá que colocar en su piel, pero conectará con una red de cientos de otros sellos. —Shai rebuscó a un lado y sacó su cuaderno de notas, que incluía bocetos iniciales de los sellos definitivos—. Estos los estamparé en una placa de metal que enlazaré con el sello que colocaréis a Ashravan cada día. Deberá tener la placa cerca en todo momento.

—¿Tendrá que cargar con una placa de metal y habrá que sellarlo cada día? —inquirió Frava con sequedad—. Esto le dificultará llevar una vida normal, ¿no te parece?

—Sospecho que ser emperador dificulta a cualquier hombre llevar una vida normal. Ya te las ingeniarás. Es costumbre diseñar la placa como una pieza de adorno. Un medallón grande, tal vez, o un brazalete con los lados cuadrados. Si observas mis Marcas de Esencia, verás que se hicieron del mismo modo, y que la caja contiene una placa por cada una. —Shai vaciló—. En todo caso, nunca antes he hecho esto exactamente, ni yo ni nadie. Existe la posibilidad, y yo diría que bastante alta, de que con el tiempo el cerebro del emperador absorba la información. Como… como si copiaras la misma imagen exacta en una pila de papeles cada día durante un año; al final las capas de abajo contendrán también la imagen. Tal vez, después de sellarlo a diario durante unos años, no necesite ya el tratamiento.

—Sigue pareciéndome atroz.

—¿Peor que estar muerto? —preguntó Shai.

Frava apoyó la mano en el cuaderno de notas y bocetos a medio terminar de Shai. Y luego lo tomó para sí.

—Haré que nuestros escribas copien esto.

Shai se levantó.

—Lo necesito.

—Estoy segura de que así es —dijo Frava—. Y es justamente por eso por lo que debe copiarse, por si acaso.

—Copiarlo llevará demasiado tiempo.

—Te lo devolveré dentro de un día —repuso Frava con suavidad, dándose media vuelta.

Shai extendió el brazo hacia ella y el capitán Zu avanzó un paso, con la espada a medio desenvainar.

Frava se volvió hacia él.

—Vamos, vamos, capitán. Eso no será necesario. La Falsificadora protege su trabajo. Eso está bien. Demuestra que está poniendo todo su empeño.

Shai y Zu se miraron fijamente. «Me quiere muerta —pensó Shai—. Con toda su alma». A aquellas alturas, ya comprendía a Zu. Proteger el palacio era su deber, un deber que Shai había invadido con su robo. No había sido Zu quien la capturó: el bufón imperial la había traicionado. Zu se sentía inseguro a causa de su fracaso, y por eso quería eliminarla en venganza.

Shai acabó por desviar la mirada. Aunque la amargaba, necesitaba adoptar el lado sumiso de aquella interacción.

—Ten cuidado —le advirtió a Frava—. No permitas que pierdan ni una sola hoja.

—Protegeré esto como si… como si la vida del emperador dependiera de ello. —Frava consideró divertido su propio chiste, y obsequió a Shai con una extraña sonrisa—. ¿Has considerado el otro asunto que discutimos?

—Sí.

—¿Y bien?

—Sí.

La sonrisa de Frava se ensanchó.

—Volveremos a hablar pronto.

Frava se marchó con el cuaderno, que contenía casi dos meses de trabajo. Shai sabía perfectamente lo que pretendía la mujer. No iba a mandar que lo copiaran: iba a enseñárselo a su otro Falsificador y ver si era suficiente para que él terminara el trabajo.

Si el Falsificador decía que sí, Shai sería ejecutada con discreción antes de que los otros árbitros pudieran objetar nada. Probablemente el propio Zu se encargaría de ello. Todo podría terminar allí mismo.

Día cincuenta y nueve

Shai durmió mal esa noche.

Estaba segura de que sus preparativos habían sido concienzudos. Y sin embargo, se veía obligada a esperar como si tuviera un nudo corredizo alrededor del cuello. Eso la ponía nerviosa. ¿Y si había interpretado mal la situación?

Había hecho que las anotaciones de su cuaderno fueran intencionadamente oscuras, cada una de ellas una sutil indicación de la enormidad del proyecto. La escritura apretada, las numerosas referencias cruzadas, las listas y listas de recordatorios para sí misma de las cosas que tenía que hacer… Todo ello, junto con el grueso cuaderno, sería un indicativo de que su trabajo había exigido un terrible esfuerzo por su parte.

