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Alomante Jak y los Pozos de Eltania
Capítulos Veintiocho a Treinta
¡edición especial encuadernada
con los tres capítulos!
¡editada y anotada por Handerwym,
fiel mayordomo terrisano del propio jak!
Esta historia contiene revelaciones menores
de acontecimientos de Aleación de ley.
Doy comienzo a la carta de esta semana despertando con un poderoso dolor de cabeza.
Ciertamente, queridos lectores, el dolor era increíble, y tenía como efecto una algarabía en mi mente que recordaba a la de cien fusiles disparando. Gemí, rodé y me alcé sobre las rodillas en la cámara oscurecida. Mi cara había estado reposando sobre la fría roca. Me tembló la visión y tardé un tiempo en recuperarme.
¿Qué me había ocurrido? Recordaba mi combate contra el contendiente koloss, un bruto del tamaño de una locomotora de vapor y con su misma fuerza. Lo había derrotado con un balazo en el ojo, ¿verdad? Y al hacerlo, ¿no había conservado la lealtad de todo el clan koloss?[1]
Me puse de pie y me palpé la nuca con cautela. Encontré sangre seca. No temáis, pues no se trataba de una herida terrible. Sin duda, las había afrontado mucho peores. Aquello no era tan desesperado como cuando me encontré hundiéndome en el océano, maniatado y con los pies encadenados a un busto del Superviviente.[2]
El aire seco y el sonido sibilante del viento al atravesar la piedra rota me indicó que seguía en los Áridos, lo cual era conveniente. Estas tierras de aventura y peligro son mi hábitat natural, y me crezco ante los desafíos que plantean. Si tuviera que pasar demasiado tiempo en el seguro y prosaico entorno de la lechosa Elendel, temo que me marchitaría.
Estaba confinado en algún tipo de cueva natural, con bastas paredes de piedra y estalactitas que pendían del techo. La caverna era poco profunda, sin embargo, y descubrí que terminaba a apenas un par de metros más al fondo de donde estaba en un principio. No podría escapar en esa dirección, por lo tanto.[3]
Precavido ante los posibles disparos, me acerqué poco a poco a la salida de la cueva y miré al exterior. Como ya había deducido por el leve frescor del aire, la caverna estaba elevada, en la cara de un pequeño desfiladero, y se abría solo a una caída en picado hacia un grupo de rocas redondeadas que había mucho más abajo.
Al otro lado, encaramadas a la cima del extremo opuesto del desfiladero, unas figuras azules vigilaban mi caverna. Los enormes koloss eran mayores, con la piel estirada y rota, los cuerpos tatuados y envueltos en cuero curado a partir de la piel de los hombres que habían matado y devorado.[4]
—¿Por qué me habéis retenido aquí, bestias pavorosas? —les grité, y mi voz despertó ecos en el desfiladero—. ¿Y qué habéis hecho con la bella Elizandra Dramali? ¡Como le hayáis tocado aunque sea un solo pelo de su siempre hermoso cuero cabelludo, conoceréis la ira de un alomante enfurecido!
Los salvajes no me respondieron. Estaban sentados en torno a su hoguera llameante y ni siquiera se giraron en mi dirección.
Quizá mi situación no era tan ideal como había decidido en mi primera evaluación. Más allá de la boca de mi cueva, la pared del desfiladero era resbaladiza como el cristal y escarpada como el precio del whiskey en la fonda de Marlie. Sería difícil que sobreviviera a un intento de descender por ella, al menos con lo mareado que estaba por la herida.
Pero tampoco podía quedarme allí esperando sin más. La señorita Dramali, mi querida Elizandra, podría correr peligro. Malditas sean esa mujer y su tozudez: tendría que haberse quedado en el campamento, como le sugerí. No tenía ni idea de lo que podía haberle ocurrido, ni a ella ni a mi fiel Handerwym.[5] Los koloss no osarían hacerle daño por su juramento con el pueblo de Terris,[6] pero sin duda temería por mi bienestar.
Dediqué poco tiempo a pensar en cómo podía haber llegado hasta aquel lugar tan peligroso. Necesitaba metal. No me quedaba nada dentro; había quemado mis últimas reservas para afianzar las manos y los ojos antes de hacer el disparo perfecto contra el pretendiente koloss a mi trono. Por desgracia, mis carceleros me habían robado a Destello. Por muy brutos que sean, los koloss tienen el sentido común suficiente como para llevarse las pistolas de un hombre, sobre todo después de presenciar mi destreza con mi fiable arma. También me habían quitado los frasquitos de metal. Quizá querían ver si contenían whiskey. Algunos alomantes de los Áridos guardan sus metales en tales disoluciones, mas yo siempre me he abstenido de hacerlo. La mente de un intrépido caballero debe conservar la claridad en todo momento.[7]
Sin duda, el compartimento oculto para guardar estaño en el tacón de mi bota demostraría su utilidad. Por desgracia, sin embargo, al parecer el compartimento parecía haberse abierto durante mi escaramuza inicial con el campeón koloss. ¡Había perdido el estaño! Tomé nota mental de hablar con Ranette sobre su dispositivo para el tacón y su tendencia a abrirse cuando menos se lo espera uno.
