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El sistema de Scadrial » Nacidos de la bruma: historia secreta
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«Demonios —pensó Kelsier—. Necesitamos un plan. Y deprisa».
Vin iba a renunciar al poder. Liberaría a aquella cosa. Aun sin las afirmaciones de Conservación, Kelsier habría sabido lo que pretendía hacer Vin. Era mejor persona de lo que él había sido jamás, y nunca había creído merecer las recompensas que obtenía. Tomaría aquel poder y luego supondría que tenía que renunciar a él por un bien mayor.
Pero ¿cómo podía impedirlo? Si Conservación no podía hablar con ella, ¿qué le quedaba?
Elend se levantó y se acercó a Conservación. Sí, el chico también podía ver al dios.
—Necesita una motivación —dijo Kelsier, mientras una idea encajaba en su mente. Ruina había intentado apuñalar a Elend para asustar a Vin.
Era buena idea. Solo que Ruina no la había llevado hasta el final.
—Apuñálalo —dijo Kelsier.
—¿Qué? —dijo Conservación, horrorizado.
Kelsier hizo fuerza contra los límites de su prisión para dar unos pasos y acercarse a Borrón, que estaba justo más allá del límite. Se esforzó hasta tensar al límite sus grilletes.
—Apuñálalo —repitió Kelsier—. Usa ese cuchillo del cinturón, Borrón. Ellos te ven, y tú puedes afectar su mundo. Apuñala a Elend Venture. Dale un motivo para usar el poder. Querrá salvarlo.
—Soy Conservación —dijo él—. El cuchillo en realidad llevo milenios sin blandirlo. ¡Me estás pidiendo que actúe como él, del modo en que él fingió que actuaría! ¡Es horrible!
—¡Tienes que hacerlo! —gritó Kelsier.
—No puedo… yo… —Borrón bajó el brazo hacia el cuchillo y su mano titiló. El cuchillo apareció en ella. Contempló el brillo de su hoja—. Viejo amigo —le susurró.
Miró hacia Elend, que asintió con la cabeza. Conservación alzó el brazo, con el arma en la mano.
Y entonces se detuvo.
Su media cara era una máscara de dolor.
—No… —susurró—. Yo Preservo…
«No va a hacerlo —pensó Kelsier, mirando cómo Elend hablaba con Vin, su postura tranquilizadora—. No puede hacerlo».
Solo quedaba una opción.
—Lo siento, chaval —dijo Kelsier.
Aferró el brazo resplandeciente de Conservación y le hizo descargar un tajo que cruzó el abdomen del chico Venture.
Sintió como si apuñalara su propia carne. No por Venture, sino porque sabía el daño que haría a Vin. El corazón le dio un tumbo cuando Vin corrió al lado de Venture, sollozando.
En fin, una vez había salvado la vida al chico, así que con aquello estaban en paz. Además, Vin lo rescataría. Tendría que salvar a Elend. Lo amaba.
Kelsier retrocedió, de vuelta a su prisión en sí, dejando a un horrorizado Conservación mirándose la mano mientras se apartaba a trompicones del hombre caído.
—Le he abierto la tripa —susurró Kelsier—. Tardará en morir, Vin. Toma el poder. Lo tienes aquí mismo. Úsalo.
Vin acunó a Venture en sus brazos. Kelsier esperó, ansioso. Si Vin entraba en el estanque, podría ver a Kelsier, ¿verdad? Se volvería trascendente, como Conservación. ¿O quizá tendría que usar el poder antes?
¿Liberaría eso a Kelsier? No tenía las respuestas, solo la seguridad de que, ocurriera lo que ocurriese, no podía dejar escapar a aquella cosa de más allá. Se volvió.
Y dio un respingo al encontrarla allí mismo. Podía sentirla, haciendo presión contra la realidad de ese mundo, como una oscuridad infinita. No era solo el endeble plagio de Conservación que había hecho la vez anterior, sino el inmenso poder al completo. No estaba en ningún lugar concreto, pero al mismo tiempo empujaba contra la realidad y observaba con gran interés.
Para su horror, Kelsier vio cambiar a la criatura, enviando espinas hacia delante como larguiruchas patas de araña. De sus puntas colgaba como una marioneta una figura humanoide.
Vin, susurró. Vin…
La joven miró hacia el estanque, con postura pesarosa. Luego dejó a Venture en el suelo y entró en el Pozo, pasó junto a Kelsier sin verlo y llegó a la parte más profunda. Se sumergió poco a poco en la luz. En el último momento, se arrancó algo brillante de la oreja y lo soltó. Un trocito de metal. ¿Su pendiente?
Cuando estuvo hundida del todo, no apareció en el lado de Kelsier. En vez de eso, estalló una tormenta. Una columna de luz creció y envolvió a Kelsier, que dejó de distinguir nada que no fuese la energía pura y concentrada. Fue como una marea repentina, como una explosión, como un amanecer instantáneo. El poder lo rodeaba por todas partes, activo, emocionado.
No debes hacerlo, niña, dijo Ruina a través de su pelele con forma humana. ¿Cómo podía hablar con una voz tan reconfortante? Kelsier veía la fuerza que había tras él, la destrucción, pero el rostro que estaba poniendo era todo amabilidad. Sabes lo que debes hacer, añadió.
—¡No le hagas caso, Vin! —chilló Kelsier, pero su voz se perdió entre el rugido del poder.
Vociferó y se desgañitó mientras la voz engañaba a Vin, advirtiéndole que destruiría el mundo si aceptaba el poder. Kelsier intentó abrirse paso por la luz, trató de encontrarla, de agarrarla por los brazos y explicárselo todo.
