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Arena blanca

Este extracto de la novela gráfica publicada en 2016
se presenta seguido del principio del borrador,
escrito en 1999, en el que se basó la adaptación gráfica.


















Prólogo

El murmullo del viento acariciaba las dunas inhóspitas, capturando los finos granos de arena entre sus dedos para, a continuación, propulsarlos como millares de diminutos carros de combate a la carga. La arena, al igual que las dunas que esculpía, era blanca como el hueso. La había decolorado la mirada implacable del sol, una mirada que jamás cesaba, pues allí, en el imperio de la arena blanca, el sol jamás se ponía. Pendía inmóvil del cielo, ni ascendiendo ni cayendo, vigilando las dunas como un monarca celoso.
Praxton sentía la mordedura de los granos llevados por el viento en la mejilla. Se puso la capucha de su túnica, pero no pareció servir de mucho. Seguía notando las partículas que atacaban el lado de su rostro como insectos furiosos. Los maestros de arena tendrían que darse prisa: el viento podía azuzar las arenas del Kerla de la inactividad a un huracán en cuestión de minutos.
Había doce personas a poca distancia, ataviadas con túnicas marrones. Tenían las capuchas echadas para protegerse del viento, pero era fácil adivinar por sus figuras menudas que eran niños, apenas en su segunda década de vida. Los niños estaban inquietos, moviendo nerviosos los pies mientras el viento azotaba sus túnicas. Sabían lo importante que era aquel día. No alcanzaban a entenderlo igual que Praxton, no podían saber cuántas veces iban a recordar aquel acontecimiento, en qué medida los resultados de la prueba marcarían el rumbo de sus vidas. Aun así, eran capaces de intuir la trascendencia de lo que estaba a punto de suceder.
Obedeciendo a un mastrell de túnica blanca, los chicos sacaron unos saquitos de tela de sus túnicas. Praxton los observó con rostro adusto, el que solía poner, presidiendo la ceremonia como mastrell cardinal, líder de los maestros de arena. Vio con ojos inexpresivos cómo cada niño sacaba un puñado de arena blanca de su saquito. Tuvieron que aferrarla con fuerza para que el viento, cada vez más poderoso, no se la arrancara de las manos y la esparciera por todo el Kerla.
Praxton frunció el ceño, como si su disgusto bastara para obligar al viento a remitir. La prueba se celebraba cerca del monte KraeDa, uno de los pocos lugares del Kerla en los que la piedra asomaba de la arena. La región solía estar resguardada del viento por la montaña y los acantilados que la rodeaban.
Meneó la cabeza, dejando de pensar en el viento mientras el primer chico empezaba la prueba. Ante él había dos mastrells dándole instrucciones en voces quedas que se llevaba el aire. Praxton presenció los resultados, aunque no pudiera oír las voces. El chico se quedó un momento mirando la arena que tenía en la mano, y una breve ráfaga de viento dejó a la vista su cara de concentración. La arena, protegida en su mano ahuecada, emitió un tenue brillo y enseguida se volvió de un color negro apagado, como los restos chamuscados de una hoguera.
—Buen comienzo —murmuró un mastrell superior, Tendel, desde detrás de él.
Praxton asintió en silencio. Tendel tenía razón: era buena señal. El chico, al que Praxton creyó reconocer como Traiben, hijo de un maestro de arena de bajo rango, había hecho brillar la arena lo suficiente para que se viera desde una distancia corta, lo que significaba que poseía al menos un poder moderado.
La prueba continuó y algunos chicos lograron despertar en la arena brillos parecidos al de Traiben, aunque otros apenas lograron ennegrecerla. En general, de todos modos, resultó ser un grupo inusualmente poderoso. Aportaría mucha fuerza al Diem.
Hubo un repentino fogonazo, tan intenso que produjo un explosivo chasquido, audible incluso a pesar del viento. Praxton parpadeó, sorprendido, intentando conjurar la brillante imagen persistente de sus ojos. Los dos mastrells que se encargaban de la prueba estaban boquiabiertos ante un niño pequeño al que le temblaba la mano.
Tendel dio un silbido, al lado de Praxton.
—Hacía años que no veía a nadie tan poderoso —dijo el anciano mastrell—. ¿Quién es?
—Drile —respondió Praxton a regañadientes—. El hijo de Reenst Rile.
—Lucrativa incorporación, en tal caso. En más de un sentido —comentó Tendel.
Los mastrells encargados de la prueba recuperaron la compostura y pasaron al siguiente chico, el último que quedaba. A pesar de su edad, su resuelta calma y su naturaleza severa, Praxton notó que se le aceleraba un poco el corazón mientras el último niño escuchaba las instrucciones de los mastrells.
—Por favor… —se oyó a sí mismo musitar en una plegaria semiconsciente. No era un hombre religioso, pero aquella era su última oportunidad. Había fracasado demasiadas veces.
El chico miró su arena. El viento le había quitado la capucha y su cara, redonda y coronada por un cabello rubio y corto, adoptó un gesto de concentración absoluta. Praxton contuvo el aliento, esperando, emocionado a su pesar.
El chico miraba la arena con los dientes apretados. Praxton sintió que la emoción lo abandonaba al no suceder nada. Por fin, la arena emitió un destello muy débil, tan poco intenso que Praxton no estuvo seguro de no haberlo imaginado, antes de apagarse a un tono negro parduzco.