¡Menudo desastre! Un alomante sin metal. Solo me quedaba como herramienta mi propia astucia. Y quizá, aunque disponía de ella en abundancia, no bastara. ¿Quién sabía en qué clase de apuros podía haberse metido la bella Elizandra a esas alturas?
Con decisión, empecé a palpar las paredes de la caverna. Era una oportunidad improbable, pero estábamos en unas tierras altas valoradas precisamente por su gran potencial para la minería. Y en efecto, el Superviviente me favoreció ese día, pues localicé una pequeña veta de reluciente metal que recorría la pared del fondo. Casi invisible, la descubrí solo al tacto.[8] En la tenebrosa cueva no pude discernir la naturaleza completa del metal, pero no me quedaba elección.
En fin, durante mis poco frecuentes viajes a Elendel, he descubierto que se me atribuye cierta reputación heroica. Debo aseguraros, mis buenos lectores, que no soy más que un humilde aventurero y no merezco ninguna clase de idolatría indebida. Dicho eso, aunque nunca he deseado la gloria,[9] sí valoro mi reputación. En consecuencia, si pudiera eliminar de vuestros recuerdos la siguiente parte de mi historia, lo haría.
Sin embargo, siempre he pretendido ofreceros un relato sincero e íntegro de mis viajes por los Áridos. La honestidad es mi mayor virtud,[10] de modo que os revelaré la verdad de lo que tenía que suceder a continuación.
Me arrodillé y empecé a lamer la pared.
Jamás pretendería hacer el ridículo ante vosotros, queridos lectores.[11] Pero para sobrevivir en los Áridos, un hombre debe estar dispuesto a atrapar las oportunidades. Y eso hice. Con la lengua.
La actividad me proporcionó muy poco estaño que quemar, pero fue suficiente para unos segundos con los sentidos aumentados.[12] Los empleé para escuchar con atención, en busca de alguna pista que me revelara cómo librarme de la situación en la que estaba.
Con mis oídos mejorados por el estaño, capté dos cosas. La primera era el campanilleo del agua. Asomé la cabeza y vi que las rocas de debajo ocultaban un pequeño arroyo que no había visto antes. Lo otro que oí fue un extraño sonido rasposo, como de garras contra una rama.
Miré arriba, esperanzado, y hallé un cuervo posado en un brote de hierbas que crecían en la pared rocosa. ¿Podría ser?
—¡Así me gusta! —exclamó el cuervo con su voz inhumana—. Has encontrado metal incluso en tu celda, Jak. El Superviviente está satisfecho de tu ingenio.
Sí que era ella. Lyndip, mi espíritu guía, enviada a mí por el Superviviente durante mis angustias más apuradas.[13] Llevo tiempo sospechando que es una de los Inmortales Sin Rostro,[14] ya que las leyendas afirman que son capaces de cambiar de forma y encarnarse en animales.
—¡Lyndip! —exclamé—. ¿La señorita Dramali está bien? ¿Los koloss no le han hecho daño?
—No se lo han hecho, aguerrido aventurero —dijo Lyndip—. Pero sí la han capturado y la retienen prisionera. Debes escapar, y deprisa, pues le espera un destino aciago.
—¡Pero no sé cómo escapar!
—No puedo proporcionarte el método —dijo Lyndip—. Soy una guía, mas no puedo resolver los problemas de un héroe en su lugar. No es tal la senda del Superviviente, que afirma que todo hombre debe crear su propio sendero.[15]
—Muy bien —dije yo—. Pero dime, guía, ¿por qué han vuelto a capturarme? ¿Acaso no me gané la lealtad del clan koloss? ¿Acaso no era su rey? ¡Derroté al aspirante!
Estoy convencido de que tuvo que notárseme la frustración, y espero, querido lector, que no me desprecies por las duras palabras que dirigí a mi espíritu guía. Sin embargo, no solo estaba preocupado por la seguridad de mi querida Elizandra, sino también asolado por perder la lealtad de aquella tribu de koloss. Por muy salvajes que fuesen, me había dado la sensación de que estaban a punto de revelarme sus secretos, unos secretos que estaba seguro de que me llevarían al símbolo de la punta de lanza, las huellas sangrientas y el Tesoro del Superviviente.
