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El sistema de Scadrial » Nacidos de la bruma: historia secreta
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Por algún motivo, no podía usar su pelo ni su sangre para escribir. En términos estrictos, no tenía ni una cosa ni la otra. Le suponía una frustración enorme, pero en algún momento de su segundo mes de reclusión reconoció la verdad para sí mismo. Escribir no era tan importante. No había podido escribir mientras estaba encerrado en los Pozos, y aun así había hecho planes. De acuerdo, habían sido planes febriles, sueños imposibles, pero la carencia de papel no había sido un impedimento.
Sus intentos de escribir no tenían tanto que ver con tramar planes como con encontrar algo que hacer. Una misión que ocupara su tiempo. Le había funcionado durante unas semanas, pero al admitir la verdad perdió la voluntad de seguir buscando una forma de escribir.
Por suerte, más o menos cuando se confesó consigo mismo, descubrió algo nuevo sobre su cárcel.
Susurros.
No, no podía oírlos. Pero ¿acaso podía oír algo, oírlo de verdad? No tenía oídos. Era… ¿cómo lo había llamado Borrón? ¿Una sombra cognitiva? Una fuerza mental que contenía su espíritu e impedía que se diluyera. Saze se lo pasaría pipa con aquello. Le encantaban esos temas místicos.
En cualquier caso, Kelsier podía sentir algo. El Pozo seguía palpitando como antes, enviando oleadas de serpenteante conmoción que atravesaban los muros de su prisión y salían al mundo. Las pulsaciones parecían ser fortalecedoras, unas vibraciones continuas, como el sentido adicional que otorgaba el bronce al permitir que se «oyera» a alguien cuando usaba la alomancia.
Dentro de cada pulsación había algo. Susurros, los llamaba él, aunque contenían más que palabras. Estaban saturados de sonidos, olores e imágenes.
Vio un libro, con tinta manchando sus páginas. Un grupo de personas compartiendo una historia. ¿Terrisanos con túnicas? ¿Sazed?
Los latidos susurraban palabras gélidas. Héroe de las Eras. Anunciador. Forjador de mundos. Reconoció esas palabras de las antiguas profecías Terris que se mencionaban en el diario de Alendi.
Kelsier ya era consciente de la incómoda realidad. Había conocido a un auténtico dios, de modo que la fe tenía una profundidad y una realidad verdaderas. ¿Significaba eso que había algo de cierto en la colección de religiones que Saze llevaba guardadas en el bolsillo, como naipes para componer una baraja?
«Has liberado a Ruina sobre el mundo».
Kelsier se acomodó dentro de la poderosa luz que era el Pozo y descubrió, con la práctica, que si se sumergía en el centro justo antes de una pulsación, podía cabalgarla a lo largo de una distancia corta. Enviaba su consciencia fuera del Pozo y captaba atisbos del destino de cada latido.
Le pareció ver bibliotecas, alejadas cámaras silenciosas donde los terrisanos hablaban, intercambiando historias y memorizándolas. Vio a dementes hechos un ovillo en las calles, susurrando las palabras que transportaban las pulsaciones. Vio a un hombre nacido de la bruma, noble, saltando de edificio en edificio.
Había algo más, aparte de Kelsier, cabalgando en aquellos latidos. Algo que dirigía un proyecto invisible, algo interesado en la sabiduría terrisana. A Kelsier le costó una cantidad de tiempo vergonzosa caer en la cuenta de que debería probar otro enfoque. Se sumergió en el centro del estanque, rodeado por aquella luz líquida demasiado tenue, y cuando llegó el siguiente latido se impulsó en sentido opuesto, no a favor de la pulsación, sino hacia su origen.
La luz flaqueó y Kelsier vio un lugar nuevo, una extensión oscura que no era ni el mundo de los muertos ni el de los vivos.
En ese otro lugar, encontró la destrucción.
Decadencia. No negrura, pues la negrura era demasiado completa, demasiado íntegra para representar aquella cosa que intuía en el más allá. Era una fuerza inmensa que con mucho gusto cogería algo tan sencillo como la oscuridad y la haría trizas.
Esa fuerza era tiempo infinito. Era el viento que erosionaba, la tormenta que rompía, las oleadas atemporales que fluían lentas, lentas, lentas hasta detenerse mientras el sol y el planeta se enfriaban y desaparecían.
Era el final definitivo y el destino de todas las cosas. Y estaba furioso.
Kelsier se retiró, se envió a sí mismo hacia arriba, fuera de la luz, dando grandes bocanadas de aire, temblando.
Había conocido a Dios. Pero a cada empujón le correspondía un tirón. ¿Qué era lo opuesto a Dios?
Lo que había visto lo atribuló tanto que estuvo a punto de no regresar. Casi se convenció a sí mismo de ignorar aquello tan terrible que había en la oscuridad. Estuvo a punto de bloquear los susurros e intentar fingir que nunca había visto a aquel destructor increíble y descomunal.
Pero por supuesto, no podía hacerlo. Kelsier nunca había sido capaz de resistirse a un secreto. Esa cosa demostraba, incluso más que haber conocido a Borrón, que Kelsier llevaba todo el tiempo jugando a un juego cuyas reglas escapaban a su entendimiento.
Y ese hecho lo aterrorizaba y lo emocionaba al mismo tiempo.
De modo que regresó para echar otro vistazo a aquella cosa. Fue una y otra vez, esforzándose en comprender, aunque se sentía como una hormiga tratando de entender una sinfonía.
Siguió haciéndolo durante semanas, hasta que llegó un momento en que la cosa lo miró a él.