Aunque sabía que la decepción no se reflejaba en su rostro, Praxton reparó en que los mastrells superiores que lo rodeaban se tensaban, expectantes.
—Lo… lo siento, mastrell cardinal —dijo Tendel a su lado.
—No te preocupes —replicó Praxton, quitando importancia al asunto con un gesto—. No todos los niños pueden ser maestros de arena.
—Pero este era tu último hijo —señaló Tendel, sin mucha necesidad a juicio de Praxton.
—Lleváoslos —ordenó Praxton a viva voz.
«De modo que este será mi legado —pensó para sus adentros—. Un mastrell cardinal incapaz de engendrar ni un solo maestro de arena. Se me recordará como el hombre que se casó con una mujer oriunda de Lado Oscuro, corrompiendo su linaje».
Suspiró antes de seguir hablando.
—Los que posean habilidad pueden entrar en el Diem. Los demás deberán elegir otra profesión.
Los maestros de arena se movieron con celeridad, hundiendo los pies en las revueltas dunas de grano fino. Estaban impacientes por refugiarse de los furiosos elementos. Alguien, sin embargo, no siguió a los mastrells de túnica blanca. Pequeño y liviano, el chico se quedó de pie en el aire cada vez más violento. Su túnica se agitaba a su alrededor, retorciéndose como una bestia en los estertores de una muerte espantosa.
—Kenton —susurró Praxton.
—¡Me convertiré en maestro de arena! —exclamó el chico, aunque su voz apenas logró imponerse al viento. A escasa distancia, la hilera de mastrells y niños en retirada se detuvo y varias cabezas se volvieron, sorprendidas.
—¡No tienes talento para la maestría de arena, muchacho! —escupió Praxton.
Hizo una seña al grupo para que siguiera moviéndose. Los mastrells solo hicieron ademán de obedecer la orden. Pocas personas se atrevían a desafiar al mastrell cardinal, y mucho menos si se trataba de chicos jóvenes. El espectáculo bien merecía quedarse a mirar en plena tormenta de arena.
—¡La ley dice que mi talento es suficiente! —replicó Kenton, su vocecilla casi convertida en chillido.
Praxton torció el gesto.
—Conque has estudiado la ley, ¿verdad, muchacho?
—Sí.
—En tal caso sabrás que el acceso al Diem depende exclusivamente de mí —dijo Praxton, enfureciéndose cada vez más por aquel desafío a su autoridad. Quedaba mal que le plantara cara un niño, sobre todo si era su propio hijo—. El mastrell cardinal debe conceder su beneplácito antes de que se le asigne un rango a cualquier maestro de arena.
—¡Para todos los rangos salvo el primero! —contestó Kenton a voz en grito.
Praxton se quedó callado, sintiendo crecer su ira. Todo golpeaba contra él: aquel viento insufrible, la insolencia del chico, los ojos de los demás maestros de arena y lo peor de todo, su propio conocimiento. El conocimiento de que el chico tenía razón. Cualquiera que pudiese hacer brillar la arena tenía derecho a ingresar en el Diem, según las normas. Había chicos con menos poder que Kenton que se habían convertido en maestros de la arena. Solo que, por supuesto, ninguno había sido hijo del mastrell cardinal. Si Kenton entraba en el Diem, su incapacidad debilitaría por asociación la autoridad de Praxton.
El chico se mantuvo firme, con decisión en la postura. La arena arrastrada por el viento se acumulaba contra sus piernas, enterrándolo hasta las rodillas en un túmulo mutable.
—No lo tendrás nada fácil en el Diem, muchacho —siseó Praxton—. ¡Por las arenas, entra en razón!
Kenton no se movió.
Praxton suspiró.
—¡Como quieras! —declaró—. Puedes ingresar.
Kenton sonrió victorioso, sacó las piernas de la duna y fue a unirse a la hilera de discípulos. Praxton observó inmóvil los pasos del chico.
El aire turbulento le tiraba de la túnica y la rasposa arena se le metía en los ojos y entre los labios. Esas incomodidades no serían nada en comparación con el dolor que esperaba a Kenton. En el Diem imperaba una política despiadada, y a menudo el poder crudo era el baremo por el que se juzgaba a un maestro de arena. No, la vida no iba a ser fácil para alguien tan débil, y mucho menos teniendo un padre tan poderoso. Hiciera lo que hiciera Praxton, los demás discípulos estarían resentidos con Kenton por un supuesto trato de favor.
Ajeno a las dificultades que le depararía el futuro, el chico llegó a las cuevas que había a poca distancia. Parecía que el último hijo de Praxton iba a ser también su mayor vergüenza.
Capítulo uno

A Kenton casi le dio la sensación de que la arena respiraba. El calor del sol inmóvil se reflejaba en los granos, distorsionaba el aire y daba a las dunas aspecto de estar compuestas por diminutas brasas al rojo blanco, repletas de energía. En la lejanía, Kenton alcanzaba a oír el viento que ululaba al pasar por las grietas de la roca. Solo había un lugar en toda la extensión cubierta de dunas del Kerla donde pudieran encontrarse tales protuberancias de piedra: allí, junto a KraeDa, el monte sagrado de los maestros de arena. En cualquier otro sitio, la arena era demasiado profunda.