Fracasó. Fracasó miserablemente. No fue capaz de hacerse oír, no pudo tocar a Vin. No pudo hacer nada. Hasta su plan improvisado de apuñalar a Elend se reveló estúpido, pues Vin liberó el poder. Llorando, herida, destrozada, llevó a cabo el acto más desinteresado que Kelsier había visto en la vida.
Y al hacerlo, los condenó a todos.
El poder se convirtió en un arma cuando Vin lo liberó. Se transformó en una lanza en el aire que abrió un agujero en la realidad, hacia el lugar donde Ruina aguardaba.
Ruina se escabulló por ese agujero, liberado.
4
Kelsier se quedó sentado al borde del Pozo de la Ascensión, ya vacío. La luz había desaparecido, y con ella su prisión. Podía marcharse.
No parecía estar estirándose y difuminándose. Por lo visto, formar parte del poder de Conservación durante un tiempo había expandido el alma de Kelsier y le permitía perdurar. Aunque a decir verdad, deseaba poder desaparecer en ese mismo instante.
Vin, iluminada y radiante a sus ojos, yacía junto a Elend Venture, abrazada a él y sollozando mientras el alma del chico palpitaba cada vez con menos fuerza. Kelsier se levantó y dio la espalda a la visión. Con lo listo que era y no se le había ocurrido otra cosa que romper el corazón a la pobre chica.
«Debo de ser el imbécil más listo de por aquí», pensó Kelsier.
—Iba a suceder —dijo Conservación—. Pensaba que quizá…
Por el rabillo del ojo, Kelsier vio que Borrón se acercaba a Vin y miraba a Venture, tendido en el suelo.
—Puedo Conservarlo —susurró Conservación.
Kelsier dio media vuelta. Conservación empezó a hacer gestos a Vin, que se puso en pie. Siguió al dios unos cuantos pasos hacia algo que había soltado Elend, una pepita de metal caída. ¿De dónde había salido?
«El chico Venture la llevaría al entrar», pensó Kelsier. Era el último trocito de metal del otro lado de la estancia, el hermano del que había robado el vagabundo. Kelsier se aproximó mientras Vin recogía la diminuta perla de metal y volvía hacia Elend para metérsela en la boca. Le ayudó a tragarla con un frasquito de metal.
El alma y el metal se hicieron uno. La luz de Elend cobró fuerza y emitió un brillo vibrante. Kelsier cerró los ojos, con una palpitante sensación de paz.
—Muy bien hecho, Borrón —dijo Kelsier, abriendo los ojos y sonriendo a Conservación mientras el dios iba hacia él. La postura de Vin revelaba un júbilo grandioso—. Casi estoy dispuesto a aceptar que seas un dios benévolo.
—Apuñalarlo ha sido un peligro, y doloroso —dijo Conservación—. No puedo aprobar un acto tan temerario. Pero quizá era el correcto, sienta yo lo que sienta.
—Ruina es libre —dijo Kelsier, mirando hacia arriba—. Esa cosa ha escapado.
—Sí. Por suerte, antes de morir, puse en marcha un plan. No me acuerdo de él, pero estoy seguro de que era espléndido.
—¿Sabes? Yo he dicho lo mismo alguna vez, después de una noche de borrachera. —Kelsier se frotó la mandíbula—. Yo también soy libre.
—Sí.
—Ahora es cuando afirmas en broma no estar seguro de quién es más peligroso que ande suelto, el otro o yo.
—No —repuso Borrón—. Sé cuál de los dos es más peligroso.
—Punto negativo para ti en esfuerzo, me temo.
—Pero tal vez… —dijo Conservación—. Tal vez no esté seguro de cuál de los dos es más irritante.
Sonrió. Con la cara medio fundida y el cuello empezando a desaparecer, era un gesto desconcertante. Como un ladrido feliz de un cachorrito tullido.
Kelsier le dio una palmada en el hombro.
—Aún haremos de ti un miembro decente de la banda, Borrón. Pero por el momento, quiero largarme de aquí de una vez.
Tercera parte: Espíritu
1

Kelsier se moría de ganas de tomar una copa. ¿No era lo que se hacía siempre al salir de la cárcel? ¿Ir por ahí a beber y disfrutar de la libertad entregándola a un poco de alcohol y un terrible dolor de cabeza?
Cuando estaba vivo, había tendido a evitar tales frivolidades. Le gustaba controlar la situación, no permitir que ella lo controlara a él. Pero no podía negar que anhelaba una copa, para que embotara la experiencia que acababa de sufrir.
Le parecía de una injusticia terrible. ¿Cómo podía ser que, aun sin cuerpo, estuviera sediento?
Salió de las cavernas que rodeaban el Pozo de la Ascensión, recorriendo cámaras y túneles brumosos. Igual que antes, cuando tocaba algo podía ver el aspecto que tenía en el mundo real.
Dio pasos firmes en el terreno inconstante. Aunque era un poco mullido, como hecho de tela, soportaba su peso a menos que diera pisotones, en cuyo caso se le hundía el pie como si lo metiera en fango denso. Incluso podía atravesar paredes si se lo proponía, pero le costaba más que en su primera carrera, recién muerto.
Salió de las cavernas al sótano de Kredik Shaw, el palacio del lord Legislador. Era incluso más fácil de lo normal perderse en aquel lugar, ya que lo veía todo neblinoso. Fue tocando objetos de bruma al pasar, para hacerse una idea más clara de su entorno. Un jarrón, una alfombra, una puerta.
Kelsier acabó saliendo a las calles de Luthadel como hombre libre, aunque muerto. Pasó un tiempo paseando sin más por la ciudad, tan aliviado de escapar de aquel agujero que hasta pudo pasar por alto el pavor que sentía por la huida de Ruina.
