Arcanum ilimitado

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El sistema de Scadrial » Nacidos de la bruma: historia secreta

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O más bien lo intentó. Ruina se evaporó mientras el puño de Kelsier se acercaba y una copia suya se materializó a su lado al instante.

—Ah, Kelsier —dijo—. ¿Crees que eso ha sido sabio?

—No —repuso Kelsier—. Solo ha sido temático. Déjala en paz, Ruina.

Ruina le sonrió como con lástima, y entonces mil pinchos alargados, como agujas negras, salieron disparados del cuerpo de la criatura, atravesando la túnica con la que iba vestida. Perforaron a Kelsier como lanzas, descomponiéndole el alma y provocándole una cegadora oleada de dolor.

Kelsier chilló y cayó de rodillas. Era como el estiramiento que había sentido al llegar a aquel lugar, pero forzado, invasivo.

Cayó al suelo entre espasmos mientras su alma perdía volutas de bruma. Los pinchos habían desaparecido, igual que Ruina. Pero, por supuesto, aquella criatura nunca se marchaba del todo. Observaba desde el cielo ondulante, cubriéndolo todo.

Nada puede destruirse, Kelsier, susurró la voz de Ruina, metiéndose directa en su mente. Es algo que los seres humanos no pueden entender. Todas las cosas cambian, se rompen, se transforman en algo nuevo, algo perfecto. Conservación y yo en realidad somos dos caras de la misma moneda, pues cuando yo haya terminado, él por fin tendrá su deseada quietud, su ausencia de cambio. Y no habrá nada, ni un cuerpo ni un alma, que perturbe esa quietud.

Kelsier respiró, recurriendo a los movimientos acostumbrados de cuando estaba vivo para calmarse. Por fin rodó y se puso de rodillas, con un gemido.

—Te lo has ganado tú solo —dijo Conservación con una voz que parecía proceder de muy lejos.

—Ya lo creo que sí —respondió Kelsier, poniéndose en pie como pudo—. Pero merecía la pena intentarlo.

2

Kelsier pasó los días siguientes intentando repetir su éxito en lograr que Vin lo escuchara. Por desgracia, desde su encuentro Ruina lo tenía vigilado. Cada vez que Kelsier se acercaba, Ruina interfería, lo rodeaba, lo retenía. Lo asfixiaba con humo negro y lo apartaba.

Parecía que Ruina se divertía teniendo a Kelsier por la periferia del campamento de Vin, fuera de Fadrex, y no lo expulsaba de allí. Pero siempre que Kelsier intentaba hablar directamente con ella, Ruina lo castigaba, como un padre apartando de golpe la mano de un niño que se acercaba demasiado al fuego.

Era exasperante, y más por cómo lo afectaban las palabras de Ruina. Todo lo que Kelsier había logrado solo formaba parte del plan maestro de aquella cosa para liberarse. Y era cierto que la criatura tenía cierta influencia en Vin. Podía aparecerse a ella, como demostraba la forma en que se la llevó del campamento un día, en una jugada repentina que confundió a Kelsier.

Intentó seguirlos, corriendo tras el fantasma que había creado Ruina. Saltaba como un nacido de la bruma y Vin fue tras él, a todas luces convencida de haber descubierto un espía. Dejaron atrás del todo el campamento.

Kelsier aflojó el paso, sintiéndose inútil, hasta quedarse parado en el terreno brumoso fuera de la ciudad y viéndolos desaparecer en la lejanía. Podía sentir aquella cosa y, mientras estuviera presente, eclipsaba a Kelsier. Nunca podría hablar con Vin.

El motivo de Ruina para llevarse a Vin tardó poco en hacerse evidente. Algo lanzó un asalto sobre el ejército de koloss de Vin y Elend. Kelsier se dio cuenta por el ajetreo en el campamento, y pudo llegar al lugar más deprisa que la gente del Reino Físico. Parecía que habían desplegado maquinaria de asedio en una cresta que se alzaba sobre el campamento koloss.

Hizo llover la muerte sobre las bestias. Kelsier solo pudo mirar mientras el ataque por sorpresa acababa con miles de ellos. No pudo lamentar de verdad la destrucción de los koloss, pero sí le pareció un desperdicio.

Los koloss bramaron, frustrados, incapaces de llegar a su enemigo. Curiosamente, sus almas empezaron a aparecer en el Reino Cognitivo.

Y eran almas humanas.

No eran koloss en absoluto, sino personas, vestidas con ropa diversa. Muchos eran skaa, pero también había soldados, mercaderes y hasta algunos nobles entre ellos. Eran tanto hombres como mujeres.

Kelsier se quedó boquiabierto. Nunca había sabido del todo qué eran los koloss, pero aquello no se lo esperaba. ¿Gente normal, convertida de alguna manera en bestias? Corrió entre las almas agonizantes mientras se iban desvaneciendo.

—¿Qué te pasó? —preguntó apremiante a una mujer—. ¿Cómo te ocurrió esto?

La mujer lo miró con expresión perpleja.

—¿Dónde? —dijo—. ¿Dónde estoy?

Al instante había desaparecido. Por lo visto, la transición impresionaba demasiado. Los demás parecían igual de confundidos, mirándose las manos como sorprendidos de encontrarse humanos de nuevo, aunque bastantes de ellos ponían cara de alivio. Kelsier miró mientras aparecían y se esfumaban millares de aquellas siluetas. Al otro lado había una auténtica carnicería, con rocas cayendo y estrellándose por todas partes. Una atravesó la forma de Kelsier antes de alejarse rodando, rompiendo cuerpos a su paso.

Podía salirse con la suya, pero iba a necesitar algo específico. No le valdría un campesino skaa, ni tampoco un taimado noble. Necesitaba a alguien que…

Allí.

