Arcanum ilimitado

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El sistema de Scadrial » Nacidos de la bruma: historia secreta

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En los niveles superiores había una ventana lo bastante grande para atravesarla, y menos mal. Los guardias que había arriba del todo habrían sido difíciles de esquivar. Kelsier se coló por la ventana y llegó a un largo pasillo de piedra iluminado por las telarañas de energía que fluían por las paredes, el suelo y el techo.

«Esa energía debe de ser lo que impide que las piedras se evaporen», pensó Kelsier. Todas las almas que llevaba consigo habían empezado a deteriorarse, pero las piedras estaban sólidas e íntegras. De algún modo, las diminutas líneas de energía sostenían los espíritus de la piedra, y quizá como efecto secundario impedían que gente como Kelsier atravesara las paredes.

Recorrió el pasillo con cautela. No sabía muy bien qué buscaba, pero no habría averiguado nada nuevo quedándose fuera sentado a esperar.

La energía que recorría aquel lugar seguía otorgándole visiones de otro mundo, y Kelsier descubrió consternado que la energía parecía estar impregnándolo, mezclándose con su propia energía, que ya estaba alterada por el poder que había en el Pozo. En unos breves instantes, había empezado a pensar que el lugar de las plantas verdes tenía un aspecto normal.

Oyó ecos de voces en el pasillo, hablando en un idioma extraño con un tono nasal. Como había planeado hacer si ocurría, Kelsier salió por una ventana y se quedó colgado en el exterior.

Dos guardias pasaron apresurados por el pasillo cerca de él, y cuando se hubieron alejado Kelsier echó un vistazo al interior y vio que llevaban largos tabardos blanquiazules y picas a los hombros. Tenían la piel clara y parecía que podían proceder de algún dominio, de no ser por su extraño idioma. Hablaban con brío, y mientras las palabras inundaban a Kelsier, pensó… pensó que podía entender algunas de ellas.

«Sí. Hablan el idioma de los campos abiertos, de las plantas verdes. Del lugar del que proceden estas piedras, de la fuente de su poder…».

—… está bastante seguro de que ha visto algo, señor —estaba diciendo un guardia.

Las palabras llegaron extrañas a los oídos de Kelsier. Por una parte, tenía la sensación de que deberían resultarle indescifrables. Por otra, entendía su significado al instante.

—¿Cómo iba a llegar hasta aquí alguien de Treno? —preguntó con brusquedad el otro guardia—. No tiene ningún sentido, hombre.

Salieron por la puerta que había al otro extremo del pasillo. Kelsier volvió al interior, curioso. ¿Lo habría visto algún guardia mientras estaba fuera? La conversación no había sonado a alarma general, por lo que, si lo habían visto, había sido solo de refilón.

Se planteó huir, pero en vez de eso decidió seguir a los guardias. Aunque la mayoría de los ladrones novatos intentaban evitar a los vigilantes durante una infiltración, la experiencia de Kelsier le enseñaba que en general convenía seguirlos, pues no solían alejarse mucho de las cosas que más merecían la pena.

No estaba seguro de que pudieran hacerle algún daño, pero supuso que sería mejor no averiguarlo, así que mantuvo la distancia con los guardias. Tras cruzar unos cuantos pasillos de piedra, los hombres llegaron a una puerta y entraron por ella. Kelsier se acercó a hurtadillas, abrió una rendija y vislumbró una cámara más grande donde un grupo de guardias estaban preparando un extraño dispositivo. En su centro había una gema del tamaño del puño de Kelsier, que brillaba incluso más que las paredes. La gema estaba rodeada por un entramado de metal dorado que la sostenía en su sitio. En su conjunto, el dispositivo tenía el tamaño de un reloj de escritorio.

Kelsier se inclinó hacia delante, oculto fuera de la puerta. Esa gema tenía que valer una fortuna.

Otra puerta que daba a la cámara, la del fondo, se abrió de golpe, haciendo que varios guardias se sobresaltaran e hicieran un saludo militar. La criatura que entró parecía buena, humana a grandes rasgos. Marchita y reseca, la mujer tenía los labios fruncidos, la cabeza calva y una extraña piel de un tono plateado oscuro. Emitía el mismo tenue fulgor blanquiazulado que las paredes.

—¿Qué es esto? —exigió saber la criatura en el idioma de las plantas verdes.

El capitán de la guardia saludó.

—Probablemente solo una falsa alarma, anciana. Maod dice que ha visto algo fuera.

—Parecía una forma humana, anciana —añadió otro guardia—. La he visto yo. Ha probado la muralla, hundiendo los dedos en la piedra, pero el muro lo ha rechazado. Entonces se ha retirado y lo he perdido de vista en la oscuridad.

De modo que sí que lo habían visto. Maldición. Pero al menos, no parecían saber que se había infiltrado en el edificio.

—Vaya, vaya —dijo la anciana criatura—. Mi premonición ya no parece tan ridícula, ¿verdad, capitán? Los poderes de Treno desean asumir un papel protagonista. Activa el dispositivo.

Kelsier tuvo un mal presentimiento inmediato. Hiciera lo que hiciera aquel artilugio, sospechó que no le convendría nada. Dio media vuelta y corrió pasillo abajo, en dirección a una ventana. Detrás de él, la poderosa luz dorada de la gema se apagó.

Kelsier no sintió nada.

—Bueno —dijo el eco de la voz del capitán—, no hay nadie de Treno a un día de marcha desde aquí. Parece que al final sí que era una falsa alarma.

Kelsier vaciló en el pasillo desierto. Luego, con gran cuidado, regresó para echar un vistazo en la cámara. Los guardias y la criatura marchita estaban de pie en torno al dispositivo, con aspecto disgustado.

