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Sombras por Silencio en los bosques del infierno


Con el que hay que ir con cuidado es con el Zorro Blanco —dijo Daggon, dando un sorbo a su cerveza—. Dicen que estrechó la mano a la mismísima Maldad, que exploró el Mundo Caído y regresó con extraños poderes. Puede prender fuego hasta en la noche más profunda sin que ninguna umbra se atreva a amenazar su alma. Sí, el Zorro Blanco. Es el cabronazo más duro de por aquí, eso seguro. Reza para que no se fije en ti, amigo mío. Si lo hace, estás muerto.
El compañero de cervezas de Daggon tenía el cuello como una fina botella de vino y una cabeza que parecía una patata clavada de lado encima. Hacía gallos al hablar, tenía acento de Último Puerto y su voz resonaba en el techo de la sala común de la posada.
—¿Por qué… por qué tendría que fijarse en mí?
—Eso depende, amigo mío —dijo Daggon, mirando a su alrededor mientras entraban en la sala unos mercaderes demasiado bien vestidos. Llevaban abrigos negros con volantes de encaje sobresaliendo por delante y los sombreros altos y de ala ancha que gustaban a los forteños. No durarían ni dos semanas allí fuera, en los bosques.
—¿Depende? —preguntó el hombre que estaba cenando con Daggon—. ¿De qué depende?
—De muchas cosas, amigo mío. El Zorro Blanco es un cazarrecompensas, ya sabes. ¿Qué delitos has cometido? ¿Qué has hecho?
—Nada. —Su voz chirrió como una rueda oxidada.
—¿Nada? La gente no sale a los bosques para hacer «nada», amigo mío.
Su acompañante miró a ambos lados. Le había dicho que se llamaba Sinceridad. Pero claro, Daggon se había presentado a él como Concordia. Los nombres no significaban mucho en los bosques. O tal vez lo significaran todo. Los nombres correctos, al menos.
Sinceridad se reclinó en la silla y apretujó aquel cuello de caña de pescar como si pretendiera desaparecer en su cerveza. Picaría. A la gente le gustaba oír hablar del Zorro Blanco, y Daggon se consideraba un experto. Como mínimo, era experto en contar historias para que los hombrecillos como Sinceridad le pagaran la bebida.
«Dejaré que se lo rumie un rato —pensó Daggon, sonriendo para sus adentros—. Que se preocupe». Sinceridad tardaría poco en intentar sonsacarle más información.
Mientras esperaba, Daggon se relajó y observó la sala. Los mercaderes estaban montando mucho alboroto, pidiendo comida y diciendo que debían partir en una hora. Aquello demostraba sin duda que eran tontos. ¿Viajar de noche por los bosques? Podrían hacerlo unos recios hacenderos. Pero los hombres como aquellos seguro que tardaban menos de una hora en incumplir alguna de las Sencillas Reglas y atraer las umbras sobre ellos. Daggon se olvidó de los muy idiotas.
Pero el tipo del rincón… toda su ropa era de color pardo, y seguía con el sombrero puesto a pesar de hallarse bajo techo. Aquel tipo sí que parecía peligroso de verdad. «¿Será él?», se preguntó Daggon. Que él supiera, nadie había visto jamás al Zorro Blanco y seguía con vida. Diez años y más de cien recompensas reclamadas. Sin duda, alguien debía de saber su nombre. Las autoridades de los fuertes le pagaban las recompensas, al fin y al cabo.
La propietaria de la posada, la señora Silencio, llegó a la mesa y dejó caer el plato con la cena de Daggon en ella. Ceñuda, le rellenó la cerveza, derramándole un chorrito espumoso en la mano, antes de irse cojeando. Era una mujer robusta. Dura. En los bosques todo el mundo era duro. Los que sobrevivían, al menos.
Daggon sabía que un ceño fruncido de Silencio era solo su forma de saludar. Le había puesto una cortada más de venado, como solía hacer. A Daggon le gustaba pensar que Silencio le tenía cariño. Quizá algún día…
«No seas tonto», se dijo mientras atacaba su plato, inundado de salsa, y daba unos sorbos a la cerveza. Sería mejor casarse con una piedra que con Silencio Montane. La piedra sería más afectuosa. Lo más seguro era que le pusiera una cortada de más porque comprendía el valor de un cliente habitual. Cada vez pasaba menos gente por allí. Había demasiadas umbras. Y luego estaba Chesterton. Mal asunto, muy mal asunto.
—Entonces, ¿el Zorro ese es un cazarrecompensas? —El hombre que se hacía llamar Sinceridad parecía estar sudando.
Daggon sonrió. «Se ha tragado el anzuelo entero, ya lo creo que sí».
—No solo un cazarrecompensas. Es el cazarrecompensas. Pero el Zorro Blanco no va a por los delincuentes de poca monta y sin ánimo de ofender, amigo mío, tú pareces de bastante poca monta.
El hombre se puso más nervioso. ¿Qué habría hecho?
—Pero —dijo, tartamudeando— no vendría a por mí, ¿verdad? Esto suponiendo que hubiera hecho algo, por supuesto. Digo que no vendría a por mí aquí, ¿verdad? O sea, la posada de la señora Silencio está protegida, lo sabe todo el mundo. Aquí mora la umbra de su difunto marido. Yo tenía un primo que la vio.
—El Zorro Blanco no teme a las umbras —dijo Daggon, inclinándose hacia el hombre—. Ojo, yo tampoco creo que se arriesgara a entrar aquí, pero no por una umbra de nada. Todo el mundo sabe que esto es terreno neutral. Tienen que existir lugares seguros, hasta en los bosques. Pero…
Daggon sonrió a Silencio al verla pasar, de vuelta hacia la cocina. En esa ocasión la mujer no le frunció el ceño. Se la estaba ganando, estaba claro.
