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El sistema de Scadrial » Nacidos de la bruma: historia secreta
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—Casi lo eché todo a perder —respondió él, con la mirada gacha.
—Fantasma, si supieras la de veces que yo he estado a punto de destruir una ciudad, te daría vergüenza hablar así. ¡Pero si casi no rompiste nada de ese sitio! Han extinguido los incendios y rescatado a casi toda la población. Eres un héroe.
Fantasma alzó la mirada, sonriendo.
—El asunto es este, chaval —dijo Kelsier—. Vin no lo sabe.
—¿No sabe qué?
—Los clavos, Fantasma. Yo no puedo hacerle llegar el mensaje, pero debe saberlo. Y Fantasma, ella… ella también tiene la carne atravesada.
—¡Lord Legislador! —susurró Fantasma—. ¿Vin?
Kelsier asintió.
—Escúchame. Vas a despertar pronto. Necesito que recuerdes esta parte, aunque olvides todo lo demás del sueño. Cuando llegue el final, lleva a la gente bajo tierra. Envía un mensaje a Vin. Raya el mensaje en metal, porque no se puede confiar en nada que no sea de metal.
»Vin tiene que saber de Ruina y sus falsos rostros. Tiene que saber de los clavos, que el metal enterrado en una persona permite a Ruina susurrarles. Recuérdalo, Fantasma. ¡No confíes en nadie perforado por metal! Incluso el trozo más pequeño puede manchar a un hombre.
Fantasma empezó a ponerse borroso, a despertar.
—Recuérdalo —dijo Kelsier—. Vin está escuchando a Ruina. No sabe en quién confiar, y por eso debes enviar ese mensaje, Fantasma. Las piezas de todo este asunto están girando en el aire, arrojadas al viento. Tienes una pista que nadie más tiene. Hazla volar por mí.
Fantasma asintió mientras despertaba.
—Buen chico —susurró Kelsier, sonriendo—. Hiciste bien, Fantasma. Estoy orgulloso de ti.
7

Un hombre partió de Urteau, desafiando la bruma y la ceniza, emprendiendo el largo trayecto hacia Luthadel.
Kelsier no conocía en persona a aquel hombre, Goradel. Sin embargo, el poder lo conocía. Sabía que se había alistado en la guardia del lord Legislador de joven, para procurar una vida mejor a sí mismo y a su familia. Era un hombre al que Kelsier, de haber tenido ocasión, habría matado sin piedad.
Y ahora quizá Goradel salvara el mundo. Kelsier se elevó por los aires tras él, sintiendo crecer la anticipación de la bruma. Goradel transportaba una lámina de metal que contenía el secreto.
Ruina se extendía por el territorio como una sombra, dominando a Kelsier. Rio al ver cómo Goradel se abría paso con esfuerzo entre la ceniza, amontonada hasta la altura de la nieve en las montañas.
—Oh, Kelsier —dijo Ruina—. ¿Es lo mejor que puedes hacer? ¿Todo ese trabajo con el chico de Urteau, para esto?
Kelsier gruñó mientras unos zarcillos del poder de Ruina buscaban un par de manos y lo llamaban. En el mundo real transcurrieron horas, pero a ojos de los dioses el tiempo era mutable. Fluía como deseaban que fluyera.
—¿Alguna vez hiciste trucos de cartas, Ruina? —preguntó Kelsier—. Cuando eras un hombre normal, digo.
—Nunca fui un hombre normal —dijo Ruina—. No era sino un Recipiente esperando mi poder.
—¿Y qué hacía ese Recipiente para pasar el rato? —preguntó Kelsier—. ¿Trucos de cartas?
—Por supuesto que no —respondió Ruina—. Era mucho mejor hombre.
Kelsier gimió mientras llegaba por fin el par de manos de Ruina, volando alto a través de la lluvia de ceniza. Era un hombre con clavos en los ojos y los ojos retraídos en una sonrisa despectiva.
—A mí de niño se me daban bastante bien los trucos de cartas —dijo Kelsier en voz baja—. Mis primeras estafas fueron con cartas. No hacía triles, ojo, porque eran demasiado sencillos. Me gustaban más los trucos en los que solo estabais tú, una baraja de cartas y un objetivo que vigilaba todos tus movimientos.
Por debajo, Marsh forcejeó con el desdichado Goradel y terminó dándole muerte. Kelsier hizo una mueca de dolor al ver que su hermano no solo asesinaba al capitán, sino que se deleitaba con la matanza, presa de la locura con que lo había mancillado Ruina. Kelsier se sorprendió al ver que Ruina actuaba para contenerlo, como si por un momento hubiera perdido el control sobre Marsh.