—No dudo de vuestra premonición, anciana —siguió diciendo el capitán de la guardia—, pero también confío en las fuerzas que tengo destinadas en la frontera con Treno. Aquí no hay sombras.

—Quizá —dijo la criatura, apoyando los dedos en la gema—. O quizá había alguien pero tu hombre ha errado al considerarlo una sombra cognitiva. Pon a la guardia en alerta y deja el dispositivo funcionando por si acaso. El momento me parece demasiado oportuno para tratarse de una coincidencia. Debo hablar con los demás Ire.

Al oír la palabra, Kelsier captó parte de su significado en el idioma de las plantas verdes. Significaba «edad», y tuvo la repentina visión de un extraño símbolo compuesto por cuatro puntos y unas líneas que se curvaban, como ondulaciones en un río.

Kelsier sacudió la cabeza y disipó la visión. Aquella criatura avanzaba en su dirección. Se alejó y, por los pelos, llegó a la ventana y salió al exterior mientras la criatura abría la puerta y emprendía el pasillo a zancadas.

«Nuevo plan —decidió Kelsier, colgado fuera en la pared y sintiéndose visible por completo—. Seguir a la mujer rara que da las órdenes».

Dejó que la criatura le cogiera ventaja y regresó al pasillo para seguirla con sigilo. La mujer recorrió el corredor externo de la fortaleza hasta llegar a su final y se detuvo ante una puerta con guardias. Pasó al interior, y Kelsier pensó un momento y salió por otra ventana.

Tenía que ir con cuidado. Si los guardias de arriba no estaban vigilando las murallas con atención, no tardarían en hacerlo. Por desgracia, dudaba que pudiera pasar por aquella puerta sin atraer sobre sí a todos los guardias del lugar, de modo que se desplazó por fuera de la fortaleza hasta llegar a la siguiente ventana, más allá de la puerta que vigilaban. La ventana era más pequeña que las otras que había cruzado, más una tronera que una ventana propiamente dicha. Por suerte, le permitía mirar la sala en la que había entrado la extraña mujer.

En el interior había un grupo entero de criaturas como ella conversando. Kelsier se apretó contra la tronera para ver bien, colgando precario de la muralla a unos quince metros de altura. Todos ellos tenían la misma piel plateada, aunque dos eran un poco más oscuros que el resto. Era difícil distinguirlos entre ellos, pues todos eran muy ancianos: los hombres, calvos del todo, y las mujeres casi. Todos llevaban túnicas idénticas, blancas, con capucha y bordados de plata en los puños.

A Kelsier le resultó curioso que la luz de las paredes fuese más tenue en aquella estancia. El efecto se notaba sobre todo cerca de donde se sentaba o permanecía de pie cualquiera de las criaturas. Era como si… como si estuvieran absorbiendo la luz.

Por lo menos, pudo reconocer a la mujer de antes, la de los labios fruncidos y los dedos largos. Su túnica tenía más ancha la franja plateada.

—Debemos acelerar nuestros planes —estaba diciendo a los demás—. No creo que ese avistamiento sea casual.

—Bah —dijo un hombre sentado que sostenía una copa de líquido brillante—. Siempre das demasiada importancia a las historias, Alonoe. No todas las coincidencias son señales de que alguien está recurriendo a Fortuna.

—¿Y no estás de acuerdo en que más vale prevenir? —preguntó Alonoe, cortante—. Hemos llegado muy lejos y hemos trabajado mucho para permitir que ahora se nos escurra el premio.

—El Recipiente de Conservación ya casi ha expirado —dijo otra mujer—. Nuestra oportunidad de atacar se aproxima.

—Una Esquirla completa —dijo Alonoe—. Nuestra.

—¿Y si lo que han visto los guardias era un agente de Ruina? —preguntó el hombre sentado—. ¿Y si se han descubierto nuestros planes? El Recipiente de Ruina podría estar viéndonos en este mismo instante.

Alonoe pareció inquietarse al oírlo, y miró hacia arriba como si quisiera escrutar el cielo buscando los ojos vigilantes de la Esquirla. Recobró la compostura y habló con voz firme.

—Me arriesgaré.

—Provocaremos su ira de todos modos —señaló otro de los seres—. Si uno de nosotros Asciende a Conservación, estaremos a salvo, pero no antes.

Kelsier rumió sobre aquello mientras las criaturas quedaban en silencio. «Así que otro ser puede tomar la Esquirla. Borrón está casi muerto, pero si alguien asumiera su poder mientras muere…».

Pero ¿Conservación no había dicho a Kelsier que eso era imposible? «Aunque te cediera mi poder, no podrías ostentarlo. No tienes la suficiente Conexión conmigo».

Lo había confirmado por sí mismo, en el espacio entre instantes. ¿Aquellas criaturas estarían de algún modo lo bastante Conectadas con Conservación para asumir el poder? Kelsier lo dudaba. Pero entonces, ¿qué plan tenían?

—Seguiremos adelante —dijo el hombre sentado, mirando a los demás. Uno por uno, asintieron—. Devoción nos protege. Seguiremos adelante.

—No necesitarás a Devoción, Elrao —dijo Alonoe—. Me tendrás a mí.

«Sobre mi cadáver», pensó Kelsier. O… bueno, o algo parecido.

—Aceleramos el proyecto, pues —dijo Elrao, el hombre de la copa. Se bebió el líquido brillante y se levantó—. ¿A la cámara acorazada?

Los demás asintieron. Salieron juntos de la estancia.

Kelsier esperó a que se hubieran marchado e intentó empujarse a través de la ventana. Era demasiado pequeña para una persona, pero él ya no era del todo una persona. Logró fundirse unos centímetros con la piedra, y esforzándose pudo contraer su forma y estrujarse por la rendija.