Debió de vagar así durante un día entero, sentándose en los tejados, pasando junto a fuentes. Contemplando la ciudad salpicada de brillantes objetos de metal, como luces que flotaban en la bruma por la noche. Acabó encima de la muralla de la ciudad, observando a los koloss que habían levantado campamento fuera pero, por algún motivo, no parecían estar matando a nadie.
Tenía que comprobar si había algún modo de contactar con sus amigos. Por desgracia, sin las pulsaciones —que se habían detenido al escapar Ruina— para guiarlo, no sabía ni dónde empezar a buscar. Había perdido el rastro de Vin y Elend en su entusiasmo por abandonar las cavernas, pero recordaba cosas que había visto a través de las pulsaciones. Le proporcionaron algunos lugares en los que buscar.
Terminó localizando a su banda en el Torreón de Venture. Era el día siguiente al desastre del Pozo de la Ascensión, y parecían estar celebrando un funeral. Kelsier cruzó el patio, pasando entre brillantes almas de personas que ardían como candilejas. Rozó a algunos para percibir su apariencia. Reconoció a bastantes de ellos, a skaa con los que se había relacionado, a los que había animado y estimulado en sus últimos meses de vida. A otros no los conocía. Había una perturbadora cantidad de soldados que habían estado al servicio del lord Legislador.
Encontró a Vin en la fachada principal, sentada en los escalones del Torreón de Venture, acurrucada y alicaída. Elend no estaba a la vista, pero Ham estaba cerca de pie, cruzado de brazos. En el patio, alguien hacía aspavientos frente al grupo, dando un discurso. ¿Era Demoux? ¿Demoux oficiando un funeral? Sin duda lo que había tendido en el patio eran cadáveres, ya que sus almas no brillaban. No podía oír las palabras de Demoux, pero el tipo de escena estaba claro.
Kelsier se sentó en los peldaños junto a Vin. Se cogió las manos entre las rodillas.
—Bueno, ha salido bien.
Por supuesto, Vin no respondió.
—O sea —siguió diciendo Kelsier—, sí, hemos acabado liberando una fuerza de destrucción y caos capaz de arrasar el mundo, pero al menos el lord Legislador está muerto. Misión cumplida. Y además, sigues teniendo a tu novio noble, que también cuenta. No te preocupes por la cicatriz que le quedará en la tripa. Lo hará quedar más duro. La bruma sabe que a esa rata de biblioteca le vendría bien curtirse un poco.
Vin mantuvo su postura encorvada sin moverse. Kelsier le pasó el brazo por los hombros y captó un atisbo del aspecto que tenía en el mundo real. Estaba llena de color y de vida, pero en cierto sentido se la veía envejecida. Parecía mucho más mayor, muy distinta a la niña que había encontrado estafando a obligadores en la calle.
Se inclinó junto a ella.
—Voy a derrotar a esa cosa, Vin. Voy a encargarme de esto.
—¿Y cómo piensas lograrlo? —preguntó Conservación desde el patio, bajo la escalera.
Kelsier alzó la mirada. Aunque estaba preparado para el aspecto de Conservación, no pudo evitar una mueca al verlo como estaba, apenas ya con forma humana, más bien un puñado disuelto de ondeantes volutas de humo raído que daban la vaga impresión de ser una cabeza, unos brazos, unas piernas.
—Está libre —dijo Conservación—. Y punto. Se acabó el tiempo. Venció el contrato. Tomará lo que fue prometido.
—Lo detendremos.
—¿Detenerlo? Es la fuerza de la entropía, una constante universal. No podrías detenerlo, igual que no puedes detener el tiempo.
Kelsier se levantó, dejó a Vin y bajó los peldaños hacia Conservación. Deseó poder oír lo que estaba diciendo Demoux a aquel grupo de almas.
—Si no se lo puede detener —dijo Kelsier—, tendremos que ralentizarlo. Ya lo hiciste una vez, ¿verdad? ¿Tu grandioso plan?
—Esto… —farfulló Conservación—, sí, había un plan…
—Ahora soy libre. Puedo ayudarte a ponerlo en práctica.
—¿Libre? —Conservación rio—. No, solo has pasado a una celda más grande. Estás atado a este reino, constreñido a él. No hay nada que puedas hacer. No hay nada que yo pueda hacer.
—Eso…
—Nos está observando, ¿sabes? —lo interrumpió Conservación, mirando hacia el cielo.
Kelsier siguió su mirada a regañadientes. El cielo, brumoso y cambiante, parecía muy alejado. Daba la impresión de haberse alejado del planeta, como una multitud que se aparta de un cadáver. En aquella inmensidad, Kelsier vio algo oscuro que se retorcía y culebreaba sobre sí mismo. Era más sólido que la bruma, como un océano de serpientes que tapara el diminuto sol.
Conocía esa inmensidad. Era cierto que Ruina estaba observando.
—Te considera insignificante —dijo Conservación—. Creo que te encuentra entretenido. El alma de Ati, que sigue en algún lugar ahí dentro, se reiría de esto.
—¿Tiene alma?
Conservación no respondió. Kelsier se puso a su lado, pasando entre los cadáveres hechos de bruma que había en el suelo.
—Si está vivo —dijo Kelsier—, se lo puede matar. Da igual lo poderoso que sea.
«La prueba de eso eres tú, Borrón. A ti te está matando».
Conservación estalló en unas ásperas carcajadas, que sonaban como ladridos.