Ruina se preocupó de no dejar que Kelsier se acercara demasiado. Ni siquiera pudo aproximarse lo suficiente para oír los pensamientos de su hermano. Ruina rio mientras, empapado de sangre, Marsh por fin recuperó la carta que había enviado Fantasma.
—Te crees muy listo, Kelsier —dijo Ruina—. Palabras en metal. Yo no puedo leerlas, pero mi peón sí.
Kelsier descendió mientras Marsh palpaba la lámina que Fantasma había ordenado tallar y leía las palabras en voz alta a Ruina. Kelsier creó un cuerpo para sí mismo y se arrodilló en la ceniza, encorvado, derrotado.
Ruina cobró forma a su lado.
—No pasa nada, Kelsier. Así es como tenían que resultar las cosas. ¡Para eso se crearon! No llores las muertes que se avecinan. Celebra las vidas que han tenido.
Dio una palmadita a Kelsier y se evaporó. Marsh se puso de pie sin mucha gracia, con ceniza pegada en la sangre todavía húmeda que tenía en la ropa y la cara. Luego saltó en pos de Ruina, siguiendo la llamada de su amo. El final ya se acercaba deprisa.
Kelsier se arrodilló junto al cadáver del hombre caído, que poco a poco quedaba cubierto de ceniza. Vin le había perdonado la vida y Kelsier había hecho que lo mataran de todos modos. Pasó su atención al Reino Cognitivo, donde el espíritu del hombre había topado con aquel lugar de bruma y sombras y estaba mirando hacia el cielo.
Kelsier se acercó y cogió la mano del hombre entre las suyas.
—Gracias —le dijo—. Y lo siento.
—He fracasado —dijo Goradel mientras empezaba a extenderse.
A Kelsier le dolió en el alma, pero no se atrevió a contradecir al hombre. «Perdóname».
Y ahora, a no hacer ruido. Kelsier se permitió expandirse de nuevo, dispersarse. Dejó de intentar detener la influencia de Ruina. Al retirarse, constató que sí que había ayudado un poquito. Había contenido algunos terremotos y ralentizado el flujo de la lava. Eran cambios insignificantes, pero al menos había hecho algo.
Paró de hacerlo y dejó vía libre a Ruina. El final se aceleró, retorciéndose en torno a los movimientos de una joven que regresaba a Luthadel con el advenimiento de una tempestad.
Kelsier cerró los ojos y sintió que el mundo guardaba silencio, como si la misma tierra contuviese la respiración. Vin luchó, danzó y se obligó a alcanzar el límite de sus capacidades y a superarlo. Resistió contra la fuerza de inquisidores que había reunido Ruina y luchó con tanta majestad que dejó patidifuso a Kelsier. Era mejor que el inquisidor contra el que había combatido él, era mejor que cualquier persona que hubiera conocido. Era mejor que el propio Kelsier.
Por desgracia, contra un destacamento entero de inquisidores, no bastó ni por asomo.
Kelsier se obligó a no actuar. Y demonios, cuánto costaba. Permitió que Ruina reinara, permitió que sus inquisidores redujeran a Vin. La lucha terminó demasiado pronto, con Vin herida y derrotada, a merced de Marsh.
Ruina se acercó y le susurró: ¿Dónde está el atium, Vin? ¿Qué sabes de él?
¿Atium? Kelsier se aproximó mientras Marsh se arrodillaba junto a Vin y se preparaba para hacerle daño. Atium. ¿Por qué?
Y entonces todo encajó. Ruina tampoco estaba completo. Allí, en la ciudad rota de Luthadel, bañada por la lluvia, atascada de ceniza, con inquisidores que la vigilaban con los inexpresivos clavos de sus ojos, Kelsier lo comprendió.
El plan de Conservación. ¡Podía funcionar!
Marsh partió el brazo de Vin y sonrió.
«Ahora».
Kelsier golpeó a Ruina con toda la fuerza de su poder. No era mucho, y su control sobre él era deficiente. Pero era inesperado y atrajo la atención de Ruina. Los poderes chocaron y la fricción, la oposición, hizo que rechinaran.
El dolor inundó a Kelsier. El suelo tembló por toda la ciudad.
—Kelsier, Kelsier —dijo Ruina.
Por debajo, Marsh rio.
—¿Sabes por qué siempre me salían bien los trucos de cartas, Ruina? —preguntó Kelsier.
—Va, por favor —replicó su adversario—. ¿Tiene importancia?
—Es porque siempre podía —dijo Kelsier con un gruñido de dolor, tensando su poder—. Obligar. A la gente a escoger. La carta que yo quisiera.
Ruina vaciló y miró hacia abajo. La carta, entregada por Goradel no a Vin sino a Marsh, cumplió su función.