—No estoy segura —dijo Lyndip—, pero sospecho que es porque usaste un revólver para matar al aspirante. La vez anterior, cuando te ganaste la lealtad del clan, no disparaste a tu rival, sino que lo asustaste con tu puntería. Muchos clanes koloss consideran que matar a distancia con pistolas es señal de debilidad, no de fuerza.
Bestias despiadadas, salvajes sin duda.[16] El revólver es el arma más elegante de todas, el arma de un caballero.
—Debo escapar y rescatar a la bella Elizandra —dije—. Guía, ¿viste cómo me trajeron a esta celda cavernaria? ¿Tienen los koloss un pasadizo secreto en alguna parte mediante el cual me subieron hasta aquí?
—Lo vi, aventurero —respondió Lyndip—. Pero no es la verdad lo que desearás oír. No hubo pasadizo secreto. Lo que ocurrió fue que te arrojaron aquí entre varios koloss desde abajo.[17]
—¡Herrumbre y ruina! —exclamé. Sin duda las bestias, asustadas de las poderosas armas que había empleado, me habían colocado allí para dejarme morir de hambre, en lugar de arriesgarse a la ira de los dioses intentando matarme con sus propias manos.
Necesitaba una escapatoria, y deprisa. Volví a asomarme y vi nubes de tormenta próximas. Su presencia me hizo pensar. Bajé la mirada hacia el chorrito de agua que había al fondo del desfiladero. Ya me había fijado que las caras del cañón tenían una peculiar suavidad. Como si estuvieran erosionadas.
¡Sí! Distinguí unas líneas marcadas en las paredes del desfiladero, marcas de agua, de cuando el río fluía amplio y profundo. ¡Mi vía de huida llegaría pronto! Y en efecto, la lluvia inundó los llanos río arriba, el agua no tardó en fluir al desfiladero e, impulsada por los estrechos confines del lugar donde me hallaba, el río empezó a crecer.
Esperé nervioso al momento adecuado para lanzarme al río, y mientras tanto, pese a mi ansiedad, encontré el tiempo de redactar esta carta para vosotros. La sellé en el bolsillo especial, estanco, de mis pantalones deshilachados con la esperanza de que, si llegaba mi final, acabara encontrando la forma de llegar a vosotros de algún modo cuando encontraran mi cadáver.
Cuando la lluvia empezó a caer sobre el propio desfiladero, no pude esperar más. Me arrojé a las aguas crecidas que tenía debajo.[18]
Lectores míos, confío en que os encontréis bien cuando recibáis este mensaje. Como recordaréis, la misiva de la semana pasada terminaba con un peligroso salto por mi parte hacia una muerte acuosa. Estaba convencido de que había llegado mi hora, pero me alegra en cierta medida poder afirmar que sobreviví. Y digo solo «en cierta medida» por la revelación que debo comunicaros. Si debéis seguir leyendo, quedad advertidos de que el contenido de esta carta es espantoso y podría inquietar —incluso provocar náuseas— a los más frágiles y jóvenes de entre vosotros.
Salté desde mi cárcel cavernaria a las crecientes aguas del río. Debo advertir con severidad a mis lectores contra las actividades de ese tipo, a menos que se hallen en las más atribuladas circunstancias. Las crecidas al estilo de los Áridos son peligrosas, llenas de torbellinos y mortíferas rocas. Si hubiera dispuesto de otra opción, sin duda la habría escogido.
El agua se arremolinó a mi alrededor como una estampida. Por suerte, tenía experiencia sobreviviendo a aguas de aquella naturaleza.[19]
La clave a la hora de nadar en tales aguas es no resistirse. Hay que dejarse llevar por la corriente, igual que un barco permite que el mar tire de él. Sin embargo, incluso mantenerse a flote en aguas tan tempestuosas requiere de práctica, suerte y fuerza de voluntad.
Esforzando los brazos, logré mantenerme apartado de las rocas más letales y sobrevivir mientras mi pequeño afluente desembocaba en río Rancio, el más importante de la zona. Allí, el mayor caudal de agua provocaba que la corriente fuese más lenta, y con cierta dificultad logré nadar hasta la orilla y salir del agua, libre.
Exhausto y todavía mareado por mi herida, me dejé caer en la ribera. Pero sin darme tiempo a saborear mi recién ganada libertad, unos fuertes brazos me alzaron en vilo.
Koloss. Habían vuelto a capturarme.