Por fin cayó dentro de la sala, y sus hombros recobraron la forma que tenían. El proceso le dio un terrible dolor de cabeza. Se incorporó, apoyó la espalda en la pared y esperó a que remitiera el dolor antes de levantarse y registrar la habitación a conciencia.

No encontró gran cosa. Unas botellas de vino y un puñado de gemas sueltas en un cajón, dejadas como si no tuvieran mucha importancia. Todo ello era real, no almas llevadas a aquel reino.

La sala tenía una puerta que daba al interior de la fortaleza, de modo que, después de echar un vistazo rápido, Kelsier la cruzó. La siguiente sala parecía más prometedora. Era un dormitorio. Kelsier abrió los cajones y encontró varias túnicas como las que llevaban los vejestorios. Y luego, en la mesita que había junto al hogar, dio con el premio gordo. Era un cuaderno de bocetos lleno de símbolos extraños como el que había visualizado. Símbolos que sintió, vagamente, que era capaz de comprender.

Sí… Era escritura, aunque la mayoría de las páginas estaban repletas de vocablos que ni siquiera podía empezar a asimilar, incluso cuando empezó a ser capaz de leer los símbolos en sí. Conceptos como «Adonalsium», «Conexión» o «Teoría realmática».

Sin embargo, las últimas páginas describían la culminación de todo cuanto planteaban las notas y los bocetos. Una especie de dispositivo arcano con forma de esfera. Se podía romper y absorber el poder de su interior, con lo que se obtendría una fugaz Conexión con Conservación, parecida a las líneas que había visto en el espacio entre momentos.

Ese era su plan. Viajar al lugar de la muerte de Conservación, equipados con aquel artefacto, y absorber su poder, Ascender para ocupar su puesto.

Atrevido. Justo el tipo de plan que Kelsier admiraba. Y por fin acababa de descubrir qué era lo que iba a robar a aquella gente.

3

El robo era el halago más auténtico que existía.

¿Qué podía ser más satisfactorio que saber que las posesiones propias eran lo bastante intrigantes, cautivadoras o valiosas para que alguien lo arriesgara todo con tal de obtenerlas? Ese era el propósito de Kelsier en la vida, recordar a la gente el valor de las cosas que amaban. Quitándoselas.

Hacía tiempo ya que le traían sin cuidado los hurtos menores. Sí, se había guardado las gemas que había encontrado arriba, pero fue más por pragmatismo que por ninguna otra cosa. Desde los Pozos de Hathsin, había dejado de interesarle robar posesiones comunes.

No, en tiempos recientes había pasado a robar cosas mucho más grandiosas. Kelsier robaba sueños.

Estaba agachado fuera de la fortaleza, oculto entre dos agujas de oscura y retorcida roca. Por fin comprendía el motivo de construir un edificio tan imponente, allí en el límite del dominio de Conservación y Ruina. La fortaleza protegía una cámara acorazada, y esa cámara protegía una oportunidad increíble. La semilla que podía convertir a una persona, con las circunstancias adecuadas, en un dios.

Llegar a ella sería casi imposible. Habría guardias, cerraduras, trampas y artilugios arcanos que no podía prever ni anticipar. Colarse y robar en aquella cámara pondría a prueba todas sus habilidades, e incluso superando esas pruebas era probable que fracasara.

Así que había decidido no intentarlo.

Era lo que tenían las cámaras acorazadas grandes y bien defendidas. No podía esperarse que las posesiones se guardaran allí para siempre. En algún momento tenía que usarse lo que se protegía, y ese momento proporcionaba una oportunidad a las personas como Kelsier. De modo que esperó, se preparó y planeó.

Tardó más o menos una semana, contando los días a base de estimar los cambios de guardia, pero por fin partió una expedición desde la fortaleza. Era una gran procesión de veinte personas a caballo, con faroles sostenidos en alto.

«Caballos —pensó Kelsier, cruzando la oscuridad para mantener el ritmo con la comitiva—. Eso no me lo esperaba».

Pero en fin, tampoco era que se movieran a velocidad de vértigo, incluso montados. Kelsier pudo seguirles el paso sin dificultades, sobre todo porque no se cansaba como cuando estaba vivo.

Contó cinco de aquellos ancianos marchitos y una fuerza de quince soldados. Kelsier reparó sorprendido en que todos los ancianos vestían casi igual, con túnicas muy parecidas, las capuchas echadas, carteras de cuero en los hombros y alforjas del mismo estilo en los caballos.

«Señuelos —decidió Kelsier—. Si los atacan, podrán separarse. Quizá el enemigo no sepa a cuál seguir».

Kelsier podía aprovecharlo, y más teniendo en cuenta que estaba bastante seguro de quién llevaba el artefacto de la Conexión. Alonoe, la mujer arrogante que parecía estar al mando, no era de las que dejaban que el poder se les escurriera de entre sus dedos larguiruchos. Pretendía transformarse en Conservación, por lo que permitir que algún compañero llevara el dispositivo sería demasiado arriesgado. ¿Y si les entraban ideas raras? ¿Y si lo usaban ellos mismos?

No, llevaría consigo el arma, en alguna parte. La única cuestión era cómo arrebatársela.

Kelsier se concedió tiempo para pensar. Viajó durante días por el paisaje oscurecido, manteniendo el ritmo con la caravana mientras planeaba.

Había tres tipos básicos de robo. El primero consistía en un cuchillo al cuello y una amenaza susurrada. El segundo consistía en colarse de noche y llevarse lo que fuese. Y el tercero… bueno, el tercero era el preferido de Kelsier. Consistía en una lengua bañada en zinc. En vez de un cuchillo, se valía de la confusión, y en vez del sigilo funcionaba la vista.