Se lanzó a la carrera entre los espíritus que desaparecían, pasó entre las almas brillantes de dos criaturas que aún no habían muerto y corrió hacia un espíritu concreto que acababa de aparecer. Calvo, con tatuajes rodeándole los ojos. Un obligador. El hombre parecía menos sorprendido que resignado por los acontecimientos. Cuando Kelsier llegó junto a él, la forma del desgarbado obligador ya empezaba a extenderse.

—¿Cómo? —exigió saber Kelsier, contando que el obligador sabría más sobre los koloss—. ¿Cómo te ocurrió esto?

—No lo sé —dijo el hombre.

Kelsier se desesperó.

—Esas bestias —continuó el hombre—. ¡Tendrían que haber sabido que no tenían que coger a un obligador! ¡Yo me encargaba de ellos y me hicieron esto! Este mundo está en la ruina.

¿«Tendrían que haber sabido»? Kelsier aferró el hombro del obligador mientras el hombre se extendía hacia la nada.

—¿Cómo? Por favor, ¿cómo se hace? ¿Cómo se transforma a un hombre en koloss?

El obligador lo miró y, mientras desaparecía, pronunció una palabra:

—Clavos.

Kelsier se quedó boquiabierto de nuevo. A su alrededor, en el llano brumoso, las almas daban fogonazos, desaparecían y se volcaban en su reino, antes de disolverse en la nada. Como hogueras humanas que se apagaban.

Clavos. ¿Como los clavos de los inquisidores?

Fue hacia los cadáveres derribados y se arrodilló para inspeccionarlos. Sí, lo veía. En su mundo había un brillo metálico, y entre aquellos cadáveres había clavos pequeños, como brasas pequeñas pero muy brillantes.

Eran mucho más difíciles de distinguir en los koloss vivos, por cómo resplandecían las almas, pero a Kelsier le daba la impresión de que los clavos perforaban el alma. ¿Era ese el secreto? Gritó a un par de koloss y se volvieron hacia él antes de mirar a su alrededor, confundidos.

«Los clavos los transforman —pensó Kelsier—, igual que a los inquisidores. ¿Son la forma de controlarlos? ¿Las perforaciones en el alma?».

¿Y qué pasaba con los locos? ¿Sus almas estarían cascadas, abiertas, y permitirían que ocurriera algo similar? Turbado, abandonó el llano y sus moribundos, aunque la batalla (o mejor dicho, la matanza) parecía estar terminando.

Kelsier cruzó el campo brumoso que rodeaba Fadrex y se quedó allí solo un tiempo, alejado de toda alma, hasta que regresó Vin, seguida por una sombra en cuya presencia no parecía haber reparado en esa ocasión. Vin pasó a su lado y se internó en el campamento.

Kelsier se sentó cerca de un pequeño zarcillo de Conservación y lo tocó.

—Mete mano en todo, ¿verdad, Borrón?

—Sí —respondió Conservación con una voz frágil, minúscula—. Mira.

En la mente de Kelsier apareció algo, una secuencia de imágenes: inquisidores escuchando con las cabezas alzadas hacia la voz de Ruina, Vin en la sombra de la criatura. Un hombre al que no conocía, sentado en un trono ardiente y contemplando Luthadel con una sonrisa torva en los labios.

Y luego, al pequeño Lestibournes. Fantasma llevaba una capa quemada que le quedaba grande, y Ruina estaba acuclillado junto a él, susurrando con la voz del propio Kelsier al oído del pobre chico.

Después de él, Kelsier vio a Marsh de pie, rodeado de ceniza que caía, mirando el paisaje sin verlo con los clavos de sus ojos. Parecía que llevaba tiempo sin moverse, porque la ceniza se le amontonaba en los hombros y sobre la cabeza.

Marsh. Ver a su hermano así ponía enfermo a Kelsier. Su plan había requerido que Marsh se hiciera obligador. Kelsier había deducido lo que debió suceder después. Alguien debía de haber descubierto la alomancia de Marsh y el fervor con el que vivía.

Pasión y cariño. Marsh nunca había sido tan capaz como Kelsier, pero siempre, siempre, había sido mejor persona.

Conservación le mostró decenas y decenas de otras personas, sobre todo poderosos que llevaban a sus seguidores a la muerte, riendo y danzando mientras la ceniza se acumulaba y los cultivos se marchitaban en la bruma. Todos ellos eran personas que o bien tenían clavado algo metálico o bien estaban bajo la influencia de alguien que lo tenía. Tendría que haberse percatado antes, en el Pozo de la Ascensión, al ver en las pulsaciones que Ruina podía hablar con Marsh y los demás inquisidores.

Metal. Era la clave de todo.

—Cuánta destrucción —susurró Kelsier tras las visiones—. No podremos sobrevivir a esto, ¿verdad? Aunque detengamos a Ruina, estamos condenados.

—No —dijo Conservación—. No condenados. Recuerda… esperanza, Kelsier. Dijiste: «Yo… yo soy…».

—Soy la esperanza —susurró Kelsier.

—No puedo salvarte. Pero debemos confiar.

—¿En qué?

—En el hombre que fui. En el… el plan… La señal y el Héroe…

—Vin. Está en poder de él, Borrón.

—No sabe tanto como se cree —susurró Conservación—. Esa es su debilidad. La debilidad de todo hombre listo.

—Salvo yo, por supuesto.

A Conservación aún le quedaba la suficiente chispa para reír un poco al oírlo, cosa que alegró a Kelsier. Se levantó y se quitó el polvo de la ropa. Gesto algo absurdo, ya que en aquel lugar no había polvo, por no mencionar la ropa en sí.