Las bestias se me echaron a hombros, empapado, y me alejaron del rugiente río. Dejé un rastro de agua en la arena.[20] No luché contra mis captores. Eran seis koloss de tamaño medio, con la piel azul empezando a acusar la tirantez contra sus huesos, abriéndose en las comisuras de sus labios y en torno a los músculos más grandes.
No se dirigieron a mí en su brutal idioma, y era consciente de que no podría derrotar a seis a la vez. No sin mis revólveres y sin metal. Consideré más sabio dejar que me llevaran donde quisieran. Tal vez volvieran a dejarme en mi celda cavernaria.
Pero en lugar de ello, los koloss me transportaron hacia una incongruente arboleda, oculta en un pequeño valle rocoso. Nunca había estado allí antes, y de hecho, los koloss siempre me habían mantenido apartado de la zona, afirmando que era un erial. ¿Desde dónde, pues, procedían los árboles?[21]
Los árboles ocultaban un pequeño oasis en el territorio polvoriento, un lugar donde se acumulaba el agua de un manantial. Me resultó curioso, pues los principales bebederos suelen figurar en mis mapas.
Me arrastraron al otro lado de los árboles y rodeando el bebedero, y reparé en que era muy profundo, tanto que sus profundidades eran azules y no alcanzaba a distinguirle un fondo. Sus paredes eran todas de piedra. Y casi di un respingo al caer en la cuenta de que el estanque tenía la forma aproximada de una punta de lanza.
¿Podría ser aquello? ¿Podría ser la ubicación del Tesoro del Superviviente? ¿Lo había hallado por fin?[22] Busqué la otra señal, las huellas ensangrentadas que mencionaban las leyendas. No las vi hasta que arrastraron mi cuerpo empapado sobre las piedras más cercanas al estanque.
Si viajáis un tiempo por los Áridos, descubriréis que el agua en ocasiones revela el verdadero color de la piedra. No ocurre tanto en la ciudad donde vivís muchos de vosotros, queridos lectores, ya que allí la piedra está cubierta de mugre y hollín. Pero donde me hallaba, la tierra es limpia y fresca. El agua que goteó de mi cuerpo sobre las piedras reveló un patrón de colores en la roca que recordaba a un conjunto de huellas dirigiéndose al manantial del oasis.
¡Era aquello! Aunque no fuesen auténticas huellas, era comprensible que un viajero cansado llegara a aquel lugar y pudiera tomarlas por tales. La historia inventada del mismo Superviviente, según la que sangraba por su herida de lanza y se detuvo allí a beber, tenía sentido.
El lugar estaba repleto de diseños de tatuaje koloss dibujados en las piedras, y sus piezas de cuero rodeaban algunos troncos de los árboles. Saltaba a la vista que se trataba de un lugar sagrado para ellos, lo que explicaba tanto que nunca hubiera podido encontrar aquel oasis como que los hombres hubieran desaparecido de la zona. Cualquiera que topara con aquel lugar moría asesinado por haber presenciado lo que no debía.
¿Qué perspectivas de futuro me dejaba el hecho de que me hubieran llevado allí?[23]
Había más koloss presentes, por supuesto. Algunos eran tan ancianos que su piel había estallado por completo y estaban sentados, envueltos en cuero para contener el lento fluir de la sangre de su carne. Si nunca habéis visto a un koloss viejo, podéis consideraros afortunados. Su enormidad rivaliza solo con lo extraño de sus rasgos, pues carecen de nariz y labios y sus ojos sobresalen de unas caras de carne roja. La mayoría de los koloss mueren de ataque al corazón antes de alcanzar ese estado. Aquellos continuarían creciendo, incluso tras perder toda su piel, hasta que el destino los reclamara.
En tiempos remotos, habrían matado a los koloss como aquellos. En nuestros tiempos modernos, sin embargo, se reverencia a los koloss ancianos o al menos eso tenía entendido, aunque solo a partir de historias.[24] Sospecho que los lugares donde todas las tribus albergan a sus ancianos son tan sagrados como aquel donde me hallaba.
Mis vigilantes me depositaron ante los ancianos. Me quedé de rodillas, cauteloso.
—Has venido —dijo un anciano.
—No eres humano —dijo otro.
—Has derrotado a nuestro líder y matado a todos los aspirantes —dijo el tercero.
—¿Qué vais a hacer conmigo? —exigí saber, obligándome a ponerme en pie. Incluso empapado y aturdido como estaba, me enfrentaría a mi destino con la cabeza bien alta.[25]
—Te daremos muerte —dijo uno.
—Cumpliremos así la voluntad de la hija de quien te desafió —dijo otro.