Kenton, ya un hombre, de nuevo estaba ante un grupo de mastrells. En muchos aspectos era muy parecido al chico que había ocupado aquel lugar exacto ocho años antes. Llevaba corto el mismo pelo rubio, tenía la misma cara redondeada y mostraba la misma expresión decidida y, lo más importante, la misma mirada de convicción rebelde en los ojos. Había pasado a vestir la túnica blanca de un maestro de arena pero, al contrario que la mayoría de ellos, no llevaba un fajín coloreado. El suyo era blanco, como correspondía a un alumno a quien aún no se había asignado un rango en el Diem. Atada a su cintura había otra rareza, una espada. Era el único del grupo de maestros de arena que iba armado.
—¿Insinúas que pretendes seguir adelante con esta majadería? —preguntó imperioso el hombre que había delante de Kenton.
Praxton, que parecía más viejo que la misma arena, se alzaba al frente de los veinte mastrells con fajines dorados del Diem. Aunque apenas había visto pasar sesenta años, Praxton tenía la piel seca, arrugada como una fruta dejada al sol. Al igual que la mayoría de los maestros de arena, no llevaba barba.
Kenton lo miró desafiante, expresión que había practicado mucho durante los anteriores ocho años. Praxton contemplaba a su hijo con una mezcla de repulsión y vergüenza. Suspiró e hizo algo inesperado. Se apartó de los demás mastrells, que permanecían de pie en silencio sobre el altiplano de roca. Kenton vio confundido cómo Praxton le hacía un gesto para que se acercara, lo bastante alejado de los demás para poder mantener una conversación privada. Por una vez, Praxton cumplió su orden y se aproximó para oír lo que el mastrell cardinal tuviera que decirle.
Praxton giró la cabeza hacia los mastrells y luego la volvió de nuevo hacia Kenton. Sus ojos solo se desviaron un instante hacia la espada que Kenton llevaba al cinto antes de volver a mirarlo a los ojos.
—Mira, muchacho —dijo Praxton, con la voz algo cascada—. Llevo ocho años soportando tus jueguecitos y tu insolencia. Solo el Señor de la Arena sabe cuántos problemas has causado. ¿Por qué insistes en desafiarme constantemente?
Kenton se encogió de hombros.
—¿Porque se me da bien?
Praxton dio un bufido.
—Mastrell cardinal —siguió diciendo Kenton, más serio pero no menos desafiante—, cuando un maestro de arena acepta un rango, se queda paralizado para siempre en esa posición.
—¿Y qué? —preguntó Praxton.
Kenton no respondió. Se había negado a avanzar ya cuatro veces, decisión que lo había convertido tanto en un necio como en una novedad a ojos del resto del Diem. A veces se obligaba a los alumnos ineptos a pasar cinco años como acolentos, pero nunca en la historia de la maestría de arena había habido nadie que siguiera siendo un alumno transcurridos ocho.
Praxton volvió a suspirar y echó mano a su qido para dar un sorbo de agua.
—De acuerdo, muchacho —dijo Praxton por fin—. A pesar del dolor, a pesar de la vergüenza, debo reconocer que te has esforzado. El Señor de la Arena sabe que no posees ningún talento digno de mención, pero al menos has hecho algo con lo poco que tienes. Renuncia a tu estúpido sueño de recorrer la Senda y mañana te ofreceré el rango de fen.
Fen. Casi el más bajo de los nueve rangos de los maestros de la arena. Solo el infrafen, el rango que se había ofrecido a Kenton los cuatro años anteriores, era inferior.
—No —dijo Kenton—. Creo que quiero ser mastrell.
—¡Aisha! —renegó Praxton.
—No maldigas, padre —dijo Kenton—. Espera a que recorra la Senda con éxito. ¿Qué harás entonces?
Sin embargo, en las desafiantes palabras de Kenton había más optimismo que en su corazón. Mientras su padre montaba en cólera, Kenton sintió que volvían a aflorar las preguntas.
«¿Qué estoy haciendo, en nombre de las arenas? Hace ocho años nadie pensaba que pudiera llegar siquiera a maestro de arena, y ahora se me ofrece un rango respetable en el Diem. No es el que quería, pero…».
—Muchacho, eres tan inútil que a tu lado los Cien Idiotas parecen listos. Recorriendo la Senda del Mastrell no demostrarás nada. Está reservada a los mastrells, no a los simples acolentos.
—La ley no estipula que no la puedan recorrer los alumnos —refutó Kenton, con la mente aún llena de pensamientos sobre su insuficiencia.
—No pienso nombrarte mastrell —le advirtió Praxton—. No lo haría ni aunque encontraras las cinco esferas. La Senda no es ninguna prueba ni demuestra nada. Los mastrells pueden recorrerla si así lo desean, pero solo después de haber sido avanzados. Tu éxito no significará nada. Nunca serás mastrell. ¡Ni siquiera eres digno de ser un maestro de arena!
Las palabras de Praxton evaporaron las dudas de Kenton como el agua al sol. Si había alguien que pudiera dar alas a la insubordinación de Kenton, esa persona era Praxton.
—En tal caso, seguiré siendo un acolento hasta el día de mi muerte, mastrell cardinal —replicó Kenton, cruzando los brazos.
—No puedes convertirte en mastrell —insistió Praxton—. Careces del poder necesario.
—No creo en el poder, padre. Creo en la capacidad. Puedo hacer lo mismo que cualquier mastrell, solo que mis métodos son diferentes. —Era un argumento antiguo, el mismo que llevaba defendiendo ocho años.
—¿Puedes desaridecer?