Marsh arrancó el pendiente de la oreja de Vin.
El mundo se congeló. Ruina, inmenso e inmortal, miró con total y absoluto horror.
—Elegiste a quien no debías de entre nosotros para convertirlo en tu inquisidor, Ruina —siseó Kelsier—. No debiste escoger al hermano bondadoso. Marsh siempre tuvo la fea costumbre de hacer lo correcto en vez de lo conveniente.
Ruina dedicó su plena e increíble atención a Kelsier, que sonrió. Al parecer, los dioses también podían caer en la típica estafa del despiste.
Vin recurrió a las brumas y Kelsier sintió como tiritaba de ansia el poder en su interior. Para eso se habían creado, ese era su propósito. Percibió el anhelo de Vin y oyó su pregunta. ¿Dónde había sentido aquel poder antes?
Kelsier se estrelló contra Ruina, haciendo impactar los poderes y exponiendo su alma. Su oscura y vapuleada alma.
—El poder procedía del Pozo de la Ascensión, por supuesto —dijo Kelsier a Vin—. Después de todo, es el mismo poder. Sólido en el metal que le diste a Elend. Líquido en la charca que quemaste. Y vapor en el aire confinado a la noche. Ocultándote. Protegiéndote…
Kelsier respiró hondo. Sintió que le arrancaban la energía de Conservación. Sintió la furia de Ruina aporreándolo, fustigándolo, voraz en su ansia de destruirlo. Durante un último momento, sintió el mundo. La lluvia de ceniza más lejana, los habitantes del lejano sur, los rizos del viento y la vida esforzándose, forcejeando, por continuar sobre el planeta.
Entonces Kelsier hizo lo más difícil que había hecho jamás.
—¡Dándote poder! —rugió a Vin, liberando la esencia de Conservación para que pudiera tomarla ella.
Vin absorbió la bruma.
Y Ruina descargó toda su furia contra Kelsier, lo aplastó, le rasgó el alma. Lo destrozó.
8

Kelsier se hizo pedazos con un dolor desgarrador y penetrante, como el de un hueso al dislocarse. Cayó, incapaz de ver y de pensar, incapaz de hacer nada aparte de chillar a su atacante.
Terminó en algún lugar rodeado de bruma, ciego a todo lo que no fuera su movimiento. ¿Muerto de verdad, en esa ocasión? No, pero tampoco le faltaba mucho. Sentía que volvía a acosarlo aquel estiramiento tan persuasivo que intentaba arrastrarlo a aquel punto lejano donde había ido todo lo demás.
Quería ir. Le dolía muchísimo. Quería que aquello terminara, que desapareciera. Todo. Solo quería que parara.
Había sentido antes la misma desesperación, en los Pozos de Hathsin. Ya no tenía la voz de Conservación para guiarlo como entonces, pero, llorando y temblando, hundió las manos en el terreno brumoso y se agarró. Se aferró a la bruma, negándose a partir. Negando la fuerza que lo llamaba, que le prometía la paz y un final.
Al cabo de un tiempo, la presión remitió y la sensación de estiramiento fue perdiendo fuelle. Había ostentado el poder de la divinidad. La muerte definitiva no podía reclamarlo a menos que él quisiera.
O a menos que lo destruyeran por completo. Se estremeció entre la bruma, agradecido por su abrazo pero dudando todavía de dónde estaba y de por qué Ruina no había terminado el trabajo. Pretendía acabar con él, eso lo había sentido. Por suerte, la destrucción de Kelsier había pasado a ser secundaria ante la aparición de una nueva amenaza.
Vin. ¡Lo había logrado! ¡Había Ascendido!
Con un gemido, Kelsier se levantó y descubrió que el ataque de Ruina lo había golpeado con tanta fuerza que lo había hundido mucho en el terreno mullido y brumoso del Reino Cognitivo. Pudo izarse a la superficie, con dificultades, y allí se derrumbó. Su alma estaba deformada, aplastada, como un cuerpo sobre el que hubiera caído un peñasco. Perdía humo negro por un millar de agujeros.
Mientras estaba allí tendido, su alma se recompuso poco a poco, y el dolor por fin desapareció. Había pasado tiempo. No sabía cuánto, pero habían sido horas y más horas. Ya no estaba en Luthadel. Descender, y que luego lo machacara el poder de Ruina, había arrojado su alma lejos de la ciudad.
Parpadeó sobre unos ojos fantasmales. Por encima de su cabeza, el cielo era una tempestad de zarcillos blancos y negros, como nubes atacándose entre sí. En la lejanía oyó algo que hizo temblar todo el reino. Se obligó a ponerse en pie y caminó hasta coronar una colina desde la que vio, por debajo, a siluetas de luz enzarzadas en combate. Una batalla de hombres contra koloss.
