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Nacidos de la bruma: historia secreta

Esta novela corta revela acontecimientos

importantes de la trilogía «Nacidos de la bruma» original

y acontecimientos menores de Brazales de duelo.

Primera parte: Imperio

1

Kelsier quemó el undécimo metal.

No cambió nada. Seguía de pie en la misma plaza de Luthadel, enfrentándose al lord Legislador. Un público silencioso, tanto skaa como noble, miraba desde el perímetro. Una rueda chirriaba perezosa al viento, colgada de un costado del carro de prisioneros volcado. Había una cabeza de inquisidor clavada a la madera del suelo del carro, sostenida allí por sus propios clavos.

No cambió nada, pero cambió todo. Pues a ojos de Kelsier, había dos hombres de pie ante él.

Uno era el emperador inmortal que había reinado durante mil años: una figura imponente de cabello negro como el azabache y dos lanzas clavadas en el pecho de las que no parecía ni darse cuenta. A su lado había un hombre con sus mismos rasgos pero un porte distinto del todo. Un hombre envuelto en gruesas pieles, con la nariz y las mejillas sonrojadas como de frío. Tenía el pelo enredado y revuelto, la actitud jovial, la cara sonriente.

Eran el mismo hombre.

«¿Puedo aprovecharlo?», pensó Kelsier, frenético.

Negra ceniza caía levemente alrededor de los dos hombres. El lord Legislador miró al inquisidor que Kelsier había matado.

—Esos son muy difíciles de reemplazar —dijo con voz imperiosa.

El tono resaltaba su contraste con el hombre que tenía al lado, un vagabundo, un montañés que tenía la cara del lord Legislador. «Eso es lo que eres de verdad», pensó Kelsier. Pero no le servía de nada. Solo demostraba, por si hiciera falta más demostración, que el undécimo metal no era lo que Kelsier había esperado. El metal no era ninguna solución mágica mediante la que acabar con el lord Legislador. Tendría que confiar en su otro plan.

De modo que Kelsier sonrió.

—Te maté una vez —dijo el lord Legislador.

—Lo intentaste —replicó Kelsier, con el corazón acelerado. El otro plan, el plan secreto—. Pero no puedes matarme, lord Tirano. Represento aquello que nunca has podido matar, no importa cuánto lo hayas intentado. Yo soy la esperanza.

El lord Tirano bufó despectivo. Alzó un brazo como si tal cosa.

Kelsier se preparó. No podía luchar contra alguien que era inmortal.

No estando vivo, al menos.

«Mantente firme. Dales algo que recordar».

El lord Legislador descargó un revés contra él. Un dolor lacerante recorrió el cuerpo de Kelsier como si fuera un relámpago. En ese momento, Kelsier avivó el undécimo metal y captó un atisbo de algo nuevo.

El lord Legislador de pie en una sala, ¡no, en una caverna! El lord Legislador metiéndose en un estanque brillante y el mundo girando a su alrededor, las rocas desmoronándose, la estancia retorciéndose, todo cambiando.

La visión se disipó.

Kelsier murió.

Resultó ser un proceso mucho más doloroso de lo que había anticipado. En lugar de un suave desvanecimiento hacia la nada, sintió una horrorosa sensación de rasgado, como si fuese una tela atrapada entre las fauces de dos perros feroces.

Chilló, intentando a la desesperada mantenerse unido. Su voluntad no significaba nada. Fue desgarrado, arrancado y lanzado a un lugar de infinitas brumas revueltas.

Cayó de rodillas, jadeante, dolorido. Ni siquiera estaba seguro de sobre qué estaba arrodillado, ya que por debajo parecía haber solo más bruma. El suelo titilaba como si fuese líquido y era suave al tacto.

Se quedó allí de rodillas, estoico, sintiendo cómo iba desapareciendo poco a poco el dolor. Por fin pudo destensar la mandíbula y gemir.

Estaba vivo. Más o menos.

Consiguió alzar la mirada. La misma densa grisura se removía por todo su alrededor. ¿Era la nada? No, porque podía ver formas en ella, sombras. ¿Colinas? Y en lo alto del cielo, una especie de luz. Un sol diminuto, quizá, como visto a través de espesas nubes grises.

Kelsier respiró varias veces antes de gruñir y ponerse de pie.

—Bueno —proclamó—, eso ha sido horroroso del todo.

Por lo visto, sí que había algo después de la muerte, lo que resultó un descubrimiento agradable. ¿Significaba… significaba que Mare seguía por allí, en alguna parte? Kelsier siempre se había valido de los tópicos, siempre había dicho a los demás que algún día volvería a estar con ella. Pero en el fondo nunca lo había creído, nunca había pensado de verdad…

El fin no era el fin. Kelsier sonrió de nuevo, en esa ocasión emocionado de verdad. Dio una vuelta completa, y mientras inspeccionaba su entorno, la bruma pareció retroceder. No, la sensación fue más como si Kelsier se solidificara, como si entrara por completo en aquel lugar. La retirada de la niebla fue más como si su propia mente estuviera aclarándose.

La bruma se condensó en distintas formas. Las sombras que había confundido con colinas eran edificios, borrosos y formados de cambiante bruma. El suelo bajo sus pies también era bruma, una profunda extensión, como si estuviera sobre la superficie del océano. Era suave al tacto, como la tela, y hasta un poco mullido.