En todas las ocasiones anteriores no había dado signos de reparar en su presencia, igual que podría no repararse en la presencia de una araña oculta en una cerradura. Pero esa vez, de algún modo, Kelsier alertó a la criatura. La cosa se revolvió con un abrupto cambio de movimiento y luego fluyó hacia Kelsier y rodeó con su esencia el lugar desde el que este observaba. Rotó despacio sobre sí misma en remolino, como un océano entero empezando a girar sobre un punto concreto. Kelsier no pudo evitar la sensación de que un ojo gigantesco, infinito, de pronto se entrecerraba para escrutarlo.
Huyó, salpicando, levantando a patadas la luz líquida mientras regresaba a su prisión. Estaba tan alarmado que incluso notó rápidos latidos fantasmales de corazón en su interior, cuando su esencia identificó la reacción correcta al pánico y trató de imitarla. Los latidos remitieron cuando se sentó en su sitio de siempre junto al estanque.
Haber visto a aquella cosa centrando su atención en él, la sensación de ser minúsculo ante algo tan inconmensurable, atormentó a Kelsier. Por mucha confianza que tuviera y muchos planes que hiciera, podía decirse que no era nada. Su vida entera había sido un ejercicio de bravuconería involuntaria.
Pasaron los meses. No volvió para estudiar la cosa que había más allá. En vez de eso, Kelsier esperó a que Borrón pasara a ver cómo estaba, cosa que hacía de vez en cuando.
Cuando Borrón llegó por fin, parecía incluso más deshilachado que la vez anterior, con bruma escapando de los hombros, un agujero en su mejilla izquierda que dejaba ver el interior de la boca y la ropa cada vez más raída.
—¿Borrón? —dijo Kelsier—. He visto una cosa. Al tal Ruina, ese del que hablas. Creo que puedo vigilarlo.
Borrón se limitó a pasear adelante y atrás, sin hablar siquiera.
—¿Borrón? Oye, ¿me escuchas?
Nada.
—Idiota —probó a decir Kelsier—. Mira, eres una vergüenza como deidad. ¿Me prestas atención?
Ni los insultos funcionaban. Borrón solo siguió caminando.
«Es inútil», pensó Kelsier mientras una pulsación de poder emanaba del Pozo. Dio la casualidad de que Kelsier miró los ojos de Borrón mientras pasaba la oleada.
Y en ese instante, Kelsier recordó por qué había considerado un dios a aquel ser desde un principio. Tras aquellos ojos había una infinidad, un complemento del que estaba atrapado en el Pozo. Borrón era la infinidad de una nota sostenida a la perfección, sin titubeos. Era la majestad de un cuadro, congelado e inmóvil, que capturaba un fragmento de la vida de una época pasada. Era el poder de muchos, muchos momentos comprimidos de algún modo en uno solo.
Borrón se detuvo frente a él y se le desmadejaron del todo las mejillas, revelando un esqueleto debajo que también se desmadejaba, unos ojos que brillaban de eternidad. Aquel ser era sin duda una divinidad; lo que pasaba era que estaba destrozado.
Borrón se marchó y Kelsier pasó varios meses sin verlo. La quietud y el silencio de su cárcel parecían tan eternos como los seres que había estudiado. Llegó hasta a sorprenderse planeando la forma de llamar la atención del ser destructivo, aunque fuese solo para suplicarle que acabara con él.
Cuando empezó a hablar solo fue cuando empezó a preocuparse de verdad.
—¿Qué has hecho?
»He salvado el mundo. He liberado a la humanidad.
»Te has vengado.
»Los objetivos pueden alinearse.
»Eres un cobarde.
»¡He cambiado el mundo!
»¿Y si solo eres un peón de esa cosa del más allá, como decía el lord Legislador? Kelsier, ¿qué pasa si no tienes más destino que hacer lo que se te dice?
Contuvo el arrebato y se recompuso, pero la fragilidad de su propia cordura lo inquietaba. Tampoco había estado cuerdo del todo en los Pozos. En un momento de calma, mientras contemplaba la bruma cambiante que componía las paredes de la estancia cavernosa, reconoció para sí mismo un secreto más profundo.
No había estado cuerdo del todo desde los Pozos.
Fue uno de los motivos por los que, al principio, desconfió de sus sentidos cuando alguien le dirigió la palabra.
—Esto sí que no me lo esperaba.
Kelsier salió de su ensimismamiento y se volvió con gesto de sospecha, temiendo estar alucinando. Era posible ver todo tipo de cosas en aquella bruma en movimiento de la que estaba hecha la caverna, si se miraba el tiempo suficiente.
Lo que tenía delante, sin embargo, no era una forma hecha de bruma. Era un hombre de pelo completamente blanco, de rasgos angulosos y nariz aguileña. A Kelsier le sonaba de algo, pero no habría sabido decir de qué.
El hombre estaba sentado en el suelo, con una rodilla alzada y el brazo apoyado en ella. En la mano sostenía una especie de palo.
Un momento… No, no estaba sentado en el suelo, sino en un objeto que parecía flotar sobre la bruma. Era blanco, se parecía a un tronco y estaba medio hundido en la bruma del suelo, cabeceando como un barco en el agua, subiendo y bajando sin desplazarse. El palo de la mano del hombre era un remo corto, y su otra pierna, la que no tenía levantada, descansaba sobre el lado del tronco y se hundía en el suelo brumoso, visible solo como una silueta oscurecida.
—Se te da fatal hacer lo que se supone que debes —dijo el hombre.
—¿Quién eres? —preguntó Kelsier, saliendo al borde de su prisión con los ojos entornados. Aquello no era una alucinación. Se negó a creer que hubiera perdido hasta tal punto la cordura—. ¿Un espíritu?
—Por desgracia —respondió el hombre—, la muerte nunca me ha sentado bien del todo. Es mala para la salud, ¿sabes?
Observó a Kelsier componiendo una sonrisa astuta. Kelsier lo odió de inmediato.
—Te has quedado atrapado aquí, ¿verdad? —prosiguió el hombre—. En la cárcel de Ati. —Chasqueó la lengua—. Es una recompensa adecuada para lo que hiciste. Poética, incluso.
