Arcanum ilimitado

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El sistema de Scadrial » Nacidos de la bruma: historia secreta

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Llegó a la transición entre la isla y el terreno brumoso que rodeaba Luthadel y sintió una nueva carga sobre sus hombros. Un mundo condenado, dioses muriendo y un universo que nunca había sabido que existiera. Y su única esperanza era… ¿viajar hasta el océano?

Nunca había llegado tan lejos, ni siquiera en sus viajes con Gemmel. Le costaría meses llegar hasta allí andando. ¿A su mundo le quedaban meses?

Salió de la isla y pasó el terreno blando de la orilla hecha de bruma. Luthadel se alzaba cerca, como una muralla sombría de bruma arremolinada.

—¿Borrón? —llamó—. ¿Estás por aquí?

—Estoy en todas partes —dijo Conservación, apareciendo junto a él.

—Entonces, ¿lo has escuchado? —preguntó Kelsier.

Borrón asintió distraído, su silueta raída, su rostro desdibujado.

—Creo que… Supongo que sí

—Han mencionado a una gente llamada los Ay Rí.

—Sí, los Ire —dijo Conservación, pronunciándolo de forma distinta—. Tres letras: I, R, E. Significa algo en su idioma; vienen de otra tierra. Los que murieron pero no murieron. Los he sentido agruparse al límite de mi visión, como espíritus en la noche.

—Muertos pero vivos —dijo Kelsier—. ¿Como yo?

—No.

—¿Cómo, entonces?

—Murieron pero no murieron.

«Estupendo», pensó Kelsier. Se encaró hacia el oeste.

—En teoría, están en el océano.

—Los Ire construyeron una ciudad —dijo Conservación suavemente—. En un lugar entre mundos.

—Bueno —dijo Kelsier, y respiró hondo—. Pues allí es donde voy.

—¿Te vas? —preguntó Conservación—. ¿Me abandonas?

La premura que oyó en sus palabras sorprendió a Kelsier.

—Si esa gente puede ayudarnos, tengo que hablar con ellos.

—No pueden ayudarnos —replicó Conservación—. Son… son despiadados. Ya están haciendo planes sobre mi cadáver, como insectos carroñeros que esperan el último latido del corazón. No te vayas. No me abandones.

—Estás en todas partes. No puedo abandonarte.

—No. Hasta ellos no puedo llegar. Yo no puedo salir de esta tierra. Estoy demasiado Investido en ella, en cada piedra y cada hoja. —Palpitó y su forma, ya poco definida, se hizo más tenue—. Cogemos apego con facilidad, y hay que tener una dedicación muy particular para poder marcharnos.

—¿Y Ruina? —preguntó Kelsier, volviéndose hacia el oeste—. Si lo destruyera todo, ¿podría escapar?

—Sí —respondió Conservación, en voz muy baja—. Entonces podría irse. Pero Kelsier, no puedes abandonarme. Somos un equipo, ¿verdad?

Kelsier apoyó la mano en el hombro de la criatura. Con la confianza que había tenido y ya no era mucho más que una mancha en el aire.

—Volveré nada más pueda. Si tengo que detener a esa cosa, necesitaré algún tipo de ayuda.

—Te doy pena.

—Me da pena cualquiera que no sea yo, Borrón. Es lo que tiene ser el hombre que soy. Pero tú puedes hacerlo. Tenle un ojo echado a Ruina e intenta avisar a Vin y a ese noble suyo.

—Pena —repitió Conservación—. ¿En eso… en eso me he convertido? Sí. Sí, así es.

Alzó una mano apenas delimitada y asió el brazo de Kelsier desde debajo. Kelsier ahogó un grito, pero se quedó petrificado cuando Conservación lo cogió por la nuca con la otra mano y trabó la mirada con la suya. Aquellos ojos se enfocaron de sopetón, el emborronamiento transformado en repentina nitidez. Refulgieron con una intensa luz entre blanca y plateada que envolvió a Kelsier y lo cegó.

Todo lo demás quedó vaporizado, incapaz de resistir a aquella terrible y maravillosa luz. Kelsier perdió la forma, el pensamiento, su mismo ser. Trascendió su yo y accedió a un lugar de luz fluida. Salieron cintas de esa luz explotando desde su interior y, aunque intentó gritar, no tenía voz.

El tiempo no pasó, porque el tiempo no tenía relevancia allí. No era un lugar. La posición tampoco tenía relevancia. Solo la Conexión, de persona a persona, de hombre a mundo, de Kelsier a dios.

Y ese dios lo era todo. El ente del que Kelsier había tenido pena era el mismo suelo sobre el que caminaba, el aire, los metales, su propia alma. Conservación de verdad estaba en todas partes. A su lado, Kelsier era insignificante. Un mero detalle apenas recordado.

La visión remitió. Kelsier se apartó dando tumbos de Conservación, que siguió allí de pie, plácido, una mancha en el aire pero representando muchísimo más. Kelsier se palpó el pecho y se alegró, por motivos que no podría explicar, de que su corazón latiera. Su alma estaba aprendiendo a imitar un cuerpo, y de algún modo tener el corazón acelerado lo reconfortaba.

—Supongo que me lo merecía —dijo Kelsier—. Ve con ojo usando esas visiones, Borrón. La realidad no es demasiado sana para el ego.

—Yo diría que es de lo más sana —replicó Conservación.

—Lo he visto todo —musitó Kelsier—. A todo el mundo, todas las cosas. Mi Conexión con ellos, y también… también…

«Cómo se extendían hacia el futuro —pensó, buscándole sin éxito una explicación—. Posibilidades, tantas posibilidades como el atium».