—Debes unirte a nosotros —dijo otro.
—¿Unirme a vosotros? —pregunté—. ¿Cómo?
—Todos los koloss fuimos humanos una vez —afirmó uno de los ancianos.
Había escuchado afirmaciones similares otras veces. Y soy consciente, queridos lectores, de que las denigré en mis escritos. Las consideraba absurdas fantasías.
Lamento de todo corazón tener que deciros que me equivocaba. Me equivocaba del todo. Tuve que aceptar la terrible verdad. Los ancianos tenían razón.
Los koloss son personas.
El proceso es terrible. Para iniciar a un hombre en sus filas, se lo llevan y le clavan pequeños pinchos de metal. Hacerlo genera una transformación mística, por la que la mente y la identidad del hombre sufren una salvaje debilitación. Al final, la persona se vuelve tan torpe y simplona como los koloss.
Los koloss no nacen, sino que se crean. Su barbarismo existe en el interior de todos nosotros. Quizá fuese eso lo que intentaba decirme mi querido Handerwym.[26]
Habían dicho que debía unirme a ellos. ¿Sería aquel mi destino? ¿Pasar lo que me quedara de vida como un salvaje en un pueblo lejano, con mi mente perdida?[27]
—Has hablado de la hija de quien me desafió —dije—. ¿Quién es?
—Yo —dijo una voz suave y conocida.
Me volví y encontré a Elizandra Dramali saliendo de entre unos árboles cercanos. Ya no llevaba puesto su vestido, y en lugar de él iba ataviada con cueros que a duras penas tapaban sus partes más íntimas. De hecho, una descripción completa de su figura sería demasiado impactante para mis lectores más sensibles, de modo que me abstendré de hacerla.[28]
Seguía llevando sus anteojos, y su pelo dorado estaba recogido en su acostumbrada coleta, pero su piel había adquirido un tono azulado como jamás le había visto.
Elizandra, la bella Elizandra… tenía sangre koloss.[29]
—¡No puede ser! —exclamé, sin poder apartar la mirada de mi hermosa Elizandra, de la mujer a la que había llegado a amar y apreciar más que a ninguna otra. La mujer que, de algún modo, me había ocultado su verdadera naturaleza desde el principio.
Elizandra tenía sangre koloss.
Ojalá no tuviera que escribiros estas palabras, mis incondicionales lectores. Mas son la verdad, por mucho que me duela en mi pobre corazón. Son tan auténticas como la tinta de esta página.
—Maquillaje —explicó Elizandra, bajando la mirada con recato—. Como puedes ver, el tono azul de mi piel es ligero, comparado con otros de sangre koloss. Un uso inteligente de polvos y guantes me ha permitido ocultar lo que soy.
—¡Pero tu mente! —dije, dando un paso hacia ella—. ¡Tú piensas y tienes ingenio, no como estas bestias![30]
Empecé a extender un brazo hacia ella, pero vacilé. Todo lo que sabía de aquella mujer era un embuste. Tenía delante a un monstruo. No era mi bella y maravillosa mujer de la nobleza, sino una criatura montaraz, una asesina y una salvaje.
—Jak —dijo ella—, sigo siendo yo. Nací de los koloss, pero no he aceptado la transformación. Mi mente es tan aguda como la de cualquier ser humano. Por favor, querido mío, mira más allá de esta piel y juzga mi corazón.[31]
No pude resistirme más. Quizá me hubiera mentido, pero seguía siendo mi Elizandra. Me fundí en su abrazo y sentí su dulce calidez en aquel momento de confusión.
—Corres grave peligro, querido —me susurró al oído—. Van a convertirte en uno de ellos.
—¿Por qué?
—Espantaste a su cabecilla —susurró Elizandra—. Y gobernaste el clan a pesar de los desafíos que te planteamos. Al final, mataste a su mejor campeona. Mi madre.
—¿El campeón era una mujer? —pregunté.
—Por supuesto. ¿No te diste cuenta?
Desvié una mirada fugaz hacia los koloss congregados, que llevaban taparrabos pero en general nada más arriba. Si había algún modo de distinguir a los machos de las hembras aparte de… ejem… echar un vistazo, no la conocía. Es más, preferiría no haber sabido que algunos de ellos eran mujeres. Mis mofletes duros y curtidos por el viento ya no acostumbraban a sonrojarse, pues las cosas que he visto os desollarían vuestras delicadas mentes, pero si hubiera sido capaz, me habría sonrojado en ese momento.
—Lo siento, entonces, por matarla —dije, volviendo a mirar a Elizandra, que seguía abrazada a mí.