—¿Qué es lo que hice?
—Destruir los Pozos, oh, portador de cicatrices. Era la única perpendicularidad de este planeta con una facilidad de acceso razonable. Esta de aquí es muy, muy peligrosa, y lo es más a cada minuto que pasa. Y para colmo, es difícil de encontrar. Al hacer lo que hiciste, en esencia detuviste el tráfico a través de Scadrial. Pusiste patas arriba todo un ecosistema mercantil, lo que reconozco que fue divertido de ver.
—Pero ¿quién eres tú? —preguntó Kelsier.
—¿Yo? —repuso el hombre—. Soy un vagabundo. Un maleante. El último aliento de la llama, hecho de humo en su defunción.
—Eso ha sido innecesariamente hermético.
—Bueno, también lo soy yo. —El hombre inclinó la cabeza a un lado—. Más que ninguna otra cosa, para serte sincero.
—¿Y afirmas no estar muerto?
—Si lo estuviera, ¿me haría falta esto? —dijo el vagabundo, dando un golpe con el remo en la parte delantera de su embarcación con forma de tronco. Cabeceó con el movimiento y, por primera vez, Kelsier pudo identificar lo que era. Unos brazos que no había visto antes pendían en la bruma, oscurecidos. Había una cabeza colgando del cuello. Una túnica blanca, que disimulaba su forma.
—Un cadáver —susurró.
—Ah, Azotitos es solo un espíritu. No sabes lo difícil que es moverse en este subastral. Cualquiera que sea físico se arriesga a resbalar en estas brumas y caer, tal vez para siempre. Se acumulan demasiados pensamientos aquí, convertidos en lo que ves a tu alrededor, y hace falta algo de buena calidad para viajar por todo ello.
—Qué espantoso.
—Dijo el hombre que cimentó su revolución en las espaldas de los muertos. Por lo menos, a mí me hace falta solo un cadáver.
Kelsier se cruzó de brazos. El hombre estaba siendo precavido. Aunque hablaba con ligereza, no dejaba de observar a Kelsier, y se mantenía apartado como si considerara un método de ataque.
«Quiere algo —supuso Kelsier—. ¿Algo que tengo yo, quizá?». No, porque había parecido sorprendido de verdad al encontrar allí a Kelsier. Había llegado con la intención de visitar el Pozo. Tal vez quisiera entrar en él, acceder al poder. ¿O quizá solo quería echar un vistazo a la cosa de más allá?
—Bueno, es evidente que tienes recursos —dijo Kelsier—. A lo mejor, puedes ayudarme en este aprieto.
—Por desgracia —replicó el vagabundo—, lo tuyo es un caso perdido.
A Kelsier se le cayó el alma a los pies.
—Sí, no puede hacerse nada —siguió diciendo el vagabundo—. Sin duda, te tocará llevar esa cara para siempre. Al manifestar esas mismas facciones en ese lado, demuestras que incluso tu alma se resigna a que siempre tengas ese mismo aspecto de horrible hijo de…
—Bastardo —lo interrumpió Kelsier—. Por un momento, me tenías.
—Puede demostrarse que lo que me has llamado es falso —dijo el vagabundo, señalándolo—. Creo que solo uno de los dos que estamos aquí es ilegítimo, y no soy yo. A menos… —Dio un golpecito con el remo en la cabeza del cadáver flotante—. ¿Qué me dices de ti, Azotitos?
El cadáver murmuró algo. De verdad murmuró.
—¿Padres felizmente casados? ¿Y siguen vivos? ¿De verdad? Pues los acompaño en el sentimiento. —El vagabundo miró a Kelsier con una sonrisa inocente—. Por este lado, no hay bastardos. ¿Y por el tuyo?
—El bastardo por nacimiento —replicó Kelsier— siempre es mejor que quien lo es por elección, vagabundo. Yo reconoceré mi naturaleza si tú reconoces la tuya.
El vagabundo soltó una risita, con los ojos iluminados.
—Muy bien, muy bien. Dime, ya que hablamos del tema, ¿qué eres tú? ¿Un skaa que se comporta como un noble o un noble con intereses de skaa? ¿Qué mitad es más tú, Superviviente?
—Bueno —dijo Kelsier con aspereza—, teniendo en cuenta que los parientes de mi mitad noble dedicaron casi cuatro décadas a intentar exterminarme, diría que me inclino más por la parte skaa.
—Aaah —dijo el vagabundo, inclinándose hacia delante—. Pero no te preguntaba cuál te gusta más. Te preguntaba cuál eres.
—¿Es relevante?
—Es interesante —respondió el vagabundo—. A mí con eso me basta.
Bajó la mano hacia el cadáver que usaba a modo de barca y le sacó algo del bolsillo. Algo brillante, aunque Kelsier no distinguió si era algo que refulgía por naturaleza o simplemente algo hecho de metal.
El brillo se apagó a medida que el vagabundo fue administrándolo a su embarcación, y luego, encubriendo el gesto con una tos como si quisiera ocultar a Kelsier lo que hacía, aplicó algo del brillo a su remo con disimulo. Cuando volvió a bajar el remo a la bruma, hizo que la barca se aproximara más al Pozo.
—¿Existe alguna forma de que escape de esta cárcel? —preguntó Kelsier.
—A ver qué te parece esto —dijo el vagabundo—. Te propongo un duelo de insultos. El vencedor podrá hacer una pregunta, que el otro deberá responder con sinceridad. Empiezo yo. ¿Qué está mojado, es feo hasta decir basta y tiene cicatrices en los brazos?
Kelsier enarcó una ceja. Toda la cháchara era una distracción, conclusión que se vio reforzada cuando el vagabundo volvió a remar hacia la prisión. «Intentará saltar al Pozo —pensó Kelsier—. Dará un salto, confiando en ser lo bastante rápido para sorprenderme».
