Arcanum ilimitado

Arcanum ilimitado


El Sistema de Sel » La esperanza de Elantris

Página 11 de 43

La esperanza de Elantris

Esta historia transcurre después de Elantris y revela

acontecimientos importantes de la novela.

Mi señor —dijo Ashe, mientras entraba flotando por la ventana—. Lady Sarene os ruega que la perdonéis. Llegará un poquito tarde a cenar.

—¿Un poquito? —preguntó Raoden con una sonrisa, sentado a la mesa—. La cena debería haber empezado hace una hora.

Ashe palpitó levemente.

—Lo siento, mi señor. Pero me obligó a prometerle que os daría un mensaje si protestabais. Sus palabras fueron: «Dile que estoy embarazada y es culpa suya, lo cual significa que tiene que hacer lo que yo quiera».

A Raoden se le escapó una carcajada.

Ashe palpitó de nuevo, adoptando lo que para los seones como él debía de pasar por una expresión compungida, habida cuenta de que eran simples bolas de luz.

En su palacio, dentro de Elantris, Raoden exhaló un suspiro y apoyó los brazos encima de la mesa. Las paredes que lo rodeaban relucían con una sutil claridad, sin necesidad de antorchas ni lámparas. Siempre le había extrañado la ausencia de ménsulas para la luz en Elantris. En cierta ocasión, Galladon le había explicado que había unos paneles que brillaban cuando uno los oprimía, pero ambos habían olvidado el resplandor que emanaba de las mismas piedras.

Contempló su plato vacío. «Hubo una época en la que luchábamos con uñas y dientes por un mero bocado —pensó—. Ahora, es tal la abundancia que podemos permitirnos el lujo de dejar que los alimentos se enfríen durante horas sin acordarnos de ellos».

Sí, había comida de sobra. El mismo Raoden podía transformar la basura en grano de la mejor calidad. Ninguno de los habitantes de Arelon volvería a pasar hambre. Sin embargo, cuando sus pensamientos tomaban esos derroteros, siempre se acordaba de Nueva Elantris, y de la sencilla paz que había instaurado en el seno de la ciudad.

—Ashe —dijo Raoden, al que se le acababa de ocurrir una idea—. Hace tiempo que quería preguntarte una cosa.

—Por supuesto, majestad.

—¿Dónde estuviste en las horas previas a la restauración de Elantris? Creo que no supe nada de ti en casi toda la noche. A decir verdad, la única vez que recuerdo haberte visto fue cuando viniste para avisarme de que Sarene había sido secuestrada y conducida a Teod.

—Eso es cierto, majestad —respondió el seon.

—Bueno, entonces, ¿dónde te habías metido?

—Es una historia muy larga, majestad —respondió Ashe, descendiendo hasta quedarse flotando junto a la silla de Raoden—. Comienza cuando lady Sarene me pidió que me adelantara y fuese a Nueva Elantris para informar a Galladon y Karata de que mi señora iba a enviarles un suministro de armas. Aquello fue justo antes de que los monjes lanzaran su ataque sobre Kae. Partí hacia Nueva Elantris sin imaginarme siquiera lo que estaba a punto de suceder.

Matisse cuidaba de los niños.

En Nueva Elantris, ese era su cometido. Todo el mundo debía desempeñar una función; eran las normas de Espíritu. Su trabajo no le desagradaba; antes bien, le gustaba bastante. Llevaba desempeñándolo desde antes de la llegada de Espíritu. Desde que Dashe la encontrara y se la llevase al palacio de Karata, Matisse se encargaba de cuidar de los más pequeños. Las normas de Espíritu tan solo le conferían un carácter oficial.

Sí, le gustaba su trabajo. La mayor parte del tiempo.

—¿De verdad que nos tenemos que acostar ya, Matisse? —preguntó Teor, mirándola con ojitos de cordero degollado—. ¿No podemos quedarnos levantados un poco más, solo esta vez?

Matisse se cruzó de brazos y enarcó una ceja lampiña en dirección al muchacho.

—Anoche os acostasteis a esta ahora —le recordó—. Y anteanoche. Y la noche anterior, de hecho, también. No entiendo qué te hace pensar que esta noche debería ser de otro modo.

—Aquí pasa algo —dijo Tiil, situándose junto a su amigo—. Todos los adultos están dibujando aones.

Matisse miró de reojo por la ventana. Los niños —los cincuenta o así que tenía a su cargo— vivían en un edificio de ventanas abiertas que todos apodaban «el Nido», debido a las intrincadas tallas de aves que decoraban la mayoría de las paredes. El Nido se erigía cerca del centro de la ciudad dentro de la ciudad, junto al hogar de Espíritu, la capilla korathi en la que celebraba sus reuniones más importantes. Los adultos no querían perder de vista a los niños.

Por desgracia, eso propiciaba que los niños, a su vez, tampoco perdieran nunca de vista a los adultos. Al otro lado de la ventana centellaban haces de luz, chispas que saltaban de los cientos de dedos que estaban trazando aones en el aire. Era tarde —hacía ya rato que los pequeños deberían haberse acostado—, pero esta noche estaba resultándole especialmente complicado conseguir que se fuesen a la cama.

«Tiil tiene razón», pensó Matisse. «Aquí pasa algo». Eso, sin embargo, no era ningún motivo para dejar que los niños se quedasen despiertos; sobre todo porque, cuanto más tardaran ellos en acostarse, más tardaría ella en salir a investigar a qué se debía aquella algarabía.

—No es nada —dijo Matisse, volviéndose hacia los pequeños. Algunos ya habían empezado a arroparse con las sábanas de vivos colores, pero muchos se habían animado y asistían, curiosos, al enfrentamiento entre Matisse y los dos alborotadores.