Era una falsificación. Una de las más difíciles: una falsificación que no imitaba a una persona o un objeto concreto. Era una falsificación de tono.

«Aléjate —decía el tono de ese libro—. No quieres intentar acabar esto. Lo que quieres es que Shai continúe y se encargue de las partes difíciles, porque el trabajo que tendrías que hacer es enorme. Y si fracasas será tu cabeza la que penda de la soga».

El cuaderno era una de las falsificaciones más sutiles que había creado jamás. Cada palabra que había en él era cierta y a la vez era mentira. Solo un maestro Falsificador vería el engaño, solo un maestro Falsificador sabría advertir lo mucho que se había esforzado en ilustrar el peligro y la dificultad del proyecto.

¿Qué habilidad tenía el Falsificador de Frava?

¿Estaría Shai muerta antes del día siguiente?

No durmió. Quería hacerlo y debería hacerlo. Esperar mientras pasan las horas, los minutos y los segundos era espantoso. La idea de estar dormida en la cama cuando vinieran a por ella… eso era peor.

Al final, se levantó y recogió algunos informes sobre la vida de Ashravan. Los guardias que jugaban a las cartas en la mesa le dirigieron una mirada. Uno de ellos incluso hizo un gesto comprensivo con la cabeza al ver sus ojos enrojecidos y su postura cansada.

—¿La luz está demasiado brillante? —preguntó, señalando la lámpara.

—No —respondió Shai—. Es solo una idea que no deja de darme vueltas en la cabeza.

Pasó la noche en la cama sumergiéndose en la vida de Ashravan. Frustrada por no tener sus notas, sacó una hoja en blanco y empezó a tomar otras nuevas que ya añadiría a su cuaderno cuando se lo devolvieran. Si se lo devolvían.

Le pareció que por fin comprendía por qué Ashravan había abandonado su juvenil optimismo. Al menos, conocía los factores que se habían combinado para llevarlo por ese camino. La corrupción era uno de ellos, pero no el principal. Una vez más, la falta de confianza en sí mismo contribuía, pero no había sido el factor decisivo.

No, la perdición de Ashravan había sido la vida misma. La vida en el palacio, la vida como parte de un imperio que hacía tictac como un reloj. Todo funcionaba. De acuerdo, no funcionaba tan bien como podría hacerlo. Pero funcionaba.

Desafiar esa rutina requería esfuerzo, y el esfuerzo era a veces difícil de mantener. Había vivido una vida placentera. Ashravan no había sido perezoso, pero no hacía falta ser perezoso para que a uno lo anegaran los mecanismos de la burocracia imperial, para terminar diciéndose que ya iría el próximo mes a exigir que se pusieran en práctica sus cambios. Con el tiempo, se había hecho más y más fácil seguir flotando en el curso del gran río que era el Imperio Rosa.

Al final, se había vuelto indulgente. Concentrado más en la belleza de aquel palacio que en las vidas de sus súbditos, había permitido que los árbitros manejaran cada vez más funciones del gobierno.

Shai suspiró. Incluso esa descripción de Ashravan era demasiado simplista. No llegaba a mencionar quién había sido el emperador y en quién se había convertido. Una cronología de acontecimientos no hablaba de su temperamento, su afición al debate, su ojo para la belleza o su costumbre de escribir poesía malísima, malísima de verdad, y esperar luego que todos sus sirvientes le dijeran lo maravillosa que era.

Tampoco hablaba de su arrogancia, o de su deseo secreto de poder haber sido otra cosa. Por eso volvía a su diario una y otra vez. Tal vez buscaba aquella encrucijada en su vida en que eligió el camino equivocado.

Ashravan no había comprendido. Rara vez había una encrucijada en la vida de una persona. La gente cambiaba de manera paulatina, con el tiempo. Uno no daba un paso y de pronto se encontraba en una situación completamente nueva. Primero te desviabas un poco del sendero para evitar unas rocas. Durante un tiempo, caminabas junto al sendero, pero después te desviabas un poco más para pisar terreno más blando. Luego dejabas de prestar atención mientras te alejabas más y más. Finalmente, acababas yendo a parar a la ciudad equivocada, preguntándote por qué las señales de la calzada no te habían guiado mejor.

