Arcanum ilimitado
El Sistema de Sel » El alma del emperador
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—Entiendo lo de convertirte en soldado —dijo Gaotona, apartando a un lado la placa—. Y esta también. Habitante de los bosques y experta en supervivencia. Parece extremadamente versátil. Impresionante. Y aquí tenemos una erudita. Pero ¿por qué? Ya lo eres.
—Ninguna mujer puede saberlo todo —explicó Shai—. El tiempo de estudio es limitado. Cuando me sello a mí misma con la Marca de Esencia, de pronto puedo hablar una docena de idiomas, desde Fen a Mulla’dil e incluso unos pocos idiomas de Sycla. Conozco docenas de culturas distintas y sé desenvolverme en ellas. Entiendo de ciencias, de matemáticas y de las principales facciones políticas del mundo.
—Ah —dijo Gaotona.
«Dámelas», pensó ella.
—Pero ¿y esta? —preguntó Gaotona—. ¿Mendiga? ¿Por qué querrías estar demacrada? Y por lo que veo, se te caería casi todo el pelo y se te llenaría la piel de cicatrices.
—Permite cambiar mi aspecto —reveló Shai—. De forma drástica. Es útil.
No mencionó que con esa apariencia conocía las calles y cómo se sobrevivía en los bajos fondos de cualquier ciudad. Shai no era manca forzando cerraduras cuando no llevaba ese sello, pero con él puesto era incomparable.
Con su ayuda, probablemente conseguiría salir por la diminuta ventana, ya que esa marca reescribía su pasado para darle años de experiencia como contorsionista, y bajar las cinco plantas hasta la libertad.
—Tendría que haberme dado cuenta —dijo Gaotona. Alzó la última placa—. Nos queda esta, la más enigmática de todas.
Shai no dijo nada.
—Cocina —prosiguió el anciano—. Trabajo de granja, costura. Otro alias, supongo. ¿Para imitar a una persona más simple?
—Sí.
Gaotona asintió, bajando la placa.
«Sinceridad. Tiene que ver mi sinceridad. No puede falsificarse».
—No —dijo Shai, suspirando.
Él la miró.
—Es mi escapatoria —confesó ella—. Nunca la utilizaré. Pero está ahí, por si alguna vez quiero.
—¿Tu escapatoria?
—Si la empleo alguna vez, escribirá encima de mis años como Falsificadora. Todo. Olvidaré cómo hacer el más sencillo de los sellos, olvidaré incluso que fui aprendiz de Falsificadora. Me convertiré en alguien normal.
—¿Y quieres eso?
—No.
Una pausa.
—Sí. Tal vez. Una parte de mí lo quiere.
Sinceridad. Qué difícil era. A veces era el único camino.
En ocasiones, Shai soñaba con esa vida sencilla. De esa manera morbosa en que alguien que está de pie al borde de un precipicio se pregunta cómo sería saltar. La tentación siempre estaba ahí, aunque fuese ridícula.
Una vida normal. Sin esconderse, sin mentir. A Shai le encantaba lo que hacía. Le encantaba la emoción, los logros, la maravilla. Pero a veces… atrapada en una celda o corriendo para salvar su vida… a veces soñaba con otra cosa.
—¿Tus tíos? —preguntó él—. Tío Won, tía Sol, son partes de esta revisión. Lo he leído aquí dentro.
—Son falsos —susurró Shai.
—Pero los mencionas constantemente.
Ella apretó los ojos con fuerza.
—Sospecho —prosiguió Gaotona— que una vida llena de mentiras hace que realidad y falsedad se entremezclen. Pero si utilizaras este sello, no creo que lo olvidaras todo. ¿Cómo te mantendrías engañada a ti misma?
—Sería la Falsificación más grande de todas —respondió Shai—. Una que pretendería engañarme incluso a mí. Ahí dentro está inscrita la creencia de que sin ese sello, aplicado cada mañana, moriré. Incluye una historia de enfermedad, de visitar a un resellador, como lo llamáis vosotros. Un sanador que trabaja con sellos de alma. Mi falso yo recibiría de ellos un remedio que tendría que aplicarse cada mañana. La tía Sol y el tío Won me enviarían cartas; eso forma parte de la charada para engañarme a mí misma. Las he escrito ya. Son centenares, que antes de aplicarme la Marca de Esencia encargaré a un servicio de entrega que me envíe periódicamente a cambio de una buena suma de dinero.
—Pero ¿y si intentas visitarlos? —preguntó Gaotona—. Para investigar tu infancia…
—Todo está en la placa. Me dará miedo viajar. Hay algo de verdad en eso, ya que, en efecto, de joven sentí miedo cuando salí de mi aldea. Cuando esa marca esté colocada, me mantendré apartada de las ciudades. Creeré que el viaje para visitar a mis parientes es demasiado peligroso. Pero no importa. No la utilizaré nunca.
Ese sello acabaría con ella. Olvidaría sus últimos veinte años, volvería a cuando tenía ocho y empezó por primera vez a plantearse ser Falsificadora.
Se convertiría en una persona completamente distinta. Ninguna de las otras Marcas de Esencia hacía eso: reescribían parte de su pasado, pero preservaban el conocimiento de quién era de verdad. No sucedía así con esa última. Esa sería definitiva. La aterrorizaba.
—Es mucho trabajo para algo que no emplearás jamás —dijo Gaotona.
—A veces, la vida es así.
Gaotona negó con la cabeza.
—Me contrataron para destruir el lienzo —estalló Shai.
No sabía con certeza qué la había impulsado a decirlo. Necesitaba ser sincera con Gaotona, porque era el único modo de que su plan funcionara, pero él no necesitaba conocer esa parte. ¿O sí?