—Sí —dijo Conservación. Parecía exhausto—. Puede ser un suplicio admitir el rol que se tiene en el todo. Pocos pueden soportar la…

—Envíame allí otra vez —pidió Kelsier, echándose sobre Conservación y cogiéndolo por los brazos.

—¿Qué?

—Envíame de vuelta. Necesito verlo otra vez.

—Tu mente es demasiado frágil. Se quebrará.

—Ya quebré ese condenado trasto hace años, Borrón. Hazlo. Por favor.

Conservación lo agarró con reparo, y en esa ocasión sus ojos tardaron más en empezar a brillar. Refulgieron, su forma titiló y por un momento Kelsier temió que el dios fuese a disiparse del todo.

Pero entonces el brillo chispeó con vida, y al instante Kelsier quedó consumido. Esa vez se obligó a apartar la mirada de Conservación, aunque no era tanto cuestión de «mirar» como de asimilar la espantosa sobrecarga de información y sensaciones que lo inundaron.

Por desgracia, al dejar de fijarse en Conservación, se arriesgó a entregar su atención a otra cosa, otra igualmente exigente. Allí había un segundo dios, negro y terrible, aquella cosa con pinchos y patas de araña que brotaban de oscuras nieblas y alcanzaban todo a lo largo y ancho del territorio.

Incluido Kelsier.

De hecho, sus lazos con Conservación eran triviales comparados con los centenares de dedos negros que lo unían a aquella cosa de más allá. Sintió una poderosa satisfacción al respecto, además de una idea. No eran palabras, sino solo un hecho innegable.

Eres mío, Superviviente.

Kelsier se rebeló contra ello, pero en aquel lugar de perfecta luz, la verdad debía reconocerse sin remedio.

Forcejeando, con su alma desmoronándose ante esa terrible realidad, Kelsier se volvió hacia los zarcillos de luz que se extendían en la distancia. Posibilidades sobre posibilidades, compuestas unas con otras. Infinitas, abrumadoras. El futuro.

Salió expulsado de la visión otra vez, y en esa ocasión cayó de rodillas, jadeando. El brillo se disipó y volvió a encontrarse en la orilla del lago Luthadel. Conservación se sentó a su lado y apoyó la mano en la espalda de Kelsier.

—No puedo detenerlo —susurró Kelsier.

—Lo sé —dijo Conservación.

—He visto miles y miles de posibilidades. En ninguna de ellas derrotaba a esa cosa.

—Las tiras del futuro nunca son tan útiles como… como deberían ser —dijo Conservación—. Las recorrí mucho, hace tiempo, pero cuesta demasiado distinguir lo que de verdad es probable de lo que solo es una frágil… frágil, lejana tal vez…

—No puedo detenerlo —susurró Kelsier de nuevo—. Soy demasiado parecido. Todo lo que hago es en su beneficio. —Kelsier alzó la mirada, sonriendo.

—Te ha quebrado —dijo Conservación.

—No, Borrón. —Kelsier rio y se puso de pie—. No. Yo no puedo derrotarlo. Haga lo que haga, no puedo detenerlo. —Miró a Conservación—. Pero ella puede.

—Y él es muy consciente de eso. Tenías razón. Se ha dedicado a prepararla, a imbuirla.

—Ella puede imponerse.

—Es una posibilidad muy frágil —dijo Conservación—. Una promesa falsa.

—No —dijo Kelsier con suavidad—. Es una esperanza.

Extendió la mano. Conservación la asió y dejó que Kelsier tirara de él para levantarlo. Dios asintió con la cabeza.

—Una esperanza. ¿Cuál es nuestro plan?

—Yo seguiré hacia el oeste —dijo Kelsier—. En las posibilidades he visto…

—No confíes en lo que has visto —advirtió Conservación, sonando mucho más firme que antes—. Hace falta una mente infinita para empezar a captar siquiera una pizca de información a partir de esos zarcillos del futuro. E incluso entonces, es muy fácil equivocarse.

—El camino que vi empezaba conmigo yendo hacia el oeste —insistió Kelsier—. Es lo único que se me ocurre hacer. A no ser que tengas una sugerencia mejor.

Conservación negó con la cabeza.

—Tú tienes que quedarte aquí, plantarle cara, resistir e intentar llegar a Vin. Si no a ella, a Sazed.

—Él no está bien.

Kelsier inclinó la cabeza a un lado.

—¿Salió herido en la lucha?

—Peor. Ruina intenta derrumbarlo.

«Maldición». Pero ¿qué podía hacer, aparte de seguir adelante con su plan?

—Haz lo que puedas —dijo Kelsier—. Yo buscaré a esa gente en el oeste.

—No te van a ayudar.

—No voy a pedirles ayuda —replicó Kelsier con una sonrisa—. Voy a robarles.

Cuarta parte: Viaje

1

Kelsier corrió. Necesitaba la urgencia, la fuerza de estar en movimiento. Un hombre que corría hacia algún sitio tenía un propósito.

Salió de la región de Luthadel, trotando junto a un canal para no desviarse. Al igual que el lago, el canal estaba invertido en aquel lugar: era un montículo largo y estrecho en vez de una zanja.

Mientras avanzaba, Kelsier intentó una vez más comprender el conflictivo conjunto de imágenes, impresiones e ideas que había experimentado en ese sitio donde podía percibirlo todo. Vin de verdad podía vencer a aquella cosa. De eso Kelsier estaba seguro, tanto como de que él no podía derrotar a Ruina por sí mismo.