Kenton calló. No, eso era una cosa que no podía hacer. Desaridecer, la acción de convertir la arena en agua, era el arte definitivo de la maestría de arena. Era diferente por completo de las demás capacidades de la maestría de arena, e imposible de replicar por mucha creatividad o ingenio con que contara Kenton.
—Ha habido más mastrells que no podían desaridecer —repuso Kenton con voz débil.
—Solo dos —matizó Praxton—. Y ambos eran capaces de controlar más de dos docenas de cintas a la vez. ¿Cuántas puedes controlar tú, muchacho?
Los dientes de Kenton rechinaron. Pero se trataba de una pregunta directa y no podía negarse a responderla.
—Una —reconoció por fin.
—Una —repitió Praxton—. Una cinta. No he conocido nunca a ningún mastrell que no pudiera controlar por lo menos quince. ¿Insinúas que eres capaz de hacer con una sola lo mismo que ellos con quince? ¿No te das cuenta de lo ridículo que suena eso?
Kenton compuso una tenue sonrisa. «Gracias por los ánimos, padre».
—Bueno, pues tendré que desmostrároslo, mastrell cardinal —dijo con una burlona reverencia, y se apartó de su padre.
—La Senda está reservada a los mastrells, muchacho —repitió la voz rasposa de Praxton a su espalda—. Muchos deciden no recorrerla nunca. Es demasiado peligroso.
Kenton hizo caso omiso al anciano y fue hacia otro maestro de arena que estaba cerca de allí. Era bajito y no proyectaba sombra, pues el sol caía justo en vertical en aquella región rocosa y escarpada al sur del monte KraeDa. El maestro de arena era calvo y tenía una cara ovalada y algo gruesa. Llevaba en la cintura el fajín amarillo de un inframastrell, el rango inmediatamente inferior al de mastrell. El hombre sonrió al ver aproximarse a Kenton.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, Kenton?
Kenton asintió con la cabeza.
—Sí, Elorin, lo estoy.
—Los reparos de tu padre están bien fundados —le advirtió Elorin—. La Senda del Mastrell es la invención de un grupo de ególatras desesperados por demostrar que eran mejores que sus compañeros. Se diseñó para quienes ostentan un poder descomunal. Han muerto mastrells recorriéndola.
—Lo entiendo —dijo Kenton, pero en realidad sentía curiosidad.
Nadie que hubiera recorrido la Senda tenía permitido revelar sus secretos, y Kenton, por mucho que había investigado, no había podido determinar qué tenía de peligrosa una simple carrera a través del Kerla. ¿Sería la escasez de agua? ¿Los precipicios escarpados? Nada de ello debería plantear un gran desafío a un maestro de arena bien adiestrado.
—De acuerdo, pues —dijo Elorin—. El mastrell cardinal me ha pedido que arbitre tu carrera. Un grupo de nosotros te vigilará mientras recorres la Senda, evaluará tus avances y controlará que no hagas trampas. No podremos ayudarte a menos que nos lo pidas, y si lo hacemos, nuestra intervención supondrá el fin de la carrera. —El hombre bajito metió la mano en su túnica blanca de maestro de arena y sacó una pequeña esfera roja—. Hay cinco de estas esferas ocultas en el camino. Tu objetivo consiste en encontrarlas todas. Podrás empezar cuando yo lo diga —explicó—. Tienes hasta que la luna pase por detrás de la montaña y reaparezca por el otro lado. La prueba terminará en el momento en que se te acabe el tiempo o encuentres la quinta esfera.
Kenton alzó la mirada. La luna daba una vuelta completa al cielo cada día, flotando cerca del horizonte en todo momento. No tardaría en ocultarse tras el monte KraeDa. Probablemente dispondría de más o menos una hora, cien minutos, para completar la carrera.
—Entonces, ¿no tengo que regresar al punto de inicio? —preguntó Kenton, para asegurarse.
Elorin negó con la cabeza.
—En el momento en que la luna reaparezca, tu carrera habrá terminado. Contaremos las esferas que hayas encontrado y esa será tu puntuación.
Kenton asintió.
—No podrás llevar la qido contigo —le informó Elorin, extendiendo el brazo para retirar la cantimplora de Kenton de su costado.
—La espada también —dijo Praxton desde detrás, con los labios curvados hacia abajo en su habitual mohín de desaprobación.
—Las reglas no dicen nada de eso, anciano —objetó Kenton, llevando la mano a la empuñadura.
—Un verdadero maestro de arena no necesita armas que lo entorpezcan —argumentó Praxton.
—Las reglas no dicen nada —repitió Kenton.
—Kenton tiene razón, mastrell cardinal —dijo Elorin.
El inframastrell también tenía el ceño fruncido. Por amable que fuese, ni siquiera él aprobaba la insistencia de Kenton en portar espada. Desde el punto de vista de la mayoría de los maestros de arena, las armas eran instrumentos bestiales, apropiados solo para profesiones vulgares como la de soldado.
Praxton puso los ojos en blanco, frustrado, pero no planteó más objeciones. A los pocos minutos, la esfera de la luna terminó de desaparecer tras la montaña.
—Que el Señor de la Arena vele por ti, joven Kenton —dijo Elorin.
El principio de la Senda fue bastante sencillo y Kenton tardó poco en hallar las primeras dos esferas. De hecho, los orbes de arenisca roja habían sido tan fáciles de localizar que Kenton empezó a preocuparse por si había pasado algo por alto. Por desgracia, sabía que no le daría tiempo a volver sobre sus pasos. O las encontraba todas al primer intento o fracasaría.