Cerca de él estaba el carro de prisioneros volcado, pero estaba compuesto de bruma. Esa bruma cambiaba y se movía, pero el carro conservaba su forma. Era como si la niebla estuviera atrapada por una fuerza invisible para retener una forma concreta. Lo más chocante era que las rejas del carro brillaban en aquel lado. Complementándolas, aparecieron otros puntitos de luz al rojo blanco a su alrededor, salpicando el paisaje. Pomos de puerta. Pestillos de ventanas. Todo lo que había en el mundo de los vivos tenía su reflejo en aquel lugar y, aunque casi todo era bruma sombría, el metal aparecía como una luz poderosa.

Algunas de aquellas luces se movían. Kelsier frunció el ceño, se acercó a una de ellas y solo entonces cayó en la cuenta de que muchas de las luces correspondían a personas. Las veía como intensos brillos blancos que irradiaban a partir de figuras humanas.

«El metal y las almas son lo mismo», observó. ¿Quién lo habría dicho?

Al empezar a orientarse, comprendió lo que estaba ocurriendo en el mundo de los vivos. Miles de luces se movían, alejándose. La multitud huía de la plaza. Una poderosa luz, con una silueta alta, caminaba a zancadas en otra dirección. El lord Legislador.

Kelsier intentó seguirlo, pero tropezó con algo que había en el suelo. Había una forma brumosa tendida, atravesada por una lanza. El cadáver del propio Kelsier.

Tocarlo fue como recordar una buena experiencia. Los aromas familiares de su juventud. La voz de su madre. El calor del cuerpo de Mare, tendida en una colina junto a él, viendo caer la ceniza.

Esas experiencias se deslieron y parecieron enfriarse. Una luz de entre la masa de gente escapando —era difícil distinguir a los individuos, con todo el mundo iluminado— corrió hacia él. Al principio Kelsier pensó que quizá esa persona hubiera visto su espíritu. Pero no, llegó a toda prisa hasta su cadáver y se arrodilló.

Ahora que la tenía cerca, Kelsier pudo distinguir los detalles de los rasgos de esa persona, tallados en bruma y brillando desde el interior.

—Ay, mi niña —dijo Kelsier—. Lo siento.

Extendió los brazos, acunó la cara de Vin mientras lloraba sobre su cadáver y descubrió que podía sentirla. Resultaba sólida a sus dedos etéreos. Vin no parecía poder sentir su contacto, pero Kelsier captó una visión de ella en el mundo real, con las mejillas surcadas de lágrimas.

Las últimas palabras que le había dicho habían sido duras, ¿verdad? Quizá fuese mejor que Mare y él nunca hubieran tenido niños.

Una figura brillante salió entre la multitud a la fuga y agarró a Vin. ¿Era Ham? Tenía que serlo, con ese perfil. Kelsier se levantó y los vio marcharse. Había puesto en marcha planes para ellos. Quizá lo odiarían por haberlo hecho.

—Has dejado que te mate.

Kelsier se volvió, sorprendido de encontrar a alguien a su lado. No era una figura hecha de niebla, sino un hombre vestido con extraños ropajes: un abrigo fino de lana que le llegaba casi a los pies y, debajo de él, una camisa cerrada con lazos y una especie de falda cónica, sujeta por un cinturón que sostenía también un cuchillo con empuñadura de hueso.

El hombre era bajito, de cabello oscuro y prominente nariz. Al contrario que las demás personas, hechas de luz, aquel hombre parecía normal como Kelsier. Teniendo en cuenta que él estaba muerto, ¿sería el hombre otro espíritu?

—¿Quién eres? —exigió saber Kelsier.

—Ah, creo que ya lo sabes.

El hombre cruzó la mirada con Kelsier, que en sus ojos vio la eternidad. Una eternidad fría y tranquila, la eternidad de las rocas viendo pasar las generaciones, o la de las despreocupadas profundidades que no reparaban en el paso de los días porque, de todos modos, la luz nunca las alcanzaba.

—Vaya, hombre —dijo Kelsier—. ¿De verdad existe un Dios?

—Sí.

Kelsier le atizó un puñetazo.

Fue un golpe limpio y potente, lanzado desde el hombro mientras alzaba el otro brazo para bloquear un posible contraataque. Dox estaría orgulloso.

Dios no lo esquivó. El puñetazo de Kelsier lo alcanzó en toda la cara, encajando con un satisfactorio golpe seco. El golpe tiró a Dios al suelo, aunque cuando alzó la mirada parecía más sorprendido que dolorido.

Kelsier se acercó a él.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Existes y permites que pase todo esto? —preguntó, abarcando con un gesto la plaza donde, para su horror, vio luces apagarse. Los inquisidores estaban atacando a la multitud.

—Hago lo que puedo. —La figura caída pareció distorsionarse un momento, con algunas partes expandiéndose como la bruma escapando de su confinamiento—. Hago… hago lo que puedo. Está en marcha, ¿sabes? Yo…

Kelsier retrocedió un paso y puso los ojos como platos cuando Dios se descompuso y luego volvió a cobrar forma.

A su alrededor, otras almas hicieron la transición. Sus cuerpos dejaron de brillar y sus almas llegaron trastabillando a aquella tierra de brumas: tropezando, cayendo, como si las hubieran expulsado de sus cuerpos. Una vez habían llegado, Kelsier las veía en color. El mismo hombre, Dios, aparecía cerca de todas ellas. De pronto hubo más de una docena de versiones de él, todas idénticas, cada una hablando con un muerto.

La versión de Dios que había junto a Kelsier se levantó y se frotó la mandíbula.

—Eso no lo había hecho nadie antes.

—¿Cómo, de verdad? —preguntó Kelsier.

—No. Las almas suelen estar demasiado desorientadas. Pero algunas sí que corren. —Miró a Kelsier.

