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El Sistema de Sel » El alma del emperador
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Llegó a la zona de los criados de palacio justo ante los establos, dejando la Galería Imperial a la izquierda.
Una puerta se abrió delante de ella. Zu, alto y de labios gruesos, se abrió paso. Tenía un tajo en la frente —la sangre manaba a través de la venda que llevaba puesta— y tenía la ropa desgarrada por la caída.
Sus ojos destellaban ira. Hizo una mueca al verla.
—Estás perdida. El sellador de sangre nos ha traído directos hasta ti. Voy a disfrutar…
Se interrumpió cuando Shaizan, apenas un borrón, avanzó hacia él y golpeó su muñeca con el canto de la mano, fracturándosela y dejándolo sin fuerzas para sostener la espada entre los dedos. Después alzó la mano y la descargó en su garganta con un golpe seco. Entonces cerró el puño y lo estrelló directo contra su pecho. Seis costillas se rompieron.
Zu retrocedió tambaleándose, jadeando, con los ojos muy abiertos por la descomunal sorpresa. Su espada resonó al chocar contra el suelo. Shaizan pasó por encima de él, le arrebató el cuchillo del cinturón y lo alzó para cortar el cordón de su capa.
Zu se desplomó en el suelo, dejando la capa en los dedos de ella.
Shai podría haberle dicho algo. Shaizan no tenía paciencia para hacer comentarios sarcásticos ni burlas. Un guerrero seguía moviéndose, como un río. No interrumpió el paso mientras se envolvía en la capa y accedía al pasillo que estaba detrás de Zu.
El capitán boqueaba en busca de aire. Viviría, pero no volvería a empuñar una espada en muchos meses.
Movimiento al fondo del pasillo: criaturas de extremidades blancas, demasiado delgadas para estar vivas. Shaizan se preparó adoptando una postura amplia, el cuerpo vuelto hacia un lado, de cara al pasillo, las rodillas algo flexionadas. No importaba de cuántas monstruosidades dispusiera el sellador de sangre. No importaba si ella perdía o ganaba.
Importaba el desafío. Eso era todo.
Eran cinco, con apariencia de hombres armados con espadas. Recorrieron el pasillo, los huesos resonando, los cráneos sin ojos mirándola inexpresivos salvo por aquellos dientes afilados, siempre sonrientes. Algunas partes de los esqueletos estaban sustituidas por tallas de madera que soldaban huesos rotos en la batalla. Cada criatura llevaba un brillante sello rojo en la frente: era necesaria la sangre para darles vida.
Ni siquiera Shaizan había combatido nunca antes con monstruos como aquellos. Apuñalarlos sería inútil. Pero esos trozos que habían sido sustituidos, algunos, eran piezas de costillas o de otros huesos que los esqueletos no deberían necesitar para luchar. Por tanto, si los huesos se rompían o se salían del sitio, ¿dejaría de funcionar la criatura?
Parecía su mejor opción. No se lo pensó más. Shaizan era puro instinto. Mientras los seres se aproximaban, hizo girar la capa de Zu y la arrojó por encima de la cabeza del primer esqueleto. El ser manoteó y golpeó la capa mientras ella se enfrentaba a la segunda criatura.
Shaizan repelió su ataque con la hoja de la daga de Zu, para luego acercarse tanto que pudo oler sus huesos y extender la mano justo por debajo de la caja torácica de aquella cosa. Agarró la espina dorsal y tiró, soltando un puñado de vértebras. La punta del esternón cortó el antebrazo de Shaizan. Al parecer, todos los huesos de los esqueletos estaban afilados.
La criatura se desplomó y los huesos retumbaron en el suelo con estrépito. Shaizan había estado en lo cierto. Si descoyuntaba los huesos troncales, la cosa ya no podía moverse. Shaizan arrojó el puñado de vértebras a un lado.
Quedaban cuatro. Por lo poco que sabía, los esqueletos no se cansaban y eran implacables. Tenía que ser rápida o la arrinconarían.
Las tres criaturas a su espalda la atacaron. Shaizan las esquivó, rodeando a la primera mientras esta tiraba de la capa. Agarró el cráneo por las cuencas de los ojos, pero al hacerlo sufrió un corte profundo en el brazo por la espada enemiga. Su sangre roció la pared mientras arrancaba el cráneo, y el resto del cuerpo de la criatura se derrumbó en el suelo formando un montón de huesos.