Gaotona alzó la cabeza.
—ShuXen me contrató para que destruyera el lienzo de Frava —confesó Shai—. Por eso quemé la obra maestra, en vez de sacarla de la galería.
—¿ShuXen? Pero ¡si es el artista original! ¿Por qué iba a contratarte para que destruyeras una obra suya?
—Porque odia el imperio —respondió Shai—. Pintó ese cuadro para una mujer que amaba. Los hijos de ella se lo entregaron al imperio como regalo. ShuXen es viejo, ahora, ciego, apenas puede moverse. No quería irse a la tumba sabiendo que una de sus obras servía para glorificar al Imperio Rosa. Él me imploró que lo quemara.
Gaotona parecía perplejo. La miraba como si intentara penetrar a través de su alma. Shai no entendía para qué se molestaba el anciano: bastante había desnudado ya su alma con esa conversación.
—Un maestro de semejante categoría es difícil de imitar —dijo Shai—, sobre todo si no se cuenta con el original para trabajar. Si lo piensas, entenderás que necesitara su ayuda para crear esas falsificaciones. Me dio acceso a sus estudios y conceptos. Me explicó de qué modo la había pintado. Me fue guiando pincelada a pincelada.
—¿Y por qué no te limitaste a devolverle el original? —preguntó Gaotona.
—Se está muriendo —respondió Shai—. Poseer un objeto ya no tiene sentido para él. Esa pintura la hizo para una amante. Ahora ella ya no existe, así que consideró que el lienzo tampoco debería existir.
—Un tesoro incalculable —dijo Gaotona—. Desaparecido, a causa de un orgullo estúpido.
—¡Era su obra!
—Ya no —replicó Gaotona—. Pertenecía a todos los que la contemplaban. No tendrías que haber accedido a su petición. Destruir una obra de arte nunca está bien. —Titubeó—. Pero, con todo, creo que puedo entenderlo. Lo que hiciste tenía nobleza. Tu objetivo era el Cetro Lunar. Exponerte para destruir ese lienzo fue peligroso.
—ShuXen me enseñó a pintar cuando era joven —dijo ella—. No podía negarme a su petición.
Gaotona no parecía estar de acuerdo, pero sí comprender. Noches, sí que se sentía expuesta.
«Es importante hacer esto —se dijo—. Y tal vez…».
Pero él no le devolvió las placas. Shai no esperaba que lo hiciera, no tan pronto. No hasta que hubiera concluido su acuerdo, un acuerdo del que sin duda no vería el fin, a menos que escapara.
Trabajaron con el último grupo de sellos nuevos. Cada uno de ellos prendió al menos un minuto, como ella esperaba. Ya tenía la visión, la idea del alma final tal y como sería. Cuando terminó el sexto sello del día, Gaotona aguardó al siguiente.
—Ya está —dijo Shai.
—¿Has acabado por hoy?
—He acabado para siempre —respondió ella mientras guardaba el último sello.
—¿Has terminado? —preguntó Gaotona, irguiéndose en la silla—. ¡Casi un mes antes! Es…
—No he terminado el trabajo. Ahora viene la parte más difícil. Tengo que tallar esos cientos de sellos con minucioso detalle, uniéndolos para crear un sello eje. Lo que he hecho hasta ahora es igual que preparar todas las pinturas, elaborar el color y trazar bocetos de las figuras. Ahora tengo que ensamblarlo todo. La última vez que hice esto me llevó casi cinco meses.
—Y solo tienes veinticuatro días.
—Y solo tengo veinticuatro días —repitió Shai, pero sintió al instante una puñalada de culpa. Tenía que huir. Pronto. No podía esperar a finalizar el proyecto.
—Entonces, te dejo que trabajes —dijo Gaotona, poniéndose en pie y bajándose la manga.
Día ochenta y cinco

Sí», pensó Shai, rebuscando por toda la cama y hojeando la pila de papeles que había colocado allí. La mesa no era lo bastante grande. Había estirado las sábanas y convertido la cama en el lugar donde poner todas aquellas hojas. «Sí, su primer amor fue hacia los libros de cuentos». Por eso… El pelo rojo de Kurshina… Pero eso sería subconsciente. Él no lo sabría. Imbuido profundamente, entonces.
¿Cómo le había pasado eso por alto? No estaba tan cerca de terminar como creía. ¡No había tiempo!
Shai añadió lo que había descubierto al sello en el que estaba trabajando, un sello que combinaba todas las inclinaciones y experiencias románticas de Ashravan, en sus diferentes facetas. Lo incluyó todo: lo embarazoso, lo vergonzante, lo glorioso. Todo cuanto había podido descubrir, y luego un poco más, riesgos calculados para rellenar el alma. Un flirteo con una desconocida cuyo nombre Ashravan no podía recordar. Caprichos pasajeros. Una casi relación con una mujer que ya había muerto.
Esa era la parte del alma que a Shai le costaba más trabajo imitar, porque era la más privada. Pocas cosas de las que hacía un emperador eran verdaderamente secretas, pero Ashravan no había sido siempre emperador.
Shai tenía que extrapolar para no dejar el alma desnuda, sin pasión.
Tan privado, tan poderoso. Se sentía más cercana a Ashravan a medida que sacaba a la luz esos detalles. No como mirona, porque a esas alturas sentía que formaba parte de él.
Había pasado a llevar dos cuadernos. Las notas formales de su proceso decían que iba terriblemente retrasada: ese cuaderno omitía detalles. El otro era el verdadero, disfrazado como un montón de notas inútiles, aleatorias y casuales.