—Olvidas una y otra vez quién de nosotros es un dios y quién una pobre sombra muerta que espera a fenecer del todo. —Meneó un brazo que estaba casi deshilachado del todo, unos dedos que eran espirales de cordel brumoso desenrollado—. Escúchalos. ¿No te dan vergüenza las cosas que dicen? ¿El Superviviente? ¡Ja! Yo los Conservé durante milenios. ¿Qué has hecho tú por ellos?
Kelsier se volvió hacia Demoux. Conservación parecía haber olvidado que Kelsier no oía el discurso. Kelsier estaba yendo hacia Demoux para tocarlo y ver qué aspecto tenía cuando rozó un cadáver del suelo.
Era joven. Un soldado, parecía. No conocía al chico, pero empezó a preocuparse. Volvió la mirada hacia donde estaba Ham y supuso que la figura que tenía cerca sería Brisa.
¿Y los demás?
Se quedó helado un momento y empezó a tocar cadáveres, buscando alguno que reconociera. Sus gestos se hicieron más desasosegados.
—¿Qué buscas? —preguntó Conservación.
—¿Cuántos? —Kelsier tragó saliva—. ¿Cuántos de estos eran amigos míos?
—Algunos —respondió Conservación.
—¿Algún miembro de la banda?
—No —dijo Conservación, y Kelsier dio un suspiro—. No, ellos murieron durante el ataque inicial, hace días. Dockson y Clubs.
Una lanza de hielo atravesó a Kelsier. Intentó levantarse de al lado del último cadáver que había inspeccionado, pero dio un traspié. Trató de obligarse a hablar.
—No, no, Dox no.
Conservación asintió.
—¿Cuándo… cuándo ocurrió? ¿Cómo?
Conservación rio. El sonido de la locura. Mostraba ya bien poco del hombre amable e inseguro que había saludado a Kelsier cuando entró en aquel lugar.
—A los dos los mataron los koloss cuando se rompió el asedio. Quemaron sus cuerpos hace días, Kelsier, mientras estabas atrapado.
Kelsier tembló, sintiéndose perdido.
—Yo… —dijo.
«Dox. No estuve allí con él. Podría haberlo visto otra vez, cuando murió. Hablar con él. ¿Salvarlo, quizá?».
—Te maldijo justo antes de morir, Kelsier —dijo Conservación con aspereza—. Te culpaba a ti de todo esto.
Kelsier agachó la cabeza. Otro amigo perdido. Y Clubs también. Dos hombres buenos. Había perdido a demasiados de esos en su vida, maldición. A demasiados con mucho.
«Lo siento, Dox, Clubs. Siento haberos fallado».
Kelsier cogió esa furia, esa amargura y esa vergüenza y las canalizó. Había encontrado de nuevo su propósito durante su tiempo en la cárcel. No pensaba perderlo.
Se levantó y se giró hacia Conservación. El dios lo sorprendió al encogerse, como si le tuviera miedo. Kelsier asió la forma del dios y, durante un instante, se le concedió una visión de la grandeza que había más allá, de la penetrante luz de Conservación, que impregnaba todas las cosas. El mundo, la bruma, los metales, hasta las mismas almas de la humanidad. Aquel ser estaba muriendo en cierto modo, pero su poder estaba muy lejos de desaparecer.
También sintió el dolor de Conservación. Era la misma pérdida que Kelsier había sentido al conocer la muerte de Dox, solo que multiplicada millares de veces. Conservación sentía hasta la última luz que se apagaba, las sentía y las reconocía como personas a las que había amado.
Por todo el mundo la gente estaba muriendo a un ritmo acelerado. Caía demasiada ceniza, y Conservación preveía que solo iba a incrementarse. Los ejércitos de koloss arrasaban con todo sin control. Muerte, destrucción, un mundo en las últimas.
Y hacia el sur… ¿Qué era aquello? ¿Personas?
Kelsier sostuvo a Conservación, sobrecogido por su divina agonía. Entonces lo atrajo hacia sí en un abrazo.
—Lo siento mucho —dijo Kelsier con voz queda.
—Oh, Senna —susurró Conservación—. Estoy perdiendo este lugar. Los estoy perdiendo a todos…
—Vamos a detenerlo —le aseguró Kelsier, apartándose.
—No puede detenerse. El acuerdo…
—Los acuerdos pueden incumplirse.
—Esta clase de acuerdos no, Kelsier. Pude engañar a Ruina una vez, encerrarlo, haciendo trampas con nuestro acuerdo. Pero no fue un incumplimiento de contrato, sino más bien que dejé un hueco en el acuerdo para poder explotarlo. Esta vez, no hay huecos.
—Pues entonces moriremos con las botas puestas —dijo Kelsier—. Tú y yo somos un equipo.
Conservación pareció condensarse, recuperar la consistencia, enhebrarse de nuevo.
—Un equipo. Sí. Una banda.
—Para lograr lo imposible.
—Desafiar a la realidad —susurró Conservación—. Todos decían siempre que estabas loco.
—Y yo siempre reconocí que no andaban muy errados —replicó Kelsier—. El caso es que, aunque hacían bien en cuestionar mi cordura, nunca terminaron de razonarlo bien. No es mi ambición lo que debería preocuparlos.
—¿Qué es, entonces?
Kelsier se limitó a sonreír.
Conservación, por su parte, estalló en unas carcajadas que habían perdido la tensión, la aspereza.
—No puedo ayudarte a hacer lo que sea que crees que estás haciendo. No directamente. Ya no pienso lo bastante bien. Pero…
—¿Pero?
Conservación se solidificó un poco más.
—Pero sé dónde encontrar a alguien que sí puede.
2

Kelsier siguió a una hebra de Conservación, que veía como un brillante zarcillo de bruma, por la ciudad. Se preocupó de mirar hacia arriba de vez en cuando, encarándose a aquella fuerza del cielo que había evaporado la bruma y llegaba para ponerse al mando en todas las direcciones.