Kelsier cerró los puños. Dios retrocedió un paso y, para regocijo de Kelsier, llevó la mano al cuchillo de su cinturón.

Bueno, Kelsier no iba a atacarlo, no de nuevo. Pero había escuchado el desafío implícito en sus palabras. ¿Iba a correr? Por supuesto que no. ¿Hacia dónde podía correr?

Cerca de ellos, una desafortunada mujer skaa llegó tropezando a la ultratumba, y luego, casi de inmediato, se descompuso. Su silueta se alargó, transformándose en una neblina blanca de la que algo tiraba hacia un punto lejano y oscuro. O al menos eso parecía, aunque el punto hacia el que se extendía no era un lugar, no del todo. Era el más allá. Una posición que de algún modo se mantenía distante, alejada de él se moviera hacia donde se moviera.

La mujer se estiró y terminó de desvanecerse. Otros espíritus de la plaza la imitaron.

Kelsier se volvió hacia Dios.

—¿Qué está pasando?

—No creerías que esto era el final, ¿verdad? —dijo Dios, recorriendo con un gesto de la mano aquel mundo sombrío—. Esto es el paso intermedio. Posterior a la muerte y anterior a…

—¿Anterior a qué?

—Anterior al Más Allá —dijo Dios—. Al Otro Lugar. Al que deben ir las almas. Al que debe ir la tuya.

—Aún no he ido.

—Los alomantes tardan más, pero terminará ocurriendo. Es el progreso natural de las cosas, como un río que fluye hacia el océano. Yo no estoy aquí para hacer que ocurra, sino para consolaros en vuestra partida. Lo considero una especie de deber que me impone mi cargo. —Se frotó un lado de la cara y lanzó a Kelsier una mirada furiosa que expresaba a las claras lo que opinaba de su saludo.

Cerca, otras dos personas se disiparon hacia sus eternidades. Parecieron aceptarlo, pasar a aquella nada estirada con sonrisas de alivio y bienestar. Kelsier miró aquellas almas que se marchaban.

—Mare —susurró.

—Fue al Más Allá. Como harás tú.

Kelsier miró hacia aquel punto del Más Allá, el lugar hacia el que se veían atraídos todos los muertos. Sintió cómo, tenuemente, empezaba a tirar también de él.

«No. Todavía no».

—Necesitamos un plan.

—¿Un plan? —preguntó Dios.

—Para sacarme de esto. Tal vez necesite que me ayudes.

—No hay forma de salir de esto.

—Menuda actitud más lamentable —dijo Kelsier—. No resolveremos nada si continúas hablando así.

Miró su propio brazo, que lo desconcertó al empezar a desdibujarse, como la tinta en una página que por error se frota antes de secarla. Notó un drenaje.

Empezó a caminar y se obligó a avivar el ritmo. No pensaba quedarse allí plantado mientras la eternidad intentaba absorberlo.

—Es natural no estar convencido —dijo Dios mientras lo alcanzaba—. Muchos sienten ansiedad. Tranquilízate. Aquellos a los que dejas atrás hallarán su propio camino, y tú…

—Sí, sí, estupendo —lo interrumpió Kelsier—. No hay tiempo para lecciones. Dime, ¿alguien ha resistido alguna vez que lo absorba el Más Allá?

—No. —La forma de Dios titiló y se desmadejó de nuevo antes de volver a componerse—. Ya te lo he dicho.

«Vaya —pensó Kelsier—, él también parece a punto de desmoronarse».

En fin, había que usar lo que se tenía a mano.

—Seguro que se te ocurre alguna idea que pueda probar, Borrón.

—¿Cómo me has llamado?

—Borrón. De alguna forma tengo que llamarte.

—Podrías probar con «mi señor» —dijo Borrón, y resopló.

—Sería un mote espantoso para un miembro de mi banda.

—Miembro de…

—Necesito un equipo —dijo Kelsier, sin dejar de recorrer a grandes pasos la versión sombría de Luthadel—. Como puedes ver, mis opciones están limitadas. Preferiría tener a Dox, pero tiene que lidiar con el hombre que afirma ser tú. Además, la iniciación a este equipo mío te va a encantar.

—Pero…

Kelsier se volvió y agarró al otro hombre, más bajo, por los hombros. Los brazos de Kelsier estaban difuminándose más, atraídos como el agua por la corriente de un arroyo invisible.

—Mira —dijo Kelsier sin levantar la voz pero con tono urgente—, has dicho que estás aquí para consolarme. Pues la forma de hacerlo es esta. Si tienes razón, nada de lo que pueda hacer servirá de nada, así que ¿por qué no me concedes el capricho? Déjame vivir una última emoción mientras me enfrento al destino definitivo.

Borrón suspiró.

—Sería mejor que aceptaras lo que sucede.

Kelsier sostuvo la mirada a Borrón. Se le acababa el tiempo: podía sentirse a sí mismo deslizándose hacia el olvido, hacia aquel punto lejano de nada, oscuro e incognoscible. Pero aun así, le sostuvo la mirada. Si aquella criatura se comportaba en lo más mínimo como el ser humano cuya apariencia adoptaba, sostenerle la mirada confiado, sonriente y seguro de sí mismo funcionaría. Borrón cedería.

—Vaya —dijo Borrón—. No solo eres el primero en darme un puñetazo, sino también el primero que intenta reclutarme. Eres un hombre de lo más extraño.

—No conoces a mis amigos. Comparado con ellos, soy normal. Ideas, por favor.

Empezó a recorrer una calle, moviéndose solo por moverse. Había construcciones de viviendas a los dos lados, compuestas de bruma en movimiento. Parecían los fantasmas de edificios. A veces una oleada, un centelleo, se entreveía a través del suelo y de los edificios y hacía que la bruma se retorciera y serpenteara.