La puerta de la habitación se abrió.

Shai se irguió en la cama de golpe. Estuvo a punto de dejar caer sus notas. Habían venido a por ella.

Pero no, ya era de día. La luz se colaba por la vidriera y los guardias se levantaban y se desperezaban. El que había abierto la puerta era el sellador de sangre. Parecía resacoso de nuevo, y llevaba un fajo de papeles en la mano, como hacía a menudo.

«Llega temprano esta mañana —pensó Shai, y comprobó su reloj de bolsillo—. ¿Por qué temprano hoy, cuando llega tarde tantas veces?».

El sellador de sangre la cortó y selló la puerta sin decir palabra, haciendo que el dolor ardiera en el brazo de Shai. Salió a toda prisa de la habitación, como si tuviera alguna cita inminente. Shai se lo quedó mirando y luego sacudió la cabeza.

Un momento más tarde, la puerta volvió a abrirse y entró Frava.

—Ah, estás despierta —dijo la mujer mientras los arietes la saludaban. Frava depositó el cuaderno de Shai sobre la mesa con un golpe. Parecía molesta—. Los escribas han terminado. Vuelve al trabajo.

Frava se marchó rápidamente. Shai se tumbó en la cama, suspirando de alivio. Su estratagema había funcionado. Eso debería de concederle unas cuantas semanas más.

Día setenta

De modo que este símbolo —dijo Gaotona, señalando el boceto de uno de los sellos mayores que Shai tallaría pronto— es una anotación de tiempo, que indica un momento específico… ¿de hace siete años?

—Sí —respondió Shai mientras quitaba el polvillo del extremo de un sello de alma recién tallado—. Aprendes rápido.

—Me someto a cirugía cada día, como si dijéramos —repuso Gaotona—. Y estoy más cómodo si sé qué clase de bisturíes se utilizan.

—Los cambios no son…

—No son permanentes. Sí, eso dices una y otra vez —dijo él. Extendió los brazos para que ella los sellara—. Sin embargo, me llenan de dudas. Se puede cortar el cuerpo y sanará, pero si lo haces de forma repetida en el mismo punto, acabas con una cicatriz. El alma no puede ser diferente.

—Solo que, por supuesto, es completamente diferente —dijo Shai, y le selló el brazo.

Gaotona nunca la había perdonado del todo por haber quemado la obra maestra de ShuXen. Se lo notaba cuando se veían. Ya no se sentía solo decepcionado con ella, sino también furioso.

La furia se fue difuminando con el tiempo, y su relación de trabajo volvió a ser funcional.

Gaotona ladeó la cabeza.

—Yo… Eso sí que es raro.

—¿Raro en qué sentido? —preguntó Shai, viendo pasar los segundos en su reloj de bolsillo.

—Recuerdo haberme animado a mí mismo a convertirme en emperador. Y estoy resentido por ello. Por madre de la luz, ¿es así como él me consideraba de verdad?

El sello permaneció en su sitio durante cincuenta y siete segundos. Bastante bien.

—Sí —dijo ella mientras el sello se disipaba—. Creo que es exactamente como él te consideraba.

Shai tuvo un escalofrío. ¡Ese sello había funcionado por fin!

Cada vez estaba más cerca. Más cerca de comprender al emperador, más cerca de completar el rompecabezas. Cuando el final de un proyecto (un lienzo, una Falsificación de alma a gran escala, una escultura) se hallaba próximo, llegaba un momento en el proceso en que podía ver el trabajo entero, aunque distara mucho de estar terminado. Cuando eso ocurría, en su mente el trabajo ya estaba completo; de hecho, acabarlo era casi una formalidad.

Casi lo había logrado con ese proyecto. El alma del emperador se desplegaba ante ella, con solo algunas zonas todavía en sombras. Quería verlo todo, ansiaba averiguar si podía hacerlo vivir de nuevo. Después de leer tanto sobre él, después de llegar a sentir que lo conocía tan bien, necesitaba terminar.

Sin duda su huida podía esperar hasta entonces.

—Era ese, ¿verdad? —preguntó Gaotona—. Ese era el sello que has probado sin éxito una docena de veces, el sello que representa por qué se ofreció para convertirse en emperador.