El plan de Conservación. Kelsier lo había visto, lo había comprendido en esos últimos instantes. El cuerpo de Ruina era atium. El plan consistía en crear algo especial y novedoso, personas que pudieran quemar el cuerpo de Ruina en un intento de librarse de él.
Por debajo, los hombres luchaban por sus vidas, y Kelsier vio cómo trascendían el Reino Físico por el cuerpo del dios que estaban quemando. Por encima, Ruina y Conservación se enfrentaban uno al otro. Vin lo hacía mucho mejor de lo que Kelsier había sido capaz: contaba con el poder pleno de la bruma, y además había algo natural en su forma de blandir aquel poder.
Kelsier se sacudió el polvo y se ajustó la ropa. Volvía a llevar la misma camisa y los pantalones de cuando había luchado contra el inquisidor, hacía mucho tiempo. ¿Qué había pasado con su morral y el cuchillo que le había regalado Nazh? Los había perdido en algún lugar de los interminables campos de ceniza entre donde estaba y Fadrex.
Cruzó el campo de batalla, apartándose de los enfurecidos koloss y de los hombres trascendentes que podían ver en el Reino Espiritual, aunque fuese con muchas limitaciones.
Kelsier llegó a la cima de una colina y se detuvo. Sobre otra colina más allá, lejano pero no tanto como para no poder distinguirlo, Elend Venture se alzaba sobre una pila de cadáveres, combatiendo contra Marsh. Vin flotaba por encima, extendida e increíble, una figura de refulgente luz e impresionante poder, como una inspiración para el sol y las nubes.
Elend Venture alzó una mano y entonces la luz explotó desde su cuerpo. Surgieron de él líneas blancas en todas las direcciones, líneas que lo perforaron todo. Líneas que lo conectaron con Kelsier, con el futuro y con el pasado.
«Lo está viendo por completo —pensó Kelsier—. Ese lugar entre momentos».
Elend terminó con una espada en el cuello de Marsh y miró directamente a Kelsier, trascendiendo los tres reinos.
Marsh clavó un hacha en el pecho de Elend.
—¡No! —gritó Kelsier—. ¡No!
Descendió trastabillando por la ladera y corrió hacia Elend. Trepó sobre cadáveres, sombríos en aquel lado, y se afanó en llegar al lugar donde había muerto Venture.
Aún no había llegado cuando Marsh decapitó a Elend.
«Oh, Vin, lo siento».
La atención plena de Vin cayó sobre el hombre derribado. Kelsier se detuvo, entumecido. Vin estallaría en rabia. Vin perdería el control. Vin…
¿Se alzaría gloriosa?
Contempló asombrado cómo Vin reunía su fuerza. No había odio en la vibración que emitía su cuerpo, calmándolo todo. Por encima de ella, Ruina reía, de nuevo dando por sentado que lo sabía todo. La risa se interrumpió cuando Vin se alzó contra él como una arrebatadora y radiante lanza de energía, controlada, amorosa, compasiva pero absolutamente inexorable.
Kelsier supo entonces por qué había tenido que ser ella, y no él, quien hiciera aquello.
Vin estrelló su poder contra el de Ruina, asfixiándolo. Kelsier alcanzó la cima de la colina y los observó, sintiendo una familiaridad con ese poder, una cercanía que lo reconfortó por dentro mientras Vin llevaba a cabo el acto definitivo de heroísmo.
Llevó la destrucción al destructor.
Terminó con una erupción de luz. Del cielo cayeron flotando volutas de bruma, tanto oscura como blanca. Kelsier sonrió, sabiendo que por fin había terminado todo. De pronto, las brumas se arremolinaron formando dos columnas gemelas, de una altura imposible. Los poderes habían sido liberados. Se estremecieron, inseguros, como una tormenta en ciernes.
«Nadie los ha tomado…».
Kelsier extendió un brazo, tímido, tembloroso. Podía…
El espíritu de Elend Venture llegó de sopetón al Reino Cognitivo junto a él, tropezó y cayó al suelo. El chico gimió, y Kelsier le dedicó una amplia sonrisa.
Elend parpadeó mientras Kelsier le tendía una mano.
—Siempre imaginé que al morir me recibirían todas las personas a las que amé en vida —dijo Elend, dejando que Kelsier lo ayudara a levantarse—. Nunca creí que entre ellas estarías tú.
—Tienes que prestar más atención, chaval —repuso Kelsier, mirándolo de arriba abajo—. Bonito uniforme. ¿Pediste a los sastres que te hicieran parecer una imitación barata del lord Legislador o es por casualidad?
Elend parpadeó de nuevo.