Sin embargo, a partir de esa certeza sus pensamientos se iban haciendo menos concretos. Aquella gente, los Ire, trabajaban en algo peligroso. Algo que podría emplear en contra de Ruina tal vez.

Era todo lo que tenía. Conservación estaba en lo cierto: el tejido de aquel lugar entre instantes era demasiado enrevesado, demasiado efímero, para proporcionarle algo más que una vaga impresión. Pero al menos, era algo que podía hacer.

De modo que corrió. No tenía tiempo para ir andando. Volvió a desear la alomancia, el peltre que podría darle fuerza y resistencia. Había ostentado ese poder muy poco tiempo, comparado con el resto de su vida, pero había tardado aún menos en convertirse en su segunda naturaleza.

Ya no podía apoyarse en esas capacidades. Por suerte, al no tener cuerpo, no parecía cansarse a menos que se parara a pensar en que debería estar cansándose. No era un problema. Si algo se le daba bien, a Kelsier, era engañarse a sí mismo.

Con un poco de suerte, Vin podría resistir lo suficiente para salvarlos a todos. Era un peso terrible para depositarlo en los hombros de una persona. Kelsier levantaría tanto de él como pudiera.

2

Conozco este sitio», pensó Kelsier, aflojando el paso al cruzar un pueblo pequeño que había junto al canal. Había una fonda donde los encargados del canal podían abrevar a sus skaa, tomar una copa y disfrutar de un baño caliente por la noche. Era una de las muchas localidades casi idénticas que salpicaban los dominios. Aquella se distinguía por las dos torres semiderruidas que había al otro lado del canal.

«Sí», pensó Kelsier deteniéndose en la calle. Las torres eran inconfundibles incluso en el terreno onírico, brumoso, de aquel reino. Siguelargo. ¿Cómo era posible que hubiera llegado ya hasta allí? La aldea estaba a buena distancia del Dominio Central. ¿Cuánto tiempo llevaba corriendo?

El tiempo se había vuelto raro para él desde su muerte. No necesitaba comer y no sentía ningún cansancio que no proyectara su propia mente. Con Ruina tapando el sol, la única luz procedía del terreno brumoso y costaba mucho discernir el paso de los días.

Llevaba corriendo un tiempo. ¿Mucho tiempo?

De pronto se notó agotado y con la mente embotada, como si sufriera el efecto de arrastrar el peltre. Gimió y se sentó junto al montículo del canal, que estaba cubierto de plantas menudas. Esas plantas parecían crecer en cualquier lugar donde hubiera agua presente en el mundo real. Las había encontrado hasta brotando de copas brumosas.

De vez en cuando encontraba otras plantas más extrañas en el campo, entre pueblo y pueblo, en los sitios donde el terreno mullido se hacía más firme. En los lugares sin gente, en los vacíos extensos y cenicientos que había entre los puntitos de civilización.

Se puso de pie, combatiendo el agotamiento. Estaba todo en su cabeza, casi literalmente. Reticente a obligarse a correr de nuevo por el momento, cruzó Siguelargo paseando. La aldea había crecido en torno a la fonda del canal. Bueno, el pueblo. Los nobles propietarios de plantaciones más alejadas del canal acudirían allí para comerciar y enviar mercancías hacia Luthadel. Se había convertido en un eje comercial, un ajetreado centro cívico.

Kelsier había matado allí a siete hombres.

¿O eran ocho? Los enumeró mientras caminaba. El lord, sus dos hijos, su esposa… Sí, siete, contando a los dos guardias y el primo aquel. Exacto. Había perdonado la vida a la esposa del primo, que encontró embarazada.

Mare y él tenían una habitación alquilada encima de la tienda, allá al fondo, y fingían ser mercaderes de una casa noble menor. Subió los peldaños del edificio y se detuvo ante la puerta. Apoyó los dedos en ella y la sintió en el Reino Físico, familiar incluso después de tanto tiempo.

«¡Teníamos planes! —le había dicho Mare mientras recogían a toda prisa—. ¿Cómo has podido hacerlo?».

—Asesinaron a una niña, Mare —susurró Kelsier—. La hundieron en el canal con piedras atadas a los pies. Porque les derramó el té. ¡Porque les derramó el condenado té!

«Venga, Kell —había dicho ella—. Matan a gente a diario. Es terrible, pero así es la vida. ¿Vas a llevar la venganza a todos los nobles de aquí fuera?».

—Sí —susurró Kelsier. Cerró el puño y lo llevó contra la puerta—. Eso he hecho. He hecho que pagara hasta el mismísimo lord Legislador, Mare.

Y aquella masa bullente de serpientes que se retorcía en el cielo había sido el resultado. Kelsier había comprendido la verdad en su momento fuera del tiempo con Conservación. El lord Legislador habría impedido aquella fatalidad durante otros mil años.

Matar a un hombre, obtener la venganza, pero provocar ¿cuántas muertes más? Mare y él habían huido de aquel pueblo. Luego había sabido que llegaron los inquisidores y torturaron a muchos de sus conocidos de allí, mataron a bastantes de ellos en su búsqueda de respuestas.

Kelsier mató, y ellos mataron a su vez. Kelsier se vengó, y la venganza de ellos fue diez veces mayor.

Eres mío, Superviviente.

Asió la manecilla de la puerta, pero no pudo hacer más que obtener una impresión de su aspecto. No podía moverla. Por suerte, sí fue capaz de empujar contra la puerta y atravesarla a la fuerza. Se detuvo trastabillando y se sorprendió al ver que la sala estaba ocupada. Había un alma solitaria —brillaba, por lo que era una persona en el mundo real, no en aquel— tumbada sobre un catre en el rincón.