—¿No lo adivinas? —preguntó el vagabundo—. La respuesta viene a ser cualquiera que pase un tiempo contigo, Kelsier, ya que terminan rajándose las muñecas, dándose golpes en la cara y luego ahogándose para olvidar la experiencia. ¡Ja! Vale, te toca.
—Voy a asesinarte —dijo Kelsier con suavidad.
—Es… Espera, ¿qué has dicho?
—Si te metes aquí dentro —dijo Kelsier—, voy a asesinarte. Te cortaré los tendones de las muñecas para que no puedas hacer nada más que darme manotazos inútiles mientras te clavo una rodilla en la garganta y poco a poco te estrujo la vida, y al mismo tiempo te arrancaré los dedos uno a uno. Por último, te dejaré dar una sola bocanada frenética, pero cuando la des te meteré el dedo corazón entre los labios para que te veas obligado a tragarlo mientras buscas aire. Morirás sabiendo que te asfixiaste con tu propia carne podrida.
El vagabundo lo miró boquiabierto y luego movió los labios sin emitir sonidos.
—Me… —dijo por fin—. Me parece que no sabes jugar a este juego.
Kelsier se encogió de hombros.
—En serio —dijo el vagabundo—, necesitas ayuda, amigo mío. Conozco a un tipo. Alto, calvo, con muchos pendientes. Charla un rato con él la próxima…
El vagabundo dejó la frase inacabada y saltó hacia la prisión, impulsándose en el cadáver flotante y arrojándose hacia la luz.
Kelsier estaba preparado. Mientras el vagabundo entraba en la luz, Kelsier lo aferró por un brazo y lo lanzó hacia el borde del estanque. La maniobra le salió bien, y el vagabundo parecía capaz de tocar las paredes y el suelo en el interior del Pozo. Se estrelló contra la pared, levantando olas de luz que salpicaron.
Kelsier intentó aprovechar que el vagabundo estaba desequilibrado para darle un puñetazo en la cabeza, pero el hombre se apoyó en el borde del estanque y soltó una patada hacia atrás que barrió las piernas de Kelsier.
Kelsier cayó salpicando en la luz e intentó quemar metales por acto reflejo. No ocurrió nada, aunque aquella luz tenía algo. Algo familiar…
Logró ponerse de pie y vio que el vagabundo se arrojaba hacia el centro, la parte más profunda. Kelsier lo agarró por el brazo y lo apartó. Fuera lo que fuera que quería aquel hombre, los instintos de Kelsier le decían que no debería permitírsele obtenerlo. Aparte de eso, el Pozo era el único recurso de Kelsier. Si podía apartar al hombre de lo que buscaba, si conseguía reducirlo, quizá consiguiera respuestas.
El vagabundo trastabilló y luego saltó, intentando asir a Kelsier.
Kelsier, mientras tanto, pivotó y hundió el puño en la tripa del hombre. El movimiento lo entusiasmó: después de estar tanto tiempo sentado, inactivo, era agradable poder hacer algo, lo que fuera.
El vagabundo gruñó al encajar el puñetazo.
—Muy bien, como quieras —murmuró.
Kelsier alzó los puños, se concentró en su juego de pies y descargó una serie de golpes rápidos en la cara del vagabundo que deberían haberlo aturdido.
Cuando Kelsier retrocedió, preocupado por excederse y herir de gravedad al hombre, descubrió que el vagabundo le estaba sonriendo.
No parecía buena señal.
Por algún motivo, al vagabundo no le afectaban los golpes que había recibido. Saltó hacia adelante, esquivó un puñetazo de Kelsier, se agachó y estampó el puño en los riñones de Kelsier.
Dolió. Kelsier no tenía cuerpo, pero al parecer su espíritu podía sentir dolor. Dejó escapar un gruñido y levantó los brazos para protegerse la cara mientras retrocedía en la luz líquida. El vagabundo atacó, implacable, hundiendo los puños en Kelsier sin preocuparse del daño que pudiera estar haciéndose a sí mismo.
«Baja al suelo», dijeron a Kelsier sus instintos. Echó mano hacia abajo e intentó agarrar al vagabundo por el brazo, con la idea de caer los dos al interior de la luz para forcejear.
Por desgracia, el vagabundo fue un poco más rápido. Esquivó y volvió a barrer las piernas de Kelsier, para luego agarrarlo por el cuello y golpearle la cabeza repetidas veces, con saña, contra el fondo de la parte menos profunda de la cárcel, hundiéndola en una luz que era demasiado etérea para ser agua pero que ahogaba de todos modos.
Por fin el vagabundo lo levantó, flácido. Los ojos del hombre brillaban.
—Ha sido desagradable —dijo el vagabundo—, aunque también un poco satisfactorio. Parece ser que el hecho de que ya estés muerto me permite hacerte daño.
Kelsier intentó agarrarle el brazo y el hombre volvió a golpear la cabeza de Kelsier y a sacarla aturdida de la luz.
—Lamento este trato tan brusco, Superviviente —continuó el vagabundo—, pero no deberías estar aquí. Hiciste lo que necesitaba que hicieras, pero eres un factor imprevisible con el que preferiría no lidiar ahora mismo. —Hizo una pausa—. Si te sirve de consuelo, puedes estar orgulloso. Eres la primera persona que se me anticipa desde hace siglos.
Soltó a Kelsier, dejando que rodara y se apoyara en el lado de la prisión, medio sumergido en la luz.
Kelsier gruñó e intentó levantarse para atacar de nuevo al vagabundo.
El hombre suspiró y empezó a dar patadas y más patadas en la pierna de Kelsier, que se sorprendió del dolor que sentía. Chilló y se agarró la pierna. Debería haberse partido por la fuerza de los puntapiés, pero aunque no lo hizo, el dolor fue abrumador.