—No sé que esperas que te diga —afirmó Borrón, correteando para mantenerse a la altura de Kelsier—. Los espíritus que llegan a este lugar se ven atraídos hacia el Más Allá.

—Tú no.

—Yo soy un dios.

«Un dios. No “Dios” y punto. Tomo nota».

—Bueno —dijo Kelsier—, ¿y qué parte de ser un dios es la que te hace inmune?

—Todas ellas.

—No puedo evitar la sensación de que no estás aportando mucho a este equipo, Borrón. Venga, échame una mano. Has dicho que los alomantes duran más. ¿Los feruquimistas también?

—Sí.

—Las personas con poder —concluyó Kelsier, señalando las lejanas agujas de Kredik Shaw.

Estaban en la calle por la que se había marchado el lord Legislador, en dirección a su palacio. Aunque el carruaje del lord Legislador ya estaba lejos, Kelsier aún distinguía su alma brillando en algún lugar, por allí arriba. Mucho más refulgente que las demás.

—¿Y qué pasa con él? —preguntó Kelsier—. Dices que todo el mundo debe doblegarse a la muerte, pero a todas luces no es cierto. Él es inmortal.

—Él es un caso especial —dijo Borrón, animándose—. Él tiene formas de no morir de buen principio.

—¿Y si muriera? —insistió Kelsier—. Duraría en este lado incluso más que yo, ¿verdad?

—Ah, ya lo creo —dijo Borrón—. Él Ascendió, aunque fuese solo durante poco tiempo. Blandió el suficiente poder para expandir su alma.

«Entendido. Expandir mi alma».

—Yo… —Dios titubeó mientras su forma se distorsionaba—. Esto… —Agachó la cabeza—. ¿Qué estaba diciendo?

—Me explicabas cómo expandió su alma el lord Legislador.

—Fue una delicia —dijo Dios—. ¡Fue todo un espectáculo! Y ahora está Conservado. Me alegro de que no encontraras una forma de destruirlo. Todos los demás mueren, pero él no. Es maravilloso.

—¿Maravilloso? —A Kelsier le entraron ganas de escupir—. Es un tirano, Borrón.

—Es inmutable —replicó Dios, a la defensiva—. Es un espécimen brillante. Único. No apruebo a lo que se dedica, pero se puede empatizar con el cordero a la vez que se admira al león, ¿verdad?

—¿Por qué no detenerlo? Si no apruebas a lo que se dedica, ¡haz algo al respecto!

—Venga, venga —dijo Dios—. Tampoco nos precipitemos. ¿Qué se conseguiría quitándolo de en medio? En su lugar se alzaría otro líder más transitorio que provocaría más caos y muertes que las que ha causado el lord Legislador. Es mejor que haya estabilidad. Sí. Un líder constante.

Kelsier sintió que se estiraba más. No tardaría en desaparecer. No parecía que su nuevo cuerpo pudiera sudar, porque de haber podido, sin duda ya tendría la frente inundada.

—¿No te gustaría ver a otro hacer lo mismo que él? —preguntó Kelsier—. Expandir su alma, digo.

—Imposible. El poder del Pozo de la Ascensión no estará reunido y listo hasta dentro de más de un año.

—¿Cómo? —dijo Kelsier—. ¿El Pozo de la Ascensión?

Se estrujó los sesos tratando de recordar las cosas que le había explicado Sazed sobre la religión y la fe. Era un tema demasiado amplio, casi abrumador. Kelsier había estado jugando a la rebelión y los tronos, centrándose en la religión solo cuando consideraba que podía convenir para sus planes y durante todo ese tiempo, aquello había estado de fondo, ignorado e inadvertido.

Se sintió como un niño.

Borrón siguió hablando, ajeno al momento de iluminación de Kelsier.

—Pero no, tu no podrías usar el Pozo. He fracasado en mi intento de encerrarlo. Ya sabía que lo haría, porque él es más fuerte. Su esencia se filtra en las formas naturales. Sólido, líquido, gas. Por la forma en que creamos el mundo. Tiene planes. Pero ¿son más profundos que los míos o por fin he podido aventajarlo?

Borrón volvió a distorsionarse. Su diatriba apenas tenía sentido para Kelsier. Le daba la sensación de que era importante, pero sencillamente no era urgente.

—El poder está regresando al Pozo de la Ascensión —dijo Kelsier.

Borrón vaciló.

—Hum. Sí. Esto… pero está muy, muy lejos. Sí, demasiado lejos para que puedas llegar. Lástima.

Dios, al parecer, era muy mal mentiroso.

Kelsier lo asió y el hombrecillo se encogió.

—Dime dónde —le pidió—. Por favor. Ya me noto estirado, deshaciéndome, siendo arrastrado. Por favor.

Borrón se soltó de sus manos. Los dedos de Kelsier, o más bien los dedos de su alma, ya no funcionaban tan bien.

—No —zanjó Borrón—. No, no está bien. Si lo tocaras, quizá solo incrementaras el poder de él. Te marcharás, como todos los demás.

«Como quieras —pensó Kelsier—. Tendré que estafarte, pues».

Se dejó caer contra la pared de un edificio fantasmal. Suspiró y descendió hasta sentarse con la espalda contra la pared.

—De acuerdo.

—¡Muy bien, eso es! —exclamó Borrón—. Mejor. Mucho mejor, ¿a que sí?

—Sí —respondió Kelsier.