—Venga, Borrón, ¿cuándo me has visto equivocarme?

—Bueno, estuvo la vez…

—Esas no cuentan. Entonces aún no era yo del todo.

—¿Y cuándo has empezado a ser tú del todo?

—Ahora mismo —dijo Kelsier.

—Esa… esa excusa te vale… para cualquier momento…

—Empiezas a pillarlo, Borrón. —Kelsier puso los brazos en jarras—. Usaremos el plan que pusiste en marcha cuando estabas cuerdo, ¿eh? Bien, dime, ¿en qué puedo ayudar?

—¿Ayudar? No… yo no…

—No, no, no, tienes que ser decidido. ¡Audaz! Un buen jefe de banda nunca duda de sí mismo, ni siquiera cuando duda. ¡Cuando duda, menos que nunca!

—Eso no tiene… sentido…

—Estoy muerto. Ya no estoy obligado a decir cosas con sentido. ¿Ideas? Ahora eres jefe de banda.

—¿Yo?

—Claro. El plan es tuyo. Estás al mando. Hombre, y además eres un dios. Digo yo que eso tendrá que contar para algo.

—Gracias por… reconocerlo por fin…

Kelsier reflexionó un momento y dejó su morral en el suelo.

—¿Estás seguro de que esto no puede servir de algo? Establece enlaces entre personas y dioses. A lo mejor podría curarte o algo.

—Oh, Kelsier —dijo Conservación—. Te dije que ya estoy muerto. No puedes salvarme. Salva a a mi sucesora.

—Pues entonces, se lo daré a Vin. ¿Eso serviría de algo?

—No. Debes decírselo. Tú llegas a través de los huecos en almas donde yo no puedo. Dile que no confíe en quien lleve metal clavado. Debes liberarla para que tome mi poder. Por completo.

—Muy bien —dijo Kelsier, guardando el orbe de cristal—. Liberar a Vin. Fácil.

Solo tenía que encontrar la forma de evitar a Ruina.

3

A ver, Mosquito —susurró Kelsier al hombre que dormitaba—. ¿Lo has entendido?

—Misión… —murmuró el desaliñado soldado—. Superviviente…

—«No te fíes de nadie perforado por metal» —repitió Kelsier—. Dile eso. Esas palabras exactas. Es una misión que te encomienda el Superviviente.

El hombre despertó, sobresaltado por su propio ronquido. Se suponía que estaba de guardia, y se puso de pie como pudo mientras llegaba su relevo. Kelsier observó al ser reluciente, ansioso. Le había costado unos días preciosos, en los que Ruina lo había tenido apartado de Vin, buscar a alguien del ejército que tuviera la cabeza tocada, alguien con aquella reveladora alma de locura.

No era que estuvieran rotos, como había supuesto. Era solo que estaban abiertos. Aquel hombre, Mosquito, parecía perfecto. Respondía a las palabras de Kelsier, pero no estaba tan desquiciado como para que los demás no le hicieran caso.

Kelsier siguió con aprensión a Mosquito por el campamento, hasta una hoguera con una cazuela encima donde el soldado se sentó a charlar animoso con quienes ya estaban allí.

«Díselo —pensó Kelsier—. Que corra la voz por el campamento. Que Vin se entere».

Mosquito siguió hablando. Otros soldados se pusieron de pie en torno al fuego. ¡Estaban escuchando! Kelsier tocó a Mosquito, intentando oír lo que decía. No logró entenderlo hasta que un filamento de Conservación lo tocó, y entonces las palabras empezaron a vibrar en su alma, tenues pero audibles.

—Exacto —dijo Mosquito—. Ha hablado conmigo. Dice que soy especial. Dice que no me fíe de ninguno de vosotros. Yo soy sagrado y vosotros no, y punto.

—¿Qué? —restalló Kelsier—. ¡Mosquito, serás imbécil!

La situación empeoró a partir de ahí. Kelsier se apartó mientras los hombres que rodeaban la hoguera empezaban a armar follón y empujarse unos a otros, preludio de una pelea propiamente dicha. Con un suspiro, Kelsier se sentó en la sombra brumosa de una roca y vio cómo se evaporaban varios días de trabajo.

Alguien le puso una mano en el hombro y alzó la mirada hacia Ruina, que acababa de aparecer junto a él.

—Cuidado —dijo Kelsier—, o me dejarás la camisa hecha una .

Ruina soltó una risita.

—Me preocupaba dejarte solo, Kelsier, pero veo que me has servido bien en mi ausencia.

Un soldado dio un puñetazo en la cara a Demoux y Ruina hizo una mueca.

—Ha sido bueno.

—Tendría que seguirlo más —murmuró Kelsier—. Con los puñetazos hay que comprometerse de verdad.

Ruina compuso una sonrisa profunda, astuta, insufrible. «Diablos —pensó Kelsier—, espero no tener yo el mismo aspecto».

—A estas alturas te habrás dado cuenta ya, Kelsier —dijo Ruina—, de que todo lo que hagas voy a contrarrestarlo. El conflicto sirve solo a Ruina.

Elend Venture llegó a la hoguera, planeando en un empujón de acero que Kelsier le envidió, con un porte verdaderamente regio. El chico se había vuelto más hombre de lo que Kelsier habría esperado. A pesar de aquella barba estúpida.

Kelsier frunció el ceño.

—¿Dónde está Vin?

—¿Eh? —dijo Ruina—. Ah, la tengo yo.

—¿Dónde? —preguntó Kelsier, imperioso.

—Lejos. Bien a mano. —Se inclinó hacia Kelsier—. Gracias por perder el tiempo con el loco este.

Desapareció.