Kelsier se negaba a recular. No iba a permitir que aquella cosa lo intimidara de nuevo. Ya había matado a un dios. El segundo asesinato siempre era más fácil que el primero.
El zarcillo de Conservación lo llevó por edificios ensombrecidos, por un suburbio que desde ese lado parecía incluso más deprimente, con las masificadas almas de sus habitantes apiñadas en grupos temerosos. Su banda había salvado aquella ciudad, pero la mayoría de las personas con quienes se cruzaba Kelsier aún no parecían saberlo.
El zarcillo terminó sacándolo por los portones destruidos de la ciudad y llevándolo hacia el norte, dejando atrás escombros y cadáveres que poco a poco se iban recogiendo. Dejando atrás milicias de vivos y aquel temible ejército de koloss, alejándose de la ciudad y dando el corto paseo a lo largo del río hacia ¿el lago?
Luthadel no se alzaba muy lejos del lago que llevaba su nombre, aunque casi toda la población de la ciudad lo ignoraba con determinación. El lago Luthadel no era de los que servían para nadar o pescar, a no ser que uno quisiera bañarse en una sopa fangosa que era más ceniza que agua y no digamos ya capturar los pocos peces que pudieran quedar, después de haber pasado siglos cerca de una ciudad llena de skaa medio muertos de hambre. Tan cerca de los montes de ceniza, mantener navegables el río y el lago había requerido la atención a tiempo completo de toda una clase de personas, los obreros del canal, una extraña variedad de skaa que rara vez se mezclaba con los de la ciudad en sí.
Esos obreros del canal habrían encontrado horripilante que, desde aquel lado, el lago (y en realidad, el río también) estaban como invertidos. Si la bruma bajo los pies de Kelsier daba una sensación líquida, el lago se elevaba como una protuberancia sólida, de solo unos centímetros de altura pero más dura y, en cierto modo, con más sustancia que el terreno que se había acostumbrado a recorrer.
De hecho, el lago era como una isla baja que se elevaba de un mar de bruma. Lo sólido y lo fluido parecían invertir sus papeles en aquel lugar. Kelsier llegó al borde de la isla y esperó a que el zarcillo de Conservación lo adelantara internándose en ella, como un cordel mítico que le mostrara el camino a casa desde el gran laberinto de Ishathon.
Kelsier se metió las manos en los bolsillos del pantalón y dio un puntapié al terreno de la isla. Era alguna clase de piedra oscura y humosa.
—¿Qué pasa? —preguntó Conservación.
Kelsier dio un respingo y miró hacia la línea de luz.
—Eh… ¿Estás ahí, Borrón?
—Estoy en todas partes —respondió Conservación, con voz tenue y frágil. Sonaba agotado—. ¿Por qué te paras?
—Esto es distinto.
—Sí, aquí se solidifica —dijo Conservación—. Tiene que ver con la forma de pensar de las personas y con los lugares por donde es probable que pasen. O algo parecido, por lo menos.
—Pero ¿qué es? —preguntó Kelsier, subiendo a la isla.
Conservación no dijo nada más, de modo que Kelsier siguió camino hacia el centro de la isla. Lo que fuese que se había «solidificado» allí se parecía muchísimo a la piedra. Y sobre ella crecían cosas. Kelsier pasó junto a arbustos que brotaban del terreno por lo demás duro; no eran rudimentarias plantas brumosas, sino auténticas y llenas de color. Tenían anchas hojas marrones de las que, curiosamente, emanaba algo parecido a la bruma. Ningún arbusto le pasaba de las rodillas, pero eran muchos más de los que había esperado encontrar allí.
Mientras cruzaba un grupo de aquellas plantas, le pareció ver algo escabulléndose entre ellas, moviendo las hojas al pasar.
«¿El mundo de los muertos tiene plantas y animales?», pensó. Pero no era así como lo había llamado Conservación. El Reino Cognitivo. ¿Cómo podían crecer allí esas plantas? ¿Qué las regaba?
Cuanto más se internaba en la isla, más oscura se volvía. Ruina estaba tapando casi del todo aquel minúsculo sol, y Kelsier empezó a echar de menos incluso el leve brillo que había impregnado la bruma fantasmal en la ciudad. Al poco tiempo, caminaba en lo que le recordó a un anochecer.
Poco a poco, el zarcillo de Conservación fue estrechándose hasta que desapareció. Kelsier se detuvo cerca de su punta y susurró:
—Borrón, ¿estás ahí?
No hubo respuesta, y el silencio refutó la afirmación de Conservación de que estaba en todas partes. Kelsier negó con la cabeza. Quizá Conservación lo oyera, pero no estuviera lo bastante presente para responderle. Kelsier siguió adelante y cruzó una zona donde los arbustos habían crecido hasta su cintura y la niebla que salía de sus amplias hojas se parecía al vapor de un plato caliente.
Por fin, más adelante entrevió una luz. Kelsier irguió la espalda. Había caído por inercia en una postura acechante, empujado por los instintos de la vida delictiva que había llevado literalmente desde que nació. No tenía armas. Se arrodilló y buscó una piedra o un palo en el suelo, pero aquellas plantas no eran lo bastante grandes para proporcionarle nada consistente y el terreno era liso, sin grietas.
Conservación le había prometido ayuda, pero Kelsier no estaba seguro de cuánto confiaba en nada que dijera. Era raro que sobrevivir a su propia muerte lo volviera más reacio, no menos, a confiar en la palabra de Dios. Se quitó el cinturón para usarlo a modo de arma, pero se le evaporó en las manos y apareció de nuevo en su cintura. Meneando la cabeza, se aproximó con cautela un poco más y distinguió dos personas junto a un fuego. Estaban en su mismo reino y vivían, no eran almas brillantes ni espíritus brumosos.