—¿Pero? —graznó Sinceridad.
—En fin —dijo Daggon—, podría contarte cuatro cosas de cómo apresa a los hombres el Zorro Blanco, pero verás, tengo la cerveza casi vacía. Qué pena. Creo que te interesaría mucho saber cómo el Zorro Blanco atrapó a Concilio Hapshire. Es una historia buenísima.
Sinceridad pidió a Silencio otra cerveza con su voz de gallo, pero la posadera estaba entrando atareada en la cocina y no lo oyó. Daggon torció el gesto, pero Sinceridad dejó una moneda a un lado de la mesa, indicando que quería que Silencio o su hija le rellenaran la jarra cuando pasaran. Bastaba con eso. Daggon sonrió de nuevo para sí mismo y se lanzó a contar la historia.
Silencio Montane cerró la puerta que daba a la sala común, se dio la vuelta y apoyó la espalda contra ella. Intentó calmar el aporreo de su corazón respirando hondo y despacio. ¿Había dado alguna señal visible? ¿Sabrían los hombres que los había reconocido?
William Ann pasó delante de ella, secándose las manos con un trapo.
—¿Madre? —preguntó la joven, deteniéndose—. Madre, ¿estás…?
—Trae el libro. ¡Deprisa, niña!
William Ann perdió todo el color de la cara y corrió hacia la despensa de detrás. Silencio se agarró el dobladillo del delantal para calmar los nervios y fue hacia William Ann mientras la chica salía de la despensa con una gruesa cartera de cuero. Estaba cubierta de harina blanca del escondrijo.
Silencio cogió la cartera, la abrió sobre la alta encimera y sacó un fajo de papeles sueltos. La mayoría tenían caras dibujadas. Mientras Silencio buscaba entre los papeles, William Ann anduvo hasta la mirilla para echar un vistazo a la sala común.
Durante unos momentos, el único sonido que acompañó al atronador corazón de Silencio fue el de las hojas pasadas a toda prisa.
—Es el hombre del cuello largo, ¿verdad? —dijo William Ann—. Recuerdo su cara de un cartel.
—Ese es solo Lamento Winebare, un cuatrero de nada. No pagan por él ni dos medidas de plata.
—¿Quién, pues? ¿El hombre del fondo, el del sombrero?
Silencio negó con la cabeza mientras localizaba un grupo de papeles al fondo del fajo. Inspeccionó las ilustraciones. «Dios del Más Allá —pensó—. No estoy segura de si quiero que sean ellos o no». Por lo menos, habían dejado de temblarle las manos.
William Ann volvió corriendo y estiró el cuello para mirar por encima del hombro de Silencio. A sus catorce años, la chica ya era más alta que su madre. Era una derrota dulce, tener una hija más alta que tú. Aunque William Ann se quejaba de ser torpe y larguirucha, su complexión esbelta presagiaba toda una belleza. Había salido a su padre.
—¡Por el Dios del Más Allá! —exclamó William Ann, tapándose la boca con la mano—. Te refieres a…
—Chesterton Divide —dijo Silencio. La forma de la barbilla, la mirada en los ojos… eran las mismas—. Nos ha llovido del cielo, con cuatro hombres suyos.
La recompensa que se pagaba por aquellos cinco la mantendría durante un año. Quizá dos.
Sus ojos pasaron a las palabras que había bajo los retratos, impresas en letras crudas y gruesas: Extremadamente peligroso. Se busca por asesinato, violación, chantaje… Y, por supuesto, la gorda al final: Y asesinato.
Silencio siempre se había preguntado si Chesterton y sus hombres habían tenido intención de matar al gobernador de la más poderosa ciudad-fuerte del continente o si había sido por accidente. Un robo que se había desmadrado. En cualquier caso, Chesterton comprendía lo que había hecho. Antes del incidente había sido un vulgar, aunque diestro, bandolero.
Luego se convirtió en algo más, en algo mucho más peligroso. Chesterton sabía que si le daban caza no habría cuartel ni piedad. Último Puerto había hecho correr la voz de que Chesterton era un anarquista, una amenaza y un psicópata.
Chesterton no tenía motivos para reprimirse. De modo que no lo hacía.
«Oh, Dios del Más Allá», pensó Silencio, viendo que su lista de crímenes continuaba en la siguiente página. A su lado, William Ann leyó la lista susurrando, como para sí misma.
—¿Y está ahí fuera? —preguntó—. ¿Dónde?
—Los mercaderes —dijo Silencio.
—¿Cómo?
William Ann corrió de vuelta a la mirilla. La madera que la rodeaba, como la de toda la cocina, estaba frotada tan a conciencia que se había blanqueado. Sebruki había limpiado otra vez.
—No lo veo —dijo William Ann.
—Fíjate mejor. —Silencio tampoco lo había visto al principio, y eso que todas las noches memorizaba los rostros del libro.
Al poco, William Ann dio un respingo y se llevó la mano a la boca.
—Me parece una estupidez por su parte. ¿Por qué se pasea por ahí a simple vista, aunque vaya disfrazado?
—Porque nadie recordará más que otro puñado de ineptos mercaderes del fuerte que se creían capaces de afrontar los bosques. Es una jugada hábil. Cuando desaparezcan de los caminos dentro de unos días, la gente, si es que hay alguien que se preocupe, pensará que las umbras se los han cargado. Además, así Chesterton puede viajar deprisa y salir al mundo, visitar posadas e informarse a partir de lo que oye.
¿Era así como Chesterton encontraba los objetivos más jugosos para atacarlos? ¿Habrían pasado alguna otra vez por su posada? La idea le revolvió el estómago. Había dado de comer a criminales muchas veces. De hecho, algunos eran clientes habituales. Allí fuera, en los bosques, posiblemente todo el mundo fuese un delincuente, aunque solo fuera por no pagar los impuestos que imponían los forteños.