«Odio a ese hombre con toda mi alma —pensó Kelsier. En el fondo, Ruina no era más impresionante que Conservación—. Qué narices, a mí se me daría mejor hacer de dios que a ellos». Por lo menos, él había inspirado a los demás.

Entre ellos, a Mosquito y los demás soldados que se peleaban, por desgracia. Kelsier se levantó de la piedra y reconoció por fin el hecho que había intentado esquivar. Allí no podía hacer nada, no mientras Ruina estuviera tan concentrado en Vin y Elend como estaba. Kelsier tenía que marcharse a otro lugar. ¿Sazed, tal vez? O quizá Marsh. Si pudiera comunicarse con su hermano mientras Ruina estaba distraído…

Confiaría en que las salvaguardas del orbe lo ocultaran a los oscuros ojos del dios, como habían hecho cuando Kelsier llegó a Fadrex. Tenía que marcharse de aquel lugar, perderse, librarse del interés de Ruina y luego intentar hablar con Marsh o Fantasma para pedirles que dieran un mensaje a Vin.

Le dolía dejarla atrás en las garras de Ruina, pero no había nada más que pudiera hacer.

Antes de que hubiera transcurrido una hora, Kelsier se había marchado.

4

Kelsier no estaba en ningún sitio concreto cuando Dios murió finalmente.

No lograba situar su posición. No tenía pueblos cerca, o al menos ninguno que no estuviera enterrado en ceniza. Su intención era dirigirse a Luthadel, pero con todas las señales cubiertas y sin sol que lo guiara, no estaba seguro de llevar la dirección correcta.

La tierra tembló, y el suelo brumoso se estremeció. Kelsier paró en seco y miró hacia el cielo, esperando que fuese Ruina quien provocaba aquel temblor.

Entonces lo sintió. Quizá fuese por la pequeña Conexión que tenía con Conservación desde sus tiempos en el Pozo de la Ascensión. O quizá fuese por la piececita que el dios había colocado en su interior, como en los de todos los demás. La luz del alma.

Fuese cual fuese la razón, Kelsier notó el final como un suspiro largo y extendido. Le dio un escalofrío y se puso a buscar como loco alguna hebra de Conservación. Al principio de su viaje habían estado por todo el suelo, pero en ese momento no encontró nada.

—¡Borrón! —chilló—. ¡Conservación!

Kelsier, dijo una voz que vibraba a través de él, adiós.

—Mierda, Borrón —dijo Kelsier, buscando en el cielo—. Lo siento. Yo… —Tragó saliva.

Qué raro, dijo la voz. Después de tantos años apareciéndome a otros cuando morían, nunca esperé que mi propia defunción sería tan fría y solitaria.

—Estoy yo aquí —dijo Kelsier.

No, no estuviste. Kelsier, está partiendo mi poder. Lo está disgregando. Desaparecerá… Astillado… Lo destruirá.

—De eso ni hablar —contestó Kelsier, soltando su morral. Metió la mano dentro y asió el brillante orbe lleno de líquido.

No es para ti, Kelsier, dijo Conservación. No te pertenece. Pertenece a otra persona.

—Se lo llevaré a ella —dijo Kelsier, dando un golpecito en la esfera.

Respiró hondo y usó el cuchillo de Nazh para partir el orbe, que le salpicó el brazo y el torso de aquel líquido brillante.

Surgieron de su cuerpo unas líneas que eran como filamentos. Brillantes, refulgentes. Eran como las líneas de cuando se quemaba acero o hierro, solo que apuntaban hacia todo.

¡Kelsier!, exclamó Conservación en voz más fuerte—. ¡Hazlo mejor que hasta ahora! ¡Te nombraron su dios y tú te tomaste a broma su fe! ¡Los corazones de los hombres no son tus juguetes!

—Lo… —Kelsier se lamió los labios—. Lo comprendo, mi señor.

Hazlo mejor, Kelsier, le ordenó Conservación, su voz cada vez más tenue. Si llega el final, llévalos bajo tierra. Podría funcionar. Y recuerda… recuerda lo que te dije hace mucho tiempo… Haz lo que yo no puedo hacer, Kelsier…

¡Sobrevive!

El mundo vibró a través de Kelsier, que dio un respingo. Conocía esa sensación, recordaba aquella orden exacta. Había oído esa voz en los Pozos. Despertándolo, impulsándolo a seguir.

Salvándolo.

Kelsier inclinó la cabeza mientras sentía a Conservación desapareciendo del todo, extendiéndose hacia la oscuridad.

Y entonces, lleno de luz prestada, Kelsier asió los filamentos que se extendían a su alrededor y tiró. El poder le ofreció resistencia. No sabía por qué; a fin de cuentas, solo tenía un conocimiento rudimentario sobre lo que estaba haciendo. ¿Por qué el poder sintonizaba con algunas personas y no con otras?

Bueno, Kelsier se había enfrentado otras veces a anclajes tozudos. Tiró con todas sus fuerzas, atrayendo el poder hacia él. Se resistió, lo desafió casi como si estuviera vivo hasta que…

Se rindió y fluyó a su interior.

Y Kelsier, el Superviviente a la Muerte, Ascendió.

Con un grito de júbilo, se sintió inundado por el poder, como la alomancia pero multiplicada por cien. Era una energía febril, fundida, ardiente, que le empapaba el alma. Kelsier rio, alzándose en el aire, expandiéndose, convirtiéndose en todos los lugares y en todo.

¿Qué es esto?, exigió saber la voz de Ruina.

Kelsier se vio frente a frente con el dios adversario, sus formas extendiéndose en la eternidad, una la gélida frescura de la vida congelada, estática, la otra la violenta, rasposa y quebrada negrura de la decadencia. Kelsier sonrió al sentir en Ruina una conmoción absoluta y completa.