—Sí —respondió Shai.

—Su relación conmigo —dijo Gaotona—. Hiciste que su decisión dependiera de su relación conmigo, y de la sensación de vergüenza que tenía Ashravan cuando hablábamos.

—Sí.

—Y ha prendido.

—Sí.

Gaotona volvió a sentarse.

—Madre de las luces —susurró de nuevo.

Shai recogió el sello y lo puso con los otros que había confirmado como operativos.

En las últimas semanas, todos los demás árbitros habían imitado a Frava y visitado a Shai para hacerle fantásticas promesas si a cambio les proporcionaba el control definitivo sobre el emperador. El único que no había intentado sobornarla nunca era Gaotona. Un hombre auténtico, y situado en los niveles más altos del gobierno imperial, nada menos. Excepcional. Utilizarlo iba a ser mucho más difícil de lo que le habría gustado.

—Debo decir, una vez más, que me has impresionado —confesó ella, volviéndose hacia él—. No creo que muchos grandes se tomaran el tiempo necesario para estudiar los sellos de alma. Descartarían lo que consideraran maligno sin intentar comprenderlo siquiera. ¿Has cambiado de opinión?

—No —contestó Gaotona—. Sigo pensando que lo que haces es, si no maligno, desde luego impío. Y sin embargo, ¿quién soy yo para hablar? Dependo de ti para que nos mantengas en el poder por medio de este arte que tan libremente calificamos de abominación. Nuestra ansia de poder puede más que nuestra conciencia.

—Eso es cierto en los demás, pero no es tu motivo personal —adujo Shai.

Él la miró, enarcando una ceja.

—Solo quieres a Ashravan de vuelta —prosiguió Shai—. Te niegas a aceptar que lo has perdido. Lo amabas como a un hijo: el joven a quien orientaste, el emperador en quien siempre creíste, incluso cuando él no creía en sí mismo.

Gaotona apartó la mirada, claramente incómodo.

—No será él —concluyó la Falsificadora—. Aunque tenga éxito, en realidad no será él. Eres consciente de ello, naturalmente.

Él asintió.

—Pero claro, a veces una Falsificación bien hecha es tan buena como el objeto real —dijo Shai—. Perteneces a la Facción de la Herencia. Te rodeas de reliquias que no son verdaderas reliquias, cuadros que son imitaciones de otros perdidos hace mucho tiempo. Supongo que tener una reliquia falsa como emperador no será tan distinto. Y tú… tú solo quieres saber que has hecho todo lo que estaba en tus manos. Por él.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Gaotona en voz baja—. Te he visto hablar con los guardias, cómo te aprendes incluso el nombre de los criados. Es como si conocieras sus vidas familiares, sus pasiones, qué hacen por las noches y sin embargo te pasas los días encerrada en esta habitación. No has salido desde hace meses. ¿Cómo sabes estas cosas?

—La gente intenta por naturaleza ejercer su poder sobre lo que le rodea —respondió Shai, y se levantó para recoger otro sello—. Construimos paredes para refugiarnos del viento, tejados para detener la lluvia. Domamos los elementos, doblegamos la naturaleza a nuestros caprichos. Eso nos hace sentir como si tuviéramos el control.

»Pero al hacerlo, simplemente sustituimos una influencia por otra. En vez de ser el viento lo que nos afecta, es una pared. Una pared creada por el hombre. Los dedos de la influencia del hombre están por todas partes, lo tocan todo. Alfombras creadas por el hombre, comida creada por el hombre. Todo lo que hay en la ciudad que tocamos, vemos, palpamos, experimentamos, es resultado de la influencia de alguna persona.

»Puede que nos sintamos al mando, pero nunca lo estamos del todo a menos que comprendamos a la gente. Controlar nuestro entorno no es ya cuestión de bloquear el viento, sino de saber por qué la criada lloraba anoche, o por qué un guardia concreto pierde siempre a las cartas. O por qué se te eligió para el puesto desde un principio.

Gaotona la miró mientras se sentaba y extendía un sello hacia él. Vacilante, ofreció un brazo.

—Se me ocurre —dijo— que, incluso en nuestro extremo cuidado por no hacerlo, te hemos subestimado, mujer.

—Bien —repuso ella—. Estás prestando atención. —Le aplicó el sello—. Y ahora dime, exactamente, ¿por qué odias el pescado?