Chesterton y sus hombres eran otra cosa. Silencio no necesitaba la lista de delitos para saber de qué eran capaces.
—¿Dónde está Sebruki? —preguntó Silencio.
William Ann se sacudió, como saliendo de un estupor.
—Dando de comer a los cerdos. ¡Sombras! No creerás que pueden haberla reconocido, ¿verdad?
—No —respondió Silencio—. Me preocupa que ella los reconozca a ellos.
Sebruki tendría solo ocho años, pero podía ser increíble, inquietantemente observadora. Silencio cerró su libro de carteles. Posó los dedos en el cuero de la cartera.
—¿Vamos a matarlos, entonces? —preguntó William Ann.
—Sí.
—¿Cuánto dinero valen?
—A veces, mi niña, lo importante no es cuánto vale un hombre.
Silencio percibió la leve mentira en su propia voz. La cosa estaba cada vez más difícil, con los precios de la plata al alza tanto en Colina Bastión como en Último Puerto. A veces lo importante no era cuánto valía un hombre, pero no era una de esas veces.
—Traeré el veneno. —William Ann dejó la mirilla y cruzó la cocina.
—Algo suave, niña —le advirtió Silencio—. Son hombres peligrosos. Se darán cuenta si empiezan a pasar cosas raras.
—No soy tonta, madre —replicó William Ann con aspereza—. Usaré pantanoja. No notarán el sabor en la cerveza.
—Media dosis. No quiero que se queden inconscientes en la mesa.
William Ann asintió, fue al viejo almacén, cerró la puerta y empezó a levantar los tablones del suelo para sacar los venenos. La pantanoja dejaría a los hombres confundidos y mareados, pero no los mataría.
Silencio no se atrevía a arriesgarse con algo más mortífero. Si alguna vez llegaba a sospecharse de aquella posada, sería el fin de su carrera, y seguramente también de su vida. En las mentes de los viajeros, debía seguir siendo la huraña pero justa posadera que no hacía muchas preguntas. Su posada se percibía como un lugar seguro, incluso para los delincuentes más duros. Se acostaba cada noche con el corazón temeroso de que alguien reparara en que una proporción sospechosamente alta de las recompensas del Zorro Blanco se había alojado en la posada de Silencio unos días antes de su defunción.
Fue a la despensa para guardar el libro de carteles. Sus paredes también estaban bien frotadas, y los estantes recién lijados y sin polvo. Ay, esa niña. ¿Dónde se había oído hablar de una niña que prefiriera limpiar que jugar? Claro que, teniendo en cuenta lo que había vivido Sebruki…
No pudo evitar alzar la mano hacia el estante de arriba y palpar la ballesta que guardaba allí. Puntas de plata. La tenía para las umbras, y nunca la había apuntado a ningún ser humano. Derramar sangre era demasiado peligroso en los bosques. Pero aun así la reconfortaba saber que, si había alguna emergencia de verdad, tenía el arma a mano.
Guardó el libro de carteles y fue a ver qué hacía Sebruki. La niña estaba atendiendo a los cerdos, en efecto. A Silencio le gustaba tener una pocilga bien surtida, aunque por supuesto no fuese para comer. Se decía que los cerdos espantaban a las umbras. Silencio se valía de cualquier recurso para que la posada diese más sensación de seguridad.
Sebruki estaba arrodillada dentro del redil. La niña era bajita, de piel oscura y tenía el cabello largo y negro. Nadie la habría tomado por hija de Silencio, aunque no supieran de la desgraciada historia de Sebruki. La chica estaba murmurando en voz baja mientras frotaba la pared del cercado.
—¿Niña? —dijo Silencio.
Sebruki se volvió hacia ella y sonrió. Cuánto podían cambiar las cosas en un año. Al principio, Silencio habría jurado que esa niña no volvería a sonreír nunca. Sebruki se había pasado sus primeros tres meses en la posada mirando a la pared. Daba igual dónde la dejara Silencio: la chica iba hasta la pared más cercana, se sentaba y la miraba durante todo el día. Sin pronunciar una sola palabra. Con ojos tan muertos como los de una umbra…
—¿Tía Silencio? —dijo Sebruki—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, niña. Un poco perdida en los recuerdos. ¿Estás… estás limpiando la porqueriza?
—Las paredes ya había que frotarlas —respondió Sebruki—. A los cerdos les gusta mucho que estén limpias. Bueno, Jarom y Ezequiel las prefieren así. Creo que a los otros les da igual.
—No hace falta que limpies tanto, niña.
—Me gusta —dijo Sebruki—. Me sienta bien. Es una cosa que puedo hacer. Para ayudar.
Bueno, mejor limpiar las paredes que quedarse mirándolas inexpresiva todo el día. En aquel momento, Silencio habría agradecido cualquier cosa que tuviera entretenida a la niña. Cualquier cosa que le impidiera entrar en la sala común.
—Creo que a los cerdos les gustará —dijo Silencio—. ¿Sigues aquí otro ratito?
Sebruki la miró fijamente.
—¿Qué pasa?
¡Sombras, qué perspicaz era!
—Hay unos hombres muy malhablados en la sala común —dijo Silencio—. No quiero que se te peguen sus palabrotas.
—No soy una niña, tía Silencio.
—Sí que lo eres —contestó Silencio con firmeza—. Y vas a obedecerme. No creas que no puedes llevarte un buen azote en el culo.
Sebruki puso los ojos en blanco, pero volvió al trabajo y a canturrear para sí misma. Silencio dejaba salir un poco de las formas de su abuela cuando hablaba con Sebruki. La niña respondía bien al rigor. Parecía anhelarlo, quizá como señal de que alguien controlaba la situación.