—¿Qué me decías, qué? —preguntó Kelsier—. ¿Que todo lo que hiciera ibas a contrarrestarlo? Bueno, ¿qué te parece esto?

Ruina montó en cólera, avivando su poder en un torbellino furioso. El personaje se descompuso y reveló a la cosa, la energía cruda que tanto tiempo llevaba tramando y planeando, solo para que la detuvieran al final. La sonrisa de Kelsier se ensanchó mientras se deleitaba imaginando la sensación de abrir en canal a aquel monstruo que había matado a Conservación. A aquel inútil y anticuado desperdicio de energía. Aplastarlo sería de lo más satisfactorio. Lanzó su poder ilimitado al ataque.

Y no ocurrió nada.

El poder de Conservación se le seguía resistiendo. Se apartó de su voluntad mortífera y, por mucho que Kelsier lo empujó, no pudo hacer que hiriese a Ruina.

Su enemigo vibraba, temblaba, y las sacudidas fueron convirtiéndose en un sonido parecido a una risotada. El torbellino de bruma oscura se recompuso y cobró de nuevo la forma de un hombre deificado que se extendía por todo el cielo.

—¡Oh, Kelsier! —exclamó Ruina—. ¿Crees que me preocupa lo que has hecho? ¡Pero si yo mismo te habría escogido a ti para tomar el poder! ¡Es perfecto! No eres más que un aspecto de mí, al fin y al cabo.

Kelsier apretó los dientes y extendió unos dedos hechos de rugiente viento, como para agarrar a Ruina y estrangularlo.

La criatura se limitó a reír más fuerte.

—Apenas puedes controlarlo —dijo Ruina—. Incluso aunque pudieras hacerme daño, no serías capaz de completar la tarea. ¡Mírate, Kelsier! No tienes forma ni figura. No estás vivo, eres solo una idea. El recuerdo de un hombre nunca ostentará el poder con tanta potencia como uno de verdad, con lazos a los tres reinos.

Ruina lo apartó con facilidad, aunque Kelsier sintió un crepitar al entrar en contacto con la criatura. Aquellos poderes reaccionaban uno al otro como la llama y el agua. Darse cuenta convenció a Kelsier de que había alguna forma de usar el poder que empuñaba para destruir a Ruina. Ojalá pudiera averiguarla.

Ruina desvió su atención de Kelsier, que aprovechó para familiarizarse con el poder. Por desgracia, todo lo que probaba de hacer encontraba resistencia, tanto de la energía de Ruina como del poder del propio Conservación. Podía verse a sí mismo en el Reino Espiritual, y aquellas líneas negras seguían presentes, enlazándolo a Ruina.

Al poder que ostentaba no le hacían ninguna gracia las líneas negras. Se revolvía en su interior, agitado, intentando liberarse. Kelsier podía contenerlo, pero sabía que si aflojaba, el poder escaparía de él y nunca podría volver a capturarlo.

Aun así, era grandioso ser más que solo un espíritu. De nuevo podía ver en el Reino Físico, aunque el metal seguía brillando con fuerza a sus ojos. Era un alivio ver algo que no fuesen sombras brumosas y almas relucientes.

Deseó tener una vista más halagüeña. Interminables mares de ceniza. Muy pocas ciudades, excavadas como cráteres. Montañas ardientes que escupían no solo ceniza, sino también lava y azufre. La tierra se había quebrado, creando simas.

Trató de no pensar en ello y se concentró en la gente. Podía sentirla, como sentía la misma corteza y el núcleo del planeta. Le costó poco encontrar a los que tenían el alma abierta a él, y fue hacia ellos con entusiasmo. Seguro que entre ellos podría encontrar a alguien que transmitiera un mensaje a Vin.

Sin embargo, no parecían capaces de oírlo, por mucho que les susurrara. Era frustrante e incomprensible. Poseía los poderes de la eternidad. ¿Cómo podía haber perdido una capacidad que tenía antes, la de comunicarse con su gente?

A su alrededor, Ruina rio.

—¿Crees que tu antecesor no lo intentó? —preguntó Ruina—. Tu poder no puede entrar por esas grietas, Conservación. Se esfuerza demasiado en apuntalarlos, en protegerlos. Solo yo puedo ensanchar las grietas.

Kelsier no sabía si aquel razonamiento era correcto o no, pero sí que confirmó una y otra vez que los locos ya no podían oír sus palabras.

Pero él sí podía oír a la gente.

A todos, no solo a los locos. Le llegaban sus pensamientos como voces; sus esperanzas, sus inquietudes, sus terrores. Si se concentraba en ellos demasiado tiempo, si dirigía su atención a una ciudad, la multitud de pensamientos amenazaba con abrumarlo. Era un estrépito, una inundación, y encontraba difícil separar a individuos concretos del batiburrillo.

Por encima de todo ello, de la tierra, las ciudades y la ceniza, pendía la bruma. Lo cubría todo, incluso de día. Mientras estaba atrapado por completo en el Reino Cognitivo, no se había dado cuenta de lo ubicua que era.

«Eso es poder —pensó, mirándola—. Mi poder. Debería poder utilizarlo, manipularla».

No podía. Y en consecuencia, Ruina era mucho más fuerte que él. ¿Por qué Conservación había descuidado la bruma de aquel modo? Seguía formando parte de él, por supuesto, pero era como… como un ejército difuso, extendido para explorar un reino entero en vez de congregado para la guerra.

Ruina no tenía tales inhibiciones. Kelsier veía su poder en funcionamiento, revelado en formas que eran demasiado grandiosas para que las identificara antes de Ascender. Ruina rasgaba las cimas de los montes de ceniza y los mantenía abiertos para que arrojaran la muerte. Tocaba a koloss por todo el imperio, llevándolos a un frenesí homicida. Cuando se les terminaba la gente que matar, Ruina los lanzaba gozoso unos contra otros.