—No tiene pinta de no ser «nada» —protestó Teor.

—En fin —suspiró la muchacha—. Están escribiendo aones. Si tanto os interesa, supongo que podríamos hacer una excepción y dejar que os quedéis despiertos para practicar la escritura de aones. Seguro que nos da tiempo a dar otra clase esta noche.

Teor y Tiil palidecieron al unísono. Dibujar aones era lo que se hacía en la escuela, después de que Espíritu hubiera decretado que se reabrieran sus puertas. Matisse sonrió para sus adentros mientras los dos pequeños retrocedían.

—Venga, vamos. Id a buscar papel y pluma. Dibujaremos Aon Ashe cien veces.

Los niños captaron la indirecta y regresaron a sus respectivas camas. En el otro extremo de la habitación, varios educadores más caminaban entre las figuritas acostadas, cerciorándose de que estuvieran durmiendo. Matisse hizo lo propio.

—Matisse —dijo una voz—. No puedo dormir.

Matisse se giró hacia una jovencita que se había sentado en su catre.

—¿Y eso cómo lo sabes, Riika? —preguntó Matisse, esbozando una sonrisa—. Pero si te acabas de acostar, todavía ni lo has intentado.

—Sé que no voy a poder —replicó la niña, pizpireta—. Mai siempre me cuenta una historia antes de dormir. Si no, no puedo.

Matisse exhaló un suspiro. A Riika le costaba conciliar el sueño, sobre todo las noches en que preguntaba por su seon. Este, por supuesto, había enloquecido cuando a Riika la alcanzó la Shaod.

—Túmbate, cariño —la arrulló Matisse—. A ver si te da el sueño.

—No me va a dar —protestó Riika, pero se tendió de todos modos.

Matisse terminó la ronda y encaminó sus pasos a la entrada de la habitación. Echó un vistazo a las figuras acurrucadas —varias de las cuales seguían rebulléndose y agitándose— y hubo de confesarse que compartía su aprensión. Algo andaba mal esta noche. Lord Espíritu había desaparecido y, aunque Galladon les había dicho que no se preocuparan, Matisse presentía que aquello no podía augurar nada bueno.

—¿Qué hacen ahí fuera? —susurró Idotris, bajando la voz a su lado.

Matisse se asomó al exterior, donde muchos de los adultos se habían reunido alrededor de Galladon y estaban dibujando aones en la oscuridad.

—Los aones no funcionan —dijo Idotris. El adolescente debía de ser dos años mayor que Matisse, aunque esos detalles carecían de importancia en Elantris, donde todo el mundo lucía la misma piel tumefacta y agrisada, y los mismos cabellos lacios, cuando no directamente ausentes. Calcular la edad de una víctima de la Shaod no era tarea sencilla.

—Esa no es razón para no practicar su trazo —repuso Matisse—. Están cargados de poder. Ya lo veis.

Había poder en los aones, desde luego. Matisse siempre había sido capaz de sentirlo, rugiendo tras las líneas de luz dibujadas en el aire.

—Menuda pérdida de tiempo —refunfuñó Idotris, cruzándose de brazos.

Matisse sonrió. Ignoraba si Idotris era siempre tan gruñón o si solo se comportaba así cuando trabajaba en el Nido. No parecía hacerle mucha gracia que él, como joven adolescente que era, tuviera que representar el papel de niñera por obligación y no le permitieran alistarse en las filas de soldados de Dashe.

—Quédate aquí. —Matisse salió del Nido y encaminó sus pasos hacia el patio en el que se habían congregado los adultos.

Idotris se limitó a gruñir por toda respuesta, como acostumbraba, mientras se sentaba para controlar que ninguno de los niños se escabullera del dormitorio y saludaba con la cabeza a otros jóvenes, como él, que ya habían terminado de acostar a los pequeños a su cargo.

Matisse recorría las espaciosas calles de Nueva Elantris. La noche era fría, pero eso a ella no le importaba. Ventajas de ser elantrina.

Era una de las pocas que lo veían así. Los demás no consideraban que ser elantrino constituyera ninguna «ventaja», como aseguraba lord Espíritu. Para Matisse, sin embargo, sus palabras tenían sentido. Aunque quizá tuviera algo que ver con su situación. En el exterior había sido una pordiosera; se había pasado la vida sintiéndose dejada de lado e inútil. Dentro de Elantris, en cambio, la necesitaban. Era importante. Los niños seguían su ejemplo, y no se veía obligada a mendigar ni a robar su sustento.

Las cosas pintaban muy feas cuando Dashe la encontró en aquel callejón cubierto de porquería, qué duda cabía. Sin olvidar las heridas. Matisse tenía una en la mejilla, un corte que había recibido al poco de entrar en Elantris. El dolor seguía siendo tan abrasador como el primer día. Sin embargo, era un pequeño precio a pagar. En el palacio de Karata, Matisse había saboreado por primera vez las mieles del saberse útil, una sensación que no había hecho sino intensificarse cuando —junto con el resto de la banda de Karata— se trasladó a Nueva Elantris.

Sin olvidar, por supuesto, que cuando la arrojaron a Elantris había ganado algo más: un padre.

Dashe se dio la vuelta, sonriendo a la luz de la lámpara mientras la veía acercarse. Se había quedado huérfana antes incluso de que la alcanzara la Shaod. Y, al igual que Karata, Dashe era lo más parecido a una figura paterna para todos los niños que encontraban y llevaban al palacio.

Sin embargo, Dashe parecía sentir un cariño especial por Matisse. El adusto guerrero sonreía más en su presencia, y siempre recurría a ella cuando necesitaba hacer algo importante. Un buen día, sin más, Matisse había empezado a llamarlo «padre». Él nunca había manifestado la menor objeción.