—Vaya. No ha pasado ni un minuto y ya te odio.
—Déjale tiempo —dijo Kelsier, dándole una palmada en la espalda—. Para la mayoría, termina reduciéndose a leve irritación.
Miró el poder que seguía fluyendo en torno a ellos y luego frunció el ceño cuando una figura hecha de refulgente luz cruzó el campo a la carrera. Su silueta le era conocida. Llegó hasta el cadáver de Vin, que había caído al suelo.
—Sazed —susurró Kelsier, y lo tocó.
No estaba preparado para la oleada de emociones que le provocó ver a su amigo en el estado en que se hallaba. Sazed estaba asustado. Incrédulo. Destrozado. Ruina había muerto, pero aun así el mundo tocaba a su fin. Sazed había creído que Vin los salvaría a todos. A decir verdad, lo mismo había creído Kelsier.
Pero parecía que aún quedaba otro secreto.
—Es él —susurró Kelsier—. Él es el Héroe.
Elend Venture apoyó una mano en el hombro de Kelsier.
—Tienes que prestar más atención —le dijo—, chaval.
Apartó a Kelsier mientras Sazed alcanzaba los dos poderes, uno con cada mano.
Kelsier se quedó maravillado al ver cómo se combinaban. Siempre había considerado aquellos poderes como opuestos, pero mientras se arremolinaban en torno a Sazed, parecía que en realidad se pertenecían uno al otro.
—¿Cómo puede ser? —susurró—. ¿Cómo puede estar Conectado con los dos tan equitativamente? ¿Por qué no solo Conservación?
—Sazed ha cambiado este último año —dijo Elend—. Ruina es más que muerte y destrucción. Es la paz con ambas cosas.
La transformación siguió su curso, pero por impresionante que resultara, otra cosa llamó la atención de Kelsier. Una concentración de energía cerca de él, en la cima de la colina. Compuso la forma de una mujer joven que llegó con elegancia al Reino Cognitivo. No dio ni un leve traspiés, lo que era al mismo tiempo adecuado e injusto hasta decir basta.
Vin miró a Kelsier y sonrió. Fue una sonrisa cálida y acogedora. Una sonrisa de gozo y aceptación que lo llenó de orgullo. Cómo deseó haberla encontrado antes, cuando Mare aún vivía. Cuando Vin había necesitado unos padres.
Vin fue primero hacia Elend y lo envolvió en un largo abrazo. Kelsier echó un vistazo a Sazed, que estaba expandiéndose para transformarse en todo. En fin, se alegraba por él. Era un trabajo difícil, que dejaría a Sazed con mucho gusto.
Elend señaló a Kelsier con la cabeza y Vin fue hacia él.
—Kelsier —le dijo—. Oh, Kelsier. Siempre escribiste tus propias normas.
Vacilante, Kelsier no la abrazó. Extendió la mano, sintiendo una extraña reverencia. Vin la cogió y plegó las puntas de los dedos sobre su palma.
Cerca de ellos se había condensado otra figura a partir del poder, pero Kelsier no hizo caso al hombre. Dio otro paso hacia Vin.
—Yo…
¿Qué iba a decirle? Diablos, no lo sabía.
Por una vez, no lo sabía.
Vin lo abrazó y Kelsier se descubrió sollozando. La niña que nunca tuvo, la pequeña chica de la calle. Aunque seguía siendo menuda, había crecido más que él. Y la amaba de todas formas. Apretó con fuerza a su hija contra su propia alma rota.
—Lo has logrado —susurró por fin—. Has conseguido lo que nadie más podría haber hecho. Has renunciado a ti misma.
—Bueno —dijo ella—, tuve un buen ejemplo, ¿sabes?
Kelsier la apretó de nuevo contra él y la sostuvo un momento más. Por desgracia, al final tuvo que soltarla.
Ruina estaba allí cerca, parpadeando. O más bien… No, ya no era Ruina. Era solo el Recipiente, Ati. El hombre que había tenido el poder. Ati se pasó la mano por el pelo rojizo y miró a su alrededor.
—¿Vax? —se preguntó, con tono confuso.
—Discúlpame —dijo Kelsier a Vin, antes de soltarla y llegar al trote hasta el pelirrojo.
Momento en el cual atizó al hombre un puñetazo en la cara que lo tumbó cuan largo era.
—Excelente —dijo Kelsier, sacudiendo la mano.
A sus pies, el hombre lo miró y luego cerró los ojos, suspiró y se extendió hacia la eternidad.
Kelsier regresó con los otros, pasando junto a una figura con túnica terrisana que tenía las manos entrelazadas por delante, cubiertas por amplias mangas.
—Oye —dijo Kelsier, y miró al cielo y a la figura que brillaba allí—. ¿Tú no eres…?