«Sigue moviéndote. No te detengas».
Si lo hacía, moriría.
Se volvió y encaró a los otros tres esqueletos, usando el cráneo para bloquear un mandoble de espada y la daga para detener otro. Intentó esquivar el tercero, pero le rozó el costado.
No podía sentir dolor. Se había entrenado a sí misma para ignorarlo en la batalla. Y menos mal, porque ese último golpe habría dolido.
Aplastó el cráneo contra la cabeza de otro esqueleto, rompiéndolos ambos. La criatura cayó, y Shaizan giró entre las dos restantes. Los reveses que intentaron asestarle golpearon uno contra el otro. Una patada de Shaizan envió a uno de ellos dando tumbos hacia atrás y lanzó su cuerpo contra el otro, aplastándolo contra la pared. Los huesos se apretujaron, y ella agarró la espina dorsal y soltó algunas vértebras.
Los huesos de la criatura cayeron con estrépito. Shaizan se tambaleó al erguirse. Había perdido demasiada sangre. Estaba bajando el ritmo. ¿En qué momento había dejado caer la daga? Debía de habérsele resbalado de entre los dedos mientras empujaba a la criatura contra la pared.
Concentración. Solo quedaba uno.
El esqueleto cargó con una espada en cada mano. Shaizan se lanzó contra él, logró introducirse en su alcance antes de que pudiera descargar un tajo y le asió los huesos de los antebrazos. No podía arrancárselos, no desde ese ángulo. Gruñó, manteniendo las espadas a raya. Pero a duras penas, porque cada vez estaba más débil.
La criatura redobló su ataque. Shaizan gruñó mientras la sangre corría libremente por su brazo y también por su costado.
Propinó un cabezazo a la criatura.
Era un recurso que funcionaba peor en la vida real que en las historias. La visión de Shaizan se emborronó y, jadeando, cayó de rodillas. El esqueleto sucumbió ante ella, con el cráneo roto rodando suelto por la fuerza del impacto. La sangre manaba por el rostro de Shaizan. Tenía un corte en la frente y quizá se hubiera fracturado su propio cráneo.
Cayó de costado y luchó por no perder el conocimiento.
Poco a poco, la oscuridad se retiró.
Shaizan se encontró tendida entre huesos esparcidos en un pasillo de piedra vacío. El único color era el de su sangre.
Había vencido. Otro desafío superado. Aulló un cántico de su familia adoptiva y recuperó la daga y su blusa hecha tiras para vendar sus heridas. Había perdido mucha sangre. Ni siquiera una mujer con su entrenamiento debería enfrentarse a más desafíos aquel día. No si requerían fuerza.
Consiguió ponerse en pie y recuperar la capa de Zu, quien, inmovilizado todavía por el dolor, la miraba con ojos sorprendidos. Shaizan reunió los cinco cráneos de las mascotas del sellador de sangre e hizo un hatillo con la capa.
Después continuó avanzando por el pasillo, tratando de proyectar fuerza, no la fatiga, el mareo y el dolor que realmente sentía.
«Él estará por alguna parte».
Abrió la puerta de un trastero al fondo del pasillo y encontró al sellador de sangre dentro, con los ojos vidriosos por la sorpresa de ver destruidas a sus mascotas en rápida sucesión.
Shaizan lo agarró por la camisa y lo puso en pie de un tirón. El movimiento casi la hizo desmayarse de nuevo. «Cuidado».
El sellador de sangre gimió.
—Vuelve a tu ciénaga —gruñó Shaizan en voz baja—. A quien te espera no le importa que estés en la capital, que estés ganando tanto dinero, que lo estés haciendo todo por ella. Quiere que regreses a casa. Por eso sus cartas están redactadas de esa manera.
Shaizan dijo esas palabras por Shai, que se sentiría culpable si no lo hacía.
El hombre la miró, confundido.
—¿Cómo sabes? ¡Argh!
Sus palabras se transformaron en un grito cuando Shaizan le clavó la daga en la pierna. El sellador de sangre cayó al suelo cuando ella le soltó la camisa.