Dios pareció relajarse. Con cierto malestar, Kelsier se fijó en que Dios seguía teniendo fugas. La bruma escapaba de su cuerpo por unos pocos puntitos minúsculos. Aquella criatura era como una bestia herida que seguía cumpliendo con calma su rutina diaria sin hacer caso de las mordeduras.

Quedarse quieto era difícil. Más difícil de lo que había sido enfrentarse al lord Legislador. Kelsier anhelaba correr, chillar, retorcerse, moverse. La sensación de estar siendo absorbido era espantosa de verdad.

Se las ingenió para aparentar relajación.

—¿Me habías hecho una pregunta? —dijo, como si estuviera muy cansado y le costara hablar—. Cuando has aparecido a mi lado.

—¡Ah! —recordó Borrón—. Sí. Has dejado que te mate. Eso no me lo esperaba.

—Eres Dios. ¿No puedes ver el futuro?

—Hasta cierto punto —dijo Borrón en tono animado—. Pero está confuso, muy confuso. Demasiadas posibilidades. Esta no la vi entre ellas, aunque supongo que allí estaría. Tienes que decírmelo. ¿Por qué has dejado que te mate? Al final, te has quedado quieto sin más.

—No podría haber huido —dijo Kelsier—. En el momento en que ha llegado el lord Legislador, ha dejado de haber escapatoria. Tenía que enfrentarme a él.

—Ni siquiera has luchado.

—He usado el undécimo metal.

—Ha sido una idiotez —dijo Dios. Empezó a pasear en torno a Kelsier—. Eso ha sido por la influencia de Ruina en ti. Pero ¿con qué objeto? No entiendo por qué quería que tuvieras ese metal inútil. —Se animó—. Y menuda pelea, la tuya contra el inquisidor. Sí, he visto muchas cosas, pero esa no se parecía a ninguna. Impresionante, aunque desearía que no hubieras provocado tanta destrucción, Kelsier.

Siguió caminando, pero en su paso parecía haber algo más de brío. Kelsier no había esperado que Dios fuese tan humano. Emocionable, incluso energético.

—He visto una cosa —dijo Kelsier—, mientras el lord Legislador me mataba. La persona que pudo ser una vez. ¿Su pasado? ¿Una versión de su pasado? Estaba en el Pozo de la Ascensión.

—¿Ah, sí? Hum. Sí, habrá sido el metal, avivado justo en el momento de la transición. ¿Has echado un vistazo al Reino Espiritual, pues? ¿Su Conexión y su pasado? Estabas empleando la esencia de Ati, por desgracia. No es de fiar, ni siquiera en forma diluida. Solo que… —Frunció el ceño e inclinó la cabeza a un lado, como si intentara recordar algo que había olvidado.

—Otro dios —susurró Kelsier, cerrando los ojos—. Dices que… ¿lo atrapaste?

—Se liberará en algún momento. Es inevitable. Pero retenerlo no es mi última jugada. No puede serlo.

«Quizá debería dejarme llevar y punto», pensó Kelsier, cayendo en la inconsciencia.

—Ahí estamos —dijo Dios—. Adiós, Kelsier. Lo serviste a él más a menudo que a mí, pero respeto tus intenciones, como también tu notable capacidad para Conservarte a ti mismo.

—La vi —susurró Kelsier—. Una caverna en lo alto de las montañas. El Pozo de la Ascensión…

—Sí —dijo Borrón—. Es donde lo situé.

—Pero… —dijo Kelsier, estirándose—. Él lo trasladó.

—Naturalmente.

¿Qué haría el lord Legislador con una fuente de tanto poder? ¿La escondería muy lejos?

¿O la guardaría muy, muy cerca, al alcance de sus dedos? ¿Kelsier no había visto pieles, como las que llevaba el lord Legislador en su visión? Las había visto en una cámara protegida por un inquisidor. En un edificio dentro de un edificio, oculto en las profundidades del palacio.

Kelsier abrió los ojos.

Borrón se volvió hacia él.

—¿Qué?

Kelsier se puso en pie de un salto y echó a correr. No quedaba mucho de su yo, solo una imagen vaga y emborronada. Los pies sobre los que corría eran manchas distorsionadas, su figura una tela vaciada y desenmarañada. Apenas lograba encontrar apoyo en el terreno brumoso y, cuando topó contra un edificio, se impulsó a través de él, como si la pared no fuese más que una brisa intensa.

—Conque al final sí que eres de los que corren —dijo Borrón, apareciendo junto a él—. Kelsier, hijo mío, con esto no lograrás nada. Pero supongo que no podía esperar menos de ti. Tenías que darte cabezazos contra tu destino a lo loco hasta el último momento.

Kelsier apenas oía las palabras. Se concentró en correr, en resistir aquella fuerza que tiraba de él hacia atrás, hacia la nada. Corría contra la misma muerte, que ya cerraba sus fríos dedos en torno a él.

Corre.

Concéntrate.

Esfuérzate en ser.

La huida le recordó otro momento, en el que trepaba por un pozo con los brazos ensangrentados. ¡No lo atraparían!

Se guio por el latido, por la oleada que recorría el mundo sombrío a intervalos regulares. Buscó su origen. Pasó a la carrera atravesando edificios, cruzando avenidas, sin hacer caso ni al metal ni a las almas de los hombres hasta que llegó a la gris y neblinosa silueta de Kredik Shaw, la Colina de las Mil Torres.

Fue allí donde Borrón pareció darse cuenta de lo que ocurría.

—¡Cuervo con lengua de zinc! —exclamó el dios, moviéndose a su lado sin esfuerzo mientras Kelsier corría con todas sus fuerzas—. No llegarás a él a tiempo.