—Parte de mí lo es —respondió Sazed. Miró a Vin y Elend y extendió las manos, una hacia cada uno de ellos—. Gracias a los dos por este nuevo principio. He sanado vuestros cuerpos. Podéis regresar a ellos, si queréis.
Vin miró a Elend. Para horror de Kelsier, el chico había empezado a estirarse. Se volvió hacia algo que Kelsier no logró ver, algo en el Más Allá, y con una sonrisa dio un paso en esa dirección.
—No creo que funcione así, Saze —dijo Vin, y le dio un beso en la mejilla—. Gracias.
Se volvió, cogió la mano de Elend y empezó a extenderse hacia aquel punto lejano e invisible.
—¡Vin! —gritó Kelsier, agarrándole la otra mano y apretando—. No, Vin. Has poseído el poder. No tienes por qué irte.
—Lo sé —dijo ella, girando la cabeza para mirarlo.
—Por favor —insistió Kelsier—, no te vayas. Quédate. Conmigo.
—Ah, Kelsier —dijo Vin—. Tienes mucho que aprender sobre el amor, ¿no es así?
—Conozco el amor, Vin. Todo lo que he hecho, la caída del imperio, el poder al que renuncié, era todo por amor.
Ella sonrió.
—Kelsier, eres un gran hombre y deberías estar orgulloso de lo que has hecho. Y es cierto que amas. Sé que lo haces. Pero al mismo tiempo, no creo que lo comprendas.
Pasó su mirada a Elend, que ya se desvanecía. Solo quedaba visible su mano, en la de ella.
—Gracias, Kelsier —susurró Vin, volviendo a mirarlo—, por todo lo que has hecho. Tu sacrificio fue asombroso. Pero para hacer las cosas que has tenido que hacer, para defender el mundo, tuviste que transformarte en algo. En algo que me preocupa.
»Una vez, me diste una lección sobre la amistad. Tengo que devolverte esa lección, como un último regalo. Tienes que saberlo, tienes que preguntártelo. ¿Cuánto de lo que has hecho era por amor y cuánto por demostrar algo? ¿Que no te habían traicionado, superado, derrotado? ¿Puedes dar una respuesta sincera, Kelsier?
Kelsier la miró a los ojos y vio la pregunta implícita en sus palabras: «¿Cuánto de todo ello fue por nosotros —estaba diciendo—, y cuánto fue por ti?».
—No lo sé —le dijo Kelsier.
Vin le apretó la mano y le dedicó una sonrisa, la sonrisa que nunca había sido capaz de componer cuando la encontró al principio de todo.
Eso, más que nada, hizo que se sintiera orgulloso de ella.
—Gracias —susurró Vin de nuevo.
Entonces le soltó la mano y siguió a Elend al Más Allá.
9

La tierra tembló y crujió al morir y renacer.
Kelsier la recorrió con las manos metidas en los bolsillos. Se dio un paseo por el fin del mundo mientras el poder salpicaba en todas las direcciones y le otorgaba visiones de los tres reinos.
Ardían fuegos en los cielos. Las rocas se estrellaban entre ellas y volvían a separarse. Los océanos bullían, y su vapor se convirtió en una nueva bruma en el aire.
Y Kelsier siguió andando. Caminó como si sus pies pudieran llevarlo de un mundo al siguiente, de una vida a la siguiente. No se sentía abandonado, pero sí solo. Como si fuese el único hombre que quedaba en todo el mundo, el último testigo de las eras.
La ceniza se consumió por una tierra de piedras hechas líquido. Las montañas se alzaron del suelo detrás de Kelsier, al ritmo de sus pisadas. Los ríos fluyeron desde las alturas y los océanos se llenaron. La vida surgió, los árboles brotaron y se alzaron hacia el cielo, componiendo un bosque a su alrededor. Luego el bosque pasó y Kelsier llegó a un desierto que se secaba deprisa, a una arena que hervía desde las profundidades de la tierra a medida que Sazed la creaba.
Cruzó una docena de paisajes distintos en un parpadeo. La tierra creció en su estela, en su sombra. Kelsier por fin se detuvo en una espaciosa meseta alta que dominaba un nuevo mundo, con los vientos de tres reinos haciendo ondular su ropa. La hierba creció bajo sus pies y entonces se abrieron los capullos. Las flores de Mare.
Kelsier se arrodilló e inclinó la cabeza, tocando una de ellas con las yemas de los dedos.
Sazed apareció a su lado. Poco a poco, la visión que tenía Kelsier del mundo real se desdibujó y lo dejó atrapado de nuevo en el Reino Cognitivo. Todo se convirtió en bruma a su alrededor.
Sazed se sentó junto a él.