—Esto lo he hecho para tener un poco de tu sangre —le dijo Shaizan casi en un murmullo, agachándose—. No trates de darme caza. Ya has visto lo que he hecho con tus mascotas. Contigo será peor. Me llevo los cráneos, para que no los puedas enviar contra mí de nuevo. Regresa a tu hogar.
Él asintió con debilidad. Shaizan lo dejó en el suelo, encogido, asustado, sujetándose la pierna ensangrentada. La aparición de los esqueletos había hecho huir a todo el mundo, incluidos los guardias. Shaizan retomó su camino hacia los establos pero al poco se detuvo, pensativa. No estaba demasiado lejos…
«Casi mueres por todas estas heridas —se dijo—. No seas idiota».
Decidió ser idiota de todas formas.
Poco después, Shaizan entró en los establos y allí solo encontró a un par de asustados mozos de cuadra. Escogió la mejor montura. Y así, vestida con la capa de Zu y montada en su caballo, Shaizan pudo salir al galope por las puertas de palacio, y ningún hombre ni ninguna mujer trataron de detenerla.
—¿Decía la verdad, Gaotona? —preguntó Ashravan, contemplándose en el espejo.
Gaotona alzó la cabeza desde donde estaba sentado. «¿La decía?», pensó. Con Shai nunca lo había sabido a ciencia cierta.
Ashravan había insistido en vestirse solo, aunque era evidente que se encontraba débil por su larga estancia en cama. Gaotona, sentado en un taburete cercano, trataba de ordenar un aluvión de emociones.
—¿Gaotona? —insistió Ashravan, volviéndose hacia él—. ¿Me hirieron, como ha dicho esa mujer? ¿Recurristeis a una Falsificadora, y no a nuestros reselladores, para que me curase?
—Sí, majestad.
«Las expresiones —pensó Gaotona—. ¿Cómo las ha hecho tan bien? El modo en que frunce el ceño antes de hacer una pregunta… Cómo ladea la cabeza cuando no se le responde al instante. La forma en que permanece en pie, en que agita los dedos cuando está diciendo algo que considera de particular importancia».
—Una Falsificadora de MaiPon —dijo el emperador mientras se ponía su casaca dorada—. Difícilmente lo consideraría necesario.
—Tus heridas superaban con mucho las habilidades de nuestros reselladores.
—Yo creía que no había nada que no estuviera a su alcance.
—Nosotros también.
El emperador observó el sello rojo de su brazo. Su expresión se endureció.
—Esto será un grillete, Gaotona. Un peso.
—Lo soportarás.
Ashravan se volvió hacia él.
—Veo que el hecho de que tu señor haya estado al borde de la muerte no te ha vuelto más respetuoso, anciano.
—Me siento cansado últimamente, majestad.
—Me estás juzgando —dijo Ashravan, mirándose de nuevo en el espejo—. Siempre lo haces. ¡Días encendidos! Un día me libraré de ti. Lo sabes, ¿no? Solo permito que estés a mi lado por tus servicios pasados.
Era sorprendente. Aquel era Ashravan: una Falsificación tan completa, tan perfecta, que Gaotona nunca habría sospechado la verdad si no lo hubiera sabido. Quería creer que el alma del emperador todavía estaba allí, en su cuerpo, y que el sello simplemente la había destapado.
Sería una mentira conveniente que contarse a sí mismo. Tal vez Gaotona empezaría a creerla tarde o temprano. Por desgracia, él había visto los ojos del emperador antes, y sabía… sabía lo que había hecho Shai.
—Avisaré a los otros árbitros, majestad —dijo Gaotona, poniéndose en pie—. Desearán verte.
—Muy bien. Puedes retirarte.
El anciano se encaminó hacia la puerta.
—Gaotona.
Se volvió.
—Tres meses en cama —dijo el emperador, mirándose en el espejo—, sin permitir que nadie me viera. Los reselladores no pudieron hacer nada. Pueden curar cualquier herida normal. Tuvo algo que ver con mi mente, ¿verdad?
«Se supone que no podría deducirlo —pensó Gaotona—. Ella dijo que no iba a escribirlo en él».
Pero Ashravan había sido un hombre inteligente. A pesar de todo, siempre había sido inteligente. Shai lo había restaurado, y no podía impedir que pensara.