Esa determinación impulsó a Kenton mientras corría por una cornisa rocosa. A su alrededor salían de la arena extrañas formaciones de piedra, algunas alzándose decenas de metros en el aire y otras quebrando apenas la superficie. El paisaje le resultaba familiar, ya que los maestros de arena iban allí cada año a escoger nuevos miembros para sus filas y conceder honores a los antiguos. Era casi un lugar sagrado, aunque los maestros de arena tendían a ser poco religiosos. Los kerztianos de la Kerla ni siquiera se acercaban, porque el manto de arena era demasiado fino para sustentar una ciudad. En realidad, pocos de ellos sabían de su existencia. Era un lugar destinado a los maestros de arena.
Y durante cuatro años, había sido un lugar destinado a la vergüenza, al menos para Kenton. Cuatro años presentándose allí ante las filas del Diem al completo, optando a un ascenso que jamás se le concedía. Sabía que casi todos los demás lo consideraban un necio, un necio arrogante. A veces se preguntaba si tendrían razón. ¿Por qué seguía pretendiendo un rango que no merecía? ¿Por qué no se conformaba con lo que Praxton estaba dispuesto a ofrecerle?
La vida en el Diem no había sido fácil para Kenton. La sociedad de los maestros de arena era vetusta y estratificada. A los alumnos nuevos se les asignaban de inmediato los puestos de liderazgo y favor en función de su poder. Los menos capaces se convertían de facto en los siervos y los asistentes de quienes tenían más talento, situación que se replicaba hacia arriba por toda la jerarquía de los maestros de arena.
Para ellos, el poder lo era todo. Kenton había observado a los otros acolentos de su grupo y había visto la facilidad con que dominaban la maestría de arena. No tenían que esforzarse, ni que aprender a controlar la arena. Su respuesta para cualquier problema era lanzarle una decena de cintas y confiar en que desapareciera. Ese día, Kenton planeaba demostrar que había una forma mejor de hacer las cosas.
Kenton se detuvo de sopetón. Se le había terminado el terreno; justo delante de él, la tierra cubierta de arena terminaba en un profundo cañón, de unos quince metros de anchura. Le costó distinguir la bandera que ondeaba al otro lado del precipicio, un indicador de la dirección que debía tomar.
«Ahora comienza la auténtica prueba», pensó Kenton, agachándose para recoger un puñado de arena del suelo. Otro maestro de arena, uno más poderoso que él, podría haber saltado el abismo, impulsándose por los aires sobre un flujo de arena. Kenton no disponía de esa opción.
De modo que se arrojó por el precipicio.
Cayó a plomo hacia el suelo, con su túnica blanca ondeando en el repentino viento. No miró hacia abajo, sino que se concentró en la arena que llevaba en el puño.
La arena cobró vida con un estallido.
Hubo una explosión de luz y la arena cambió del blanco hueso a un resplandeciente nácar. Kenton abrió la mano mientras caía y ordenó a la arena que se moviera. Salió despedida hacia abajo, creando una cinta de luz que se extendió desde su mano hacia las dunas, que se acercaban cada vez más deprisa.
Cuando la arena llegó al suelo, le ordenó acumular masa de las dunas y volver hacia arriba. Un segundo más tarde, había una brillante línea de arena amaestrada extendiéndose desde Kenton hasta el suelo. Siguió cayendo pero, al ordenar a la arena que empujara, perdió velocidad. La arena se comportaba como un muelle reluciente, ralentizándolo más y más a medida que se aproximaba al suelo. Cuando estuvo a una distancia segura, liberó la cinta de su control y al instante la arena resplandeciente se oscureció y cayó inerte. Ya no era blanca, sino de un negro apagado, su energía consumida.
Kenton trotó por el fondo del desfiladero, obligándose a mantener el ritmo pese a la fatiga de la maestría de arena. Empezaba a lamentar haber insistido en llevar su espada: el arma parecía pesar cada vez más mientras corría, lastrándole un costado.
Recorrer el fondo del precipicio en vez de saltar estaba costándole un tiempo precioso. Ya había consumido unos sesenta minutos de su hora. Se lamió los labios, que empezaban a secarse. La maestría de arena exigía agua además de fuerza, tesoro líquido que absorbía del cuerpo del maestro. Debía ser precavido para no practicar la maestría hasta el punto en que la deshidratación provocara daños permanentes en su organismo.
Kenton llegó al segundo acantilado y miró hacia arriba, haciendo acopio de fuerza. Vio un grupo de figuras con túnicas blancas en la lejanía. Los mastrells que evaluaban sus progresos. Incluso desde tan lejos, Kenton percibía la rotundidad de sus posturas. Creían que estaba atrapado, pues era bien sabido que Kenton apenas era capaz de levantarse unos palmos del suelo haciendo uso de la arena. Por supuesto, se trataba de toda una gesta, ya que ningún otro maestro de arena podía hacer tanto con una sola cinta. Pero fuese o no una gesta, no bastaría para llevarlo a la cima del acantilado, que tenía al menos treinta metros de altura.
Los mastrells tenían las cabezas giradas y hablaban entre ellos con voces demasiado distantes para oírlas. Kenton no les hizo caso, se agachó y recogió otro puñado de arena. La llamó a la vida y sintió cómo empezaba a removerse y brillar en su mano. La arena se iluminó con fuerza, con más fuerza incluso que la de un mastrell. Kenton solo podía controlar una cinta, pero era con mucho la cinta más poderosa que hubiera creado jamás ningún maestro de arena.