Era verdad que iba retrasada, pero no tanto como daba a entender su documentación oficial. Con suerte, el subterfugio le haría ganar unos cuantos días adicionales antes de que Frava actuara.
Mientras buscaba una nota concreta, Shai se cruzó con una de sus listas sobre planes de huida. Vaciló. «Primero, encárgate del sello de la puerta —decía la nota cifrada—. Segundo, silencia a los guardias. Tercero, recupera tus Marcas de Esencia, si es posible. Cuarto, huye del palacio. Quinto, huye de la ciudad».
Había escrito más notas para la ejecución de cada paso. No estaba haciendo caso omiso a la huida, no por completo. Tenía buenos planes.
Sin embargo, su frenético intento de terminar el alma atraía casi toda su atención. «Una semana más —se dijo—. Si me tomo una semana más, terminaré cinco días antes del plazo de entrega. Entonces podré escapar».
Día noventa y siete

Eh —dijo Hurli, inclinándose—. ¿Qué es esto?
Hurli era un fornido ariete que se hacía más el tonto de lo que era. Eso le permitía ganar a las cartas. Tenía dos hijas, ambas menores de cinco años, pero estaba viéndose con una de las otras guardias. Hurli deseaba en secreto poder haber sido carpintero como su padre. También le habría horrorizado darse cuenta de cuánto sabía Shai sobre su vida.
El guardia recogió la hoja de papel que había encontrado en el suelo. El sellador de sangre acababa de marcharse. Era la mañana del día noventa y siete de cautiverio de Shai en la habitación y había decidido poner el plan en marcha. Tenía que escapar.
El sello del emperador no estaba terminado todavía. «Casi». Una noche más de trabajo y lo tendría. De todas formas, su plan también requería esperar una noche más.
—Dedos de Hierba debe de haberla dejado caer —dijo Yil, acercándose. Era el otro guardia de la habitación esa mañana.
—¿Qué es? —preguntó Shai desde la mesa.
—Una carta —respondió Hurli con un gruñido.
Ambos guardias callaron mientras leían. Todos los arietes de palacio sabían leer. Era un requisito que se exigía a cualquier funcionario imperial de al menos segundo nivel.
Shai permaneció sentada en silencio, tensa, sorbiendo una taza de té al limón y obligándose a respirar con calma. Hizo un gran esfuerzo por relajarse, aunque relajarse era lo último que quería hacer. Conocía de memoria el contenido de la carta. La había escrito ella, a fin de cuentas, y luego la había dejado caer a hurtadillas tras el sellador de sangre cuando había salido de la habitación un momento antes. La carta rezaba:
Hermano:
Casi he terminado mi tarea aquí, y el dinero que he ganado rivalizará incluso con el de Azalec después de su trabajo en las provincias del sur. La cautiva que custodio apenas merece el esfuerzo, pero ¿quién soy yo para poner en duda los razonamientos de la gente que me paga tanto dinero?
Regresaré pronto. Me enorgullece decir que mi otra misión aquí ha sido un éxito. He identificado a varios guerreros capacitados y he reunido suficientes muestras de ellos. Pelo, uñas y unos cuantos efectos personales que no echarán en falta. Confío en que muy pronto tengamos nuestros guardias personales.
El texto continuaba por la otra cara de la hoja, para que no pareciera sospechoso. Shai lo había completado con numerosos comentarios sobre el palacio, incluyendo detalles que los guardias asumirían como desconocidos por ella, pero no por el sellador de sangre.
Le preocupaba que la carta fuera demasiado descarada. ¿Descubrirían los guardias que era una burda falsificación?
—Ese KuNuKam —susurró Yil, empleando un término de su lengua nativa. Se utilizaba más o menos para referirse a un hombre tenía un ano por boca—. ¡Ese KuNuKam imperial!
Al parecer, creían que la carta verdaderamente era de él. Los soldados no entendían de sutilezas.
—¿Puedo verla? —preguntó Shai.
Hurli se la tendió.
—¿Está diciendo lo que yo creo? —preguntó el guardia—. ¿Ha estado reuniendo cosas nuestras?
—Puede que no se refiera a los arietes —dijo Shai después de leer la carta—. No lo especifica.
—¿Para qué querría pelo? —susurró Yil—. ¿Y uñas?
—Pueden hacer cosas con partes tuyas —dijo Hurli, y volvió a maldecir—. Ya ves lo que hace cada día en la puerta con la sangre de Shai.
—No sé si podría hacer mucho con pelo o con uñas —comentó Shai, escéptica—. Eso es solo una bravata. La sangre tiene que ser fresca, del día anterior como máximo, para que funcione con los sellos. Está alardeando ante su hermano.
—No debería hacer cosas así —dijo Hurli.
—Yo no me preocuparía por eso —lo tranquilizó Shai.
Los otros dos cruzaron la mirada. Unos minutos más tarde se produjo el cambio de la guardia. Hurli y Yil se marcharon, murmurando entre sí, con la carta guardada en el bolsillo del primero. No era probable que se ensañaran con el sellador de sangre. Amenazarlo, sí.
Se sabía que el sellador de sangre frecuentaba cada noche las casas de té de la zona. Shai casi sintió lástima por él. Había deducido que cuando recibía noticias de su hogar, acudía a su habitación rápido y puntual. A veces se lo veía nervioso. Y cuando no recibía noticias, bebía. Esa mañana, parecía triste. Así que había ocurrido lo segundo.
Lo que le sucediera esa noche no mejoraría en nada su día. En efecto, Shai casi sentía lástima por él, pero entonces recordó el sello en la puerta y la venda que le había puesto ese día en el brazo después de extraerle sangre.