—Sí, majestad —respondió Gaotona.
Ashravan soltó un gruñido.
—Tienes suerte de que vuestra táctica funcionara. Podríais haber arruinado mi capacidad para pensar… podríais haber vendido mi misma alma. No estoy seguro de si debería castigarte o recompensarte por correr ese riesgo.
—Te aseguro, majestad —dijo Gaotona—, que yo mismo me he dado grandes recompensas y grandes castigos durante estos últimos meses.
Se marchó entonces, dejando que el emperador se mirara al espejo y considerara las implicaciones de lo que se había hecho.
Para bien o para mal, habían recuperado a su emperador.
O, al menos, una copia suya.
Epílogo: día ciento uno

Y con esto espero haber puesto fin a ciertos rumores perniciosos —dijo Ashravan a los árbitros reunidos de las ochenta facciones—. Las exageraciones sobre mi enfermedad eran, obviamente, maledicentes. Todavía tenemos que descubrir quién envió a los asesinos, pero la muerte de la emperatriz no va a quedar impune, creedme. —Miró a los árbitros—. Ni sin respuesta.
Frava cruzó los brazos, contemplando la copia con satisfacción pero también con incomodidad. «¿Qué puertas traseras pusiste en su mente, pequeña ladrona? —se preguntó—. Las encontraremos».
Nyen estaba ya inspeccionando copias de los sellos. El Falsificador afirmaba que podía descifrarlos retroactivamente, aunque requeriría tiempo. Quizá años. Con todo, Frava acabaría por saber cómo controlar al emperador.
Destruir las notas había sido astuto por parte de la muchacha. ¿Había adivinado que Frava no estaba en realidad haciendo copias? Frava negó con la cabeza y se acercó a Gaotona, que ocupaba su asiento en el palco del Teatro de Autoridades. Se sentó a su lado y le habló en voz baja:
—Lo están aceptando.
Gaotona asintió, con la mirada puesta en el falso emperador.
—No hay ni el más mínimo atisbo de sospecha. Lo que hicimos no fue solo audaz, más bien se presumía imposible.
—Esa muchacha podría ponernos un cuchillo en la garganta —advirtió Frava—. La prueba de lo que hicimos está grabada en el mismo cuerpo del emperador. Tendremos que andar con mucho cuidado en los años venideros.
Gaotona asintió, distraído. ¡Días encendidos, cómo deseaba Frava poder apartarlo de su puesto! Él era el único de entre los árbitros que le oponía resistencia. Justo antes de su asesinato, Ashravan había estado a punto de hacerlo, instigado por ella.
Esas reuniones habían sido privadas. Shai no podía conocerlas, así que la Falsificación tampoco. Frava tendría que empezar de nuevo el proceso, a menos que encontrara un modo de controlar a ese Ashravan duplicado. Ambas perspectivas la frustraban.
—Una parte de mí no puede creer que lo lográramos —dijo Gaotona en voz baja mientras el falso emperador pasaba a la siguiente parte de su discurso, una llamada a la unidad.
Frava hizo una mueca.
—El plan era bueno.
—Shai escapó.
—La encontraremos.
—Lo dudo —repuso él—. Tuvimos suerte de atraparla una vez. Por fortuna, no creo que tengamos que preocuparnos mucho de ella.
—Intentará chantajearnos —adujo Frava. «O tratará de encontrar un modo de controlar el trono».
—No —respondió Gaotona—. No, está satisfecha.
—¿Satisfecha por haber escapado con vida?
—Satisfecha por haber sentado en el trono a una creación suya. Una vez, se atrevió a intentar engañar a miles, pero ahora tiene la oportunidad de engañar a millones. A un imperio entero. A sus ojos, revelar lo que ha hecho acabaría con la majestuosidad.
¿Lo creía de verdad el viejo necio? Su ingenuidad a menudo ofrecía oportunidades a Frava: había pensado permitirle conservar su puesto simplemente por ese motivo.
El falso emperador continuó su discurso. A Ashravan le gustaba oírse hablar. La Falsificadora lo había hecho bien.