Mare y él habían abandonado el lugar a toda prisa, y se habían visto obligados a guardar parte de sus posesiones en un agujero detrás de una piedra del hogar. Ya no estaban: Kelsier se los había llevado con Mare ya muerta, después de huir de los Pozos y entrenar con el extraño y viejo alomante llamado Gemmel.

Evitó a la persona tumbada y fue hasta el pequeño hogar. Cuando había regresado a buscar aquellas monedas ocultas, iba de camino a Luthadel con la mente a rebosar de planes grandiosos e ideas peligrosas. Había recuperado el dinero, pero había hallado más de lo que esperaba. El saquito de monedas y, junto a él, un diario de Mare.

—Si hubiera muerto —dijo Kelsier en voz alta—, si hubiera permitido que ese otro lugar tirase de mí ahora estaría con Mare, ¿verdad?

No hubo respuesta.

—¡Conservación! —gritó Kelsier—. ¿Sabes dónde está? ¿La viste pasar a esa oscuridad de la que hablabas, al sitio ese donde va la gente después de esto? Estaría con ella, ¿verdad?, si me hubiera dejado morir.

Conservación siguió sin responder. Desde luego, su mente no estaba en todas partes, aunque su esencia lo estuviera. Considerando lo errático que había estado en los últimos tiempos, era hasta posible que su mente no estuviera del todo ni siquiera en un solo sitio. Kelsier suspiró, mirando a su alrededor en la pequeña estancia.

Entonces retrocedió un paso al darse cuenta de que la persona del catre se había levantado y miraba como buscando algo.

—¿Qué quieres tú? —restalló Kelsier.

La figura se sobresaltó. ¿Lo había oído?

Kelsier se acercó al hombre y lo tocó, obteniendo la visión de un viejo mendigo, con barba rala y ojos enloquecidos. El hombre murmuraba para sí mismo, y Kelsier podía entreoír parte de lo que decía mientras lo tocaba.

—En mi cabeza —musitó el hombre—. Fuera de mi cabeza.

—Puedes oírme —dijo Kelsier.

El hombre saltó de nuevo.

—Malditos susurros —dijo—. ¡Fuera de mi cabeza!

Kelsier bajó la mano. Había visto algo parecido, en las pulsaciones. A veces los dementes susurraban las cosas que habían oído a Ruina. Pero parecía que también podían oír a Kelsier.

¿Podía utilizar a aquel hombre? «Gemmel murmuraba igual a veces —comprendió Kelsier con un escalofrío—. Siempre creí que estaba loco».

Kelsier intentó hablar más con el hombre, pero fue en vano. El mendigo no dejaba de sobresaltarse y murmurar, pero se negaba a responderle.

Al final, Kelsier terminó marchándose de la sala. Se alegraba de que el loco lo hubiera distraído de sus recuerdos de aquel lugar. Hurgó en su bolsillo, pero entonces recordó que ya no tenía el dibujo de la flor de Mare. Se lo había dejado a Vin.

Conocía la respuesta a las preguntas que acaba de hacer a Conservación. Al negarse a aceptar la muerte, Kelsier también había renunciado a volver con Mare. A menos que no existiera nada al otro lado de la discontinuidad. A menos que esa muerte sí que fuese real y definitiva.

Seguro que Mare no esperaría que Kelsier se rindiera sin más, que permitiera que se lo llevara la oscuridad tirante, ¿verdad? «Todos los demás que he visto pasaban por voluntad propia —pensó Kelsier—. Hasta el lord Legislador. ¿Por qué me empeño yo en quedarme?».

Preguntas necias. Inútiles. No podía irse mientras el mundo corriera tanto peligro. Y no iba a permitirse morir sin más, ni siquiera para estar con ella.

Salió del pueblo, encaminó de nuevo sus pasos al oeste y siguió corriendo.

3

Kelsier se arrodilló junto a una vieja hoguera, ya apagada, representada por un grupo de sombríos y fríos troncos en aquel reino. Había descubierto que era importante parar cada pocas semanas para recobrar el aliento. Llevaba corriendo… bueno, mucho tiempo ya.

Ese día tenía intención de resolver por fin un acertijo. Agarró los restos brumosos de la vieja hoguera. Al instante pudo verla en el mundo real, pero empujó más allá y sintió algo al otro lado.

No eran solo imágenes, sino sensaciones. Casi emociones. Una madera fría que de algún modo recordaba el calor. El fuego estaba extinguido en el mundo real, pero deseaba poder arder de nuevo.

Era extraño descubrir que los troncos podían tener deseos. Aquel fuego había ardido muchos años, alimentando a las familias de muchos skaa. Incontables generaciones se habían sentado en torno a aquel agujero en el suelo. Habían tenido el fuego encendido casi continuamente. Riendo, saboreando sus breves momentos de gozo.

El fuego les había concedido aquello, y anhelaba hacerlo de nuevo. Por desgracia, la gente se había marchado. Kelsier iba encontrando cada vez más y más aldeas abandonadas. Las lluvias de ceniza duraban más de lo normal, y Kelsier había notado algún temblor en el suelo, incluso en el reino en el que se hallaba. Terremotos.

Podía dar algo a aquel fuego. Arde otra vez, le dijo. Vuelve a calentarte.

No podía suceder en el Reino Físico, pero todo lo de allí podía manifestarse donde estaba él. El fuego no estaba vivo de verdad, pero para la gente que había habitado aquella tierra una vez, casi lo había estado. Era un amigo cálido, de confianza.