La mejor clase de robo era la que dejaba al objetivo dudando si había ocurrido algo en absoluto. Llevarse el premio estaba muy bien, pero servía de poco si la guardia de la ciudad llegaba a aporrear tu puerta el día siguiente. Kelsier prefería escapar con la mitad de arquillas pero la seguridad de que su engaño tardaría semanas en descubrirse.

Y el auténtico trofeo era dar un golpe tan hábil que el objetivo ni siquiera descubriese jamás que le faltaba alguna cosa.

Cada «noche» la caravana acampaba en un ansioso grupito de colchonetas desenrolladas en torno a una hoguera muy parecida a la que llevaba Kelsier en el morral. Los ancianos sacaban frascos de luz, bebían y restauraban la luminosidad de su piel. No charlaban mucho: esa gente se parecía menos a un grupo de amigos que a uno de nobles que se consideraban aliados mutuos por necesidad.

Poco después de la cena, los ancianos se retiraban a sus colchonetas. Establecían turnos de guardia, pero no dormían dentro de tiendas. ¿Para qué iban a necesitar tiendas allí fuera? No había lluvia de la que protegerse, y prácticamente ningún viento que bloquear. Solo la oscuridad, las plantas susurrantes y un hombre muerto.

Por desgracia, a Kelsier no se le ocurría ninguna forma de hacerse con el arma. Alonoe dormía con su cartera en las manos, vigilada por dos guardias. Cada mañana se cercioraba de seguir en posesión del arma. Kelsier pudo atisbar el artefacto una mañana y vio la luz que brillaba en su interior, lo que terminó de convencerlo de que la cartera de Alonoe no era un señuelo.

Bueno, todo llegaría. Su primer paso era desviar un poco la atención. Esperó a la noche adecuada y se empujó al interior del suelo, hundiendo su esencia bajo la superficie. Luego avanzó a través de la roca. Era como bucear por un polvo líquido muy denso.

Se detuvo cerca de donde Alonoe acababa de acostarse para dormir y sacó solo los labios del suelo. «A Dox le daría un ataque de risa si me viera», pensó Kelsier. Pero en fin, Kelsier era demasiado arrogante para preocuparse de su orgullo.

—Así que pretendes blandir el poder de Conservación —susurró a Alonoe en su propio idioma—. ¿Crees que se te dará mejor que a él resistirte a mí?

De inmediato, volvió a hundirse en el suelo. Allí abajo estaba negro como la noche, pero oyó pisadas y gritos de sorpresa ante lo que había dicho. Buceó para alejarse un poco y sacó una oreja del suelo.

—¡Era Ruina! —estaba diciendo Alonoe—. Lo juro, debía de ser su Recipiente. Me ha hablado.

—Por tanto, es cierto que lo sabe —dijo otro anciano. A Kelsier le pareció que era Elrao, el hombre que la había desafiado en la fortaleza.

—¡Se suponía que tus salvaguardas debían evitarlo! —gritó Alonoe—. ¡Me dijiste que impedirían que sintiera el artefacto!

—Tiene formas de saber de nosotros sin haber sentido el orbe, Alonoe —dijo otra mujer—. Mi arte es muy preciso.

—El problema no es cómo nos ha encontrado —dijo Elrao—. La cuestión es por qué no nos ha destruido.

—El Recipiente de Conservación aún vive —repuso otra mujer, en tono pensativo—. Quizá eso impida la intervención directa de Ruina.

—No me gusta —dijo Elrao—. Creo que deberíamos dar media vuelta.

—Ya estamos comprometidos —replicó Alonoe—. Seguiremos adelante. No más discusiones.

El revuelo del campamento terminó amainando y los ancianos regresaron a sus catres, aunque esa noche se quedaron despiertos más guardias de lo habitual. Kelsier sonrió y se impulsó de nuevo junto a la cabeza de Alonoe.

—¿Cómo te gustaría morir, Alonoe? —le susurró, antes de hundirse de nuevo en la tierra.

En esa ocasión, ya no volvieron a intentar dormir. El que partió a la mañana siguiente por el terreno oscuro era un grupo legañoso. Esa noche, Kelsier volvió a pincharlos. Y la siguiente. Convirtió la semana entera en un infierno para la caravana, susurrando a distintos de sus miembros y prometiéndoles cosas terribles. Estaba bastante orgulloso de las distintas formas que se le ocurrieron de distraerlos, asustarlos y ponerlos de los nervios. No tuvo ninguna oportunidad de coger la cartera de Alonoe: si acaso, la vigilaban más que antes. Pero sí logro llevarse otra mientras levantaban campamento una mañana. Estaba vacía salvo por un orbe falso de cristal.

Kelsier mantuvo su campaña de discordia y, cuando el grupo llegó a la selva de extraños árboles, estaban que se subían por las paredes. Se gritaban unos a otros y pasaban menos tiempo descansando de noche. Medio grupo estaba convencido de que deberían volver, aunque Alonoe insistía en que el hecho de que «Ruina» solo estuviera hablándoles demostraba que no podía detenerlos. Azuzó la caravana cada vez más dividida hacia delante, entre los árboles.

Que era justo donde Kelsier los quería. Adelantarse a los caballos sería fácil en aquella jungla poblada, donde Kelsier podía atravesar el follaje como si no existiera. Les ganó un poco de terreno, preparó una sorpresita para el grupo y regresó para encontrarlos riñendo de nuevo. Perfecto.

Se empujó al centro de un árbol, manteniendo solo una mano fuera, a su espalda, y sosteniendo el cuchillo que le había regalado Nazh. Mientras pasaba la fila de caballos, extendió el brazo y dio un tajo en el flanco a uno de los animales.