Kelsier corría de nuevo a través de la bruma. Las paredes, las personas y los edificios se diluyeron. No había nada más que oscura y arremolinada bruma.

Pero la bruma nunca había sido su enemiga.

Con el atronar de aquellos latidos como guía, Kelsier se abrió paso entre la turbulenta nada hasta que de repente apareció ante él una columna de luz refulgente. ¡Allí estaba! Podía verla, ardiendo entre la bruma. Casi alcanzaba a tocarla, casi alcanzaba a…

Lo estaba perdiendo. Se estaba perdiendo a sí mismo. Ya no podía moverse.

Algo lo asió.

—Por favor —susurró Kelsier, cayendo, resbalando.

Esto no está bien. La voz de Borrón.

—¿Quieres ver una cosa espectacular? —susurró Kelsier—. Ayúdame a vivir. Yo te mostraré algo espectacular de verdad.

Borrón titiló y Kelsier notó que la divinidad vacilaba. Al momento, captó una sensación de propósito, como si se encendiera una lámpara, y oyó una risa.

Muy bien. Sé Preservado, Kelsier. Superviviente.

Algo lo empujó hacia delante y Kelsier se hizo uno con la luz.

A los pocos instantes despertó con un parpadeo. Estaba tumbado en el mundo brumoso, pero su cuerpo, o más bien su espíritu, se había recompuesto. Yacía en un estanque de luz que era como metal líquido. Notó su calor rodeándolo por todas partes, insuflándole vigor.

Distinguió una caverna neblinosa en torno al estanque. Parecía de roca natural, aunque no podía estar seguro porque en aquel lado todo era bruma.

El latido le recorrió todo el cuerpo.

—El poder —dijo Borrón, de pie al borde de la luz—. Ahora formas parte de él, Kelsier.

—Sí —respondió Kelsier, poniéndose de pie y goteando luz radiante—. Puedo sentirlo, vibrando dentro de mí.

—Estás atrapado con él —dijo Borrón. Parecía hueco, lánguido, en comparación con la poderosa luz en la que se alzaba Kelsier—. Te lo advertí. Esto es una cárcel.

Kelsier se sentó y siguió respirando.

—Estoy vivo.

—Según una definición muy laxa de la palabra.

Kelsier sonrió.

—Me basta.

2

La inmortalidad resultó ser mucho más frustrante de lo que había esperado Kelsier.

Por supuesto, no sabía si de verdad era inmortal o no. No tenía pulso, hecho que solo lo inquietaba cuando se fijaba en él, y no necesitaba respirar. Pero ¿cómo podía saber si su alma envejecería o no en aquel lugar?

En las horas que siguieron a su supervivencia, Kelsier inspeccionó su nuevo hogar. Dios había estado en lo cierto: era una cárcel. El estanque en el que estaba ganaba profundidad hacia el centro, y estaba lleno de una luz líquida que parecía el reflejo de algo más potente al otro lado.

Por suerte, aunque el Pozo no era ancho, solo dejaba de hacer pie en su mismo centro. Podía quedarse por el borde y estar solo sumergido en la luz hasta la cintura. Era poco densa, menos que el agua, y apenas planteaba resistencia al movimiento.

También podía salir del estanque y su columna de luz asociada para sentarse en la roca. En aquella caverna todo estaba hecho de bruma, pero los bordes del Pozo… Allí parecía poder ver mejor la piedra, captarla con más detalle. Hasta daba la sensación de tener algún color. Como si aquel lugar fuese en parte espiritual, como él.

Podía sentarse en el borde del Pozo y dejar las piernas colgando en la luz. Pero si intentaba alejarse demasiado, unos zarcillos neblinosos de aquel mismo poder lo perseguían y lo retenían como cadenas. Apenas le dejaban apartarse un par de metros del estanque. Probó a hacer fuerza, empujar, correr y lanzarse hacia fuera, pero nada surtió efecto. Siempre notaba un fuerte tirón cuando se alejaba demasiado.

Después de pasar unas horas intentando liberarse, Kelsier se dejó caer junto al Pozo, sintiéndose… ¿agotado? ¿Era esa la forma de describirlo? No tenía cuerpo y no sentía ninguno de los síntomas habituales del cansancio. No le dolía la cabeza ni notaba los músculos tirantes. Pero sí que estaba fatigado. Raído, como una vieja bandera dejada ondear a la intemperie durante demasiadas tormentas.

Se obligó a relajarse y hacer inventario de lo poco que podía distinguir de su entorno. Borrón ya no estaba: algo había llamado la atención del dios al poco tiempo de la Conservación de Kelsier y se había esfumado. Su ausencia dejaba a Kelsier con una caverna hecha de sombras, el propio estanque reluciente y unas columnas aquí y allá en la cámara. Al fondo, vio el brillo de unos trozos de metal, aunque no pudo discernir qué eran.

Aquello componía la suma de su existencia. ¿Acaba de encerrarse a sí mismo en aquella celda tan pequeña para toda la eternidad? Sería la ironía definitiva habérselas ingeniado para engañar a la muerte y encontrarse sufriendo un destino mucho peor.

¿Qué le ocurriría a su mente si pasaba allí dentro unas cuantas décadas? ¿Unos cuantos siglos?

Se sentó al borde del Pozo y trató de distraerse pensando en sus amigos. En el momento de su muerte había confiado en sus planes, pero empezaba a ver demasiados agujeros en su complot para inspirar una revolución. ¿Y los skaa no se revelaban? ¿Y si los suministros que había preparado no bastaban?

Incluso si todo eso saliera bien, demasiadas cosas iban a depender de unos hombres muy poco preparados. Y de una joven excepcional.