Día setenta y seis

Tengo que hacerlo —pensó Shai mientras el sellador de sangre le cortaba en el brazo—. Hoy. Podría irme hoy».

Oculta en la otra manga llevaba una tira de papel hecha a imitación de las que el sellador de sangre traía a menudo consigo las mañanas que llegaba temprano.

Hacía dos días que había visto un poco de cera en una de ellas. Eran cartas. Entonces se dio cuenta. Se había equivocado con ese hombre todo el tiempo.

—¿Buenas noticias? —le preguntó mientras él untaba el sello con su sangre.

El hombre de labios blancos le dirigió una mirada despectiva.

—De casa —prosiguió Shai—. De la mujer a la que escribes, allá en Dzhamar. ¿Has recibido carta suya hoy? El correo llega por las mañanas a palacio. Llaman a tu puerta, te entregan una carta.

«Y eso te despierta —añadió mentalmente—. Por eso vienes puntual esos días».

—Debes de echarla mucho de menos si no puedes soportar dejar su carta en tu habitación.

El hombre bajó el brazo y agarró a Shai por la blusa.

—Déjala en paz, bruja —susurró—. Tú, ¡déjala en paz! ¡Nada de trucos ni magia!

Era más joven de lo que ella había supuesto. Ese era un error común con los dzhamarianos. Sus cabellos canos y su piel blanca los despojaban de una edad definida a ojos de los forasteros. Shai tendría que haberlo sabido. Era poco más que un muchacho.

Apretó los labios.

—¿Hablas de mis trucos y de mi magia mientras sostienes un sello manchado con mi sangre? Tú eres quien amenaza con enviar esqueletos para perseguirme, amigo. Todo lo que yo puedo hacer es pulir una mesa de vez en cuando.

—Tú… tú… ¡Ah!

El joven echó las manos hacia arriba de golpe y se puso a sellar la puerta.

Los guardias observaban con indiferente diversión y desaprobación. Las palabras de Shai eran un calculado recordatorio de que era inofensiva, mientras que el sellador de sangre era en verdad el antinatural. Los guardias habían pasado casi tres meses viéndola comportarse como una erudita amable mientras ese hombre le extraía sangre y la usaba para arcanos horrores.

«Tengo que dejar caer el papel», pensó Shai, y se bajó la manga para que su papel falsificado cayera cuando los guardias se volvieran. Eso pondría en marcha su plan, su huida.

«La Falsificación real no está terminada todavía. El alma del emperador».

Pero vaciló. Cometió la estupidez de vacilar.

La puerta se cerró.

La oportunidad pasó.

Aturdida, Shai se dirigió a su cama y se sentó en el borde, con la carta falsificada todavía oculta en su manga. ¿Por qué había vacilado? ¿Tan débiles eran sus instintos de autoconservación?

«Puedo esperar un poco más —se dijo—. Hasta que esté terminada la Marca de Esencia de Ashravan».

Llevaba días diciéndoselo. Semanas, en realidad. Cada día que se iba acercando a la fecha límite era otra oportunidad para que Frava actuara. La mujer había seguido llegando con otros pretextos para llevarse las notas de Shai y hacerlas analizar. En poco tiempo, las notas llegarían al punto en que el otro Falsificador no tendría que esforzarse mucho para terminar la obra de Shai.

O al menos, eso pensaría él. Cuanto más progresaba Shai, más cuenta se daba de lo imposible que era ese proyecto. Y mayor era su ansia de hacerlo funcionar de todas formas.

Sacó su libro sobre la vida del emperador y pronto se encontró repasando sus años de juventud. La idea de que Ashravan no volviera a vivir, de que toda la obra de Shai fuera una simple distracción mientras intentaba escapar… Esos pensamientos eran físicamente dolorosos.

«Noches —pensó Shai—. Le has cogido cariño. ¡Empiezas a verlo como lo ve Gaotona!». No debería sentirse así. Nunca lo había llegado a conocer. Además, era una persona despreciable.

Pero no lo había sido siempre. No, lo cierto es que nunca había sido verdaderamente despreciable. Era mucho más complejo que eso. Todas las personas lo eran. Ella podía comprenderlo, podía ver…

—¡Noches! —exclamó, levantándose y apartando el libro. Necesitaba despejar la mente.