Silencio deseó poder controlarla de verdad. Pero era una Pionero, el apellido que habían adoptado sus abuelos y los demás que habían abandonado Patria antes que nadie para explorar aquel continente. Sí, era una Pionero, y por sus muertos que nadie iba a saber lo absolutamente impotente que se sentía la mayor parte del tiempo.
Silencio, cruzó el patio trasero de la extensa posada y vio que William Ann estaba en la cocina mezclando la pasta para disolverla en la cerveza. Silencio pasó a su lado y se dirigió a la cuadra. No la sorprendió que Chesterton hubiera dicho que partirían después de cenar. Aunque mucha gente buscaba la relativa seguridad de una posada por las noches, Chesterton y sus hombres estarían acostumbrados a dormir en los bosques. Aun con las umbras vagando, estarían más cómodos en un campamento organizado por ellos que en la cama de una posada.
Dob, el anciano mozo de cuadra, acababa de terminar de cepillar a los caballos. Aún no los habría abrevado. Silencio le tenía dicho que eso lo dejara para el final.
—Así me gusta, Dob —dijo Silencio—. ¿Qué tal si te tomas ahora el descanso?
El anciano asintió y farfulló:
—Gracias, señora.
Iría al porche delantero a fumarse una pipa, como de costumbre. Dob no tenía dos dedos de frente, ni tampoco la menor idea de lo que hacía ella en realidad en la posada, pero llevaba allí desde antes de la muerte de William. Era el hombre más leal que había conocido nunca.
Silencio cerró la puerta cuando el mozo hubo salido y luego sacó unas faltriqueras del armario cerrado con llave que había al fondo de la cuadra. Las comprobó todas a la tenue luz antes de dejarlas en la repisa y colocar la primera silla sobre el lomo de su propietario.
Casi había terminado de ensillar los caballos cuando la puerta se abrió. Silencio se quedó petrificada, pensando al instante en las faltriqueras de la repisa. ¿Por qué no se las había guardado en el delantal? ¡Menudo descuido!
—Silencio, Pionero —dijo una voz melosa desde el umbral.
Silencio ahogó un gemido y se volvió hacia el visitante.
—Theopolis —dijo—, es de mala educación colarse en la propiedad de una mujer. Tendría que hacerte echar por allanamiento.
—Venga, venga, eso sería como que un caballo coceara a quien le da de comer, ¿hum?
Theopolis apoyó su cuerpo desgarbado contra el marco de la puerta y se cruzó de brazos. Iba vestido con ropa sencilla, sin nada que denotara su posición. A los recaudadores de impuestos del fuerte no solía interesarles que conociera su oficio la gente con quien se cruzaban por casualidad. Iba bien afeitado y sus labios siempre componían la misma sonrisa condescendiente. Su ropa estaba demasiado limpia, era demasiado nueva para pertenecer a un habitante de los bosques. Pero ni era coqueto ni era un necio. Theopolis era peligroso, solo que de una forma distinta a la mayoría.
—¿Qué haces aquí, Theopolis? —preguntó ella, colocando la última silla al lomo de un capón roano que no dejaba de relinchar.
—¿Para qué vengo siempre a verte, Silencio? No es por tu alegre semblante, ¿hum?
—Estoy al día con los impuestos.
—Eso es porque estás exenta de casi todos ellos —repuso Theopolis—. Pero aún no me has pagado a mí el envío de plata del mes pasado.
—La cosa anda un poco floja últimamente. Te pagaré.
—¿Y los pivotes para tu ballesta? —preguntó Theopolis—. Casi parece que estés intentando olvidarte del precio de esas puntas de plata, ¿hum? Y de aquel envío de secciones de repuesto para tus anillos de protección.
Aquel acento quejumbroso hizo que Silencio se encogiera mientras pasaba la hebilla de la silla de montar. Justo lo que le faltaba, Theopolis. ¡Sombras, qué día estaba teniendo!
—Vaya, vaya —dijo Theopolis, acercándose a la repisa. Cogió una faltriquera—. A ver, ¿qué habrá aquí dentro? Yo diría que savia de puerromojado. Dicen que brilla por la noche si la iluminas con la luz adecuada. ¿Es uno de los misteriosos secretos del Zorro Blanco?
Silencio le arrebató la faltriquera.
—No digas ese nombre —siseó.
El hombre sonrió de oreja a oreja.
—¡Tienes una recompensa que cobrar! Estupendo. Siempre me he preguntado cómo los rastreabas. Haces un agujerito en eso, lo atas por debajo de los arreos y sigues las gotitas que va dejando, ¿hum? Seguro que puedes seguirlos mucho tiempo y matarlos lejos de aquí, para alejar las sospechas de tu pequeña posada, ¿hum?
Sí, Theopolis era peligroso, pero Silencio necesitaba que alguien entregara sus capturas en su nombre. Theopolis era una rata, y como todas las ratas conocía los mejores agujeros, recovecos y escondrijos. Tenía contactos en Último Puerto y se las había ingeniado para conseguirle el dinero en nombre del Zorro Blanco sin revelar su identidad.
—Últimamente he estado tentado de denunciarte, ¿sabes? —dijo Theopolis—. Hay muchas apuestas a la identidad del infame Zorro. Podría hacerme rico, sabiendo lo que sé, ¿hum?
—Ya eres rico —le espetó ella—. Y serás muchas cosas, pero no eres idiota. Esto funciona bien desde hace una década. ¿En serio cambiarías los ingresos por un poco de fama?
El hombre sonrió, pero no la contradijo. Se quedaba la mitad de lo que Silencio ganaba con cada captura. Para Theopolis era buen negocio. No corría ningún peligro, que era como Silencio sabía que le gustaba trabajar. Era funcionario, no cazarrecompensas. La única vez que lo había visto matar fue a un hombre que no podía defenderse.