Cuando concluyó el cambio de guardia, Shai inspiró profundamente y se sumergió de nuevo en su trabajo.
Esa noche. Esa noche, terminaría.
Día noventa y ocho

Shai se arrodilló en el suelo entre un puñado de hojas desperdigadas, todas repletas de anotaciones apretadas o dibujos de sellos. A su espalda, la mañana abría los ojos y la luz del sol se filtraba por la vidriera, rociando la habitación de escarlata, azul y violeta.
Un único sello de alma, tallado en piedra pulida, descansaba boca abajo en una placa de metal que tenía delante. La piedra de alma, como roca, no parecía distinta de la piedra pómez o cualquier otra de grano fino, pero con zonas de rojo entreveradas. Como si la hubieran manchado con gotas de sangre.
Shai parpadeó, cansada. ¿De verdad iba a intentar escapar? Había disfrutado de… ¿cuánto? ¿Cuatro horas de sueño en total, en los últimos tres días?
Sin duda la huida podía esperar. Sin duda podía descansar, solo por ese día.
«Como descanse —pensó aturdida—, no despertaré».
Permaneció arrodillada. Ese sello parecía la cosa más hermosa que había visto en su vida.
Sus antepasados habían adorado las rocas que caían del cielo por la noche. Las almas de los dioses rotos, llamaban a aquellos cascotes. Los maestros artesanos las tallaban para darles forma. En su momento, a Shai le había parecido una tontería. ¿Por qué adorar algo que uno mismo creaba?
Lo comprendió allí, arrodillada ante su obra maestra. Se sentía como si lo hubiera vertido todo en ese sello. Había sintetizado dos años de esfuerzo en tres meses, rematados con una noche de frenética y desesperada talla. Durante esa noche, había hecho cambios en sus notas, en la misma alma. Cambios drásticos. Seguía sin saber si los había provocado su última e impresionante visión del proyecto en conjunto o si esos cambios habían sido más bien ideas defectuosas nacidas de la fatiga y el delirio.
No lo sabría hasta que se empleara el sello.
—¿Está… está terminado? —preguntó un guardia.
Los dos hombres se habían situado en el otro extremo de la habitación, para sentarse junto a la chimenea y dejarle espacio en el suelo. Ella tenía el vago recuerdo de haber apartado los muebles. Se había pasado parte del tiempo retirando pilas de papeles de su lugar bajo la cama, y luego arrastrándose para alcanzar otros.
¿Estaba terminado?
Shai asintió.
—¿Qué es? —preguntó el guardia.
«Noches —pensó—. Pues claro. Ellos ni siquiera lo saben». Los guardias rasos abandonaban la estancia cada día durante sus conversaciones con Gaotona.
Los pobres arietes probablemente acabarían destinados a alguna avanzadilla remota del imperio para el resto de sus vidas, vigilando los pasos que conducían a la lejana península de Teoish o algún destino similar. Los ocultarían discretamente bajo la alfombra para impedir que revelaran, aunque fuera por accidente, algo de lo que había sucedido allí.
—Preguntad a Gaotona, si queréis saberlo —respondió Shai en voz baja—. No se me permite decirlo.
Shai recogió el sello con gesto reverente y lo colocó junto con la placa dentro de una caja que había preparado. El sello reposó en terciopelo negro; la placa, que tenía forma de medallón grande y fino, en una hendidura bajo la tapa. Shai la cerró y luego sacó una segunda caja, algo más grande. En su interior había cinco sellos, tallados y preparados para su inminente huida. Si lo conseguía. Dos de ellos ya los había utilizado.
Si pudiera dormir unas pocas horas. Solo unas pocas…
«No. De todas formas, tampoco puedo usar la cama».
Sin embargo, acurrucarse sobre el suelo ya le parecía maravilloso.
La puerta empezó a abrirse. Shai sintió un súbito y sorprendente momento de pánico. ¿Era el sellador de sangre? ¡Creía que estaría en la cama, después de haberse embriagado a conciencia tras el escarmiento de los arietes!
Durante un instante sintió una extraña y culpable sensación de alivio. Si el sellador de sangre había acudido, acabaría de un plumazo con sus posibilidades de escapar aquel día. Podría dormir. ¿No le habían dado una paliza Hurli y Yil? Shai estaba segura de haberlos interpretado correctamente, pero… en su fatiga, advirtió que se había precipitado en sus conclusiones. La puerta se abrió del todo y entró alguien, pero no era el sellador de sangre.
Era el capitán Zu.
—Fuera —espetó a los dos guardias.
Ellos se apresuraron a obedecer.
—De hecho —dijo Zu—, quedáis relevados para el resto del día. Yo vigilaré hasta el cambio de guardia.
Los dos hombres saludaron y se marcharon. Shai se sintió como un alce herido abandonado por la manada. La puerta se cerró y Zu se volvió hacia ella despacio, con actitud deliberada.
—El sello no está listo todavía —mintió Shai—. Así que puedes…
—No hace falta que esté listo —replicó Zu, dibujando una amplia sonrisa con sus gruesos labios—. Creo que te prometí algo hace tres meses, ladrona. Tenemos una deuda que saldar.
La habitación estaba poco iluminada, pues la lámpara casi se había consumido y apenas rayaba el alba. Shai se apartó de él, repasando a toda prisa sus planes. Así no era como se suponía que tenía que ser. No podía luchar contra Zu.
No dejó de hablar, manteniéndolo distraído, pero también representando un papel que había diseñado para sí misma sobre la marcha.