Dashe le apoyó una mano en el hombro cuando se reunió con él al borde del patio. Frente a ellos, alrededor de un centenar de personas movían los brazos casi al unísono. Tras ellas, sus dedos dejaban líneas fulgurantes en el aire: las estelas de luz que antaño habían producido la mágica AonDor. Galladon, en pie ante el grupo, impartía instrucciones a voz en cuello con su característico acento duladen.

—Nunca pensé que llegaría a ver el día en que el dula enseñara aones a la gente —dijo en voz baja Dashe, con la otra mano apoyada en la empuñadura de su espada.

«También él está tenso», pensó Matisse, que volvió la mirada hacia él.

—No seas malo, padre. Galladon es un hombre bondadoso.

—Será todo lo bondadoso que quieras —replicó Dashe—, pero de maestro no tiene ni un pelo. Se equivoca más que acierta, con esas líneas.

Matisse se abstuvo de señalar que también a él se le daba bastante mal dibujar los aones. Al observarlo de reojo, no pudo por menos de fijarse en el rictus de desaprobación que le fruncía los labios.

—Estás molesto porque Espíritu todavía no ha regresado.

Dashe asintió con la cabeza.

—Debería estar aquí, con su gente, en vez de persiguiendo a esa mujer.

—Quizá averigüe algo importante en el exterior —replicó con voz queda Matisse—. Algo relacionado con otras naciones y ejércitos.

—El exterior no es de nuestra incumbencia —replicó Dashe. Qué terco podía llegar a ser, en ocasiones.

La mayor parte del tiempo, más bien.

—Bien —celebró Galladon, delante del grupo—. Ese es Aon Daa, el aon del poder. ¿Kolo? Ahora tenemos que practicar la línea del Abismo. No vamos a añadirla a Aon Daa porque no queremos sembrar la calzada de cráteres, ¿verdad? En vez de eso, la practicaremos con Aon Rao, el que no parece hacer nada importante.

Matisse arrugó el entrecejo.

—¿De qué está hablando, padre?

Dashe se encogió de hombros.

—Al parecer, por el motivo que sea, Espíritu cree que los aones podrían funcionar ahora. Que estábamos dibujándolos mal desde el principio o algo por el estilo. Sin embargo, no sé cómo podría habérseles escapado una línea entera por aon a los expertos que los diseñaron.

Matisse se obstinó en su silencio. Dashe era bondadoso y abnegado, pero carecía de talento para la erudición. A ella no le importaba; había sido la espada de Dashe, en parte, lo que había salvado a Nueva Elantris de ser destruida a manos de los salvajes. No había en toda la ciudad un guerrero más diestro que su padre.

Observó con curiosidad mientras Galladon hablaba de aquella nueva línea, tan extraña, que se dibujaba al pie del aon.

«¿Y esto hace que los aones funcionen?», pensó. Como solución, parecía sencilla. ¿Bastaría con algo tan simple?

Se giraron cuando sonó un carraspeo a sus espaldas. Dashe estuvo a punto de desenvainar la espada.

En el aire, tras ellos, había un seon suspendido en el aire. No uno de los que flotaban enloquecidos por toda Elantris, sino cuerdo y resplandeciente, proyectando una luz plena.

—¡Ashe! —exclamó la muchacha, entusiasmada.

—Lady Matisse —replicó la criatura, oscilando en el sitio.

—No soy ninguna dama. Y lo sabes.

—El título me sigue pareciendo apropiado, lady Matisse. Lord Dashe, ¿dónde podría encontrar a lady Karata?

—Está en la biblioteca —respondió el hombre, apartando la mano de su espada.

«¿Biblioteca? —pensó Matisse—. ¿Qué biblioteca?».

—Ah —dijo Ashe, con su característica voz grave—. En tal caso, quizá pueda entregaros a vos mi mensaje, puesto que lord Galladon parece estar ocupado.

—Como desees.

—Se avecina un nuevo cargamento, mi señor —anunció Ashe—. Lady Sarene quería que lo supierais cuanto antes, puesto que su naturaleza es importante.

—¿Alimentos? —preguntó Matisse.

—No, mi señora. Armas.

Dashe se animó al escucharlo.

—¿De veras?

—Sí, lord Dashe —dijo el seon.

—¿Por qué querría enviarnos algo así? —preguntó Matisse, con el ceño fruncido.

—Mi señora está preocupada —contestó Ashe, bajando la voz—. Las tensiones van en aumento en el exterior, al parecer. Me ha dicho… en fin, quiere que Nueva Elantris esté preparada, por si acaso.

—Reuniré de inmediato a algunos hombres —dijo Dashe— e iré a recoger las armas.

Ashe osciló arriba y abajo, indicando que la idea le parecía excelente. Mientras su padre se alejaba, Matisse observó de reojo al seon. Se le acababa de ocurrir una idea. Quizá…

—Ashe, ¿te importaría acompañarme un momento?

—En absoluto, lady Matisse. ¿En qué puedo ayudaros?

—Se trata de algo muy simple, en realidad —dijo la joven—. Pero creo que nos podría ayudar…

Cuando Ashe hubo concluido su historia, Matisse sonrió para sus adentros mientras observaba la delicada figura de la pequeña Riika, dormida en su catre. Por primera vez en semanas, de la niña emanaba un aura de serenidad.

La llegada de Ashe al Nido había provocado una auténtica conmoción entre los chicos que todavía estaban despiertos. Sin embargo, en cuanto empezó a hablar, el presentimiento de Matisse demostró haber sido correcto. La voz del seon, profunda y reverberante, había apaciguado a los niños. Las palabras de Ashe poseían una cadencia que resultaba prodigiosamente tranquilizadora. Escuchar la historia que les había contado el seon había ayudado a conciliar el sueño no solo a Riika, sino también a todos los demás rezagados.