«Espero que esto dé resultado», se dijo Kenton.
Dejó que la arena resbalara hacia delante y cayera al suelo como un chorro de agua. Allí, reunió más arena, insufló vida a tanta como pudo y creó una fina cinta de unos seis metros de largo. Pero en esa ocasión, no hizo desfilar la arena por la cinta. Lo que hizo fue crear un peldaño.
Era cierto que no podía elevarse a mucha altura. Cuanto más se alzara un maestro de arena en el aire, más arena necesitaba, y Kenton solo podía controlar una cantidad relativamente pequeña. Lo que sí podía hacer era mantenerse donde estaba.
Respiró hondo, subió a su pequeña plataforma de arena y apretó el cuerpo contra la basta cara pétrea del acantilado. Allí, agarrándose con tanta fuerza como pudo y sin mirar abajo, empezó a avanzar poco a poco de lado, dejando caer la arena de un lado de la plataforma y reemplazándola en el otro extremo. Se concentró en hacer que su arena se aferrara a la pared del precipicio, metiéndose en grietas y sujetándose en las imperfecciones, en lugar de empujar contra el suelo. Poco a poco, Kenton siguió desplazándose de lado, confiriendo a su plataforma de arena la suficiente inclinación para avanzar en diagonal por la pared hacia arriba.
Debía de tener una pinta de lo más ridícula. Los maestros de arena deberían fluir y danzar, surcando el aire en nubes de arena radiante, no trepar por las paredes como un cavadizo mareado. Aun así, el proceso dio resultado y unos minutos más tarde ya se aproximaba a la cima del acantilado. Fue entonces cuando reparó en un estrecho saliente que había unos tres metros por debajo de la cima, sobre el que reposaba una pequeña esfera roja.
Kenton puso una sonrisa triunfal y se izó con torpeza al saliente. Entonces convirtió su rectángulo en una cinta y la envió a recoger la esfera. Guiada por sus órdenes, la cuerda de arena envolvió la esfera y la llevó a la mano de su amo. Solo le quedaban dos esferas por encontrar. Por desgracia, no contaba con mucho más de treinta minutos para hacerlo.
El grupo de mastrells lo miró con ceños embobados mientras Kenton rebasaba la bandera al trote y localizaba la siguiente en la lejanía. Las rocas se iban volviendo cada vez más frecuentes, formando cavernas y muros de piedra. Kenton recorrió el terreno arenoso buscando cualquier atisbo de rojo. La siguiente esfera no podía estar muy lejos: si estaba en lo cierto, la Senda era un circuito circular y se dirigía hacia el punto de partida. Por un instante, regresó el horror. ¿Habría pasado por alto dos esferas?
Cerca de él, varias líneas de arena brillante señalaban la posición de sus silenciosos seguidores. Fieles a la costumbre mastrell, todos estaban haciendo grandes exhibiciones de poder, reuniendo tantas cintas de arena a su alrededor como podían. Aunque no era posible volar de verdad con la maestría de arena, los mastrells más poderosos podían lanzarse en saltos prolongados que llegaban a abarcar muchas decenas de metros. Cada mastrell que saltaba dejaba atrás una estela de arena, la que empujaba contra el suelo para generar la propulsión.
Los mastrells se detuvieron sobre una columna de roca a poca distancia. Kenton redujo el paso y los observó con ojos cautelosos. El lugar donde habían caído parecía demasiado predeterminado para ser aleatorio, por lo que la esfera debía de andar cerca. Kenton buscó a su alrededor, escrutando las sombras y los lugares donde pudiera ocultarse uno de aquellos orbes diminutos. Por desgracia, no había escasez de opciones.
No muy lejos, se alzaba de la arena una formación rocosa con forma de pared. Tenía agujeros del tamaño de puños por todas partes, todos ellos profundos y oscuros. Con el corazón en un puño, Kenton cayó en la cuenta de que era su siguiente prueba.
«¡La esfera podría estar en cualquiera!», pensó con un gemido interno. Si fuese capaz de controlar dos docenas de cintas, registrar los agujeros le llevaría un momento de nada. Sin embargo, seguramente usar su única cinta con el mismo objetivo le costaría más tiempo del que tenía.
Y aun así, parecía ser su única opción. Con un suspiro, Kenton llamó a la vida un puñado de arena. Quizá tuviera suerte y eligiera el agujero bueno. Pero cuando ya casi estaba preparado para enviar la cinta, se detuvo. Tenía que haber una manera mejor.
Recorrió la pared de roca con la mirada. Lo irónico del asunto era que lo único que había aprendido de su falta de capacidad era que a veces la maestría de arena no era la respuesta. Sus ojos casi pasaron la solución de largo antes de que su cerebro la registrara. Un montoncito de arena negra. Había solo dos cosas capaces de ennegrecer la arena blanca, el agua y la maestría de arena.
Kenton sonrió mientras se dirigía a la arena decolorada. No era de un negro puro, sino más bien de un gris apagado. Llevaría unas dos horas recargándose al sol; un poco más y se habría confundido del todo con la arena blanca de alrededor. Kenton alzó la mirada de la arena hacia la pared que tenía justo encima. Algo más arriba de su cabeza encontró un reguero de granos negros al borde de un agujero.