—Cuando Frava averigüe que has venido aquí —dijo—, se pondrá furiosa.
Zu desenvainó su espada.
—¡Noches! —exclamó Shai, retrocediendo hasta la cama—. Zu, no tienes por qué hacer esto. No puedes hacer esto. ¡Tengo trabajo pendiente!
—Otro lo completará por ti —dijo Zu, sonriendo—. Frava tiene a otro Falsificador. Te crees muy lista. Seguro que tienes planeada una huida magnífica para mañana. Esta vez, nosotros golpearemos primero. No previste esto, ¿verdad, mentirosa? Voy a disfrutar matándote. Voy a disfrutarlo mucho.
Arremetió con la espada, cuya punta alcanzó la blusa de Shai y marcó una raya en su costado. Ella se apartó de un salto y gritó pidiendo auxilio. Seguía representando su papel, pero no hacía falta actuar. Su corazón latió con fuerza y notó crecer el pánico mientras rodeaba la cama para interponerla entre Zu y ella.
Él sonrió de oreja a oreja y saltó sobre el lecho, dispuesto a atraparla.
La cama se derrumbó al instante. Durante la noche, mientras se arrastraba por debajo para coger sus notas, Shai había Falsificado la madera del armazón para que estuviera carcomida y fuera frágil. Además, había rajado el colchón por debajo en grandes cortes.
Zu apenas tuvo tiempo de gritar mientras la cama entera se partía y lo dejaba caer en el pozo que ella había abierto en el suelo. El daño causado por el agua en la habitación, el olor a moho que Shai había percibido cuando entró por primera vez, había sido la clave. Según los informes, las vigas de madera de arriba se habrían podrido y el techo habría cedido si no hubieran encontrado la fuga tan deprisa. Una Falsificación sencilla, muy plausible, había hecho que el suelo hubiera terminado derrumbándose.
Zu se estrelló contra el suelo de la despensa vacía del piso de abajo. Shai, jadeando, se acercó para asomarse al agujero. El hombre yacía tendido entre los restos de la cama. Algunos de ellos eran cojines y rellenos. Probablemente viviría: la trampa de Shai estaba destinada a uno de los guardias habituales, a quienes tenía aprecio.
«No ha salido exactamente como lo había planeado, pero ha funcionado», pensó. Corrió hacia la mesa y recogió sus cosas. La caja de sellos, el alma del emperador, algo de piedra de alma que había sobrado y tinta. Y los dos cuadernos que explicaban los sellos que había creado con tanta complejidad, el oficial y el verdadero.
Arrojó el oficial a las llamas al pasar junto a la chimenea. Luego se detuvo delante de la puerta, contando los latidos de su corazón.
Se sintió agonizar mientras observaba cómo palpitaba la marca del sellador de sangre. Finalmente, después de unos minutos angustiosos, el sello de la puerta destelló una última vez y se apagó. El sellador de sangre no había regresado a tiempo para renovarlo.
Libertad.
Shai salió corriendo al vestíbulo, abandonando su hogar de los tres últimos meses, una habitación que había dejado repujada de oro y plata. Aun con lo cerca que había estado siempre el vestíbulo exterior, se le antojó otro país distinto del todo. Presionó el tercer sello que había preparado contra su blusa abotonada, cambiándola para que fuera igual que la de los sirvientes de palacio, con insignias oficiales bordadas en el pecho izquierdo.
Tenía poco tiempo para hacer su siguiente movimiento. Pronto, o bien el sellador de sangre acudiría a su habitación, o bien Zu despertaría de su caída, o bien llegarían los guardias para el cambio de turno. Shai quería correr pasillo abajo y dirigirse derecha a los establos de palacio.
Pero no lo hizo. Correr implicaba una de dos: o culpa o una tarea importante. Las dos llamarían la atención. En cambio, mantuvo un paso ligero y adoptó la expresión de quien sabe lo que se hace, y por tanto no debe ser importunado.
Enseguida accedió a las zonas más concurridas del enorme palacio. Nadie la detuvo. En un cruce tapizado de alfombras, se detuvo.
A la derecha, al fondo de un largo pasillo, se encontraba la entrada a los aposentos del emperador. El sello que Shai llevaba en la mano derecha, en la caja y acolchado, pareció saltar en sus dedos. ¿Por qué no lo había dejado en la habitación para que lo encontrara Gaotona? Los árbitros la perseguirían con menos saña si tuvieran el sello.
Podía dejarlo allí mismo, en ese pasillo adornado con retratos de antiguos legisladores y repleto de urnas de remotas épocas Falsificadas.
No. Lo llevaba consigo por un motivo. Había preparado herramientas para acceder a los aposentos del emperador. En todo momento había sabido lo que iba a hacer.
Si se marchaba sin más, nunca sabría si el sello funcionaba. Sería como construir una casa y luego no entrar nunca en ella. Como forjar una espada y no empuñarla. Como crear una obra maestra y luego guardarla bajo llave para que nunca pudiera contemplarse.
Shai observó el largo pasillo.
Cuando comprobó que no había nadie a la vista, se volvió hacia una de aquellas horribles urnas y rompió el sello de la parte inferior. La urna se transformó de nuevo en una simple versión de barro de sí misma.
Había tenido tiempo de sobra para averiguar con exactitud quién había creado esas urnas y dónde. El cuarto de sus sellos preparados transformó la urna en una réplica de un ornamentado orinal dorado. Shai recorrió el pasillo hasta los aposentos del emperador y saludó a los guardias, con el orinal bajo el brazo.
—No te reconozco —dijo un guardia.