Arde…

Salió luz de sus dedos, fluyó de sus manos y apareció una llama. Kelsier la soltó enseguida, dio un paso atrás y sonrió al crepitante fulgor. Se parecía mucho al fuego que llevaban consigo Nazh y Khriss: los troncos habían aparecido en su lado, con llamas que danzaban.

Fuego. Había creado fuego, nada menos, en el mundo de los muertos. «No está mal, Kell», pensó, arrodillándose. Después de respirar hondo, metió la mano en el fuego, asió el centro de los troncos y cerró el puño, capturando el pedacito de bruma que componía la esencia de aquella hoguera. Se plegó sobre sí misma y desapareció.

Kelsier sostuvo el puñadito de niebla en la mano ahuecada. Podía sentirlo, igual que podía sentir el suelo bajo sus pies. Mullido, pero lo bastante real siempre que no apretase demasiado. Se guardó el alma de la hoguera en el bolsillo, bastante seguro de que no estallaría en llamas a menos que él se lo ordenara.

Salió de la choza skaa a una plantación. No había estado allí nunca; había avanzado ya más al oeste que en sus viajes con Gemmel. Allí las plantaciones estaban compuestas de extraños edificios rectangulares, bajos pero con grandes patios. Kelsier salió del suyo y llegó a una calle jalonada por docenas de chozas como aquella.

Considerándolo todo, a los skaa de allí les iban mejor las cosas que a los de los dominios interiores. Era como decir que a un hombre ahogándose en cerveza le iban mejor las cosas que a uno que se ahogaba en ácido.

Caía ceniza del cielo. Aunque había podido verla durante sus primeros días en aquel reino, había aprendido a distinguirla. Se reflejaba como diminutas y retorcidas volutas de niebla, casi invisibles. Kelsier se puso al trote y dejó atrás una estela de ceniza. Parte de ella lo atravesaba, dejándole la sensación de que él era ceniza. Un cascarón calcinado, un cadáver reducido a ascuas que flotaban en el viento.

Dejó atrás demasiada ceniza amontonada en el suelo. Allí no debería estar cayendo tanta. Los montes de ceniza estaban lejos y, por lo que había averiguado en sus viajes, allí fuera la ceniza caía solo una o dos veces al mes. O, al menos, así había sido antes del despertar de Ruina. Seguían creciendo algunos árboles, sombríos, cuyas almas se manifestaban como siluetas brumosas que brillaban como las de los seres humanos.

Se acercó a gente en el camino que viajaban hacia el oeste, hacia las ciudades de la costa. Era probable que sus nobles ya hubieran huido en esa dirección, aterrorizados por la repentina crecida de la ceniza y otras señales de destrucción. A medida que los adelantaba, Kelsier iba extendiendo el brazo, dejando que su mano los rozara y le transmitiera impresiones de ellos.

Una joven madre que renqueaba con un pie roto, llevando a su recién nacido cerca del pecho.

Una anciana, fuerte como debían serlo los skaa viejos. A los débiles se los solía abandonar a su suerte.

Un hombre joven y pecoso vestido con una camisa de calidad. La habría robado de la mansión de su noble, seguramente.

Kelsier buscó señales de locura o desvaríos. Había confirmado que esa gente a menudo podía oírlo, aunque la capacidad no siempre requería una demencia obvia. Muchos parecían incapaces de distinguir las palabras concretas y oían solo susurros fantasmales. Impresiones.

Ganó velocidad y dejó atrás a los lugareños. Sabía que aquella zona estaba bastante frecuentada por la levedad de la bruma que tenía debajo. Durante sus meses corriendo, había llegado a comprender —y hasta cierto punto incluso aceptar— el Reino Cognitivo. Poder atravesar paredes sin trabas daba una sensación de libertad, igual que poder echar breves vistazos a las personas y sus vidas.

Pero se sentía muy solo.

Trataba de no pensar en ello. Se concentraba en correr y en el desafío que lo aguardaba. Por la forma en que se fundía el tiempo allí, no se le antojaba que hubieran transcurrido meses. Y sin duda, aquella experiencia era muy preferible al año que había pasado atrapado en el Pozo, erosionando su cordura.

Pero echaba de menos a la gente. Kelsier necesitaba personas, conversación, amigos. Sin ellos, se notaba desecado. Habría dado cualquier cosa para que Conservación, por volátil que fuese, apareciera y hablara con él. Incluso aquel vagabundo de pelo blanco habría sido un cambio bien recibido respecto a aquel erial de brumas.

Intentó encontrar a dementes para al menos tener alguna relación con otros seres vivos, por trivial que resultara.

«Por lo menos, algo he ganado», se dijo Kelsier. Un fuego de campamento en el bolsillo. Cuando saliera de aquel aprieto, y sin duda terminaría saliendo, desde luego tendría historias que contar.

4

Kelsier, el Superviviente a la Muerte, coronó por fin una última colina y contempló una vista increíble ante él. Tierra.

Se alzaba del límite de la bruma como una extensión oscura y premonitoria. La sentía menos viva que la cambiante bruma entre blanca y gris que tenía bajo los pies, pero recibió su visión con los brazos abiertos.

Dejó escapar un largo y aliviado suspiro. Las últimas semanas se le habían hecho cada vez más difíciles. Pensar en seguir corriendo había empezado a resultarle nauseabundo, y la soledad le hacía ver fantasmas en la bruma arremolinada, oír voces en la nada desprovista de vida que lo rodeaba.

Se lo veía muy distinto al hombre que había partido de Luthadel. Apoyó su vara en el suelo a su lado. La había recuperado del cuerpo de un refugiado muerto en el mundo real, lo había devuelto a la vida y le había dado un nuevo hogar y un nuevo amo al que servir. Igual que la amplia capa que llevaba, raída por los bordes, casi como un manto de bruma.