—Eligió su propio camino en la vida —repuso ella—. Y era un camino de brutalidad y asesinato. No la lloro, pero te lloraré a ti si te obligan a engrosar sus filas, amado mío. Afirman que esa es mi voluntad, pero te aseguro que no es así, aunque no hacen caso de mis protestas.[32]
—¿Por qué tenían que encerrarme en esa cueva? —pregunté.
—Era una prueba —dijo Elizandra—. Tu desafío final. Te habrían liberado al cabo de tres días, si no hubieras escapado. Pero al hacerlo, has demostrado tu valía para unirte a ellos y convertirte en su nuevo cabecilla de pleno derecho. ¡El problema es que, para hacerlo, debes pasar por la transformación! Perderás la mayor parte de ti mismo y pasarás a ser como ellos, una criatura de instinto.[33]
Tenía que escapar, pues. Aquel destino sería peor que la muerte: sería la muerte de mi mente.
Aunque había adquirido un gran respeto por los salvajes koloss,[34] no tenía la menor intención de unirme a ellos jamás.
—Tú guiaste mis pasos hasta aquí —comprendí, mirando a Elizandra—. Desde que te encontramos en estos Áridos, me has estado dirigiendo hacia esta tribu. Sabías de este estanque.
—Sospechaba, por tus descripciones de lo que andabas buscando, que el tesoro estaría aquí —dijo mi amada—. Pero no estaba segura. Nunca había venido al estanque sagrado. Jak, cuando te hayan transformado, pretenden hacer lo mismo conmigo en contra de mi voluntad. Llevo toda la vida resistiéndome a esto. No permití que me arrebataran la mente cuando era más joven ¡y no lo permitiré ahora!
—¡Basta de cháchara! —exclamó un anciano—. ¡Se te transformará!
Los otros koloss empezaron a dar palmas al unísono. Otro anciano extendió una mano abierta y ensangrentada, en la que sostenía un puñado de pequeños clavos.
—¡No! —grité—. ¡No hay necesidad, pues ya soy uno de vosotros!
La mano de Elizandra me apretó el brazo.
—¿Qué? —susurró.
—Es el único plan que se me ocurre —respondí, susurrando a mi vez. Y luego, en voz más alta, añadí—: ¡Soy koloss!
—No es posible —dijo un anciano.
—No eres azul —dijo otro.
—No tienes nuestras costumbres —dijo el tercero.
—¡Acabé con vuestra campeona! —declaré—. ¿Qué más pruebas necesitáis? ¿Acaso un ser humano normal sería lo bastante fuerte para hacerlo?
—Pistola —dijo uno de los ancianos—. No hace falta fuerza para usar la pistola.
¡Herrumbre y ruina!
—Muy bien, pues —afirmé—. Os lo demostraré con una última prueba. ¡Os traeré el Tesoro del Superviviente!
Los koloss se quedaron callados. Dejaron de dar palmadas.
—No es posible —dijo un anciano—. Hasta los koloss más fuertes han fracasado.
—En ese caso, si triunfo, sabréis que decía la verdad —expliqué a las bestias.
Estaba condenándome a mí mismo a una muerte segura. Ojalá pudiera deciros que fue la valentía lo que guiaba mis labios aquel día, pero lo cierto es que fue solo la desesperación. Hablé de lo único que se me ocurría, de lo único que podía permitirme ganar tiempo.
Si las leyendas eran ciertas, el tesoro estaba oculto «opuesto al cielo, elevado solo por la misma vida». Opuesto al cielo debía de significar al fondo del estanque, tan abajo que no alcanzaba a verlo. Tendría que sumergirme para recuperar el tesoro.
—No es posible —repitió otro anciano.
—¡Demostraré que es posible! —exclamé.
—¡Jak! —dijo Elizandra, con la mano en mi brazo—. ¡Eres un necio!
—Quizá sea un necio —repuse—, pero no permitiré que me obliguen a ser un koloss.
Elizandra me atrajo hacia ella, de repente, y me besó. Hay pocas cosas en esta vida que me impresionen, queridos lectores, pero ese momento consiguió lo imposible. A veces se mostraba tan fría conmigo que estaba seguro de que mis afectos no serían correspondidos.
Pero aquel beso… ¡qué beso! Fue tan profundo como el estanque que teníamos al lado, tan verdadero como las enseñanzas del mismísimo Superviviente. Tan poderoso como una bala en pleno vuelo, tan increíble como una diana a trescientos metros. Su pasión me confirió calor, expulsando la gelidez de mi ropa mojada y el temor de un corazón tiritante.