La criatura soltó un chillido de dolor y en la hilera reinó la confusión. La gente que iba en cabeza, crispada después de una semana de tormentosos susurros de Kelsier, puso sus monturas al galope. Los soldados gritaron, advirtiendo que estaban bajo ataque. Los ancianos azuzaron sus bestias en distintas direcciones, y algunos cayeron cuando sus animales tropezaron con los matorrales.

Kelsier corrió a través de la selva y alcanzó a los que iban por delante. Alonoe había mantenido a su caballo bastante controlado, pero estaba incluso más oscuro entre los árboles que fuera y los faroles se zarandeaban con el movimiento de los animales. Kelsier adelantó a Alonoe a la carrera y llegó al lugar donde había colgado su capa entre dos árboles, atándola con unas enredaderas.

Trepó a un árbol y metió la mano en la capa mientras llegaba la cabeza de la comitiva, macilenta y reducida en número. Había atado su fuego dentro de la capa y lo avivó mientras se aproximaban. El resultado fue una figura encapuchada, ardiente, que apareció de pronto en el aire sobre el grupo, ya exhausto.

Estallaron en chillidos, gritaron que Ruina los había encontrado y se separaron, haciendo galopar sus caballos en un embrollo caótico, unos en una dirección, otros en otra.

Kelsier se dejó caer el suelo y corrió en la penumbra, manteniéndose en paralelo a Alonoe y al guardia que había logrado permanecer con ella. El caballo de la mujer no tardó en tropezar con un arbusto. Perfecto. Kelsier se alejó, recuperó las cosas que tenía escondidas y se puso una túnica que había encontrado en la fortaleza. Recorrió la arboleda, enganchándose la túnica varias veces, hasta que entró en el campo visual de Alonoe.

Entonces salió a la vista y la llamó, meneando la mano. Creyendo que habían encontrado a otro grupo de los suyos, Alonoe y su único guardia pusieron sus monturas al trote hacia él. Sin embargo, lo único que consiguieron fue alejarse más del resto de la comitiva. Kelsier los guio más lejos todavía y luego se agachó y se perdió en la oscuridad, dejándolos aislados a ella y a su guardia.

Kelsier corrió a través de los oscuros matorrales hacia el resto del grupo, con su corazón fantasmal atronando.

¡Sí! ¡Cómo lo había echado de menos!

La estafa. La emoción de manejar a la gente como peleles, de retorcerlos sobre sí mismos, de hacerles nudos en la mente. Se apresuró a cruzar el bosque, oyendo los sonidos del terror, las llamadas mutuas de los soldados, los relinchos y gritos de los caballos. Aquella densa arboleda se había convertido en una confusión infernal.

Cerca de él, un hombre anciano estaba reuniendo soldados y a sus colegas, exhortándolos a mantener la calma, y empezó a guiarlos en la dirección de la que procedían, quizá para reagruparse con los que habían perdido cuando se deshizo la fila por primera vez.

Kelsier, aún vestido con la túnica y sosteniendo su cartera robada por encima de hombro, se tumbó en el suelo en su camino y esperó a que alguien lo viera.

—¡Ahí! —exclamó un guardia—. Es…

Kelsier se hundió en el suelo, dejando atrás la túnica y la cartera. El guardia dio un chillido al ver que un anciano en apariencia se derretía hasta desaparecer.

Kelsier emergió sigiloso del suelo a poca distancia, mientras el grupo se congregaba alrededor de la túnica y la cartera.

—¡Se ha desintegrado, anciano! —dijo el guardia—. Lo he visto con mis propios ojos.

—Esa túnica es de Alonoe —susurró una mujer, llevándose una mano horrorizada al pecho.

Otro anciano miró dentro de la cartera.

—Vacía —dijo—. Domi misericordioso, ¿en qué estábamos pensando?

—Volvemos —ordenó Elrao—. ¡Regresamos! ¡Todos a los caballos! Nos marchamos de aquí. ¡Malditas sean Alonoe y esta idea suya!

Tardaron bien poco en partir. Kelsier cruzó el bosque a paso relajado, llegó a la túnica abandonada (que se habían dejado) y escuchó el escándalo que montaba el grupo principal a través de la selva en su prisa por huir de él.

Negó con la cabeza y dio un corto paseo entre los matorrales hasta encontrar a Alonoe y su único guardia, que intentaban seguir los sonidos del resto de la expedición. No se les daba demasiado mal, teniéndolo todo en cuenta.

Cuando la anciana apartó la mirada, Kelsier asió al guardia por el cuello y lo arrastró a la oscuridad. El hombre se revolvió, pero Kelsier le hizo una presa rápida y lo dejó inconsciente sin demasiadas dificultades. Alejó el cuerpo sin hacer ruido y regresó para encontrar a la anciana de pie con el farol en la mano junto a su caballo, girándose frenética en todas las direcciones.

En la selva había pasado a reinar un silencio inquietante.

—¿Hola? —llamó Alonoe—. ¿Elrao? ¿Liina?

Kelsier esperó en la sombra mientras su tono se volvía más y más angustiado. Al final a la mujer le falló la voz. Se dejó caer al suelo del bosque, agotada.

—Suéltalo —susurró Kelsier.

Alonoe levantó la mirada, con los ojos enrojecidos, temerosa. Anciana o no, era evidente que aún podía sentir miedo. Sus ojos volaron a uno y otro lado, pero Kelsier estaba demasiado bien escondido para que lo viera.

Suéltalo —repitió Kelsier.

No tuvo que volver a decirlo. La mujer asintió, temblorosa, y luego se quitó la cartera y la abrió para dejar caer un gran orbe de cristal. De él emanaba una luz fulgurante, y Kelsier tuvo que retroceder un paso para que no revelara su posición. Sí, en aquel orbe había poder, un gran poder. Estaba lleno de un líquido resplandeciente que era mucho más puro y mucho más brillante que el que habían estado bebiendo los ancianos.