El hombre llevaba vestiduras de skaa, tirantes y una camisa arremangada, y estaba ocupándose de la pequeña hoguera para preparar la cena. Llevaba el pelo corto y tenía una cara estrecha, casi enjuta. El cuchillo que llevaba al cinto, casi tan largo como para considerarse espada, le vendría muy bien.
La otra persona, sentada en una sillita plegable, podría ser terrisana. Entre los terrisanos había individuos con un tono de piel casi tan oscuro como el de la mujer, aunque Kelsier también había conocido a gente de los distintos dominios del sur con la piel casi negra. Desde luego, la mujer no llevaba ropa terrisana, sino un grueso vestido marrón con un gran ceñidor de cuero en la cintura, y el pelo recogido en trencitas.
Dos. Kelsier podía ocuparse de dos, ¿verdad? Incluso sin alomancia ni armas. Pero aun así, mejor ir con cuidado. No había olvidado su humillación a manos del vagabundo. Kelsier tomó una decisión meditada, se levantó, se alisó el abrigo y entró a zancadas en el campamento.
—Bueno —proclamó—, estos últimos días han sido bastante raros, eso os lo aseguro.
El hombre de la hoguera se arrastró hacia atrás, boquiabierto y echando mano a su cuchillo. La mujer se quedó sentada, aunque cogió algo que tenía al lado, un tubo pequeño con una manecilla en la parte de abajo. Lo apuntó hacia él, como si se tratara de algún tipo de arma.
—Decidme —prosiguió Kelsier, lanzando una mirada al cielo y su arremolinada masa de serpientes retorcidas, demasiado sólidas—, ¿a nadie más le molesta la voraz fuerza de destrucción que flota en el aire encima de nosotros?
—¡Sombras! —exclamó el hombre—. Eres tú. ¡Estás muerto!
—Según cómo definas la palabra «muerto» —contestó Kelsier, acercándose tranquilo al fuego. La mujer lo siguió con la punta de aquella extraña arma suya—. ¿Se puede saber qué habéis quemado para encender esa hoguera? —Los miró—. ¿Qué, qué pasa?
—¿Cómo? —farfulló el hombre—. ¿Qué? ¿Cuándo?
—¿Cómo? —propuso Kelsier, solícito.
—¡Eso, cómo!
—El caso es que tengo el estómago un poco delicado —dijo Kelsier—, y pensé que la muerte iba a darme bastante mala digestión. Así que decidí no apuntarme.
—¡No se puede decidir convertirse en sombra sin más! —exclamó el hombre. Tenía un leve acento extranjero, que Kelsier no lograba situar—. ¡Es un rito muy importante, con sus requisitos y sus tradiciones! Esto… esto es… —Echó las manos al aire—. Esto es un incordio.
Kelsier sonrió y miró a los ojos a la mujer, que recogió una taza de algo caliente del suelo a su lado. Con la otra mano guardó el arma, como si nunca hubiera existido. Tendría treinta y tantos años.
—El Superviviente de Hathsin —dijo, pensativa.
—Sabes más de mí que yo de ti —dijo Kelsier—. La fama tiene estos problemas, por desgracia.
—Yo diría que, para un ladrón, la fama tiene muchas desventajas. A nadie le interesa mucho que lo reconozcan mientras intenta afanar monederos.
—A juzgar por la consideración que se le tiene en este dominio —terció el hombre, sin dejar de mirar con recelo a Kelsier—, seguro que a muchos les encantaría sorprenderlo robándoles el monedero.
—Sí —respondió Kelsier con sequedad—, casi hasta hacen cola para disfrutar del privilegio. ¿Hace falta que insista?
La mujer se lo pensó.
—Me llamo Khriss de Taldain. —Hizo un gesto con la cabeza al otro hombre, que enfundó el cuchillo de mala gana—. Él es Nazh, un empleado mío.
—Excelente —dijo Kelsier—. ¿Se os ocurre por qué puede haberme dicho Conservación que venga a hablar con vosotros?
—¿Conservación? —se sorprendió Nazh. Se levantó y agarró a Kelsier por el brazo. Podían tocarlo, igual que el vagabundo—. ¿Has hablado en persona con una de las Esquirlas?
—Claro —dijo Kelsier—. Borrón y yo somos viejos amigos.
Se zafó de la mano de Nazh y cogió el otro taburete que había junto al fuego. Consistía en dos sencillas piezas de madera que se plegaban juntas, con una tela entre ellas para sentarse. Lo colocó enfrente de Khriss y se acomodó en él.
—Esto no me gusta nada, Khriss —dijo Nazh—. Es un hombre peligroso.
—Por suerte —replicó ella—, nosotros también. La Esquirla Conservación, Superviviente. ¿Qué aspecto tiene?
—¿Es una prueba para comprobar si es cierto que he hablado con él o de verdad te interesa cómo está? —preguntó Kelsier.
—Las dos cosas.
—Se muere —dijo Kelsier, dando vueltas al cuchillo de Nazh entre los dedos. Se lo había birlado durante la breve escaramuza que habían tenido, y le sorprendió descubrir que no brillaba pese a ser metálico—. Es un hombre bajito y moreno, o al menos lo era. Está… bueno, deshilachándose.
—Eh —dijo Nazh, mirando el cuchillo con ojos entrecerrados. Luego se miró el cinturón y encontró vacía la vaina—. ¡Eh!