—Está usando el asesinato como medio para fortalecer nuestra facción —comentó Gaotona—. ¿Lo oyes? Las implicaciones de que tenemos que unirnos, remar juntos en la misma dirección, recordar la fuerza de nuestra herencia… Y los rumores, los que la Facción Gloria difundió diciendo que había muerto al mencionarlos, debilitan a esa facción. Apostaron a que no regresaría, y ahora que lo ha hecho, quedan como unos idiotas.
—Cierto —dijo Frava—. ¿Le aconsejaste tú eso?
—No —respondió Gaotona—. Se negó a permitir que lo aconsejara en su discurso. Sin embargo, esta jugada parece propia del antiguo Ashravan, el Ashravan de hace una década.
—Entonces, la copia no es perfecta. Será preciso que lo recordemos.
—Sí —dijo Gaotona mientras sujetaba algo en la mano, un cuaderno pequeño y grueso que Frava no reconoció.
Hubo un rumor en la parte trasera del palco, y una criada con el símbolo de Frava entró y pasó ante los árbitros Stivient y Ushnaka. La joven mensajera se acercó a Frava y se inclinó. Frava dirigió a la muchacha una mirada de fastidio.
—¿Qué puede ser tan importante para interrumpirme?
—Lo siento, excelencia —susurró la mujer—. Pero me pediste que ordenara tus oficinas en palacio para las reuniones de la tarde.
—¿Y bien? —preguntó Frava.
—¿Entraste en las habitaciones ayer, mi señora?
—No. Con todo ese asunto del sellador de sangre desaparecido, y las exigencias del emperador, y… —Frava frunció el ceño aún más—. ¿Qué ocurre?
Shai se volvió para mirar la Sede Imperial. La ciudad se extendía sobre siete grandes colinas, con la mansión de una facción principal coronando cada una de las seis exteriores y el palacio dominando la colina central.
El caballo que esperaba a su lado se parecía poco al que había robado del palacio. Le faltaban dientes y caminaba con la cabeza gacha y el lomo doblado. Parecía que no lo habían cepillado desde hacía años, y la criatura estaba tan desnutrida que las costillas se le marcaban como si fueran las tablillas del respaldo de una silla.
Shai había pasado los días anteriores esforzándose en no llamar la atención, usando su Marca de Esencia de mendiga para ocultarse en los bajos fondos de la Sede Imperial. Con ese disfraz, y con otro para el caballo, había escapado de la ciudad sin pasar apuros. Pero una vez se alejó lo suficiente, se quitó la marca: pensar como la mendiga era incómodo.
Shai aflojó la silla de montar, palpó debajo y rozó con la uña el brillante sello situado allí. Rascó el borde del sello con un poco de esfuerzo, rompiendo la Falsificación. El caballo se transformó al instante: el lomo se le enderezó, alzó la cabeza, los costados se hincharon. Cabrioló nervioso, agitando la cabeza de un lado a otro, tirando de las riendas. El caballo de batalla de Zu era un animal bello, más valioso que una casita en algunas partes del imperio.
Oculto entre las provisiones que llevaba a la espalda estaba el lienzo que Shai había robado, una vez más, de la oficina de Frava, la decana de los árbitros. Una falsificación. Shai nunca había tenido motivos para robar una de sus propias obras antes. Resultaba divertido. Había dejado el gran marco vacío y detrás, en medio de la pared, había tallado una runa reo. No tenía un significado muy agradable.
Acarició al caballo en el cuello. Teniéndolo todo en cuenta, no era mal botín. Un bonito caballo y un lienzo que, aunque falso, era tan realista que incluso su propietaria había creído que se trataba del original.
«Él está pronunciando su discurso ahora mismo —pensó Shai—. Me gustaría escucharlo».
Su joya, su obra magna, llevaba el manto del poder imperial. Saberlo la emocionaba, pero precisamente había sido la emoción lo que la había impulsado a continuar. Ni siquiera devolverlo a la vida había sido la causa de su frenético trabajo. No. En el fondo, se había esforzado tanto porque había querido dejar unos cuantos cambios específicos imbuidos dentro del alma. Tal vez esos meses de sinceridad con Gaotona la habían cambiado.
«Copia la misma imagen una y otra vez en una pila de papeles —pensó Shai—, y al final las hojas de abajo tendrán la misma imagen, calcada. Grabada a fondo».