Cuando concluyó, el metal ardió vivo en mi interior. Aunque Elizandra no era alomante, se había metido un poco de polvo de estaño en la boca… ¡y me lo había pasado mediante el beso!
Me aparté, maravillado.
—Eres increíble —susurré.
—Vaya, caramba, Jak —respondió ella con otro susurro—. Al final has terminado diciendo algo inteligente, aunque sea por una vez.[35]
Los koloss empezaron a aplaudir de nuevo. Recogí la piedra más grande que pude cargar y, después de respirar hondo, salté al estanque y permití que la roca tirara de mí hacia abajo.
Era profundo. Insondablemente profundo.[36]
La oscuridad me devoró casi al instante. Queridos lectores, deberéis imaginar vosotros mismos aquella oscuridad absoluta, pues no me veo capaz de hacerle justicia. Que te consuma la negrura ya es en sí mismo una experiencia singular, pero estar en el agua mientras desaparece la luz… hay algo terriblemente espantoso en ello. Incluso mis nervios de acero cedieron al temblor mientras continuaba mi descenso.
Noté un dolor horrible en los oídos, aunque no sé si podía deberse a mi herida. Descendí durante lo que me pareció una eternidad, hasta que me ardieron los pulmones y se me embotó la mente. Estuve a punto de soltar la piedra.
No podía pensar. Mi herida amenazaba con abrumarme y, aunque no veía nada, sabía que mi visión empezaba a emborronarse. Me fallaba el cuerpo mientras me precipitaba hacia la inconsciencia. Supe que moriría en aquellas profundidades invisibles.
En ese momento, pensé en Elizandra convirtiéndose en koloss, perdiendo aquel hermoso ingenio que tanto me atraía. La idea me dio fuerzas y avivé mi estaño.
El estaño avivado proporciona claridad mental, como ya he dicho. Jamás la recibí tan de brazos abiertos como entonces, pues esos momentos de lucidez apartaron la sombra que me oscurecía la mente.
Sentí la gelidez del agua y el dolor de mi cabeza se volvió increíble, pero estaba vivo.
Toqué fondo. Sin atreverme a soltar el peso de mi piedra, palpé a mi alrededor con una mano, frenético. Los pulmones me ardían como metales avivados. ¿Estaría allí?
¡Sí! Lo estaba. Había algo cuadrado y sin aspecto natural, una caja metálica. ¿Una caja fuerte?
Intenté levantarla y logré moverla un poco, pero pesaba tanto como mi piedra. Consternado, comprendí que jamas podría transportar la caja hasta la superficie. Tenía el cuerpo demasiado débil y no lograría nadar con tanto lastre.
¿Fracasaría, entonces? Si regresaba a la superficie sin el tesoro, quizá se limitaran a matarme, o quizá me obligarían a ser como ellos; en cualquiera de los dos casos, estaría acabado.
Intenté levantar el cofre una vez más, pero apenas logré nadar un metro con él. No tenía aire, ni fuerza. ¡No podría hacerlo!
Y entonces, recordé el poema. «Opuesto al cielo lo hallarás, y solo podrá ser alzado mediante la vida misma».[37]
La vida misma. ¿Qué era la vida allí abajo?
El aire.
Palpé con torpeza los laterales del cofre y encontré un pestillo, que liberó alguna clase de objeto. Era correoso al tacto, como un odre. Soplé en su interior, renunciando a todo el aire de mis pulmones, un aire que ya no me mantenía pero que aun así podía serme de utilidad.[38] Luego me impulsé contra el fondo, con mi metal agotado, con mi aire agotado.
Una eternidad.
Salí de golpe a la superficie del estanque mientras la visión se me volvía a nublar. Solo pude atisbar un momento de luz antes de que la tiniebla volviera a apoderarse de mí, pero unas manos suaves me asieron y me liberaron del agua antes de que pudiera volver a hundirme hacia mi muerte. Olí el perfume de Elizandra y, al recuperarme, contemplé su rostro preocupado mientras acunaba mi cabeza en su regazo. La vista de su traje de cuero desde debajo no era muy apropiada, pero tampoco poco apreciada.
—Idiota —me susurró mientras yo rodaba y tosía agua de los pulmones.
—¡Ha fracasado! —exclamaron los ancianos koloss.
En ese mismo instante, algo emergió del estanque. Parecía ser una vejiga inflada de algún tipo, quizá de oveja. Metí la mano en el agua y agarré la caja fuerte que flotaba debajo de ella.[39]
Los koloss se apiñaron a mi alrededor mientras me arrodillaba junto al cofre y empezaba a examinar la cerradura. Elizandra sacó la llave que habíamos encontrado en la mina de Vorágine, y encajó[40] a la perfección. La giré con un chasquido y abrí la tapa.