Ella no lo reconoció tampoco, con aquella cara llena de cicatrices y la mirada recelosa. Como esperaba. A los guardias encargados de su vigilancia los habían separado de sus compañeros para que no pudieran hablar del servicio que tenían encomendado.
—Huy —dijo Shai, vacilando, en apariencia nerviosa—. Lo siento, oficial. Me han asignado la tarea esta misma mañana.
Se ruborizó y sacó de su bolsillo un grueso papel con el sello y la firma de Gaotona. Los había falsificado ambos a la antigua usanza. Le había venido muy bien que el anciano le permitiera indicarle cómo mejorar las medidas de seguridad para proteger los aposentos del emperador.
Siguió adelante sin más complicaciones. Las siguientes tres habitaciones de los enormes aposentos del emperador estaban vacías. Tras ellas había una puerta cerrada con llave. Tuvo que Falsificar la madera de esa puerta para convertirla en algo que hubiera sido dañado por la carcoma, usando el mismo sello que había empleado en su cama, para poder pasar. No prendió durante mucho tiempo, pero fueron suficientes unos segundos para abrir la puerta de una patada.
Dentro encontró el dormitorio del emperador. Era el mismo lugar al que la habían llevado el primer día, cuando le ofrecieron esa oportunidad. Allí solo estaba él, tendido en aquella cama. Estaba despierto, pero miraba al techo sin verlo.
En la habitación reinaba el silencio. La tranquilidad. Olía a demasiado limpio. Demasiado blanca. Como un lienzo vacío.
Shai se acercó a la vera del lecho. Ashravan no la miró. Sus ojos no se movieron. Shai descansó los dedos sobre su hombro. Tenía un rostro hermoso, aunque era unos quince años mayor que ella. No demasiado para un grande: vivían más que la mayoría.
El suyo era un rostro fuerte, a pesar del largo tiempo postrado. Pelo dorado, mandíbula firme, nariz prominente. Tan distinto en sus rasgos del pueblo de Shai.
—Conozco tu alma —dijo ella en voz baja—. La conozco mejor de lo que tú la conociste nunca.
Aún no habían dado la alarma. Shai continuaba esperando a que ocurriera de un momento a otro, pero se arrodilló junto a la cama de todas formas.
—Ojalá pudiera conocerte. No a tu alma, sino a ti. He leído sobre ti y he visto en tu corazón. He reconstruido tu alma lo mejor que he podido. Pero no es lo mismo. No es conocer a alguien, ¿verdad? Simplemente es conocer cosas de alguien.
¿Eso que oía ahí fuera, desde una zona lejana del palacio, era un grito?
—No pido mucho de ti —siguió diciendo con el mismo tono de voz—. Solo que vivas. Solo que seas. He hecho lo que he podido. Ojalá sea suficiente.
Inspiró profundamente, abrió la caja y sacó su Marca de Esencia. La entintó, subió al emperador la manga de la camisa y descubrió su antebrazo.
Shai vaciló, pero terminó presionando el sello, que golpeó la carne y permaneció detenido un instante, como hacían siempre los sellos. La piel y el músculo no cedieron hasta un segundo más tarde, cuando el sello se hundió apenas unos milímetros.
Hizo girar el sello, asegurándolo, y lo retiró. La brillante marca roja resplandeció levemente.
Ashravan parpadeó.
Shai se levantó y retrocedió un paso mientras él se sentaba y miraba alrededor. Ella contó en silencio.
—Mis aposentos —dijo Ashravan—. ¿Qué ha sucedido? Hubo un ataque. Estaba… estaba herido. Oh, madre de las luces. Kurshina. Está muerta.
Su rostro se convirtió en una máscara de pena, pero se recuperó un segundo después. Era el emperador. Podía tener temperamento, pero mientras no estuviera furioso, se le daba bien disimular sus sentimientos. Se volvió hacia Shai, y sus ojos vivos, ojos que veían, se centraron en ella.
—¿Quién eres tú?
La pregunta la removió por dentro, a pesar de esperarla.
—Soy una especie de cirujana —explicó Shai—. Resultasteis malherido. Te he curado. Sin embargo, el remedio que he utilizado se considera despreciable en algunos sitios de vuestra cultura.
—Eres una reselladora —dijo él—. Una… ¿una Falsificadora?
—En cierto modo —respondió Shai. Él lo creería porque ese era su deseo—. Es un tipo difícil de resellado. Tendrán que sellarte cada día, y debes conservar contigo en todo momento esa placa de metal, la que tiene forma de disco que está en esa caja. Sin eso, morirás, Ashravan.
—Dámelo —dijo él, extendiendo la mano para que le entregara el sello.
Ella vaciló. No estaba segura de por qué.
—Dámelo —repitió él, esta vez con más énfasis.
—No cuentes a nadie lo que ha sucedido aquí —le advirtió ella—. Ni a los guardias ni a los sirvientes. Solo tus árbitros saben lo que he hecho.
Los gritos en el exterior sonaron más fuertes. Ashravan se volvió hacia el sonido.
—Si nadie debe saberlo —dijo—, entonces debes marcharte. Deja este lugar y no regreses. —Miró el sello—. Probablemente debería hacerte ejecutar por conocer mi secreto.
Ese era el egoísmo que había aprendido durante sus años en el palacio. Sí, ella lo había interpretado bien.
—Pero no lo harás —le dijo.
—No lo haré.
Y allí estaba la compasión, profundamente enterrada.
—Vete antes de que cambie de opinión —ordenó él.
Shai dio un paso hacia la puerta y comprobó su reloj de bolsillo: bastante más de un minuto. El sello había prendido, al menos a corto plazo. Se volvió para mirarlo.