Matisse se levantó, estirando las piernas, e inclinó la cabeza en dirección a la salida. Ashe la siguió, flotando en el aire, y en la puerta principal volvieron a cruzarse con el huraño Idotris. Este estaba tirándole guijarros a una babosa que, de alguna manera, se había colado en Nueva Elantris.

—Lamento haberte robado tanto tiempo, Ashe —musitó Matisse cuando se hubieron alejado lo suficiente como para no despertar a los niños.

—En absoluto, lady Matisse —replicó el seon—. Lady Sarene sabrá apañárselas sin mí durante unos momentos, creo. Además, es agradable volver a narrar historias. Hace tiempo que mi señora dejó de ser una niña.

—¿Tan joven era cuando te entregaron a ella? —preguntó Matisse, con curiosidad.

—Fui su regalo de nacimiento, mi señora —respondió Ashe.

En los labios de Matisse se dibujó una sonrisa soñadora.

—Estoy seguro de que también vos tendréis vuestro propio seon algún día, lady Matisse —dijo Ashe.

La muchacha ladeó la cabeza.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Bueno, hubo una época en la que prácticamente ningún elantrino iba a ninguna parte sin su seon. Empiezo a creer que lord Espíritu podría ser capaz de arreglar esta ciudad… a fin de cuentas, arregló la AonDor. Si lo consigue, os buscaremos un seon para vos. Uno llamado Ati, quizá. Ese es vuestro aon, ¿me equivoco?

—En efecto —respondió Matisse—. Significa «esperanza».

—Os sentaría como anillo al dedo, en mi opinión —dijo Ashe—. Y ahora, si mis deberes han finalizado, tal vez debería…

—¡Matisse! —exclamó una voz.

La muchacha hizo una mueca mientras lanzaba una mirada de reojo al Nido, repleto de ocupantes dormidos. Una luz oscilaba en la noche, bajando por una callejuela; el origen del griterío.

—¿Matisse? —preguntó de nuevo la voz.

—¡Chist, Mareshe! —siseó Matisse, cruzando la calle sin hacer ruido para reunirse con el hombre que la llamaba—. ¡Que los niños están durmiendo!

—Oh —dijo Mareshe, vacilante. El altanero elantrino lucía el atuendo estándar de Nueva Elantris, pantalones y camisa de vivos colores, modificado con un par de fajines que, según él, le conferían un toque más «artístico» a su disfraz—. ¿Dónde se ha metido ese padre tuyo? —preguntó, al cabo.

—Está enseñando esgrima a la gente —respondió en voz baja Matisse.

—¿Qué? ¡Pero si es noche cerrada!

Matisse se encogió de hombros.

—Ya conoces a Dashe. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja…

—Primero se marcha Galladon sin avisar a nadie —refunfuñó Mareshe—, y ahora a Dashe le da por espantar moscas con la espada en plena noche. Ojalá vuelva pronto lord Espíritu.

—¿Galladon se ha ido? —lo interrumpió Matisse, sorprendida.

Mareshe asintió con la cabeza.

—A veces le da por desaparecer así como así. Y a Karata. Nunca me cuentan dónde han estado. ¡Siempre tan enigmáticos! «Quédate al mando, Mareshe», dicen, y se van a celebrar sus reuniones secretas sin mí. ¡Hay que ver! —Dicho lo cual, el hombre se alejó, llevándose su lámpara con él.

«Estarán en algún lugar secreto», pensó Matisse. «¿La biblioteca que mencionó Dashe?». Observó de reojo a Ashe, que seguía flotando en el aire a su lado. Quizá si le tirase un poco más de la lengua, le diría…

En aquel momento empezaron los gritos.

La algarabía fue tan repentina, tan inesperada, que Matisse se sobresaltó. Giró sobre los talones, intentando ubicar el origen del ruido. Las voces parecían provenir del frente de Nueva Elantris.

—¡Ashe! —exclamó.

—Sin dilación, lady Matisse —dijo el seon, elevándose por los aires con un zumbido, una mota rutilante en la noche.

Los alaridos continuaban. Distantes, vibrantes. Matisse se estremeció mientras daba un involuntario paso atrás. También se oía algo más. El tañido que producían los golpes del metal contra el metal.

Se volvió hacia el Nido. Taid, el adulto que supervisaba las habitaciones, había salido del edificio en camisón. Aun a pesar de la penumbra, Matisse distinguió la preocupación cincelada en su rostro.

—Esperad aquí —dijo el hombre.

—¡No nos dejes solos! —exclamó Idotris, atemorizado, mirando sin parar a su alrededor.

—Volveré —prometió Taid, mientras se alejaba corriendo.

Matisse cruzó la mirada con Idotris. Los demás adolescentes que estaban de guardia, vigilando a los niños, ya se habían retirado a sus hogares para pasar la noche. Solo quedaban Idotris y ella.

—Me voy con él —dijo Idotris, partiendo en pos de Taid.

—Ah, no, de eso ni hablar —lo atajó Matisse, agarrándolo del brazo y tirando de él hacia atrás. A lo lejos, continuaban los gritos. La muchacha lanzó una mirada de soslayo hacia el Nido—. Ve a despertar a los niños.

—¿Qué? —preguntó Idotris, indignado—. ¿Después de lo que nos ha costado conseguir que se duerman?

—Hazlo —le espetó Matisse—. Que se levanten y se pongan los zapatos.