—Te seré sincero, Kelsier. Este no era el final que tenía en mente cuando me uní a tu banda.
—El terrisano rebelde —dijo Kelsier. Aunque estaba en el mundo de la bruma, distinguió vagamente unas nubes en el mundo real. Pasaron bajo sus pies y se acumularon en torno al pie de la montaña—. Ya entonces eras una contradicción viviente, Saze. Tendría que haberme dado cuenta.
—No puedo traerlos de vuelta —confesó Sazed con suavidad—. Todavía no, y quizá nunca pueda. El Más Allá es un sitio que no puedo alcanzar.
—No pasa nada —dijo Kelsier—. Hazme un favor. ¿Podrías ver qué puedes hacer por Fantasma? Tiene el cuerpo hecho polvo. Lo forzó demasiado. ¿Qué tal si lo arreglas un poco? Y quizá podrías hacerlo nacido de la bruma, ya puestos. Van a necesitar alomantes en el mundo que llega.
—Me lo pensaré —respondió Sazed.
Se quedaron sentados juntos. Dos amigos al borde del mundo, en el final y el principio de los tiempos. Al cabo de un rato, Sazed se levantó e hizo una inclinación ante Kelsier, un gesto muy reverente para alguien que era una divinidad.
—¿Qué opinas tú, Saze? —preguntó Kelsier, contemplando el mundo—. ¿Hay alguna forma de sacarme de esto, de que vuelva a vivir en el Reino Físico?
Sazed titubeó.
—No, me parece que no.
Dio una palmadita a Kelsier en el hombro y se esfumó.
«Vaya —pensó Kelsier—. Domina los dos poderes de la creación. Es un dios entre dioses. Y aun así, miente fatal».
Epílogo

Fantasma se sentía incómodo viviendo en una mansión mientras todos los demás tenían que contentarse con apenas nada. Pero los demás habían insistido, y además tampoco era mansión muy impresionante. Sí, era una casa de madera de dos plantas, cuando la mayoría vivía en chabolas. Y sí, tenía su propia habitación. Pero era una habitación pequeña y por la noche había humedad. No tenían cristales para las ventanas y, si dejaba abiertos los postigos, entraban insectos.
Aquel mundo nuevo y perfecto tenía una decepcionante abundancia de normalidad.
Bostezó y cerró la puerta. En la habitación había un catre y un escritorio. Nada de velas ni lámparas, porque aún no disponían de los recursos suficientes para poder permitírselas. Tenía la cabeza saturada con las instrucciones de Brisa sobre cómo ser rey, y le dolían los brazos de entrenar con Ham. Beldre esperaría que bajara a cenar pronto.
En la planta de abajo sonó un portazo, y Fantasma se sobresaltó. Seguía esperando que los ruidos fuertes le hicieran más daño en los oídos, e incluso después de tantas semanas, aún no se había acostumbrado a andar por ahí con los ojos descubiertos. En su escritorio, un ayudante había dejado una tablilla —no tenían papel— escrita con carbón, un listado parcial de sus citas del día siguiente. Y al final había una nota rápida.
«Por fin he conseguido que el herrero forje esto según tus instrucciones, aunque era muy reacio a manejar clavos de inquisidor. No sé para qué lo quieres, majestad, pero aquí tienes».
En la base de la tablilla había un pequeño punzón con forma de pendiente. Sin tenerlas todas consigo, Fantasma lo cogió y lo sostuvo en alto. A ver, ¿para qué lo quería? Recordaba algo, susurros en sus sueños. Haz forjar un clavo, un pendiente. Bastará con un clavo viejo de inquisidor. Puedes encontrar uno en las cavernas que había debajo de Kredik Shaw…
¿Había sido un sueño? Se lo pensó un poco y luego, quizá sin hacer caso a su buen juicio, se atravesó la oreja con aquella cosa.
Kelsier apareció en la habitación a su lado.
—¡Ah! —gritó Fantasma, retrocediendo de un salto—. ¡Tú! Estás muerto. Vin te mató. El libro de Saze dice que…
—Tranquilo, chico —dijo Kelsier—. Soy el de verdad.
—Yo… —tartamudeó Fantasma—. Es… ¡Ah!
Kelsier se acercó y pasó un brazo por los hombros de Fantasma.
—Ya sabía yo que esto funcionaría. Ahora tienes las dos cosas, una mente quebrada y un punzón hemalúrgico clavado. Puedes ver lo suficiente en el Reino Cognitivo. Eso significa que podemos trabajar juntos tú y yo.
—Demonios —espetó Fantasma.
—Venga, hombre, no seas así —dijo Kelsier—. El trabajo que tenemos es importante. Crucial. Vamos a desentrañar los misterios del universo. Del Cosmere, como lo llaman.