—Esto es una lección —dijo el vagabundo, aunque costaba distinguir las palabras por el dolor—. Pero no la que podrías creer. No tienes cuerpo, y yo no me siento inclinado a dañarte el alma de verdad. Ese dolor lo provoca tu mente, que piensa en lo que debería estar pasándote y reacciona en consecuencia. —Vaciló—. Me abstendré de hacer que te ahogues con un cacho de tu propia carne.
Anduvo hacia el centro del estanque. Kelsier vio con ojos temblorosos de dolor que el vagabundo sacaba las manos a ambos lados y cerraba los ojos. Se metió en el centro del estanque, en la parte profunda, y desapareció en la luz.
Un instante más tarde, una silueta salió del estanque. Pero en esa ocasión, la persona estaba ensombrecida y brillaba con una luz interior como…
Como alguien en el mundo de los vivos. El estanque había permitido al vagabundo hacer la transición del mundo de los muertos al mundo real. Kelsier miró boquiabierto cómo el vagabundo dejaba atrás las columnas de la estancia y se detenía al otro lado. Allí, dos diminutas fuentes de metal seguían reluciendo con intensidad a ojos de Kelsier.
El vagabundo eligió una. Era pequeña, ya que pudo lanzarla al aire y atraparla de nuevo. Kelsier pudo sentir el triunfo que transmitía el acto.
Cerró los ojos y se concentró. No había dolor. Su lengua no le dolía de verdad. «Concéntrate».
Logró que desapareciera parte del dolor. Se incorporó en el estanque, con la luz agitada llegándole al pecho. Respiró una y otra vez, aunque no necesitara el aire.
Maldición. La primera persona que veía en meses le había dado una paliza y luego había robado algo de la cámara de fuera. No sabía qué, ni por qué, ni siquiera cómo el vagabundo había logrado pasar de un mundo a otro.
Kelsier se arrastró hacia el centro del estanque y llegó a la parte profunda. Se puso de pie, notando un dolor residual en las piernas, y se llevó las manos a los costados. Se concentró, intentando…
¿Intentando qué? ¿Hacer la transición? ¿Sabía siquiera en qué podía afectarlo?
Daba igual. Estaba frustrado y humillado. Necesitaba demostrarse a sí mismo que no era incapaz.
Fracasó. Por mucho que se concentró, que lo visualizó y que tensó los músculos, no pudo hacer lo que había logrado el vagabundo. Salió del estanque, agotado y avergonzado, y se sentó a un lado.
No fue consciente de que Borrón estaba allí hasta que el dios habló.
—¿Qué estabas haciendo?
Kelsier se volvió. Las visitas de Borrón se habían hecho poco frecuentes, pero cuando aparecía era siempre sin previo aviso. Si se dignaba a hablar, a menudo eran solo los desvaríos de un demente.
—Acaba de venir alguien —explicó Kelsier—. Un hombre de pelo blanco. No sé cómo, pero ha usado este Pozo para pasar del mundo de los muertos al de los vivos.
—Ya veo —dijo Borrón en voz baja—. Se ha atrevido a hacerlo, ¿eh? Es peligroso, con Ruina tirando de sus ataduras. Pero si alguien iba a intentar algo tan imprudente, tenía que ser Cephandrius.
—Me parece que ha robado algo —dijo Kelsier—. Del otro lado de la estancia. Un trocito de metal.
—Ah —dijo Borrón con suavidad—. Había creído que, cuando nos rechazó a los demás, dejaría de interferir. Debería haber aprendido a no fiarme de las cosas que deja implícitas. La mitad de las veces no puedes confiar ni en sus promesas directas.
—¿Quién es? —preguntó Kelsier.
—Un viejo amigo. Y no, antes de que lo preguntes, no puedes hacer lo mismo que él y transitar entre reinos. Tus lazos con el Reino Físico están cortados. Eres una cometa sin cordel que la conecte al suelo. No puedes cruzar la perpendicularidad.
Kelsier suspiró.
—Entonces, ¿cómo es que él ha podido venir al mundo de los muertos?
—No es el mundo de los muertos. Es el mundo de la mente. Las personas, y todo, en realidad, son como rayos de luz. El suelo es el Reino Físico, donde esa luz se acumula. El sol es el Reino Espiritual, donde se inicia. Este reino, el Reino Cognitivo, es el espacio por el que se extiende ese rayo.
La metáfora apenas tenía sentido para Kelsier. «Todos saben muchísimo —pensó—, y yo casi no sé nada».
Aun así, por lo menos Borrón sonaba mejor aquel día. Kelsier sonrió al dios y se quedó petrificado cuando Borrón volvió la cabeza.
Le faltaba media cara. La parte izquierda entera simplemente había desaparecido. No era una herida, y no había esqueleto. La parte completa humeaba, soltando volutas de bruma. Le quedaba la mitad de los labios, con la que devolvió la sonrisa a Kelsier como si no pasara nada.
—Ha robado parte de mi esencia, destilada y pura —explicó Borrón—. Puede Investir a un humano, proporcionarle alomancia.
—Tu… tu cara, Borrón.
—Ati planea acabar conmigo —dijo Borrón—. Y lo cierto es que me clavó su puñal hace tiempo. Ya estoy muerto.
Volvió a sonreír, con una expresión aterradora, y luego desapareció.
Sintiéndose exprimido, Kelsier se dejó caer junto al estanque, en la piedra. Piedra que en realidad daba un poco la sensación de ser piedra de verdad, y no la bruma suave y acolchada de la que estaba hecho todo lo demás.
Odiaba aquel sentimiento de ignorancia. Todos los demás participaban de un chiste grandioso, y era a su costa. Kelsier se quedó mirando al techo, bañado por el brillo del titilante Pozo y su columna de luz. Al cabo de un tiempo, tomó una silenciosa decisión.
Encontraría las respuestas.