Cuando Gaotona llegó a la habitación seis horas más tarde, Shai estaba apretando un sello contra la pared del fondo. El anciano abrió la puerta, entró y se detuvo cuando la pared se inundó de color.

Del sello de Shai brotaban espirales de enredaderas como chorros de pintura. Verde, escarlata, ámbar. La pintura crecía como algo vivo, brotaban hojas de las ramas, racimos de frutas explotaban en suculentos estallidos. Los dibujos se hacían más y más densos, ribetes dorados que surgían de la nada y corrían como arroyos, orlas de hojas, todo ello reflejando la luz.

El mural se amplió, cada centímetro imbuido de una ilusión de movimiento. Enredaderas curvadas, espinas inesperadas asomando detrás de las ramas. Gaotona dejó escapar un suspiro de asombro y se detuvo junto a Shai. Detrás, Zu entró en la habitación y los otros dos guardias se marcharon y cerraron la puerta.

Gaotona extendió la mano y palpó la pared, pero por supuesto la pintura estaba seca. Que supiera, la pared, la habían pintado así hacía años. Gaotona se arrodilló y contempló los dos sellos que Shai había puesto en la base de la pintura. Solo el tercero, colocado encima, había disparado la transformación: los primeros sellos eran notas de cómo iba a crearse la imagen. Guías, una revisión de la historia, instrucciones.

—¿Cómo? —preguntó Gaotona.

—Uno de los arietes escoltó a Atsuko de JinDo durante su visita al Palacio Rosa —respondió Shai—. Atsuko se puso enfermo y tuvo que quedarse en su dormitorio tres semanas. Estaba solo un piso más arriba.

—¿Y tu Falsificación lo pone, en cambio, en esta habitación?

—Sí. Eso fue antes de los daños causados por aquella gotera en el techo el año pasado, así que es plausible que lo hubieran alojado aquí. La pared recuerda a Atsuko pasando días demasiado débil para marcharse, pero con fuerzas para pintar. Un poco cada día, un dibujo creciente de enredaderas, hojas y bayas. Para pasar el tiempo.

—Esto no debería prender —dijo Gaotona—. Esta Falsificación es tenue. Has cambiado demasiado.

—No —respondió Shai—. Está en la línea… esa línea donde se encuentra la mayor belleza.

Guardó el sello. Apenas recordaba las seis últimas horas. Había permanecido absorta en el frenesí de la creación.

—Aun así —dijo Gaotona.

—Prenderá. Si fueses la pared, ¿qué preferirías ser? ¿Deprimente y aburrida o un estallido de pintura?

—¡Las paredes no pueden pensar!

—Eso no impide que les importe.

Gaotona sacudió la cabeza, murmurando sobre las supersticiones.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Para crear este sello de alma? He estado grabando aquí y allá desde hace un mes o así. Era lo último que quería hacer por la habitación.

—El artista era de JinDo —dijo él—. Tal vez, como eres del mismo pueblo… ¡Pero no! Eso es pensar como tu superstición.

Gaotona movió la cabeza a un lado y a otro, tratando de dilucidar por qué había prendido esa pintura, aunque Shai siempre había tenido claro que funcionaría

—Los jindoeses y mi pueblo no son lo mismo, por cierto —dijo Shai, irritada—. Puede que estuviéramos relacionados hace mucho tiempo, pero ahora ya no tenemos nada que ver con ellos.

Cómo eran los grandes. Solo porque la gente tuviera rasgos similares, los grandes ya asumían que eran prácticamente idénticos.

Gaotona contempló la habitación y sus hermosos muebles, que habían sido tallados y pulidos. El suelo de mármol con incrustaciones de plata, la chisporroteante chimenea y la pequeña lámpara. Una elegante alfombra, que había sido una colcha con agujeros, cubría la superficie. La vidriera de la ventana destellaba en la pared derecha, iluminando el precioso mural.

Lo único que conservaba su forma original era la puerta, gruesa pero común y corriente. Shai no podría Falsificarla, no con aquel sello de sangre.

—¿Eres consciente de que ahora tienes el aposento más exquisito del palacio? —dijo Gaotona.

—No lo creo —respondió Shai, arrugando la nariz—. Sin duda, los aposentos del emperador son los más bellos.