Tenía en el bolsillo a mucha gente de todas las ciudades que quedaban. Sus maquinaciones eran increíbles, complejas y sutiles. Kelsier ni siquiera podía seguir todos los hilos, pero el resultado era evidente: caos.

Kelsier no podía hacer nada al respecto. Ostentaba un poder inimaginable, y aun así seguía impotente. Pero había cambiado algo importante, y era que Ruina tenía que actuar para contrarrestarlo.

Aquella era una revelación crucial. Tanto él como Ruina estaban en todas partes, pues sus almas eran los mismos huesos del planeta. Pero su atención solo podía repartirse hasta cierto punto.

Si Kelsier intentaba cambiar algo en un lugar en el que se concentraba Ruina, perdía siempre. Cuando Kelsier intentaba cerrar los montes de ceniza, los brazos de Ruina que los desgarraban tenían más fuerza que los suyos en su intento de sellarlos. Cuando intentaba infundir ánimo a los ejércitos de Vin, Ruina hacía las veces de barricada, manteniéndolo apartado.

En un intento desesperado, Kelsier intentó llegar a la propia Vin. No estaba seguro de lo que podría hacer, pero quería tratar de apartar a Ruina a la fuerza, de intentar imponerse, a ver de qué era capaz.

Se lanzó con todas sus fuerzas, empujando contra Ruina y sintiendo la fricción de sus esencias a medida que se acercaba a Vin, encerrada en una sala del palacio de Fadrex. El choque de su esencia con la de Ruina sacudió la tierra, la hizo temblar. Un terremoto.

Pudo acercarse bastante. Alcanzó a sentir la mente de Vin, a oír sus pensamientos. ¡Qué poco sabía! Igual de poco que él al principio de todo aquello. No sabía de Conservación.

El choque apartó la esencia de Kelsier, le arrancó a Conservación y dejó su núcleo al descubierto, como una calavera sonriente después de quitarle la carne. Un alma envuelta en oscuridad, pero que estaba Conectada a Vin de algún modo. Enlazada a ella por las líneas inescrutables que formaban el Reino Espiritual.

—¡Vin! —gritó, agonizando por el esfuerzo. La lucha entre Ruina y él hizo que el terremoto se intensificara y Ruina se recreó en la destrucción. Debilitó su atención por un instante—. ¡Vin! ¡Hay otro dios, Vin! —dijo, aproximándose—. ¡Hay otra fuerza!

Confusión. Vin no lo veía. Algo escapó de Kelsier, atraído por ella. Y sorprendido, Kelsier reparó en algo terrible, algo que jamás habría sospechado. Un brillante punto de metal en la oreja de Vin, tan parecido al color de su alma brillante que lo había pasado por alto desde más lejos.

Vin llevaba metal clavado.

—¿Cuál es la primera norma de la alomancia, Vin? —gritó Kelsier—. ¡Es lo primero que te enseñé!

Vin alzó la mirada. ¿Lo había oído?

—¡Los clavos, Vin! —empezó a decir Kelsier—. ¡No te fíes de…!

Ruina volvió y apartó a Kelsier con un feroz estallido de poder, interrumpiéndolo. Aguantar más tiempo habría supuesto dejar que Ruina le arrancara del todo el poder de Conservación, de modo que cedió.

Ruina lo empujó fuera del edificio, fuera de la ciudad. El choque produjo a Kelsier una oleada de dolor atroz, y no pudo evitar la sensación de que, por muy divino que fuese, cojeaba al abandonar la ciudad.

Ruina estaba demasiado centrado en aquel lugar. Era demasiado fuerte allí. Tenía casi toda su atención centrada en Vin y la ciudad de Fadrex. Incluso estaba atrayendo a Marsh hacia allí.

Quizá…

Kelsier intentó acercarse a Marsh, enfocar la atención en su hermano. Existían las mismas líneas de Conexión que había tenido con Vin, enlazando el alma de Kelsier con su hermano. Quizá también pudiera hacerse oír por Marsh.

Por desgracia, Ruina descubrió lo que planeaba sin despeinarse, y Kelsier estaba demasiado débil, demasiado magullado por su enfrentamiento anterior. Ruina lo rechazó con facilidad, pero no antes de que Kelsier oyera algo que emanaba de Marsh.

«Recuérdate a ti mismo —susurraron los pensamientos de Marsh—. Lucha, Marsh, ¡lucha! Recuerda quién eres».

Kelsier se sintió orgulloso mientras huía de Ruina. Algo dentro de Marsh, algo de su hermano, había sobrevivido. Pero no había nada que Kelsier pudiera hacer para ayudarlo. Quisiera lo que quisiera Ruina en Fadrex, Kelsier tendría que concedérselo. Enfrentarse allí a Ruina era imposible, pues Ruina podía derrotar a Kelsier en cualquier confrontación directa.

Ruina dedicaba tanta atención a Fadrex que tendría que flaquear en otros lugares.

5

Hazlo mejor, Kelsier».

Esperó y observó. Sabía ser cuidadoso.

«Los corazones de los hombres no son tus juguetes».

Flotó, convirtiéndose en la bruma, observando cómo Ruina movía sus piezas. Los inquisidores eran sus peones principales. Ruina los colocaba meditadamente.

«La debilidad de todo hombre listo».

Una abertura. Kelsier necesitaba una abertura.

«Sobrevive».