Con el agotamiento patente en todos sus movimientos, la mujer hizo ademán de volver a montar en su caballo.

—Camina —ordenó Kelsier.

Alonoe miró hacia la oscuridad, buscando, pero no lo vio.

—Yo —empezó a decir, y se lamió los labios arrugados—. Yo podría serviros, Recipente. Podría…

Vete —ordenó Kelsier.

La mujer se encogió al oírlo, desenganchó las alforjas y, con gesto aletargado, se las echó al hombro. Kelsier no se lo impidió. Era probable que necesitase aquellos frascos de líquido brillante para sobrevivir, y no la quería muerta. Solo quería que avanzara más despacio que sus compañeros. Cuando se encontraran, podrían comparar historias y deducir que los habían estafado.

O tal vez no. Alonoe se internó en la jungla. Con un poco de suerte, llegarían a la conclusión de que Ruina en verdad se había impuesto a ellos. Kelsier esperó a que se hubiera marchado antes de acercarse con paso tranquilo y recoger el gran orbe de cristal. No ofrecía ninguna forma discernible de abrirlo, aparte de estrellarlo.

Sostuvo el orbe ante sus ojos, lo sacudió y contempló el increíble e hipnótico líquido que contenía.

Hacía siglos que no se lo pasaba tan bien.

Sexta parte: Héroe

1

Kelsier corría por un mundo roto. Había reparado en el problema en el instante en que dejó el océano, en que volvió al terreno brumoso del que estaba hecho el Imperio Final. Allí había encontrado los escombros de una ciudad costera. Edificios derruidos, calles quebradas. La ciudad parecía haber resbalado por completo al océano, aunque no terminó de darse cuenta del todo hasta que se plantó sobre la ciudad y se fijó en los sombríos restos de edificios que asomaban de la isla oceánica a cierta distancia costa arriba.

A partir de aquello, la cosa empeoró. Pueblos vacíos. Gigantescos montones de ceniza que se manifestaban a su lado como ondulantes colinas sobre las que Kelsier corría antes de darse cuenta de lo que eran.

A los pocos días de estar corriendo hacia casa, cruzó una aldea en la que había unas pocas almas brillantes acurrucadas dentro de una construcción. Mientras Kelsier miraba horrorizado, el tejado cedió y les descargó ceniza encima. Tres brillos se apagaron al instante, y las almas de los tres skaa sepultados aparecieron en el Reino Cognitivo con sus lazos hacia el mundo físico cercenados.

Conservación no apareció para recibirlos.

Kelsier agarró a una de ellas, una mujer mayor que dio un respingo cuando Kelsier le cogió la mano y lo miró con los ojos como platos.

—¡Lord Legislador!

—No —dijo Kelsier—, pero casi. ¿Qué está pasando?

La mujer empezó a expandirse y alejarse. Sus compañeros ya habían desaparecido.

—Se termina… —susurró ella—. Todo termina…

Y se esfumó. Kelsier se quedó sosteniendo el aire vacío, perturbado.

Echó a correr de nuevo. Tenía remordimientos por haber dejado atrás al caballo en el bosque, pero sin duda al animal le iría mejor allí que donde estaba Kelsier.

Apretó el paso, con el peso del orbe lastrándole el morral. Quizá fuese la premura, pero su rumbo se hizo incluso más decidido que cuando se alejaba de Luthadel. No quería ver aquel mundo fracasado, ni la muerte que lo rodeaba por todas partes. Comparado con ello, prefería el agotamiento de la carrera, y lo buscaba, corriendo hasta deslomarse.

Viajó durante días y más días. Semanas y más semanas. Sin parar jamás, sin mirar alrededor jamás, hasta…

Kelsier.

Paró en seco en un campo de ceniza barrida por el viento. Le daba la clara impresión de bruma en el mundo físico. Bruma brillante. Poder. No alcanzaba a verlo donde estaba, pero lo sentía por todas partes.

—¿Borrón? —dijo, llevándose una mano a la frente. ¿Habría imaginado la voz?

Por ahí no, Kelsier, dijo la voz, que sonaba lejana. Pero sí, era Conservación. No estamos… no estamos… allí…

El devastador peso de la fatiga cayó sobre Kelsier. ¿Dónde estaba? Giró sobre sí mismo, buscando alguna referencia, pero allí fuera costaban de encontrar. La ceniza había enterrado los canales. Recordaba haber buceado por el suelo unas semanas antes para encontrarlos. Desde entonces… había corrido sin más…

—¿Dónde? —preguntó, ansioso—. ¿Borrón?

Muy… cansado…

—Lo sé —susurró Kelsier—. Lo sé, Borrón.

Fadrex. Ven a Fadrex. Estás muy cerca…

¿Ciudad Fadrex? Kelsier había estado allí, de joven. Estaba al sur de…

Allí. Apenas visible en el Reino Cognitivo, alcanzó a ver la cima sombría del monte Morag en la distancia. Señalaba el norte.

Dio la espalda al monte de ceniza y corrió con todas sus fuerzas. Le pareció que apenas había transcurrido un parpadeo cuando llegó a la ciudad y le dio la bienvenida una visión reconfortante. Almas.

La ciudad estaba viva. Había guardias en las torres y en las altas formaciones rocosas que rodeaban la ciudad. Gente en las calles, durmiendo en sus camas, atestando los edificios de una hermosa y radiante luz. Kelsier cruzó las puertas de la ciudad y entró en una maravillosa y resplandeciente ciudad cuya gente seguía luchando.

En el calor de aquel brillo, supo que no llegaba demasiado tarde.