El morral que llevaba era distinto. Se lo había llevado de una tienda abandonada. Ningún dueño lo había cargado jamás. Consideraba que su propósito era estar en un estante y ser admirado. Hasta el momento, de todos modos había sido un buen compañero de viaje.

Kelsier se sentó, dejó a un lado su vara y metió la mano en el morral. Hizo recuento de sus bolas de bruma, que llevaba envueltas todas juntas en él. Lo alegró ver que en esa ocasión no había desaparecido ninguna. Cuando un objeto se recuperaba —o peor, se destruía— en el Reino Físico, su Identidad cambiaba y el espíritu regresaba a la posición física de su cuerpo.

Los objetos abandonados eran los mejores. A ser posible, que hubieran tenido dueño durante mucho tiempo, lo que les otorgaba una Identidad fuerte, pero que ya no tuvieran a nadie en el Reino Físico que se preocupara por ellos. Sacó la bola de bruma que era su fogata de campamento, la desplegó y dejó que su calor lo bañara. Empezaba a deshebrarse y en los troncos habían aparecido unos agujeritos brumosos. Kelsier supuso que la había alejado demasiado de su origen y la distancia la afligía.

Sacó otra bola de bruma, que se desplegó en su mano y se convirtió en un odre de cuero. Dio un largo sorbo. En realidad, no le servía de nada, porque el agua desaparecía al poco de verterse y Kelsier no parecía necesitar beber.

Pero bebía de todos modos. Le gustaba la sensación en los labios y el gaznate, lo refrescaba. Le permitía fingir que estaba vivo.

Se acurrucó en la ladera de la colina, contemplando la nueva frontera a sus pies, bebiendo agua fantasmal junto al alma de un fuego. Su experiencia en el reino de los dioses, aquel momento entre instantes, ya era un recuerdo lejano aunque, a decir verdad, ya le había parecido lejano al segundo de salir de él. Las brillantes Conexiones y las revelaciones que abarcaban eternidades se habían marchitado de inmediato, como la bruma ante el sol matutino.

Había sabido que debía llegar a aquel lugar. Después de eso… no tenía ni idea. Por allí fuera había gente, pero ¿cómo encontrarlos? ¿Y qué haría cuando los localizara?

«Necesito lo que tienen —pensó, dando otro sorbo de su odre—. Pero no querrán dármelo». De eso estaba seguro. Pero ¿qué era lo que tenían? ¿Conocimiento? ¿Cómo podía estafar a alguien sin saber siquiera si hablaba su mismo idioma?

—¿Borrón? —dijo Kelsier, a modo de prueba—. Conservación, ¿estás ahí?

No hubo respuesta. Kelsier suspiró y guardó el odre. Echó un vistazo hacia atrás, hacia el lugar del que procedía.

Luego se puso en pie, arrancó su cuchillo de la vaina que llevaba al costado y se volvió, dejando el fuego entre él y lo que estaba allí. La figura llevaba túnica y tenía el cabello brillante y rojo como una llama. Lucía una sonrisa amistosa, pero Kelsier veía pinchos bajo la superficie de su piel, punzantes patas de araña a millares, que empujaban contra la piel y la hacían abombarse en movimientos irregulares.

La marioneta de Ruina. La cosa que había visto construir a aquella fuerza para tentar a Vin.

—Hola, Kelsier —dijo Ruina a través de los labios de su marioneta—. Mi colega no está disponible, pero yo satisfaré tus peticiones, si así lo deseas.

—Apártate —replicó Kelsier, blandiendo su cuchillo y recurriendo por instinto a metales que ya no podía quemar. Maldición, cómo lo echaba de menos.

—Oh, Kelsier —dijo Ruina—. ¿Que me aparte? Pero si estoy en todo tu alrededor, en el aire que finges respirar, en el suelo bajo tus pies. Estoy en ese cuchillo y en tu propia alma. ¿Cómo, exactamente, quieres que me aparte?

—Di lo que te dé la gana —repuso Kelsier—, pero no me posees. Yo no te pertenezco.

—¿Por qué te resistes así? —preguntó Ruina, caminando en torno a la hoguera. Kelsier avanzó en la otra dirección, manteniendo la distancia entre sí mismo y aquella criatura.

—Ah, no sé —dijo Kelsier—. Tal vez sea porque eres una fuerza malvada de destrucción y dolor.

Ruina se detuvo, como ofendido.

—¿Por qué me dices eso? —Extendió las manos—. La muerte no es malvada, Kelsier. La muerte es necesaria. Todo reloj debe pararse, todo día debe terminar. Sin mí, no hay vida, y nunca podría haberla habido. La vida es cambio y yo represento ese cambio.

—Y ahora quieres terminar con ella.

—Fue un regalo que yo concedí —dijo Ruina, tendiendo una mano hacia Kelsier—. Vida. Bella, maravillosa vida. El júbilo de un bebé recién nacido, el orgullo de una madre, la satisfacción de un trabajo bien hecho. Todo eso procede de mí.

»Pero ahora se acabó, Kelsier. Este planeta es un hombre anciano, que ya ha tenido una vida plena y resuella con sus últimos alientos. No es malvado concederle el descanso que anhela. Es piadoso.

Kelsier miró aquella mano, que ondeaba con la punzante presión de las arañas de su interior.

—Pero ¿con quién hablo? —prosiguió Ruina con un suspiro, retirando la mano—. Con el hombre que no acepta su propio fin, aun cuando su alma lo ansiaba, aun cuando su esposa deseaba que se uniera a ella en el Más Allá. No, Kelsier, no confío en que acabes viendo la necesidad de un final. De modo que puedes continuar considerándome malvado, si así lo deseas.