Idotris se resistió un momento, antes de refunfuñar algo ininteligible y adentrarse en la estancia. Instantes después, Matisse le oyó siguiendo sus indicaciones, despertando a los niños. Cruzó la calle corriendo, hasta el edificio de enfrente: un almacén de suministros.

Allí encontró dos lámparas de aceite, acero y pedernal.

Se detuvo. «Pero ¿qué estoy haciendo?».

«Ser precavida, eso es todo», se dijo, estremeciéndose mientras proseguían los gritos. Parecían sonar cada vez más cerca. Se apresuró a cruzar la calle de nuevo.

—¡Mi señora! —exclamó la voz de Ashe. Matisse levantó la mirada y vio que el seon descendía hacia ella. Su aon era tan tenue que resultaba prácticamente indistinguible—. Mi señora —repitió el seon, apremiante—. ¡Los soldados han atacado Nueva Elantris!

—¿Cómo? —exhaló la muchacha, consternada.

—Visten de rojo y tienen la altura y el pelo oscuro de los fjordell, mi señora —dijo Ashe—. Hay cientos de ellos. Algunos de vuestros soldados están enfrentándose a ellos en el frente de la ciudad, pero son demasiado pocos. ¡Nueva Elantris ha caído ya! Mi señora, los soldados se dirigen hacia aquí, y están registrando los edificios.

Matisse se quedó sin palabras, desconcertada. «No. No, esto no puede ocurrir. Aquí no. Este lugar es pacífico. Perfecto».

«Escapé del mundo exterior. Aquí he encontrado un hogar. No puede seguirme hasta aquí».

—¡Mi señora! —Ashe parecía aterrado—. Esos gritos… creo… ¡Creo que los soldados están agrediendo a todo el que se cruza en su camino!

«Y se dirigen hacia aquí».

Matisse se quedó inmóvil, con las lámparas aferradas entre sus dedos entumecidos. Así que esto era el final. Después de todo, ¿qué podía hacer? Ella misma era poco más que una niña, una pordiosera sin familia ni techo. ¿Qué podía hacer?

«Cuidar de los niños. Esa es mi misión. El trabajo que me encomendó lord Espíritu».

—Tenemos que sacarlos de aquí —dijo Matisse, corriendo hacia el Nido—. Saben dónde buscar porque despejamos esta sección de Elantris. La ciudad es inmensa; si trasladamos a los niños a la parte más sucia, podremos esconderlos.

—Sí, mi señora.

—¡Ve a buscar a mi padre! Cuéntale lo que vamos a hacer.

Dicho lo cual, entró en el Nido mientras Ashe se alejaba flotando en la noche. Una vez en el interior, vio que Idotris había hecho lo que le pidió; los pequeños, adormilados, estaban empezando a calzarse.

—Daos prisa, niños —los apremió Matisse.

—¿Qué pasa? —preguntó Tiil.

—Tenemos que irnos —informó Matisse al joven alborotador—. Tiil, Teor, necesitaré vuestra ayuda… la vuestra y la de todos los mayores, ¿entendido? Intentad ayudar a los más pequeños. Que no se detengan ni hagan ruido. ¿De acuerdo?

—¿Por qué? —quiso saber Tiil, con el ceño fruncido—. ¿Qué ocurre?

—Es una emergencia —dijo Matisse—. Conformaos con eso.

—¿Quién te ha puesto a ti al mando? —inquirió Teor, plantándose junto a su amigo con los brazos cruzados.

—¿Sabéis quién es mi padre?

Los chicos asintieron con la cabeza.

—¿Sabéis que es soldado?

Asintieron de nuevo.

—Pues bien, eso me convierte a mí también en soldado. Es hereditario. Como él es capitán, yo soy capitana. Y eso significa que os puedo dar órdenes. Pero podéis ser mis subcomandantes, siempre y cuando prometáis hacer cuanto os diga.

Los dos jóvenes se quedaron pensativos.

—Me parece lógico —dijo Tiil, al cabo, asintiendo con la cabeza.

—Bien. ¡Pues en marcha!

Los jóvenes comenzaron a ayudar a los más pequeños mientras Matisse los sacaba por la puerta principal, a las calles en penumbra. Muchos de ellos, sin embargo, se habían contagiado del pánico que flotaba en el aire y estaban paralizados de miedo.

—¡Matisse! —siseó Idotris, acercándose—. ¿Qué sucede?

—Ashe dice que alguien está atacando Nueva Elantris. —La muchacha se arrodilló junto a las lámparas—. Los soldados están masacrando a todo el mundo.

Idotris enmudeció.

Matisse encendió las lámparas y volvió a ponerse de pie. Como esperaba, los niños —incluso los más pequeños— se dejaron atraer por la luz y la sensación de protección que esta les ofrecía. Cuando le entregó una a Idotris, la claridad le permitió distinguir el pavor que se reflejaba en su rostro.

—¿Qué hacemos? —preguntó él, con voz trémula.

—Correr —respondió Matisse, saliendo de la habitación tan deprisa como se lo permitían las piernas.

Y los niños la siguieron. En vez de quedarse rezagados en la oscuridad, partieron corriendo en pos de la luz, con Tiil y Teor ayudando a los más pequeños mientras Idotris intentaba tranquilizar a los que habían empezado a llorar. A Matisse la preocupaba cargar con la luz, pero no se le ocurría otra alternativa. Así las cosas, bastante complicado era ya evitar que los niños se detuvieran y conseguir que se dejasen conducir por la vía más rápida fuera de Nueva Elantris; la cual era, a su vez, la forma más directa de alejarse de los gritos, que sonaban sobrecogedoramente cerca.