—Me conoces demasiado bien, Silencio —dijo Theopolis, y rio—. Demasiado bien, ya lo creo. Vaya, vaya. ¡Una recompensa! ¿Quién será? Tendré que ir a mirar en la sala común.
—No vas a hacer nada parecido.
¡Sombras! ¿Crees que ver a un recaudador no los asustará? Ni se te ocurra entrar y echármelo todo a perder.
—Paz, Silencio —dijo él, sin dejar de sonreír—. Sabes que cumplo tus reglas. Me cuido de no pasarme por aquí muy a menudo, y no atraigo las sospechas sobre ti. De todas formas, hoy no puedo quedarme. Solo venía a ofrecerte ayuda, ¡aunque ahora seguro que ya no la necesitarás! En fin, qué pena. Después de los líos en los que me meto por ti, ¿hum?
El frío embargó a Silencio.
—¿Qué ayuda podrías ofrecerme tú?
Theopolis sacó un papel de su cartera y lo desdobló con unos dedos demasiado largos. Hizo ademán de sostenerlo en alto, pero Silencio se lo quitó de las manos.
—¿Qué es esto?
—¡La forma de librarte de tu deuda, Silencio! La forma de evitar que tengas que preocuparte nunca más.
El documento era una orden de incautación, una autorización para que los acreedores de Silencio, es decir, Theopolis, reclamaran sus propiedades como pago. Los fuertes afirmaban tener jurisdicción sobre los caminos y las tierras colindantes, y hasta enviaban soldados a patrullarlos. De vez en cuando.
—Lo retiro, Theopolis —escupió ella—. Sí que eres idiota. ¿Renunciarías a esto que nos traemos a medias para quedarte con unos terrenos?
—Pues claro que no, Silencio. ¡Con esto, no tendrías que renunciar a nada en absoluto! Mira, me siento fatal porque siempre estés endeudada conmigo. ¿No sería más efectivo si me ocupara yo de las finanzas de la posada? Tú seguirías trabajando aquí y cazando recompensas, como has hecho siempre. Solo que ya no tendrías que preocuparte de las deudas, ¿hum?
Silencio arrugó el papel.
—Capaz serías de esclavizarnos a mí y a los míos, Theopolis.
—Venga, no te pongas dramática. En Último Puerto empieza a preocuparles que una posada tan importante sea propiedad de un elemento desconocido. Estás llamando la atención, Silencio. Yo diría que es lo último que te interesa.
Silencio apretó el puño para arrugar más el papel. Los caballos se removieron en sus compartimentos. Theopolis sonrió.
—En fin —dijo el hombre—, puede que no haga falta. A lo mejor, esta recompensa tuya es de las gordas, ¿hum? ¿Me das alguna pista, para que no esté dándole vueltas todo el día?
—Fuera de aquí —susurró ella.
—Mi querida Silencio —dijo él—. Sangre Pionero, tozuda hasta el final. Dicen que tus abuelos fueron los primeros de los primeros. Los primeros que vinieron a explorar este continente, los primeros que fundaron haciendas en los bosques. Los primeros que reclamaron para sí el mismo infierno.
—No llames eso a los bosques. Este es mi hogar.
—Pero es como la gente veía esta tierra, antes de la Maldad. ¿No te despierta curiosidad? El infierno, la tierra de los condenados, donde moran las sombras de los muertos. Siempre lo he dudado: ¿de verdad protege este lugar la umbra de tu marido o es solo otra historia que cuentas a la gente? Para que se sientan seguros, ¿hum? Te gastas una fortuna en plata, que es lo único que protege de verdad. Y nunca he podido encontrar ningún registro de tu matrimonio. Por supuesto, si no lo hubiera, ¿no significaría que nuestra querida William Ann es una…?
—Vete.
Theopolis sonrió, pero saludó levantándose el ala del sombrero y salió de la cuadra. Silencio lo oyó montar y marcharse. La noche caería pronto, pero seguro que era mucho esperar que las umbras mataran a Theopolis. Llevaba tiempo sospechando que tenía algún escondrijo cerca, probablemente una caverna que mantenía protegida con plata.
Respiró hondo, intentando tranquilizarse. Theopolis era un incordio, pero no lo sabía todo. Se obligó a concentrarse en los caballos y sacó un cubo lleno de agua. Vació en él las faltriqueras y suministró una buena dosis a los caballos, que bebieron con ganas.
Unas bolsas que gotearan como había sugerido Theopolis serían demasiado fáciles de descubrir. ¿Qué pasaría cuando sus objetivos desensillaran los caballos por la noche y encontraran las bolsas? Que sabrían que alguien iba a por ellos. No, Silencio necesitaba algo menos evidente.
—¿Cómo voy a ocuparme de esto? —susurró, mientras un caballo bebía del cubo—. Sombras, me atacan por todos los frentes.
«Mata a Theopolis». Con toda probabilidad, era lo que habría hecho su abuela. Se lo planteó.
«No —se dijo—. No quiero ser así. No quiero ser ella». Theopolis era un matón y un canalla, pero no había quebrantado ninguna ley ni había hecho daño directamente a nadie, que ella supiera. Tenía que haber normas, incluso allí fuera. Tenía que haber líneas que no se cruzaran. Quizá en ese aspecto Silencio no era tan distinta de los forteños.
Buscaría otra manera. Theopolis solo tenía una orden de incautación, que había estado obligado a mostrarle. Por tanto, tenía un día o dos para reunir el dinero. Estaba todo sobre el papel. Las ciudades-fuerte afirmaban ser civilizadas. Las normas que imponían le daban una oportunidad.
Salió de la cuadra. Un vistazo por la ventana de la sala común le mostró a William Ann llevando bebidas a los «mercaderes» de la banda de Chesterton. Silencio se detuvo a mirar.