Por desgracia, la suya no era la única atención centrada sobre aquel lugar. Durante su carrera se había resistido a mirar hacia arriba, pero no pudo evitar hacerlo al llegar y se enfrentó a la masa retorcida y bullente. Formas parecidas a negras serpientes reptaban unas sobre otras, extendiéndose hasta el horizonte en todas las direcciones. Estaba vigilando. Estaba allí.

Pero ¿dónde estaba Conservación? Kelsier caminó por la ciudad, regocijándose con la presencia de otras almas, recuperándose de su prolongada carrera. Se detuvo en una esquina entre dos calles y vio algo. Una minúscula línea de luz, como un cabello larguísimo, cerca de sus pies. Se arrodilló, la recogió y descubrió que se extendía a lo largo de toda la calle, imposiblemente fina, con un brillo tenue, pero aun así demasiado fuerte para que pudiera partirla.

—¿Borrón? —dijo Kelsier, siguiendo la hebra hasta encontrar su punto de unión con otra. Parecía que había todo un entramado recubriendo la ciudad entera.

Sí. Lo… lo intento…

—Así me gusta.

No puedo hablar con ellos, dijo Borrón. Me muero, Kelsier…

—Aguanta —dijo él—. He encontrado una cosa, la llevo en el morral. Se la quité a esas criaturas que mencionaste, los Airí.

No siento nada, dijo Borrón.

Kelsier vaciló. No quería revelar el artefacto a Ruina, de modo que cogió el hilo, que cedía lo suficiente para poder meterlo en el morral y apretarlo contra el orbe.

—¿Así, bien?

Ah… sí…

—¿Puede ayudarte en algo?

No, por desgracia.

A Kelsier se le cayó el alma a los pies un poco más.

El poder… el poder es de ella… pero Ruina la posee, Kelsier. No puedo… no puedo entregarlo…

—¿De ella? —preguntó Kelsier—. ¿De Vin? ¿Está aquí?

El hilo vibró en los dedos de Kelsier como la cuerda de un instrumento. Llegaron ondulaciones a lo largo de ella desde una dirección.

Kelsier las siguió, observando de nuevo cómo Conservación había cubierto aquella ciudad con su esencia. Quizá había pensado que, si de todos modos iba a estar tensado y estirado, bien podía tenderse como una manta protectora.

Conservación lo llevó a una pequeña plaza de la ciudad, repleta de almas brillantes y metal en las paredes. Brillaban con una gran intensidad, sobre todo en contraste con la oscuridad de los meses que Kelsier había pasado allí fuera, solo. ¿Alguna de esas almas sería Vin?

No, eran mendigos. Kelsier se movió entre ellos, tanteando sus almas con las yemas de los dedos y captando atisbos de ellos en el otro reino. Se acurrucaban en la ceniza, tosiendo y tiritando. Los hombres y mujeres caídos del Imperio Final, la gente a la que incluso los skaa más comunes solían despreciar. Ni siquiera con sus grandiosos planes había logrado mejorar la vida de aquellas personas, ¿verdad?

Se detuvo de sopetón.

Aquel último mendigo, sentado contra una vieja pared de ladrillo, tenía algo. Kelsier retrocedió hasta ponerse a su altura y tocó de nuevo el alma del mendigo, con lo que obtuvo de nuevo la visión de un hombre con las manos y la cara envueltas en vendas, de las que sobresalía su cabello blanco. Un pelo completamente blanco, que no lograba ocultar del todo la ceniza que se había frotado.

Kelsier sintió una repentina conmoción, una dolorosa punzada que le recorrió los dedos y se le clavó en el alma. Saltó hacia atrás cuando el mendigo miró en su dirección.

—¡Tú! —exclamó Kelsier—. ¡El vagabundo!

El mendigo se removió, pero entonces miró en otra dirección, buscando por la plaza.

—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió saber Kelsier.

La silueta brillante no le respondió.

Kelsier sacudió la mano, intentando quitarse de encima el dolor. Se le habían entumecido los dedos. ¿Qué había sido eso? ¿Y cómo había logrado el vagabundo de pelo blanco afectarlo en el reino donde se hallaba?

Una figura pequeña y brillante aterrizó en un tejado cercano.

—¡Maldición! —dijo Kelsier, mirando primero a Vin y luego al vagabundo.

Reaccionó al instante, abalanzándose hacia la pared del edificio y trepando a la desesperada hasta llegar junto a Vin.

—¡Vin! ¡Vin, apártate de ese hombre!

Por supuesto, gritar era inútil. Vin no podía oírlo.

Aun así, Kelsier la aferró por los hombros y la vio en el Reino Físico. ¿Cuándo se había vuelto tan segura de sí misma, tan sabia? Aquellos hombros que una vez se habían encogido revelaban la postura de una mujer con un control absoluto. Aquellos ojos que una vez se ensancharon maravillados estaban entrecerrados con una aguda percepción. Llevaba el pelo más largo, pero su complexión ligera parecía en cierto modo mucho más poderosa que cuando Kelsier la había conocido.

—Vin —dijo Kelsier—. ¡Vin! Escucha, por favor. Ese hombre es mal asunto. No te acerques a él. No…

Vin echó la cabeza a un lado y luego saltó del edificio, alejándose del vagabundo.

—¡Anda! —dijo Kelsier—. ¿Ha podido oírme?

¿O habría sido una coincidencia? Kelsier saltó detrás de Vin, arrojándose sin miedo desde el tejado. No tenía alomancia, pero era ligero y podía caer sin hacerse daño. Aterrizó con suavidad y corrió por el terreno mullido, siguiendo los pasos de Vin como mejor pudo, atravesando edificios a la carrera, sin preocuparse de las paredes, intentando no perderla. Aun así, Vin le sacó ventaja.

Kelsier, le susurró la voz de Conservación.