El camino los alejaba también de las secciones más pobladas de la ciudad. Matisse esperaba encontrarse sobre la marcha con alguien que pudiera ayudarlos. Lamentablemente, quienes no habían salido a practicar con los aones estaban con su padre, entrenando con las armas. Los únicos edificios ocupados serían los que Ashe había dicho que estaban siendo atacados. Sus ocupantes…

«Ahora no pienses en eso», pensó Matisse mientras su variopinta pandilla de cincuenta chiquillos llegaba a los límites de Nueva Elantris. Ya casi eran libres. Podrían…

Una voz atronó de repente a sus espaldas, hablando en una lengua desabrida que Matisse no entendía. La muchacha se giró en redondo, mirando sobre las cabezas de los atemorizados pequeños. Un tenue resplandor envolvía el centro de Nueva Elantris. La luz de las llamas.

Se había desatado un incendio.

Allí, enmarcado por aquellas lenguas flamígeras, se erguía un escuadrón compuesto por tres hombres uniformados de rojo. Portaban espadas.

«No se atreverán a matar a los niños», pensó Matisse, cuya mano temblaba mientras sostenía la lámpara.

Reparó entonces en el brillo que iluminaba los ojos de los soldados. Un destello torvo, peligroso. Avanzaron sobre su grupo. Sí, se atreverían a matar a los niños. Mientras estos fueran elantrinos, al menos.

—Corred —dijo Matisse, con voz trémula. Sin embargo, sabía que los pequeños jamás podrían ser más veloces que esos hombres—. ¡Corred! Marchaos y…

De improviso, como si surgiera de la nada, una bola de luz cayó silbando del cielo. Ashe se deslizó entre los hombres, sobrevolando sus cabezas, distrayéndolos. Los soldados maldijeron y enarbolaron sus espadas, furiosos, sin perder de vista al seon.

Por ese motivo, la embestida de Dashe los pilló completamente desprevenidos.

Cargó contra ellos por el flanco, surgiendo de uno de los callejones en sombra de Nueva Elantris. Derribó a uno, centellando su espada, y se volvió hacia los otros dos mientras maldecían, dándole la espalda al seon.

«¡Tenemos que irnos!».

—¡En marcha! —los apremió de nuevo, consiguiendo que Idotris y los demás salieran del estupor que los paralizaba. Los niños huyeron del duelo con espadas, adentrándose en la noche, siguiendo la luz de Idotris. Matisse se quedó cerca de la retaguardia, girándose con preocupación hacia su padre.

Las cosas no pintaban nada bien para él. Era un guerrero excelente, pero a los soldados se habían unido otros dos hombres, y la condición de elantrino de Dashe debilitaba su cuerpo. Matisse se quedó inmóvil, sosteniendo la lámpara con dedos temblorosos, sin saber qué hacer. Los niños se alejaban en la oscuridad a su espalda, en una retirada angustiosamente lenta. Dashe luchaba con valentía, reemplazada su espada herrumbrosa por una de las que debía de haber enviado Sarene. Pese a desviar una estocada tras otra, estaba rodeado.

«¡Debo hacer algo!», pensó Matisse, dando un paso adelante. En aquel preciso momento, Dashe se giró y la muchacha vio los cortes que presentaban su cuerpo y su cara. La expresión de temor que vio en sus ojos hizo que se quedase paralizada de miedo.

—Vete —susurró Dashe, silabeando mudamente, perdida la voz—. ¡Huye!

Uno de los soldados le incrustó la espada en el pecho.

—¡No! —chilló Matisse, pero aquello solo consiguió atraer la atención de los soldados mientras Dashe se desplomaba en el suelo, entre espasmos, abrumado por el dolor.

Los soldados miraron a Matisse y encaminaron sus pasos hacia ella. Dashe había abatido a varios de ellos, pero todavía quedaban tres en pie.

Matisse no podía moverse.

—¡Por favor, mi señora! —exclamó Ashe, descendiendo junto a ella, oscilando con nerviosismo—. ¡Tenéis que correr!

«Padre ha muerto. No, peor que eso… Ahora era un hoed». Matisse sacudió la cabeza, obligándose a permanecer alerta. Había visto tragedias de sobra cuando mendigaba en las calles. Podía sobreponerse a esto. Tenía que hacerlo.

Estos hombres encontrarían a los niños. Los pequeños eran demasiado lentos. A menos que… Contempló al seon que flotaba a su lado, fijándose en el aon que resplandecía en su centro. Significaba «luz».

—Ashe —musitó con apremio mientras los soldados continuaban aproximándose—. Adelántate y busca a Idotris. ¡Dile que apague la lámpara y condúcelo con los demás a un lugar seguro!

—¿Un lugar seguro? —replicó Ashe—. No se me ocurre ninguno.

—La biblioteca de la que me hablaste —dijo Matisse, esforzándose por pensar tan deprisa como le era posible—. ¿Dónde está?

—Justo al norte desde aquí, mi señora. En una cámara oculta, bajo un edificio achaparrado. Luce la marca de Aon Rao.

—Galladon y Karata están allí. Lleva a los niños con ellos, Karata sabrá qué hacer.

—Sí —dijo Ashe—. Sí, eso suena muy bien.

—Acuérdate de la lámpara —insistió Matisse mientras el seon se alejaba volando. Se giró para enfrentarse al avance de los soldados y, pese al temblor de su mano, levantó un dedo y empezó a dibujar.

Se produjo un estallido de luz en el aire, siguiendo la estela de su dedo. Se obligó a permanecer inmóvil, a completar el aon pese al miedo que la atenazaba. Los soldados se detuvieron al verla, hasta que uno de ellos dijo algo en un idioma gutural que Matisse dedujo que debía de ser fjordell. Reanudaron su avance sobre ella.