A su espalda, los bosques tiritaron por el viento.
Silencio escuchó y luego dio media vuelta para encararse hacia ellos. Se notaba cuando alguien era forteño por cómo se negaba a mirar los bosques. Siempre apartaban la mirada de las profundidades. Aquellos árboles solemnes cubrían casi hasta el último centímetro cuadrado del continente, sumiendo el terreno en la sombra con sus hojas. Calmos. Silenciosos. Vivían animales allí fuera, pero los agrimensores de los fuertes afirmaban que no había ningún depredador. Las umbras los habían eliminado hacía tiempo, atraídas por el derramamiento de sangre.
Mirar los bosques parecía hacer que se retiraran. La oscuridad de sus profundidades se retraía y la quietud dejaba paso al sonido de los roedores mordisqueando las hojas caídas. Todo Pionero sabía que debía mirar al bosque a la cara. Todo Pionero sabía que los agrimensores se equivocaban. Allí fuera sí que había un depredador. El propio bosque lo era.
Silencio se volvió y caminó hacia la puerta de la cocina. Conservar la posada debía ser su primer objetivo, por lo que no tenía más remedio que cobrar la recompensa por Chesterton. Si no podía pagar a Theopolis, tenía poca fe en que las cosas siguieran como hasta entonces. El hombre la tendría aferrada por el cuello, y Silencio no podía marcharse de la posada. No era ciudadana de los fuertes y eran tiempos demasiado difíciles para que los hacenderos de la zona pudieran acogerla. No, se vería obligada a quedarse y trabajar en la posada para Theopolis, que la exprimiría hasta dejarla seca, quedándose cada vez con porcentajes mayores de las recompensas.
Abrió la puerta de la cocina. Tendría que…
Sebruki estaba sentada junto a la encimera, con la ballesta en el regazo.
—¡Dios del Más Allá! —exclamó Silencio, entrando y cerrando la puerta—. Niña, ¿qué estás…?
Sebruki levantó la mirada hacia ella. Volvía a tener los ojos atribulados, vacíos de vida y de emociones. Volvía a tener los ojos de una umbra.
—Tenemos visita, tía Silencio —dijo Sebruki en voz fría y monótona. Tenía el cranequín de la ballesta a su lado. Había conseguido tensar y cargar el arma ella sola—. He empapado la punta del virote con sangrenegra. He hecho bien, ¿verdad? Así, el veneno lo matará seguro.
—Niña… —Silencio dio un paso adelante.
Sebruki giró la ballesta en su regazo, sosteniéndola en ángulo para poder levantarla, con una manita en el gatillo. La punta rodó hacia Silencio.
Sebruki miraba hacia delante, con ojos vacíos.
—No saldrá bien, Sebruki —dijo Silencio con severidad—. Aunque pudieras cargar con ese trasto hasta la sala común, no le darías. Y aunque le dieras, ¡sus hombres nos matarían a todas para vengarse!
—No me importaría —casi susurró Sebruki—. Siempre que pueda matarlo. Siempre que apriete yo el gatillo.
—¿Es que te damos igual? —restalló Silencio—. Te acogí, te di un hogar, ¿y así me lo pagas? ¿Robando un arma? ¿Amenazándome?
Sebruki parpadeó.
—¿Se puede saber qué te pasa? —continuó Silencio—. ¿Derramarías sangre en este refugio? ¿Atraerías las umbras sobre nosotras, para que aporreen nuestras protecciones? ¡Si las superaran, matarían a todo el que estuviera bajo mi techo! A gente a la que he prometido seguridad. ¿Cómo te atreves?
Sebruki se sacudió, como si despertara. Su máscara se vino abajo y dejó caer la ballesta. Silencio oyó un chasquido y la nuez se liberó. Notó que la saeta pasaba a menos de un centímetro de su mejilla y luego rompía la ventana de detrás.
¡Sombras! ¿Habría hecho un rasguño a Silencio? ¿Sebruki habría derramado sangre? Silencio alzó una mano temblorosa y suspiró aliviada al no tener sangre. La saeta no la había alcanzado.
Al momento siguiente, Sebruki estaba entre sus brazos, sollozando. Silencio se arrodilló y abrazó con fuerza a la niña.
—Tranquila, cariño. No pasa nada. No pasa nada.
—Lo oí todo —susurró Sebruki—. Mamá no gritó. Sabía que yo estaba allí. Era fuerte, tía Silencio. Por eso yo pude ser fuerte, hasta cuando cayó la sangre. Me mojó el pelo. Lo oí. Lo oí todo.
Silencio cerró los ojos, sin dejar de abrazar a Sebruki. Ella misma había sido la única persona dispuesta a investigar la hacienda humeante. El padre de Sebruki se había quedado en la posada de vez en cuando. Era un buen hombre. Tan bueno como podía ser entre los que quedaron después de que la Maldad conquistara Patria, claro.
En los ardientes restos de la hacienda, Silencio había encontrado una docena de cadáveres. Todos los miembros de la familia habían caído masacrados por Chesterton y sus hombres, hasta los niños. La única superviviente había sido Sebruki, la más pequeña, a la que habían metido en el hueco de debajo de los tablones del dormitorio.
Se había quedado allí tendida, empapada con la sangre de su madre, silenciosa incluso cuando la encontró Silencio. Solo había descubierto a la chica porque Chesterton había sido cuidadoso y había rodeado la habitación con polvo de plata para protegerse contra las umbras mientras se disponía a matar. Silencio había intentado recuperar parte del polvo que se había colado entre los tablones y había topado con unos ojos que la miraban por las rendijas.
Chesterton había quemado trece haciendas en el último año. Asesinado a más de cincuenta personas. Sebruki era la única que había logrado escapar de él.