Kenton metió la mano en ese agujero y sacó la esfera de arenisca roja que estaba oculta al fondo. Aunque tenía una sonrisa en los labios cuando se volvió para mirar a los mastrells, Kenton estaba preocupado. Si el maestro de arena que había ocultado las esferas no hubiera sido un descuidado, si hubiera empleado las manos en vez de la maestría de arena, Kenton jamás habría encontrado esa esfera.
Aun así, no pudo evitar sentirse satisfecho mientras los mastrells se alejaban saltando, impulsados al aire por arremolinadas cintas de arena. Ya solo le faltaba una esfera. Si Kenton la encontraba, triunfaría en una prueba que superaba a muchos mastrells.
Mientras echaba a correr de nuevo, Kenton se fijó en que un mastrell se había quedado atrás. Aunque tenía muy lejos la columna de roca, de algún modo Kenton supo que la figura encorvada pertenecía a su padre. El viento ululó entre los huecos de las rocas que rodeaban a Kenton mientras él alzaba la mirada hacia el rostro de Praxton.
El mastrell cardinal no estaba satisfecho. Kenton se lo quedó mirando un largo momento, intentando proyectar su rebeldía. Al final, Praxton alzó los brazos e invocó una docena de cintas de arena del suelo bajo su columna.
Se enroscaron en torno a él como criaturas vivas y su brillante fulgor traslúcido fue cambiando de tono a la manera de la arena amaestrada. Cuando Praxton saltó, las cintas lo enviaron por los aires y Kenton se quedó solo junto a la pared de roca.
«Una más». Kenton respiró hondo y empezó a moverse de nuevo. Se le terminaba el tiempo, no solo porque la luna tardaría poco en reaparecer, sino también porque empezaba a acusar los efectos de su maestría de arena. Tenía la boca reseca, incapaz de salivar, y los ojos le escocían un poco. En su frente, empapada de sudor al principio de la carrera, quedaba solo una costra de residuo salado. El precio que debía pagar un maestro de arena, el combustible que su arte quemaba, era el agua de su propio cuerpo.
La boca y los ojos secos eran las primeras señales de que se acercaba a provocarse daños permanentes. Lo primero que aprendía un maestro de arena era a llevar la cuenta de su agua, a moderarse para no sobrepasar su maestría. Los alumnos que se aproximaban siquiera a sobrepasarla recibían severos castigos.
«Si al menos pudiera desaridecer…», pensó, no por primera vez. Había un motivo por el que la capacidad de convertir arena en agua era la más valiosa para un maestro de arena.
Kenton ahogó esos pensamientos y siguió corriendo. Volvía a tener alrededor altas paredes de roca. Mientras lo asaltaba la idea de que la zona le sonaba un poco, dobló un recodo y se detuvo. Muy por delante, alcanzaba a distinguir a duras penas el altiplano rocoso donde había iniciado la Senda. Los mastrells habían regresado allí y lo esperaban.
Kenton dio un gemido y se apoyó contra la lisa pared de piedra. Empezaba a costarle más y más respirar. Tanto correr como la maestría de arena drenaban fuerza, y su garganta seca hacía que le doliera cada inhalación. Los mastrells tenían su qido y su agua, y Kenton deseó el primer sorbo, que daría con tanta ferocidad que casi le dio igual haber fracasado.
Porque había fracasado. En algún lugar, por detrás en la Senda, se había saltado una esfera. Lo había hecho bien, porque cuatro de cinco era una cantidad respetable. Había mastrells que solo habían hallado tres. Pero Kenton no podía permitirse nada que no fuese la perfección. Praxton no iba a ver las cuatro esferas que había encontrado su hijo, sino la que se había dejado.
Kenton apoyó la nuca contra la roca un momento. Llegó a plantearse volver atrás para buscar la esfera, pero no debía de quedarle mucho más de diez minutos. Apenas el tiempo suficiente para regresar a la pared de roca donde había encontrado su última esfera. Abrió los ojos y se enderezó. Sabía que lo había hecho mejor de lo que nadie habría podido esperar.
Apartó a puntapiés la arena que el viento le había acumulado en los pies y salió dando zancadas al centro de la cuenca. Siendo realista, sabía que ni siquiera un recorrido perfecto de la Senda habría hecho cambiar de opinión a Praxton. El mastrell cardinal era tan implacable como las mismas arenas. Pocas cosas lo impresionaban.
Kenton recogió un puñado de arena. Tendría que usar su método del peldaño para escalar al final de la depresión de roca y volver con los mastrells. Se detuvo solo un momento a contemplar la extraña formación rocosa que tenía alrededor. Los lados, suaves y escarpados, componían casi un pozo con el fondo lleno de arena, de unos quince metros de diámetro. ¿Cuántos años habría costado a los secos vientos del Kerla tallar una formación con aquella extraña forma de cuenco?
Kenton se quedó inmóvil, y el brusco parón envió al aire una nube de arena. Mientras registraba la cuenca con la mirada, sus ojos se posaron en algo tan desconcertante que estuvo a punto de tropezar. Allí, en el centro del suelo circular de arena, había una manchita roja. Parecía una gota de sangre, destacada sobre el fondo blanco. Las ondulaciones de la arena se la habían tapado hasta entonces, pero sin duda aquello era la esfera roja.
Kenton miró a los mastrells, confundido. Estaban plantados a lo largo del borde del cuenco, con las túnicas blancas ondeando como al unísono por el viento.