—¿Tanto daño haría darnos un poco más de tiempo? —preguntó Kelsier.

Ruina se echó a reír.

—Ladrón hasta el final, siempre tanteando para ver hasta dónde puedes salirte con la tuya. No, ya se os ha concedido una prórroga tras otra. Supongo que no tienes ningún mensaje que quieres que transmita, ¿verdad?

—No, sí, sí —dijo Kelsier—. Dile a Borrón que busque algo largo, duro y afilado y te lo meta por el trasero de mi parte.

—Como si pudiera hacer daño a alguien, aunque sea yo. ¿Comprendes que, si él estuviera al mando, nadie envejecería? Nadie pensaría ni viviría. Si él se saliera con la suya, estaríais todos congelados en el tiempo, incapaces de actuar por miedo a dañaros unos a otros.

—Y por eso lo estás matando.

—Como te decía —contestó Ruina con una sonrisa—, es un acto piadoso. Para un viejo cuyos mejores tiempos ya quedan muy lejos. Pero si lo único que pretendes es insultarme, mejor me marcho. Es una pena que vayas a estar en esa isla cuando llegue el final. Supongo que te gustaría saludar a los demás cuando mueran.

—No puede faltar tan poco.

—Así es, por desgracia. Pero incluso si pudieras hacer algo para impedirlo, aquí fuera no sirves de nada. Qué pena.

«Claro —pensó Kelsier—. Y has venido aquí a decírmelo, en vez de quedarte calladito y satisfecho de que esté distraído con mi absurda misión».

Kelsier reconocía los anzuelos a simple vista. Ruina quería hacerle creer que el final estaba muy cerca, que salir hasta allí fuera no había tenido ningún sentido.

Por tanto, sí que lo tenía.

«Conservación dijo que no podía ir al sitio al que voy yo —pensó Kelsier—. Y Ruina comparte esa misma restricción, al menos hasta que el mundo esté destruido».

Quizá por primera vez en meses, podría escapar de aquel cielo que se retorcía y de los ojos del destructor. Saludó a Ruina con la mano, se guardó su hoguera y empezó a descender a grandes pasos colina abajo.

—¿Huyes, Kelsier? —dijo Ruina, apareciendo en la ladera con las manos a su espalda mientras Kelsier lo adelantaba—. No puedes escapar de tu destino. Estás atado a este mundo, y a mí.

Kelsier siguió andando y Ruina apareció al pie de la colina, en la misma postura.

—Esos necios de la fortaleza no podrán ayudarte —señaló Ruina—. Creo que, cuando este mundo haya llegado a su fin, les haré una visita. Llevan existiendo demasiado tiempo más del que deberían.

Kelsier se detuvo al borde de la nueva tierra de piedra oscura, como el lago que se había convertido en isla. El que tenía delante era incluso más grande. El océano se había convertido en un continente.

—Mataré a Vin mientras no estás —susurró Ruina—. Los mataré a todos. Piensa en eso, Kelsier, mientras viajas. Cuando regreses, si aún queda algo, quizá tenga trabajo para ti. En agradecimiento por todo lo que has hecho en mi nombre.

Kelsier subió al continente oceánico, dejando atrás a Ruina en la costa. Casi pudo ver las alargadas hebras de poder que animaban aquel pelele, que daban voz a una fuerza terrible.

Maldición. Sus palabras eran mentiras. Kelsier lo sabía.

Dolían de todos modos.

Quinta parte: Ire

1

Había esperado que el sol regresara cuando Ruina desapareciera del cielo, pero después de recorrer un buen trecho, Kelsier tuvo la sensación de que dejaba atrás su mundo, y el sol con él. El cielo no era más que una vacía negrura. Al cabo de un tiempo, Kelsier se las ingenió para atar su hoguera en decadencia al final de su vara con unas enredaderas, creando una antorcha improvisada.

Era una experiencia rara caminar por aquel territorio oscurecido, sosteniendo una vara con una hoguera de campamento completa en la punta. Pero los troncos no se separaron y el conjunto no pesaba ni por asomo tanto como debería. Tampoco daba tanto calor como debería, sobre todo si al sacar la hoguera Kelsier no hacía que se manifestara por completo.

Crecía vida vegetal por todas partes, auténtica al tacto y a la vista, aunque compuesta de variedades extrañas, algunas con frondas marrones rojizas y otras con amplias palmas. Los abundantes árboles formaban una selva de plantas exóticas.

Había algo de bruma por allí. Si se arrodillaba y los buscaba, Kelsier podía encontrar pequeños espíritus brillantes: peces y plantas marinas. Se manifestaban sobre el suelo, aunque lo más seguro era que en el océano del otro lado estuvieran a gran profundidad. Kelsier se levantó con el alma de alguna criatura gigantesca de las profundidades —se parecía a un pez, solo que grande como un edificio— en la mano, sintiendo su peso y su fuerza.

Le resultó surrealista, pero así había pasado a ser su vida. Soltó el alma del pez y siguió adelante, caminando entre plantas que le llegaban a la cintura con su vara ardiente para iluminar sus pasos.

A medida que se alejaba de la costa, notó que algo tiraba de su alma. Una manifestación de sus lazos con el mundo que había dejado atrás. Sabía, sin necesidad de experimentar, que aquel tirón terminaría haciéndose tan intenso que le impediría seguir avanzando.

Podía aprovecharlo. El tirón era una herramienta que le permitía discernir si seguía alejándose de su mundo o si había perdido el rumbo en la oscuridad. Por lo demás, la navegación era casi imposible, ya sin canales ni caminos que lo guiaran.