En los Pozos de Hathsin había despertado a un propósito y se había decidido a destruir al lord Legislador. Pues bien, despertaría de nuevo. Se levantó y se metió en la luz con fuerza renovada. La batalla entre esos dioses era importante, y la cosa que había en el Pozo era peligrosa. Aquello era más profundo de lo que había sabido jamás, y le daba motivos para vivir.
Y quizá lo más importante, le daba motivos para mantenerse cuerdo.
2
Kelsier dejó de preocuparse por la locura y el aburrimiento. Cada vez que se cansaba de su reclusión, recordaba la humillación que había sentido a manos del vagabundo. Sí, estaba atrapado en un espacio de solo metro y medio de diámetro, pero había mucho que hacer.
En primer lugar, retomó su estudio de la cosa de más allá. Se obligó a hundirse en la luz para plantarle cara y sostenerle aquella mirada inescrutable, y lo hizo hasta que dejó de encogerse cuando el ser centraba en él su atención.
Ruina. Un nombre adecuado para la apabullante sensación de merma, deterioro y destrucción que evocaba.
Continuó siguiendo las pulsaciones del Pozo. Sus viajes le proporcionaban pistas crípticas sobre los motivos y los planes de Ruina. Intuyó un patrón familiar en las cosas que cambiaba, pues Ruina estaba haciendo lo que el propio Kelsier había hecho: apropiarse de una religión. Ruina estaba manipulando los corazones de las personas haciendo cambios en su sabiduría y sus libros.
La idea aterrorizaba a Kelsier. Su propósito se expandió a medida que observaba el mundo en aquellas pulsaciones. No solo necesitaba comprender a aquella cosa: necesitaba combatirla. Combatir a aquella fuerza terrible que pondría fin a todo, si pudiera.
En consecuencia, se esforzó con desesperación en comprender lo que veía. ¿Por qué transformaba Ruina las antiguas profecías terrisanas? ¿Qué estaba haciendo el vagabundo, a quien Kelsier veía muy de vez en cuando, allá arriba en el Dominio de Terris? ¿Quién era aquel nacido de la bruma misterioso al que Ruina prestaba tanta atención? ¿Sería una amenaza para Vin?
Cuando se dejaba llevar por las pulsaciones, Kelsier buscaba, anhelaba, señales de sus seres conocidos y amados. Ruina estaba muy interesado en Vin, y muchos de sus latidos se centraban en observarlos a ella y al hombre a quien amaba, el dichoso Elend Venture.
La acumulación de señales preocupaba a Kelsier. Ejércitos rodeando Luthadel. Una ciudad que seguía sumida en el caos. Y, aunque esa última odiaba afrontarla, por lo visto el chaval Venture era el rey. Cuando Kelsier lo supo, se enfadó tanto que pasó días enteros apartado de las oleadas.
No se les había ocurrido otra cosa que poner al mando a un noble.
Sí, Kelsier había salvado la vida de ese hombre. Contra su buen criterio, había rescatado al hombre que amaba Vin. Lo hizo por amor a ella, quizá por un retorcido sentido del deber paternal. El chaval Venture no era demasiado horrible, comparado con el resto de los suyos. Pero ¿concederle el trono? Parecía que hasta Dox hacía caso a Venture. Kelsier había esperado que Brisa navegara con cualquier viento que llegase, pero ¿Dockson?
Kelsier echaba chispas, pero no pudo seguir apartado mucho tiempo. Ansiaba captar aquellos atisbos de sus amigos. Aunque eran solo visiones fugaces, como imágenes al salir de un parpadeo, se aferraba a ellas. Eran recordatorios de que, fuera de su prisión, la vida continuaba.
A veces se le concedían atisbos de otra persona. Su hermano, Marsh.
Marsh estaba vivo. Descubrirlo alegró a Kelsier. Por desgracia, el descubrimiento estaba mancillado por el hecho de que Marsh era un inquisidor.
No podía decirse que los dos hermanos hubieran estado muy unidos nunca. Habían tomado caminos distintos en la vida, pero no era eso lo que en realidad los había distanciado. Como tampoco lo era que la tozudez de Marsh chocara contra el desparpajo de Kelsier, ni los celos tácitos de Marsh por lo que tenía Kelsier.
No, lo cierto era que los dos se habían criado sabiendo que en cualquier momento podían llevarlos a rastras ante los inquisidores y asesinarlos por su naturaleza mestiza. Cada uno había reaccionado a su manera a una vida que, en esencia, era una condena a muerte, Marsh con tensión y silenciosa cautela, Kelsier con una agresiva desenvoltura que ocultara sus secretos.
Los dos habían conocido una verdad simple e ineludible. Si capturaban a un hermano, el otro quedaría revelado como mestizo y probablemente moriría también. Quizá una situación como esa hubiera servido para unir a otros hermanos. Kelsier se avergonzaba de reconocer que, para Marsh y él, había sido una cuña entre ellos. Todos los comentarios del estilo de «cuídate» o «ve con ojo» se teñían de un matiz de: «No la cagues o harás que me maten». Había sido un alivio cuando, tras la muerte de sus padres, los dos habían acordado renunciar a la farsa y entrar en la clandestinidad de Luthadel.
A veces Kelsier jugueteaba con fantasías de lo que podría haber sido. ¿Marsh y él podrían haberse integrado del todo, formar parte de la sociedad noble? ¿Podría Kelsier haber superado su desprecio por ellos y su cultura?
En cualquier caso, no tenía cariño a Marsh. La palabra «cariño» sonaba demasiado a paseos por el parque y meriendas de pastelitos. La gente tenía cariño a su libro favorito. No, Kelsier no tenía cariño a Marsh. Pero lo raro era que, aun así, le quería. Al principio se alegró de encontrarlo con vida, pero luego pensó que tal vez la muerte habría sido mejor que lo que le habían hecho.
Kelsier tardó semanas en descubrir la razón de que Ruina se interesara tanto por Marsh. Ruina podía hablar con Marsh. Con Marsh y con otros inquisidores, a juzgar por los atisbos y la sensación que tenía de palabras que se enviaban.