—¿Qué… qué quieres decir?
Kelsier sonrió.
—Creo que voy a vomitar —dijo Fantasma.
—Eso de ahí fuera es muy, muy grande, chaval —afirmó Kelsier—. Más grande de lo que creí jamás. La ignorancia casi nos costó perderlo todo. No permitiré que eso vuelva a suceder. —Dio un golpecito en la oreja de Fantasma—. Estando muerto, tuve una oportunidad. Mi mente se expandió y aprendí algunas cosas. No estaba concentrado en estos clavos, o creo que podría haberlo deducido todo. Aun así, aprendí lo suficiente para que resultara peligroso, y entre los dos vamos a averiguar el resto.
Fantasma se apartó. ¡Ahora era un hombre independiente! No tenía por qué limitarse a hacer todo lo que dijera Kelsier. Qué narices, ni siquiera sabía si de verdad tenía delante a Kelsier. Ya lo habían engañado antes.
—¿Por qué? —exigió saber—. ¿Por qué debería importarme?
Kelsier se encogió de hombros.
—El lord Legislador era inmortal, ya lo sabes. Combinando los poderes, se las ingenió para volverse incapaz de envejecer, incapaz de morir, en casi cualquier circunstancia. Tú eres nacido de la bruma, Fantasma. Ya tienes la mitad hecha. ¿No sientes curiosidad por saber qué más es posible? O sea, tenemos un pequeño montón de clavos de inquisidor y nada que hacer con ellos…
«Inmortal».
—¿Y tú? —preguntó Fantasma—. ¿Qué sacas tú de esto?
—Nada importante —dijo Kelsier—. Solo una cosilla. Una vez, alguien me explicó cuál es mi problema. Tengo cortado el lazo, lo que me une al mundo físico. —Su sonrisa se ensanchó—. Pues bien, vamos a tener que encontrarme un lazo nuevo.
Nota final
Empecé a planear esta historia mientras escribía la trilogía original. Para entonces, ya había planteado la idea de una «trilogía de trilogías» a mi editor. (Me refiero a la idea de que «Nacidos de la bruma», como serie, cambiaría de época y de nivel tecnológico a medida que el Cosmere maduraba). También sabía que Kelsier tendría un papel importante en futuros libros de la serie.
No me opongo a dejar morir a personajes. De hecho, creo que en todas las series que he escrito ha habido bajas importantes y permanentes entre los personajes principales. Pero al mismo tiempo, era muy consciente de que la historia de Kelsier no había concluido. La persona que era al final del primer volumen había aprendido algunas cosas, pero no había completado su viaje.
Así que, casi desde el principio, empecé a planear la forma de traerlo de vuelta. Salpiqué El Héroe de las Eras de insinuaciones sobre lo que estaba haciendo entre bambalinas, y hasta me las ingenié para colar alguna que otra pista previa aquí y allá. Cuando los lectores me preguntaban, siempre les dejaba muy claro que a Kelsier nunca se le dio muy bien hacer lo que debía.
Sé muy bien que resucitar a personajes es un tropo muy peligroso, cuyo equilibrio todavía estoy aprendiendo. No creo que esta resurrección sea muy controvertida, en parte por todos los presagios que había ido dejando caer. Pero también quiero que la muerte sea un peligro muy real, o una consecuencia muy real, en mis historias.
Dicho esto, Kelsier iba a regresar desde un principio, aunque a veces me debatía entre escribir esta historia o no. Me preocupaba que, si la ponía sobre papel, quedaría muy inconexa, al pasar tanto tiempo y requerir tantas fases en su narración. Empecé a escribirla varios años antes de publicarla por fin, metiendo y quitando escenas aquí y allá.
Después de escribir Brazales de Duelo, me quedó claro que tendría que proporcionar a los lectores una explicación, y cuanto antes, mejor. De modo que me puse a trabajar en esta historia con más ahínco. Al final, estoy muy satisfecho con cómo ha quedado. Es un poco inconexa, como me temía. Sin embargo, la posibilidad de narrar por fin algunas de las historias que transcurren entre bastidores en el Cosmere fue muy satisfactoria, tanto para mí como para mis lectores.
Anticipándome a las preguntas, sí, sé lo que tramarán Kelsier y Fantasma inmediatamente después de esta historia. Y también sé lo que está haciendo Kelsier durante la era de los libros de Wax y Wayne. (Hay algunas insinuaciones en esos libros, igual que en la trilogía original las había sobre esta historia).
No puedo prometer que termine escribiendo Historia secreta II o III. Ya tengo mucho trabajo pendiente. Pero la posibilidad sigue residiendo en el fondo de mi mente.