Ruina creía que tenía bajo su poder todo el Imperio Final. Estaba seguro de sí mismo. Pero había huecos. Cada vez dedicaba menos atención a la ciudad destruida de Urteau, con sus canales vacíos y sus habitantes famélicos. Un filamento de Kelsier rodeaba a un joven que llevaba los ojos vendados y una capa chamuscada a la espalda.

Sí, Ruina creía tener dominada aquella ciudad.

Pero Kelsier… Kelsier conocía bien a ese chico.

Centró su atención en Fantasma mientras el joven, abrumado y al borde de la locura, subía a un estrado frente a una multitud. Ruina lo había guiado hasta allí disfrazándose con la forma de Kelsier. Intentaba hacer un inquisidor del chico, y al mismo tiempo conseguir que la ciudad estallara en revueltas y disturbios.

Pero sus actos en la ciudad eran los mismos que estaba llevando a cabo en muchos otros lugares. Tenía la atención demasiado dividida, enfocada solo de verdad en Fadrex. Trabajaba en Urteau, pero no le daba prioridad. Ya había puesto en marcha sus planes, arruinar la esperanza de esa gente y arrasar su ciudad. Lo único que faltaba era que un chico confundido cometiera un asesinato.

Fantasma estaba sobre el estrado, dispuesto a matar ante la muchedumbre. Kelsier envió su atención hacia él en una voluta de bruma, cuidadosa, sigilosa. Era el temblor de los tablones bajo los pies de Fantasma, era el aire que se respiraba, era la llama y el fuego.

Ruina estaba allí, rabioso, exigiendo que Fantasma asesinara. No mostraba su personalidad contenida y sonriente, sino una forma más pura, más basta, de su poder. Aquel fragmento de él gozaba de escasa atención por parte de Ruina, y no contaba con su poder completo.

No reparó en Kelsier mientras este se apartaba del poder, revelaba su propia alma y la acercaba a Fantasma. Allí estaban las líneas, los lazos de la confianza, la familiaridad y la Conexión. Lo raro era que las veía incluso más fuertes con Fantasma de lo que habían sido con Marsh y con Vin. ¿Por qué sería?

Ahora debes matarla, dijo Ruina a Fantasma.

Por debajo de esa Rabia, Kelsier susurró al alma rota de Fantasma: Ten esperanza.

¿Quieres el poder, Fantasma?, atronó Ruina. ¿Quieres ser mejor alomante? Bien, el poder debe venir de alguna parte. Nunca es gratis. Esta mujer es una lanzamonedas. Mátala, y podrás tener su capacidad. Yo mismo te la daré.

Ten esperanza, dijo Kelsier.

Se alternaron. Mata. Ruina enviaba impresiones, palabras. Asesina, destruye. Arruina.

Ten esperanza.

Fantasma se llevó la mano al metal que tenía en el pecho.

¡No!, gritó Ruina, sonando sorprendido. Fantasma, ¿quieres volver a ser normal? ¿Quieres volver a ser inútil? ¡Perderás tu peltre y volverás a ser débil, como cuando dejaste morir a tu tío!

Fantasma miró a Ruina, crispó el gesto, cortó la carne de su pecho y liberó el trozo de metal.

Ten esperanza.

Ruina chilló, incrédulo, mientras su forma se desdibujaba y las patas de araña rasgaban como lanzas su disfraz roto. La destrucción emanó de la figura y se convirtió en una neblina negra.

Fantasma se desplomó sobre la plataforma, primero de rodillas y luego cayendo hacia delante. Kelsier se arrodilló a su lado y lo sostuvo, atrayendo de nuevo hacia sí el poder de Conservación.

—Ay, Fantasma —susurró—. Pobrecito mío.

Podía sentir el espíritu del joven chisporroteando. Roto. Agrietado hasta su mismo núcleo. Los pensamientos del chico flotaron hacia Kelsier. Pensamientos sobre la mujer que amaba, Beldre. Pensamientos sobre sus propios fracasos. Pensamientos confusos.

En el fondo, el chico había seguido a Ruina porque anhelaba con desespero que Kelsier lo guiara. Se había esforzado mucho para ser él mismo como Kelsier.

A Kelsier le retorció las entrañas ver la fe que tenía aquel joven. Fe en él. En Kelsier, el Superviviente.

Un dios falso.

—Fantasma —susurró Kelsier, tocando de nuevo el alma de Fantasma con la propia. Se atragantó con las palabras, pero las obligó a salir—. Fantasma, la ciudad de Beldre está ardiendo.

Fantasma estaba temblando.

—Miles de personas morirán en los incendios —susurró Kelsier. Tocó la mejilla del chico—. Fantasma, ¿quieres ser como yo? ¿Como yo de verdad? ¡Entonces lucha cuando estés derrotado!

Kelsier alzó la mirada a la retorcida forma espiral de Ruina, furiosa. Estaba desviando más de su atención en aquella dirección. No tardaría en expulsar a Kelsier.

Derrotarlo allí era solo una pequeña victoria, pero también una demostración. Era posible resistirse a esa cosa. Fantasma lo había hecho.

Y volvería a hacerlo.

Kelsier miró al niño que tenía entre sus brazos. No, ya no era un niño. Se abrió a Fantasma y pronunció una sola y todopoderosa orden:

—¡Sobrevive!

Fantasma chilló, quemando su metal, despertándose a sí mismo a la lucidez. Kelsier se levantó, triunfante. Fantasma se obligó a ponerse de rodillas, a reforzar su espíritu.

—Todo lo que hagas —dijo Ruina a Kelsier, como si lo viera por primera vez— voy a contrarrestarlo.

La fuerza de destrucción estalló, enviando zarcillos de oscuridad por toda la ciudad. No expulsó a Kelsier, que no estuvo seguro de si era porque aún tenía la atención demasiado puesta en otro lugar o porque le daba igual que Kelsier se quedara a presenciar el final de aquella ciudad.