La chica temblaba, sollozando descontroladamente.
—¿Por qué? ¿Por qué?
—No hay un porqué. Lo siento.
¿Qué otra cosa podía decirle? ¿Acaso iba a soltarle algún tópico, a tranquilizarla hablándole del Dios del Más Allá? Estaban en los bosques. No se sobrevivía a base de tópicos.
Silencio abrazó a la niña hasta que los llantos empezaron a remitir. William Ann entró y se quedó quieta al lado de la encimera, sosteniendo una bandeja de jarras vacías. Su mirada se desvió a la ballesta caída y luego a la ventana rota.
—¿Lo matarás? —susurró Sebruki—. ¿Harás justicia?
—La justicia murió en Patria —dijo Silencio—. Pero sí, lo mataré. Te lo prometo, niña.
William Ann se acercó con pasos tímidos, recogió la ballesta y la giró, mostrando la pala, que se había roto. Silencio dejó escapar el aire de los pulmones. No debió dejar la ballesta en un lugar donde Sebruki pudiera cogerla.
—Ocúpate de los clientes, William Ann —ordenó Silencio—. Yo llevaré a Sebruki arriba.
William Ann asintió, con otro vistazo fugaz a la ventana rota.
—No se ha derramado sangre —dijo Silencio—. Estaremos bien. Aunque si tienes un momento, mira a ver si encuentras la saeta. Tiene la punta de plata.
No era momento de permitirse desperdiciar ningún dinero.
William Ann guardó la ballesta en la despensa mientras Silencio dejaba con cuidado a Sebruki en un taburete de la cocina. La chica se aferró a ella, sin querer soltarla, de modo que Silencio cedió y la tuvo abrazada un rato más.
William Ann respiró hondo varias veces, como para tranquilizarse, y luego regresó a la sala común a servir bebidas.
Al cabo de un tiempo, Sebruki soltó a Silencio el tiempo suficiente para que esta pudiera mezclar un bebedizo. Llevó a la chica escaleras arriba hasta el altillo que había sobre la sala común, donde tenían sus camas las tres. Dob dormía en la cuadra y los huéspedes en las habitaciones más cómodas de la segunda planta.
—Vas a hacer que duerma —dijo Sebruki, observando la taza con ojos enrojecidos.
—El mundo parecerá un lugar mejor por la mañana —respondió Silencio. «Y no puedo arriesgarme a que esta noche me sigas a hurtadillas».
La chica cogió la taza con reparo y se la bebió.
—Lo siento. Por la ballesta.
—Te encontraremos trabajo para que costees la reparación.
Aquello pareció reconfortar a Sebruki. Era una hacendera, nacida en los bosques.
—Antes me cantabas por la noche —dijo Sebruki en voz baja, cerrando los ojos y reclinándose—. Cuando me trajiste aquí. Después de… de… —Tragó saliva.
—No estaba segura de que te dieras cuenta. —Silencio no había estado segura de que se diera cuenta de nada, en aquella época.
—Pues sí.
Silencio se sentó en el taburete que había al lado del catre de Sebruki. No le apetecía cantar, de modo que tarareó. Era la misma nana que había cantado a William Ann en los tiempos difíciles justo después de su nacimiento.
Al poco tiempo, las palabras salieron por sí mismas.
Calla ahora, querida, no tengas miedo
La noche cae, pero el sol volverá al cielo
Duerme ahora, querida, no pases duelo
Estamos a oscuras, pero un día despertaremos
Cogió la mano de Sebruki hasta que la niña se quedó dormida. La ventana que había junto a la cama daba al patio, así que Silencio vio a Dob sacando los caballos de Chesterton. Los cinco hombres con sus lujosas vestimentas de mercaderes bajaron del porche dando pisotones y subieron a las sillas de montar.
Salieron desfilando al camino y los bosques los envolvieron.
Una hora después del anochecer, Silencio estaba preparando su morral a la luz del hogar.
Su abuela había prendido el fuego de aquella chimenea, y desde entonces no había dejado de arder. La mujer casi había perdido la vida prendiendo el fuego, pero no había querido pagar a ningún mercader del fuego por un encendido. Silencio negó con la cabeza. Su abuela siempre se había rebelado contra los convencionalismos. Pero ¿era Silencio muy distinta?
«No prendas llamas, no derrames la sangre de otros y no corras de noche. Esas cosas atraen a las umbras». Las Sencillas Reglas que guiaban la vida de todo hacendero. Silencio las había incumplido todas en más de una ocasión. Era un milagro que a esas alturas no se hubiera marchitado ya y convertido en umbra.
El calor del hogar le resultó distante mientras se preparaba para matar. Silencio echó un vistazo al viejo sagrario, en realidad solo un armario, que mantenía siempre cerrado con llave. Las llamas le recordaban a su abuela. A veces hasta pensaba en el fuego como si fuese su abuela, desafiando tanto a las umbras como a los fuertes hasta el mismo final. Silencio había retirado de la posada todo lo demás que le recordara a su abuela, salvo el sagrario al Dios del Más Allá. Estaba dispuesto tras una puerta cerrada con llave al lado de la despensa, y a su lado había estado colgada la daga de plata de su abuela, un símbolo de la antigua religión.
La daga tenía grabados los símbolos de la divinidad a modo de salvaguardas. Silencio la llevaba en una vaina al costado, no como amuleto, sino porque era de plata. En los bosques nunca se podía llevar encima demasiada plata.
Llenó el morral con meticulosidad, metiendo primero el botiquín y luego una bolsa de polvo de plata de buen tamaño para curar el marchitamiento. A continuación introdujo diez sacos vacíos de gruesa arpillera, embreados por dentro para impermeabilizarlos. Por último, añadió una lámpara de aceite. No iba a querer usarla, ya que no confiaba en el fuego. El fuego podía atraer a las umbras. Sin embargo, le había resultado útil llevarla en salidas anteriores, de modo que la cogió. Solo la encendería si topaba con alguien que ya tuviera un fuego prendido.