—¿A qué estás esperando? —la apremió él.
—Solo quería dar un último vistazo —respondió Shai.
El emperador frunció el ceño.
Los gritos cada vez eran más intensos.
—Vete —dijo él—. Por favor.
Parecía saber a qué se debía aquel griterío, o al menos podía deducirlo.
—Hazlo mejor esta vez —dijo Shai—. Por favor.
Y dicho eso, huyó.
Shai había sentido la tentación, durante un tiempo, de escribir en él un deseo por protegerla. Pero el emperador no habría tenido buenos motivos para ello, al menos a sus ojos, y podría haber socavado la Falsificación entera. Aparte de eso, no creía que él pudiera salvarla. Hasta que su período de luto terminara, no podría salir de sus aposentos ni hablar con nadie que no fueran sus árbitros. Durante ese tiempo, ellos gobernarían el imperio.
A efectos prácticos, lo gobernaban ya, de todas formas. No, una rápida revisión del alma de Ashravan para que la protegiera no habría servido de nada. Cuando ya estaba a punto de salir por la última puerta, Shai recogió el falso orinal. Lo alzó y luego atravesó las puertas. Ahogó un grito al oír los lejanos gritos.
—¿Todo esto es por mí? —exclamó—. ¡Noches! ¡Ha sido sin querer! ¡Ya sé que no debería haberlo visto! ¡Sé que está recluido, pero me he equivocado de puerta!
Los guardias se la quedaron mirando y uno de ellos se relajó.
—No es por ti. Vuelve a tu dormitorio y quédate allí.
Shai inclinó la cabeza y se marchó rápidamente. La mayoría de los guardias no la conocían, y por eso…
Sintió un repentino dolor en el costado. Jadeó. Era un dolor como el que sentía cada mañana, cuando el sellador de sangre marcaba la puerta.
Muy asustada, Shai se palpó el costado. ¡El corte de su blusa, donde Zu la había alcanzado con su espada, había atravesado la camisa oscura que llevaba debajo! Cuando retiró los dedos, observó en ellos un par de gotas de sangre. Solo un corte superficial, nada peligroso. Con tanta agitación, ni siquiera se había dado cuenta.
Pero la punta de la espada de Zu estaba manchada con su sangre. Sangre fresca. El sellador de sangre la había encontrado y había dado inicio a la cacería. El dolor significaba que la estaba localizando, que estaba sintonizando sus mascotas con ella.
Shai arrojó a un lado el orinal y echó a correr.
Esconderse ya no era una opción. No llamar la atención carecía de sentido. Si los esqueletos del sellador de sangre daban con ella, moriría. Así de fácil. Tenía que encontrar un caballo pronto, y luego dar esquinazo a los esqueletos durante veinticuatro horas, hasta que su sangre se volviera rancia.
Corrió por los pasillos. Algunos criados la señalaron con el dedo, otros gritaron. Casi derribó a un embajador del sur vestido con la armadura roja de los sacerdotes.
Shai maldijo, esquivando al hombre. Las salidas del palacio estarían cerradas ya. Lo sabía. Había estudiado los protocolos de seguridad. Salir sería casi imposible.
«Ten siempre un plan de reserva», decía el tío Won.
Ella lo tenía siempre.
Se detuvo en el pasillo y decidió, como tendría que haber hecho antes, que correr hacia las salidas sería inútil. Se encontraba al borde del pánico, con el sellador de sangre siguiéndole la pista, pero tenía que pensar con claridad.
El plan de reserva. Era desesperado, pero no tenía nada más. Echó a correr de nuevo, giró en un recodo y volvió por donde acababa de venir.
«Noches, ojalá no haya errado al interpretarle —pensó—. Si en secreto resulta ser un maestro embaucador más hábil que yo, estoy perdida. Oh, Dios Desconocido, por favor. Esta vez, permite que no esté equivocada».
Con el corazón desbocado, olvidada la fatiga al instante, se detuvo en el pasillo que conducía a los aposentos del emperador.
Allí esperó. Los guardias no la perdieron de vista, con el ceño fruncido, pero mantuvieron sus posiciones al fondo del pasillo, tal como habían sido instruidos. La llamaron. Era difícil no moverse. Aquel sellador de sangre se acercaba cada vez más con sus horribles mascotas…
—¿Qué haces aquí? —dijo una voz.
Shai dio media vuelta y vio a Gaotona aparecer por el pasillo. Había sido el primero en acudir junto al emperador. Los demás buscarían a Shai, pero Gaotona quería asegurarse de que Ashravan estaba a salvo.
Shai se dirigió a él, ansiosa. «Probablemente esta es la peor idea que he tenido jamás para un plan de reserva», pensó.
—Ha funcionado —dijo en un susurro.
—¿Has probado el sello? —preguntó Gaotona, cogiéndola del brazo y mirando a los guardias. La apartó para que no pudieran oírlos—. De todas las cosas alocadas, dementes y estúpidas…
—Ha funcionado, Gaotona —insistió Shai.
—¿Por qué has ido a verlo? ¿Por qué no has huido mientras tenías la posibilidad?
—Tenía que saberlo. Era preciso.
Él la miró a los ojos. Veía a través de ellos, hasta el fondo de su alma, como hacía siempre. Noches, sí que habría sido un Falsificador magnífico.
—El sellador de sangre tiene tu rastro —la advirtió Gaotona—. Ha invocado a esas cosas para que te capturen.
—Lo sé.
Gaotona vaciló solo durante un instante y luego sacó una caja de madera de sus voluminosos bolsillos. El corazón de Shai dio un vuelco.