¿Cómo podía ser? ¿Por qué los inquisidores? Kelsier no halló respuestas en sus visiones, aunque sí que presenció un acontecimiento importante.
El ser llamado Ruina estaba ganando fuerza, y acechaba a Vin y a Elend. Kelsier lo vio claro en un viaje a bordo de las pulsaciones. Fue una visión del chico, Elend Venture, durmiendo en su tienda. El poder de Ruina cobró forma y compuso una figura malévola y peligrosa. Esperó hasta que Vin entró en la tienda e intentó apuñalar a Elend.
Cuando Kelsier perdió la oleada, se quedó con la imagen de Vin desviando el golpe y salvando a Elend. Pero estaba confundido. Ruina había esperado allí a propósito hasta que volviera Vin.
En realidad, no había pretendido hacer daño a Elend. Solo había querido que Vin lo viera intentándolo.
¿Por qué?
3
Es un tapón —dijo Kelsier.
Borrón, o Conservación, como el dios había dicho que podía llamársele, estaba sentado fuera de la prisión. Seguía faltándole media cara, y el resto de su cuerpo se deshilachaba en agujeros más grandes.
Últimamente pasaba más tiempo cerca del Pozo, cosa que Kelsier agradecía. Estaba ganando práctica en extraer información de aquel ser.
—¿Eh? —dijo Conservación.
—Este Pozo —explicó Kelsier, abarcándolo con un gesto— es como un tapón, una cerradura. Creaste una prisión para contener a Ruina, pero hasta el agujero más profundo tiene que tener una entrada. Esto es esa entrada, sellada con tu propio poder para apartarlo, ya que los dos sois opuestos.
—Eso… —dijo Conservación, pero dejó la frase en el aire.
—¿Eso? —lo animó Kelsier.
—Eso es incorrecto del todo.
«Mierda», pensó Kelsier. Había dedicado semanas a pulir esa teoría.
Empezaba a sentir una urgencia. Las pulsaciones del Pozo se volvían cada vez más exigentes, y Ruina parecía más ansioso en sus contactos con el mundo. Y la luz del Pozo había empezado a comportarse de forma distinta, condensándose de algún modo, acumulándose. Estaba sucediendo algo.
—Somos dioses, Kelsier —dijo Conservación con una voz que se atenuaba, ganaba volumen y volvía a atenuarse—. Lo impregnamos todo. Las piedras son yo. Las personas son yo. Y él. Todo persiste pero decae. Ruina y Conservación.
—Me dijiste que este era tu poder —insistió Kelsier, volviendo a hacer un gesto hacia el pozo e intentando que el dios volviera al tema—. Que se acumula aquí.
—Sí, y en más lugares —dijo Conservación—. Pero sí, aquí. Igual que el rocío se condensa, mi poder se reúne en ese sitio. Es natural. Un ciclo: nubes, lluvia, río, humedad. No se puede meter tanta esencia en un sistema sin que cristalice aquí y allá.
Estupendo. Aquello no le decía nada. Insistió sobre el asunto, pero Borrón se quedó callado, de modo que cambió de enfoque. Tenía que hacer que Conservación siguiera hablando, impedir que cayera en uno de sus silenciosos estupores.
—¿Estás asustado? —preguntó Kelsier—. Si Ruina se libera, ¿tienes miedo de que te mate?
—Ja —dijo Conservación—. Ya te lo dije. Me mató hace mucho, mucho tiempo.
—Eso me cuesta creerlo.
—¿Por qué?
—Porque estoy aquí sentado hablando contigo.
—Y yo estoy hablando contigo. ¿Cómo de vivo estás tú?
«Buen argumento».
—Para alguien como yo, la muerte no es como para alguien como tú —afirmó Conservación, apartando la mirada de nuevo—. Morí hace tiempo, cuando tomé la decisión de romper nuestra promesa. Pero este poder que ostento persiste, y recuerda. Él mismo quiere estar vivo. Yo he muerto, pero permanece una parte de mí. La suficiente para saber que… que había planes…
No serviría de nada intentar sonsacarle en qué consistían esos planes. El dios no recordaba lo que fuese aquel «plan» que había urdido.
—De acuerdo, no es un tapón —dijo Kelsier—. Entonces, ¿qué es?
Conservación no respondió. Ni siquiera pareció haber oído la pregunta.
—Una vez me dijiste —continuó Kelsier, subiendo la voz— que el poder existe para utilizarlo. Que necesita ser utilizado. ¿Por qué?
De nuevo, sin respuesta. Iba a necesitar una táctica distinta.
—He vuelto a mirarlo. A tu oponente.
Conservación irguió la espalda y volvió su aterradora mirada a medio terminar hacia Kelsier. Mencionar a Ruina a menudo lograba sacarlo de su estupor.
—Es peligroso —dijo Conservación—. No te acerques a él. Mi poder te protege. No lo tientes.
—¿Por qué, si está encerrado?
—Nada es eterno, ni siquiera el tiempo mismo —respondió Conservación—. Más que encarcelarlo, lo que hice fue retrasarlo.
—¿Y el poder?
—Sí —dijo Conservación, asintiendo con su media cabeza.
—¿Sí, qué?
—Sí, aprovechará eso. Comprendo —empezó a decir Conservación, como si reparara en algo importante, o quizá solo lo recordara—. Mi poder creó esta prisión. Mi poder puede abrirla. Pero ¿cómo va a encontrar a alguien dispuesto a hacerlo? ¿Quién ostentaría los poderes de la creación y luego renunciaría a ellos?
—Cosa que no queremos que haga —aventuró Kelsier.
—No. ¡Eso lo liberaría!
—¿Y la última vez? —preguntó Kelsier.