Fuego. Muerte. Kelsier tuvo una fugaz visión de lo que planeaba la cosa: arrasar la ciudad, destruir toda señal del fracaso de Ruina. Acabar con todos sus habitantes.

Fantasma ya estaba moviéndose, dirigiéndose a la gente que lo rodeaba, dando órdenes como si fuese el lord Legislador en persona. ¿Y ese de ahí no sería…?

¡Sazed!

Kelsier sintió una reconfortante calidez al ver al callado terrisano acercándose a Fantasma. Sazed siempre tenía respuestas. Pero Kelsier lo encontró macilento, perdido, exhausto.

—Oh, amigo mío —susurró Kelsier—. ¿Qué te ha hecho?

El grupo corrió a obedecer las órdenes de Fantasma, que los siguió más despacio calle abajo. Kelsier veía los filamentos del futuro, en el Reino Espiritual. Impregnados de oscuridad, representando una ciudad destruida. Cada vez menos posibilidades.

Pero seguían quedando unas pocas líneas de luz. Sí, todavía era posible. Primero, el chico tenía que salvar su ciudad.

—Fantasma —dijo Kelsier, mientras se creaba un cuerpo de poder que habitar.

No podía verlo nadie, pero daba igual. Ajustó su paso al de Fantasma, que prácticamente avanzaba a sacudidas, moviendo un pie tras otro sin desplazarse apenas.

—Sigue moviéndote —lo animó Kelsier.

Podía sentir el dolor del hombre, su angustia, su confusión. Su fe apaleada. Y sin saber por qué, a través de la Conexión, Kelsier podía hablar con él como no había sido capaz de hacer con los demás.

Kelsier fue partícipe del agotamiento de Fantasma en cada paso tembloroso, agónico. Le susurró las palabras una y otra vez. «Sigue moviéndote». Se convirtió en un mantra. La joven amiga de Fantasma llegó para ayudarlo. Kelsier siguió caminando a su otro lado. «Sigue moviéndote».

Por suerte, lo hizo. El agotado joven se las ingenió para llegar renqueando a un edificio en llamas. Se detuvo fuera, en el lugar al que Sazed se había visto obligado a retirarse. Kelsier les leyó el estado de ánimo en los hombros decaídos y el miedo de sus ojos, que reflejaban las llamas. Oyó sus pensamientos, que surgían de ellos en latidos, quedos y asustados.

La ciudad estaba condenada y lo sabían.

Fantasma permitió que se lo llevaran más lejos del fuego. Del chico salieron emociones, recuerdos, ideas.

«A Kelsier no le importaba —pensó Fantasma—. No pensaba en mí. Se acordó de los demás, pero no de mí. Les dio trabajos que hacer. Yo no le importaba en absoluto».

—Te di nombre, Fantasma —susurró Kelsier—. Fuiste mi amigo. ¿No es eso suficiente?

Fantasma se detuvo en seco, tirando de los brazos que lo agarraban.

—Lo siento —dijo Kelsier, sollozando—. Lamento lo que tienes que hacer. Superviviente.

Fantasma se zafó de los brazos de los demás. Y mientras Ruina rabiaba en el cielo, chisporroteando y dando chillidos, dedicando por fin más de su atención para empezar a apartar a Kelsier, aquel joven se internó en las llamas.

Y salvó la ciudad.

6

Kelsier estaba sentado en un extraño campo verde. Había hierba verde por todas partes. Qué rara. Qué hermosa.

Fantasma se acercó y tomó asiento a su lado. El chico se quitó la venda de los ojos, negó con la cabeza y se pasó las manos por el cabello.

—¿Qué es esto?

—Medio sueño —respondió Kelsier, cortando una brizna de hierba para masticarla.

—¿Medio sueño? —dijo Fantasma.

—Estás casi muerto, chaval —dijo Kelsier—. Te has destrozado el espíritu a base de bien. Tiene un montón de grietas. —Sonrió—. Por eso pude entrar.

Pero no era solo eso. Aquel joven era especial. O como mínimo, la relación que tenían era especial. Fantasma creía en él como nadie más había creído.

Kelsier meditó sobre aquello mientras arrancaba otra brizna de hierba y se la metía en la boca.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Fantasma.

—Tiene una pinta rarísima —comentó Kelsier—. La que Mare siempre dijo que tendría.

—¿Así que te la estás comiendo?

—La mastico, más que otra cosa —dijo Kelsier, y escupió la hierba a un lado—. Tenía curiosidad.

Fantasma tomó una bocanada de aire y la expulsó con fuerza.

—No importa. Nada de esto tiene importancia. No eres real.

—Bueno, eso es correcto en parte —repuso Kelsier—. No soy real del todo. No lo he sido desde que morí. Pero en fin, ahora también soy un dios, creo. Es complicado.

Fantasma lo miró, frunciendo el ceño.

—Necesitaba a alguien con quien charlar —dijo Kelsier—. Te necesitaba a ti. A alguien que estuviera agrietado, pero que se hubiera resistido a él.

—Al otro tú.

Kelsier asintió con la cabeza.

—Siempre fuiste muy brusco, Kelsier —dijo Fantasma, con la mirada perdida en la extensión de campos verdes—. Te notaba que, en el fondo, odiabas de verdad a la nobleza. Creía que ese odio era lo que te volvía tan fuerte.

—Fuerte como el tejido cicatrizal —susurró Kelsier—. Funcional, pero rígido. Es una fuerza que habría preferido que tú nunca necesitaras.

Fantasma asintió, al parecer comprendiendo.

—Estoy orgulloso de ti, chico —dijo Kelsier, dándole un puñetazo cariñoso en el brazo.

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