«Algo anda mal». Tenía que haber alguna cosa más, alguna prueba. Era la última esfera. Debería haber sido la más difícil de localizar.
Al momento siguiente, sintió que la arena empezaba a moverse bajo sus pies.
—¡Aisha! —gritó Kenton, sorprendido, retrocediendo de un salto. No podía ser…
La arena cerca de la esfera empezó a revolverse como agua hirviendo. Había algo debajo de ella, algo que se alzaba.
«¡Arena profunda!», pensó Kenton, conmocionado. El pozo lleno de arena debía de ser más profundo de lo que había pensado.
Algo grande y negro surgió del suelo, enterrando la esfera en una ola de arena. Kenton ahogó un grito maravillado mientras veía la criatura que estaba saliendo del suelo. La arena cayó a chorro como el agua de su caparazón mientras aquella monstruosidad de seis metros de altura se elevaba en el aire. Su cuerpo estaba compuesto de segmentos bulbosos y quitinosos superpuestos. De cada «cintura» en la que se unían los segmentos salía un par de brazos terminados en gruesas y serradas garras. Su cabeza, si podía llamársela así, era poco más que una caja con puntos de un negro intenso en vez de ojos y sin boca visible. Lo peor era que Kenton sabía que la mayor parte del cuerpo de la criatura debía de seguir oculta bajo las arenas.
Estaba tan distraído mirando que casi lo aplastó un zarpazo que el monstruo descargó en su dirección. Kenton dio un gañido, esquivó a un lado y corrió hacia el muro de la cuenca. El cuerpo del cavadizo era enorme, quizá de unos tres metros de grosor. Kenton lo iba a tener complicado para apartarse de él.
El cuerpo de Kenton, vigorizado por la adrenalina y la emoción, dejó de responder con torpeza. Se le empezó a acelerar el corazón, pero su mente funcionó incluso más deprisa. Kenton había leído sobre los cavadizos profundos, y hasta había visto ilustraciones de ellos, pero nunca había visitado la arena profunda en persona. Poca gente, ni siquiera los kerztianos, era tan idiota como para aventurarse en las arenas profundas. Repasó en su mente el catálogo de cavadizos profundos que había estudiado, pero aquel no parecía encajar en ninguna descripción. Kenton esquivó de nuevo cuando el cavadizo lanzó otro ataque. La criatura daba la impresión de surcar la arena como si fuese agua. Kenton apenas distinguió los miles de diminutos tentáculos, finos como pelos, que recubrían el caparazón de la bestia y le permitían moverse.
Abandonó toda observación cuando una zarpa de la criatura se hundió en la arena delante de él. Kenton se echó al suelo y rodó para apartarse en el preciso momento en que una segunda garra cortaba el aire por encima de él. Aquel animal tenía una velocidad increíble, que justificaba por qué la arena profunda inspiraba terror. Se decía que las criaturas que albergaba en sus profundidades eran casi indestructibles.
Kenton se irguió, agradecido por todas las horas que había compartido con los soldados de la torre, entrenando. Con movimientos veloces y diestros, desenvainó la espada con la mano izquierda y recogió un puñado de arena con la derecha.
—¡No podemos intervenir a menos que nos lo pidas! —exclamó una voz desde arriba.
Kenton no cometió el error de alzar la mirada y la mantuvo fija en su enemigo. La criatura tenía aquellos puntos como ojos a ambos lados de la cabeza, por lo que no sería fácil de sorprender. Aunque, en realidad, se decía que los cavadizos tenían la vista muy poco desarrollada. Su sentido principal era la misma arena, y no se trataba solo de la capacidad de sentir el movimiento: por algún motivo, los cavadizos podían sentir la posición de un cuerpo aunque estuviese inmóvil por completo. Los kerztianos decían que los cavadizos profundos eran capaces incluso de hablar con la arena, aunque pocos habitantes de Lossand dieran crédito a sus misticismos.
—¿No me has oído? —insistió la voz mientras Kenton esquivaba de nuevo—. ¡Pídenos que te saquemos de ahí!
Era la voz de Elorin. Kenton no le hizo caso y llamó a la vida a su arena mientras giraba para evitar una garra. Alzó la espada y paró un segundo ataque. La criatura tenía tanta fuerza que el bloqueo no sirvió de casi nada, pero sí permitió a Kenton apartarse lo suficiente del ataque para golpear.
Mientras se giraba, Kenton alzó el puño y envió su arena hacia delante. Los granos salieron despedidos de su mano abierta en dirección a la cabeza del cavadizo. Se extendió como una lanza a partir de la palma de su mano, dejando atrás un rastro reluciente. La arena se movió tan deprisa que pareció chillar en el aire. Quizá Kenton no fuese capaz de controlar docenas de líneas a la vez, pero cuando se trataba de una sola cinta, no tenía rival. Ningún maestro de arena podía moverla con la mitad de su velocidad y su precisión.
La arena impactó contra el caparazón de la cabeza de la bestia y perdió su lustre al instante, salpicando a los lados como un chorro de agua al chocar contra una pared. Kenton se quedó perplejo, tan aturdido que el siguiente ataque de la criatura lo alcanzó en un costado, lo envió de vuelta contra la pared de piedra y le hizo una profunda herida en el hombro. La espada de Kenton cayó a la arena tras resbalar de unos dedos entumecidos.
El cavadizo era terken. Inmune a la maestría de arena.