Matisse terminó su trazo: Aon Ashe, el mismo que había dentro de su amigo Seon. Pero el aon, por supuesto, no hizo nada. Se quedó flotando en el sitio, sin más, como ocurría siempre. Los soldados se acercaron y lo atravesaron directamente, sin inmutarse.

«Espero que esto funcione», pensó Matisse, que situó el dedo en el punto descrito por Galladon y dibujó la línea final.

De inmediato, el aon, Aon Ashe, comenzó a refulgir con una potente luz que bañó el rostro de los soldados. Estos prorrumpieron en maldiciones cuando el inesperado destello les lastimó los ojos, gritaron y trastabillaron de espaldas. Matisse se agachó para recoger la lámpara y salió corriendo.

Los soldados empezaron a seguirla, entre voces airadas. Y, al igual que los niños antes que ella, buscaron la luz: su luz. Idotris y los demás no estaban tan lejos —Matisse podía distinguir sus sombras fluctuando todavía en la noche—, pero los soldados se habían quedado demasiado deslumbrados como para reparar en un movimiento tan sutil, e Idotris había apagado su luz. La lámpara de la muchacha era el único punto de referencia para los invasores.

Matisse los condujo lejos de allí, adentrándose en la penumbra, sosteniendo su lámpara con dedos temblorosos. Aún podía oírlos, persiguiéndola, cuando entró en Elantris propiamente dicha. El limpio empedrado de Nueva Elantris se vio reemplazado por la mugre y la oscuridad, y Matisse hubo de aminorar la marcha, so pena de resbalar o tropezar con algo.

Se apresuró cuanto pudo, de todas maneras, doblando esquinas en un intento por conservar la ventaja sobre sus perseguidores. Se sentía tan débil… Correr era una actividad complicada para los elantrinos. Carecía de la fuerza necesaria para ganar auténtica velocidad. La fatiga que pesaba en su interior comenzaba a volverse insoportable, pero los sonidos de la persecución habían cesado a su espalda. Quizás…

Dobló un nuevo recodo y se topó de bruces con una pareja de soldados, de pie en la noche. Se detuvo, conmocionada, miró a los hombres y los reconoció de antes.

«Son soldados profesionales», pensó. «Por supuesto que saben cómo rodear al adversario y cortarles cualquier vía de escape». Giró sobre los talones, dispuesta a huir, pero uno de los hombres la agarró del brazo, riéndose y diciendo algo en fjordell.

Matisse dio un grito y soltó la lámpara. El soldado se tambaleó, pero la retuvo con firmeza.

«¡Piensa!», se dijo Matisse. «Solo tienes un momento». Sus pies resbalaron en la mugre. Tras un instante de pausa, se dejó caer y descargó una patada contra la pierna de su captor.

Contaba con una ventaja: ella había vivido en Elantris. Sabía cómo desenvolverse en aquel entorno viscoso y resbaladizo. Al contrario que estos soldados. Su maniobra le dio la razón; el soldado perdió el equilibrio al instante, tropezando con su compañero y desplomándose de espaldas sobre los adoquines resbaladizos mientras soltaba a Matisse.

Esta se reincorporó con dificultad, sucio ahora su atuendo de vivos colores con la mugre de Elantris. Sintió un estallido de dolor en la pierna: se había torcido el tobillo. Siempre había tenido cuidado de evitar cualquier lesión grave, pero este dolor era muy superior a cualquier daño que se hubiera hecho nunca, más incluso que el corte en la mejilla. La agonía que aullaba en su pierna era insoportable y no remitía, sino que se perpetuaba en su intensidad. Y las heridas de un elantrino nunca sanaban.

Se obligó a alejarse renqueando, a pesar de todo. Se movía sin pensar, deseando únicamente escapar de los soldados. Matisse los oyó incorporarse entre maldiciones, pero no se detuvo, pese a su incipiente cojera. Solo al ver el resplandor de Nueva Elantris ardiendo ante ella comprendió que estaba avanzando en círculos. Había regresado al punto de partida.

Se quedó inmóvil. Allí estaba Dashe, inerme sobre el empedrado. Corrió hacia él, sin importarle ya la persecución. Su padre yacía empalado aún en la espada, y podía oír que estaba murmurando algo.

—Corre, Matisse. Ponte a salvo… —El mantra de un hoed.

Matisse cayó de rodillas. Había puesto a salvo a los niños. Con eso bastaba. Se giró al oír un ruido a su espalda, y se dio la vuelta para ver cómo se acercaba un soldado. Su compañero debía de haberse ido en otra dirección. Pero este hombre estaba manchado de mugre y la muchacha lo reconoció. Era el que había recibido su patada.

«¡Cómo me duele la pierna!», pensó. Se dio la vuelta, sosteniendo el cuerpo inmóvil de Dashe, demasiado cansada y quejosa como para avanzar ni un paso más.

El soldado la agarró por el hombro y tiró de ella para apartarla del cadáver de su padre. Cuando la obligó a girarse, el gesto despertó nuevas punzadas de dolor en los brazos de Matisse.

—Dime —ordenó el hombre, con un fuerte acento—. Dime adónde han ido los otros niños.

Matisse se debatió en vano.

—¡No lo sé! —respondió, aunque no era cierto. Se lo había dicho Ashe. «¿Por qué tuve que preguntarle dónde estaba la biblioteca?», se recriminó para sus adentros. «¡Si ignorase su paradero, nadie podría sonsacármelo!».

—Dime —insistió el hombre, reteniéndola con una mano mientras buscaba el cuchillo de su cinturón con la otra—. Dímelo o te haré daño. Mucho daño.

Matisse persistió en sus forcejeos, sin éxito. Si sus ojos elantrinos pudieran formar lágrimas, ahora estaría llorando. Como si quisiera subrayar sus palabras, el soldado esgrimió el cuchillo ante ella. Matisse no se había sentido tan aterrorizada en toda su vida.

