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El sistema de Taldain » Arena blanca

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Kenton volvió a maldecir, notando cómo empezaba a fluir la sangre de su hombro. Por supuesto, había leído sobre las criaturas terken, pero en teoría eran extremadamente poco frecuentes. Solo los más antiguos y temibles cavadizos profundos, criaturas que se suponían protegidas por el Señor de la Arena en persona, tenían caparazones terken. ¿Cómo podía ser que viviera uno allí, rodeado de arena poco profunda y formaciones rocosas?

Fuera como fuese, lo que Kenton debía hacer estaba claro. Todos los cavadizos, oriundos de las arenas profundas o no, tenían un gran punto débil: el agua. El líquido les disolvía el caparazón, les fundía la protección y la piel y los reducía a simple fango.

Tenía sentido. El desafío final de la Senda del Mastrell ponía a prueba la habilidad más poderosa de la maestría de arena, la capacidad de convertir la arena en agua. Con la desarización, un maestro de arena podía derretir el caparazón del cavadizo con solo pensarlo. Pero Kenton no podía desaridecer. De pronto, la sugerencia de Elorin de que huyera cobró bastante sentido.

Kenton dejó a un lado sus especulaciones y se concentró en seguir con vida. Se movía cada vez más lento y se sentía más débil. Tratando de hacer caso omiso al dolor del hombro, se agachó a la carrera y asió otro puñado de arena. Cuando llegó el siguiente golpe, utilizó la arena amaestrada para impulsarse, saltar por los aires y rebasar las garras por arriba.

Kenton cayó a plomo al suelo y corrió hacia la posición original del cavadizo. En algún lugar de aquella arena estaba la esfera. En realidad, no tenía por qué matar al cavadizo: le bastaba con encontrar la esfera y escapar de él.

Liberó su arena, que cayó al suelo gastada y negra, y apoyó la mano en el suelo cerca de donde había visto la esfera por última vez. Llamó a la vida a cinta tras cinta para ordenarles que saltaran en todas las direcciones y luego liberarlas. La arena saltó del suelo en torno a sus rodillas. Estaba dirigiendo y liberando cintas en una sucesión tan rápida que casi parecía que pudiera controlar más de una a la vez.

Por desgracia, el cavadizo no le permitió excavar a gusto. El salto de Kenton lo había confundido, pero no tardó en recuperarse. Se abalanzó sobre él, con un movimiento que delató solo el sonido de la arena frotando contra arena. Kenton siguió cavando hasta el último momento y luego se apartó de un salto y corrió a la desesperada. Notaba la sequedad en la piel, y cada vez que cerraba los ojos parecía que los globos se le pegaban a los párpados. Empezaban a arderle los pulmones y le dolía respirar. Estaba ya casi en sus últimas reservas de agua, y seguramente ya se había ganado un castigo por llegar tan lejos. «Por el bien del Diem, uno no debe acercarse siquiera a sobrepasar su maestría», afirmaba la popular enseñanza. Era el momento de rendirse.

Pero justo cuando Kenton tomaba la decisión de huir sin más, la vio. Reposando junto a la lejana pared de la cuenca había una mancha roja, más brillante que las oscuras gotas de su propia sangre que iba dejando atrás. Con un grito, Kenton cambió de dirección, se agachó bajo los brazos del cavadizo y corrió tan cerca de su cuerpo que olió la acritud sulfúrea de su caparazón.

Y mientras cruzaba la arena junto a la criatura, notándola resbalar bajo sus pies por los movimientos del cavadizo, reparó en algo increíble. Allí, atrapada entre dos placas del caparazón del cavadizo, había otra esfera roja.

Kenton no ralentizó la marcha, pero estaba confuso. Paró junto a la pared y hurgó en la arena hasta que sus dedos toparon con algo redondo y duro. Sacó la esfera, la miró ceñudo y volvió de nuevo sus ojos hacia el cavadizo. Desde aquel ángulo la veía sin problemas. Era una esfera roja, igual a las cinco que ya había encontrado. No había cinco esferas en la Senda, sino seis.

Kenton guardó la esfera en la faltriquera que llevaba a un lado y miró la cima del acantilado. Justo encima de él estaban los rostros de veinte mastrells que lo miraban. Podía huir ya, y en todo caso seguro que estaba a punto de agotársele el tiempo. Había triunfado, había encontrado las cinco esferas. ¿A qué estaba esperando?

Sin saber muy bien por qué, miró de nuevo al cavadizo. Su caparazón y su piel eran terken, pero sus entrañas…

Kenton sabía que su padre no se daría por satisfecho ni con la perfección. Nunca lo hacía. Praxton exigiría más. Pues muy bien, Kenton iba a darle más.

Los mastrells gritaron sorprendidos mientras Kenton se alejaba de la pared a la carrera, con gesto resuelto.

—¡Serás idiota! —exclamó la voz de Praxton a su espalda.

Kenton llevó arena a la vida, la envió más allá de la criatura y la usó para recoger la espada, que se le había caído. La hoja relució en el aire, transportada por dedos de arena. Kenton la asió mientras se agachaba para evitar el primer ataque del cavadizo y cogió un segundo puñado de arena mientras se levantaba a escasos centímetros del pecho del animal.