—Deshilachándose —repitió Khriss—. Por tanto, es una muerte lenta. ¿Ati no sabe cómo Astillar otra Esquirla? ¿O es que no le llega la fuerza? Hum…
—¿Ati? —dijo Kelsier—. Conservación también mencionó ese nombre.
Khriss señaló el cielo con un dedo mientras daba un sorbo a su bebida.
—Es eso de ahí. O al menos, eso es en lo que se ha convertido.
—¿Y qué es una Esquirla? —preguntó Kelsier.
—¿Es usted un erudito, don Superviviente?
—No —respondió él—, pero he matado a unos pocos.
—Qué encanto. Bueno, pues has topado con algo mucho, mucho más grande que tú mismo, tu política y tu pequeño planeta.
—Has mordido más de lo que puedes tragar, Superviviente —añadió Nazh, y recuperó su cuchillo de un manotazo cuando Kelsier lo equilibró sobre un dedo—. Deberías dejarlo estar.
—Nazh no habla por hablar —dijo Khriss—. Las preguntas que haces son peligrosas. Cuando uno pasa tras el telón y ve a los actores como las personas que son, le cuesta más fingir que la obra es real.
—Eh… —Kelsier se inclinó hacia delante y juntó las manos. Diablos, ese fuego daba calor pero no parecía estar quemando nada. Se quedó un momento mirando las llamas y tragó saliva—. Desperté de la muerte después de esperar, en el fondo, que no hubiera una ultratumba. Descubrí que Dios existía, pero estaba muriendo. Necesito respuestas. Por favor.
—Qué curioso —dijo ella. Kelsier alzó la mirada con el ceño fruncido—. He oído muchas historias sobre ti, Superviviente. A menudo en ellas se alaban tus admirables cualidades, pero la sinceridad nunca figura entre ellas.
—Puedo robarle algo más a tu criado —sugirió Kelsier—, si así te convences un poco más de que soy lo que esperabas.
—Inténtalo —dijo Nazh, rodeando la hoguera con los brazos cruzados y a todas luces tratando de intimidarlo.
—Las Esquirlas no son Dios —dijo Khriss, atrayendo la atención de Kelsier—, sino fragmentos de Dios. Ruina, Conservación, Autonomía, Cultivación, Devoción… Hay dieciséis.
—Dieciséis —dijo Kelsier con un hilo de voz—. ¿Hay catorce cosas de esas más correteando por ahí?
—Las demás están en otros planetas.
—Otros… —Kelsier parpadeó—. Otros planetas.
—Vaya, hombre —dijo Nazh—. Me parece que lo has roto, Khriss.
—Otros planetas —repitió Khriss con tono amable—. Sí, los hay a docenas. Muchos están habitados por personas muy parecidas a ti o a mí. Hay un mundo original, ofuscado y oculto en algún lugar del Cosmere. Todavía no sé dónde, pero he encontrado historias sobre él.
»En todo caso, había un Dios. Adonalsium. No sé si era una fuerza o un ser, aunque me inclino por lo segundo. Dieciséis personas, todas juntas, mataron a Adonalsium, lo descuartizaron y se repartieron su esencia entre ellos, convirtiéndose en los primeros en Ascender.
—¿Quiénes eran? —preguntó Kelsier, intentando encontrar sentido a todo aquello.
—Un grupo diverso —dijo ella—, con motivos igualmente diversos. Algunos ansiaban el poder, otros veían la muerte de Adonalsium como la única buena opción que les quedaba. Juntos asesinaron a una deidad y se volvieron divinos ellos mismos. —Sonrió con calidez, como si quisiera preparar a Kelsier para lo que venía—. Dos de ellos crearon este planeta, Superviviente, incluidos sus habitantes.
—Entonces—dijo Kelsier—, ¿mi mundo y toda la gente que conozco son creación de un par de medios dioses?
—Más bien dioses fraccionarios —lo corrigió Nazh—. Y sin demasiada cualificación para hacer de dioses, aparte de ser lo bastante conspiradores como para asesinar a su antecesor en el puesto.
—Diablos —susurró Kelsier—. No me extraña que estemos tan desquiciados, joder.
—En realidad —apuntó Khriss—, la gente suele ser así, los creara quien los creara. Si te sirve de consuelo, Adonalsium fue quien creó la humanidad en un principio, así que tus dioses tenían un patrón en el que basarse.
—Por tanto, somos copias de un original defectuoso —dijo Kelsier—. No es que me tranquilice mucho. —Miró hacia arriba—. ¿Y esa cosa? ¿Antes era un ser humano?
—El poder distorsiona —dijo Khriss—. Ahí dentro hay una persona, en alguna parte, que lo dirige. O tal vez, a estas alturas, que se deja llevar por él.
Kelsier recordó la marioneta que había mostrado Ruina, con forma de hombre. Era poco más que un cascarón repleto de un poder terrible.
—¿Y qué pasa si una de esas cosas muere?
—Tengo curiosidad por verlo —dijo Khriss—. Nunca lo he presenciado en persona, y además en el pasado las muertes fueron distintas. Todas ellas fueron acontecimientos puntuales e impresionantes, en los que el poder del dios se quebró y se dispersó. Esta vez es más como un estrangulamiento, mientras las otras fueron decapitaciones. Debería de resultar muy instructivo.
—A menos que lo impida —dijo Kelsier. Khriss le sonrió—. Y no seas condescendiente —le espetó él, levantándose y derribando el taburete hacia atrás—. Voy a impedirlo.
—A este mundo se le acaba la cuerda, Superviviente —afirmó Khriss—. Es una verdadera pena, pero no conozco ninguna forma de salvarlo. Vine con la esperanza de poder ayudar, pero aquí ya no puedo ni alcanzar el Reino Físico siquiera.