Dio media vuelta y sacó la Marca de Esencia que la transformaría en experta en supervivencia y cazadora. Frava esperaría que utilizara los caminos, de modo que planeaba dirigir sus pasos hacia el profundo corazón del cercano bosque de Sogdian. Sería un buen lugar para ocultarse. Transcurridos unos meses, saldría con discreción de la provincia y continuaría con su siguiente tarea: localizar al bufón imperial que la había traicionado.
Pero por el momento, quería alejarse de murallas, palacios y mentiras cortesanas. Shai montó a caballo y se despidió de la Sede Imperial y del hombre que ahora la gobernaba.
«Vive bien, Ashravan —pensó—. Y haz que me sienta orgullosa».
Esa noche, después del discurso del emperador, Gaotona estaba sentado junto a la familiar chimenea de su estudio personal, contemplando el cuaderno que Shai le había dado.
Y maravillándose.
El cuaderno reproducía el sello de alma del emperador, al detalle, con notas. Todo lo que Shai había hecho quedaba revelado ahí.
Frava no encontraría una argucia para controlar a Ashravan, porque no había ninguna. El alma del emperador estaba completa, asegurada, y era la suya propia. Eso no quería decir que fuera exactamente el mismo que antes.
«Me tomé algunas libertades, como puedes ver —explicaban las notas de Shai—. Quería duplicar su alma con la mayor exactitud posible. Esa era la tarea y el desafío. Así lo hice.
»Luego llevé el alma unos cuantos pasos más adelante, reforzando algunos recuerdos, debilitando otros. Los imbuí dentro de resortes de Ashravan que le harán reaccionar de una manera concreta al asesinato y su recuperación.
»Eso no es cambiar su alma. No es convertirlo en una persona distinta. Es solo empujarlo hacia cierto camino, igual que un timador callejero anima con fuerza a su objetivo para que escoja una carta concreta. Es él. Es quien habría podido ser.
»¿Quién sabe? Tal vez es quien habría sido».
Gaotona nunca lo habría deducido por sí mismo, por supuesto. Su destreza en ese campo era escasa. Aunque hubiera sido un maestro, sospechaba que en ese caso particular no habría detectado el trabajo de Shai. Ella explicaba en el cuaderno que su intención había sido ser tan sutil, tan cuidadosa, que nadie pudiera descifrar sus cambios. Sería necesario conocer al emperador muy íntimamente para sospechar siquiera lo que había sucedido.
Con las notas, Gaotona podía verlo. Haber estado tan cerca de la muerte provocaría en Ashravan una fase de profunda introspección. Buscaría su diario y leería una y otra vez las crónicas de su yo juvenil. Vería lo que había sido, y por último intentaría recuperarlo de todo corazón.
Shai indicaba que la transformación sería lenta. Un período de años en los que Ashravan se iría convirtiendo en el hombre que una vez pareció destinado a ser. Había unas diminutas inclinaciones enterradas a gran profundidad en las interacciones de sus sellos que lo impulsarían hacia la excelencia en vez de hacia la indulgencia. Empezaría a pensar en su legado y no en el próximo festín. Recordaría a su pueblo, no a sus citas para cenar. Por fin impulsaría a las facciones para que llevaran a cabo los cambios que él, y muchos antes que él, habían advertido que eran necesarios.
En resumen, se convertiría en un luchador. Daría ese único paso, tan difícil, para cruzar la frontera entre el soñador y el hacedor. Gaotona podía verlo en esas páginas.
Descubrió que estaba llorando.
No por el futuro ni por el emperador. Eran las lágrimas de un hombre que se veía ante una obra maestra. El arte verdadero era más que belleza, era más que técnica. No se trataba solo de imitación.
Era arrojo, era contraste, era sutileza. En ese cuaderno, Gaotona encontró una rara obra que rivalizaba con la de los más grandes pintores, escultores y poetas de cualquier época.
Era la mayor obra de arte que jamás había visto.
Gaotona sostuvo el cuaderno con reverencia durante la mayor parte de la noche. Era la creación de meses de febril, intensa trascendencia artística. Forzado por la presión externa, pero liberado como la respiración contenida al borde del colapso. Basto, y sin embargo pulido. Temerario, pero calculado.
Asombroso, pero invisible.