Con un grito resuelto, Kenton lanzó un tajo al costado del cavadizo. La hoja resbaló por un segmento de caparazón y se hundió profundamente en una línea de piel desprotegida, desgarrando la parte blanda entre placas. Kenton hincó más el filo de la espada con toda la fuerza que le quedaba.

De pronto el arma se sacudió y salió volando de entre sus manos, expulsada por una fuerza poderosa. Del corte salió un fuerte siseo. Había perforado la piel. Kenton se llevó en la cara una bocanada de gas acre, lo que los cavadizos tenían en vez de sangre, justo antes de que una garra del monstruo impactara directa en su pecho y lo enviara volando por los aires.

En pleno vuelo, alejándose de la criatura, Kenton llamó a la vida a la arena que tenía en el puño. La envió hacia delante y la guio con toda su habilidad. Kenton se estrelló contra la roca en el mismo instante en que su arena golpeaba en el pecho del cavadizo, pero no renunció al control de su cinta. Aunque sintió que su cuerpo caía al suelo, ignoró el dolor y ordenó a su arena que buscara el corte y se internara en el caparazón terken hacia el cavernoso interior de la bestia. Tuvo que enfrentarse a la presión del gas que emanaba de la herida y a su propia e inminente inconsciencia, pero se negó a liberar la arena.

Sintió adentrarse la arena y la resistencia de la presión de aire cedió de sopetón. Con un último esfuerzo, Kenton ordenó a la cinta que diera latigazos a lo loco y cortara órganos en el interior del pecho del monstruo. El cavadizo empezó a sacudirse con espasmos mientras Kenton ordenaba a la arena que avanzase más o menos hacia arriba. Un segundo más tarde, Kenton encontró la cabeza y el cavadizo se quedó rígido de repente, lanzando arena hacia todas partes. Luego, silencioso en la muerte como lo había sido en vida, la criatura se derrumbó de lado y su cadáver se hundió un poco en la arena antes de reposar.

Kenton no sabía de dónde había sacado la fuerza para levantarse con torpeza y cruzar la arena. Solo tenía recuerdos vagos de recuperar su espada y usarla para arrancar la sexta esfera del caparazón del cavadizo.

Una imagen permaneció clara en su mente, sin embargo: la de alzar la mirada hacia la cima y ver el rostro duro e iracundo de su padre. Por detrás del mastrell cardinal, el colosal monte KraeDa se alzaba en la distancia. Bajo la mirada de Kenton, el plateado borde de la luna empezó a asomar de detrás de la montaña.

Nota final

Estaba pensando que Nacidos de la bruma: Historia secreta era el relato de esta antología que más había tardado en publicarse después de su concepción, pero entonces recordé que también estaba aquí Arena blanca.

¿Qué decir de Arena blanca? Estoy encantado de publicar por fin esta novela gráfica. (Y también muy agradecido a la editorial Dynamite por permitirnos incluir un fragmento en la recopilación). Arena blanca nació hace mucho tiempo como una sencilla imagen, la de encontrar un cuerpo enterrado en la arena. Fue la primera novela que escribí en la vida y también la octava, ya que la empecé otra vez de cero cuando hube aprendido a escribir un poco mejor. El extracto que tenéis aquí es de la versión de 1999, no de la de 1995.

Esta historia tardó mucho, mucho tiempo en publicarse. Sigo muy entusiasmado con el mundo en que transcurre y lo considero una parte importante del Cosmere. (Que Khriss tenga un papel importante en cómo se desarrolla todo esto debería ser un buen indicador). Sin embargo, estaba empezando a pasarlas canutas para encontrar un hueco en el que poder preparar la novela. Todavía tengo muchos libros que terminar, de modo que no sabía para cuándo podría programar esta trilogía. Entonces Dynamite nos propuso publicarla como novelas gráficas. Me subí al carro desde el principio, ya que era una forma de llevar una versión canónica de la historia a las estanterías antes de lo que, de otro modo, me habría permitido mi agenda.

Y en cuanto a la escena en cuestión… bueno, al leerla os habréis dado cuenta de que, ya desde el primer libro, mi estilo de escritura se centraba en los sistemas de magia. En aquella época leía mucho «La Rueda del Tiempo» y otros libros parecidos. Me encantaba lo poderosos que eran sus personajes, pero yo quería escribir un relato protagonizado por alguien que no tuviese un poder mágico desmedido. Kenton fue el resultado de intentar elaborar una magia para la que la destreza fuese tan valiosa como la fuerza bruta, y la maestría de arena se desarrolló en su totalidad a partir de ese concepto.

La idea de una prueba en la que debiera competir (y que muchos creyeran que no podría superar) utilizando la magia parecía la forma perfecta de ilustrar la idea. Y lo cierto es que funcionó de maravilla. ¡Y hay que ver cómo salta de la página en forma de novela gráfica! De todos mis sistemas de magia, este parece el más adecuado a ese medio, por lo visual que resulta.

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