Al terminar, vaciló un momento y luego fue al viejo almacén. Quitó los tablones del suelo y sacó el tonelete que había junto a los venenos.
Pólvora.
—¿Madre? —dijo William Ann, dando un susto a Silencio. No la había oído entrar en la cocina.
A Silencio casi se le cayó el tonelete por la sorpresa, y eso casi hizo que le saltara el corazón del pecho. Se recriminó haberse asustado tanto mientras sostenía el tonelete bajo el brazo. No podía explotar sin fuego, eso lo sabía a ciencia cierta.
—¡Madre! —exclamó William Ann, mirando el tonelete.
—No creo que vaya a necesitarlo.
—Pero…
—Lo sé. Calla.
Fue hasta el morral y guardó la pólvora. Sujeto a un lado del tonelete, con tela embutida entre los brazos de metal, estaba el encendedor de su abuela. Encender pólvora contaba como prender llamas, por lo menos a ojos de las umbras. Las atraía casi tan deprisa como la sangre, de día o de noche. Los primeros refugiados venidos de Patria habían tardado poco en descubrirlo.
En cierta manera, la sangre era más fácil de evitar. Una nariz sangrando o una simple hemorragia no atraían a las umbras. Ni siquiera repararían en ellas. Tenía que derramarse la sangre de otra persona, en cuyo caso irían primero a por quien la hubiera derramado. Claro que, si esa persona estaba muerta, no solía preocuparlas a quién mataran después. Cuando se enfurecían, las umbras eran un peligro para todo el que estuviera cerca.
Solo después de haber guardado la pólvora Silencio se fijó en que William Ann iba vestida para viajar, con pantalones y botas. Llevaba un morral como el de Silencio.
—¿Qué crees que estás haciendo, William Ann? —preguntó Silencio.
—¿Pretendes matar tú sola a cinco hombres que solo han tomado media dosis de pantanoja, madre?
—Ya lo he hecho otras veces. He aprendido a trabajar sola.
—Porque no tenías a nadie que te ayudara. —William Ann se echó el morral al hombro—. Pero ese ya no es el caso.
—Eres demasiado joven. Vuelve a la cama y cuida de la posada hasta que vuelva.
William Ann no dio señales de ir a ceder.
—Niña, te he dicho…
—Madre —la interrumpió William Ann, cogiéndole el brazo con firmeza—. ¡Ya no eres tan joven! ¿Crees que no me doy cuenta de que cojeas cada vez más? ¡No puedes hacerlo todo tú sola! ¡Tendrás que empezar a dejar que te ayude en algún momento, me cago en la leche!
Silencio contempló a su hija. ¿De dónde salía aquella ferocidad? A veces costaba recordar que también William Ann era una Pionero. Su abuela se habría disgustado si viera a la chica, lo cual era motivo de orgullo para Silencio. William Ann había tenido una auténtica infancia. No era débil, solo era normal. Una mujer podía ser fuerte sin tener las emociones de un ladrillo.
—No digas palabrotas a tu madre —dijo por fin Silencio a la chica.
William Ann enarcó una ceja.
—Puedes venir —aceptó Silencio, arrancando el brazo de la mano de su hija—. Pero tendrás que hacer todo lo que yo diga.
William Ann dejó escapar una profunda bocanada y luego asintió, entusiasmada.
—Avisaré a Dob de que nos vamos.
Salió fuera y adoptó con naturalidad el paso lento de una hacendera al internarse en la oscuridad. Aunque estaba dentro de la protección que ofrecían los anillos de plata de la posada, sabía que debía obedecer las Sencillas Reglas. Pasarlas por alto cuando se estaba a salvo llevaba a descuidos cuando no.
Silencio sacó dos cuencos y mezcló dos tipos distintos de pasta brillante. Al terminar, los vertió en frascos distintos que también guardó en el morral.
Salió a la noche. El aire era vigorizante, frío. Los bosques habían quedado en silencio.
Las umbras rondaban, por supuesto.
Había unas pocas moviéndose por la hierba, visibles a la suave luz de su propio brillo. Las más próximas eran etéreas, traslúcidas, umbras viejas que apenas conservaban un atisbo de forma humana. Sus cabezas titilaban, sus rostros mutaban como anillos de humo. Dejaban atrás oleadas de blancura de un brazo de longitud, más o menos. Silencio siempre había imaginado esas estelas como los restos raídos de su ropa.
Ninguna mujer, ni siquiera una Pionero, miraba las umbras sin sentir un gélido estremecimiento. Las umbras salían también durante el día, claro, solo que no se las veía. Si se prendía fuego o se derramaba sangre, atacarían incluso entonces. De noche, sin embargo, eran distintas. Respondían más rápido a las infracciones. De noche también respondían a los movimientos bruscos, cosa que nunca hacían de día.
Silencio sacó uno de sus frascos de pasta brillante y bañó su alrededor de una luz de color verde claro. La luz era tenue, pero uniforme y continua, no como la de una antorcha. Las antorchas eran poco fiables, ya que no podían volver a prenderse si se apagaban.
William Ann la estaba esperando delante, con las pértigas para las lámparas.
—Tendremos que movernos sin hacer ruido —le dijo Silencio mientras fijaba los frascos a las pértigas—. Puedes hablar, pero que sea susurrando. Te he dicho que tienes que obedecerme. Lo harás, en todo lo que te diga, y de inmediato. Estos hombres que buscamos te matarían, o te harían cosas peores, sin pensárselo dos veces.
William Ann asintió con la cabeza.