Y así tenía que continuar. Si alguien descubría lo que había hecho Shai, el emperador caería. De hecho, el mismo imperio podría tambalearse. Nadie podía saber que la decisión de Ashravan de convertirse por fin en un gran líder se había activado gracias a unas palabras grabadas en su alma por una blasfema.
Al filo del alba, Gaotona se levantó despacio, dolorido, de su silla junto a la chimenea. Agarró el cuaderno, aquella obra de arte sin igual, y lo alzó.
Y lo dejó caer en las llamas.
Nota final
En las clases de escritura, me decían a menudo: «Escribe sobre lo que sabes». Es una máxima que suelen escuchar los escritores, pero a mí me dejó confundido. ¿Que escriba sobre lo que sé? ¿Y cómo hago eso? Soy autor de fantasía. No puedo saber lo que es emplear la magia. Ni, ya puestos, tampoco puedo saber lo que es ser mujer, pero quiero escribir desde una diversidad de puntos de vista.
A medida que ganaba destreza, empecé a comprender el significado del consejo. Aunque en este género escribamos sobre lo fantástico, las historias funcionan mejor cuando tienen unos cimientos sólidos en nuestro mundo. La magia funciona mejor cuando se ajusta a principios científicos. La creación de mundos funciona mejor cuando bebe de fuentes del nuestro. Los personajes funcionan mejor cuando están bien enraizados en la emoción y la experiencia humana.
Ser escritor, en consecuencia, tiene tanto de observación como de imaginación.
Procuro dejar que las nuevas experiencias me inspiren. Tengo la fortuna de poder viajar con frecuencia. Cuando visito un país nuevo, intento permitir que la cultura, la gente y las experiencias del lugar terminen conformando una historia.
Una vez, cuando estuve en Taiwán, tuve la suerte de visitar el Museo del Palacio Nacional, con mi editora Sherry Wang y mi traductora Lucie Tuan ejerciendo de guías turísticas. Nadie puede empaparse de milenios de historia china en cuestión de horas, pero hicimos lo que pudimos. Por fortuna, yo ya tenía nociones básicas sobre cultura e historia asiática, porque viví dos años en Corea como misionero de los Santos de los Últimos Días y luego estudié coreano en la universidad.
Durante esa visita, empezaron a germinar en mi mente las semillas de una historia. Lo que más me llamó la atención fueron los sellos. En inglés a veces los llamamos chops, pero yo siempre he usado su nombre coreano, tojang. En mandarín se llaman yìnjiàn. Son unos sellos de piedra, de intricada talla, que se usan a modo de firma en muchas culturas asiáticas distintas.
En mi visita al museo, reparé en muchos de esos familiares sellos rojos. Algunos, por supuesto, eran los sellos de los artistas… pero había otros. Había una muestra de caligrafía cubierta con ellos. Lucie y Sherry me explicaron que cuando a los eruditos y nobles de la antigua China les gustaba una obra de arte, a veces también la marcaban con su sello. A un emperador en concreto le encantaba hacerlo: cogía hermosas esculturas o piezas de jade, con siglos de antigüedad, las sellaba y en ocasiones hacía que tallaran en ellas algunos versos de poemas propios.
¡Qué forma de pensar tan fascinante! Imagínate que eres rey, decides que te gusta mucho el David de Miguel Ángel y le tallas tu firma en el pecho. En esencia, aquello era lo mismo.
El concepto me resultó tan chocante que empecé a juguetear con una magia de sellos en mi mente. Sellos de alma, capaces de reescribir la naturaleza de la existencia de un objeto. No quería acercarme demasiado al moldeado de almas del mundo de «El Archivo de las Tormentas», de modo que me inspiré en el museo, en la historia, para diseñar una magia que permitiese reescribir el pasado de un objeto.
La historia se desarrolló a partir de ese inicio. Como la magia encajaba mucho con un sistema que estaba desarrollando para Sel, el mundo en el que transcurre Elantris, ambienté allí la historia. (Además, había basado varias culturas de ese mundo en las asiáticas de nuestro mundo, así que cuadraba de maravilla).
No siempre se puede escribir sobre lo que se sabe, o al menos exactamente sobre lo que se sabe. Sin embargo, sí se puede escribir sobre lo que se ve.