Evaluando la fuerza ejercida sobre su alma, se mantuvo encarado justo hacia fuera, alejándose de su tierra natal. No estaba seguro del todo de que fuese en esa dirección donde se hallaba su objetivo, pero parecía la mejor opción.

Pasó días recorriendo la selva hasta que empezó a menguar. Acabó llegando a un lugar donde las plantas crecían solo en escasas porciones del terreno. Las reemplazaron unas extrañas formaciones de roca, como esculturas cristalinas. Eran dentadas y muchas de ellas medían más de tres metros de altura. Kelsier no sabía qué pensar de ellas. Había dejado de encontrar almas de peces, y allí no parecía haber nada vivo en ninguno de los reinos.

Se estaba volviendo trabajoso avanzar contra el tirón sobre su alma. Empezaba a preocuparse por si tenía que dar media vuelta cuando, por fin, vislumbró algo nuevo.

Una luz en el horizonte.

2

El sigilo era muchísimo más fácil cuando no se poseía un cuerpo físico.

Kelsier se movió en silencio, después de guardar su capa y su vara. Había dejado atrás el morral y, aunque allí había algunas plantas, podía atravesarlas sin perturbar siquiera sus hojas.

Las luces que había visto palpitaban desde una fortaleza de piedra blanca. No era una ciudad, pero a sus ojos se le acercaba bastante. La luz tenía una cualidad extraña: no ardía ni titilaba como una llama. ¿Sería algún tipo de candileja? Se aproximó hasta detenerse tras una de las extrañas formaciones de roca que tan comunes eran en aquel lugar. Tenía pinchos ganchudos que sobresalían, casi como ramas.

Las mismas murallas de la fortaleza emitían un tenue brillo. ¿Sería bruma? No parecía tener el mismo tono, se veía demasiado azul. Sin salir de la sombra de las formaciones de roca, Kelsier rodeó el edificio en dirección a una fuente de luz más intensa en la parte trasera.

Resultó ser una enorme y brillante soga, gruesa como el tronco de un árbol gigantesco. Palpitaba con una energía lenta y rítmica, y la luz que emitía era del mismo tono que la de los muros, solo que mucho más intensa. Parecía ser algún tipo de conducto de energía y se perdía en la distancia, visible durante kilómetros y más kilómetros en la oscuridad.

La soga se introducía en la fortaleza por un inmenso portón en la parte trasera. Al acercarse poco a poco, Kelsier descubrió que por la piedra de la pared corrían pequeñas líneas de energía. Se ramificaban y se hacían cada vez más pequeñas, como una reluciente red de venas.

La fortaleza era alta, imponente, como un torreón pero sin los adornos. No tenía una fortificación separada a su alrededor, pero sus murallas eran altas y escarpadas. Había guardias recorriendo el techo y, cuando pasó uno, Kelsier se hundió en el suelo. Era capaz de sumergirse del todo, volviéndose casi invisible, aunque para ello tenía que aferrar el suelo y empujarse hacia abajo hasta que solo quedara a la vista su coronilla.

Los guardias no repararon en su presencia. Salió del suelo y se acercó despacio a la base del muro de la fortaleza. Apretó la palma de la mano contra la brillante piedra y obtuvo la impresión de una muralla muy lejos de allí, en otro lugar. En una tierra desconocida con unas sorprendentes plantas que eran verdes, nada menos. Dio un respingo y apartó la mano.

Aquello no eran piedras, sino los espíritus de piedras, igual que su espíritu de fuego. Las habían llevado hasta allí y las habían utilizado para levantar un edificio. De pronto, Kelsier ya no se sintió tan listo por haberse procurado una vara y un morral.

Tocó de nuevo la piedra y contempló aquel paisaje verde. Aquello era de lo que le había hablado Mare, una tierra con un cielo azul abierto. «Otro planeta —decidió—, otro que no sufrió nuestro mismo destino».

Por el momento, dejó a un lado la imagen de aquel lugar y presionó con los dedos a través del espíritu de la piedra. Se sorprendió al notar resistencia. Kelsier apretó los dientes e hizo más fuerza. Logró hundir los dedos unos cinco centímetros, pero no más.

«Es esa luz —pensó. Le ofrecía resistencia—. Se parece un poco a la luz de las almas».

De acuerdo, no podría atravesar el muro. ¿Qué le quedaba? Se retiró a las sombras para pensar. ¿Debería intentar colarse por alguna de las puertas? Rodeó el edificio, dando vueltas a la idea durante un rato, hasta que de pronto se sintió tonto. Volvió corriendo al muro y apretó la mano contra las piedras hasta hundirla unos pocos centímetros. Entonces alzó el otro brazo e hizo lo mismo con la otra mano.

Empezó a escalar la muralla.

Aunque echaba de menos empujar con acero, el método se demostró bastante efectivo. Podía aferrarse a la pared más o menos por donde quisiera, y su forma no pesaba mucho. Escalar era fácil, siempre que mantuviera la concentración. Aquellas imágenes de una tierra con plantas verdes lo distraían mucho. En ellas no se veía ni una mota de ceniza.

Una parte de él siempre había considerado la flor de Mare una historia fantasiosa. Y aunque aquel lugar parecía extraño, también lo atraía con su belleza ajena. Había algo en él que resultaba increíblemente atractivo. Por desgracia, la muralla no dejaba de intentar escupir sus dedos, y no caer exigía muchísima atención. Siguió escalando; ya podría recrearse en la suntuosa escena de verde hierba y plácidas colinas en otro momento.

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