Dentro había clavos.
Al principio, los gritos de los koloss me preocuparon, pero resultaron ser voces de alegría. Miré a Elizandra, confuso.
—Clavos nuevos —dijo ella—. Muchos. Con ellos, la tribu podrá crecer. Estaban perdiendo las guerras contra sus vecinos, porque mi tribu siempre ha sido la más pequeña de la zona. Con esto, podrán incrementar su número en docenas de nuevos miembros. Es un auténtico tesoro para ellos.
Me acuclillé. Queridos lectores, debo reconoceros que me arrepentí un poco de no viajar en busca de riquezas, sino movido por el gozo del descubrimiento y por la oportunidad de compartir con vosotros el mundo. Pero aun así, aquel no era el tesoro que había esperado encontrar. ¿Un puñado de pinchitos? ¿A eso había dedicado meses y meses de búsqueda? ¿Eso eran las legendarias riquezas que había dejado nada menos que el Superviviente?
—No estés tan taciturno, querido —dijo Elizandra, soltando los clavos para que los cogieran los ancianos. Se apartó mientras los koloss se congregaban, en apariencia habiéndose olvidado de nosotros por la emoción—. Parece que hemos recuperado nuestras vidas.
Y en efecto, los koloss no impidieron nuestra huida. Abandonamos el pequeño valle del oasis, en dirección al río y, con un poco de suerte, el resto de nuestra caravana.[41]
Seguía decepcionado. Fue entonces cuando me fijé en una cosa. El cofre que cargaba Elizandra no parecía muy deslustrado para haberse pasado lo que sin duda eran más de tres siglos bajo el agua. Le pedí con un gesto que me lo entregara y froté la superficie de la tapa. Entonces parpadeé, sorprendido.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, deteniéndose.
Sonreí de oreja a oreja.
—Aluminio puro, querida mía. ¡Es carísimo! Al final, sí que hemos encontrado nuestro tesoro.
Ella rio y me concedió otro beso.
Y es aquí, lectores míos, donde debo concluir el relato de mis viajes por los Pozos de Eltania. Hallamos el tesoro, perdimos nuestras vidas —que luego recuperamos— y por fin cumplí el deseo que mi querido Mikaff me confesó en su lecho de muerte.
Ha sido la mayor de mis aventuras hasta la fecha, y creo que descansaré un poco antes de salir de nuevo. Llevo un tiempo oyendo hablar de extrañas luces en los cielos del sur, que, sin duda, ocultan un nuevo misterio.
Hasta entonces, ¡que continúe la aventura![42]
Nota final
Este es el segundo relato que escribí para Crafty Games, en esta ocasión para incluirlo en su suplemento Alloy of Law.
Para esta historia, elegí una dirección distinta. Dado que la primera estaba pensada como introducción para los recién llegados, quería que esta resultase profunda e interesante a los lectores establecidos. Revelar cómo se crean y existen los koloss en la segunda era de la secuencia de Scadrial me pareció la clase de secreto que podría intrigar a la gente.
Hace muchos años, mi hermano Jordan me propuso hacer un programa radiofónico en forma de podcast. Quería que tuviera guión y que lo escribiera yo, pero sencillamente no tenía tiempo de ponerme con ello. (El podcast Writing Excuses nació a partir de esto, aunque creo que con el tiempo Jordan recurrió a Dan Wells para que escribiera algunos episodios de algo con más guión). Me lo planteó como la historia de un experto aventurero/explorador. Aunque no pude escribirlo para él, luego pasé años preguntándome qué podría haber hecho, de haber tenido tiempo.
Alomante Jak es la respuesta directa a esa pregunta. Se trata de un intrépido caballero, exageradísimo y basado en las viejas historias pulp. Sin embargo, me dio la sensación de que escribir solo eso no funcionaría. En los libros de Wax y Wayne ya estaba contando historias que eran una evolución más auténtica del género pulp, con caracterizaciones más sólidas y menos melodrama.
Jak, por tanto, tenía que suponer un contraste, una forma de resaltar lo viejo contra lo nuevo. Ya sea en realidad el fanfarrón que su «fiel mayordomo» implica que es, ya sea más bien un aventurero quijotesco de inacabable optimismo, se suponía que debía presentar cierta ausencia de autenticidad. Un contraste con Wax, del mismo modo en que pueden contrastarse las nuevas encarnaciones de Batman contra el antiguo personaje interpretado por Adam West. (Que conste que me encantan las dos).
Y por cierto, redactar las anotaciones de Handerwym es de las cosas más divertidas que he hecho jamás como escritor.