—La última vez… —Conservación parpadeó y pareció volver en sí algo más—. Sí, la última vez. El lord Legislador. La última vez hice que funcionara. La he llevado al punto en el que puede hacerlo, pero puedo oír sus pensamientos… Él ha estado trabajando en ella… Tan mezclado…
—¿Borrón? —dijo Kelsier, dubitativo.
—Debo detenerla. Alguien… —Se le desenfocó la mirada.
—¿Qué estás haciendo?
—Calla —dijo Borrón, con una voz repentinamente más imperiosa—. Intento impedir esto.
Kelsier miró a su alrededor, pero no vio a nadie más.
—¿A quién?
—No supongas que el yo que ves aquí es el único yo —dijo Borrón—. Estoy en todas partes.
—Pero…
—¡Calla!
Kelsier calló, en parte porque se alegraba de ver tanta fuerza en el dios después de tanto tiempo inmóvil. Al cabo de un rato, sin embargo, Borrón dejó caer los hombros.
—No sirve de nada —farfulló—. Sus herramientas son más fuertes.
—A ver —dijo Kelsier, probando para ver si lo hacían callar de nuevo—. La última vez, Rashek usó el poder, en vez de ¿qué? ¿De renunciar a él?
Borrón asintió.
—Alendi habría hecho lo correcto, tal y como él lo percibía. Habría renunciado al poder, pero así habría liberado a Ruina. «Renunciar al poder» es un eufemismo de entregárselo a él. Los poderes lo interpretarían como si yo estuviera liberándolo. Se trataría de mi poder aceptando de nuevo su influencia directa sobre el mundo.
—Maravilloso —dijo Kelsier—. Necesitamos un sacrificio, pues. Alguien que tome los poderes de la eternidad y los use para lo que le dé la gana en vez de renunciar a ellos. Bueno, para ese sacrificio yo soy la persona perfecta. ¿Cómo lo hago?
Conservación lo observó. La fuerza que había mostrado el ser ya no estaba. Se desvanecía, perdía sus atributos humanos. Había dejado de parpadear, por ejemplo, y ya no fingía tomar aliento antes de hablar. Podía quedarse inmóvil del todo, inerte como una vara de hierro.
—Tú —dijo Conservación al cabo de un rato—. Usando mi poder. Tú.
—Dejaste que lo hiciera el lord Legislador.
—Él intentaba salvar el mundo.
—Igual que yo.
—Tú intentabas rescatar a la gente de una barca hundiendo a la barca y luego declarando: «Por lo menos no murieron quemados». —Dios titubeó—. Vas a darme otro puñetazo, ¿verdad?
—No llego hasta donde estás, Borrón —respondió Kelsier—. El poder. ¿Cómo lo uso?
—No puedes —dijo Conservación—. Ese poder forma parte de la prisión. Eso es lo que hiciste al fundir tu alma con el Pozo, Kelsier. Aunque te cediera mi poder, no podrías ostentarlo. No tienes la suficiente Conexión conmigo.
Kelsier se sentó a pensar en aquello, pero antes de que pudiera hacer gran cosa, notó algo raro. ¿Había siluetas en la cámara exterior? Sí, allí estaban. Personas vivas, reveladas por sus almas relucientes. ¿Más inquisidores que llegaban para tirar un cadáver? Hacía una eternidad que no veía a ninguno de ellos.
Dos personas cruzaron sigilosas el pasadizo y se acercaron al Pozo, dejando atrás las hileras de columnas que Kelsier veía como bruma ilusoria.
—Han llegado —dijo Conservación.
—¿Quiénes? —dijo Kelsier, entrecerrando los ojos. Le costaba distinguir los detalles de los rostros, con aquel brillo de las almas—. ¿Esa es…?
Era Vin.
—¿Qué? —dijo Conservación, mirando a Kelsier y reparando en su sorpresa—. ¿Creías que estaba esperando aquí para nada? Hoy es el día. El Pozo de la Ascensión está lleno. Ha llegado el momento.
La otra figura era el chico, Elend Venture. Kelsier se sorprendió al descubrir que verlo no lo enfurecía. Sí, la banda debería habérselo pensado dos veces antes de poner a un noble al mando, pero en realidad Elend no tenía la culpa de eso. Siempre había sido demasiado distraído para suponer un peligro.
Además, por defectuoso que fuese su linaje, el chaval Venture se había quedado al lado de Vin.
Kelsier se cruzó de brazos, observando cómo Venture se arrodillaba junto al estanque.
—Si lo toca, le soltaré un bofetón.
—No lo tocará —dijo Conservación—. Es para ella. Y él lo sabe. La he estado preparando. O lo intenté, al menos.
Vin se volvió y pareció mirar a Dios. Sí, podía verlo. ¿Había alguna forma de que Kelsier lo aprovechara?
—¿Lo intentaste? —dijo Kelsier—. ¿Le explicaste lo que tiene que hacer? Tu oponente la ha estado vigilando, se ha relacionado con ella. Lo he visto haciéndolo. Intentó matar a Elend.
—No —replicó Borrón, apesadumbrado—. Estaba imitándome a mí. Tomó el aspecto que tengo yo para ellos e intentó matar al chico. No porque le preocupe mucho una muerte, sino porque quería que ella desconfiara de mí, que creyera que soy su enemigo. Pero ¿es que acaso no nota la diferencia entre su odio y destrucción y mi paz? Yo no puedo matar. Nunca he sido capaz de matar…
—¡Habla con ella! —lo apremió Kelsier—. ¡Dile lo que tiene que hacer, Borrón!
—Yo… —Conservación negó con la cabeza—. No llego a ella, no puedo hablar con ella. Pero sí oigo su mente, Kelsier. Oigo en ella las mentiras que le ha inculcado él. No confía en mí. Cree que tiene que renunciar al poder. He intentado impedirlo. Le dejé pistas, y luego intenté hacer que la detuviera otra persona. Pero he… he fracasado.