Unas luces le llamaron la atención y se levantó de un salto, ansioso por cualquier distracción. Un grupo de siluetas, de almas brillantes, habían entrado en aquella sala en el mundo de los vivos. Tenían algo raro. Sus ojos…

Inquisidores.

Kelsier se negó a encogerse, aunque todos sus instintos lo empujaban a asustarse de aquellas criaturas. Había derrotado a uno de sus campeones. Ya no iba a temerlos. Echó a pasear por sus confines, intentando averiguar qué era lo que los tres inquisidores cargaban en su dirección. Era algo grande y pesado, pero que no brillaba en absoluto.

«Un cadáver —comprendió Kelsier—. Decapitado».

¿Era el que había matado él? Sí, tenía que serlo. Otro inquisidor llevaba con actitud reverente los clavos del muerto, que eran un buen montón, juntos dentro de un gran frasco de líquido. Kelsier escrutó en su interior, dando un paso fuera de su prisión, tratando de determinar qué estaba viendo.

—Sangre —dijo Borrón, apareciendo de repente a su lado—. Guardan los clavos en sangre hasta que puedan volver a utilizarlos. Así se evita que pierdan su efectividad.

—Vaya —dijo Kelsier, apartándose mientras los inquisidores arrojaban el cadáver al Pozo, seguido de la cabeza. Ambos se evaporaron—. ¿Esto lo hacen mucho?

—Siempre que muere uno de los suyos —respondió Borrón—. Dudo que sepan siquiera lo que hacen. Echar un cuerpo muerto a ese estanque es el colmo del sinsentido.

Los inquisidores se marcharon con los clavos del caído. A juzgar por sus figuras encorvadas, las cuatro criaturas estaban exhaustas.

—Mi plan —dijo Kelsier mirando a Borrón—, ¿cómo marcha? A estas alturas, mi banda ya debería haber encontrado el almacén. La gente de la ciudad… ¿ha funcionado? ¿Los skaa están furiosos?

—¿Eh? —dijo Borrón.

—La revolución, el plan —insistió Kelsier, acercándose a él. Dios retrocedió hasta quedar justo fuera del alcance de Kelsier, bajando la mano hacia el cuchillo que llevaba al cinto. Quizá aquel puñetazo de antes no fue tan buena idea—. Borrón, escúchame. Tienes que ir a azuzarlos un poco. Nunca tendremos una oportunidad mejor de derrocarlo.

—El plan… —farfulló Borrón. Se desmadejó por un instante antes de regresar—. Sí, había un plan. Yo recuerdo que tenía un plan. Cuando era más listo.

—El plan —dijo Kelsier— es hacer que los skaa se rebelen. Dará igual lo poderoso que sea el lord Legislador, y dará igual que sea inmortal, cuando lo tengamos encadenado y encerrado.

Borrón asintió con la cabeza, distraído.

—¿Borrón?

El dios se sacudió, lanzó una mirada a Kelsier y, poco a poco, los lados de su cabeza empezaron a descomponerse, como una alfombra deshilachándose en hebras que se escurrían y desaparecían.

—Me está matando, ¿sabes? Quiere acabar conmigo antes del próximo ciclo, aunque quizá pueda resistir. ¿Me oyes, Ruina? ¡Aún no estoy muerto! Sigo… sigo aquí…

«Vaya, vaya —pensó Kelsier con frialdad—. Dios está perdiendo la chaveta».

Borrón empezó a caminar adelante y atrás.

—Sé que estás escuchando, cambiando lo que escribo, lo que he escrito. Estás centrando solo en ti nuestra religión. Ya apenas recuerdan la verdad. Sutil como siempre, gusano.

—Borrón —dijo Kelsier—, ¿podrías ir un momento y…?

—Necesitaba una señal —susurró Borrón, deteniéndose cerca de Kelsier—. Algo que él no pudiera cambiar. Un símbolo del alma que enterré. El punto de ebullición del agua, diría yo. ¿O quizá su punto de congelación? Pero ¿y si las unidades cambian con los años? Necesitaba algo que fuese a recordarse siempre. Algo que puedan reconocer de inmediato. —Se inclinó hacia él—. Dieciséis.

—¿Dieciséis? —repitió Kelsier.

—Dieciséis —dijo Borrón—. Muy hábil, ¿no te parece?

—Porque significa…

—El número de metales —dijo Borrón—. En la alomancia.

—Son diez. Once, si cuentas el que descubrí yo.

—¡Qué va! No, no, menuda chorrada. Dieciséis. Es el número perfecto. Lo verán. Tienen que verlo. —Borrón empezó a caminar de nuevo y su cabeza regresó, o casi, a su estado anterior.

Kelsier se sentó en el límite de su prisión. Los actos de Dios eran mucho más erráticos que antes. ¿Había cambiado algo o, como sucedía a los humanos con enfermedades mentales, Dios sencillamente tenía unos momentos mejores que otros?

Borrón levantó la mirada de sopetón. Crispó el gesto y volvió los ojos hacia el techo, como si fuera a caerle encima. Abrió la boca y movió la mandíbula, pero no emitió sonido alguno.

—¿Qué…? —dijo al cabo—. ¿Qué has hecho?

Kelsier se levantó en su celda.

—¿Qué has hecho? —chilló Borrón.

Kelsier sonrió.

—Tener esperanza —respondió con suavidad—. He tenido esperanza.

—Él era perfecto —dijo Borrón—. Era el único de entre vosotros que…

Se giró de repente y miró hacia la estancia ensombrecida que había más allá de la cárcel de Kelsier.