Se la ofreció, y ella la cogió con una mano, pero él no la soltó.
—Sabías que vendría aquí —dijo Gaotona—. Sabías que las tendría y que te las daría. Has jugado conmigo.
Shai guardó silencio.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó el anciano—. Pensaba que te estaba vigilando con atención. Estaba seguro de que no me habías manipulado. Y sin embargo, he venido corriendo hasta aquí, casi seguro de que te encontraría.
Sabiendo que necesitarías esto. Seguía sin darme cuenta, hasta este mismo momento, de que probablemente lo tenías todo planeado.
—Te manipulé, Gaotona —reconoció ella—. Pero tuve que hacerlo de la manera más difícil posible.
—¿Cómo?
—Siendo auténtica —respondió ella.
—No se puede manipular a la gente siendo auténtico.
—¿No? —preguntó Shai—. ¿No es así como has forjado toda tu carrera? ¿Hablando con sinceridad, enseñando a la gente lo que debe esperar de ti y luego esperando que a cambio sean sinceros contigo?
—No es lo mismo.
—No. No lo es. Pero es lo mejor que pude conseguir. Todo lo que te he dicho es verdad, Gaotona. El lienzo destruido, los secretos sobre mi vida y mis deseos. He sido sincera. Era la única forma de ponerte de mi lado.
—No estoy de tu lado. —Gaotona hizo una pausa—. Pero tampoco quiero que te maten, muchacha. Y mucho menos que lo hagan esas cosas. Cógelas. ¡Días! Llévatelas y vete, antes de que cambie de opinión.
—Gracias —susurró ella, acercándose la caja al pecho. Buscó en el bolsillo de su falda y sacó un cuaderno grueso y pequeño—. Mantenlo a salvo. No se lo enseñes a nadie.
Él lo aceptó, vacilante.
—¿Qué es?
—La verdad —respondió ella. Se inclinó y lo besó en la mejilla—. Si escapo, cambiaré mi Marca de Esencia final. La que nunca pretendía utilizar… Añadiré a ella, y a mis recuerdos, un amable abuelo que me salvó la vida. Un hombre sabio y compasivo a quien respetaba mucho.
—Vete, niña idiota —dijo él. Tenía lágrimas en los ojos.
Si no hubiera estado al borde del pánico, se habría sentido orgullosa de su reacción. Y avergonzada de su propio orgullo. Así era Shai.
—Ashravan vive —dijo—. Cuando pienses en mí, recuerda eso. Ha funcionado. ¡Noches, ha funcionado!
Lo dejó y echó a correr por el pasillo.
Gaotona oyó marcharse a la muchacha, pero no se volvió para verla huir. Contemplaba la puerta de los aposentos del emperador. Dos guardias confusos y el paso a… ¿qué?
Al futuro del Imperio Rosa.
«Nos gobernará alguien que no está vivo de verdad —pensó Gaotona—. El fruto de nuestros hediondos esfuerzos».
Inspiró profundamente, pasó ante los guardias y abrió las puertas para entrar a contemplar la criatura que había traído al mundo.
«Solo… por favor, que no sea un monstruo».
Shai caminaba a grandes zancadas por los pasillos de palacio, sujetando la caja de sellos. Se arrancó la blusa de botones, revelando una ajustada camisa de algodón negro, y se guardó la caja en el bolsillo. Se dejó puesta la falda y las calzas debajo. No era tan diferente de las ropas con las que había sido entrenada.
Los criados corrían a su alrededor. Sabían, solo por su actitud, que tenían que quitarse de en medio. De repente, Shai se sintió más segura de lo que se había sentido en años.
Había recuperado su alma. Toda.
Sacó una de sus Marcas de Esencia mientras caminaba. La entintó con rápidas pinceladas y volvió a guardarse la caja en el bolsillo de la camisa. Se selló el bíceps derecho y lo aseguró, reescribiendo su historia, sus recuerdos, su experiencia vital.
Durante una fracción de un instante, recordó ambas historias. Recordó los dos años que había pasado encerrada, planeando, creando la Marca de Esencia. Recordó toda una vida como Falsificadora.
Y al mismo tiempo, recordó haber pasado los últimos quince años entre la tribu de los teullu. La habían adoptado y entrenado en las artes marciales.
Dos lugares a la vez, dos vidas al mismo tiempo.
Entonces la primera se desvaneció y Shai se convirtió en Shaizan, el nombre que le habían puesto los teullu. Su cuerpo se hizo más delgado, más duro. El cuerpo de una guerrera. Se quitó las gafas. Sus ojos se habían curado hacía mucho tiempo y ya no las necesitaba.
Acceder al entrenamiento de los teullu había sido difícil, porque a la tribu no le gustaban los forasteros. Casi habían acabado con ella en una docena de ocasiones distintas durante su año de formación. Pero había tenido éxito.
Perdió todo conocimiento de cómo crear sellos, todo sentido de inclinación hacia lo erudito. Seguía siendo ella misma y recordaba su pasado inmediato: su captura, su reclusión forzada en aquella celda. Era consciente, en términos lógicos, de lo que acababa de hacer con el sello en su brazo, y sabía que la vida que estaba recordando era falsa.
Pero no la sentía así. Mientras aquel sello le quemaba el brazo, se convirtió en la versión de sí misma que habría existido de haber sido adoptada por una severa cultura de guerreros y de haber vivido entre ellos durante más de una década.
Se quitó los zapatos. Su pelo se acortó; una cicatriz cruzaba su rostro desde la nariz hasta la mejilla derecha. Caminaba como una guerrera, vigilando todo a su paso.