—Alguien destruyó el acceso —añadió Nazh—. Alguien increíblemente insensato. Descarado. Estúpido. No se paró a…
—¿No exageras un poco? —lo cortó Kelsier—. El vagabundo ya me dijo lo que hice.
—El… ¿quién? —preguntó Khriss.
—Un tipo con el pelo blanco —respondió Kelsier—. Larguirucho, con la nariz aguileña y…
—Maldición —dijo Khriss—. ¿Llegó al Pozo de la Ascensión?
—Y robó algo de allí —dijo Kelsier—. Un trozo de metal.
—¡Maldición! —exclamó Khriss, mirando a su sirviente—. Tenemos que irnos. Lo siento, Superviviente.
—Pero…
—No es por lo que acabas de decirnos —explicó, levantándose y haciendo gestos a Nazh para que recogiera sus cosas—. Íbamos a marcharnos de todos modos. Este planeta se muere y, por mucho que desee presenciar la muerte de una Esquirla, no me atrevo a hacerlo de cerca. Observaremos desde la distancia.
—Conservación pensaba que podríais ayudar —dijo Kelsier—. Seguro que hay alguna cosa que podáis hacer. Algo que podáis decirme. No puede haberse acabado.
—De verdad que lo siento, Superviviente —dijo Khriss con suavidad—. Quizá si supiera más, quizá si pudiera convencer a los Airí de que respondan a mis preguntas… —Negó con la cabeza—. Sucederá despacio, Superviviente, a lo largo de meses. Pero se aproxima. Ruina consumirá este mundo y el hombre al que una vez se conoció como Ati no logrará impedirlo. Si es que le importa siquiera.
—Todo —susurró Kelsier—, todo cuanto he conocido. ¿Todas las personas de… de mi planeta?
Cerca de él, Nazh se agachó y recogió el fuego, que se apagó. La llama demasiado grande se plegó sobre sí misma en la palma de su mano, y a Kelsier le pareció ver que lo hacía con un soplo de bruma. Kelsier recogió su taburete con un dedo, le sacó el tornillo de debajo y se lo guardó en la mano a hurtadillas antes de pasar el taburete a Nazh, que se echó al hombro un morral con rollos de pergamino atados encima y miró a Khriss.
—Quedaos —pidió Kelsier, volviéndose de nuevo hacia la mujer—. Ayudadme.
—¿Ayudarte? No puedo ni ayudarme a mí misma, Superviviente. Estoy en el exilio y, aunque no lo estuviera, tampoco dispondría de los recursos para detener a una Esquirla. En realidad, supongo que jamás debí venir. —Vaciló—. Y lo lamento, pero no puedo invitarte a acompañarnos. Tendrás encima los ojos de tu dios, Kelsier. Sabrá dónde estás, porque tienes partes de él en tu interior. Ya ha sido bastante peligroso estar aquí hablando contigo.
Nazh le pasó un morral y Khriss se lo puso a la espalda.
—De verdad que voy a impedirlo —les aseguró Kelsier.
Khriss alzó una mano y cerró los dedos en un gesto desacostumbrado, al parecer de despedida. Dio la espalda al claro y se internó entre los arbustos, seguida de Nazh.
Kelsier se derrumbó. Se habían llevado los taburetes, así que se sentó en el suelo con la cabeza gacha. «Es lo que te mereces, Kelsier —pensó una parte de él—. Querías bailar con lo divino y robar a los mismos dioses. ¿Puede saberse por qué te sorprendes de que la situación te supere?».
El siseo de las hojas al moverse hizo que Kelsier volviera a levantarse a toda prisa. Nazh salió de entre las sombras. El hombre, más bajo que él, se quedó al borde del campamento abandonado y renegó en voz baja antes de acercarse, quitarse el cuchillo que llevaba a un lado y ofrecérselo a Kelsier.
Reticente, Kelsier aceptó el arma envainada en cuero.
—Tú y los tuyos estáis en graves apuros —dijo Nazh sin levantar la voz—, pero este sitio me gusta bastante. Con su condenada bruma y todo. —Señaló hacia el oeste—. Están establecidos allí.
—¿Quiénes?
—Los Airí —respondió el hombre—. Llevan en esto mucho más tiempo que nosotros, Superviviente. Si alguien puede saber cómo ayudarte, serán los Airí. Búscalos donde la tierra se hace sólida otra vez.
—Sólida otra vez —dijo Kelsier—. ¿El lago Tyrian?
—Más allá. Mucho más allá, Superviviente.
—¿El océano? Pero está a kilómetros y kilómetros de distancia. ¡Más allá del Dominio Lejano!
Nazh le dio una palmadita en el hombro y luego se volvió para seguir a Khriss.
—¿Hay esperanza? —preguntó Kelsier a su espalda.
—¿Y si te dijera que no? —repuso Nazh, girando la cabeza—. ¿Y si te dijera que creo que estás en la verdadera ruina, por así decirlo? ¿Cambiaría lo que ibas a hacer?
—No.
Nazh se llevó los dedos a la frente en una especie de saludo.
—Adiós, Superviviente. Cuida de mi cuchillo. Le tengo cariño.
Se internó en la oscuridad. Kelsier lo miró hasta perderlo de vista y entonces hizo lo más juicioso del mundo.
Se comió el tornillo que había sacado del taburete.
3

El tornillo no hizo nada. Kelsier había confiado en poder utilizar la alomancia, pero el tornillo se limitó a caer en su estómago con un peso extraño e incómodo. No podía quemarlo, por mucho que lo intentó. Mientras caminaba, acabó expulsándolo por la boca y lo tiró por ahí.