Fue entonces cuando el suelo comenzó a estremecerse.

El horizonte había empezado a brillar con la promesa del amanecer, pero aquella claridad quedó eclipsada por un inesperado estallido de luz procedente de la periferia de la ciudad. El soldado se detuvo y elevó el rostro hacia el firmamento.

Matisse sintió calor de repente.

Hasta ese momento no se había percatado de lo mucho que extrañaba esa sensación, hasta qué punto se había acostumbrado al rancio helor de su cuerpo elantrino. Ahora, no obstante, era como si la calidez fluyera por todo su cuerpo, como si alguien le hubiera inyectado un líquido abrasador en las venas. La sensación, tan bella y asombrosa, le cortó la respiración.

Algo iba bien. Algo iba extraña y prodigiosamente bien.

El soldado se volvió hacia ella de repente. Ladeó la cabeza, extendió una mano y deslizó un dedo áspero por su mejilla, lastimada hacía ya tanto tiempo.

—¿Sanada? —musitó, desconcertado.

Matisse se sentía de maravilla. Sentía… ¡su corazón!

El hombre, perplejo, levantó de nuevo el cuchillo.

—Te has curado —dijo—, pero puedo hacerte daño otra vez.

Matisse se sentía revitalizada, pero seguía siendo una muchacha, y él, un soldado adiestrado. Reanudó sus forcejeos mientras su mente intentaba asimilar el hecho de que su piel hubiera cambiado las manchas que antes la jaspeaban por un tinte plateado. ¡Estaba ocurriendo! ¡Tal y como Ashe había predicho! ¡Elantris iba a volver!

Mientras que ella, sin embargo, iba a morir. ¡Qué injusticia! Gritó de frustración mientras intentaba zafarse. Aquello era el culmen de la ironía. La ciudad había comenzado a sanar, pero eso no impediría que este hombre espantoso la…

—Me parece que has pasado algo por alto, amigo —sonó de improviso una voz.

El soldado se quedó petrificado.

—Si la luz la ha regenerado a ella —dijo la voz—, eso significa que conmigo ha hecho lo mismo.

El soldado profirió un alarido de dolor, soltó a Matisse y se cayó al suelo. La muchacha retrocedió mientras su temible agresor se desplomaba, y por fin pudo ver quién se erguía tras él: su padre, iluminado por un resplandor interior, eliminada de su cuerpo hasta la última mácula. Semejaba un dios, argénteo y espectacular.

Su atuendo presentaba aún el desgarro de la herida que había sufrido, pero la piel se había restañado. En su mano, empuñaba la misma espada con la que lo habían ensartado hacía apenas unos momentos.

Matisse corrió a su encuentro, llorando —¡al fin podía volver a llorar!—, y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—¿Dónde están los demás niños, Matisse? —preguntó él, preocupado.

—He cuidado de ellos, padre —susurró la muchacha—. Todo el mundo tiene un trabajo, y ese es el mío. Cuidar de los niños.

—Interesante —dijo Raoden—. ¿Y qué fue de los pequeños?

—Los conduje a la biblioteca —respondió Ashe—. Galladon y Karata ya se habían ido… debimos de cruzarnos sin vernos cuando regresaban corriendo a Nueva Elantris. Oculté a los niños en el interior de la biblioteca y me quedé con ellos para tranquilizarlos. Me angustiaba lo que estaba pasando en el corazón de la ciudad, pero aquellas pobres criaturas…

—Lo entiendo —dijo Raoden—. Y Matisse… la hijita de Dashe. Ignoraba por lo que había tenido que pasar.

Sonrió. Había entregado dos seones a Dashe (ambos carentes de dueños, por haber muerto estos, y sin nadie a quien servir tras recuperar el juicio cuando se restauró Elantris), como agradecimiento por los servicios prestados en Nueva Elantris. Dashe le había dado uno a su hija.

—¿Con qué seon acabó? —preguntó Raoden—. ¿Ati?

—No —respondió Ashe—. Creo que fue Aeo.

—Igualmente apropiado —dijo Raoden, sonriendo y poniéndose en pie mientras se abría la puerta. Lo primero que la cruzó fue el vientre en cinta de su esposa, la reina Sarene.

—Opino lo mismo —convino Ashe, deslizándose por los aires hacia Sarene.

Aeo. Significaba bravura.

Nota final

Este relato corto tiene una historia bastante interesante.

Si retrocediéramos a enero de 2006, me encontraríais saliendo con Emily, que más adelante se casaría conmigo, desde unos dos meses antes. En una cita, Emily me contó algo extraordinario. Una alumna suya de octavo curso, una chica llamada Matisse, había escrito un comentario de texto sobre Elantris. Matisse no sabía que su profesora salía conmigo. Ni siquiera sabía que Emily me conocía. Fue solo una coincidencia estrambótica.

El trabajo que redactó era increíble. En lugar de un mero comentario de texto, había creado un «libro de mundo» sobre Sel. Tenía bocetos y biografías de los personajes, tiras de tela elantrina grapadas a modo de ejemplo y bolsillitos llenos de materiales extraídos del libro. Emily me lo enseñó y me dejó impresionado del todo. En aquellos tiempos, para mí aún era toda una novedad ser un autor publicado, y ver el esfuerzo que había puesto Matisse en su trabajo para clase fue uno de los momentos más impactantes de mi carrera temprana.

Quería hacer algo especial para dar las gracias a Matisse, que aún no sabía que su profesora estaba saliendo con uno de sus escritores favoritos. Decidí escribir un relato corto de acompañamiento a Elantris.

Ir a la siguiente página

Report Page