Había alguien al fondo. Una figura alta e imponente que no estaba hecha de luz. Ropa que le sonaba, en blanco y negro, contrastando consigo misma.

El lord Legislador. Su espíritu, al menos.

Kelsier salió al círculo de piedra que rodeaba el estanque y esperó mientras el lord Legislador andaba con paso firme hacia la luz del Pozo. Se detuvo de golpe al reparar en la presencia de Kelsier.

—Te maté —dijo el lord Legislador—. Dos veces. Y aun así, vives.

—Sí. Todos sabemos lo muy incompetente que puedes llegar a ser. Me alegro de que tú mismo empieces a darte cuenta. Reconocerlo es el primer paso.

El lord Legislador soltó un bufido y miró a su alrededor hacia las diáfanas paredes de la cámara. Su mirada pasó sobre Borrón, pero no prestó demasiada atención al dios.

Kelsier estaba exultante. Ella lo había logrado. Lo había logrado de verdad. ¿Cómo? ¿Había algún secreto que él hubiera pasado por alto?

—Esa sonrisa es insufrible —dijo el lord Legislador a Kelsier—. Te maté de verdad.

—Y yo te he devuelto el favor.

—Tú no me has matado, Superviviente.

—Forjé la hoja que lo ha hecho.

Borrón carraspeó.

—Es mi deber acompañarte durante la transición. Tranquilízate y no…

—Silencio —interrumpió el lord Legislador, mientras inspeccionaba la cárcel de Kelsier—. ¿Sabes lo que has hecho, Superviviente?

—He ganado.

—Has liberado a Ruina sobre el mundo. Eres un peón. Te enorgulleces como un soldado en el campo de batalla, que confía en controlar su propio destino sin pensar en sus miles y miles de compañeros. —Negó con la cabeza—. Solo falta un año. Qué cerca ha estado. Podría haber rescatado de nuevo este planeta que tan poco lo merece.

—Esto es solo… —Borrón tragó saliva—. Esto es solo un paso intermedio. Posterior a la muerte y anterior al Más Allá. Donde deben ir las almas. Donde debe ir la tuya, Rashek.

¿Rashek? Kelsier volvió a mirar al lord Legislador. A los terrisanos no se los podía distinguir por el tono de piel, aunque mucha gente creyera que sí. Había terrisanos de piel oscura y otros de piel más clara. Aun así, cualquiera habría dicho…

«La sala llena de pieles. Este hombre, en el frío».

Qué tonto había sido. Aquello era lo que significaba, por supuesto.

—Era todo mentira —dijo Kelsier—. Un truco. ¿Tu legendaria inmortalidad? ¿Tu capacidad de curación? Feruquimia. Pero ¿cómo te hiciste alomante?

El lord Legislador anduvo hasta el mismo límite de la columna de luz que se alzaba desde la prisión, y los dos hombres se miraron entre ellos. Igual que habían hecho en aquella plaza de arriba, estando vivos.

Entonces el lord Legislador metió la mano en la luz.

Kelsier tensó la mandíbula y tuvo una repentina y espeluznante visión de sí mismo pasando la eternidad con el hombre que había asesinado a Mare. Pero el lord Legislador sacó la mano, dejando una estela como si la luz fuese melaza. Giró la mano e inspeccionó el brillo, que terminó apagándose.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó Kelsier—. ¿Vas a quedarte aquí?

—¿Aquí? —El lord Legislador soltó una carcajada—. ¿Con un ratón impotente y una rata mestiza? Por favor.

Cerró los ojos y, al instante, se estiró hacia aquel punto que desafiaba la geometría. Fue perdiendo forma hasta desaparecer del todo.

Kelsier se quedó boquiabierto.

—¿Se ha marchado?

—Al Otro Lugar —respondió Borrón, sentándose—. No tendría que haber sido tan confiado. Todo pasa, nada es eterno. Es lo que Ati afirmaba siempre…

—No tenía por qué irse —dijo Kelsier—. Podría haberse quedado. ¡Podría haber sobrevivido!

—Ya te he dicho que, llegado este punto, las personas racionales quieren seguir adelante —dijo Borrón, y desapareció.

Kelsier se quedó allí de pie, en el límite de su celda, mientras el reluciente estanque proyectaba su sombra por el suelo. Miró la estancia brumosa y sus columnas, esperando algo, aunque no supiera muy bien qué. Confirmación, celebraciones, un cambio de algún tipo.

Nada. No acudió nadie, ni siquiera los inquisidores. ¿Cómo había ido la revolución? ¿La sociedad había pasado a estar gobernada por los skaa? Le habría gustado ver las muertes de la nobleza, tratada a su vez como ella había tratado a sus esclavos.

No recibió ninguna confirmación, ninguna señal de lo que estaba sucediendo arriba. Era evidente que no sabían nada del Pozo. Lo único que podía hacer Kelsier era ponerse cómodo.

Y esperar.

Segunda parte: Pozo

1

Qué no habría dado Kelsier a cambio de papel y lápiz.

Algo con lo que escribir, alguna forma de pasar el tiempo. Un método para recolectar sus pensamientos e idear un plan de huida.

Los días pasaron y Kelsier trató de tomar notas rascando los lados del Pozo, pero le resultó imposible. Probó a arrancar hilos de su ropa y hacer nudos que representaran palabras. Por desgracia, los hilos desaparecían al poco de soltarlos y su camisa y sus pantalones recobraban de inmediato el aspecto que habían tenido. Borrón, en una de sus infrecuentes visitas, le explicó que la ropa no era real o, mejor dicho, que era una extensión del espíritu de Kelsier.

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