Algo vibró a través de él, una familiar oleada de poder, un calor interno. Le recordó a cuando quemaba metales. Era la esencia del propio Conservación, confiriéndole poder.

Corrió más deprisa, saltó más lejos. No era auténtica alomancia, sino algo más crudo y primordial. Fluía a través de Kelsier, calentándole el alma y permitiéndole alcanzar a Vin, que se había parado en la calle ante un gran edificio. Al poco de llegar junto a ella, Vin despegó de nuevo calle abajo, pero en esa ocasión Kelsier pudo seguirle el paso, aunque fuese a duras penas.

Y Vin sabía que él estaba allí. Kelsier lo notaba en su forma de saltar, como intentando desembarazarse de un perseguidor, o como mínimo tratando de descubrirlo. Era buena, pero Kelsier ya jugaba a aquel juego décadas antes de que ella naciera.

Vin podía sentirlo. ¿Por qué? ¿Cómo?

La joven aceleró y él la siguió con dificultades. Sus movimientos eran torpes: tenía a Conservación empujándolo, pero no contaba con la finura de la auténtica alomancia. No podía empujar ni tirar, sino solo saltar, agarrándose a las sombrías paredes de los edificios para lanzarse en burdos brincos.

Aun así, sonrió de oreja a oreja. No se había dado cuenta de lo mucho que añoraba entrenar con Vin entre las brumas, enfrentar su habilidad contra la de otro nacido de la bruma, ver cómo su protegida avanzaba centímetro a centímetro hacia la excelencia. Se había vuelto muy hábil. Fantástica, incluso. Extraordinaria juzgando la fuerza de cada empujón de acero, equilibrando su propio peso contra sus anclajes.

Aquello era energía, aquello era emoción. Kelsier casi olvidó los problemas que afrontaba. Aquello casi era suficiente. Si pudiera danzar en la bruma con Vin por la noche, encontrar la forma de recobrar su vida en el Reino Físico quizá no importara tanto.

Llegaron a una intersección y se dirigieron a las afueras de la ciudad. Vin saltaba por delante sobre líneas de acero mientras Kelsier bajaba al suelo, vibrando con el poder de Conservación, y se preparaba para propulsarse.

Algo descendió en torno a él. Una oscuridad de afilados pinchos, de raspones de pata de araña en el aire, de neblina negra como el azabache.

—Vaya —dijo Ruina desde todas partes—. Vaya, vaya. ¿Kelsier? ¿Cómo es que no te he visto antes?

El poder lo asfixió y lo empujó hacia el suelo. Por delante, una silueta menuda saltó persiguiendo a Vin, hecha de bruma negra y palpitando con un ritmo similar al que había mostrado Kelsier. Alguna clase de señuelo.

«Lo mismo que ya hizo antes —pensó Kelsier—. Imita a Borrón para engañar a Vin». Se retorció, frustrado, contra sus ataduras.

Conservación, por su parte, gimió como un niño pequeño en la mente de Kelsier y luego se retiró de ella. El cálido poder desapareció del interior de Kelsier. Lo curioso fue que, a medida que el poder menguaba, lo mismo hacía la capacidad de Ruina para retener a Kelsier. La fuerza de Ruina se volvió menos opresiva y Kelsier pudo ponerse de pie con esfuerzo y atravesar el velo de afilada bruma, trastabillando por la calle.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Ruina.

El poder que había detrás de Kelsier se condensó, concentrándose en la silueta del hombre que ya había visto antes, el pelirrojo. Los movimientos por debajo de la piel del hombre estaban más controlados en esa ocasión.

—Aquí y allá —dijo Kelsier, echando un vistazo hacia Vin. Ya no podría alcanzarla—. Me apetecía ver el paisaje, averiguar qué puede ofrecerme la muerte.

—Ah, cuántas evasivas. ¿Has visitado a los Ire? Y supongo que te han echado sin miramientos. Sí, no me cabe duda. Lo que quiero saber es por qué has vuelto. Daba por sentado que huirías. Tu papel en esta obra ya está representado. Ya has hecho lo que quería que hicieras.

Kelsier dejó su morral, confiando en mantener oculto el orbe de luz de su interior. Anduvo hacia delante y rodeó la manifestación de Ruina.

—¿Mi papel?

—El undécimo metal —dijo Ruina, divertido—. ¿Creías que era una coincidencia? ¿Una historia que nadie más había oído, una forma secreta de matar a un emperador inmortal que te cayó sin más en el regazo?

Kelsier ni se inmutó. Ya había concluido que Gemmel estaba tocado por Ruina, que el propio Kelsier había sido un peón de aquella criatura. «Pero ¿por qué ha podido oírme Vin?». ¿Qué se le escapaba? Miró de nuevo hacia su protegida.

—Ah —dijo Ruina—. La niña. Todavía crees que va a derrotarme, ¿verdad? ¿Incluso después de que me liberara?

Kelsier se volvió hacia Ruina. Mierda. ¿Cuánto sabía aquella criatura? Ruina sonrió y se acercó a Kelsier.

—Deja en paz a Vin —siseó Kelsier.

—¿Que la deje en paz? Es mía, Kelsier. Igual que lo eres tú. Conozco a esa niña desde el día en que nació, y llevo preparándola incluso desde antes.

Los dientes de Kelsier rechinaron.

—Qué adorable —dijo Ruina—. De verdad creías que esto era todo idea tuya, ¿a que sí? La caída del Imperio Final, la muerte del lord Legislador… ¿Incluso reclutar a Vin desde un principio?

—Las ideas nunca son originales —replicó Kelsier—. Solo una cosa lo es.

—¿Y cuál es esa cosa?

—El estilo —dijo Kelsier.

Y dio un puñetazo a Ruina en toda la cara.

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