—Más grandes, sí. Más bellos, no.

Gaotona se arrodilló junto a la pintura y examinó los sellos de la parte inferior.

—Has incluido explicaciones detalladas sobre cómo se pintó esto.

—Para crear una Falsificación realista, hay que tener la habilidad técnica que estás imitando, al menos hasta cierto grado.

—Entonces, podrías haber pintado esta pared tú misma.

—No tengo pinturas.

—Pero podrías haberlo hecho. Podrías haberlas pedido. Yo te las habría proporcionado. En cambio, has creado una Falsificación.

—Es lo que soy —dijo Shai, molesta de nuevo con él.

—Es lo que decides ser. Si una pared puede desear ser un mural, Wan ShaiLu, entonces tú podrías desear convertirte en una gran pintora.

Ella soltó de golpe el sello sobre la mesa e inspiró varias veces.

—Tienes temperamento —dijo Gaotona—. Como él. De hecho, sé exactamente cómo te sientes ahora, porque me has hecho sentir así en varias ocasiones. Me pregunto si esta cosa que haces podría ser una herramienta para ayudar a desarrollar sensibilidad en la gente. Inscribir tus emociones en un sello y luego dejar que los otros sientan cómo es ser tú…

—Suena magnífico —aseveró Shai—. Ojalá Falsificar almas no fuera una ofensa tan horrible a la naturaleza.

—Ojalá.

—Si puedes leer esos sellos, es que te has vuelto muy bueno —dijo Shai, cambiando deliberadamente de tema—. Casi diría que has hecho trampas.

—La verdad…

Shai alzó la cabeza, reprimiendo su ira después del arrebato inicial. ¿Qué era eso?

Gaotona rebuscó avergonzado en el profundo bolsillo de su túnica y sacó una caja de madera. La caja donde ella guardaba sus tesoros, las cinco Marcas de Esencia. Esas revisiones de su alma podían cambiarla, en tiempos de necesidad, para convertirla en alguien que podría haber sido.

Shai dio un paso adelante, pero cuando Gaotona abrió la caja, descubrió que los sellos no estaban dentro.

—Lo siento —dijo el anciano—. Pero creo que dártelos sería un poco estúpido por mi parte. Al parecer, cualquiera de ellos podría haberte liberado de tu cautiverio en un momento.

—En realidad, solo dos podían conseguirlo —repuso Shai con amargura, crispando las manos.

Esos sellos de alma representaban más de ocho años del trabajo de su vida. El primero de ellos lo había empezado el día que terminó su aprendizaje.

—Hum, sí —dijo Gaotona. Dentro de la cajita había placas de metal inscritas con los sellos más pequeños que componían los planos de las revisiones de su alma—. Este, ¿no? —Alzó una de las placas—. Shaizan. Que traducido significa… ¿Shai del Puño? ¿Este haría de ti una guerrera, si te sellaras a ti misma?

—Sí —respondió Shai.

Así que él había estado estudiando sus Marcas de Esencia, por eso era tan bueno leyendo sus sellos.

—Apenas entiendo una décima parte de lo que hay inscrito aquí —confesó Gaotona—. Lo que encuentro es impresionante. Desde luego, han debido de llevarte años de trabajo.

—Son valiosos para mí —admitió Shai, obligándose a sentarse ante su mesa y a no fijarse en las placas.

Si pudiera escapar con ellas, podría crear un nuevo sello fácilmente. Seguiría tardando semanas, pero la mayor parte de su trabajo no se perdería. Si en cambio destruyeran esas placas…

Gaotona se sentó en su silla de costumbre, examinando abstraído las placas. De otra persona, ella habría sentido una amenaza implícita. «Mira lo que tengo en las manos; mira lo que podría hacerte». De Gaotona, sin embargo, no. El hombre sentía auténtica curiosidad.

¿O no? Como solía ocurrirle, Shai no podía reprimir sus instintos. Por buena que fuese, siempre podía haber alguien mejor. Como le había advertido el tío Won. ¿Acaso Gaotona la había tenido engañada todo el tiempo? Sentía con todas sus fuerzas que debería confiar en su valoración del anciano. Pero si estaba equivocada, podría ser un desastre.

«Podría serlo de todas formas —pensó—. Tendrías que haber escapado hace días».

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